PANAMÁ

Al terminar la primera mitad del siglo XIX, los Estados Unidos se

encontraron, merced a las sucesivas adquisiciones, de la Louisiana en

1803, de la Florida en 1819 y de Tejas en 1845, en posesión de toda la

costa septentrional del golfo de Méjico. Diríase que vinieron a ocupar

en dicho golfo y en el mar de las Antillas, o séase en lo que se ha dado

en llamar el "Mediterráneo Americano", la posición privilegiada que en

esos lugares tuvo España.

No eran sin embargo los Estados Unidos, los únicos dueños de estos

mares: tenían que compartir su dominio con la Gran Bretaña, que fiel a

su tradición imperialista, había tenido buen cuidado de apoderarse de

determinados lugares estratégicos. Con efecto, en distintas épocas, los

ingleses se habían apoderado de las Islas Bahamas, que dominan la

entrada del golfo de Méjico, de buena parte de las Antillas menores, que

a su vez dominan la entrada del mar de este nombre, y de Jamaica,

situada frente a la América Central; y como si la posesión de esas islas

no les pareciera suficiente, en su afán de expansión y de dominio de

todos los mares y todas las rutas, también se preocupan de poseer

buenos lugares en tierra firme, y así vemos que se apoderan de parte de

las Guayanas en el Continente Meridional y de Belice y Mosquitos, en la

América Central.

Realmente, por el momento no había pugna entre los intereses de las dos

naciones del habla inglesa. La zona que bañan el golfo de Méjico y el

mar Caribe, es bastante extensa para que el señorío de dichos mares lo

compartieran dos naciones que no eran enemigas. No había ningún interés

ya creado que hiciera que la una viese a la otra con prevención; pero

había en cambio un interés futuro, probable, suficiente para hacer nacer

la rivalidad: la construcción de un canal interoceánico, proyecto cuya

realización, en fecha más o menos próxima, parecía inminente y que

concibió y acarició España, en fecha casi coetánea a la del

descubrimiento.

Para la nación norteamericana, era de excepcional importancia que el

proyecto de la comunicación de los dos océanos se realizara por ella y

no por la Gran Bretaña. A lo largo de las costas que baña el

Mediterráneo Americano, dice Coolidge, hay muchos lugares que ofrecen

interés desde el punto de vista del comercio y de la estrategia, pero

hay dos cuya importancia excede a la de los demás: uno es Nueva Orleans,

en la extremidad septentrional del Golfo de Méjico, en la boca del río

Mississippi, dominando el enorme sistema pluvial de los Estados Unidos,

y el otro es el istmo de Panamá, situado en el extremo meridional del

mar Caribe y por donde se habían de comunicar los dos océanos. Ocupado

por los Estados Unidos, el primero de esos lugares, desde 1803, la

posesión del otro, como medio de acometer después la construcción del

canal, tenía que ser motivo de preocupación para esta República.

No era la República Norteamericana la única nación preocupada por el

hecho de que la Gran Bretaña construyera el canal. De ese temor

participaba también la que entonces se llamaba República de Nueva

Granada, que se daba cuenta de que de realizar los ingleses dicha obra,

adquirirían un ascendiente tan grande, política y comercialmente, en los

asuntos de América, que las repúblicas latinas se verían seriamente

amenazadas. Los Estados Unidos y Nueva Granada, participaban pues de un

mismo sentimiento, el temor de que Inglaterra construyera el canal y

esta comunidad de sentimientos hizo nacer el Tratado que concertaron

aquellas dos repúblicas, en 10 de junio de 1846. Por este Tratado, los

Estados Unidos garantizaban la neutralidad del istmo y el mantenimiento

de su libre tránsito, así como los derechos de soberanía y propiedad

que sobre el mismo ejercía Nueva Granada y a su vez el gobierno de esta

nación, le garantizaba al de los Estados Unidos, que el derecho al

tránsito a través de dicho istmo, por cualquier medio de comunicación en

aquel entonces existente o que en lo sucesivo pudiera abrirse, estaría

franco y expedito para los ciudadanos y el gobierno de los Estados

Unidos y que sólo se podrían imponer a los hijos de esta nación y a sus

mercancías, por su paso a través de cualquier camino o canal que se

pudiera abrir, aquellas cargas o peajes que se cobraran en análogas

circunstancias a los ciudadanos granadinos.

Poco tiempo después los Estados Unidos, hacen entrar al asunto en una

fase totalmente distinta. Acabamos de ver que el temor a la posibilidad

de que la Gran Bretaña construyera el canal, une en un Tratado a Nueva

Granada y a los Estados Unidos, por el que éstos, de hecho, asumieron un

protectorado sobre el istmo; pues bien, cuatro años más tarde, o séase

en 19 de abril de 1850, el Gobierno de la propia República del Norte y

el de Inglaterra, se unen a su vez en un Tratado--que se denominó

Clayton-Bulwer, por el nombre de sus firmantes--para declarar que

ninguna de las dos partes, obtendría ni tendría ningún control exclusivo

sobre el canal, ni disfrutaría en cuanto a éste de ninguna ventaja que

no fuese ofrecida, en iguales términos, a la otra y que las dos habrían

de mantener la neutralidad de dicha vía.

¿Qué había pasado que pueda explicar la ocurrencia de cambio tan

radical? ¿Qué motivos tuvieron los Estados Unidos para compartir con la

Gran Bretaña las ventajas de su posesión? La presión de determinados

intereses comerciales o económicos y la actitud de unos estadistas que

pecaron de imprudentes, llevaron a los Estados Unidos a dar este paso

del cual tanto se arrepintieron después. Veamos lo que había ocurrido.

Apenas adquirida California, inicióse hacia ella una corriente

emigratoria estupenda, atraída por la perspectiva que ofrecían sus minas

de oro; y como por donde resultaba más cómodo el trasporte desde dicha

región a los Estados del Sur y del Este, era por mar, por medio de

embarcaciones que tocaban en ambos lados del istmo, no tardó en

organizarse una Compañía para construir un canal en Centro América. Los

organizadores de la empresa discurrieron construirlo por Nicaragua, que

era por donde parecía más realizable en aquel entonces la apertura de la

vía. Pero se presentaba un obstáculo, aun después de obtenida del

Gobierno Nicaragüense la correspondiente autorización: el canal debía

atravesar la zona de Mosquitos, que estaba bajo la soberanía de la Gran

Bretaña y se quería que el canal estuviera bajo el exclusivo control de

los Estados Unidos. A fin de obviar esta dificultad, el Gobierno de

Washington se dirigió al inglés con la pretensión de que éste renunciara

sus derechos sobre dicho territorio. El Gobierno de la Gran Bretaña se

negó a ello en forma rotunda; pero como al propio tiempo que formuló

dicha negativa, sugirió a la cancillería americana la conveniencia de

que se unieran las dos naciones por medio de un pacto, en que se

conviniese que el canal que se construyera había de estar bajo la

protección de ellas, en parte bajo la presión de los que estaban

interesados en que se construyera el canal, en parte por el temor de que

la nación inglesa se decidiera a realizar la empresa por sí sola, hubo

de ser aceptada la referida contraproposición, surgiendo de este

consentimiento el Tratado Clayton-Bulwer.

Apenas suscrito el Tratado, otros acontecimientos le quitaron

importancia a tan magna y costosa obra, quedando demorada su

realización. La construcción de un ferrocarril al través del istmo y el

trazado de las paralelas del Ferrocarril "Union Pacific", en los Estados

Unidos, hicieron a California más accesible, con lo cual quedaron

colmadas, en gran parte, las aspiraciones de los que reclamaban la

apertura del canal. Por su parte Inglaterra, con la perspectiva de la

apertura del canal de Suez, tenía ya la ruta que necesitaba para

comunicarse con los países de Oriente.

No hay duda de que el Gobierno de Washington había hecho un mal negocio.

Movido por el deseo de que se realizase la apertura de un canal que

pusiera en comunicación a los dos océanos, se había empeñado en un pacto

por el cual, contradiciendo su política tradicional, compartía con una

potencia europea la ingerencia en una región de la América; y ahora, la

obra no se realizaba y la nación quedaba atada al pacto. La agitación de

la cuestión esclavista, que cobró mayor intensidad en esta época y la

guerra de secesión después, constituyeron una actualidad tan absorbente,

que la opinión apenas reparó en los inconvenientes de aquel pacto; pero

apenas terminada la contienda civil, cuando pudo la nación atender a

otros problemas, ninguno la embargó tanto como el propósito,

unánimemente sentido, de conseguir la nulidad del Tratado

Clayton-Bulwer.

No tardó el Gobierno en dar pruebas de que participaba de ese

sentimiento. En 1866, William H. Seward, Secretario de Estado, le

encarga a Adams, Ministro en Londres, que explore con habilidad el ánimo

de Lord Clarendon, Jefe del Gobierno inglés, para saber cómo acogería

éste la pretensión de los Estados Unidos de tener una estación carbonera

en Centro América. Se proyectaba la adquisición de la Isla de Tigre,

situada en la costa del Pacífico; pero el diplomático norteamericano no

encontró un ambiente favorable en la cancillería inglesa.

No se redujo a eso la actuación de Seward. Comprendiendo el gran interés

de los Estados Unidos en la construcción del canal y deseoso de

reafirmar la posición de la nación en Centro América, celebró tratados

con Honduras, Nicaragua y Colombia, por los cuales los gobiernos de

estas Repúblicas le reconocían al de los Estados Unidos el derecho de

construir un canal interoceánico por sus respectivos territorios. El

tratado con Colombia venía a reafirmar los derechos adquiridos por los

Estados Unidos por el del año 1846, pero no obtuvo la ratificación del

Senado.

Estos tratados infringían el que se concertó con la Gran Bretaña el año

de 1850, según el cual, se compartiría entre esta nación y los Estados

Unidos, los derechos y responsabilidades de la construcción del canal;

pero Seward creía que el hecho de que hubieran transcurrido ya las

circunstancias que había originado aquella convención y la de que su

país tuviera, en la realización de la mencionada obra, un interés

primordial al de todas las demás naciones, eran motivos suficientes para

reconocer su preferencia en ese asunto. Durante el período presidencial

del General Grant, se hicieron gestiones para la construcción del canal,

las que revelan que se consideraba letra muerta el tratado

Clayton-Bulwer. Por esta época se constituyó una Compañía con el

propósito de cortar el istmo de Darien y explotar después el tráfico;

pero fracasaron cuantas gestiones hizo Hamilton Fish, Secretario de

Estado, para obtener del gobierno de Colombia, que le otorgara a dicha

Compañía la oportuna concesión.

Con tales antecedentes, cuando en el pueblo norteamericano era unánime

la opinión de que el canal se debía construir y controlar por los

Estados Unidos, sobrevienen otros sucesos que ponen a esta nación ante

el peligro de que fueran los europeos los que realizasen tan magna

empresa.

En mayo de 1876 el Gobierno de Colombia le otorga al ciudadano francés

Napoleón Wise, la concesión para construir el canal. Poco tiempo

después se reúne en París un Congreso Internacional de Ingenieros,

convocado por el Conde Lesseps, rodeado entonces del enorme prestigio

que le daba el haber dado cima a la apertura del canal de Suez, y cuyo

Congreso debía decidir acerca del lugar por donde se había de trazar la

nueva ruta. Decidióse que la vía debía ser la de Panamá, y organizada la

empresa en octubre de 1879, bajo la dirección de Lesseps, en febrero del

año siguiente se iniciaron los trabajos en el istmo.

Frente a esa situación, frente al hecho de que fuese una compañía

francesa la encargada de construir el canal, el gobierno de Washington

no hizo nada. A pesar de que la opinión tenía y ya como cosa descontada,

que dicha empresa habría de ser obra de los norteamericanos, se limitó

aquel gobierno a recordar cuáles eran los derechos de los Estados Unidos

con respecto a la futura vía. El Presidente Hayes, inspirándose en un

informe que le rindió William M. Evarts, que ocupaba la Secretaría de

Estado, hubo de referirse a este asunto en su mensaje de 8 de marzo de

1880, en estos términos:

El capital invertido por ciudadanos de otros países en tal empresa,

necesita pedirle protección en alto grado, a uno o más de los

grandes poderes del mundo. Ningún poder europeo puede intervenir

para tal protección, sin adoptar medidas sobre este Continente, las

cuales los Estados Unidos juzgarían del todo inadmisibles. Si la

protección de los Estados Unidos es la otorgada sobre aquéllos, los

Estados Unidos necesitan ejercer un control que capacite a este

país para proteger sus intereses nacionales y mantener los derechos

de las personas que invirtieron su capital en ese trabajo.

Un canal interoceánico a través del istmo americano, cambiará

esencialmente las relaciones geográficas entre las costas del

Atlántico y las del Pacífico de los Estados Unidos y entre los

Estados Unidos y el resto del mundo. Será la gran vía de Océano

entre nuestras costas del Atlántico y las del Pacífico y

virtualmente será una parte de la línea de costas de los Estados

Unidos. Nuestros intereses meramente comerciales, en ello son más

grandes que los de todos los otros países, mientras que sus

relaciones con nuestro poder y prosperidad como Nación, para

nuestros medios de defensa, nuestra unidad, nuestra paz y nuestra

seguridad, son materias de dominante importancia para el pueblo de

los Estados Unidos. Ningún gran poder bajo circunstancias

similares, dejaría de afirmar un justo control sobre una obra que

afecta su interés y bienestar tan estrecha y vitalmente.

Sin que sea necesario avanzar más en ese campo de mi opinión, yo

repito, para concluir, que los Estados Unidos, tienen el derecho y

el deber de afirmar y mantener su supervisión y su autoridad sobre

cualquier canal interoceánico a través del istmo que conecta la

América del Sur con la del Norte, en tanto se requiera para

proteger nuestros intereses nacionales. Yo estoy completamente

seguro de que esto se considera, no sólo compatible, sino

relacionado con un más amplio y más permanente avance para el

comercio y para la civilización.

El Presidente James A. Garfield, que sucedió a Hayes, dijo en su

discurso inaugural de 4 de marzo de 1881, que abundaba en las ideas de

su antecesor en cuanto a que los Estados Unidos debían ejercer cierta

supervisión y autoridad sobre el canal, como medio de proteger sus

intereses.

Pero pronto tomaron las cosas un cariz que obligaron al Gobierno de

Washington a adoptar una actitud más efectiva. Como llegara a

conocimiento de dicho Gobierno, que las cancillerías europeas

acariciaban el proyecto de unirse para declarar y garantizar la

neutralidad del canal de Panamá, el Secretario de Estado James G.

Blaine, en 24 de junio de 1881, le dirigió un despacho circular a dichas

cancillerías, en que les hacía presente, entre otras cosas, que por el

tratado del año 1846, concertado entre el gobierno de Colombia y el de

los Estados Unidos, éstos se habían comprometido a garantizar la

neutralidad del canal y que este pacto no necesitaba ser sostenido ni

reforzado por las potencias europeas; que tratándose de una vía que

habría de constituir un medio de comunicación entre los estados de la

Unión del lado del Atlántico y los del Pacífico, tan importante que de

hecho se la tendría que considerar como una parte de la línea de costas

de los Estados Unidos, no era posible que éstos consintieran en la

ingerencia en forma alguna en dicho lugar de las potencias europeas y

que en tal sentido, la alianza proyectada sería considerada como un acto

de hostilidad hacia ellos.

No se redujeron a eso las gestiones de Blaine, partidario decidido de

que los Estados Unidos actuasen de manera enérgica en su política

exterior: aprovechó cuantas ocasiones se le presentaron para desenvolver

sus ideas. Creía que el canal debía estar bajo el control norteamericano

exclusivamente y como el obstáculo principal lo constituía el Tratado

Clayton-Bulwer, sin más rodeos le propuso a la Gran Bretaña se aviniera

a su derogación. Sus notas al Gobierno de dicha nación, de 19 y 29 de

noviembre del año que acabamos de citar, contienen dicha proposición.

Afirmaba Blaine, en esas notas, que las circunstancias bajo las cuales

se había estipulado el Tratado Clayton-Bulwer, ya habían desaparecido y

era difícil que se reprodujeran; que un espíritu de amistad y de

concordia aconsejaba la referida derogación, supuesto que no se podía

negar que los Estados Unidos necesitaban, para la protección de sus

intereses, el derecho de gobernar el canal.

A esas notas contestó el Ministro de Relaciones Exteriores de la Gran

Bretaña, Lord Granville, en un despacho de 7 de enero de 1882, en que

decía, que las relaciones entre los Estados Unidos y la Gran Bretaña,

estaban claramente determinadas en el Tratado Clayton-Bulwer y no había

nada que aconsejase la modificación de esta convención; que el canal, al

poner en comunicación a los dos océanos y a toda la Europa, con la parte

oriental del Asia, era una obra de tal magnitud, que interesaba no sólo

a los Estados Unidos, sino a todo el mundo civilizado y que el hecho de

que en los últimos años la nación norteamericana hubiera ganado en

importancia, no era motivo suficiente para reconocerle el derecho

exclusivo de controlar el canal; que el Canadá había progresado también

y que su posesión era motivo de que la Gran Bretaña tuviera verdadero

interés en los asuntos de América.

Poco tiempo después fué sustituído el Secretario Blaine, por Frederick

T. Frelinghuysen y éste continuó gestionando la derogación del Tratado

Clayton-Bulwer. Envió al Gobierno inglés diversas notas, pero a todas

contestaba Lord Granville, alegando que no había motivo para que la Gran

Bretaña alterase la situación creada por aquella convención.

El año 1884 fué elegido Presidente Grover Cleveland, candidato

demócrata, frente al de los republicanos, que lo fué Blaine. La elección

de Cleveland determinó un cambio radical en la política de la

cancillería de Washington. Partidario decidido de la antigua política

del "aislamiento", no perdió ocasión para declarar que se debía evitar

que los Estados Unidos se vieran envueltos en complicaciones exteriores

y que le convenía a la nación, antes que aventurarse en la conquista de

nuevos territorios, desenvolver sus propios recursos, cultivar las artes

de la paz. En consonancia con tales ideas, no es de extrañar que la

política de Cleveland, en lo concerniente al canal, fuera opuesta

diametralmente a la que desenvolvieron Blaine y Frelinghuysen.

En su primer mensaje anual de 8 de diciembre de 1885, después de

consignar que no se sentía dispuesto a recomendar ninguna medida

tendiente a asegurarle a la nación privilegios y derechos en el

exterior, dijo refiriéndose a la construcción del canal:

Cualquiera vía que se construya al través de la barrera que separa

las dos mayores superficies marítimas del mundo, debe ser para

beneficio de éste, bajo la salvaguardia del género humano, libre

del riesgo de caer bajo la dominación de una sola potencia, libre

de ser un punto de cita para la guerra o presa de belicosa

ambición.

La vuelta de los republicanos al poder, en 1889, con Harrison de

Presidente, auguraba un cambio en la política exterior con respecto al

canal. Declaró dicho Presidente, en su discurso inaugural de 4 de marzo

del referido año, que el dominio de cualquiera potencia europea sobre el

canal, constituiría un acto de manifiesta hostilidad hacia los Estados

Unidos, supuesto que ese dominio sería incompatible con la seguridad y

la paz de esta república. Pero ese mismo año ocurrió el fracaso

ruidosísimo de la compañía francesa constructora del canal y dicha

empresa, en parte por su desastre financiero y en parte por los grandes

estragos que causaba entre los trabajadores las fiebres tropicales, se

vió en el caso de tener que suspender las obras, cuando ya se había

realizado la tercera parte de las mismas.

Fracasada la compañía francesa, pasaron algunos años sin que se volviera

a agitar el proyecto de la apertura del canal, en el mundo de los

negocios ni en el diplomático. Pero en esto sobrevino la guerra con

España, en 1898, y los hechos que durante ésta ocurrieron y las

consecuencias que de la misma se derivaron, hicieron que fuese

nuevamente de actualidad para la nación norteamericana, la apertura y el

control del canal. Las operaciones navales de la guerra, dice el

profesor Chester Lloyd Jones, habían demostrado todos los inconvenientes

que suponía para una nación, tener dos frentes de costas, separados por

muchos miles de millas de Océano. El largo viaje que tuvo que realizar

el acorazado "Oregon", para llegar a su destino, cuando encontrándose en

el Pacífico, recibió órdenes de unirse a la escuadra que bloqueaba a

Santiago de Cuba, fué una demostración gráfica, ante los ojos del

pueblo, de la necesidad de construir la nueva vía.

Pero si la guerra demostró esa necesidad, las consecuencias de la misma

no eran menos exigentes. Se habían adquirido nuevas posesiones en el mar

Caribe y en el Océano Pacífico y era indispensable que las flotas se

pudieran mover con facilidad de uno a otro mar. Agréguese a esto, que el

comercio norteamericano, que había alcanzado un vuelo extraordinario,

exigía la apertura de la nueva ruta y se comprenderá todo el interés

que ofrecía para los Estados Unidos el istmo de Panamá.

Dándose cuenta de todo esto los estadistas norteamericanos, juzgaron que

había llegado el momento de que se construyera "un canal americano para

el pueblo americano". El primer obstáculo con que se tropezaba lo

constituía el Tratado Clayton-Bulwer; pero este inconveniente, que

pareció siempre insuperable, por el empeño del Gobierno de la Gran

Bretaña de no modificar dicho tratado, iba ahora a desaparecer. Al cabo

de medio siglo, la cancillería inglesa se avenía a derogarlo en obsequio

de la República Norteamericana. ¿Qué había pasado?

Ningún hecho, ningún apremio obligaba a la Gran Bretaña a abandonar la

posición que había obtenido y defendido desde el año 1850: fué la

sagacidad de sus estadistas, que se dieron cuenta de que los tiempos

habían cambiado, la que actuó en este caso. En más de una ocasión, desde

la declaración de Independencia, dice Coolidge, se habían entibiado las

relaciones entre las dos Naciones, pero durante la guerra con España, el

pueblo inglés había dado tantas muestras de simpatía por el de los

Estados Unidos, que en éste se despertó hacia aquél un verdadero

sentimiento de gratitud. El Gobierno de Su Majestad Británica, dándose

cuenta de que más le convenía mantener esa amistad, que continuar

disputándole a los Estados Unidos la supremacía en los mares de las

indias occidentales, predominio que a esta nación le era indispensable

ejercer por el desarrollo que había alcanzado, juzgó prudente acceder a

la derogación del Tratado Clayton-Bulwer, que tan ventajosa posición le

daba a la nación inglesa en aquellos mares y que constituía el único

obstáculo que embarazaba aquella supremacía. Otros acontecimientos que

ocurrieron después, han demostrado cuan prudente y previsora fué esta

renuncia del Gobierno de la Gran Bretaña, en obsequio de los Estados

Unidos, a la posición tan legalmente adquirida por aquel tratado.

El profesor John Holladay Latané en su obra _The United States and

Latin-America_, recientemente publicada, explica por su parte en los

siguientes términos, los motivos que indujeron a la Gran Bretaña a

acceder a la derogación del Tratado Clayton-Bulwer:

El cambio en la actitud de Inglaterra es fácil de comprender.

Durante los cien años que siguieron a la batalla de Trafalgar,

Inglaterra estuvo preocupada en mantener una escuadra lo

suficientemente poderosa para dominar, ella sola, todas las rutas

comerciales. Con el rápido crecimiento de las escuadras de Rusia,

Japón y Alemania, durante los últimos años del siglo XIX, dióse

cuenta de que no se podía mantener en el aislamiento en que vivía.

Nuestra adquisición de las Filipinas, Haway y Puerto Rico y nuestra

determinación de construir el canal al través del istmo nos

impusieron la necesidad de poseer una encuadra poderosa.

Convencióse entonces la Gran Bretaña, de que necesitaba celebrar

alianzas y fué esta idea la que la llevó a concertar con nosotros

el Tratado Hay-Pauncefote en 1901 y con el Japón la alianza

defensiva del año 1902. Dióse cuenta también de que los Estados

Unidos estaban decididos a llevar a cabo el proyecto, por tanto

tiempo acariciado, de construir el canal y de que la insistencia en

mantener los derechos adquiridos por el tratado Clayton-Bulwer,

acabaría por llevar a las dos naciones a un conflicto y

previsoramente decidió abandonar la posición que había mantenido

durante medio siglo y dejarnos las manos libres en la adquisición y

el control del canal, por cualquier punto que lo quisiéramos

construir. La firma del Tratado Hay-Pauncefote, significó pues, el

reconocimiento por parte de la Gran Bretaña, de que el interés que

tenían los Estados Unidos en el Caribe era de carácter

predominante. Hubiera sido imprudente querer desconocer ese hecho.

Desde entonces nadie ha discutido la supremacía de los Estados

Unidos en esta área.

Las negociaciones relativas a la derogación del referido tratado fueron

confiadas, por parte del gobierno de los Estados Unidos, al Secretario

de Estado John Hay y por parte de su Majestad Británica, a Lord

Pauncefote, Embajador en Washington. Los primeros esfuerzos de estos

diplomáticos culminaron en un proyecto de tratado que fué suscrito en 5

de febrero de 1900 y que rechazó el Senado de los Estados Unidos. Según

este proyecto, que dicho alto cuerpo juzgó que no garantizaba

suficientemente los intereses de la nación, el canal habría de ser

natural y los Estados Unidos no podrían fortificarlo. El Gobierno de la

Gran Bretaña no tuvo inconveniente en celebrar un nuevo tratado que

satisficiera mejor las aspiraciones del de Washington; y puestos de

acuerdo nuevamente los dos diplomáticos, en 18 de noviembre del año

1901, concertaron otra convención que esta vez aprobó el Senado. Según

este convenio, que derogó el Tratado Clayton-Bulwer, el canal habría de

ser construído bajo los auspicios de los Estados Unidos y aunque éstos

tendrían el exclusivo derecho de proveer a su manejo y de fortificarlo,

quedaría libre y abierto a los barcos mercantes y de guerra de todas las

naciones.

Eliminado con la derogación del Tratado Clayton-Bulwer, el obstáculo que

le impedía a los Estados Unidos realizar la apertura del canal, el

Gobierno de Washington decidió acometer cuanto antes esta obra. Era

necesario resolver, en primer lugar, cuál de las dos vías proyectadas se

utilizaba, la de Nicaragua o la del istmo. La opinión pública era

partidaria de la vía de Nicaragua, pero la comisión de Ingenieros,

nombrada para estudiar el asunto, se decidió por la de Panamá y aceptado

su dictamen por el Gobierno, se convino en comprarle a la antigua

compañía francesa sus derechos, obras y materiales. Había que dar otro

paso. Era necesario que el Gobierno de la República de Colombia,

consintiera en esta venta, y que se aviniese a estipular en un nuevo

tratado, los derechos que habrían de tener los Estados Unidos con

respecto al canal, ya que se juzgaba que la convención concertada con

Nueva Granada en 1846 y que estaba vigente, no brindaba suficiente

garantía a los intereses de la República norteamericana.

Para establecer las nuevas relaciones, el Gobierno de los Estados Unidos

designó al Secretario de Estado, John Hay, uno de los funcionarios que

ha dejado huella más intensa de su paso por dicho cargo, y el de

Colombia a Tomas Herran, Encargado de Negocios en Washington. Puestos

ambos de acuerdo, redactaron un tratado que fué suscrito en 22 de enero

de 1903. A tenor de este tratado, el Gobierno de Colombia autorizaba al

de los Estados Unidos para comprar los derechos, obras y materiales de

la compañía francesa e igualmente lo autorizaba para adquirir perpetuo

control sobre una zona en el istmo de Océano a Océano, de diez millas de

ancho, para el trazado del canal; no obstante lo cual, Colombia

conservaría su soberanía sobre dicha zona y habría de recibir en

compensación, $10,000.000.00 de contado y $250.000 anuales.

En 17 de marzo de 1903, fué aprobado dicho tratado por el Senado de los

Estados Unidos; pero como no le cupiera la misma suerte en el de

Colombia, el Gobierno de Washington decidió terminar sus relaciones

diplomáticas con esta nación y a ese efecto dispuso la retirada del

Ministro acreditado en Bogotá.

El fracaso del tratado produjo una profunda impresión de desagrado en el

pueblo panameño, que tenía cifradas sus esperanzas en la prosperidad y

bienestar que le habría de reportar el canal. No menos desastroso fué el

efecto que produjo el propio hecho en la compañía francesa que inició la

construcción de la obra. La concesión de ésta vencía en octubre de 1904

y el abandono por parte del gobierno de los Estados Unidos del proyecto

de construir el canal por Panamá, significaba para dicha empresa, la

pérdida completa del dinero invertido en las obras y materiales

existentes y las cuales aquel Gobierno se había comprometido comprar.

Deseosos sus agentes de evitar semejante desastre, dirigidos por el

Ingeniero de la misma, el ciudadano francés Felipe Bunau Barilla,

discurrieron como medio único de impedir aquella ruina, provocar una

ruptura entre Colombia y la provincia del istmo. Contaban para ello con

el malestar existente en la población de Panamá y con el sentimiento de

hostilidad que siempre había latido en ésta contra Colombia y que se

había traducido en un buen número de revoluciones y en la organización

en dos ocasiones de un gobierno independiente.

A fines del mes de octubre del referido año 1903, el sentimiento público

en Panamá contra Colombia era tan evidente, que el Gobierno de Bogotá

juzgó necesario enviar refuerzos a aquella provincia. Enterado de ello

Manuel Amador, que fungía de jefe de la conspiración, en 29 de octubre

envió el siguiente cable a Bunau Barilla que se encontraba al frente de

la junta revolucionaria que actuaba en New York: "Tenemos noticias de

que dentro de cinco días han de llegar fuerzas de Colombia, las que

desembarcarán por el lado del Atlántico. Vienen más de 200 hombres.

Urgen barcos de guerra en Colón."

Al día siguiente de haber llegado este cable a su destino dice el

profesor Jones, antes citado, el Comandante del crucero "Nashville",

anclado en Kingston, Jamaica, recibía otro de su gobierno, concebido en

estos términos: "Diríjase a Colón; telegrafíe en cifra la situación,

después que se consulte con el Cónsul de los Estados Unidos." El

comandante de dicho crucero cumplió tal encargo; se dirigió a Colón y

dió cuenta a su gobierno de la situación y en 2 de noviembre recibió

orden de evitar el desembarco de las fuerzas de Colombia, si esto podía

ocasionar un conflicto con el gobierno revolucionario y que de todas

maneras mantuviera libre el tránsito por el ferrocarril que atravesaba

el istmo. Ese mismo día, cuando aún no había estallado la revolución,

por más que era ya cosa inminente, llegan a Colón 500 soldados

colombianos. El comandante del "Nashville" no puso inconveniente al

desembarco de dichas fuerzas; pero les prohibió trasladarse por

ferrocarril a la Ciudad de Panamá. Casi al mismo tiempo que llegaban las

fuerzas colombianas, desembarcaba la marinería del referido crucero con

objeto de mantener el orden, así como el libre tránsito por el

ferrocarril.

Al día siguiente de estos sucesos, se proclamaba la independencia del

istmo en la ciudad de Panamá y se constituía un gobierno independiente.

El día 13 de noviembre, esto es, diez días después de proclamada la

independencia, ésta era reconocida por el Gobierno de Washington y el

día 18 se firmaba entre la más antigua y la más nueva de las Repúblicas

del Continente, el Tratado en que se estipulaba todo lo concerniente a

la construcción del canal.

Las disposiciones más importantes de este tratado, que fué suscrito en

Washington, por John Hay a nombre de los Estados Unidos y por Felipe

Bunau Barilla a nombre de la República de Panamá, son las siguientes:

Los Estados Unidos se comprometen a garantizar la independencia de

Panamá; ésta en cambio concede a aquéllos, a perpetuidad, el uso,

ocupación y control de una zona de diez millas de ancho, por la que se

habría de extender el canal, así como el monopolio del mismo y como

compensación, el Gobierno de los Estados Unidos pagaría al de Panamá

$10,000.000 al ser ratificada la convención y nueve años después

comenzaría a abonarle la cantidad de $250.000 durante cada anualidad,

mientras estuviere en vigor el tratado.

A raíz de estos sucesos, el Presidente Roosevelt dirigió dos Mensajes al

Congreso: el primero en 7 de diciembre de 1903 y el segundo el día 4 del

mes siguiente, explicando su intervención en todos estos asuntos y sobre

todo, los móviles que lo llevaron a reconocer la nueva República,

tratando de desvanecer el cargo que se le hizo, dentro y fuera de los

Estados Unidos, de haber sido el verdadero instigador de la revolución

que dió al traste con la soberanía de Colombia en el istmo. La extensión

de dichos documentos nos priva de insertarlos en su integridad. Nos

limitaremos a hacer un extracto de sus puntos e ideas culminantes.

Comenzó diciendo, que a pesar de que el Tratado negociado en Washington

en 22 de enero de 1903, entre el gobierno de los Estados Unidos y el de

Colombia, estaba concebido en los términos más favorables para esta

última nación, su Congreso, adoptando una conducta inexplicable, había

pospuesto su aprobación indefinidamente, sin que existieran esperanzas

de que en el futuro modificara tal conducta, ni de que el Poder

Ejecutivo, que por lo que se vió tenía medios para recabar de los

congresistas dicha ratificación, llevara trazas de abandonar la actitud

pasiva en que por su parte decidió colocarse; que mientras esa era la

situación de los poderes públicos en Colombia con referencia al tratado,

el pueblo de Panamá, por su parte, seguía el asunto con el mayor

interés, pues pensaba, con razón, que se habrían de derivar grandes y

positivas ventajas, en su provecho, de la construcción del canal; y sin

que fuese de extrañar por eso, que cuando dicho pueblo, que nunca había

estado muy de agrado con la soberanía de Colombia, de la que realizó

varios esfuerzos, en diversas épocas, por separarse, se dió cuenta del

fracaso del tratado, proclamó su independencia en un movimiento

espontáneo y unánime.

Refirióse después al desembarque de las fuerzas de infantería de marina

de los Estados Unidos, al mando del Comandante Hubbard, que ocuparon la

ciudad de Colón, consignando a tal respecto, que después que se proclamó

la República en la Capital, situada en el interior, arribó al referido

puerto de Colón un crucero colombiano con 400 soldados; que él, pensando

en que la acción de esta fuerza podría interrumpir el tránsito del

ferrocarril del istmo, dió órdenes para que se impidiera su desembarque;

que esta orden llegó cuando dicha fuerza estaba en tierra, pero que como

ésta pretendiera después trasladarse a la Capital, el comandante Hubbard

se lo impidió prohibiéndole el uso del ferrocarril, en atención a lo

antes dicho, a que se habría de interrumpir el tráfico.

Desmentía luego el Presidente la especie de que su Gobierno hubiera

tenido la más ligera intervención en los preparativos de la revolución;

aseverando, además, que la infantería de marina se había mantenido en un

terreno absolutamente neutral, limitándose a proteger las vidas y

haciendas de los ciudadanos norteamericanos y a impedir cualquier acción

que hubiera podido producir el efecto de interrumpir el tráfico por el

ferrocarril y que de no ser por la serena actitud del Comandante Hubbard

y de sus soldados, hubieran ocurrido espantosas escenas de sangre.

Dijo también Roosevelt, que según la interpretación que desde antiguo le

habían dado al tratado del año 1846, varios ilustres estadistas, entre

otros el Secretario Cass en 1858 y en 1865 el Secretario Seward y el

Procurador General Speed, con motivo de otros sucesos ocurridos en el

istmo, la posición de las dos partes contratantes estaba perfectamente

definida, en el sentido de que Colombia sólo podía pedirle a los Estados

Unidos que respetara su soberanía en dicho territorio, pero no podía

obligarlos a que la ayudasen a mantenerla; mientras que éstos, por su

parte, tenían derecho a realizar todo acto o gestión tendiente a

mantener el tránsito libre y sin entorpecimientos.

La República de Colombia, añade, no se dió cuenta de su posición.

Después que derivó innumerables ventajas del Tratado del año 1846, que

no fué convenido con otro propósito que no fuera el de facilitar la

construcción del canal, no debió a última hora restarle su concurso a

esta obra. No tenía derecho a mantener cerrada una vía cuya apertura

tenía una tan alta significación para todo el mundo civilizado y

especialmente para los intereses vitales de los Estados Unidos. Si

Colombia, agrega después, era absolutamente incapaz de mantener el orden

en Panamá, como lo demostró el hecho de haber ocurrido cincuenta y tres

alteraciones de la paz, entre alzamientos, motines, revoluciones, etc.

durante los cincuenta y siete años que transcurrieron a partir del año

1846, en que se suscribió el Tratado; y habiéndose colocado dicha

República en actitud reveladora de que no habría de sancionar el nuevo

Tratado, hubiera procedido el Gobierno con locura y debilidad, si

hubiese actuado en forma distinta de la que adoptó frente a la

revolución panameña del día 3 de noviembre.

En el último de los mencionados Mensajes, se refutaba el cargo hecho a

la administración consistente en la premura con que había sido

reconocida la nueva República, en los siguientes párrafos, con los

cuales terminamos esta alusión a dichos documentos.

El hecho de que otras naciones nos imitaran, reconociendo, tan

pronto como nosotros lo hicimos, al nuevo Estado de Panamá,

demuestra que en este caso éramos los mandatarios de la humanidad

civilizada. Nuestra acción, reconociendo la nueva República, fué

imitada por Francia, Alemania, Dinamarca, Rusia, Suecia y Noruega,

Nicaragua, Perú, China, Cuba, Gran Bretaña, Italia, Costa Rica,

Japón y Austria Hungría.

En vista de las diversas circunstancias que nos determinaron a

hacer el reconocimiento, tales como las obligaciones de un tratado,

los intereses y la seguridad nacional y las ventajas que se habrían

de derivar de tal acto para la civilización, no se explica que haya

quienes piensen que no fueron tales móviles los que motivaron

nuestra conducta, sino que ésta se inspiró en algo así como el

deseo de sancionar el principio del derecho a la revolución, según

el cual, es legítimo el acto de derrocar un gobierno y el de

desmembrar un país. Es verdad que sólo causas muy razonables pueden

justificar una revolución, pero no es menos cierto que todos los

movimientos revolucionarios no pueden ser juzgados por el mismo

patrón. Cada caso debe ser juzgado en sí mismo según sus

peculiaridades. Ha habido en el mundo muchos movimientos

revolucionarios, muchos casos de desmembración de un territorio y

todos no pueden ser juzgados desde un punto de vista exclusivo.

Nadie que observe con desinterés y con espíritu de justicia lo

ocurrido en Panamá, puede negar que este país tenía motivos para

separarse de Colombia y que su actitud, al facilitar la oportunidad

de que el canal se construya inmediatamente, ha redundado en

beneficio del mundo civilizado. A aquellos que miran con pesimismo

nuestra actitud al reconocer la nueva República de Panamá y que

desconfían de lo que pueda significar nuestro compromiso de

mantener el tránsito, libre de invasiones y disturbios, les

recomendamos que tengan en cuenta el caso de Cuba, cuando

intervinimos en ella por la fuerza, obedeciendo a nuestros deberes

e intereses nacionales. Cuando realizamos esa intervención, se

pensó también que queríamos quedarnos en Cuba y administrarla en

beneficio de nuestros intereses. Los resultados han demostrado, de

modo evidente, la falsedad de tales profecías: Cuba es hoy una

República Independiente. Nosotros la gobernamos en su propio

interés durante unos años, hasta que estuvo en condiciones de

mantenerse independiente, retirándonos después, no sin antes tomar

ciertas medidas tendientes a asegurar su gobierno propio e

independencia. Hemos recabado la construcción de dos estaciones

navales, situadas, en tales condiciones, que nunca podrán

constituir una amenaza para la libertad de la isla y que han de

servir de defensa al pueblo de Cuba y al nuestro, contra un posible

ataque extranjero. El pueblo de Cuba ha derivado grandes beneficios

de nuestra intervención y nosotros los hemos recabado también. Otro

tanto ha de ocurrir con Panamá. Tanto el pueblo del istmo como el

de los países adyacentes de Centro y Sud América, han de

beneficiarse grandemente con la construcción del canal y con la paz

y el orden de que se disfrutará y el beneficio de ellos se hará

extensivo a nosotros y a la humanidad. Por nuestra acción rápida y

decisiva, no sólo hemos favorecido nuestros intereses y los del

mundo civilizado, sino que nos hemos evitado complicaciones que nos

hubieran sido perjudiciales y al pueblo del istmo le hemos evitado

también el derramamiento de sangre y otros sufrimientos.

En vez de emplear nuestras fuerzas, como pretendió Colombia, en la

doble finalidad de perjudicar nuestros derechos e intereses y

también los del mundo civilizado, y de abatir a la población del

istmo, ayudando a los que ella estimaba como sus opresores, hicimos

lo que nos demandaba el deber: mantener el tránsito libre y evitar

la invasión que se proyectaba.

Después que ocurrieron los sucesos que ocasionaron la separación de

Panamá, la República de Colombia rompió por completo sus relaciones con

los Estados Unidos. El Presidente Roosevelt realizó grandes esfuerzos

por reanudar dichas relaciones y pareció, por un momento, que había

obtenido su propósito. El día 9 de enero de 1909, se suscribía en

Washington un tratado entre el Secretario Root y los Ministros, Cortés,

de Colombia, y Arosemena, de Panamá, por el cual Colombia recibía en

calidad de indemnización $2,500.000; debiendo en cambio, reconocer la

independencia de Panamá, someter la fijación de su frontera con esta

nueva República al arbitraje del Presidente de la República de Cuba,

eximir del pago de derechos a los barcos dedicados a las obras del canal

que anclaran en sus puertos y renunciar a cuantos derechos le asistieran

con respecto al canal.

El pueblo colombiano juzgó ese tratado como afrentoso a su soberanía y

consideró como un traidor al Presidente, General Reyes, con cuya

anuencia había sido negociado; teniendo éste que abandonar el poder para

no perder la vida y quedando interrumpidas nuevamente las relaciones

entre las dos Repúblicas.

Tres años más tarde, ocupando William H. Taft la Presidencia de los

Estados Unidos, el Secretario de Estado Knox, le dió instrucciones a

James Du Bois, Ministro en Bogotá, para que intentara negociar un

tratado bajo estas bases: se elevaba la indemnización que debía percibir

Colombia a $10,000.000, y los Estados Unidos, en cambio, además de

obtener con ligeras variantes las concesiones que se le otorgaban en el

proyecto de Tratado Root-Cortés, adquirirían el derecho de construir un

canal y el arrendamiento de las islas San Andrés y Providencia. Apenas

el Ministro norteamericano le expuso estos planes a Carlos Restrepo,

Presidente de Colombia, le significó éste en términos rotundos, que

sobre tales bases no estaba dispuesto a iniciar negociación alguna.

Transcurrió otro lapso de dos años y la administración del Presidente

Wilson, que sucedió a Taft, insistió en el empeño de llegar a un acuerdo

con Colombia, que pusiera término a la desagradable situación creada.

Colombia quería someter las cuestiones y asuntos pendientes a un

arbitraje; pero al fin desistió de esta actitud, aviniéndose a dejar

zanjadas todas las diferencias por medio de un tratado, que fué suscrito

en Bogotá, en 6 de abril de 1914.

Este tratado, por el cual Colombia debía recibir de los Estados Unidos

una indemnización de $25,000.000 teniendo además derecho a transportar

sus fuerzas por el canal sin pagar derechos y a que lo utilizaran sus

ciudadanos y sus productos en las mismas condiciones que los

norteamericanos, a cambio de que dicha República reconociera la

independencia de Panamá, apenas sometido al Senado fué rudamente

combatido por el ex-Presidente Roosevelt. A juicio de este estadista,

dicha convención constituía una desautorización de su conducta en los

asuntos de Panamá; era, a su juicio, algo así como el reconocimiento de

que se había cometido una injusticia con Colombia.

En la primavera del año 1917 dicha convención fué sometida a discusión

en la Alta Cámara, siendo combatida con toda energía por Lodge, Borah y

otros significados miembros del Partido Republicano, quienes esgrimieron

el argumento de Roosevelt y alegaron además, que eran los intereses

petroleros, ávidos de obtener concesiones en Colombia, los que en el

fondo agitaban el asunto. La oposición republicana se hizo sentir; el

Tratado fué devuelto al Comité de Asuntos Exteriores y tras varias

vicisitudes, después de cuatro años, al ocupar su alto cargo el

Presidente Harding, uno de sus primeros actos fué el de dirigirle un

mensaje al Senado encareciendo la necesidad y urgencia de su aprobación.

Ocurrió uno de esos cambios tan frecuentes en la política. Los mismos

republicanos, que antes combatieron el Tratado, fueron ahora, con Lodge

a la cabeza, sus defensores. Algunos, sin embargo, mantuvieron su

antigua intransigencia, entre otros Borah, quien dijo que el pago a

Colombia de una indemnización de $25,000.000, equivalía a aceptar el

cargo, hecho a Roosevelt y a Hay, de que "lo de Panamá había sido un

robo". En 20 de abril de 1921 el Senado, al fin ratificó el convenio con

algunas variaciones que se le introdujeron, por 69 votos contra 19 y en

14 de octubre del propio año, tras prolongado debate, le correspondió la

misma suerte en la Alta Cámara de Colombia.

En la primitiva redacción de este Tratado, la que fué acordada en Bogotá

en 6 de abril de 1914, se hacía constar la siguiente declaración

contenida en el artículo I:

El Gobierno de los Estados Unidos de América, deseoso de poner

término a todas las controversias y diferencias con la República de

Colombia, provenientes de los sucesos de que es resultado la

situación actual en el Istmo de Panamá, expresa en su propio nombre

y en el del pueblo de los Estados Unidos, su sincero pesar de que

las relaciones de cordial amistad que por tanto tiempo han existido

entre las dos naciones hayan sido interrumpidas o perjudicadas a

causa de aquellos sucesos. El Gobierno de la República de Colombia

en su propio nombre y en el del pueblo colombiano, acepta esta

declaración en la plena seguridad de que todo obstáculo para la

completa restauración de la armonía entre los dos países

desaparecerá de este modo.

Tal como ha sido aprobado el proyecto, esta declaración ha sido

sustituída por la siguiente, que aparece en el párrafo con que se

encabeza el Tratado, a manera de preámbulo:

Los Estados Unidos de América y la República de Colombia, deseando

remover todas las desavenencias provenientes de los sucesos

políticos acaecidos en Panamá en noviembre de 1903; restaurar la

cordial amistad que caracterizaba las relaciones entre los dos

países; y también definir y regular sus derechos e intereses

respecto al canal interoceánico que el Gobierno de los Estados

Unidos ha construído a través del istmo de Panamá, han resuelto con

este objeto celebrar un tratado, y en consecuencia han nombrado

como sus Plenipotenciarios...

(C)

La Política de los Estados Unidos en el Continente Americano · 第 52 / 76 题