La cueva de las calaveras.
Una vez que descansamos de las fatigas propias de jornadas teatrales
tan largas como las anteriormente descritas, nos propusimos visitar
las grutas de las calaveras de la isla de Cagraray, situada frente
por frente á Legaspi.
En la madrugada del siete de Abril de 1880 nos embarcamos en una falúa,
habiendo puesto previamente en el bote que nos había de acompañar,
escalas, cuerdas, picos, barretas y cuantos instrumentos creímos
habían de sernos necesarios para explorar las costas del célebre
Canal que divide las islas de Batan y Cagraray.
Un viento fresco terral hinchó el foque de nuestro esquife, y una
ligera maniobra para amurar su blanca vela latina nos puso en rumbo,
teniendo á la banda de estribor, en primer término, el picacho de
Capuntucan, divisándose en la misma dirección, en lejanos horizontes,
las costas de Manito, cuya blanca torre se destaca sobre la colina de
verdura en que se asienta. A la mura de babor se alzaba el gigantesco
coloso del Estrecho de San Bernardino; á la proa teníamos la gran
bocana que abre el hemiciclo que forma la rada de Legaspi, y por la
que da entrada en las monzones del Noroeste á embravecidas mares que
no encuentran barrera alguna desde las costas americanas, quedando
tras la estela las arenas de Legaspi.
Navegando en popa llevábamos rumbo derecho en demanda de la bocana
del Canal de Cagraray.
La pantalla que nos cerraba los horizontes del Poniente, en la extensa
punta de _Calao-Calanan,_ fué desapareciendo á medida que íbamos
ganando en altura, dibujándose primero una ligera nube, que poco á
poco fué aclarándose hasta mostrarse á nuestra vista el canastillo
de flores que forma el _Cabo del Diablo._ En las cartas marítimas se
le da el nombre de _Lesno_, pero los naturales lo señalan con la
denominación del _Diablo_, efecto sin duda de lo arriesgado que es
el doblarlo en la monzón del Noroeste, en la que la navegación del
Estrecho de San Bernardino es sumamente peligrosa; y tanto es así,
que en los meses que reina, las casas aseguradoras no aceptan riesgo
alguno para el puerto de Legaspi. La precisión de los instrumentos
que ayudan á la inteligencia del marino, y su constante alerta cuando
tienen ancladas sus naves en aquel puerto, hacen que los siniestros
marítimos no sean muy frecuentes, pues contra los vientos y las
mares tiene la rada de Legaspi un consolador refugio en el abrigado
y resguardado puertecito de _Sula_.
La marinería de nuestra embarcación era india pura, incluso su patrón,
quien varias veces varió el rumbo, atribuyéndolo nosotros al principio
á descuido, pero más tarde comprendimos que la caña del timón obedecía
más bien al temor que le dominaba, tan luego supo que nuestro principal
objeto era visitar las _Cuevas de las Calaveras_; afortunadamente nos
acompañaba un amigo que conocía la situación de las más notables de
aquellas, y repetidas veces enmendó la derrota con visible disgusto
del patrón, antiguo y marrullero hombre de mar, ya entrado en años,
con más cabellos blancos que negros, más supersticiones que dientes,
más consejas que verdades y más escapularios que virtudes. La voz
apagada y gangosa, sin duda por las húmedas brisas de Levante,
modulaban una y otra vez voces de mando, que daban por resultado
quedar la escota en su cabilla á la mirada de nuestro práctico.
Los contornos de la bocana de Cagraray se hacían por momentos más
perceptibles. Al entrar en las aguas de _Sula_, principiamos á admirar
las innumerables bellezas madrepóricas del fondo del mar, cuyo lecho lo
teníamos bajo la quilla á tres pies. Los rayos solares, al quebrarse
en la masa de agua, esparcían sobre las dentadas y caprichosas
combinaciones madrepóricas luminosos destellos, merced á los cuales
explorábamos aquel extenso bajo. Con la ayuda de los acerados dientes
de los aparatos automáticos de Toselli, que á prevención llevábamos,
arrancamos varias madréporas, cuyos brillantes colores desaparecían
tan luego dejaban de ser acariciadas por las revueltas madejas de
sus hermanas las marinas algas. Al doblar la pequeña punta de _Sula_,
instintivamente todos nos fijamos en la extraña configuración de dos
montecillos que se unían por medio de una roca, cuyo centro cortado á
pico mostraba una raya vertical, tanto más perceptible, cuanto que se
dibujaba sobre el fondo pelado de la granítica peña. Nuestro práctico
puso proa á la acantilada masa.
La distancia fué estrechándose; la línea se abrió apareciendo una
grieta, cuya entrada estaba resguardada por dentados y caprichosos
bordes.
Media hora empleamos en llegar al pie de la roca. Media hora de brega,
que fué muy penosa por tener que salvar extensas cadenas madrepóricas,
cuyas pintadas crestas salían á la superficie de las aguas á mostrar su
belleza al astro del día, cuyos candentes rayos vivifican los miles
de mundos de lo infinitamente pequeño que se agitan en los calizos
tubérculos madrepóricos.
La voz del patrón de _alto los remos,_ y la dada por el que mandaba
el bote de _safa escalas_, indicaron la faena de atracar, difícil en
extremo por lo terso de la roca, cuyo perpendicular tajo descansaba en
un acantilado fondo sobre el que pesaban dos varas de agua. Estábamos
bajo la peña.
A ocho metros sobre el nivel del mar se hallaba la grieta, que según
nuestro práctico, daba entrada á la _Cueva de las Calaveras_. Imposible
parece que la muerte pudiese buscar un sitio más imponente, más
agreste, más inhospitalario y más misterioso que aquel calcinado
monolito que se mantiene en pie por un prodigio de equilibrio,
evitando su desmoronamiento innumerables _baletes,_ cuyas retorcidas
y múltiples raíces constituyen otros tantos eslabones que encadenan
una por una las infinitas grietas que el tiempo y las aguas han ido
corroyendo en aquel fantástico sarcófago, á cuya entrada brama de
continuo la salvaje voz del gran Pacífico.
Lo agreste y bravío del panorama que teníamos á la vista nos había
tenido á todos largo tiempo en suspenso, contemplando las obras de
Dios, á quien con nuestro silencio elevábamos un canto de admiración,
viendo en aquellos momentos en la majestad divina, no al Dios que
premia y castiga, sino al Dios artista que crea y combina maravillas
elaboradas en los misterios impenetrables de las absolutas y supremas
bellezas.
Lo que en nosotros era admiración, en los indios era un terror
visiblemente marcado en sus bronceados semblantes y en la estupefacción
de sus miradas.
Las escalas se encontraban fuera del bote, pero ninguno de los indios
se atrevía á fijarlas en la roca.
--Vamos, muchachos--dijimos por último,--colocar las escalas y no
tengáis miedo alguno.
--Dispense, señor--contestó el patrón,--pero esta gente dice que
antes de tocar la cueva necesitan hacer ofrendas al espíritu de la
muerte para que les libre de todo mal.
El permiso fué otorgado; la marinería encendió teas resinosas,
proveyéndose antes unos de bombones de caña y otros de _chiretas_
de coco, colocando en aquellos y en estas aceite y _morisqueta_,
que habían de dejar como ofrenda dentro de la cueva, habiendo hecho
previamente una protesta á la luz de las teas, reducida á implorar al
_espíritu de la muerte_ y hacer constar que si ellos llegaban hasta
su mansión, era contra su voluntad, obedeciendo los mandatos del
_Castila_. Nosotros asumimos toda la responsabilidad de la protesta,
dándoles aliento y explicándoles que ninguna cosa mala tratábamos de
hacer; y merced á nuestras últimas exhortaciones, conseguimos que se
colocaran las dos escalas, por las que trepamos con la avidez del que
busca un tesoro. Tras el último peldaño se nos mostró el interior de
la caverna. Las paredes, las bóvedas y el suelo constituían la realidad
del más fantástico de los sueños de _Las mil y una noches._ La abertura
de la cueva daba entrada á luz bastante para que apreciáramos todos
los detalles. Por efecto de una constante elaboración de miles de
años, habían formado las filtraciones en la masa calcárea extraños y
monstruosos grupos silíceos, resguardados por las cortadas y dentadas
puntas de las estalactitas que amenazaban nuestras cabezas, y las de
las no menos irregulares estalacmitas, que unas veces alzaban sus
brazos para acariciar á sus hermanas y otras atormentaban nuestros
piés con sus tajadas crestas.
En todos los huecos de la peña había depositados gran número
de restos humanos. ¿Quién los había colocado allí? ¿De qué raza
procedían? Preguntas son estas que cada uno de nosotros formulaba en
su interior, buscando una contestación en las descarnadas cuencas de
los amarillos cráneos.
El silencio y la muerte nos rodeaba en aquella misteriosa
Necrópolis. Nuestra misión al llegar hasta aquel lugar de eterno
descanso, lo alentaba el deseo de ser útiles á la ciencia, arrancando
algún secreto de informes restos de generaciones pasadas, á fin de
añadir una página más á la gran obra de los estudios antropológicos;
y sin embargo de tales aspiraciones, permanecimos por largo tiempo sin
que se alargaran nuestras manos á coger ninguno de aquellos restos,
pues al tocarlos creíamos profanar la historia de una raza entera
sumida en el olvido de la eterna noche de los tiempos.
A la grandiosidad de la muerte se unía la grandiosidad del
misterio. Nuestras manos al fin cogieron un cráneo. Su extraña
configuración nos hizo dudar si procedería de las humanas razas; más
nuestra duda fué momentánea tan luego lo examinamos. El grandísimo
aplastamiento de aquellos nos corroboraron una vez más procedían de
antiguas tribus malayas, en cuya raza había algunos individuos que
á sus hijos recién nacidos les oprimían el cráneo con tablillas,
cuya presión les daba la extraña configuración que teníamos á la vista.
Esta versión es tanto más fundada, cuanto que los únicos ejemplares
de calaveras que se conocen de esta clase proceden de los sitios donde
sentaron sus aduares las razas amarillas. En Filipinas, ni la tradición
ni la historia da el más ligero rayo de luz que ilumine esa raza que
indudablemente vivió en sus bosques, guerreó en sus praderas, y por
último se extinguió en su suelo, buscando antes retiradas guaridas
donde dormir el sueño eterno.
Tres horas largas hacía que permanecíamos en la gruta sin apercibirnos
del calor ni del cansancio. Cada uno de nosotros tenía un pico ó
una barreta, y solo nos ocupábamos de ir amontonando los objetos
que cada cual hallaba en los desmoronamientos que producía. Había,
sin embargo, que descansar, pues nuestros brazos se negaban á los
deseos de nuestro espíritu.
Dada la voz de descanso, registramos los hallazgos, encontrándonos con
una riquísima colección para el estudio de las ciencias antropológicas
[7].
Sabido es, que entre la mayor parte de los pueblos del Oriente hay
la creencia de que la muerte es solo un viaje, para el que se hacen
distintas provisiones; esta creencia nos hizo adquirir antiguos
fragmentos de distintas ollas y platos rotos, sin duda alguna por
los desprendimientos de la roca. Una aljorca ó brazalete hecho de la
medula del _Manatí_, que componía parte de nuestro hallazgo, nos dió
el último dato para robustecer la creencia de hallarnos ante restos
malayos. Dicho brazalete constituía entre aquellas razas un alto
signo de distinción que solo podía usar el guerrero que daba cima á
una acción heróica. El aro es de una sola pieza, y el introducirlo en
la muñeca constituía muchas veces una dolorosa operación. El expresado
brazalete, una vez ajustado, no podía sacarse, y el que había logrado
tal distinción, lo llevaba á la tumba.
La presencia de aquel signo, vino asimismo á robustecer la creencia de
que el aplastamiento del cráneo se permitía solo á las familias nobles,
creencia que tiene un fuerte apoyo en las deformaciones chinas, en cuyo
pueblo solo es dable á la clase noble ostentar, no el pie pequeño,
como vulgarmente se cree, sino la especie de muñón á que reducen el
pié por medio de compresas que concluyen por quitarle en absoluto su
forma á costa de grandes sufrimientos, que las aristocráticas chinas
conllevan con gran resignación, á trueque de mostrar al mundo una
ejecutoria de nobleza adquirida á fuerza de apretones. El origen de
semejante distinción se cree fué causa la deformación natural que tuvo
en los piés una antigua princesa china, quien al ver que ella con ser
hija del sol cojeaba, y sus damas siendo hijas de simples mortales,
no daban más que algún que otro traspié, ideó el medio de que en la
celeste corte femenina, ninguna anduviese derecha, introduciendo el
uso de la reducción de los piés por medios artificiales.
Quién sabe si los causales de aplastarse el cráneo tendrían semejante
origen, pues aceptada la absoluta sumisión en que vivían las antiguas
razas con relación á su jefe, todo es de creer. De modo que no sería
extraño que alguno de aquellos antiguos caballeros, que no por ir en
el traje de la inocencia dejaba de serlo, quedase chato de cráneo,
merced á algún golpe de maza, y en tal estado, se levantase un día
con más presión en el cráneo que de ordinario, imitando á la celeste
princesa, si bien en opuestos extremos. La hija del sol diría á sus
damas: «Señoritas, desde hoy ninguna me ha de andar derecha;» el fosco
guerrero, por el contrario, les diría apoyándose en la _clava_, para
dar mayor fuerza á la dolorosa innovación: «¡Guay de vosotros si la
venidera luna no os encuentra dos veces chatos!» Todo esto será más ó
menos exacto, pero convengamos en que pudo ser, pues no todo lo antiguo
ha de tener su origen en la filosófica madurez de tal ó cual necesidad.
Yo respeto--por más que me sea doloroso--la teoría de Darwin y
hasta sería capaz siguiendo su sistema, de decirle á un _gorilla_ de
América--_vamos pariente pase V. y tome asiento_--por lo tanto quien
tales ánimos tiene, bien puede abrigar la posibilidad de lo expuesto,
no cabiendo, como no cabe duda alguna de que los cráneos encontrados
procedían de antiguas razas cuyas deformidades eran producto de
voluntarias y artificiosas operaciones, ¿á qué móvil obedecería
la voluntad en tales casos? ¿Al mandato, ó á la vanidad? ¿Sería la
deformación un signo de raza ó de nobleza? Interrogaciones son estas
que solo con hipótesis contestan las generaciones presentes.
Jadeantes, rotos y hambrientos dirigimos la última mirada á la bóveda
del calizo sarcófago, jamás hollado hasta entonces por planta europea,
comprendiendo el placer de la libertad al divisar por la abertura
de la peña las azules ondas que no encuentran dique hasta besar las
arenas de las americanas playas.
Dimos un adiós á aquella mansión, grabando antes en ella los nombres
de los Sres. Montano y Rey cuyos nombres quedaron unidos á los nuestros
en aquel inmenso sarcófago.
Al poner el pié en la escala rozó nuestra cabeza una golondrina;
alzamos la vista y vimos colgaba su nido en uno de los ángulos de
la piedra.
¡¡La vida junto á la muerte; el cráneo al lado del nido; la
cuna adherida al ataúd: una generación que se desmorona en sus
últimos restos y otra generación que se incuba entre el polvo del
sudario!! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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