NOTAS CRITICAS

I.--LA POLÍTICA INTERVENCIONISTA DE LOS ESTADOS UNIDOS EN EL MAR CARIBE.

SUS PRECURSORES. SUS CAUSAS. CARACTERES QUE LE SON PROPIOS.

La preponderancia de los Estados Unidos en el mar Caribe cobró verdadero

interés al concertarse, en 18 de noviembre de 1901, el Tratado

Hay-Pauncefote, por el cual la Gran Bretaña renunció el derecho, que

había adquirido desde el año 1850, de compartir con aquella República la

construcción y explotación de un canal interoceánico. La renuncia de tal

derecho significaba para el gobierno inglés algo más que la conformidad

en que el canal quedara bajo el control de los Estados Unidos: era darle

paso franco a esta nación para que ejerciera un completo señorío sobre

las Indias Occidentales y la América Central. Una vez resueltos los

Estados Unidos, dice el profesor Latané, a llevar a cabo el proyecto,

por tanto tiempo acariciado, de ser los constructores del canal, esta

determinación por fuerza tenía que imponerles la adopción de la política

de protectorados, supervisiones financieras, dominio de rutas marítimas

y adquisición de estaciones navales que han asumido en el Caribe.

Esta política, que hemos llamado de la "Preponderancia en el Caribe",

aunque iniciada y desenvuelta en lo que de este siglo va transcurrido,

tuvo sus precursores o iniciadores en el anterior, principalmente en el

tiempo que corre desde el año 1870 hasta el de 1881, durante los

períodos presidenciales de Grant, Hayes y Garfield. Acentuóse, con

efecto, en esta época, en la Cancillería de Washington una marcada

tendencia que llamaremos "americanista", siguiendo la expresión del

profesor Hart. En 1870 el Presidente Grant se dirigió oficialmente al

Congreso pidiendo la anexión de Santo Domingo en nombre de la Doctrina

de Monroe y este mismo año, Hamilton Fish, que desempeñaba la Secretaría

de Estado, declaró públicamente que el canal se debía llevar a cabo bajo

los auspicios de los Estados Unidos. En 1880 el Presidente Hayes,

primero, y el Secretario Evarts, después, reiteraron esa declaración en

mérito de que el canal no habría de ser más que una prolongación de las

costas de los Estados Unidos, y a su vez la ratificaron, al año

siguiente, el Presidente Garfield y su Secretario de Estado, el ilustre

James G. Blaine.

Cuando se hicieron estas declaraciones fueron unánimemente aceptadas por

la opinión. Parecía que sólo se esperaba la ocasión propicia para

iniciar en la zona del Caribe una enérgica acción "americanista". Pero,

a pesar de esto; a pesar de que desde época tan relativamente lejana se

sintieron los primeros latidos del imperialismo; como no era tarea fácil

la de llevar al pueblo, tan apegado a los viejos principios de

"aislamiento", al nuevo orden de cosas, trabajo costó que la opinión se

aviniese a él. Sólo a esto se debe, dicen los escritores Powers y Jones,

que el espíritu partidarista, el simple afán de hacerle oposición al

Presidente de la República, hiciera fracasar en el Senado norteamericano

el Tratado que negoció la administración de Roosevelt con Santo Domingo

en 1905, y el que a su vez celebró con Nicaragua el Presidente Taft en

1911; sin darse cuenta los congresistas oposicionistas de que las

supervisiones que por dichos convenios se establecían eran para la

nación un asunto de tan vital interés como el que más pudiera serlo.

Hoy, añaden dichos escritores, las cosas han ido cambiando y se estima

por todos, como cuestión ajena a los partidos y que está por encima de

éstos, que los Estados Unidos no deben abandonar la política, que se han

impuesto, de tener un poder preponderante y asumir determinadas

responsabilidades con respecto a sus vecinos del Sur. Nadie duda ya,

dicen, de que la nación no ha de abandonar dicho control, a menos que

quiera poner en riesgo su propia existencia.

Expuestas estas breves consideraciones acerca del momento en que los

Estados Unidos inician su política intervencionista, así como respecto a

la decisión con que se disponen a mantenerla, cumple que nos refiramos

ahora a los móviles que han impuesto a dicha nación el desarrollo de esa

fuerza preponderante.

La causa primordial que ha llevado a los Estados Unidos a ejercer cierta

función tutelar sobre las Repúblicas del Caribe, no obedece a otra cosa

que al propósito de obtener garantías de seguridad en el exterior.

Circunscribíanse éstas, en otra época, al mantenimiento de la Doctrina

de Monroe: los Estados Unidos, al defender a los países

latinoamericanos, lo que perseguían en realidad era su propia defensa;

evitaban que sentando sus reales en América una potencia europea se les

creara a ellos una vecindad peligrosa. Hoy, a la seguridad de la nación

no le basta esa actitud de pasividad, por así decirlo, sino que

requiere, para proteger sus grandes intereses comerciales y su rango de

potencia naval de primer orden, el ejercicio de cierta acción de

predominio en el exterior.

Esto hace que se diga con frecuencia que la Doctrina de Monroe ha

evolucionado; que antes se la aplicaba para defender a los países

hispanoamericanos, mientras que hoy se la invoca para avasallarlos. No

ha habido tal evolución de la Doctrina: son los tiempos los que han

evolucionado; son nuevas circunstancias las que han exigido que las

medidas de seguridad no se limiten a permanecer en guardia frente a los

peligros exteriores, sino en tomar, adelantándose a éstos, posiciones de

ventaja en los países vecinos.

Para comprobar hasta qué punto ha sido de necesidad para los Estados

Unidos tomar esas posiciones de ventaja en los países que baña el mar

Caribe, merece la pena que nos detengamos a considerar lo que representa

esa zona para dicha nación, en todos los aspectos del asunto.

El mar Caribe es para la América del Norte lo que el Mediterráneo para

Europa; de ahí, que el interés que ha llevado a la Gran Bretaña a

dominar sobre Egipto; a Francia sobre Argelia y Túnez; a España sobre

Marruecos y a Italia sobre Trípoli, y que mantuvo el apetito de

Alemania, antes de la última guerra, por conseguir también posiciones en

la costa septentrional de Africa, sea el mismo que ha exigido a los

Estados Unidos el mantenimiento de su soberanía sobre Puerto Rico, la

adquisición de las Islas Vírgenes y el ejercicio de ciertos

protectorados. Aquellas islas y las de Cuba y Santo Domingo no sólo

constituyen la mejor defensa de la costa sur de los Estados Unidos, sino

que desde ellas y desde las dos denominadas Maíz, situadas en la costa

de Nicaragua y arrendadas a aquella República, se dominan todas las vías

que conducen al canal de Panamá.

Por el Caribe discurre todo el enorme comercio que mantienen los Estados

Unidos con las Antillas y con Centro y Suramérica, y por sus aguas

tienen que cruzar también las embarcaciones, cuyo número crece día por

día, que comunican, al través del canal de Panamá, a diversas regiones

del globo. Negar, en mérito de tales circunstancias, el interés de la

República Norteamericana en mantener su predominio en este mar,

significaría desconocer la historia, y equivaldría a negar que la Gran

Bretaña debe gran parte de su actual poderío al dominio que ha podido

mantener sobre el canal de Suez y otros puntos estratégicos del

Mediterráneo; que Portugal, en época pasada, llegó a pesar en la

política mundial debido en gran parte a la adquisición del cabo de Buena

Esperanza, y que la causa primordial de la reciente guerra mundial no

fué otra que el deseo de Alemania de establecer y dominar una nueva vía

de comunicación con los países del Oriente. Ocurre con los países del

Caribe, dice Jones, lo que con los Balkanes y el Asia Menor: que su

valor para las grandes potencias de Europa está representado, no en lo

que valen esas regiones, por sí mismas, sino en el hecho de que al

través de ellas se comunique Oriente con Occidente.

El aspecto político no es de menor importancia que el que ofrece el

asunto, según acabamos de ver, desde los puntos de vista geográfico y

comercial. Los Estados Unidos invocan como principal finalidad de sus

protectorados, la de mantener la Doctrina de Monroe; la de aplicarla

preventivamente a fin de evitar los motivos de conflicto con otras

potencias. En el caso de la enmienda Platt, se dijo por Root que su

principal objeto era evitar los ataques a la independencia de Cuba; y

con respecto a la ingerencia de los Estados Unidos, primero en Santo

Domingo y después en Haití, se puede decir que se inició, en los dos

casos, por algo así como por una mediación tendiente a evitar que de

determinadas reclamaciones europeas se derivara una ocupación

territorial. Al ejercer los Estados Unidos los protectorados que han

asumido sobre estas islas, y sobre las Repúblicas de Panamá y Nicaragua

en Centro América, protegen sus intereses, pero se convierten al propio

tiempo, dicen sus estadistas, en los mejores fiadores de la

independencia de dichas Repúblicas. Para ninguna otra potencia, dicen

también, ofrecen las mismas, por múltiples razones, el interés que

tienen para los Estados Unidos.

Hay un último aspecto, que podríamos llamar estratégico, al que nos

vamos a referir ahora y que ofrece aún mayor importancia que los

anteriores. No es la República Norteamericana la única potencia naval

que tiene intereses en este mar. El territorio de Belice, en la costa de

Honduras, y Jamaica, que es una de las Antillas mayores, pertenecen a la

Gran Bretaña y en el grupo de las menores, las Barbadas, Trinidad y

otras islas, son también colonias inglesas; la Martinica y Guadalupe

pertenecen a Francia, y Curazao pertenece a Holanda; y aunque por el

momento no parece probable que los intereses de estas naciones lleguen a

ponerse en pugna con los de la Unión Norteamericana, dicha circunstancia

no es suficiente para que esta nación deje de prevenirse contra los

peligros de la brusquedad de un cambio en la política mundial.

La peculiar situación de Colombia y de Méjico, con costas que hacen

frente a los dos océanos, habría de ser también motivo de inquietud para

los Estados Unidos, como observa Powers, en caso de un conflicto

internacional. Estas dos Repúblicas, debido a dolorosas circunstancias

que por fortuna ya pasaron, con razón o sin ella, se sienten agraviadas

y no han estado en buena disposición de amistad hacia los Estados

Unidos; y éstos, que no desconocen el hecho, no pueden perder de vista

la importancia que el mismo pudiera tener si llegaran a verse envueltos

en guerra con una potencia europea o asiática.

El imperialismo de los Estados Unidos tiene caracteres que le son

peculiares. Para convencerse de ello basta compararlo, en su origen y en

sus tendencias, con el de las naciones de Europa. Después de

consolidarse en Europa un grupo de naciones fuertes, pero sin ser

ninguna bastante poderosa para dominar a las otras, y de crearse entre

ellas una situación especial, un estado de equilibrio basado en el

respeto mutuo y en el que cada una tenía los mismos derechos; algo así

como una transacción entre la idea de dominación universal y la

autonomía de los pueblos; dichas potencias, como si solamente pudieran

vivir dentro de un perpetuo estado de rivalidad, llevaron su competencia

a tierras lejanas. Aprovechando el nacimiento del sistema industrial,

por los recursos que brindaba, especialmente para la navegación, se

apoderó de ellas un afán desmedido por establecer colonias en todas las

regiones del globo, por distantes que estuvieran. Ocuparon en Asia,

Africa y la Oceanía cuantos territorios pudieron ser acaparados y el

Continente Americano también hubiera sido objeto de reparto, a no ser

por el mantenimiento de la Doctrina de Monroe. Desde entonces hasta hoy,

como dijo en notable conferencia el Dr. Montoro, la expansión nacional

ha sido el interés primordial de las grandes potencias del Viejo Mundo y

la causa de todas las guerras en que éste se ha visto envuelto.

La actividad imperialista de dichas naciones no ha tenido otra

finalidad que la de dominar el mercado importador de la colonia, zona de

influencia o territorio protegido que de ella ha sido objeto, y absorber

al propio tiempo su producción, siempre en provecho de la metrópoli y

excluyendo la competencia comercial de otras naciones; en unos casos por

medio del monopolio y en otros acudiendo al sistema de las tarifas

diferenciales. La misma Francia, que al crearse el vasto imperio

colonial que hoy posee iba tras un fin político más bien que económico,

pues sólo procuraba encontrar en el exterior algo que compensara la

derrota del año 1870, ha reducido en beneficio propio las tarifas

aduaneras de sus posesiones, llegando esa reducción en algunos casos

hasta el 58%.

El imperialismo norteamericano en su aspecto intervencionista, que es al

que ahora nos referimos--no a aquel otro que consistió en el movimiento

expansionista, a virtud del cual se fueron agregando a la Unión los

territorios que hoy forman su enorme área--, no se ha inspirado, al

revés de lo que ha ocurrido con el de las naciones de Europa, en ningún

propósito económico. Los Estados Unidos no han establecido su esfera de

influencia sobre las Repúblicas de Cuba, Santo Domingo, Haití, Panamá y

Nicaragua con objeto de acaparar mercados ni recabar ventajas para su

comercio. Su finalidad ha sido política: se ha reducido a ejercer sobre

las Repúblicas vecinas determinado control, que sólo llega, por lo

regular, al límite de lo necesario; y, aunque se inspira dicho

intervencionismo en la salvaguardia de los intereses de la nación, dicen

distinguidos escritores norteamericanos que produce como consecuencia la

de garantizar la independencia de dichas Repúblicas. En la aprobación de

la enmienda Platt--dijo nuestro eximio maestro el Dr. Antonio Govín--,

no medió el intento de vulnerar la independencia de Cuba, sino que, por

el contrario, se aspiró a protegerla.

Compartimos estas ideas, reconociendo como un hecho cierto que la

política intervencionista de los Estados Unidos no ambiciona la anexión

de nuevos territorios; pero se hace forzoso reconocer también que,

limitada y todo como es su acción, la Cancillería de Washington, llegado

el momento de mantenerla, no repara en medios, ni reconoce obstáculos.

Buena prueba de ello la constituyen el gesto del Presidente Roosevelt al

ordenar que se prohibiera el desembarque de las fuerzas de Colombia

destinadas a reprimir la revolución que culminó en la independencia del

istmo, so pretexto de que iban a entorpecer el tránsito por el

Ferrocarril, y la actitud que algunos años después adoptó en Nicaragua

la administración de Wilson, favoreciendo una revolución que al

triunfar impuso en recompensa la celebración del Tratado por el cual los

Estados Unidos adquirieron determinadas ventajas en el territorio de

aquella República.

II.--LA INGERENCIA NORTEAMERICANA EN LAS REPÚBLICAS DE CUBA, PANAMÁ,

SANTO DOMINGO, HAITÍ Y NICARAGUA, A TENOR DE LOS TRATADOS VIGENTES Y EN

LA PRÁCTICA. CENSURAS DE QUE HA SIDO OBJETO.

Aunque en los Tratados celebrados por los Estados Unidos, en 22 de mayo

de 1903, con la República de Cuba; en 18 de noviembre del mismo año, con

la de Panamá; en 8 de febrero de 1907, con la de Santo Domingo; en 3 de

agosto de 1914, con la de Nicaragua, y en 16 de septiembre de 1915 con

la de Haití, se persigue la misma finalidad, esto es, asegurar el

predominio de la nación norteamericana en la zona del mar Caribe, dichas

convenciones no encierran las mismas disposiciones. Parecía lógico que,

siendo el "control" sobre Cuba el primero que asumían los Estados

Unidos, se reprodujeran las prescripciones de la ley que lo autorizó, o

sea la Enmienda Platt, en los tratados que celebraron después con

aquellas otras Repúblicas; pero el examen de la materia que ha sido

objeto de tales tratados, y que hacemos a renglón seguido, revela que no

fué así.

Las disposiciones de la Enmienda Platt, que son las mismas del Tratado

Permanente de 22 de mayo de 1903, se pueden resumir en dos grupos: en el

primero están comprendidas las prescripciones inspiradas en la Doctrina

de Monroe y en la defensa de los intereses de los Estados Unidos como

potencia naval; y en el segundo, aquellas en que se le concede a esta

República cierta ingerencia en determinados asuntos, de orden interno,

de la nación cubana. Pertenecen al primero: la disposición por la cual

se previene al gobierno de Cuba que no celebrará con ninguna potencia

extranjera tratado alguno por el cual se menoscabe la independencia, o

se le otorgue el asiento o control sobre una porción de la isla, bien

para colonizarla, bien para cualquier propósito naval o militar; y

aquella otra en que se conviene en ceder o arrendar a la República

norteamericana las tierras necesarias para estaciones navales;

corresponden al segundo aquellas prescripciones por virtud de las

cuales el gobierno de Cuba se compromete a no contraer deudas

exageradas; consiente en que los Estados Unidos intervengan para la

conservación de la independencia, para el mantenimiento de un gobierno

adecuado para la protección de las vidas, las propiedades y la libertad

individual y para el cumplimiento de las cláusulas del Tratado de París

pertinentes a Cuba, y se obliga a mantener la isla en buenas condiciones

sanitarias.

En el Tratado con Panamá, cuya finalidad no fué otra que la de obtener

la cesión del territorio necesario para la construcción del canal, el

poder intervencionista no tiene la amplitud que en la Enmienda Platt.

Amén de la obligación que contraen los Estados Unidos de garantizar la

independencia de dicha República, se faculta al gobierno de Washington

para mantener a las ciudades de Panamá y Colón en buenas condiciones

sanitarias, caso de que el de Panamá desatienda ese deber, así como para

guardar el orden público, en el mismo caso, en las propias poblaciones y

sus territorios y bahías adyacentes y también, como en el caso de Cuba,

el gobierno de Panamá se compromete a vender o arrendar a los Estados

Unidos los terrenos necesarios para estaciones navales; pero, en cambio,

nada se dice con respecto al compromiso de no contraer deudas

exageradas, ni en cuanto a la prohibición de celebrar con cualquiera

potencia extranjera ningún tratado que menoscabe la independencia.

El Tratado suscrito con la República Dominicana en 8 de febrero de 1907

fué de un alcance limitado. El gobierno de dicha República, después de

realizar bajo los auspicios de los Estados Unidos lo que se llamó el

"ajuste" de la deuda exterior e interior y de levantar un empréstito con

unos banqueros neoyorkinos para satisfacer dichas deudas, habiendo

afectado, en garantía del pago de los bonos de esta operación los

derechos de importación, convino con el gobierno de Washington, por este

Tratado, en que el Presidente de los Estados Unidos nombraría al

Receptor y a los empleados subalternos de las Aduanas, y en que la deuda

pública no podría ser aumentada, ni los referidos derechos modificados,

a no ser de acuerdo con el aludido gobierno norteamericano.

El Tratado celebrado con Haití es el más amplio y comprensivo de todos.

Se reproducen de la Enmienda Platt las cláusulas relativas al compromiso

de no contraer deudas exageradas y no vender ni arrendar a ningún

gobierno extranjero parte alguna del territorio nacional, ni celebrar

Tratado alguno con ninguna potencia extranjera que menoscabe o tienda a

menoscabar la independencia, y el derecho de intervenir para preservar

la independencia y mantener un gobierno adecuado para la protección de

la vida, la propiedad y la libertad individual; pero, además, se

consignan otras en que el intervencionismo llega a los más radicales

extremos. El Presidente de los Estados Unidos queda facultado para

nombrar un Receptor General de las Aduanas, así como un Consultor

Fiscal, en cuyas manos se pone toda la situación financiera del

gobierno; la fuerza de policía urbana y rural se somete a la dirección y

organización de oficiales norteamericanos designados por el propio

Presidente de los Estados Unidos, quien además nombra un Superintendente

en materia de Sanidad. Además, se compromete el gobierno de los Estados

Unidos a ayudar al de Haití en el propio y eficiente desarrollo de la

agricultura, minería y recursos comerciales y en el establecimiento de

las finanzas sobre bases sólidas y firmes; pero, en cambio, mientras el

Tratado con Cuba es de carácter permanente, el término del celebrado con

esta otra República es por diez años prorrogables a otros diez.

En el Tratado celebrado con Nicaragua se limitaron los Estados Unidos a

recabar determinadas ventajas estratégicas: el derecho de construir un

canal por la vía del río San Juan y el arrendamiento de dos islas en el

mar Caribe y del territorio necesario para una base naval en el Golfo de

Fonseca, en la costa del Pacífico, con destino a estación naval.

El examen de la diversidad de materias que abrazan estos tratados y el

estudio de sus varios aspectos indican bien a las claras que han sido

distintas las circunstancias que en cada caso han preocupado a la

Cancillería de Washington, por más que la finalidad haya sido la misma

en todos los casos, según antes dijimos: fortalecer los intereses de los

Estados Unidos en el mar Caribe. En el caso de Cuba se quiso asegurar

para siempre la ingerencia de la nación norteamericana en esta

República, en atención sin duda a las estrechas relaciones financieras y

comerciales existentes con la isla, a su proximidad, tanto a la Florida

como al canal de Panamá, y al dominio que desde ella se ejerce sobre la

entrada del Golfo Mejicano. En el Tratado con Panamá predominó el

interés de la construcción del canal, que fué el mismo que aconsejó la

adquisición de ciertas ventajas estratégicas en Nicaragua. El convenio

celebrado con Santo Domingo respondió al interés de evitar los peligros

de una intervención europea; y en el estipulado con Haití, teniendo en

su inicio la misma causa, se quiso ofrecer a esta República la

oportunidad de rehabilitarse, adquiriendo las prácticas del gobierno

propio.

Con el examen de estos convenios internacionales no se completa, sin

embargo, el estudio de la influencia y supervisión que ejercen los

Estados Unidos en las Repúblicas de Cuba, Panamá, Santo Domingo, Haití y

Nicaragua. Del orden de cosas que ha existido en Cuba y en Panamá se

puede decir, en líneas generales, que se compadece con la legalidad

establecida por sus respectivos tratados; pero éste no es el caso de las

otras tres Repúblicas. En Santo Domingo ha sido suprimido el gobierno

propio; en Haití sólo queda un asomo del mismo y en Nicaragua, donde se

limitaron los Estados Unidos a recabar posiciones y ventajas

estratégicas, la Cancillería norteamericana ha llegado a tomar un

incremento decisivo en la política y en las finanzas.

La política intervencionista en la zona del mar Caribe ha llegado a

infundir cierta desconfianza, con respecto a los propósitos de los

Estados Unidos, a gran parte de la opinión en los países de

Hispanoamérica; sin que hayan bastado para desvanecer tal recelo las

reiteradas declaraciones formuladas por los estadistas norteamericanos

en el sentido de que aquella República no se vale de la superioridad de

su fuerza para destruir soberanías, sino que la aprovecha tan sólo para

asegurar su preponderancia.

Labor inútil o infructuosa sería la nuestra, si nos dedicáramos a

criticar la función tutelar de los Estados Unidos, en sí misma, como

hecho, a fin de juzgar de su bondad o de su justicia. Nada más lejos de

nuestros propósitos. La política expansionista de los grandes Estados es

un fenómeno que se impone por igual a los fuertes y a los débiles: a

aquéllos como una exigencia, como una condicional de su existencia; y a

estos últimos haciendo caso omiso de su voluntad, es decir, a despecho

de ella. Frente a los hechos que se imponen por sí mismos, ¿a qué las

palabras?

Los fenómenos políticos--dice Ingenieros--no son el resultado de

una libre elección de medios y de fines por parte de los pueblos o

de los gobiernos... Los pueblos fuertes--agrega el ilustre

sociólogo argentino--se consideran encargados de tutelar a los

otros, extendiendo a ellos los beneficios de su civilización más

evolucionada. Los débiles suelen protestar, oponiendo la palabra

derecho a la fuerza del hecho; los medios necesarios para ejercer

la tutela pueden parecer injustos, pero la historia ignora la

palabra justicia; se burla de los débiles y es cómplice de los

fuertes.

Después de todo, añadimos nosotros, la tan decantada igualdad de los

Estados no ha existido nunca y mucho menos ha de ser viable hoy, en que

nuevos medios y nuevas circunstancias estrechan de día en día las

relaciones de interdependencia de todos los pueblos de la Tierra.

Pero si la tarea de hacer la crítica de las causas determinantes de la

función tutelar de los Estados Unidos resultaría estéril o innecesaria,

no se puede decir otro tanto acerca del estudio de los medios adoptados

para ejercer dicha tutela. Tal estudio nos ha de permitir conocer si

aquella política se reduce a los límites que señalan las necesidades en

que se inspira, o si trasciende a excesos innecesarios; extremos todos

cuyo conocimiento resulta por demás de positivo interés. En la

imposibilidad de enumerar todos los cargos que se pueden aducir contra

los Estados Unidos, a este respecto, vamos a referirnos a los más

fundamentales.

Llama la atención, en primer lugar, la forma en que se ejerce dicha

política. Revela su examen que no responde a un plan, a un estudio

meditado y detenido de la materia: no hay uniformidad; no se observa una

orientación definida, una línea de conducta uniforme. Cada actuación

lleva el sello de quien la realiza; en cada episodio van impresas la

voluntad y las ideas de quien en el momento de su ocurrencia desempeña

la Presidencia de la vecina República; de ahí que se diga que la

determinación del gobierno de Washington resulta en cada caso una

incógnita. La Comisión enviada a La Habana por el Presidente Roosevelt,

en 1906, con objeto de poner fin a la revolución que entonces existía en

la isla, acordó una solución que de hecho equivalía al triunfo de

aquélla. Tres años después, habiendo estallado en Nicaragua una

revolución contra el Presidente Zelaya, contribuyó también a su triunfo,

de manera decisiva, la actitud que asumió contra dicho gobernante el

Presidente Taft. En cambio, en 1917 el Presidente Wilson, haciendo

buenas las palabras vertidas en el discurso pronunciado en Mobila en 27

de octubre de 1913, aplicó en dos ocasiones su teoría contraria al

reconocimiento de los gobiernos que fuesen producto de la violencia:

una, con motivo de la revolución de que fué teatro Cuba en febrero de

1917, y otra, este mismo año, con ocasión del golpe de estado que depuso

a Alfredo González de la Presidencia de Costa Rica.

Otro aspecto de la política intervencionista de los Estados Unidos,

gráficamente denominado "diplomacia del dollar", contra el cual, con

verdadero fundamento, ha sido unánime la protesta, aun en los propios

Estados Unidos, estriba en el hecho de que dicha política, en algunas

ocasiones, se ha puesto al servicio de determinados intereses privados.

El nombre de unos banqueros neoyorkinos va unido a la historia de la

ingerencia norteamericana en los asuntos de Nicaragua; y en muchas de

las medidas adoptadas por el poder interventor que rige con omnímodas

facultades los destinos de Haití se refleja, según leemos en importantes

publicaciones de los Estados Unidos, la influencia del National City

Bank of New York, cuyos intereses en dicha República, ya de por sí

apreciables, se aspira a ver acrecentados.

Pero donde la crítica concentra sus ataques es cuando se trata de la

situación actual de las Repúblicas Dominicana y Haitiana. Ya que la

supresión del gobierno propio en Santo Domingo, siquiera sea

provisionalmente, y el exceso de facultades que a espaldas del tratado

vigente se han arrogado en Haití los funcionarios norteamericanos, son

actos realizados por los Estados Unidos prevaliéndose de su fuerza,

debían aprovechar esta situación, se dice, para coadyuvar al adelanto y

mejoramiento de las costumbres públicas en dichas Repúblicas y

contribuir al arraigo de sus instituciones políticas; en una palabra,

que se debía realizar en el orden moral el progreso efectuado en

materias de sanidad, enseñanza y obras públicas. Lejos de proceder de

esta manera el gobierno de Washington, haciendo las cosas en forma que

no se compadece con los antecedentes del pueblo norteamericano, con su

cultura y con la misión que, por lo visto, le ha confiado la historia en

este Continente, ha sometido dichas Repúblicas a un régimen en el que la

libertad individual ha sido reducida a su expresión más insignificante,

en el que la jurisdicción civil ha sido sustituída por la militar, y que

sólo podrá traer una paz material de efímera duración.

Estas cosas ocurren, se ha dicho también, en primer lugar, porque el

pueblo de los Estados Unidos las ignora; demasiado preocupado en sus

asuntos interiores, cuando fija la mirada en la política exterior es

para atender a los asuntos de Europa, en lo que éstos le pueden

interesar; y en segundo término, porque en esta materia el Presidente es

el único arbitro; sus facultades no están regladas, pudiendo proceder en

todas las cosas a medida de su discreción.

Algo más que la conveniencia de los estados protegidos, el propio

interés de la nación protectora exige que la actividad intervencionista

revista una forma distinta a la seguida hasta hoy en aquellas

Repúblicas. Para que una nación, que se presenta como directora de otras

en la escena del mundo, pueda desarrollar con éxito sus planes

expansionistas--dijo hace años en memorable conferencia el Dr. Enrique

José Varona--requiérese que concurra, entre otras circunstancias, la de

que esos planes estén presididos, revelen, un superior estado de

cultura. Inglaterra, dijo por vía de ejemplo, ha podido mantener su

vasto imperio colonial, gracias a que siempre ha sabido contar con

hombres que se han colocado a la altura de los difíciles empeños que se

les han encomendado; "desde aquel famoso Lord Durham, de grata

recordación para los americanos, hasta Sir Alfred Milner, cuya gestión

en Egipto es una maravilla".

Es lo probable que cambie en breve este orden de cosas. Una de las

imputaciones hechas con más frecuencia durante la reciente campaña

presidencial, contra la administración de los demócratas, se ha referido

a su actuación en los asuntos de Haití y Santo Domingo, y habiendo sido

electo el candidato del Partido Republicano, lógico parece que se

incline por nuevos derroteros la intervención en los asuntos de estas

dos Repúblicas.

Seríamos injustos si, antes de pasar adelante, no reconociéramos que no

ha sido ese el tono dominante en la política intervencionista de los

Estados Unidos. En lo que a Cuba se refiere, lejos de asistirnos motivos

de queja, sólo los tenemos de alabanza; la ayuda que nos ha brindado el

gobierno de Washington no ha podido ser más eficaz, con esta

particularidad: es sabido que la facultad de intervenir en nuestros

asuntos, por ser potencial según la Enmienda Platt, sólo se debe ejercer

en alguno de los casos a que ésta se refiere: que sobrevenga,

verbigracia, una situación en que el gobierno de Cuba sea incompetente

para mantener el orden; pues bien, aunque la Cancillería de Washington

suele ingerirse en muchos asuntos que son de la competencia exclusiva de

nuestros poderes, tales gestiones, salvo quizás alguna excepción, se han

inspirado siempre en el deseo de favorecer, en todos los órdenes, los

intereses de nuestra comunidad.

III.--EL FACTOR ECONÓMICO EN LAS RELACIONES DE LOS ESTADOS UNIDOS CON

LAS REPÚBLICAS QUE SE ENCUENTRAN BAJO SU ESFERA DE INFLUENCIA.

Hemos dicho antes que una finalidad eminentemente política era la causa

del intervencionismo de los Estados Unidos en la zona del mar Caribe y

que a dicha nación no le interesaban tanto los países protegidos, por lo

que en sí mismos pudieran significar, como por su posición geográfica.

Esto es exacto en lo que se refiere a la causa primordial, al origen,

por así decirlo, del intervencionismo; pero, una vez iniciado éste, y

tan pronto como bajo su garantía se inviertan en un Estado protegido,

capitales norteamericanos, éstos han de contribuir, con tanta fuerza

como la finalidad política, al mantenimiento del protectorado. La

estrecha relación entre el gobierno y las empresas privadas, en los

grandes Estados modernos, es un fenómeno constante, dice Edwin Borchard,

profesor de Derecho en la Universidad de Yale. El capital ocioso

existente en un país se dirige allí donde se le brinden garantías; por

eso se explica, dice dicho profesor, la íntima relación existente entre

el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Gran Bretaña y el

capitalista británico que invierte sus recursos en el extranjero.

Los Estados Unidos no podían constituir una excepción a la regla

general. La influencia política desenvuelta por esta República en el

exterior tenía que ser seguida, y lo ha sido, por la expansión

comercial; con una particularidad: que ha contribuído a acrecentar este

hecho, que se produce siempre de una manera natural, la circunstancia,

puramente casual, de que el inicio de la política intervencionista de

esta nación ha coincidido con el momento en que, ya colmadas las

necesidades de su comercio y de sus industrias interiores, sus hombres

de negocios comenzaron a pensar en la conveniencia de invertir sus

capitales en el exterior.

Buena prueba de lo que representa el factor económico en las relaciones

entre el Estado protector y el protegido, la constituye un detalle de

nuestra historia, que podemos citar aquí. Cuando en 1906 intervinieron

los Estados Unidos en nuestra contienda civil, hubieron de darle la

razón a los alzados en armas--como dijo el Dr. Varona en una serie de

artículos que en aquel entonces vieron la luz--, porque no vinieron a

moralizarnos, sino a apaciguarnos; miraron la cuestión desde un ángulo

visual americano y por eso exigieron que a todo trance se hiciera la

paz.

El factor económico tiene otro aspecto de no menor importancia, desde el

punto de vista político y cuya fuerza ha de crecer a medida que se

estrechen las relaciones comerciales entre los Estados Unidos y sus

Estados protegidos: nos referimos al consumo de la producción de estos

últimos en el mercado norteamericano. Los hombres de los países fríos

necesitan consumir determinados productos de los países tropicales; lo

exige el tipo de vida del trabajador americano, ha dicho un economista.

Cuando ocurra en las otras Repúblicas lo que acontece hoy en Cuba;

cuando se diga de su producción lo que hoy se dice y repite entre

nosotros, como respondiendo a una convicción: que los Estados Unidos no

pueden prescindir de nuestra azúcar; llegado este momento, la necesidad

de que las revueltas no afecten a la producción, constituirá un motivo

que ha de compeler a los Estados Unidos, con tanta fuerza como los

demás, a exigir a dichas Repúblicas que vivan en paz.

IV.--INGERENCIA DE LA ADMINISTRACIÓN DEL PRESIDENTE WILSON EN

DETERMINADOS ASUNTOS, DE ORDEN INTERNO, DE LAS REPÚBLICAS DE MÉJICO,

COSTA RICA Y GUATEMALA.

¿Qué razón existe, se dirá, para que la política intervencionista de los

Estados Unidos alcance solamente a las Repúblicas de Cuba, Haití, Santo

Domingo, Panamá y Nicaragua, y no se ejerza también sobre las otras

Repúblicas Centroamericanas? La razón es obvia: los protectorados o

supervisiones que ejercen los Estados Unidos no se han adoptado por

sistema: se han establecido a medida que los han ido reclamando los

intereses de esta nación. En el caso de las islas de Cuba y Santo

Domingo, preocupóse el gobierno norteamericano por la posición de las

mismas, a causa de estar situadas frente a la costa meridional de los

Estados Unidos y dominando, además, las vías que conducen al canal; y

con respecto a Panamá y Nicaragua, la necesidad de dominar y controlar

la comunicación interoceánica fué la que determinó la supremacía sobre

estos dos países. El día en que algún interés, sea cual fuere, aconseje

a los Estados Unidos someter a su control las otras Repúblicas

Centroamericanas, no hay duda de que actuarán en tal sentido.

Por lo pronto, ciertos sucesos, ocurridos en Costa Rica y Guatemala

durante la administración de Wilson, demuestran que los Estados Unidos

observan de cerca los destinos de dichas Repúblicas y que les preocupa,

con respecto a ellas, algo más que el interés, de carácter general, de

que no celebren alianzas embarazosas con las naciones de otros

Continentes. La caída del gobierno de los Tinoco en Costa Rica, que

habían escalado el poder por medio de la violencia en enero de 1917,

debióse, en gran parte, a la negativa de la Cancillería de Washington a

reconocerlo, dado que este hecho, al par que creaba una situación

difícil a aquel gobierno en el exterior, le infundía alientos a sus

adversarios. La misma actitud, adoptada con respecto a Guatemala a

mediados del año 1919, produjo, aunque en un orden inverso, el propio

resultado: la nota enviada al Presidente Estrada Cabrera insinuándole la

conveniencia de que no pensara en reelegirse, es indudable que

contribuyó a su caída de manera decisiva.

El gobierno del Presidente Wilson se ha inmiscuído también, en más de

una ocasión, en los asuntos de la República Mejicana. Su actitud,

negándose a reconocer a Huerta, que bien o mal, tuerto o derecho, como

dijo Root, era el Presidente de facto y poniendo en ejecución cuanto

arbitrio podía contribuir a su caída, no fué otra cosa que una

intervención.

No es probable, sin embargo, que los Estados Unidos lleguen a ejercer su

control sobre esta República. Su población, su enorme área y los

antagonismos que determinados sucesos de otras épocas han creado, hacen

que su caso no sea el de las islas del mar Caribe y el de la América

Central. Por algo se ha dicho que el imperialismo se verifica por la

línea de menor resistencia...

* * * * * *

Nota del Transcriptor:

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)

han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

La Política de los Estados Unidos en el Continente Americano · 第 76 / 76 题