NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* La puntuación y la toponimia también han sufrido ligeros retoques
para su modernización.
* Se han separado en párrafos distintos las intervenciones dialogadas
allí donde el texto adopta forma de diálogo, añadiendo y espaciando
las rayas según los modernos usos ortotipográficos.
* Los documentos, cartas y misivas se presentan sangrados para mejor
distinguirlos de otros entrecomillados.
* Se ha compilado y añadido un Índice al final del volumen pese a que
el original impreso no lo incluye.
Ni rey ni Roque
NI REY NI ROQUE
EPISODIO HISTÓRICO
DEL REINADO DE FELIPE II,
AÑO DE 1595
NOVELA ORIGINAL
ESCRITA
POR DON PATRICIO DE LA ESCOSURA,
AUTOR DEL CONDE DE CANDESPINA
TOMO III
Madrid
Imprenta de Repullés
—
AÑO DE 1835
NI REY NI ROQUE
CAPÍTULO PRIMERO
Más padres tiene que miembros;
Acomodad, pues, el mío,
La que queréis encajarme
Esto de padre postizo.
(Quevedo).
En tanto que sus amores con la bella pastelera absorbían toda la
atención de Vargas, ocurrían en su propia familia acontecimientos de
la mayor importancia para él, y que, a pesar de que se ponía algún
cuidado en ocultárselos, hubiera podido cuando menos sospechar, si no
se hallara tan preocupado en sus propios asuntos.
Siete meses hacía que el marqués, gracias, como se ha dicho, a su primo
el comendador Hinojosa, había roto sus relaciones con la supuesta
viuda del contador de Indias. Hizo en ello el pobre un gran sacrificio
a lo que se le dijo que su pundonor exigía, pues tal era la debilidad
de su carácter y la pasión que había sabido inspirarle la diestra
meretriz que acaso la hubiera perdonado sus infidelidades, dando
crédito a las reiteradas protestas de arrepentimiento y enmienda que,
aun en el acto de verse sorprendida, le hizo con fingidas lágrimas. Por
fortuna Hinojosa, que se hallaba presente, impuso silencio a aquella
insolente, y arrancó de sus redes al obcecado amante.
No por esto perdió ánimo Violante: la posesión de un hombre rico,
apasionado y tonto era demasiado preciosa para dejarla perder sin que
hiciese por evitarlo los mayores esfuerzos. Así, pasados los primeros
ocho días después de la riña, y enterada por sus espías de la gran
melancolía del marqués, creyó oportuno escribirle un billete lleno
de pasión, de arrepentimiento, y de protestas de darse una muerte
violenta si su adorado amante no quería perdonarla.
Si el tal billete hubiera llegado a su destino no tiene duda que
produjera el afecto que de él se prometió quien lo escribía; pero
Hinojosa estaba alerta. Previendo desde luego que Violante no dejaría
de intentar el recobro de su perdida cucaña, tomó tan bien sus medidas
que la carta cayó en sus manos, y apaleó lindamente al portador
prometiéndole que le haría la cabeza añicos si bajo cualquier pretexto
osaba volver a presentarse en aquella casa.
El pobre mensajero volvió a la de Violante con las orejas bajas, y
pintó con tan vivos colores la manera con que le habían recibido,
protestando con tales veras que no volvería aunque en recompensa le
ofrecieran todo el oro del mundo, que de allí en adelante no encontró
la dama criado que quisiera encargarse de semejantes comisiones.
Tomó entonces el partido de rondar en persona las cercanías de la
casa de su amante, decidida a hablarle si lograba la dicha de verle
salir solo de ella alguna vez. También esta tentativa salió frustrada.
El marqués salía raras veces, y siempre acompañado del inflexible
comendador, del cual Violante temía, no sin fundamento, que la tratase
con tanto o más rigor que a su criado.
Todas estas dificultades, y la falta que desde el principio empezaron
a hacerla los espléndidos regalos del marqués, exasperaron el ánimo de
aquella mujer en vez de abatirlo.
El amante por quien vendía al hermano de don Juan, que era uno de
aquellos hombres despreciables cuya especie se ha conservado por
desgracia hasta nuestros días, que comerciando con las gracias de su
persona se humillan hasta el punto de recibir un salario de la ramera
descarada, así que la vio sin la mina donde hasta entonces había
estado surtiéndose con profusión de cuanto necesitaba para sostener
sus vicios, la abandonó sin consideración alguna, desapareciendo de
la noche a la mañana y llevándose, de paso, las alhajas que encontró
más a mano. Y no era esta sola la desgracia que tenía que experimentar
Violante, pues la suerte le reservaba otra que en su situación parecía
aun más terrible que todas. A poco tiempo de verse abandonada por
sus dos amantes se confirmó en la sospecha que antes había tenido de
hallarse encinta. Los primeros días creyó aquella infeliz volverse
loca; pero meditando después en su situación formó un plan para salir
de apuros que no podía estar mejor combinado.
Redujo a dinero metálico las muchas joyas que aún le quedaban, y
aumentando con él y con lo que produjo la venta de sus magníficos
muebles el bolsillo que había tenido la prudencia de ocultar a su
pérfido amante, se halló con un capital que, depositado en manos
seguras, le producía lo bastante para vivir con decencia, si bien con
la más severa economía.
Hecho esto tomó una habitación reducida, conforme a su nueva posición,
no muy lejos de la casa del marqués; y sin más asistencia que la de una
sola criada, entabló una vida tan retirada como antes la había tenido
bulliciosa. Desaparecieron las galas y los adornos, reemplazándolos un
modesto hábito del Carmen y un manto negro. En vez de los banquetes y
festines se sustituyeron las misas y devociones. En una palabra, en
menos de un mes la cortesana Violante se convirtió en una beata, que
tenía asombrado a su barrio con la ejemplar vida que hacía.
Por más de tres días fue aquella mujer el objeto de la conversación
general en todo Valladolid. Los hombres decían que se había vuelto
loca; las viejas, que Dios la había tocado en el corazón; los
predicadores, con alusiones sobradamente claras, incitaban a seguir el
ejemplo de aquella pecadora a todas las que se hallaban en su caso;
pero las mujeres jóvenes y algunos hombres de talento pensaban que
aquello no era más que una nueva farsa. Hinojosa opinaba también del
mismo modo; y el marqués no opinaba nada, porque como a nadie veía más
que a su primo y al capellán Teobaldo, y ambos se guardaban muy bien de
hablarle de semejante materia, ignoraba cuanto pasaba.
Desde que Violante adoptó su nuevo método de vida, renunció
absolutamente a hacer diligencia ninguna para reconciliarse con el
marqués; y el comendador, que al principio había temido que todo aquel
aparato de devoción y reforma de costumbres no fuera más que una
añagaza para sorprender a su incauto primo, acabó por persuadirse de
que la dama no pensaba ya en él. Este era precisamente el punto más
importante para la ninfa. Hinojosa era su más temible, o por mejor
decir, su único enemigo, pues don Juan ni la conocía, ni pensaba en
ella; el padre Teobaldo era un sandio personaje muy fácil de engañar,
y el marqués estaba vencido con poquísimo trabajo a favor suyo.
Un mueble, el más indispensable para toda devota, es un director
espiritual; y para los fines de Violante lo era entonces
extremadamente. Lo importante era hacer una elección acertada. El
padre Teobaldo fue la persona en quien primero se fijó; pero reconoció
desde luego la imposibilidad de lograrlo, pues aquel capellán, afecto
al servicio particular de la familia del marqués, y haciendo una vida
sedentaria por hábito, por vejez y por inclinación, no ejercía jamás
sus funciones sacerdotales fuera del oratorio de la casa de los Vargas.
Como su vida anterior la tenía a mucha distancia de los eclesiásticos,
a excepción de uno que otro cortesano, fue preciso que se dirigiese a
varias beatas con quienes había hecho conocimiento desde que ella lo
era también; y después de haber escuchado con atención sus informes
sobre diferentes religiosos, eligió por fin para su director espiritual
a cierto dominico anciano, llamado el padre maestro Retamar, hombre
célebre por su piedad, y más aún por su candor y beneficencia.
El bueno del padre la recibió con amor; oyó lo que quiso decirle; le
prometió su asistencia y auxilios; y en una palabra, dando crédito a la
fingida historia de seducción que le plugo a la ninfa contarle, aunque
sin nombrarle por entonces el seductor, se aficionó a ella sobremanera.
Sucedió que Violante tuvo una ligera enfermedad. El padre Retamar
fue a verla diariamente, y como su edad y buena reputación le ponían
enteramente a cubierto de toda suposición maligna, el resultado fue
que todo el que lo supo empezó a creer sincero el arrepentimiento y
verdadera la reforma de aquella mujer. Las beatas de aquel barrio se
deshacían en alabanzas de la nueva Magdalena: no faltaba entre ellas
quien opinase que si continuaba viviendo de aquella manera, podría
llegar a ser una bienaventurada.
No dejaba de tener mérito tampoco para Violante la novedad de su
posición. Fijar la atención del público había siempre sido su mayor
deseo. Hacerlo escandalizando o edificando debía serle, y le era en
efecto, indiferente. Además, los placeres la habían ya saciado, y si
bien no dejaba alguna vez de bostezar de aburrimiento en la iglesia
debajo de su manto, hallaba la compensación en la perspectiva de
asegurarse para siempre una fortuna sólida e independiente.
Entre tanto su preñez adelantaba aproximándose a su término, y con él
llegaba la época fijada para la ejecución del gran proyecto.
Una tarde, pues, que el reverendo Retamar a la vuelta del paseo había
entrado a verla, la halló deshaciéndose en lágrimas con el rosario en
la mano, y preguntándola qué era lo que tanto la afligía, respondió la
taimada:
—¿Qué ha de afligirme, padre mío? Mis pecados son muchos, pero la pena
que por ellos se me impone en este mundo es superior a mis fuerzas.
—No digáis eso, hija; no lo digáis: por graves que vuestras penas os
parezcan, el Señor, que os las envía, sabrá por qué: llevadlas con
resignación, hija, y se os recibirán en descuento de vuestras culpas.
—Padre mío, por mí no lo siento: conozco que todo castigo es poco para
mi fragilidad; pero si queréis oírme un momento a solas sabréis la
justa causa de mi dolor.
El compañero del padre maestro tuvo la bondad de salirse al cuarto
donde estaba la criada, y solos aquel y su penitente, empezó esta a
decir:
—Yo, padre, soy viuda de un contador de Indias: volví joven a España,
y me establecí por desdicha en Valladolid. Dios ha querido dotarme,
según dicen, de alguna hermosura; ella y mi genio festivo atrajeron
inmediatamente a mi casa a todos los caballeros más jóvenes, más
galanes y también más libertinos de la ciudad.
—Cosa demasiado natural, hija mía, demasiado natural; pero todo eso ya
me lo habéis dicho diferentes veces.
—Quiero tomar las cosas desde el principio, para presentaros completo
el cuadro de mis desdichas y flaquezas.
Diciendo esto empezó Violante a llorar de nuevo con profundo sollozo,
tanto que el pobre fraile tuvo que acudir a su pañuelo, y medio lloroso
aún la dijo:
—Confianza en Dios, que es misericordioso; prosiga, hermana, prosiga.
—Muchos fueron los que desde luego me galantearon, pero desechados
inmediatamente, tuvieron bastante cordura para limitarse a ser mis
amigos, visto que no podían ser amantes. Dos de ellos, sin embargo, se
obstinaron. Uno, ¡ay de mí!, el marqués de ***, y otro un don Rodrigo,
mancebo de perversas inclinaciones. El primero, lleno de buenas
prendas, se fue cautivando insensiblemente mi corazón: el segundo,
a quien siempre miré con el más alto desprecio, después de haber
intentado en vano rendirme por cuantos medios se le ocurrieron, juró
vengarse de mis desdenes, y lo cumplió demasiado. El marqués, padre
Retamar, que sabía bien que yo no era mujer para ser su manceba, se
limitó mucho tiempo a galantearme con la mayor moderación y respeto,
hasta que ya, no pudiendo (decía él) resistir a su amor, me propuso
darme su mano. Figuraos si tal propuesta, hecha por un hombre a quien
yo amaba tiernamente, sería para mí grata y seductora. Reflexioné,
sin embargo, que aunque mi nacimiento fuese honrado, era muy inferior
al suyo, y que casándose conmigo iba no solo a indisponerse con su
ilustre familia, sino tal vez a exponerse al enojo del rey. Quise más
bien renunciar a mi propia dicha que proporcionar tales disgustos a mi
amante.
—No se puede obrar con más juicio ni con más virtud. Adelante, que
hasta aquí no tenéis motivos de afligiros.
—¡Ah, padre! Veréis en lo que sigue cuán fundado es mi dolor. Declaré,
pues, al marqués que estaba firmemente resuelta a no casarme con él,
y como le viese, sin embargo, insistir con más fuerza que antes en su
proposición, me exalté tanto que juré por la salvación de mi alma no
ser jamás su mujer.
—Mal hecho, hija; muy mal hecho: quebrantaste el segundo mandamiento
jurando sin necesidad.
—Las consecuencias de aquel malhadado juramento fueron fatales.
Desesperado el marqués con mi negativa, enfermó; y negándose a admitir
cuantas medicinas se le querían administrar, tres facultativos
declararon unánimes que indudablemente moriría. Yo le amaba, padre
mío, como aún hoy le amo a mi pesar: le veía morir, y sabía que era la
causa de ello. Fui a verle, y me estremezco solo al recordar el estado
en que le hallé. Cárdeno el color, hundidos los ojos, sin voz apenas:
en resumen, con todas las señales de una muerte próxima. Partióseme
el corazón de dolor con tan triste espectáculo. Así que el desdichado
me vio dio un profundo suspiro, y en tono sepulcral me dijo: «Tú me
matas». ¿Qué había de hacer una débil mujer en tan amargo trance? El
amor y la compasión sofocaron el grito de mi conciencia, y le ofrecí
que, ya que mi juramento no me permitía nunca ser su esposa, le
sacrificaría mi reputación entregándome a sus brazos, si él consentía
en tomar las medicinas y sujetarse a cuanto los médicos le ordenasen.
Todo lo prometió y cumplió con indecible alegría. Mis cuidados, sus
esperanzas y los buenos facultativos le restablecieron en breve tiempo.
Yo, padre, también cumplí mi criminal promesa.
—Dios tenga piedad de vos, hija mía.
—Así sea, como lo espero de su misericordia. Vivimos algún tiempo
el uno en los brazos del otro: súpose en la ciudad, y perdí para
siempre mi buena opinión. No tardaron nuestros amores en llegar a
los oídos de don Rodrigo: la idea de ver a su rival en mis brazos le
enfureció de manera que, según he sabido después, trató de asesinarnos
a ambos; pero tranquilizándose en breve, meditó y puso en práctica
otra venganza más cruel si cabe. Imposible parece que haya hombre
que conciba tan infernal proyecto; víctima soy de él, y apenas puedo
creerlo. Don Rodrigo se puso de acuerdo para perderme con un primo del
marqués llamado el comendador Hinojosa, quien aspirando a manejarlo
por sí y apropiarse de parte de sus riquezas, me aborrecía y aborrece
mortalmente. Sedujeron a dos de mis criados que, una noche en la cena,
me sirvieron un vino infeccionado con cierto licor soporífero, que
tardó poco en aletargarme. Lleváronme a mi lecho, y en él se introdujo
el traidor don Rodrigo. El marqués, conducido por su primo, me vio
a la mañana siguiente en los brazos de aquel malvado. Despertome el
ruido de las voces de mi injuriado amante y de su infame pariente.
Figuraos mi turbación. El marqués no quiso oírme; don Rodrigo huyó,
robándome las joyas que yo llevaba puestas la noche antes. Yo miraría
esta desgracia como un bien, pues a ella debo el haber abierto los
ojos sobre mis extravíos, si yo sola hubiera sido la víctima de ella;
pero una inocente criatura que aún no ha visto la luz, y que debe la
existencia al marqués, va a verse en la miseria, privada del consuelo
de abrazar a su padre, y sin más amparo que el de una madre infamada
por la más atroz de las calumnias.
Al concluir su bien compuesta novela dio Violante una muestra de su
talento en el arte de fingir, llorando y sollozando a más y mejor con
no poca pena del candoroso dominico.
Este, después de emplear con la mejor fe posible todas las razones que
su caridad le sugirió para consolar a la que él creía más desgraciada
que culpable, viéndola algo más serena, acabó por preguntarla qué
partido pensaba tomar en aquellas circunstancias. Violante contestó
que verdaderamente no sabía qué hacer; y que estaba resuelta a seguir
los consejos de su reverencia, si tenía la bondad de querer ocuparse
en los asuntos de una criatura tan miserable. El fraile protestó
que sus deberes y la propensión natural de su corazón le hacían
mirar como la más sagrada de sus obligaciones el auxiliar a los
menesterosos, de cualquiera manera que lo necesitasen y en su mano
estuviese el hacerlo; que en consecuencia aconsejaría a su penitente
lo que mejor le pareciese; y que para exponerse menos a errar, lo
pensaría detenidamente aquella noche, y a la siguiente mañana volvería
a conferenciar con ella. Despidiose, pues, exhortando a Violante a
la resignación y a implorar con repetidas y fervorosas oraciones el
auxilio del Todopoderoso.
Antes de las diez de la mañana del siguiente día ya el bueno del padre
Retamar salía de la casa de su hija de confesión, después de haber
convenido con ella en el giro que debía darse a aquel asunto, y de
haberse ofrecido espontáneamente a tomarlo todo a su cargo.
Para no perder tiempo se dirigió entonces mismo a la casa del marqués,
en donde su hábito y su nombre, ventajosamente conocido en toda la
ciudad, le abrieron paso sin dificultad hasta el cuarto del que
buscaba, a quien acompañaban en aquel momento el comendador y el padre
Teobaldo. Los tres se pusieron en pie para recibir al religioso; y así
que este, después de corresponder cortésmente a su saludo, anunció que
deseaba hablar reservadamente al dueño de la casa, se retiraron los
otros, dejándolo a solas con él.
Hinojosa no lo hubiera hecho si sospechara el negocio que llevaba a su
cargo el dominico; pero ¿quién había de figurarse que un hombre a todas
luces respetable era, sin saberlo, instrumento de las maquinaciones de
una mujer abandonada?
Solos ya el marqués y el padre Retamar, estuvieron algunos instantes en
silencio, esperando el primero a que el otro hablase, y sin saber el
fraile por dónde principiar. El marqués, cansado de esperar en balde,
rompió por fin el silencio.
—¿No podré saber —dijo— qué motivo es el que me proporciona la honra de
esta inesperada visita de vuestra paternidad?
—La honra es toda mía, toda mía, señor marqués; y el motivo que me trae
es uno muy grave, en que se halla interesada nada menos que vuestra
eterna salvación.
—¡Jesús me valga! Padre maestro, no tardéis en decírmelo.
—No quisiera, señor mío, que se me tuviera por entremetido: protesto
desde luego que solo el interés de la religión y el cumplimiento de mis
obligaciones como sacerdote es el que me mueve a venir a hablaros.
—Vuestra paternidad puede decir cuanto quiera, seguro de que yo
le escucharé con la veneración que todo buen cristiano debe a los
religiosos.
—No esperaba yo menos del hijo de vuestros padres (que en gloria
estén). Yo los he conocido, señor marqués, y puedo certificar que eran
personas de singular virtud y ejemplares costumbres.
—Muchas gracias, padre Retamar, por la merced que les hacéis.
—Justicia y nada más, señor marqués; pero vamos al asunto, que es lo
que importa.
Tosió el fraile, limpiose las narices, y después de aclarada la
garganta en el tiempo que fue menester para tomar aliento y hacer
ánimo, dijo por fin:
—Vuestra señoría no habrá olvidado que en otro tiempo conoció a una
señora llamada Violante.
El marqués mudó de color, pero no respondió palabra. Un instante
después continuó el padre:
—Yo, señor marqués, aunque indigno sacerdote, soy hace algunos meses
confesor y director espiritual de esa afligidísima y arrepentida
mujer. Con esto digo bastante para que me supongáis enterado de cuanto
ha mediado entre ella y vos. Sí, señor, todo lo sé; y aun lo que vos
mismo ignoráis. Un don Rodrigo...
—¡Bribón! —exclamó el marqués.
—Más de lo que su señoría piensa, pues valiéndose de un ardid infame,
como puedo probarlo, supo hacer que pareciese delincuente a vuestros
ojos la que jamás cometió otro delito que el de ceder a vuestras
instancias.
—Padre mío, os han engañado. Yo, yo mismo la he visto en los brazos de
don Rodrigo. ¿Qué podrá decir a esto?
—¿Qué podrá decir? Lo que oiréis de mi boca.
Y en seguida refirió el padre Retamar al marqués la fábula que Violante
le había contado a él, omitiendo solo, por amor de la paz, la parte que
en ella se atribuía al comendador. Para probar la verdad de todo cuanto
dijo ofreció presentar la criada que se suponía seducida por don
Rodrigo, y que, arrepentida de su delito, estaba pronta a declararlo en
forma, siempre que se la prometiese su perdón.
Violante había buscado a la misma criada que la vendió a ella al
comendador Hinojosa; y aquella mujer, que solo aspiraba a ganar dinero,
importándole poco que para lograrlo se tratase de engañar a desengañar
a un marqués tonto, convino desde luego en representar el nuevo papel
que se le propuso. Empezó a representarlo el mismo día de que vamos
hablando, en casa de su ama, delante del padre Retamar; y este con
su testimonio quedó tan convencido de la inocencia de Violante, que
hubiera sufrido el martirio por defenderla, lo mismo que por confesar
la verdad del Evangelio.
Oyó el marqués con suma atención y no poco enternecimiento la relación
de las desgracias de su querida; pero cuando acabó de convencerse de su
inocencia fue cuando el padre dominico, con un calor que acostumbraba
pocas veces, le hizo saber la vida ejemplar y retirada que después de
su separación había tenido Violante.
—Sí —exclamó con indecible gozo—, sí; es inocente, y sus trabajos
recibirán la recompensa, y volveremos a unirnos...
—No señor —replicó el fraile—. ¿Podéis hacer la injusticia al hábito
de nuestro padre Santo Domingo de creer que un hombre que lo viste se
había de mezclar en este asunto para reconciliar a dos amantes, para
restablecer unas relaciones ilegítimas, para contribuir a la perdición
de dos almas?... No señor: no será así; y estad seguro de ello.
El pobre hermano de don Juan, oyendo aquella filípica, aunque justa,
inesperada, se quedó precisamente como un niño sorprendido in fraganti
por su pedagogo haciendo alguna travesura de marca mayor. Con los ojos
espantados, la boca abierta y las manos cruzadas largo tiempo, aun
después de haber acabado de hablar el fraile, escuchaba a ver si tenía
algo más que decirle. Entre tanto el padre Retamar, recobrando su
acostumbrada calma, volvió a tomar sosegadamente el hilo de su discurso.
—Violante ha reconocido que se hallaba en el camino de la perdición: se
ha apartado de él, y está resuelta a no volver a pisarlo. Vuestra mujer
legítima bien sabéis que no puede serlo: así, pues, como cristiano
estáis obligado a renunciar para siempre a ella. Mas aún nos resta que
hablar del más importante, del verdadero objeto que me ha traído a esta
casa. Violante está encinta.
—¡Madre mía de los Dolores! ¿Será posible, padre Retamar?
—Tan posible que en breve dará a luz, Dios mediante, una criatura cuyo
padre sois.
—¿Yo su padre?... Pero y don Rodrigo...
—Calculad las fechas, señor marqués, y veréis cómo en ese punto no debe
quedaros duda.
Tenía el marqués demasiada inclinación a Violante para no creer
cuanto bueno de ella le quisiesen decir; y como por otra parte, en
consecuencia de su educación monástica, cuando un eclesiástico le
hablaba era siempre de su opinión, se dio desde luego por convencido, y
lo quedó plenamente de la paternidad con que la dama quiso favorecerle.
Conseguido esto, lo demás era fácil de arreglar. Aunque no sin
repugnancia, prometió el marqués no ver a Violante; y aseguró, con el
mayor gusto, que reconocería en forma al hijo o hija que ella diese a
luz, señalando a su madre una pensión vitalicia de mil ducados sobre
todos sus bienes, por medio de escritura legal que había de otorgarse
en las veinticuatro horas, contadas desde entonces mismo. Por último,
convinieron en que todo lo tratado entre ambos quedaría secreto, pues
el marqués no quería exponerse a las reconvenciones de Hinojosa, ni
disgustar a su hermano. Inmediatamente el marqués pidió su coche y
salió a casa de su escribano a formalizar la escritura de la pensión;
y el fraile se fue a dar cuenta del buen éxito de sus diligencias a
Violante, quien no tuvo poco trabajo en ocultar su inmensa alegría bajo
el velo de una devota conformidad con la voluntad del Señor.
Quince días después dio la beata de nuevo cuño a luz un muchacho
robusto, al que el padre Retamar, al bautizarlo con el nombre de don
Pedro Alcántara de Vargas, que era el mismo de su presunto padre, dijo
que encontraba maravillosa semejanza con el marqués. Este, que en
aquel acto vio también por primera vez al tierno infante, se deshacía
en lágrimas de gozo, estrechándolo en sus brazos y jurando que todas
las facciones eran las de la familia de los Vargas, si bien más bellas
por lo que de Violante tenían. El hecho es que el recién nacido era,
como lo son todos, un rollo de carne con ojos y facultad para llorar,
en cuyo rostro, aún en embrión, solo la ceguedad del cariño encuentra
semejanzas que no pueden existir.
No nos atreveremos a decir que el nuevo don Pedro Alcántara fuese en
efecto hijo del marqués, pero tampoco a negarlo; y esto en razón a que
ni su propia madre podía decir en ello cosa cierta.
Una labradora de Simancas, villa pequeña situada sobre un cerro en las
orillas de Pisuerga a dos leguas de Valladolid, buscada de antemano, se
llevó al niño para criarlo, y solo se la dijo que era de padres nobles
y ricos, sin descubrir quienes fuesen. El padre Retamar quedó encargado
de pagar a aquella mujer un espléndido salario, y de suministrarla
además cuanto necesitase.
Violante se restableció pronto, y aunque con la pensión del marqués
hubiera podido vivir con más lujo, conservó por prudencia su método
anterior de vida, sin más diferencia que la de hacer una vez
cada semana un viaje a Simancas a ver a su hijo, a quien quería
entrañablemente, y de cuya conservación dependía en gran parte su
fortuna.
Desde la visita del padre Retamar la amistad del marqués a su primo el
comendador empezó a resfriarse tan notablemente que, advirtiéndolo,
aquel caballero tomó la resolución de no mezclarse de allí en
adelante en darle consejos, visto que el marqués estaba siempre en
conversaciones secretas con su capellán, a quien había confiado su
secreto.
Justamente estos sucesos coincidieron con el segundo y tercer viaje de
don Juan a Madrigal; y ambos hermanos, ocupados en sus amores, cuidaron
poco uno de otro, contentos con que no se observasen sus pasos, ni se
pusiesen trabas a sus operaciones.
[Ilustración]
CAPÍTULO II
DON TELLO
Quiera Dios, señor don Juan,
Que volváis muy felizmente.
DON JUAN
Breves los días de ausente,
Señor don Tello, serán.
(Moreto: _El lindo don Diego_).
Dos o tres días después del nacimiento de su equívoco sobrino regresó
don Juan a Valladolid; y apenas hubo llegado a su habitación, cuando
encerrándose en ella abrió el misterioso pliego que Gabriel le había
entregado. Rota la primera cubierta, halló que contenía otro pliego
sellado con las letras S. R. L., cuyo sobrescrito era el siguiente:
[Ilustración: cruz] «A doña Inés Contiño, Sotomayor, Álvarez de
Castro; en el convento de religiosas de la orden de...
Salud y gracia».
A más de este halló Vargas un billete abierto que decía así:
«Señor don Juan: en el convento de religiosas de la orden de..., que
no podéis ignorar en qué parte de la ciudad se halla, encontraréis la
dama a quien va dirigida la adjunta carta. Para que se os permita la
entrada en él, preguntad por doña María de Castro, y decid que vais a
hablarla de parte de su tío el abad. — Dios os guarde, como deseamos.
— _S._».
—¡Otro misterio más! —exclamó don Juan—; pero a bien que en viendo yo a
Inés habrán de terminarse sin remedio.
Concluyendo esta reflexión se puso a vestirse para presentarse en el
convento con la debida decencia, y aún no había acabado de hacerlo,
cuando vinieron a buscarle de parte de su hermano el marqués, que
deseaba hablarle inmediatamente.
Trasladose Vargas sin detención a su cuarto, y le oyó, con no poca
sorpresa, decir que un asunto importante le llamaba a Madrid, para
donde pensaba salir sin falta al día siguiente por la mañana, llevando
consigo al padre Teobaldo.
Don Juan, admirándose de que su hermano se decidiera a viajar, y a
Madrid, adonde jamás había querido pensar en ir, y más aún de que
tuviese asuntos reservados para él, cosa que hasta entonces no le había
sucedido, pero deseoso también de abreviar la conferencia para poder
marcharse al convento, se limitó a contestar que estaba bien, pues el
marqués lo creía conveniente, y a desearle un feliz viaje y pronta
vuelta.
Por su parte el marqués, que había temido que su hermano le hiciese mil
preguntas a las que no sabía qué contestar, se dio por muy contento de
verse libre de aquel apuro; y so pretexto de disponer las cosas para
su viaje, se despidió de Vargas, que no le hizo repetir dos veces el
permiso para retirarse.
¿Quién podrá pintar la agitación de Vargas en el tránsito desde su casa
al convento designado en la esquela anónima que el pliego contenía?
Sería imposible.
Perdíase en conjeturas a cual más singular, a cual más descabellada
y distante de la verdad; pero lo que más le aquejaba era el temor
que le hacía concebir el haber visto hasta entonces burladas siempre
sus esperanzas de no conseguir, aun en aquella ocasión, el deseado
conocimiento de quién era Inés, y de los medios indispensables para
poseer su mano. Las tres iniciales del sello y la que servía de firma
al billete eran también para Vargas otra materia de interminables
cavilaciones, pues ni acertaba ni podía acertar con su significado.
Por manera que, aunque el convento distara mil leguas de Valladolid,
llegara a él tan embebido como entonces llegó en sus diversos
pensamientos.
Entró en la portería, llamó al torno, y dando allí el recado que se le
prevenía en el billete, recibió orden de pasar al locutorio, al cual
fue conducido por la demandadera. Llévale esta no al locutorio general
donde las madres recibían las visitas, sino a uno particular, amueblado
con la limpieza y nimiedad de adornos que acostumbran las monjas, pero
con más suntuosidad y elegancia que en tales parajes suele hallarse.
La demandadera, mujer habladora y bachillera, por si acaso don Juan
no había reparado aquella diferencia, se la hizo notar, advirtiéndole
que el tal locutorio era el reservado en que la madre abadesa recibía
las visitas de su ilustrísima el señor obispo y otros personajes de
distinción.
Con poca cuerda que don Juan la hubiera dado hubiera podido saber
la historia detallada de todos y cada uno de los muebles de aquel
aposento; pero Vargas, que desde que entró había clavado los ojos en
la reja que separaba la parte destinada para los profanos de la que
ocupaban las religiosas, no se dignó responder una sola palabra; y la
demandadera, picada de ver que se la trataba con tanta indiferencia,
se retiró, murmurando entre dientes que era lástima que un mancebo tan
galán de persona no fuera algo más cortés.
No se pasaron tal vez tres minutos desde que el hermano del marqués
entró en el locutorio hasta que se abrió la puerta de este que
comunicaba con lo interior del convento, y entró por ella una dama de
noble porte y elegante traje.
Llevaba un vestido de rica seda negra labrada, con la manga, que solo
llegaba hasta el codo, muy ancha, y terminada de la misma manera que
la del hábito de algunos frailes, en figura triangular. El jubón era
ceñido al cuerpo, cerrado por las espaldas y abierto por delante, con
dos solapas caídas sobre el pecho. Una gola blanca como el armiño
ceñía su garganta. El talle del vestido, arreglándose a la forma del
cuerpo, iba sobre la cadera; y la falda, con bastante vuelo, era algo
más larga por detrás que por delante. Una rica cadena de oro, que daba
dos vueltas al cuello y caía con gracia sobre el pecho y espaldas,
llevaba pendiente un magnífico medallón guarnecido de diamantes con el
retrato de una mujer joven y hermosa. El peinado de aquella dama era
sumamente sencillo y gracioso: el pelo recogido en un rodete colocado
bastante atrás, y la parte de delante dividida como hoy se lleva, pero
sin rizo alguno. Dos hilos de perlas finas daban vuelta a la cabeza
y se terminaban sobre la frente en un broche, en el cual brillaba un
diamante de alto precio. Para no dejar nada por decir, añadiremos que
en las manos de aquella dama se veían muchas sortijas, y que en la
derecha llevaba un libro de oraciones encuadernado en terciopelo morado
con abrazaderas de plata.
Menester fue que Vargas la mirara muy despacio para reconocer en una
persona tan ricamente ataviada a la humilde pastelera de Madrigal; pero
en fin, no pudiendo negarse a lo que sus ojos veían, exclamó:
—¿Inés, sois vos?
—Yo soy, don Juan: no me causa extrañeza vuestra admiración; pero en
verdad no deja de sorprenderme que hayáis descubierto mi asilo, el
nombre que en él me dan, y la manera de verme.
—Yo mismo, Inés, no sé cómo esto ha sido; tal vez vos podréis
comprenderlo mejor viendo este pliego.
Sacó entonces el que llevaba, y alargóselo a Inés al través de la reja.
La bella morena lo recibió con gravedad, reconoció el sello antes de
abrirlo, y se puso en pie para hacerlo. Así que lo hubo verificado
buscó la firma, besola con respeto, y después, siempre en pie, leyó su
contenido con la mayor atención.
Vargas la miraba sin acertar a comprender tanta ceremonia, y esperando
con ansia el resultado de aquella lectura, que duró lo bastante para
que le pareciera interminable.
Por fin Inés, después de haberse enterado muy a su sabor del contenido
del pliego, volvió a doblarlo escrupulosamente, y lo encerró en un
saco llamado limosnero que llevaba pendiente de la cintura, así como un
cordón de hilo de oro que la servía de ceñidor, y se terminaba en dos
borlas casi sobre los pies.
—La persona de quien dependo —dijo la dama pastelera ya sentada—,
la persona de quien dependo únicamente en este mundo, me autoriza a
enteraros de la historia de mi vida, a declararos quién soy, y a daros
explicaciones sobre un lance que ha podido dar lugar a dudas sobre mi
sinceridad. Hablo de lo ocurrido en el Carmen. Lo que voy a deciros
parecerá tal vez falta de recato; pero acostumbrada a vivir entre
hombres y en medio de los peligros hace años, puede disculpárseme si me
muestro algo más libre que otras de mi sexo. El primer hombre a quien
he amado, el único que he amado, el que hoy amo y amaré siempre, sois
vos, don Juan.
—¡Celestial Inés! ¡Quién será más dichoso que yo cuando os oigo hablar
así!
—Bajad la voz, no nos oigan, y escuchadme, porque sería imprudente
prolongar esta visita demasiado. Hace tiempo que yo preveía que
llegaríamos al punto en que hoy estamos, aunque tal vez no contaba con
que fuese tan pronto. Sin embargo, tengo ya concluida una relación
acaso prolija de los principales sucesos de mi vida. Por el escrito que
os entregaré podréis juzgar si soy o no digna de vuestro amor. Pero
¡ah, don Juan! ¿Por qué quiso el destino que me conocierais?
—Para mi ventura, adorada mía.
—Plegue al cielo que así sea, pero temo lo contrario: yo no puedo ser
vuestra sino con una condición.
—¿Y dudáis de que todas me parecerán suaves, deliciosas, tratándose de
lo que más deseo?
—Tal vez no; y ese es mi mayor tormento. Don Juan, la empresa en que
se os quiere comprometer no solo es arriesgada, sino, y ojalá que me
engañen mis tristes presentimientos, desesperada, imposible de llevar
a cabo. ¿Cuál sería mi dolor si rico, joven y dueño de mi corazón, os
viera víctima de proyectos que nada os interesarían si no me hubierais
conocido?
—Y bien, Inés, desde este momento son míos; no necesito saber más que
podrán reportaros alguna utilidad, y conducirme a mí a la dicha de
ser vuestro esposo, para ser el más celoso partidario de ellos. ¿Qué
es preciso hacer? ¿Atravesar los mares? ¿Abandonar patria y familia?
¿Pelear, renunciar a mi propio nombre, servir de esclavo? Hablad, Inés:
¿qué se exige de mí? Decidlo; y si hay peligro, por grande que sea, que
me detenga un instante, despreciadme entonces como indigno de vuestro
amor.
El entusiasmo de don Juan conmovió a Inés extraordinariamente; y no
permitiéndola su agitación responder de palabra, alargó por la reja una
mano, que fue besada con indecibles transportes.
—Y bien, mi Inés, mi señora, mi vida, ¿qué me decís?
—¿Qué he de deciros, don Juan? Si yo hubiera de combatir contra solo
mi amor, aunque grande, tal vez pudiera vencerlo aunque me costara la
vida; pero contra el vuestro también, me es imposible. Sea, pues, lo
que el destino ordene. Esperadme un momento.
Salió diciendo esto del locutorio y en breve volvió, trayendo una caja
o estuche de madera preciosa, la cual con su llave pendiente de un
cordón entregó a Vargas, diciéndole:
—Dentro de esa caja hallaréis la historia de la mujer en quien habéis
puesto los ojos. El cielo sabe si me cuesta que nos separemos tan
pronto, pero es preciso: idos, don Juan.
—¿Tan presto, señora?
—No podemos ni debemos llamar la atención de las religiosas. Dentro de
tres días volved a la hora de hoy.
—¡Tres días, Inés! ¡Tres días sin veros!
—Tiempo hubo en que un mes no os pareció mucho tiempo de ausencia.
—¿Aún os dura esa memoria, Inés mía? Paréceme que ya he pagado bastante
aquel delito. Es imposible que pudiendo veros pase yo tres días sin
hacerlo.
—Pues bien, venid pasado mañana: ya rebajo un día. Adiós, y no me
olvidéis.
—Antes me olvidaré de que existo.
—Mucho ponderáis, señor don Juan.
—Más siento, señora, a fe de caballero.
En esto, deshaciendo Inés su mano de las de su amante, que al tomar la
caja se había quedado con ella, se retiró ligeramente para salir del
locutorio. Ya en la puerta volvió la cabeza, y mirando a Vargas con
toda la expresión del amor y del agradecimiento.
—Adiós, mi don Juan —le dijo, y desapareció.
Vargas salió del convento arrebatado de gozo, y volando más que andando
corrió a examinar el contenido de la preciosa cajita.
[Ilustración]
CAPÍTULO III
La más bella niña
De nuestro lugar
Hoy viuda y sola,
Y ayer por casar.
(Góngora).
MANUSCRITO DE INÉS.
«¡Oh Clara! ¡Mi amada Clara! Si desde tu morada celestial tu alma
pura puede todavía conservar sus relaciones con los objetos que en la
tierra le fueron queridos, me atrevo a creer que nunca tu espíritu se
apartará de tu Inés. La feliz indiferencia por los hombres, que tanto
envidiabas en ella, ha desaparecido para siempre: ahora y no entonces
es cuando comprende todos tus tormentos. ¡Pobre Clara! Solo en la
tumba has hallado el descanso. ¿Será mi destino correr igual fortuna?
»Aún no sé si este escrito será jamás leído por otro viviente
más que yo misma. ¿Quién podrá asegurar que la persona para quien
le destino querrá comprar, a costa tal vez de su propia dicha, la
satisfacción de su curiosidad con respecto a mí? Comoquiera que sea,
si estos caracteres, trazados por mi mano, llegaren a las suyas algún
día, sepa que para él, y para él solo, he podido resolverme a confiar
al papel las desgracias de mi familia, cuyo término está cuando menos
muy lejano.
»Don Sebastián Contiño de Álvarez nació en la ciudad de Oporto, en
el reino de Portugal, vástago de una ilustre familia. Su inclinación
le llamó al ejercicio de las armas desde la niñez, y en ella se
envejeció. Era don Sebastián un soldado a toda ley: valiente,
sincero, y fiel a su rey. Ya muy adulto se enamoró, y obtuvo sin
dificultad la mano de doña María Sotomayor de Castro, que era una
señora igual a él en nacimiento, superior en fortuna, y célebre por
sus virtudes y claro entendimiento.
»Fruto de este matrimonio fueron dos hijas: mi pobre hermana Clara y
yo, que nací dos años después.
»Apenas habría yo cumplido cuatro años, cuando tuve la desgracia de
perder a mi madre; y a pesar de ser entonces tan tierna mi edad,
no he podido jamás olvidar la dolorosa impresión que aquel suceso
me causó, ni los extremos que mi padre hacía con la aflicción de
separarse para siempre de una esposa a quien adoraba. Clara y yo
recibimos, deshechas en lágrimas, la última bendición de nuestra
madre moribunda; y solo a ella puedo atribuir el que en medio de
tantas vicisitudes en que después nos hemos visto, ni la una ni la
otra nos hemos apartado un solo instante de la senda de la virtud:
gracias sean dadas al que todo lo puede.
»El mismo año de la muerte de mi madre, que fue el pasado de 1578, se
partió el rey don Sebastián a su desgraciada expedición al África;
y mi padre, no queriendo dejar de acompañarle, nos puso al cuidado
de una parienta de mi madre, llamada doña Francisca de Alba, mujer
de don Frey Cristóbal Tabora, gran privado del rey, y que también le
acompañó en aquella sangrienta jornada, causa de dolor eterno para el
Portugal.
»Parece que mi padre al despedirse de nosotras tenía el triste
presentimiento de no volvernos a ver. Estrechonos en sus brazos mil
veces, y no pudo dejarnos sin derramar copiosas lágrimas; cosa en él
bien singular, pues acaso en esta ocasión y en la de la muerte de mi
madre serían las dos únicas de su vida en que se le viese llorar.
»Perdiose la batalla: murió en ella la flor de la nobleza lusitana,
y la consternación fue general. Mi tía doña Francisca no supo de su
marido; nosotras ignoramos la suerte de nuestro padre; y ni teníamos
ni podíamos hallar consuelo, porque donde quiera que volviésemos la
vista solo hallábamos orfandad, viudez y desolación. Jamás pueblo
fue tan severamente castigado por faltas de su rey como Portugal por
el imprudente arrojo de don Sebastián.
»La edad de Clara y la mía nos libertaron entonces de apurar aquel
cáliz de amargura; pero sin embargo mi hermana, que nació con un
corazón demasiado sensible, contrajo desde entonces una melancolía
que conservó hasta el sepulcro.
»Para colmo de desdichas, nuestra tía se hizo un objeto de sospechas
eternas para el gobierno; y es de advertir que cuantos volvieron de
la batalla, o eran deudos, amigos y allegados de los que fueron a
ella, o bien habían gozado de algún favor con don Sebastián, fueron
desde entonces perseguidos más o menos, casi sin excepción.
»¿Qué cosa más natural que, ignorándose la suerte de un padre, de un
esposo, de un hermano, de un amigo, se tratase de inquirir qué era de
él? ¿Quién se atreverá a condenar al que no quiere convencerse, sin
haber adquirido pruebas innegables, de que ha perdido para siempre a
una persona querida?... Y, sin embargo, cualquiera de estas dos cosas
se miraba y se mira hoy en Portugal como un crimen atroz.
»Doña Francisca de Alba preguntaba, inquiría, buscaba sin cesar
indicios de que su marido no había muerto... “_Conspira_”, dijeron
los satélites del tirano; y la triste viuda se vio muy cerca de
ser sepultada en un calabozo. Tuvo, pues, que salir de Lisboa y
establecerse en su quinta de la Torre Vieja. Nosotras la seguimos;
pero mi tía, que aún no se consideraba segura, no queriendo
exponernos a una tropelía de las que entonces eran frecuentes, ni
envolvernos en su ruina, nos envió a la Sierra del Carnero con una
criada de confianza llamada Marta y el mulato Domingo, a quien don
Juan conoce.
»En lo más escondido de un profundo valle, en medio de un bosque de
naranjos y limoneros, una choza, que tal parecía por su techo pajizo
y paredes de caña, nos ofreció un asilo cómodo y seguro, del que
jamás me olvidaré aun cuando algún día llegue a habitar suntuosos
palacios. Formaba aquel valle una cadena circular de montes poblados
de añosas encinas, y de lo más alto de uno de ellos corría un
abundante y cristalino arroyo, cuyas aguas fertilizaban su suelo, y
habiendo no lejos de la choza un profundo remanso, nos proporcionaba
el placer de bañarnos en el estío. Una sola vereda de cabras era la
comunicación que existía entre nosotros y el resto del mundo. Nuestra
choza era grande, bien repartida, y cómoda. Poco tiempo después de
habitarla se retiró también a ella, huyendo de la persecución, el
capellán de mi tía, anciano venerable y lleno de instrucción, que
tomó a su cargo educarnos a Clara y a mí. Marta nos instruía en las
labores propias de su sexo.
»Pocas veces dejamos mi hermana y yo de ver brillar en el horizonte
el primer rayo del sol: siempre juntas, siempre con los brazos
enlazados corríamos el valle, y cada día encontrábamos un nuevo
placer. Hoy era un nido de ruiseñores; mañana la temprana fruta
de un árbol querido. Corríamos, saltábamos, y el tiempo presente
era el único que nos ocupaba. Ni el estudio ni el trabajo se nos
hacían penosos, porque no nos obligaban a él: nuestro preceptor era
el hombre más indulgente, más tolerante que es posible imaginar; y
nosotras lo queríamos tanto, que la idea de complacerle nos hacía
aprender con gusto cuanto quería enseñarnos.
»Clara, de más edad, más reflexiva, con mayor talento que yo,
aprovechaba también más; pero me quería con tanto extremo que tenía
un verdadero pesar cada vez que se conocía superior a mí. Si el
hombre que dice haberse prendado de mí hubiera conocido a aquel
ángel, viéndome a su lado me tendría por despreciable».
—Imposible —exclamó Vargas al llegar aquí—, imposible: no puede haber
habido mujer igual ni comparable a ti, Inés mía.
Después de haber desahogado así su corazón, continuó leyendo.
«Pero yo me olvido de que estos detalles, tan interesantes para mí,
han de cansar a cualquier otra persona: ocho años pasamos en aquella
soledad sin que el menor incidente viniera a turbar nuestra dicha.
Nuestros bienes, fielmente administrados por mi tía, nos ponían
en estado de proporcionarnos toda especie de comodidades: nada
deseábamos ni teníamos que desear.
»Yo tenía ya trece años; mi hermana quince, y era hermosísima
criatura. Dicen que se me parecía; pero yo, y no pase por modestia,
le soy muy inferior. Clara era muy blanca, perfectamente formada,
y sus facciones no eran solo regulares, sino además sumamente
agraciadas. Su porte era grave, dulce su mirar, encantadora su
sonrisa. En general parecía melancólica, y jamás su alegría fue
estrepitosa; pero había en su corazón una vehemencia, en su fantasía
una exaltación, que dan lugar a decir que en los pocos años que pisó
la tierra, más que en ella vivió en un mundo ideal.
»Cuando al despertarnos por la mañana me refería sus sueños, me
parecían de aquellos cuentos maravillosos que me entretenían en mi
primera infancia. Todo en ellos era sublime, extraordinario y bueno.
La misma inclinación se notaba en sus lecturas: siempre prefirió las
obras más metafísicas. Nunca la oí hablar de tesoros, sino de virtud
y gloria. Decir que era muy religiosa es excusado; en su carácter no
podía menos de serlo. Era demasiada su semejanza con los espíritus
celestiales para que dejase de estar siempre en comunicación con
ellos por medio de la oración.
»De mí solo diré que adoraba a mi hermana, y que tenerla a mi lado y
juguetear eran todos mis deseos.
»Una tarde de verano, ya mucho después de puesto el sol, nos
hallábamos las dos hermanas a la orilla del lago, sentadas al pie
de un sauce y abrazadas como de costumbre. Hablábamos de nuestros
padres, o por mejor decir, Clara hablaba y yo la escuchaba. No se le
había olvidado ni una sola de las circunstancias de la muerte de mi
madre, ni de la despedida de su esposo: referíamelas entonces acaso
por la millonésima vez, y sin embargo nuestras lágrimas corrían en
abundancia. Clara, refiriendo una desgracia, hubiera hecho llorar a
las piedras.
»En esta disposición, no sé cómo alcé la vista, y en la cumbre del
monte que teníamos en frente, que era justamente el que atravesaba
la vereda por donde se entraba en nuestro valle, creí divisar cuatro
o cinco hombres a caballo. Comuniqué mi observación a Clara, y esta
confirmó mis sospechas.
»Desde que habíamos ido a la cabaña continuamente estábamos oyendo
que aquel era el único rincón de Portugal donde se podía vivir sin
estar expuesto a las persecuciones del tirano.