Legaspi.--Correrías moras.--El comisario Juan.--Un viejo uniforme y una
alma grande.--Cuatrocientas orejas moras.--Estadística.--El Tribunal,
la iglesia y la casa parroquial.--La imagen de San Rafael.--Un
deportado de tiempo de Narvaez.--El literato Fernández.--Alguaciles
y maitines.--Las leyendas del Capuntocan.--Teatro bicol.
Legaspi es el primer pueblo que se encuentra en el partido de
Tabaco. Ya hemos dicho que donde hoy se levanta aquel, existió la
antigua cabecera de Albay, y que aún le llaman algunos naturales
Albay viejo.
El primitivo pueblo como todos los playeros de aquella provincia,
fueron blanco en el siglo pasado y principios del presente, de las
crueldades y correrías meras, en cuyas empresas vencedores unas veces ó
vencidos otras, siempre dejaban á su paso huellas de sangre é incendio.
Las piraterías moras no reconocían cuartel, salvándose únicamente
el hombre fuerte que le conceptuaban útil para los duros trabajos del
esclavo, ó la mujer joven y hermosa que pasaba á ser en las tolderías
moriscas víctima del insaciable sensualismo de aquellas razas.
La esclavitud, el deshonor y el incendio, eran las consecuencias á
que se entregaba el vencido, de aquí el que las resistencias fuesen
tan tenaces como el ataque.
En el poético canal que se abre frente á Albay y que divide la isla
de Bataan de la de Cagraray, achacoso y octogenario vive el célebre
comisario Juan, héroe de una de las correrías moriscas. Marcialmente
viste en las grandes solemnidades un viejísimo uniforme de sargento y
periódicamente cobra una pequeña asignación en premio á sus servicios
entre los que descuella el siguiente: Una mañana se encontraba el
Gobernador de Albay en su despacho, cuando se le anunció que un indio
mal herido y cubierto de sangre deseaba hablarle. Recibido el permiso
se presentó el hoy comisario Juan, y con el laconismo, indiferencia y
poco valor que le dan los indios á los actos y acciones de la vida,
le dijo al Gobernador al par que abría un tosco saco:--«Señor;
anoche asaltaron los moros el pueblo; á todos los cogimos, y como
eran muchos, y las cabezas seguro no habría podido traer; aquí en
este saco hay más de cuatrocientas orejas moras;»--y esto dicho,
las presentó ensartadas en una larga cuerda de abacá.
El valor del indio Juan fué recompensado con el título de comisario,
uso de uniforme de sargento y pequeña pensión.
El pueblo de Legaspi recibió en 1856 ese nombre en honor del célebre
navegante.
Legaspi, con los barrios que de él dependen cuenta con una población de
6.411 almas. Tiene 1.587 tributos, distribuidos en 34 cabecerías. Se
inscribieron 35 casamientos, 284 bautizos y 184 defunciones. Hay
radicados 8 europeos y 13 chinos, asintiendo, por término medio á
las escuelas de 120 á 130 niños y otras tantas niñas, siendo 8 y 6
respectivamente los que hablan imperfectamente el español.
A la estadística criminal dió 8 individuos.
Los grandes acopidores de abacá poseen al pie de los almacenes que hay
en Legaspi, sólidos pantalanes de madera que les facilita las faenas de
carga y descarga. Este puerto es sin disputa el más importante de la
provincia de Albay, sosteniendo un constante movimiento con el arroz
que importa, y la gran masa de abacá que exporta, dándole algunos
días extremada animación las operaciones del puerto, el prensaje y
enfardamiento del abacá en los extensos almacenes.
Fuera de la vida comercial poco notable tiene Legaspi de que podamos
ocuparnos. El Tribunal, la iglesia y la casa parroquial son pobrísimas,
sin razón de ser que justifique semejante pobreza, puesto que su
municipio lo forman no pocos mestizos ricos; y en cuanto á la iglesia,
baste decir que en ella se venera una célebre imagen de San Rafael,
que viene á representar no solo para la provincia de Albay, si que
también para otras de Luzón y aun de Visayas, lo que la Virgen de la
Paloma es para los madrileños ó la de Antipolo para los manileños.
Las deportaciones de Narvaez, llevaron bastantes individuos á la
provincia de Albay, en donde la mayoría de ellos se casaron y no
pocos hicieron su fortuna. En Legaspi, vive un antiguo deportado
maestro constructor de coches, que en sus ratos de ocio se dedica
á la literatura. Jamás hemos podido amalgamar la pueril inocencia,
hábitos pacíficos y bonachón carácter de aquel deportado, con los
antitéticos que debían delatar al conspirador; y en efecto, esta
es la bendita hora (y cuidado que han pasado unas pocas), que no
ha podido averiguar el bueno de Fernández el por qué una noche que
se retiraba á su casa después de rezar unos tiernos maitines en San
Ginés, le echaron mano los alguaciles encontrándose al cabo de once
meses de navegación en pleno Filipinas.
El pueblo que nos ocupa, como todos los indios, tiene sus
correspondientes leyendas, fijando la tradición popular una de ellas
en las cuevas que á la derecha del pueblo abren hueco en las entrañas
del Capuntocan. Se cuenta que en estas cavernas habita encerrado un
genio enamorado de una diosa, que á su vez llora ausencias amarrada
á las peñas del Griñong de Albay, atribuyendo aquellos naturales que
este cautiverio durará hasta que rompa las cadenas el gran monstruo
que habita en las profundidades del volcán.
Yo no sé si las aficiones poéticas de Fernández habrán influído en
las del pueblo; pero lo cierto es que sus vecinos prefieren el teatro
bicol á toda otra diversión, y puesto que nos encontramos en lugar
á propósito para tomar del natural un cuadro de costumbres indígenas
no desperdiciemos la ocasión.