Mejoras.--Transformaciones llevadas á cabo por el canal de
Suez.--Seis meses reducidos á treinta días.--Quietismo.--Mares
bíblicos.--Orientales civilizaciones.--Nuevos gustos y
aficiones.--Inmigración europea.--Comparaciones.--Notables
variaciones.--La nipa y el hierro.--Maestrillos y
arquitectos.--Sustituciones y copias.--Nivelación de gastos.--La
_Encarnación y la María Pídela._--Puertos del Pacífico y viejos
continentes.--Intereses materiales y morales.--Reformas.--Escuelas
municipales.--Lengua española.--Resistencia pasiva.--Desconocimiento
del valor de las palabras.--Los enemigos del alma.--El discurso de
un Gobernadorcillo.--Y punto redondo.
La apertura del istmo de Suez, necesariamente había de llevar grandes
transformaciones al extremo Oriente, no solo en su vida moral y
material, si que también en la política y gubernamental. Los seis
meses de pesadas navegaciones por los derroteros del cabo de Buena
Esperanza quedaron reducidos á los treinta días que hoy separan las
costas Filipinas de las playas españolas. La facilidad, comodidad y
relativa baratura de la travesía, despertó primero la curiosidad del
viaje, y tras aquella el deseo de conocer el país que lo termina. En la
historia de los pueblos una veintena de años poco ó nada significan,
cuando aquellos marchan dentro del universal concierto. Filipinas por
su situación, sus tradiciones, sus costumbres, su falta de necesidades,
su desconocimiento de lo supérfluo, yacía hasta hace pocos años en
perfecto quietismo. Aquellas provincias con su privilegiado suelo y su
hermosísimo cielo, con su verano constante y sus escasas necesidades,
dormían sin que el atronador ruido de cercanas civilizaciones las
despertaran en los largos siglos en que han permanecido estacionadas.
El rumor de unirse las tranquilas aguas de los mares bíblicos con
las revueltas que recuerdan grandes epopeyas, llegó poco á poco al
extremo Oriente; y el Japón dando el ejemplo avanzó en tres lustros lo
que no había hecho en muchos siglos; y el rutinario chino abrió sus
infranqueables murallas, rompiendo muchos de los antiguos moldes de
sus costumbres, al par que perfeccionaba y daba novedad á las líneas
en que modela sus bronces y cerámicas. Junto á estas orientales
civilizaciones se alzan pueblos de gran contingente europeo que les
despiertan y avivan todo género de aficiones, no ya solo de lo que
constituye lo necesario y cómodo de la vida, si que también á cuanto
la embellece, adorna y distrae.
La creciente inmigración europea en Filipinas que en pos de sí lleva
todas las necesidades y superfluidades de Occidente; el conocimiento
de aquellas por los naturales; el apreciarlas comparándolas con las
suyas tan sencillas como primitivas, fueron causas más que suficientes
para operarse la radical revolución que de pocos años á esta parte
se viene observando en la manera de ser de aquellos pueblos. La
pobre casa de torcidos y ásperos harigues, de irregular distribución
y peligrosa nipa, que por todo ajuar mostraba en las cañas de sus
tabiques media docena de pintarrajeados cuadros de asuntos místicos,
cuatro toscos bancos en su caída, dos ollas en el fogón, unos cuantos
petates en el suelo, y un desvencijado aparador en la sala, hoy ha
sufrido una notable transformación. El harigue se oculta, se talla
ó pulimenta; la nipa deja el campo al hierro ó la teja, quedando
aquella relegada á zonas especiales; el lugar del maestrillo lo
ocupa el hábil arquitecto imprimiendo gusto y seguridad á las nuevas
construcciones, que guardan dentro de sus muros ricos mobiliarios
que responden á las nuevas aficiones tantos años desconocidas. El
autor de este libro conoce las Filipinas desde hace diez y ocho años,
ha recorrido constantemente sus campos y visitado sus poblaciones, y
puede asegurar que en ese tiempo la transformación de aquellos pueblos
ha sido marcadísima. Todo viene sufriendo sensibles evoluciones,
no solo á virtud de las nuevas costumbres que lleva el europeo que
se radica en aquellas comarcas, si que también por el gran número
de sus hijos que son mandados á educar á los grandes centros de la
civilización, quienes al retornar á sus hogares importan en ellos
refinamientos completamente desconocidos. Y no es solo en la casa del
que va ó en la del que vuelve, donde se cambia el desnudo petate por
la torneada cama, el comistrajo indígena por los sazonados manjares,
las humildes telas por las costosas sedas, si que también esos mismos
cambios se operan en las casas de los vecinos que observan y copian
con orgullo todo cuanto procede de Europa.
Este cambio de vida exige mucho dinero, y ante el deseo de poseerlo se
perfecciona el arte, se ensancha el comercio y se aumenta la industria,
buscando aquel honrado pueblo en el trabajo, la nivelación de sus
nuevos gastos.
En comprobación de cuanto queda expuesto, no hay más que comparar el
número de barcos que de _altura_ arribaban á Filipinas hace diez y
ocho años, y los que hoy echan anclas en sus puertos. En aquella época
hacían la derrota del _Cabo_ media docena de embarcaciones, algunas de
ellas como la _Encarnación_ y la _María Fidela_ de 400 toneladas. Hoy,
por el contrario, dan fondo en aquellos puertos, poderosos vapores
cuyas inmensas bodegas ocupan constantemente todo lo que las modernas
civilizaciones americanas acumulan en sus puertos del Pacífico, y
cuantos productos se refinan y perfeccionan en los viejos continentes,
retornando esas mismas naves cargadas de valiosos productos filipinos.
Ese rápido y creciente desenvolvimiento en intereses materiales,
poderosamente había de influir en los morales, sintiéndose no pocos
vacíos en la vida jurídica de aquellos pueblos, y de aquí tanta y
tanta reforma como de día en día se lleva á Filipinas, y de aquí
el que el código indiano resultara deficiente, y el que aquella
imperecedera recopilación de Carlos II, base y fundamento del derecho
escrito ultramarino, no respondiera á las necesidades de las nuevas
civilizaciones, imponiendo la necesidad la promulgación de nuevos
códigos y leyes.
Lástima grande es que en este camino de adelantos no podamos incluir
datos que revelen la extensión de la lengua castellana en aquellas
provincias españolas. En vano se crearon las escuelas municipales
y en vano se pensionaron jóvenes de ambos sexos para que una vez
terminadas sus carreras difundieran en sus respectivos pueblos,
la lengua de la madre patria, y en vano se dictan uno y otro día
extensas circulares encaminadas á ese fin; todo es inútil y todo
se estrella ante la resistencia pasiva y ante imaginarios temores
entre no pocas influyentes personalidades que creen de buenísima fe
sí, pero de fatales resultados, que tal adelanto podría debilitar
la base de nuestra dominación. El remedio de este mal no hay que
buscarlo en las circulares, el remedio está en que el sacerdocio de
la conciencia hermanado con el de la ley, emprendan esta beneficiosa
reforma, que la llevarían indudablemente á cabo en poquísimo tiempo
dadas las aptitudes del indígena, siempre que emprendieran la obra
con verdadera constancia.
Los que sigan la lectura de este libro podrán comprobar en los datos
estadísticos el escaso número de niños de ambos sexos, de los que
asisten á las escuelas que hablen el español, siendo de advertir que
la provincia de Albay costea la educación de maestros y maestras;
pero estos al encontrarse al frente de la enseñanza en sus respectivos
pueblos, se olvidan en absoluto de sus compromisos y emprenden sus
explicaciones en la lengua local, y para cubrir las formas y en
previsión de las pocas visitas del Inspector provincial, fijan en la
memoria de sus educandos algunas contestaciones en español, y como
el significado no puede apreciarlo la inteligencia por no conocer el
valor de las palabras, de aquí el que en una ocasión presenciáramos la
gran imperturbabilidad de un maestro que oía decir en forma coreada á
sus discípulos, que los enemigos del alma eran _mimoria, intindimiento
y voluntad_.
El indio copia la escritura española sin entenderla, [1] y se aprende
de memoria con gran facilidad relaciones ó discursos más ó menos
largos. Esa facilidad de emitir palabras que no entienden, puso á
un Gobernadorcillo en una ocasión en lance bien apretado. Visitaba
un General los pueblos del Sur de Luzón y en plena recepción oficial
en uno de ellos, le preguntó el General al Gobernadorcillo sobre el
estado de la localidad, á lo que con gran claridad y precisión le
contestó: _Con el cólera, la langosta, las viruelas y la visita de
V.E. el pueblo está al pelo_. Esta extraña salida produjo el efecto
consiguiente, y aquel _pelo_ por poco se le atraganta al munícipe
que en mal hora quiso hacer un discurso con media docena de palabras
españolas cuyo valor no conocía.
Y con esto creemos que en ninguna ocasión está más justificado el
hacer punto y punto _redondo_.