GUATEMALA

Una de las tiranías más conocidas y caracterizadas de Hispanoamérica, en

estos últimos tiempos, fué la que ejerció en Guatemala Manuel Estrada

Cabrera, que desempeñaba la presidencia desde el año 1898. Había sabido

mantener estrechas y amistosas relaciones con el Gobierno de los Estados

Unidos, dando con ello motivo a que se generalizara la creencia de que

dicho gobierno era algo así como el fiador de su permanencia en aquel

cargo. El año 1919, cuando parecía eterna dicha tiranía, se organiza un

grupo de patriotas resueltos a ponerle término y uno de sus primeros

actos fué el de hacerle ver al Presidente Wilson, cuál era la situación

del país, y la verdadera significación del gobierno a que éste estaba

sometido. Estas gestiones, realizadas en Washington, dieron resultado,

pues a los pocos días, o séase por el mes de agosto, la prensa

norteamericana dió la noticia de que el Gobierno de la Unión había

insinuado a Estrada Cabrera la conveniencia de que no se hiciera

reelegir nuevamente, con la advertencia, al propio tiempo, de que las

próximas elecciones debían ser sinceras y legales.

Esa declaración y los comentarios de la prensa a que dió lugar, dice

José Tible Machado, en un artículo que vió la luz en _La Reforma

Social_, sonaron como campanada funeraria en el ánimo de Cabrera y

llevaron alientos al grupo de valientes, que con una abnegación y un

valor pocas veces igualado, se había enfrentado con el despotismo.

Estaba pues preparada la opinión; sólo faltaba iniciar la acción.

Fué el propio Estrada Cabrera quien brindó la facilidad de que se

precipitaran los sucesos. El Partido Unionista, que abogaba por la unión

de los cinco Estados norteamericanos en una República Federal, celebraba

una manifestación, con objeto de darle gracias al Congreso por haber

votado una resolución favorable a sus fines; y Estrada Cabrera, que

sabía que en el seno de dicho partido dominaba un sentimiento que le era

hostil, dió órdenes a sus soldados y secuaces para que disolvieran aquel

acto, las que cumplieron aquéllos, haciendo fuego sobre los

manifestantes. No hay que decir el efecto que semejante atentado produjo

en la opinión. Hasta tal punto llegó la indignación contra Estrada

Cabrera, que el Congreso, antes tan dócil a sus deseos, acordó

deponerlo, después de oir el dictamen de dos médicos acerca del estado

de sus facultades mentales, nombrando además en su lugar a Carlos

Herrera, uno de sus miembros más distinguidos.

Fácilmente se ha de comprender que esta actitud del Congreso, por fuerza

tenía que desenvolverse dentro de tal ambiente de hostilidad contra el

Presidente, que fueron tomando las cosas un marcado cariz

revolucionario, sobre todo cuando se supo que Estrada Cabrera no estaba

dispuesto a acatar el acuerdo del Congreso. Fué entonces cuando el

Gobierno de Washington declaró que reprobaría cualquier apelación que se

hiciera a la revolución. Pero era ya tarde para intentar sostener a

Estrada Cabrera. Este, que se encontraba residiendo en su finca "La

Palma", determinó bombardear la capital desde este lugar y durante

varios días la hizo víctima de su cólera; pero convencido al fin, de la

inutilidad de tal ataque, a petición del cuerpo diplomático se pactó un

armisticio, e iniciadas las negociaciones entre el Congreso y el que

legalmente ya no podía llamarse Presidente, en 14 de abril de 1920

capitulaba éste, entregándose sin condiciones al gobierno presidido por

Carlos Herrera. A fines de junio el nuevo gobierno fué reconocido por la

cancillería de Washington, que hubo de declarar, que aquél no era

producto de la revolución, sino el sucesor constitucional del Gobierno

de Estrada Cabrera.

(H)

La Política de los Estados Unidos en el Continente Americano · 第 74 / 76 题