Varias sesiones dedicó la Convención a este asunto. Las actas de las
mismas revelan la honda preocupación que producía a los delegados el
dilema en que se encontraban, entre el propósito de mantener la
independencia absoluta, sin restricciones, y la sospecha de que la
repulsa de la enmienda pudiera suponer una demora indefinida en el
establecimiento del gobierno propio y quizás la pérdida de éste para los
cubanos. Al fin, en la sesión del día 28 de mayo se acordó, a manera de
transacción entre el ideal y la realidad, aprobar la enmienda con las
siguientes aclaraciones:
Primera: Que las estipulaciones contenidas en las cláusulas primera
y segunda de la Enmienda Platt son limitaciones constitucionales
internas, que no restringen la facultad del Gobierno de la
República de Cuba para celebrar libremente tratados políticos o
mercantiles con cualquier nación ni sus facultades de contraer
empréstitos y crear deudas, sino en cuanto deba sujetarse a lo que
establece la Constitución cubana, y a lo que se declara en las dos
mencionadas cláusulas.
Segunda: Que la intervención a que se refiere la cláusula tercera
no implica en manera alguna entrometimiento o ingerencia en los
asuntos del Gobierno Cubano, y sólo se ejercerá por acción formal
del Gobierno de los Estados Unidos para conservar la independencia
y soberanía de Cuba cuando se viere ésta amenazada por cualquier
acción exterior o para restablecer con arreglo a la Constitución de
la República de Cuba un gobierno adecuado al cumplimiento de sus
fines internos e internacionales, en el caso de que existiera un
verdadero estado de anarquía.
Tercera: Que la cláusula cuarta se refiere a los actos debidamente
realizados durante la ocupación militar y a los derechos legalmente
adquiridos a virtud de ellos.
Cuarta: Que la cláusula quinta se contrae a las medidas y planes de
sanidad que mutuamente se convengan entre el Gobierno de la
República de Cuba y el de los Estados Unidos.
Quinta: Que aunque la Isla de Pinos está comprendida en los límites
de Cuba y regida por el mismo gobierno y administración, el
Gobierno futuro de Cuba y el de los Estados Unidos fijarán por un
Tratado especial la pertenencia de dicha Isla de Pinos, sin que
esto suponga un prejuicio en contra de los derechos que Cuba tiene
sobre ella.
Sexta: Que en virtud de la cláusula séptima, el Gobierno de la
República de Cuba quede habilitado para concertar con el de los
Estados Unidos un Tratado en que se haga la concesión de carboneras
o estaciones navales en los términos que se convengan por ambos
Gobiernos, las cuales se establecerán con el solo y único fin de
defender los mares de América para conservar la independencia de
Cuba en caso de una agresión exterior así como para la propia
defensa de los Estados Unidos.
El Gobierno de la República de Cuba concertará al mismo tiempo un
tratado de comercio, basado en la reciprocidad, en el que se
aseguren mutuas y especiales ventajas para los productos naturales
y manufacturados de ambos países en los mercados respectivos sin
que resulte limitada la facultad de promover y convenir en lo
futuro mayores ventajas.
Esta forma en que fué aceptada la enmienda no agradó al Gobierno de
Washington. En los primeros días del mes de junio, el Gobernador Militar
le dió traslado a la Convención de un informe enviado por el Secretario
de la Guerra, fechado en 31 de mayo, en que se decía, que era
inaceptable aquella forma, pues no bastaba con que dicha asamblea le
diera su asentimiento a la enmienda, sino que debía incorporarla a la
Constitución sin formularle aclaraciones, ya formando parte de su texto,
ya en forma de apéndice; que se debía tener presente, que por tratarse
de un estatuto aprobado por el Poder Legislativo, el Ejecutivo se tenía
que ceñir a sus términos y que si según estos, el Presidente había sido
autorizado para retirar de Cuba el Ejército cuando se hubiere
establecido un gobierno bajo una Constitución en la que figurasen como
parte de la misma, las cláusulas de la citada enmienda, sólo cuando esto
se hubiese realizado podría disponerse aquella retirada.
Planteada la cuestión en estos términos y convencidos los delegados de
que todo lo que no fuera aceptar la enmienda lisa y llanamente, sería
retardar o impedir el establecimiento de la República, en la sesión del
día 12 de junio acordaron adicionarla a la Constitución, en forma de
apéndice, sin añadirle aclaración ni comentario alguno.
Aprobada la Constitución en esa forma, hiciéronse los preparativos
necesarios para constituir la República. El día 31 de diciembre se
celebraron las elecciones, de acuerdo con una ley redactada por la
Convención Constituyente, quedando designados los Compromisarios
presidenciales y senatoriales, los miembros de la Cámara de
Representantes y los Gobernadores y Consejeros Provinciales, y en 24 de
febrero de 1902, fueron designados los señores Tomás Estrada Palma y
Luis Estévez y Romero, Presidente y Vicepresidente de la República,
respectivamente.
El día 20 de mayo el General Wood le hizo entrega del Gobierno al
Presidente electo, significándole en la ceremonia de la entrega, que el
nuevo Gobierno asumía todas y cada una de las obligaciones contraídas
por los Estados Unidos, respecto de la isla por el Tratado de París; que
se debían considerar como comprendidas en el artículo 5º de la enmienda
Platt,--a tenor del cual, Cuba asumió la obligación de realizar, en
materia de sanidad, los planes ya proyectados u otros que mutuamente se
convinieran--, las siguientes medidas y disposiciones sanitarias: el
proyecto de alcantarillado y pavimentación de la ciudad de la Habana y
el de alcantarillado y acueducto de la ciudad de Santiago de Cuba y las
disposiciones que estaban vigentes en materia de cuarentenas, así como
los Reglamentos e instrucciones de Sanidad, que regían en la ciudad de
la Habana, y que de acuerdo con la Constitución y con la Enmienda Platt,
la situación de la Isla de Pinos sería resuelta por un Tratado.
Una vez constituída la República, era necesario atender a un asunto de
excepcional importancia para su prosperidad: la determinación de las
relaciones comerciales con los Estados Unidos sobre la base de
recíprocas ventajas. Ya con anterioridad, el Gobierno de Washington
había ofrecido contribuir, por su parte, a esa finalidad. La Comisión de
la Convención Constituyente, en su visita a los Estados Unidos, a fines
del mes de abril de 1901, a que antes nos referimos, al llamarle la
atención al Secretario Root, acerca de que la Enmienda Platt desatendía
por completo el aspecto económico de las relaciones entre los dos
países, obtuvo de dicho funcionario la promesa de que ese asunto sería
atendido una vez que se constituyera la nueva nacionalidad, pero no
antes, toda vez que siendo los tratados pactos bilaterales que suponían
la personalidad jurídica de los contratantes, era necesario para que
Cuba entrara en negociaciones sobre esa materia, que se encontrara en
posesión de dicha personalidad. Esta promesa fué ratificada por el
Presidente de la República a aquella comisión, cuando ésta, cumplida su
misión, le hizo su visita de despedida, llegando hasta a ofrecerle, que
de ser posible, se le otorgarían determinados beneficios a la producción
cubana, antes de que se pactara el tratado que debía regular las
relaciones mercantiles de los dos pueblos.
El propio Root en su informe anual de 27 de noviembre de aquel año, se
refirió a dichas relaciones en éstos términos:
Al parecer, el obstáculo principal para la futura prosperidad de la
isla se encuentra en sus relaciones comerciales con los Estados
Unidos, y la necesidad de obtener algún arreglo de reciprocidad
mediante el cual se haga una concesión de los derechos arancelarios
que los Estados Unidos en la actualidad imponen a los principales
productos cubanos.
Para que Cuba pueda disfrutar de verdadera prosperidad, es
necesario que encuentre un mercado para sus productos principales,
a saber, el azúcar y el tabaco, donde pueda venderlos con una
utilidad razonable. En las circunstancias actuales o en
cualesquiera circunstancias que puedan sobrevenir, donde únicamente
Cuba puede encontrar dicho mercado para su azúcar y hasta cierto
grado para su tabaco es en los Estados Unidos. Con arreglo a los
preceptos vigentes de la ley arancelaria de los Estados Unidos, los
precios que puedan alcanzarse para el azúcar y en gran parte para
el tabaco cubano, en este mercado, no bastan a cubrir los derechos,
costo de transporte y producción, y rendirle al productor una
ganancia que le permita continuar con provecho la explotación de
dichas industrias.
Me permito aludir a una discusión sobre este asunto que aparece en
mi informe anual de 1899, y confirmar, en vista de los dos años que
han transcurrido, la conclusión en aquél expresada en los
siguientes términos:
"Como quiera que los Estados Unidos son el gran mercado para
el azúcar cubano, y visto el hecho de que la prosperidad de
Cuba depende de dicho mercado, es muy probable que, por más
competente y eficaz que sea el gobierno de Cuba en cuyas manos
entreguemos el dominio de la isla, la primera medida de
conservación propia que aquel gobierno estará obligado a tomar
en consideración será la de procurar obtener de los Estados
Unidos algún arreglo arancelario por virtud del cual Cuba
pueda vender su azúcar con alguna utilidad. La incertidumbre
de si puede o no realizarse dicho arreglo en la actualidad,
constituye un obstáculo para que en Cuba tenga lugar un
renacimiento de la industria azucarera. No cabe duda de que
cuando los representantes de ambos países discutan la cuestión
de las futuras relaciones entre este país y Cuba, los Estados
Unidos tratarán generosamente en todos sentidos al pueblo por
el cual han hecho tan grandes sacrificios."
Confiando en que habían de ser tratados con un espíritu de
equidad y largueza por parte de los Estados Unidos, los
hacendados cubanos han hecho grandes esfuerzos para
reconstruir su gran industria, y han aumentado su producción
de azúcar de 308,000 toneladas, hechas en 1899, a 615,000
toneladas en 1900, en tanto que la producción del presente año
se calcula en algo más de 800,000. Estimulados por nuestros
consejos y confiando en nuestra buena amistad, han luchado con
perseverancia por desquitarse de los desastres que su patria
ha sufrido. Todo el capital que tenían o que pudieron
conseguir prestado, se ha invertido en la reconstrucción de
sus maquinarias y resiembra de sus terrenos. Más de la mitad
del pueblo de la isla depende directa o indirectamente del
éxito de la expresada industria. Si esta industria logra
reconstruirse, podemos esperar días de paz, de abundancia y de
orden nacional, y la felicidad de un pueblo libre y contento
para recompensar dignamente el sacrificio de las vidas y el
tesoro americanos, gracias a los cuales logró Cuba su
libertad. Si por desgracia fracasa la reconstrucción de dicha
industria, es lógico esperar que los campos volverán a verse
yermos, las maquinarias otra vez desmanteladas, el gran cuerpo
de obreros se quedará sin empleo, y la pobreza y la inanición,
el desorden y la anarquía sobrevendrán; que las beneficencias
y las escuelas que hemos estado construyendo no encontrarán
los medios necesarios para su sostenimiento y tendrán que
cesar; que las medidas y precauciones sanitarias que han hecho
que ya Cuba no sea una fuente temida de epidemias, sino una de
las islas más salubres del mundo, tendrán que abandonarse por
necesidad, y nuestros puertos del Atlántico tendrán que sufrir
otra vez el daño causado al comercio, y el mantenimiento de
estaciones de cuarentena, cuyo costo anual asciende a
millones.
Cuba ha accedido a que tengamos el derecho de decir que jamás
se pondrá en manos de ninguna otra potencia extranjera, sean
cuales fueren sus necesidades, al derecho que tenemos para
insistir en el mantenimiento de un gobierno libre y de orden
en todos sus límites, por más corolario de este derecho existe
el deber y la más sagrada obligación de tratarla no como a un
enemigo, ni tampoco como un rival comercial, sino con una
generosidad que, ejercida hacia ella, no sea más que justicia,
y finalmente, amoldar nuestras leyes de tal manera, que
contribuyan tanto a su bienestar como al nuestro.
Nuestro deber hacia Cuba puede cumplirse haciendo con ella el
arreglo arancelario recíproco que el Presidente Mac Kinley
recomendó en las últimas palabras que dirigió a sus
conciudadanos en Buffalo el día 5 de septiembre. Bastará
efectuar una rebaja equitativa en los derechos que imponemos
al azúcar y tabaco cubanos, a cambio de rebajas equitativas y
correspondientes de derechos cubanos sobre productos
americanos, y recomiendo encarecidamente que se haga dicho
arreglo cuanto antes. No implicaría ningún sacrificio, sino
que sería tan beneficioso para nosotros como para Cuba. El
mercado para productos americanos en un país que cuenta con
una población, una riqueza y elementos para comprar como los
que Cuba poseería si disfrutase de la debida
prosperidad--elementos que están asegurados, además, por las
ventajas que ofrecen los derechos de preferencia--contribuiría
mucho más a nuestra prosperidad que lo que podría hacerlo la
parte de los derechos que se nos exigiría que cediésemos.
Una gran parte de los $37,000.000 de mercancías que Cuba
importa en la actualidad de otros países, además de lo que
importa de los Estados Unidos, y la cantidad mucho mayor que
importaría si gozase de verdadera prosperidad, debieran ir, y
mediante un arreglo recíproco, equitativo, han de ir
inevitablemente de los Estados Unidos. El examen de las tablas
que aparecen en el Apéndice A, muestra que el año pasado Cuba
compró géneros de algodón por valor de más de $6,000.000, de
los cuales nosotros le vendimos menos de $500,000; géneros de
lana por valor de cerca de $700,000, de los cuales le vendimos
menos de $22,000; más de $2,000.000 de fibras vegetales y sus
manufacturas, de los cuales sólo le vendimos $171,000; vinos
por valor de más de $2,700.000, de los cuales sólo le vendimos
$329,000; géneros de seda por valor de más de $526.000, de los
cuales sólo le vendimos $24,000; aceites, etc., por valor de
cerca de $2,598.000, de los cuales sólo le vendimos $713,000;
drogas y sustancias químicas etc., por valor de $1,053.000, de
los cuales sólo le vendimos $422.000; animales y productos
animales por valor de $8,476.000, de los cuales no le vendimos
más que $1,994.000; manufacturas de cuero por valor de
$1,638.000, de los cuales no le vendimos más que $405,000;
arroz por valor de $3,335.000, del cual no le vendimos más que
$3.000. El conjunto, prácticamente, de estos artículos, de los
cuales le suministramos una parte tan pequeña, debieron haber
procedido de los campos y fábricas de los Estados Unidos.
Prescindiendo de la obligación moral que aceptamos cuando
lanzamos a España fuera de Cuba, y prescindiendo, asimismo, de
las consideraciones de orden ordinario, de las ventajas
comerciales que implica un tratado de reciprocidad, existen
las más poderosas razones de política pública americana que
nos sugieren esta medida: puesto que la paz de Cuba es
necesaria a la de los Estados Unidos, la salud de Cuba es
necesaria a la de los Estados Unidos y la independencia de
Cuba también es necesaria para la seguridad de los Estados
Unidos. Las mismas consideraciones que nos indujeron a
declararle la guerra a España, exigen en la actualidad que se
haga un arreglo comercial por virtud del cual se asegure la
existencia industrial de Cuba. El estado de las industrias
azucarera y tabaquera ya es tal, que es de desear que el
Congreso tome una resolución terminante sobre este asunto, lo
más pronto posible.
De acuerdo con tales promesas, el día 11 de diciembre de 1902 se
concertó en la ciudad de la Habana un tratado de reciprocidad comercial
entre los dos países y canjeadas las ratificaciones en Washington,
comenzó a regir en 27 de diciembre de 1903.
Se convino por este Tratado,--que habría de regir durante cinco años y
después de año en año, hasta que una de las partes le notificara a la
otra su propósito de darlo por terminado--que en ambos países se
continuarían admitiendo libres de derechos, los productos que hasta ese
momento disfrutaban de ese beneficio, estipulándose con respecto a los
demás, una rebaja del 20, del 25, del 30 y hasta del 40 por ciento, para
determinados artículos.
Son incalculables los beneficios que ha recabado Cuba de ese Tratado,
así como el impulso que merced al mismo ha recibido el comercio entre
los dos países. Basta decir, que ya antes de la guerra europea, ocupaba
Cuba el quinto lugar en importancia en la lista de los países que
comerciaban con los Estados Unidos. Chester Lloyd Jones, Profesor de
Ciencia Política en la Universidad de Wisconsin, dice en su obra
_Caribbean Interests of the United States_, que mientras en la
generalidad de las Antillas no ha progresado la industria azucarera, en
Cuba ha alcanzado un desarrollo enorme, agregando que a este hecho han
contribuído el estado de paz de que ha disfrutado la isla después de la
guerra con España, que ha servido para brindarle garantías al capital,
la estabilidad que le restituyó al mercado azucarero la convención de
Bruselas, la seguridad de que merced a la enmienda Platt los disturbios
quedan reducidos a su menor expresión y por último, el tratado comercial
de 1903, que vino a sancionar en el orden político lo que era una
realidad desde el punto de vista geográfico, esto es, que en los Estados
Unidos estaba el mercado natural de la producción cubana.
La séptima de las estipulaciones contenidas en la enmienda Platt, o
séase la relativa a que el gobierno de Cuba vendería o arrendaría a los
Estados Unidos las tierras necesarias para estaciones carboneras o
navales, en ciertos puntos que se convendrían con el Presidente de los
Estados Unidos, fué objeto de un tratado que suscribieron, en la ciudad
de la Habana el Presidente Estrada Palma, en 16 de febrero de 1903 y en
la de Washington el de los Estados Unidos, en 23 del propio mes y año.
Por este tratado la República de Cuba le dió en arrendamiento a los
Estados Unidos por el tiempo que las necesitaren y para el objeto de
establecer en ellas estaciones carboneras o navales, dos extensiones,
parte de tierra y parte de mar, situadas, una en Guantánamo, en la costa
sur, y otra en Bahía Honda, en la costa norte; estipulándose que los
Estados Unidos ejercerían jurisdicción y señorío completo sobre dichas
áreas, sin perjuicio de la continuación de la soberanía definitiva de la
República de Cuba sobre las mismas.
La estación naval de Guantánamo fué establecida; no así la de Bahía
Honda.
Otra convención no menos importante se suscribió en la Habana, ese mismo
año, entre el Gobierno de los Estados Unidos y el de Cuba: un tratado de
carácter permanente, en el cual, de acuerdo con lo dispuesto en el
artículo VIII de la enmienda Platt, se consignaron las diversas
cláusulas o disposiciones de dicha enmienda.
Cuatro años después de constituída la República y en muy dolorosas
circunstancias, se hizo aplicación del artículo 3º de la enmienda Platt,
alusivo al ejercicio del derecho de intervención por parte del gobierno
de los Estados Unidos. El día 23 de septiembre del año 1905 se
celebraron elecciones generales. El Partido Moderado defendía la
reelección del Sr. Tomás Estrada Palma y el Partido Liberal sostenía la
candidatura del General José Miguel Gómez. La campaña electoral se
desenvolvió en medio de una intensa agitación; el mayor encono existía
entre los dos bandos. El Sr. Estrada Palma fué proclamado Presidente y
los liberales, alegando que su victoria era producto del fraude, a
mediados del mes de agosto del año 1906, se levantaron en armas en las
provincias de Pinar del Río, Habana y Las Villas. El Sr. Estrada Palma,
cuyo gobierno se había caracterizado por su excelente administración,
sobre todo por la escrupulosidad en el manejo de los fondos públicos, se
negó a pactar con los rebeldes. El día 8 de septiembre, considerándose
impotente para sofocar la revolución, interesó del Presidente Roosevelt,
por mediación del Cónsul de los Estados Unidos, Mr. Frank Steinhart, el
envío de dos barcos de guerra, uno a la Habana y otro a Cienfuegos.
A esa solicitud contestó Mr. Robert Bacon, Secretario interino de
Estado, diciendo en un despacho cablegráfico fechado el día 10, que los
dos barcos habían sido enviados, pero significando al propio tiempo, que
la intervención habría de producir en los Estados Unidos un efecto
desastroso, que de efectuarse habría de ser con el mayor desagrado y que
se debía esperar a que se evidenciara, que el gobierno era impotente
para sofocar la revolución; siendo preferible entonces, antes que la
intervención, que el gobierno celebrara un convenio con los alzados en
armas.
Dos días después el Presidente Estrada Palma se dirige al gobierno de
Washington, por mediación también del Cónsul Steinhart, manifestando que
la rebelión había tomado incremento y que el gobierno era impotente para
sofocarla, por lo cual pedía que se decretara la intervención y que se
enviaran fuerzas militares para defender las vidas y las propiedades. El
día 14 llegó al puerto de la Habana el crucero "Denver", desembarcando
125 hombres con objeto de proteger los intereses americanos, los mismos
que al día siguiente fueron reembarcados. En esta misma fecha el
Presidente Estrada Palma, reitera una vez más la petición de
intervención, por no poder impedir la entrada de los rebeldes en las
ciudades y la destrucción de las propiedades. A tales instancias,
contesta el Presidente Roosevelt con una notable carta dirigida al Sr.
Gonzalo de Quesada, Ministro de Cuba en Washington y que no fué otra
cosa que una patriótica exhortación a los cubanos para que ahogaran sus
diferencias y colocaran a la República por encima de sus ambiciones.
Sobrados títulos tenía el insigne Roosevelt para hablar en tales
términos, si se recuerda que había peleado por la independencia en los
campos de Santiago de Cuba, y que después, siendo Presidente de los
Estados Unidos, dejó los destinos de la Isla en manos de sus hijos. He
aquí dicha carta:
Oyster Bay, N. Y., septiembre 14, 1906.
Estimado señor Quesada:
Le escribo en estos momentos de crisis por que atraviesa la
República de Cuba, no simplemente porque sea usted el Ministro de
Cuba acreditado cerca de este Gobierno, sino porque usted y yo,
íntimamente, concurrimos juntos a la misma labor, en aquella época
en que los Estados Unidos intervinieron en los asuntos de Cuba, con
el resultado de convertirla en una nación independiente. Usted sabe
muy bien cuán sinceros son mis sentimientos de afecto, admiración y
respeto a Cuba. Usted sabe que jamás he hecho ni haré jamás nada
tampoco respecto a Cuba que no sea inspirado en un sincero
miramiento en favor de su bienestar. Usted se da cuenta asimismo
del orgullo que he sentido por haberme cabido la satisfacción, como
Presidente de esta República, de retirar las tropas americanas que
ocupaban la isla y proclamar oficialmente su independencia, a la
vez que le deseaba todo género de venturas en la carrera que le
tocaba emprender como república libre. Yo deseo ahora, y por
mediación de usted, decir una palabra de solemne advertencia a su
pueblo, que tiene en mí a quien mejores deseos pudiera abrigar en
su favor.
Durante siete años Cuba ha disfrutado de un estado de paz absoluto
y su prosperidad se ha desarrollado de una manera lenta pero
segura. Cuatro años también han trascurrido durante los cuales esa
paz y esa prosperidad se consolidaban bajo su gobierno propio e
independiente. Esa paz, esa prosperidad y esa independencia se
encuentran ahora amenazadas; porque de todos los males que pueden
caer sobre Cuba, es el peor de todos el de la anarquía en que la
precipitarán seguramente, así la guerra civil como los simples
disturbios revolucionarios.
Quienquiera que sea responsable de la revolución armada y de los
desmanes que durante ella se cometan; quienquiera que sea
responsable, en cualquier sentido, del actual estado de cosas que
ahora prevalece, "es enemigo de Cuba"; y resulta duplicada la
responsabilidad del hombre que, alardeando de ser un campeón
especial de la independencia de Cuba, da "un paso que pueda hacer
peligrar esa independencia". Porque no hay más que una sola manera
de hacer peligrar la independencia de Cuba, y es que el pueblo
cubano demuestre su incapacidad para continuar marchando por la
senda de un progreso ordenado y pacífico.
Nada le pide esta nación a Cuba que no sea la continuación de su
desenvolvimiento en la medida que lo ha realizado durante los
últimos siete años transcurridos: que conozca y practique la
libertad ordenada, la cual proporcionará, seguramente, a la hermosa
"Reina de las Antillas", en creciente medida, la paz y la
prosperidad. Nuestra intervención en los asuntos de Cuba demuestra
que ha caído en el hábito insurreccional y que carece del necesario
dominio propio para asegurar pacíficamente el Gobierno propio, así
como que sus facciones contendientes han sumido al país en la
anarquía.
Solemnemente conjuro a los patriotas cubanos para que, unidos
estrechamente, ahoguen todas sus diferencias, todas sus ambiciones
personales, y recuerden solamente que el "único medio de conservar
la independencia y la República es evitando a todo trance que surja
la necesidad de una intervención del exterior, rescatándola de la
anarquía y de la guerra civil."
Espero ardientemente que estas palabras de apelación mías, vertidas
en nombre del pueblo americano,--el amigo más firme de Cuba y el
mejor intencionado hacia ella que pueda existir en el mundo--serán
interpretadas rectamente, serán seriamente consideradas, y se
procederá de acuerdo con ellas; en la seguridad de que si así se
hiciere, quedará asegurada la permanente independencia de Cuba y
también su éxito permanente como República.
En virtud del tratado que existe con el Gobierno de usted, yo, como
Presidente de los Estados Unidos, tengo un deber en este asunto que
no puedo eludir. El artículo tercero de ese tratado confiere
esplícitamente a los Estados Unidos el derecho de intervenir para
el mantenimiento en Cuba de un Gobierno adecuado a la protección de
las vidas, de las propiedades y de la libertad individual. El
tratado que confiere ese derecho es ley suprema de la nación y me
inviste del derecho y de los medios para llevar a cabo el
cumplimiento de la obligación en que me encuentro de proteger los
intereses americanos.
La información de que dispongo me demuestra que los lazos sociales
en toda la extensión de la Isla han sido relajados de tal manera,
que no hay ya seguridad para la vida, para la propiedad, ni para la
libertad individual. He recibido noticias auténticas de los
perjuicios sufridos por las propiedades americanas y de la
destrucción que se ha llevado a cabo en algunas de ellas. _Es pues
imperativo, a mi juicio, para el bien de Cuba, que cesen
inmediatamente las hostilidades y que se lleve a cabo algún arreglo
que asegure la permanente pacificación de la Isla._
Mando al efecto a la Habana al Secretario de la Guerra, Mr. Taft, y
al Subsecretario de Estado, Mr. Bacon, como representantes
especiales de este Gobierno, a fin de que presten la cooperación
que sea posible para la prosecución de esos fines. Yo esperaba que
Mr. Root, el Secretario de Estado, hubiera podido hacer alto en la
Habana a su regreso de la América del Sur; pero la aparente
inminencia de la crisis me impide demorar esta acción por más
tiempo.
Deseo por su mediación comunicarme de esta manera con el Gobierno y
con el pueblo cubano. Y le envío, en su consecuencia, una copia de
esta carta, para que se sirva remitirla al Presidente señor Estrada
Palma; ordenando al mismo tiempo la inmediata publicidad de la
misma.
De usted sinceramente,