Talía á la luz de un juepe.
Encontrándome en Legaspi supe que con motivo de aproximarse el
_pintacasi_ de dicho pueblo, _bullía_ en las munícipes cabezas, entre
otros obsequios, dar una comedia, utilizando únicamente los elementos
del pueblo. Tan luego supe semejante proyecto, me propuse seguirlo paso
á paso, aun cuando tuviese que detenerme en Legaspi los dos meses que
faltaban para la fiesta, y al efecto alquilé una casita inmediata á
la que habitaba la respetable persona del Gobernadorcillo, quien en
tales casos es empresario, director de escena, y hasta algunas veces
autor y actor, siendo, por lo tanto, su casa templo obligado de Talía,
y su persona su primer sacerdote.
Al segundo día de ser vecino del más alto de los munícipes, adquirí
amistades con la respetabilísima y nunca bastante cantada mi señora
Doña Tintay, Capitana en ejercicio, moza ya entrada en años, de anchas
caderas, gran verbosidad, gran fama como matrona y gran influencia
como legítima esposa, de legítimo matrimonio con el Gobernadorcillo
del pueblo de Legaspi, el Sr. Tenten, con quien hacía treinta años
compartía en paz y en gracia de Dios la distinción de Cabeza, primero,
llamándose entonces _Cabezang_ Tintay, la dignidad de Teniente mayor
después, en que pasó á ser _Tenientelang_ Tintay, y la majestad de
Capitán más tarde, en que cambió todos los anteriores calificativos
por el nuevo y retumbante de _Capitana_ Tintay, capitanía que ya jamás
abandonará, pues aun cuando su consorte se despoje de la recortada y
negra chaqueta y de los tiesos y blancos faldones que le dan carácter,
sustituyéndolos por los remangados calzones y la abierta camisa del
sementerero, Tintay seguirá siendo la _Capitana_ Tintay.
Las cañas del _batalan_ de la casa de Tintay y las de la mía, no
digamos que se besaban, pero sí se arañaban unas á otras.
Tintay salía con frecuencia al _batalan,_ yendo unas veces en busca
de menesteres de una casa arreglada, y otras á hacer menesteres
ajenos á la casa. Siempre que la Capitana se hacia visible procuraba
serlo yo, y cuando esto ocurría cambiábamos recíprocos cumplimientos,
que solían terminar con un chiquirritín _buyito_, que ella me daba,
y un negro y retorcido tabaco de Arroceros, que la daba yo. Tintay
mascaba tanto como Tenten, con la diferencia que este tenía siempre
la boca llena de _buyo_, mientras que su cara mitad se las arreglaba
con las hojas de Cagayan.
Una de las tardes en que Tintay asomó su arrogante figura al _batalan_,
noté en ella ese embarazo propio de toda india que quiere pedir algo
á un _castila_. Primero, me dijo _deseaba dar un rato de conversar
conmigo_; después, y antes de _darme_ nada, abrevió varias veces los
nombres de la Sacra Familia, lanzando, como por vía de exordio, dos
ó tres «_Osus-María-seff,_» hasta que por último, entró en materia,
y en materia muy de mi agrado, pues se trataba nada menos que de la
proyectada comedia. Tintay, fundándose en que los _urofeos_ somos _muy
masiados_ en esto de comedias, me rogaba tuviese _un poco no más de
paciencia con ellos_. Este _poco_ me pareció de una magnanimidad más
grande que la de Job; pero á trueque de profundizar todos los misterios
de los bastidores bicoles, la prometí tener á su _disposición,_
no un poco, sino toda la paciencia que me pidiera. Hecha mi oferta,
me dijo Tintay que aquella noche me esperaba, pues se iba á conversar
de la _funcia_.
Más exacto que un cronómetro, me presenté en la casa de Tintay,
quien tanto ella como su marido me recibieron con grandes muestras
de contento. Después del consabido _siente V. primero,_ frase en
que el indio condensa y sintetiza todas nuestras salutaciones,
me hice cargo de cuanto me rodeaba. En la sala había una veintena
de Adanes y una mitad de Evas. Ellas y ellos, según supe más tarde,
componían lo más azul de la sangre del pueblo. Me río yo de toda la
gravedad del Reistag alemán, de toda la seriedad de los Comunes de
Inglaterra y de todo el estiramiento de la Puerta Otomana, ante la
cómica gravedad que respiraban todas las _candongas_ de las _ñoras_
y toda la tiesura y almidonamiento de los _faldones_ de los munícipes.
Capitán Tenten abrió la boca y en perfecto bicol dijo á la reunión
que la _derramita_ que había echado para obsequiar al pueblo había
dado 700 pesos, los mismos que guardaba en su arca su _digna_ esposa.
Lo del _obsequio_ y lo de la _digna_ esposa no lo entendí bien al
principio, más luego lo fuí comprendiendo tan perfectamente que
casi casi me atrevía yo á hacer todos los meses un _obsequio_ como
aquel. En cuanto á lo de _digna_ me explicaron que en juntas solemnes
como aquella, el capitán siempre que tiene que nombrar á su mujer lo
hace anteponiendo un adjetivo más ó menos respetuoso.
Una vez que aquella alta Cámara aprobó, como si dijéramos, la orden del
día anterior, que eran los 700 _machacantes_, se entró de lleno en la
del día que era la _Comediajan_. La discusión fué larga y templada,
y aunque las representantes del sexo débil abusaron de la palabra,
no se oyó una más alta que otra, viniendo todas á un perfecto acuerdo
tan luego como la digna Tintay lanzaba por entre olas de negra saliva
su consabido _osus-María-seff._
Se trataba de representar una comedia y ni había cómicos--y no cómicos
así como se quiera, sino cómicos que habían de resistir ocho ó diez
noches seguidas de función,--ni había teatro, ni atrezzo, ni autores,
ni obra, ni apuntador, ni nada absolutamente de cuanto hace falta
para el más modesto templo de Talía, pero esto para nada preocupa
la imaginación del indio que formula un deseo, siendo verdaderamente
asombrosa la facilidad con que crea, remedia, adiciona ó _remienda_
cualquier proyecto. Habían dicho que habría comedia y aun cuando nada
tenían, de seguro se representaría.
El primer punto que aquella noche se puso á discusión fué
la designación de _señoras_--nombre que dan los bicoles á las
actrices.--Aquí no podemos menos de hacer la salvedad--pues es de
hacer,--que el capitán de un pueblo cuenta en absoluto con todas
las voluntades, así que no hay temor de que al señalar á fulana ó á
mengana reciba un desaire.
Una vez aprobado que la comedia precisamente había de tener una reina
cristiana, una emperatriz mora y tres princesas neutras, se recorrió
todo el personal de _dalagas_ del pueblo, conviniéndose por último
en que la cristiana había de ser _Pupen,_ guapa y robusta mocetona
de 17 abriles, muy á propósito para representar toda la altivez de
una _princesa_ cristiana. Para la mora hubo un poco de discusión,
opinando unos que _Acay_ era más á propósito que _Beten_ y otros lo
contrario, pero la opinión se decidió por la última, ante la justa
observación del _Directorcillo_, quien dijo que la mora tenía que
ponerse calzoncillos muy cortos y las pantorrillas de Acay eran muy
delgadas.--Como se ve, aquel _Directorcillo_ presiente el porvenir
de los Bufos en el extremo Oriente.--Para las tres princesas no hubo
dificultad alguna, en que lo fueran _Momay, Ganday_ y _Gisan_. En
la elección de las cinco _señoras_ supe se había tenido un especial
cuidado en escoger _dalagas_ de lo más _mabansay_ del pueblo.
La elección de reyes, príncipes y emperadores la dejaron hasta conocer
toda la _partida_ que requiriese el argumento.
En esta clase de espectáculos no visten y costean los trajes de las
actrices sus familias y sí las que designa la junta, quien tiene un
especial cuidado _en dar de vestir_ á las casas más pudientes del
pueblo. Se escogieron las cinco, cuyos dueños, que estaban presentes
aceptaron sin objeción alguna, y acto seguido se procedió á nombrar
director de escena, director de magia y director compositor. Para el
primer cargo se nombró al Juez mayor de policía, cuya obligación se
reducía _nada más_ que á construir teatro, adornarlo, iluminarlo
y darlo listo: la magia quedó al cuidado de la experiencia del
vacunadorcillo y el proporcionar comedia fué encargo que se hizo al
Directorcillo, á quien por un favor especial se le agregó el maestro,
sin duda para que en sus conocimientos de letras llevase la censura
y corrección de la obra. En cuanto á la alta inspección de _todo_,
quedaba, como era consiguiente, á la experiencia de Tenten y de su
_digna_ Tintay.
Un _maray na bangui_ de la capitana, que es como si dijéramos, buenas
noches, en tierra de Castilla, disolvió aquella pacífica reunión,
en que fuí varias veces consultado, diciendo á todo _amén_, pues mi
objeto era ver y no adicionar detalle alguno.
A los ocho días de celebrarse la anterior junta, todo el pueblo estaba
en movimiento. Por mañana y tarde un redoble de tambor y un alegre
paso doble convocaba á todo el que gratuitamente quería contribuir
á levantar el escenario.
Como la fiesta era para el pueblo, este en masa acudía á la gran
explanada, cerca de la mar y á la vista del Mayon, que se había
elegido para construir el teatro. El que no llevaba una tabla, lo
hacía de una docena de cañas, el que no arrastraba cuatro bongas,
cargaba diez rollos de bejucos, y el que nada de esto tenía, llevaba
sus manos y con ellas y su buena voluntad iba la cosa adelantando
como por ensalmo. Esto en cuanto al teatro. En cuanto á la obra,
el Directorcillo se había hecho con una antigua comedia de magia,
que según todos los que la conocían sobrepujaba á la del célebre
_D. Teñoso_ ó á la casi inmortal de _Los guantes amarillos_. El
Directorcillo tuvo que vencer sin embargo varios inconvenientes, pues
la comedia tenía tres majestades femeninas y cinco princesas, y como
solo podía disponer de dos de las primeras y tres de las segundas,
de aquí que el hombre tuvo que _comerse_ por buen componer unos
cinco mil versos y sustituir no pocos nombres con otros. Descartado
el personal y hecho el _arreglo_, le quedaba el epílogo en que es
de _ene_ que todas y todos convertidos al cristianismo se casen en
paz y en gracia de Dios, con arreglo á su clase, uniéndose los reyes
con reinas, y las princesas con príncipes, y una vez atados con el
santo yugo se adelantan al público y ejecutan una especie de _loa_
en obsequio al Alcalde, al Cura y al Gobernadorcillo, y como los
nombres y circunstancias de los actuales señores no eran los mismos,
ni las mismas que las del original, cuyos individuos hacía muchos
años habían muerto, de aquí que mi pobre Directorcillo menudease las
consultas con el maestro, y se rascase varias veces todo lo rascable
hasta encontrar un centenar de consonantes para aliñar una veintena
de quintillas, que gracias á que el Alcalde no entiende el bicol, y el
Cura no asiste al espectáculo, que á no suceder lo primero ó lo segundo
estarían muy seriamente amenazadas las costillas del Director coplero.
La comedia que había _dado de ver conmigo_ mi amiga Tintay estaba
dividida en diez infolios, conteniendo cada uno de ellos unos 8 á 9.000
versos, formando quintillas y redondillas en su mayoría. Cada parte
correspondía á una noche, de modo que la comedia había de durar diez,
á no ser que se repitiese--pues se dan casos--y entonces la obra se
_empalma_ y se estira un mes.
No quiero privar á mis lectores de la distribución y nombres de los
personajes, así que copio al pie de la letra todas cuantas tiene la
primera página de la famosísima comedia de magia _El Príncipe Don
Grimaldo en el Reino de Sansueña_.
Hélos aquí:
Eurica, reina mora.
Galiana, idem cristiana.
Rogeria, Robuana, Igmidia, princesas.
Almadan, emperador.
Mahometo, rey.
Grimaldo, Bernardo Carpió, Brabonel, príncipes.
Don Aguilar, consejero.
Don Fernández, conde.
Don Rodríguez, capitán.
Dos graciosos.
Los doce pares de Francia, ejércitos moros y ejércitos cristianos.
Después de lo anterior, ni se marcaba época, ni lugar, ni distribución
de escena; bien es verdad que, según iba viendo, para maldita la cosa
hacían falta tan _pequeñísimos_ detalles.
Llegó por fin la primera noche de ensayo, y aquí te quiero escopeta,
con más fruición que si fuese á ocupar una barrera de sombra en día de
plaza partida, me posesioné de un banco, en la mismísima del pueblo,
que aunque no era de toros lo sería de la Constitución si estuviese
en España.
Los ensayos se hacen siempre al aire libre, no solo porque los
actores necesitan gran espacio para ejercitarse en el _moro-moro_,
si que también porque es justo que el público en general participe
de todos las incidencias del espectáculo.
Una gran masa de carne humana formaba en extenso círculo, salpicado de
gran profusión de _juepes_ que daban más humo que luz: una mesa ante
la cual se encontraban tres apuntadores llamados á relevarse unos
á otros, cuatro bancos corridos para los comediantes, estando á la
derecha ellas y á su mano contraria ellos, y las sillas presidenciales
de los maridables _Tintay_ y _Tenten_ formaban el cuadro.
Una vez todos listos empezó el ensayo.
En las comedias bicoles no hay necesidad de lecturas, pases ni copias
de papeles: el actor se coloca cerca del apuntador y repite cuanto
oye sin variar de tono, parándose á cada final de verso. Con este
sistema, claro está que para nada hacen falta los papeles; bien es
verdad, que en esta clase de espectáculos, lo que menos significa es
la parte literaria.
Siempre que tenía que presentarse en escena un personaje, lo llamaba
el apuntador, á cuya llamada se ponía en pie esperando que le avisaran
para entrar en su primer verso. Una de las cosas que más me llamó
la atención fué que todos los actores declamaban accionando con un
bastón, cuyo adminículo lo sustituían las actrices por el abanico.
En una de las escenas en que el rey Mahometo le dice á la princesa
Rogeria que ya está al tanto de cuanto ocurre y que si cree que él se
mama el dedo está equivocada, Rogeria que sin duda no tiene ganas de
broma le contesta que eso de mamarse el dedo se lo cuente á su abuela,
y para dar mayor fuerza al argumento llama á sus ejércitos y se provee
de daga y espada; en esto el apuntador toca un pito, la música lo hace
del Himno de Riego, entran en plaza precipitadamente ejércitos moros y
cristianos, y se arma una de polvo y de latigazos que da gozo. Rogeria
deja su sexo en el lugar que le corresponde, hiriendo al amigo Mahometo
que no le quedan ganas de andar en tratos con princesas.
La parte que llamaríamos _de exposición_ de la obra, lo era, en efecto,
en la que se representaba, y tan lo era, que en uno de los ejércitos
resultó un estacazo tan realista que tuvieron que dar dos puntos en
la cabeza á un moro.
Todas las escenas que se ensayaron aquella noche constituían
otros tantos caramillos para acudir á las armas, siendo ellas las
más dispuestas á resolver los problemas más sencillos á estacazo
limpio. A las dos de la madrugada se pronunció la última letra del
primer tomo de la obra, y se anunció su continuación frente á la casa
de Capitán Perto.
Pregunté el por qué no habían de seguirse los ensayos en la plaza,
y me contestaron que solo se hacía allí el primero, verificándose los
demás frente á la casa del que _convidaba._--¡Ah, vamos! ¿con que
hay convite?--Si señor, me replicaron, el que quiere comedia avisa
y toda la _gente_ representa frente á su casa en la que actores,
directores, traspuntes y público de _categoría_ cenan después del
ensayo. La _cosa_ me pareció muy bien, y como yo componía _categoría_
participé en las noches sucesivas de las doraditas lonchas de lechón
asado, víctima irreemplazable en toda reunión india.
Veinticinco de aquellos, que generalmente con perdón se nombran,
habían sido inmolados, lo que quiere decir que veinticinco noches
_habíamos_ tenido ensayo, y digo _habíamos_, porque poco á poco me
había ido identificando con toda aquella _familia real_, hasta el punto
de creerme muchas veces ciudadano pacífico del reino de _Sansueña_.
Al llegar al lechón número veintiséis se anunció que el teatro estaba
concluído y por lo tanto que los ensayos se harían sobre el tablado.
El teatro en efecto estaba terminado.
Veámoslo por dentro y por fuera.
Un espacioso tablado cubierto de cañas y nipas y cerrado por tres
lados de nipas y cañas, formaban el edificio. El tablado se hallaba
dividido en dos partes, por medio de un enverjado fabricado con los
susodichos materiales, y paralelo á lo que debía ser telón de boca,
destinándose la parte posterior, para _foyer_, como diría mi amigo
Luís, de público, actrices y actores. En aquel movible salón me
dijeron se colocarían biombos para vestirse y desnudarse tras ellos
las _señoras,_ y como las funciones habían de ser de muchas horas,
también me aseguraron se establecerían allí varias _carenderías._ Los
tres lados de lo que constituía el palco escénico tenían un corredor,
y por bajo de este y á derecha é izquierda de aquel se hallaban sus
correspondientes _palcos_ destinados á las personas de _distinción_
que convidase el Gobernadorcillo. En cuanto al corredor se utilizaba
para declamar desde él algunas escenas.
El palco escénico no tenía más entradas que dos agujeros que se habían
dejado en el fondo. Estos dos agujeros eran los únicos auxiliares de
la escena.
Lo anterior éralo visible, pues aun cuando el teatro de Legaspi no
tenía bambalinas, ni tetares, ni bastidores, ni telones de boca,
ni de no boca, ni escapes laterales, ni gazapera para el apuntador,
no faltaban sus intriguillas interioras, que si bien no las tapaban
los lienzos de los telones ni las sombras de las bambalinas, las
ocultaban las paredes de las casas en que se vestían á las _señoras._
Un mercader chino, de esos que han nacido para el mostrador y que
está tan incrustado á él como la sonrisa á su cara, me puso al tanto
de cuanto ocurría. Por su conducto se habían hecho muchos pedidos
á Manila de cintas, lazos, plumas, abalorios y lentejuelas, y hasta
me dijo que uno de los _vestidores_ había encargado medias de seda,
ligas azules, y botitas imperiales de raso grana.
El orgullo y la vanidad habían sacado la cabeza en el pueblo de
Legaspi, y cada cual quería que su _señora_ sobrepujase en lujo
y riqueza á las demás. Había una de noticias, chismes y enredos,
que ni aun _Tintay_, con su consabido _Osús-María-seff,_ podía
contrarrestar. Desde que á las _señoras_ les probaron el primer traje
de raso, había entre ellas una marimorena muy cerca del repelón. Ya
la cándida _Pupen_ no era la morena _dalaga_ de gustos sencillos, sino
la orgullosa _señora_ que presentía hasta la blancura de su cara ante
la brocha del colorete. Ni _Pupen_ se llamaba ya _Pupen,_ ni _Beten_
se la conocía por _Beten,_ y sí por la reina Eurica la primera y por la
reina Galiana la segunda, identificándose de tal manera en sus papeles,
que tenemos la seguridad de que suponían que no otro tanto que ellas
eran las reinas moras y cristianas. Este desvanecimiento tiene su
lado malísimo, lado que no podemos menos de tratar muy en serio,
hablando con la experiencia en la memoria. La mayor parte de las
comediantas son muchachas muy jóvenes, tan bonitas como pobres. No
conocen del mundo más que las 200 brazas de tierra que siembran, ó
el azul del cielo bajo el cual tienden las redes ó peinan el abacá. A
inteligencias tan dormidas se las despierta bruscamente, lanzándolas
en un mundo completamente desconocido para ellas. Durante dos meses
están siendo objeto de toda clase de atenciones, y como son bonitas,
sus oídos oyen de continuo frases que, si al principio no comprenden,
luego concluyen por envenenarles la existencia. Durante aquellos dos
meses, no es solo el halago lo que las rodea, sino que también un
lujo que no han visto ni soñado jamás. Su corto y áspero _patadión_
se transforma en la crujiente falda de gró, sus piés los aprisionan
diminutas botitas de raso, sus piernas se recubren de finas mallas,
y en sus hombros, y entre las negrísimas hebras de su cabellera,
descansan perlas y brillantes. El despertar de este hermoso sueño
de la juventud debe ser horrible: después de haber llevado tantas
galas, volver á la triste realidad de los harapos y la miseria, es de
funestísimas consecuencias. Los espectáculos que describimos, en la
forma con que se hacen, dan un gran contingente á la prostitución y
á la cárcel. Antes de que una joven de quince años, de la clase que
nos ocupa, lleve encajes y brillantes, es muy difícil la seducción:
una vez que ha sido dueña de ellos, lo difícil es fácil. Conocemos una
causa célebre, cuyo sangriento drama es muy de recordar tratándose
de este asunto. Su extracto es muy corto: Una fría madrugada de
invierno salían varios jóvenes calaveras de una casa en que imperaba
la crápula y el desenfreno: al abrir la puerta, cayó al suelo un pobre
barrendero que, hambriento y aterido, se había refugiado al hueco de
su quicio para librarse de la nieve que caía con gran abundancia. Uno
de aquellos calaveras cogió al muchacho del brazo y lo hizo subir
al salón que acababan de dejar, en el que quedaban todas las últimas
heces del desenfreno y la borrachera. La crápula volvió á empalmarse,
haciendo participar al muchacho de todos los goces, recorriendo en
dos horas cuantas páginas escribe el delirio inspirado por todas las
pasiones. Cuando nada restaba por gozar, volvió el pobre barrendero á
ser conducido á la calle. La nieve caía en anchos copos, y el frío
era intensísimo. La escoba, que aún estaba arrimada á la puerta,
la puso en las manos del muchacho el joven que lo sacó de la calle,
y al entregarle la escoba, le dió dos fuertes bofetadas, volviéndole á
la triste realidad de la vida, al par que le decía:--¡Imbécil, cuanto
acabas de dejar solo se adquiere con dinero!--Aún no se había perdido
el ruido de las carcajadas de los libertinos, cuando ya germinaba en
la mente del muchacho la idea del robo.
A los dos meses el barrendero estaba en presidio....
Sirva el saludable consejo que envuelve el anterior recuerdo, y
volvamos á nuestro teatro de Legaspi.
Los ensayos sobre el tablado se completaron, y como todo llega
en la vida, también llegó la alborada del día del _pintacasi_ del
pueblo. Nuestra misión no es describir en esta ocasión tales fiestas,
de modo que solo lo haremos en cuanto se refieren á los comediantes.
A las ocho de la mañana se reunieron en casa del Gobernadorcillo,
cómicas, cómicos y comparsas, vistiendo los trajes de más lujo
que habían de lucir en la comedia. _Tintay_ y _Tenten_ con todo el
acompañamiento de _moras y cristianas_, de _reyes y emperadores_,
y de ejércitos fieles é infieles, asisten con todo el municipio á
la función de iglesia, de aquí se dirigen al teatro y empieza la
comedia. Los días siguientes continúa, pero solo por la noche. En la
del día á que me refiero, y siendo las diez de ella, me constituí
en uno de los palcos. Frente al teatro estaba todo el pueblo, y el
que faltaba se hallaba dentro de aquel, repartido en los corredores,
en los palcos y hasta en la misma escena, en la que solo quedaba el
espacio suficiente para el accionado. El teatro estaba perfectamente
iluminado con toda clase de aparatos. Allí había desde la elegante
araña de seis bombas de tulipán, alimentada con petróleo, á la modesta
lamparilla que chisporrotea en la _chireta_ de coco.
Las reinas y princesas estaban irreprochables en cuanto á
riqueza. Sobre aquellas cinco muchachas podría asegurarse estaban todas
las alhajas más valiosas del pueblo, y tanto es así, que se solicitó
del Alcalde un guardia civil para vigilar y custodiar á cada una de
aquellas _niñas;_ el Alcalde que es algo de broma, dijo bastaba con
un _fusil de chispa,_ y en vez de guardias, dió cuadrilleros.
Los trajes de las _señoras,_ tanto moras como cristianas, eran de pura
fantasía teniendo de cinco á siete distintos cada una de ellas. Ví
una mora cubriendo su cabeza con pamela, y más de un moro que lo
hacía con sombrero de copa. Con esto creo baste, pues son dos buenos
botones para muestra. La única distinción que pude encontrar entre
moras y cristianas, era en que las primeras vestían faldas cortas y
las segundas lo hacían de cola muy larga.
En cuanto á los actores no puedo resistir la tentación de bosquejar á
_D. Bernardo Carpio._ Este era un escribiente muy conocido en Legaspi,
y su traje consistía en zapato bajo de charol, pantalón negro con
ancha franja dorada, casaca azul con vueltas rojas en faldones y
solapas y kepis con insignias de coronel, completando su atavío
relucientes espolines, ancha espada de cazoleta, tricolor banda de
seda, descomunales condecoraciones de papel dorado, amplios guantes
de algodón y grueso palasán con puño de plata. Tal se presentó el
bueno de _Bernardo Carpio_ en el escenario de Legaspi.
Hasta las dos de la madrugada no terminó la primera parte.
En las noches sucesivas continuó el desempeño de la obra, cuyo
argumento me conformaría con que tuviera _cuerpo_ siquiera fuese
_jorobado_, ya que era imposible encontrarle piés, cabeza ni manos. Las
escenas amorosas terminaban por lo regular con tan imprevistos
incidentes, como imprevistas eran las resoluciones de los consejos y
el éxito de las miles de empresas. Excuso decir que en los combates
los descalabrados eran siempre los moros, por más razón que tuviesen,
no amparándoles ni aun la poderosísima de ser á veces _más los malos
que los buenos_.
El autor de la obra no se había andado con tafetanes, apelando muy
á menudo á recursos heróicos. Tan luego como un diálogo se hacía
difícil, un monólogo se agotaba, ó una escena no tenía fácil salida,
el autor la encontraba bien sencilla en el momento, y al efecto se
dió un caso en que la reina mora no sabiendo qué decir, roba en pleno
consejo ante el mismísimo rey cristiano una princesa. Excuso decir á
ustedes que este robo levantó más polvo que el célebre de las sabinas.
Las representaciones se hacían muy largas, porque cada escena principia
y acaba por un paseo triunfal, y suele mediar con el indispensable
combate con espada y daga llamado el _moro-moro,_ baile que en honor
á la verdad llama la atención la agilidad con que algunos y algunas
manejan la esgrima.
En una de las noches de representación se hallaba á mi lado una
elegante y airosa mestiza, la misma que había costeado los trajes de
la reina mora. Esta se encontraba en escena luciendo un primoroso
manto bordado de oro, y á su vista no pude menos de felicitar á la
dueña por su exquisito gusto.--Yo lo creo, me contestó, como que es el
manto de la Magdalena.--¡¡Pero, señora, le dije con cierta gravedad,
el manto de la Magdalena sobre los hombros de una mora!!--Ca, no señor,
si mañana han de bautizarla.--La contestación me pareció tan razonable,
y sobre todo fué dicha con tal naturalidad, que comprendí sería perder
el tiempo añadir una palabra más en el asunto.
A la noche siguiente, que era la última, asistí al espectáculo, como lo
había hecho las nueve anteriores, y cansado y jadeante ante tanto paso
doble, tantos himnos guerreros, tanto _moro-moro_ y tanta monotonía en
el declamando nasal, que por nada varía, oí la loa final. Si llego á
denunciar al Alcalde que en una de las quintillas lo habían comparado
con el apóstol Santiago, y si hubiese llegado á oídos del cura, que en
otros cinco que se titulaban versos, lo llamaban hermosísimo pastor,
de seguro va á la cárcel el Directorcillo.
¿Y la magia? ¿Y la derramita? dirán mis lectores.
La magia estaba reducida á un _feroz_ león, formado de cañas
y revestido de abacá y á una descomunal serpiente de bejucos y
papel. Estos monstruos eran movidos por chicuelos que sudarían
tinta dentro de las abrigadas entrañas de aquellos animalejos, que
oportunamente se presentaban en escena para salvar ó defender á las
princesas cristianas.
En cuanto á los 700 pesos de la derramita, me dijo la _digna_ Tintay
que los había empleado Tenten en gastos ... reservados.
Este capítulo tiene epílogo.
Desde que puse el último punto suspensivo á la fecha en que añado
estas letras, han pasado dos años. De paso he estado en el pueblo
de Legaspi. Ví á mis amigos Tintay y Tenten, y en el tiempo que mi
cochero enganchaba me hicieron tomar chocolate.
--Y ¿qué tal, cómo vamos?--dije á Tintay.
--Mal señor: la _bandala_ muy poco vale; este año no _parejo_ al de
mi marido; _siguro_ no tiene comedia.
Al recordarme la comedia, pregunté á Tenten:
--Y qué _cosa_, Capitán;--¿se casaron Pupen y Beten?
--Ca, no señor; Pupen está en la cárcel y Beten ... lo que es en
cuanto á Beten, _malo señor;_ y al decir _malo_ hizo una pausa
dejándome adivinar lo demás.
Nuestros temores eran por desgracia bien fundados. Pupen robó, y Beten,
no teniendo qué vender, vendió su cuerpo.