MÉJICO

Desde 1884 se encontraba sometido el país a la férrea dictadura del

General Porfirio Díaz, que cada cuatro años venía siendo reelegido en la

Presidencia, por medio de unos comicios sólo legales en la apariencia,

cuando en 1910 se halló frente a una revolución dirigida por Francisco

I. Madero, la que enarbolando el lema de "sufragio efectivo y no

reelección", en mayo del año siguiente lo obligó a dejar el poder. En 15

de octubre se celebraron elecciones bajo un gobierno provisional y

designado Madero Presidente de la República, el día 6 de noviembre entró

a ocupar dicho alto cargo.

Los partidarios del ex presidente Díaz, unidos a los descontentos de la

nueva situación, tramaron una sedición que se produjo en los cuarteles

de la capital, en 9 de febrero de 1913, en la que murió el General

Villar, Comandante Militar de la plaza; y el General Victoriano Huerta,

que le sucede, traiciona a Madero y lo hace morir asesinado el día 20 de

dicho mes, usurpando acto seguido la Presidencia. Pocos días después, el

4 de marzo, Woodrow Wilson ocupa la Presidencia de los Estados Unidos y

el día 12 declara públicamente que no está dispuesto a reconocer al

gobierno de Huerta, por ser producto de una usurpación; reiterando

después, en diversos discursos, entre otros el que pronunció en Mobila

en 27 de octubre, su negativa a justificar la iniquidad y a reconocer

los gobiernos manchados de sangre.

No tardó Huerta en verse obligado a su vez, a tener que hacer frente a

otra revolución de la que fué primer jefe Venustiano Carranza; y como el

Presidente Wilson le ofreciera sus buenos oficios para poner término a

la lucha, tal mediación fué rechazada. Al mismo tiempo que realizaba

Wilson esta gestión, daba otro paso, que constituyó un verdadero aliento

para el carrancismo, fundándose en que los dos bandos en lucha no eran

más que dos facciones: permitirle en las mismas condiciones que al

gobierno de Huerta la importación de pertrechos de guerra. En esta

situación ocurre el incidente que pasamos a referir.

En la mañana del día 9 de abril del año 1914, encontrándose anclado en

aguas de Tampico el crucero "Dolphin", varios de sus tripulantes, que se

encontraban en tierra adquiriendo provisiones, fueron detenidos por las

autoridades huertistas. Hora y media después eran puestos en libertad,

con todo género de excusas y satisfacciones; pero el Almirante Mayo

exigió algo más: pidió que la bandera norteamericana fuese saludada con

veintiún cañonazos, y como el General Huerta se negara a realizar dicho

saludo, el día 20 del citado mes el Presidente Wilson solicita y obtiene

del Congreso la debida autorización, "para usar la fuerza armada de los

Estados Unidos con el objeto de obtener del General Huerta y de sus

partidarios, el más completo reconocimiento de la dignidad y de los

derechos de los Estados Unidos". No tardó el Presidente Wilson en hacer

uso de esta autorización. Puso en movimiento inmediatamente algunas

unidades navales y al día siguiente, tras un encarnizado combate en que

ocurrieron abundantes bajas de ambas partes, las fuerzas del Almirante

Fletcher ocuparon la ciudad de Veracruz.

Una vez ocurrida dicha ocupación y como no dieran trazas las fuerzas

norteamericanas de abandonar la plaza, el Presidente Wilson, a fin de

satisfacer la curiosidad pública, ávida de enterarse de sus propósitos,

declaró que tal acto no constituía ningún ultraje a la nación mejicana,

sino una represalia a la persona de Victoriano Huerta, que gratuitamente

había provocado un conflicto con los Estados Unidos.

Esta declaración no satisfizo a la opinión mejicana, la que desde un

principio juzgó aquel acto como una violación de las leyes

internacionales y un ultraje a la dignidad de la nación. Por momentos la

situación se hacía más difícil y cuando parecía inminente que habría de

sobrevenir un estado de guerra, los embajadores de la Argentina, Brazil

y Chile ante el Gobierno de Washington, le ofrecen su mediación a éste y

a las facciones de Huerta y Carranza, para arreglar los conflictos

internos de Méjico, así como las diferencias entre esta República y la

de los Estados Unidos.

Aceptada dicha mediación, por todos menos por Carranza, que no quiso

someterse a la condición que se le impuso de suspender las hostilidades,

en 20 de mayo de 1914 se reunieron en Niágara Falls, Ontario, los

referidos diplomáticos, los representantes del gobierno de Washington y

los del General Huerta. Apenas iniciada la conferencia, y convencidos

sus miembros de que mientras perdurase el conflicto mejicano, no se

retirarían de Veracruz las fuerzas norteamericanas, adoptaron un acuerdo

que suponía la remoción del verdadero obstáculo que se oponía a la paz:

la presencia de Huerta en el poder. El 12 de junio, con efecto, de hecho

quedó pactada la caída de Huerta, al consignarse entre los acuerdos de

la conferencia, el de que se reconocería en la ciudad de Méjico un

gobierno cuyo carácter se definiría después y que perduraría hasta que

fuese inaugurado un Presidente constitucional.

Ante este acuerdo, tuvo Huerta que ceder. El día 15 de julio presentó su

renuncia al Congreso, ocupando la Presidencia, provisionalmente,

Francisco Carvajal, hasta el día 2 de agosto, en que entraron en la

capital las fuerzas constitucionales y desde cuya fecha Venustiano

Carranza asumió aquel cargo. A mediados del mes siguiente, se retiraron

las tropas norteamericanas que ocupaban a Veracruz.

Año y medio después vuelven a ser tirantes las relaciones entre las dos

repúblicas. En 10 de enero de 1916, el bandido Pancho Villa, alzado en

armas contra el gobierno de Carranza y que por lo visto quería provocar

la intervención de los Estados Unidos, asalta un tren en Santa Isabel,

cerca de Chihuahua, dando muerte a catorce viajeros de nacionalidad

norteamericana. Este suceso produjo honda indignación en los Estados

Unidos. Gran parte de la opinión acusó directamente al Presidente Wilson

como responsable del mismo, por no haber actuado, por haber adoptado la

política que se llamó "de la espera-paciente" ("watchfull waiting"). Fué

el ex presidente Roosevelt de los que con más rudeza atacó a Wilson, no

explicándose la conducta de la administración al negarse a intervenir en

los asuntos de Méjico, so pretexto de que la defensa de los _dollars_

invertidos por los americanos en dicha República, no ameritaba el

sacrificio de la vida de un solo soldado. Contribuía a excitar aún más

la opinión, el hecho de que el Gobierno de Carranza no diera trazas de

preocuparse en perseguir a los bandidos que con sus continuas

depredaciones mantenían sobresaltadas las poblaciones americanas

inmediatas a la frontera.

Pronto se vió obligado, sin embargo, el Presidente Wilson, a abandonar

su política del "watchfull waiting". El día 9 de marzo atraviesa Villa

la frontera al frente de unos mil hombres y asalta el pueblo de

Columbus, Estado de Nuevo Méjico, asesinando a muchos de sus moradores y

causando otros estragos, y al día siguiente el Presidente reúne su

gabinete y se acuerda enviar a Méjico un contingente militar con objeto

de poner término a las incursiones de los bandidos. Tanto el Presidente,

como el Secretario de la Guerra, declararon que los fines de la

excursión habían de ser exclusivamente punitivos y que se guardarían los

debidos respetos para la soberanía mejicana. No tardó el Congreso en

respaldar la actitud del Ejecutivo, al autorizar a éste para movilizar

el número de soldados que fuesen necesarios, no sin hacer también la

salvedad, de que tal acción no habría de significar, en modo alguno, el

deseo de intervenir en los asuntos domésticos de la vecina república.

Al enterarse Carranza del envío de la expedición, le hizo saber al

Gobierno de Washington que no la consideraba justificada, ni toleraría

la invasión, a menos que a su gobierno se le reconociera el mismo

derecho, en análoga situación. Carranza al enviar esta nota, que fué

depositada en la Cancillería americana por medio de su Agente

Confidencial, sólo quiso, según explicó después, hacerle ver al

Presidente Wilson, que estaba dispuesto a entrar en negociaciones para

autorizar la expedición sobre aquella base de reciprocidad; pero Wilson

le dió otro alcance a dicha nota, la tomó como una oferta de aceptar

desde luego la invasión, siempre que a su gobierno, en idéntica

situación, se le reconociera igual derecho; de ahí, que a los dos días

de haberle contestado al Presidente mejicano que aceptaba aquella

propuesta, la expedición penetraba en territorio azteca. El entonces

Brigadier Pershing, marchó al frente de la invasión y el Mayor General

Funston quedó en la frontera, para dirigir desde ella las operaciones.

Apenas ocurrió este hecho, el Presidente Carranza le pidió al gobierno

de los Estados Unidos que retirase la expedición. Para tratar de este

asunto se celebraron conferencias en El Paso por el mes de mayo, entre

representantes de las dos naciones, pero no obstante los esfuerzos que

se realizaron, no se obtuvo acuerdo alguno. Carranza se mantuvo en su

actitud. Insistió con reiteración, por medio de notas constantes, cuyo

tono de arrogancia era más marcado cada vez, en la retirada de la

expedición punitiva y cuando eran más tirantes las relaciones entre los

dos gobiernos, ocurre un suceso que pareció ser el detalle que faltaba

para provocar la ruptura de las hostilidades. En 21 de mayo trabaron

combate una fuerza americana y otra mejicana que se habían puesto en

contacto en Carrizal, con grandes pérdidas de una y otra parte. La

excitación que este hecho produjo en las dos repúblicas fué inmensa. La

guerra parecía ya un hecho. El Congreso norteamericano se reúne

inmediatamente y vota un crédito de $25,000.000.00 para satisfacer los

gastos de movilización de la Guardia Nacional.

Pero cuando ya la ruptura parecía inminente, cambia el sesgo de las

cosas. Varios representantes diplomáticos europeos y suramericanos,

deseosos de conjurar la crisis, le piden al General Carranza que cambie

el tono de su actitud con respecto al Gobierno de Washington. Esas

gestiones son seguidas de otras cerca de este último gobierno y una vez

lograda una mejor disposición, ya dentro de un ambiente más cordial, se

provoca la reunión de una comisión de representantes de los dos

gobiernos. Llevóse a cabo dicha reunión, con éxito satisfactorio en

Atlantic City, New Jersey, y zanjadas al fin las diferencias, quedó

convenida la retirada de la expedición punitiva, llevándose ésta a cabo

en enero de 1917. Poco tiempo después, de nuevo se hacen tirantes las

relaciones entre las dos naciones, al promulgarse en 1º de mayo de 1917

una nueva Constitución, inspirada por Carranza, en la que se declaró,

por su artículo 27, que eran del dominio de la nación todas las

pertenencias del subsuelo. Las empresas norteamericanas interesadas en

negocios de petróleo en este país elevaron su protesta al Gobierno de

Washington, por entender que aquella disposición envolvía una verdadera

conculcación de los derechos domínicos adquiridos al amparo de las leyes

mejicanas y dicho gobierno, juzgándola justificada, la trasmitió al de

Méjico. Este no quiso prestar atención a los reclamantes y tan

importante ha juzgado el asunto la Cancillería norteamericana, que por

consecuencia del mismo, no fué reconocido Adolfo de la Huerta, que ocupó

el gobierno provisionalmente a consecuencia de la muerte trágica de

Carranza, ocurrida en 21 de mayo de 1920, ni el General Alvaro Obregón,

que desempeña la presidencia desde diciembre de dicho año.

Claro está, que semejante situación perjudica a todos: a Méjico, porque

el país necesita mantener sus relaciones mercantiles y financieras con

los Estados Unidos y a éstos, por el quebranto que han sufrido y están

sufriendo los cuantiosos intereses invertidos en dicha república. El

General Obregón ha procurado reanudar las relaciones entre los dos

países, pero considera inaceptable la condición que para llegar a ese

resultado se le exige por el gobierno de los Estados Unidos, consistente

en que se declare, por medio de un Tratado, que el antes referido

artículo 27 de la Constitución, no perjudica los derechos adquiridos con

anterioridad.

Tal es la situación del gobierno de Méjico en estos momentos.

Veinticuatro naciones lo han reconocido, pero otras, entre las que

figuran Francia y la Gran Bretaña, no han dado ese paso, en espera sin

duda de la aptitud que adopten los Estados Unidos.

(II)

La Política de los Estados Unidos en el Continente Americano · 第 75 / 76 题