CAPÍTULO IX.

Prestación personal.

--¿Querías ver funcionar lo que se llama en presupuestos prestación

personal? Pues héla ahí.--Esto me decía un amigo encontrándonos sobre

el camino que dirige á Daraga en una hermosa tarde, señalándome

una doble hilera de indios de poca edad la mayoría, que _parecía_

querían trabajar en el arreglo de un terraplén. Había unos 300 hombres,

y entre ellos poquísimos tenían herramientas.

--Y bien, si no me explicas lo que es la prestación personal, poco

podré saber por lo que veo.

--Puesto que no tenemos prisa y hay tiempo, sentémonos bajo un árbol

y teórica y prácticamente podrás apreciar esa cuestión tan debatida

en la prensa y en los proyectos, llamada prestación personal. Todo

indio--dijo mi amigo encendiendo un cigarro,--tiene derechos y

deberes con relación al Estado y á la provincia en que vive, estando

entre los deberes el de trabajar cuarenta días [4] dentro del año,

en la jurisdicción de su pueblo. De este trabajo están exceptuados

los privilegiados por sangre, por inutilidad ó por edad. No habiendo

ninguna de estas circunstancias, todo indio que cumple los 18 años

debe trabajar hasta que llega á los 60, los cuarenta días en beneficio

de la circunscripción del pueblo en que está avecindado. El indio

pudiente que no quiere trabajar puede redimirse, y en este caso la ley

le admite dicha exención mediante una cuota. La redención puede ser

total ó parcial, la primera se adquiere pagando 3 pesos, al principio

del año, llamándose esta contribución exención de polos. Veamos ahora

la parcial, ó sea la redención por días llamada falla. [5] El cabeza

de barangay una vez que hay dispuesto un trabajo, anuncia con tiempo

á sus polistas el día que han de salir á hacerlo, y el que quiere

redimirse de él da 12 cuartos y con ellos paga su jornal.

--Pues no exigiéndose más de 12 cuartos y pagando, como en esta

provincia paga, el particular á 40 ó más el jornal, desde luego

se supone que todos los indios se rediman, bien por año ó bien por

días,--objeté yo con la mayor candidez del mundo.

--Pues ahí verás tú, sucede todo lo contrario, y cuesta un triunfo el

poder llevar algunas fallas á las cajas de la provincia. La prestación

personal es uno de los asuntos más dignos de estudio, y sin embargo,

casi puedo asegurarte que es el que menos se ha profundizado. Se

juega continuamente con una serie de palabras, cuyos significados

constituyen los verdaderos ingresos de la colonia, y sin embargo no

se llega á definirlas en la practica en su verdadero valor. Mucho

se habla de economía política, de proteccionismo y de derechos y

deberes; pero pocas, poquísimas veces, vemos que se aquilaten en lo

que significan, en lo que son y en lo que pueden ser las palabras

prestación personal, polos, fallas, comunidad y subsidio y tanorias

y guardias, palabras en las que se juegan una porción de millones y

en las que se encierran todas las obligaciones del indio en la esfera

gubernativa, pues en la administrativa tiene otras que tienden de día

en día á regularizarse. Un administrador de Hacienda sabe perfectamente

cuánto debe ingresar un pueblo por concepto de tributo, lo mismo que el

párroco conoce al centimaje la cantidad que á su iglesia corresponde

por concepto de _santorum;_ en cambio, los cálculos en las oficinas

de fondos locales jamás podrán ser ni aun aproximados en la cuestión

de fallas mientras dure el actual sistema. No pudiendo fijarse cifras,

dime si hay calculo posible, ni presupuesto aproximado, y dime asimismo

si esta cuestión no merece la pena de que se estudie de una vez, se

discuta, se analice y se vea la forma y manera de que obedezca á reglas

y principios fijos. Ves esos individuos, ¿qué hacen? pasar el tiempo

lo mejor posible. ¿Ves aquel que lleva una esportilla? ¿qué ha hecho en

la media hora que llevamos aquí? casi nada. ¿Qué ha hecho aquel otro

que tiene por toda herramienta de trabajo una caña afilada? remover

dos puñados de tierra y levantar un poco de polvo. ¿En qué se han

ocupado aquellos otros, que no tienen herramienta alguna? en extender

con los pies un poco de arena. ¿Es esto trabajo, es esto beneficio?

--Poco es en efecto--repliqué yo.--¿Pero á esa gente no se la

vigila? ¿Por qué no se la reglamenta?

--Tá, tá, tá,--dijo mi amigo,--y al vigilante, ¿qué le importa que

trabajen ó no? ¿Es suyo el camino? No, ¿pues entonces? ¿Sientes á

nuestra espalda el ruido de la cuchilla del beneficiador de abacá, ó

sea el jornalero que paga el particular? Pues bien, á ese bracero nadie

le ha preguntado quién es cuando llegó esta mañana á ese late, cogió

una herramienta, cortó un pono, limpió sus hebras, las acumuló con

las de otros y al caer el sol colgará de la romana el montón de blanco

filamento, y ya sabe que si ha beneficiado una arroba, media es suya,

recibiendo en el acto el precio de su trabajo. Por bajo que esté el

valor del abacá, siempre puede ganar un bracero más de 30 cuartos. ¿Por

qué, pues, esos 300 hombres no prefirieron esta mañana al amo que les

da 30 ó más y sí al que solo les data 12? La contestación la tienes

sobre el terreno. El obrero del Estado trabaja poco ó nada, el obrero

del particular, por el contrario, trabaja mucho y duro. Hace falta,

muchísima falta, escribir menos y observar en la práctica mucho más.

--De modo que si tú algún día hablaras sobre este particular con el

Ministro de Ultramar, por ejemplo, ¿qué le dirías?

--Pues le diría lo siguiente. Las fallas, tal como hoy existen,

perdieron toda su razón de ser en el mero hecho de que no responden

á la idea del que las creó. Antiguamente todas las obras de las

provincias las hacía el fraile ó el Alcalde con el trabajo personal,

ó sea la antítesis de la falla; entonces se hacían obras que requerían

trabajo duro, constante y pesado; antes la vigilancia podía hacerse

porque se localizaba el trabajo en un punto dado al que podía llegar

la inspección; antes un fraile decía á un Alcalde, ó un Alcalde á

un fraile, vamos á hacer una iglesia, como San Agustín por ejemplo,

ó un puente como el de la Perseverancia, pongo por caso, y tras

aquellas palabras, ni más papeles ni más expediente, se abría á las

pocas horas un cimiento por la piqueta de la prestación personal,

cuya prestación personal no dejaba la obra hasta que fijaba en su

punto mas culminante una sencilla cruz con el añejo «_Finís coronat

opus_». El trabajo personal entonces era una verdad, se circunscribía

al círculo de los muros de un convento ó al espacio que separan

los estribos de un puente, y la prestación personal perfectamente

vigilada sabía que desde formar el horno para hacer la cal hasta

cepillar el último trozo de madera, todo lo había de hacer. Con esto,

dicho se está, que fallaban cuantos querían los encargados de la

obra. Faltaba dinero para el hierro, por ejemplo, pues se admitían

fallas y se cubría en seguida la cantidad. ¿Pasa hoy esto? No, hoy la

prestación personal está reducida á la recomposición de los caminos,

á la construcción de escuelas y cuarteles, obras que necesariamente

han de ser insignificantes, pues que son de materiales ligeros, y á la

limpieza de las calles. Hoy para hacer una alcantarilla se necesita por

lo menos un ingeniero, un teodolito, media docena de banderolas, unos

cuantos metros de papel tela, un plano, un proyecto, un expediente y un

estuche de matemáticas. Hoy, añadiría al señor Ministro de Ultramar,

es preciso variar la forma de ser de la prestación personal, y para

hacerlo y hacerlo con cordura es preciso oir antes no á los que la

conocen en teoría, sino á los que han tenido necesidad de estudiarla

y bregar con ella en la práctica en sus menores detalles. De cada una

de las órdenes monásticas se podría designar por sus provinciales

un individuo de los que siempre han ocupado curatos en provincias,

pudiéndose nombrar por el Gobierno general cuatro Gobernadores de

los de más antigüedad en el país, formada esta Junta se les pediría

informe sobre el asunto y con este primer elemento se vendría á

una buena reforma. Muchas más cosas le diría al señor Ministro de

Ultramar sobre el particular, pero estas muchas cosas se las diría

de silla á silla y como S.E. no puede hacerme el honor de dejarme

acercar la mía á la suya por razón del charco [6] que las separa,

de aquí el que renuncie á decir más por hoy.

Viajes por Filipinas: De Manila á Albay · 第 31 / 43 题