IV

Cuando hubo terminado el tercer acto de _Los Hugonotes_, el notario

prosiguió en esta forma:

--Señores, adivino que sienten ustedes curiosidad por saber lo que había

sucedido a nuestro amigo Arturo, y sobre todo, por saber a ciencia

cierta de qué clase de sujeto se trataba.

--¿Por qué no ha empezado usted por ahí?--le dije.

--Me parece--repuso--que soy dueño de colocar la exposición donde me

plazca, puesto que soy el narrador.

--Por otra parte, no es aquí, en la Opera, donde hay que mostrarse

severo respecto a las exposiciones--agregó el profesor en Derecho,--las

cuales no se entienden jamás.

--Lo cual es, con frecuencia, una fortuna para los autores de los

libretos--añadió el notario mirándome.

Y, sintiéndose satisfecho de su epigrama, continuó en estos términos:

--El conde Arturo de V*** descendía de una antigua e ilustre familia del

Mediodía. Su madre, que se quedó viuda muy joven, no tuvo más hijo que

él y carecía de bienes; pero tenía un hermano que era inmensamente rico.

Este hermano, monseñor el abate de V***, había sido sucesivamente en la

corte de Luis XVIII, y más tarde en la de Carlos X, uno de los prelados

que gozaban de más influencia; y sabido es hasta dónde llegaba en

aquella época el poder del clero. El abate de V*** tenía un carácter

frío y egoísta; era muy severo y orgulloso, y sin embargo, conducíase

como buen pariente, porque sentía ambición para él y para los suyos. Se

encargó de la educación de su sobrino, hizo devolver a su hermana una

parte de los bienes que le fueron confiscados durante la emigración, y

la pobre condesa de V*** murió bendiciéndole y encargando a su hijo que

le obedeciera ciegamente. Arturo, que adoraba a su madre, prometiole en

su lecho de muerte cuanto ella quiso; promesa tanto más fácil de

cumplir, cuanto que, desde su infancia, experimentó un miedo horrible

hacia su tío y había sido acostumbrado a someterse siempre, sin oponer

la menor resistencia, a sus menores indicaciones.

De carácter serio, tímido y dulce, pero dotado de un corazón noble y

generoso, Arturo mostró, desde muy niño, profunda inclinación por la

carrera de las armas, por el uniforme y la charretera; tal vez debíase

esto a que, en el palacio de su tío, no veía más que trajes negros y

sobrepellices. Un día, con gran reserva, se atrevió a poner de

manifiesto sus intenciones a monseñor, el cual frunció el ceño al oírle

y le anunció con tono firme y decidido que abrigaba otras miras respecto

a él.

El abate de V*** había sido nombrado obispo, y esperaba algo más;

confiaba en alcanzar muy en breve el capelo de cardenal. En tan

brillante posición, quería conservar a Arturo a su lado, elevarle a las

más altas dignidades de la Iglesia, y, en resumen, hacerle abrazar la

única carrera que en aquel tiempo conducía rápidamente al poder y los

honores.

Arturo no se atrevía a resistir de una manera resuelta al terrible

ascendiente de su tío, pero, en su fuero interno, decidió no ser jamás

obispo.

El Rey, a quien se había hablado con tal objeto, acogió la idea con gran

benevolencia, y, en su efecto, Arturo debía entrar poco después en el

Seminario, únicamente por fórmula, recibir después las órdenes y pasar

con rapidez de los grados inferiores a los primeros puestos de su nuevo

estado.

El joven no había dado al olvido el juramento hecho a su madre; por otra

parte, a los ojos de todo el mundo hubiera sido una enorme ingratitud

romper abiertamente con su tío, su único pariente y bienhechor. No

osando, pues, declarar la guerra al temible prelado, y oponerse

directamente a sus intenciones episcopales, procuraba encontrar algún

medio indirecto para obtener el mismo fin y poner a su tío en el caso de

que fuese él mismo quien renunciara a su proyecto. El mejor medio era

dar un gran escándalo que le hiciera indigno de las santas y respetables

funciones que a despecho suyo querían conferirle. Esto no era fácil,

porque Arturo, tanto por carácter como por educación, no podía prestarse

a nada que afectase a su honradez y severidad de principios. No es

libertino todo el que quiere; para ese estado, como para los demás, hace

falta vocación, y a nuestro joven costábale tanto trabajo ser calavera

como ser obispo. Tenía, no obstante, amigos muy alegres y con las más

felices disposiciones, que, por prestarle un servicio, le arrastraban a

sus orgías. Arturo iba a ellas por cálculo; pero el desorden le

disgustaba tanto como divertía a sus compañeros; su juiciosa frialdad

contenía la locura de éstos, y acababa frecuentemente por hacerlos

razonables: se le había llegado a considerar como un _agua-fiestas_, y,

por último, había renunciado a tales diversiones.

Desesperado entonces de conseguir lo que se había propuesto, volvió los

ojos a las damas de la corte; pero en la corte de aquella época las

damas trataban de evitar a todo trance el ruido y el escándalo. Esto no

quiere decir que hubiese menos intrigas que en otros tiempos, sino que

se ocultaban mejor. Y aunque hubiesen advertido al obispo de las

secretas pasiones de su sobrino, había fingido ignorarlo todo, pensando,

acaso, como Molière,

_Que pecar en silencio no es pecar._

¿Qué camino, pues, le quedaba al pobre Arturo, que corría en pos del

escándalo, como corren otros en pos de la gloria, sin poderlo alcanzar?

Uno de sus amigos, libertino recalcitrante, díjole:

--Busca una amante en la Opera; ese teatro está de moda, todo el mundo

va a él; se sabrá, hará ruido, y eso es todo lo que te hace falta.

--¡Yo!--murmuró Arturo enrojeciendo de indignación.--¡Mezclarme en una

intriga de ese género!

--No necesitarás hacerte mucha violencia; se arregla el asunto con la

familia, y una vez hecho el trato, puedes obrar del modo que te plazca;

no se trata de que la cosa sea verdaderamente, sino de que se crea y dé

que hablar.

--Siendo así...

--Todo se reduce a tener el título; demasiado sabes que en la actualidad

hay muchos titulados que no ejercen... Tú podrás ser uno de ellos.

--Bien, me agrada tu idea.

Ya he referido a ustedes los detalles de la presentación y de la primera

entrevista de Judit, Arturo y la tía.

Hízose que monseñor el obispo tuviese noticia de ello, pero monseñor se

hizo el desentendido.

Se le dio conocimiento de que casi todas las noches el coche de su

sobrino se estacionaba en la calle de Provenza, y Arturo aguardaba de un

momento a otro una seria explicación y una escena en la que estaba

resuelto a mostrarse arrebatado por una ciega pasión que le hacía

indigno, en adelante, de las bondades de su tío; pero éste no le dirigió

el más leve reproche, y nuestro joven no sabía cómo explicarse tanta

calma y una resignación tan evangélica.

Pero esta calma era precursora de la tempestad.

Una mañana, díjole monseñor:

--El Rey está muy enojado contra ti; ignoro por qué causa.

--Creo adivinarla--repuso el joven.

--Pues yo no quiero saberla. Su Majestad, no obstante, te perdona; pero

exige que dentro de dos días ingreses en el Seminario.

--¿Yo, tío?...

--El Rey lo ordena, y contra él, en todo caso, tendrías que protestar.

Y le volvió la espalda, sin decir una palabra más. Arturo, furioso,

fuera de sí, sin saber qué hacerse, corrió a casa de Judit, la acompañó

a las Tullerías, la presentó como su amante a los ojos de todo París, en

vísperas de entrar en el Seminario. Esta vez no pudo menos de obtener el

resultado que esperaba. Después de semejante escándalo, era imposible

pensar, durante mucho tiempo al menos, en hacerle abrazar la carrera de

la Iglesia. Y esto era lo que Arturo deseaba. Su tío escribió a Judit la

amenazadora carta que ya conocen ustedes, y el Rey comunicó al Conde la

orden de abandonar a París en el término de veinticuatro horas. Era

forzoso obedecer. Por fortuna, Arturo estaba íntimamente relacionado con

uno de los hijos del señor de Bourmont, que partía a la siguiente noche

para Argel, donde se preparaba una importante expedición, y le rogó que

le admitiese en su compañía como voluntario, pero sin comunicar a nadie

su proyecto, ni a su tío ni al Rey.

--Puesto que dejan a mi elección el lugar del destierro--se dijo,--lo

elegiré donde pueda encontrar alguna gloria. Iré donde hay peligro que

correr y honor que alcanzar. Me haré matar o lograré distinguirme en la

campaña. Y cuando regrese con una bandera, veremos si aun hay quien

todavía insista en hacerme vestir la sotana y echar bendiciones a los

fieles.

Y abandonó París, de noche, con gran misterio, porque todos sus pasos

eran espiados y temía que si adivinaban el objeto de su viaje le

impidieran la marcha. Momentos antes escribió una carta a Judit

diciéndole tan sólo que la dejaba por algunos días; pero esta carta, a

pesar de ser insignificante, fue interceptada y no llegó a su destino.

El prefecto de policía estaba a las órdenes de monseñor.

Cuando llegó la semana siguiente, encontrábase Arturo en alta mar, y a

los veinte días desembarcó en Africa. Figuró entre los primeros en el

asalto del fuerte del Emperador, y cayó herido junto a su intrépido

amigo el señor de Bourmont, a quien aquella victoria costó la vida. La

de Arturo estuvo en peligro durante mucho tiempo; por espacio de dos

meses se desesperó de salvarle, y cuando recobró la salud, su fortuna,

sus esperanzas, las de su tío, todo se hundió en tres días, al hundirse

la monarquía de Carlos X.

El obispo no pudo resistir este desastre; enfermo y apenado, quiso

seguir a la corte en su destierro, pero no pudo. La impaciencia, la

cólera que constantemente experimentaba, habían exaltado su cerebro e

inflamado su sangre, determinando una fiebre maligna, y en el estado de

irritación en que se encontraba, no sabiendo en quién descargar su

enojo, eligió a su sobrino como víctima y se vengó en él de la

revolución de julio.

Apenas estuvo restablecido de su herida, Arturo regresó a París; y aquí

es, señores--dijo el notario alzando la voz,--donde comienzo yo a entrar

en escena. El señor Conde fue a mi casa para confiarme los asuntos de la

herencia, porque no se encontraba en estado de ocuparse de ellos por sí

mismos. Yo era, desde hacía mucho tiempo, su notario y el de su familia;

así, pues, su encargo me correspondía de derecho. En seguida procedimos

a levantar los sellos judiciales. No les hablaré de los detalles del

inventario, aunque no deje de haber mérito en un inventario bien hecho y

bien dirigido. Al inscribir en su lugar correspondiente los papeles que

encerraba el secreter de monseñor, encontré un billete cuidadosamente

doblado, el cual contenía esta firma: _Judit, bailarina de la Opera_.

¡Correspondencia entre una bailarina y un obispo! Cuidando de la buena

reputación del clero, tuve intenciones de hacerla desaparecer; pero ya

Arturo se había apoderado del billete, y al ver yo su turbación, creí un

instante, Dios me perdone tan mal pensamiento, que monseñor y su sobrino

habían sido rivales, ignorándolo ambos.

--¡Pobre niña!... ¡Pobre niña!--exclamó Arturo.--¡Qué nobleza, qué

generosidad, qué tesoro poseía en ella! Lea usted, señor--añadió

presentándome el billete.

Y cuando llegué a esta frase:

_Si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen del que me

acuso pero del cual él no es cómplice._

--¡Es cierto!--dijo Arturo con lágrimas en los ojos:--me amaba con todo

su corazón y yo no me di cuenta de ello, no pensé en corresponderle...

¡Y tenía diez y seis años! ¡Y era encantadora!... No puede usted

imaginarse qué linda es... Es la mujer más bella de París.

--No lo dudo, señor Conde... pero si quiere usted que acabemos el

inventario...

--Como usted guste...

Y, no obstante, continuó leyendo en voz alta los siguientes párrafos del

billete:

«Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida

hicieran que me contestase: Sí, amo a usted... ¡Ah! está mal lo que voy

a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero

entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y

sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted...

Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y

qué me importaría la muerte, si había sido amada?»

--¡Y yo he desconocido... he rechazado un amor semejante!--exclamó

Arturo.--Yo; yo sólo he sido culpable... pero repararé mis faltas, le

consagraré mi vida entera... ¡se lo prometo, se lo juro! ¿Quién podría

hoy vituperarme por ello?... ¡Estaré orgulloso de tener una amante como

ella! Sí, la amo; lo confesaré a todo el mundo, y todo el mundo me

envidiará... empezando por usted, señor notario, que no me escucha... y

que tan atentamente examina esos fárragos de papeles.

Los papeles a que se refería eran el testamento de su tío, que yo

acababa de encontrar; testamento en el que se le desheredaba,

disponiendo de la inmensa fortuna del difunto en favor de los hospicios

y para fundaciones piadosas. Así se lo hice saber a Arturo, el cual

recibió la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer de

nuevo la carta de Judit.

--La verá usted--me dijo;--quiero que coma usted hoy con ella.

--Pero estos papeles... este testamento...

--¿Y qué?--replicó, sonriendo;--eso ya no me concierne. Felizmente para

mí, Judit me amará sin esas riquezas... Adiós, señor; voy a verla, voy a

encontrar a su lado mucho más de lo que he perdido.

Y salió con la mirada radiante de dicha y de esperanza.

--¡He aquí un joven verdaderamente singular--me dije,--a quien una

amante consuela la pérdida de una herencia!

Y terminé mi inventario.

Algunas horas después, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo como

un loco, fuera de sí.

--¡Ya no está allí!--exclamaba,--¡ya no está! ¡La he perdido! ¡La he

perdido por culpa mía!...

--¡Alguna infidelidad!...

--¿Quién se lo ha dicho a usted?--repuso vivamente, asiéndome por el

cuello.

--¡Oh! no sé nada.

--Prefiero esto, porque no sobreviviría a semejante golpe. Desde mi

partida, desde hace tres meses, ha abandonado la Opera y nadie tiene

noticias de ella.

--¿Qué le han dicho sus compañeras?

--¡Barbaridades! Unas pretenden que ha sido robada... otra me aseguraba

con la mayor tranquilidad que ella le había manifestado intención de

suicidarse.

--¡No sería extraño! Desde la revolución de julio, el suicidio se ha

puesto de moda.

--¡No hable usted así... perdería la razón! He corrido a su casa de la

calle de Provenza; pero se marchó de allí sin decir a dónde iba.

--¿No ha encontrado algún indicio que pueda servirle para seguir su

pista?

--El piso está desalquilado: nadie lo ha habitado después de ella.

--¿Y no ha encontrado usted nada?

--Sólo encontré, en el cuarto de su tía, esto papel que estaba en el

suelo, y que es una etiqueta de equipaje en la que hay escrito:

_A la señora Bonnivet, en Burdeos._

Tengo entendido que ella era de ese país.

--¿Y qué?

--Que vengo a rogar a usted se encargue aquí de mis asuntos y lo arregle

todo en la forma que mejor le plazca.

--¿Qué piensa usted hacer, pues?

--Seguir sus huellas, o las de su tía... buscarla... descubrir su

paradero...

--¿Enfermo, como se encuentra, quiere partir mañana para Burdeos?

--¡Mañana! ¡Sería demorarme demasiado!

En efecto, salió de París aquella misma noche.

Al llegar a este punto, dio principio el cuarto acto de _Los Hugonotes_,

y el notario interrumpió su relato.

Nos vimos obligados a esperar hasta el entreacto siguiente, a que el

narrador continuara su historia.

V

La Falcón acababa de caer desmayada, después de haber saltado Nourrit

por la ventana; el cuarto acto de _Los Hugonotes_ concluía en medio de

ruidosos aplausos, y el notario prosiguió su relato en esta forma:

--Arturo permaneció seis meses en Burdeos haciendo pesquisas,

preguntando a todo el mundo por la señora Bonnivet, de la que nadie supo

darle noticia alguna. Hasta hizo poner anuncios en los periódicos. La

pobre mujer se hubiera muerto de alegría al encontrar en ellos su

nombre; pero esto no era ya posible. Por último, el propietario de una

casita, en la que ella había vivido, proporcionó al Conde los datos que

había solicitado. La señora Bonnivet había muerto hacía ya dos meses.

--¿Y qué fue de su sobrina?

--No estaba con ella; pero la tía gozaba cierto bienestar, pues

disfrutaba de una renta vitalicia que alcanzaba a cien luises.

--¿De dónde procedía esa renta?

--No se sabe.

--¿Hablaba de su sobrina?

--Pronunciaba su nombre de vez en cuando. Pero en seguida quedaba

silenciosa, como si temiese hacer traición a algún secreto.

A pesar de todas sus pesquisas y gestiones, Arturo no logró obtener un

dato más, y vivía desesperado. Porque desde que había perdido a Judit,

desde que se consideraba separado de ella para siempre, su afecto hacia

la linda joven se había convertido en amor, en una verdadera pasión.

Esto era entonces el solo pensamiento, la única ocupación de su vida.

Recordaba con amargura los breves instantes que había pasado junto a

ella; creía verla ante sus ojos, llena de encantos y de cariño hacia

él... ¡Y este bien, que le había pertenecido, habíalo él despreciado! No

conoció el valor que tenía hasta que lo perdió para siempre. Recorría

sin cesar todos los lugares en que la había visto. No abandonaba un

momento la Opera.

Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gran

sentimiento supo que había sido alquilado, durante su ausencia, por un

señor extranjero que no lo ocupaba. Intentó volver a verlo, al menos, y

el portero no tenía las llaves; las puertas y las persianas de la

habitación estaban constantemente cerradas.

Se explicarán ustedes perfectamente que, consagrado por completo a su

amor y a sus penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo me

interesaba por él y observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso.

Desheredado por su tío, no contaba con más fortuna que la de su madre,

que ascendía, próximamente, a unas quince mil libras de renta; y de esto

había consumido más de la mitad, primero en las locuras que había hecho

por Judit, y más tarde en los gastos que se le habían originado para

descubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtenía el indicio

más insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba el

oro a manos llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia,

decíame constantemente:

--¡Ya no existe! ¡Ha muerto, por desgracia!

Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, él sólo hablaba de ella;

y yo, de la necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pude

decidir a hacerlo; le era muy sensible deshacerse de los bienes de su

madre, pero se imponía aquella venta. Debía cerca de doscientos mil

francos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien pronto el

resto de su fortuna. Fijáronse, pues, los edictos, se publicaron

anuncios en los periódicos, y la víspera del día en que debía efectuarse

la subasta en mi estudio, recibí de uno de mis colegas, una comunicación

que me produjo tanto regocijo como sorpresa. La suerte se había cansado,

seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un señor de Courval, hombre

de reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre por una

considerable suma, y deseaba devolverla. El capital y los intereses

ascendían a cien mil escudos; la deuda estaba justificada, y mi colega

guardábame el dinero en buenos billetes de Banco. No era posible dudar

de semejante dicha. Corrí a anunciársela a Arturo, el cual recibió la

noticia con una displicencia incomprensible. Cuando no se le hablaba de

Judit, todo le era indiferente.

Por mi parte, me apresuré a liquidar sus deudas y a desempeñar sus

bienes, y, desde entonces, todo marchó admirablemente, hasta que tuvo

lugar un caso de difícil explicación.

Arturo se encontró un día con el señor de Courval, el que tan

notablemente se había portado con nosotros. Vivía de ordinario en

provincias, y se encontraba por casualidad en París. El Conde le

estrechó la mano, dándole gracias por su honrado proceder, precisamente

en el momento en que aquél se disculpaba, confesándose en extremo

apurado, para cumplir los compromisos que tenía pendientes.

--¡Cómo es eso, si el mes pasado me ha pagado usted cien mil

escudos!--repuso el Conde.

--¿Yo?

--Evidentemente; ya no tengo ningún pagaré de usted, pues todos han sido

satisfechos, y nada me debe.

--Eso es imposible.

--Vea usted a mi notario y él se lo probará.

El deudor, que ya no lo era, fue a verme, en efecto, y no podía salir de

su asombro.

--Es una gran suerte para usted--le dije.

--Y más todavía para el señor Conde--repuso él con aire triste y

disgustado;--porque yo ya había tomado mi partido... Como no podía

pagar, habíame echado la cuenta de que nada debía; y esa extraña

circunstancia no me hace ser más rico... ¡Pero él... ya es diferente!...

¡puede alabarse de ser mimado por la fortuna!...

--¿Pero, de veras no sabe usted de dónde procede esa devolución?

--Ni siquiera lo presumo; pero si pudiera pagar de igual modo todas mis

deudas...

--¿Debe usted algo más?

--Casi el doble de lo que he pagado, o, mejor dicho, de lo que han

pagado por mí. Y si, quienquiera que haya sido, se presentara nuevamente

para continuar la liquidación, le ruego que me avise.

--Lo haré con mucho gusto.

Nuestra sorpresa creció de punto, y Arturo se desesperaba por no poder

dar con la clave del enigma. Fui a casa de mi colega, un hombre honrado,

muy instruido, que no sabía más que yo... en aquel asunto, se

entiende... Le habían remitido los fondos, encargándole que recogiese y

anulase los pagarés. Me confió la carta que recibió al efecto, y se la

llevé a Arturo. Este la examinó atentamente y nada sacó en limpio. Dicha

carta estaba fechada en el Havre, donde residía el señor de Courval; la

letra, que no era suya, la desconocíamos por completo... pero Arturo

lanzó de pronto un grito de sorpresa, y se puso pálido como un muerto,

al fijarse en el sello medio roto: era el de Judit.

En la época en que pasaba por su amante, él le había regalado una piedra

antigua de gran valor, que tenía grabado un fénix. Lejos de encontrar en

aquel regalo una alusión o una alabanza, Judit lo consideró siempre como

un emblema de tristeza y había hecho grabar a su alrededor estas

palabras: _¡Siempre solo!_ No se desprendía de este sello ni por un solo

momento; aquella divisa, insignificante para otra cualquiera y para ella

tan expresiva, no podía pertenecer más que a ella misma.

--¡De Judit procede esta carta!--exclamó Arturo.

Y la dejó escapar de sus temblorosas manos.

--Pues bien, eso implica la seguridad de que existe aún y piensa en

usted... Debe, pues, estar satisfecho.

Pero, por el contrario, estaba furioso. Hubiera preferido saber que

había muerto. Porque, ¿a qué ocultarse? decía. ¿Por qué, puesto que sabe

dónde vivo, teme venir a verme? ¿Es, acaso, que se ha hecho indigna de

presentarse ante mí? ¿No me ama ya? ¿Me ha olvidado quizás?

--Esta carta--le dije,--prueba lo contrario.

--¿Y con qué derecho--repuso Arturo fuera de sí,--trata de imponerme sus

beneficios? ¿De dónde proceden esas riquezas? ¿Quién la ha autorizado

para ofrecérmelas, y desde cuándo me considera capaz de aceptarlas? No

las quiero, devuélvalas usted.

--Lo haría de buena gana. Pero, ¿a quién y cómo?

--Poco me importa... No las quiero.

--¿Y cómo puede ser eso, si con ellas se han pagado las deudas de usted

y se han liberado sus propiedades?

--Venderá usted lo que sea preciso para realizar los cien mil escudos

recibidos, a los que nunca tocaré, y quedarán depositados en su casa

hasta que puedan devolverse.

--Tenga usted en cuenta el estado a que se verá entonces reducida su

fortuna.

--No me importa. Por más infiel que sea Judit, no me arrepiento de

haberme arruinado por ella... Pero ser por ella enriquecido es demasiada

humillación para mí.

Y, a pesar de todos mis esfuerzos, de todas mis observaciones, no me fue

posible disuadirle de su propósito; enajenáronse los bienes, y muy bien

por cierto, gracias al aumento progresivo de la propiedad; fueron

depositados en mi estudio los primeros trescientos mil francos, y aun

quedó a mi amigo con que comprar seis mil libras de renta en papel del

Estado; a esto quedó reducida su fortuna. Atenido a ella vivió dos años,

esforzándose por desechar el recuerdo que le perseguía incesantemente.

Sombrío y melancólico, esquivando los placeres y las distracciones de

todo género, había llegado a hacerse incapaz para el trabajo o el

estudio; en cuanto a mí, lamentábame interiormente del dominio que

ejercía una pasión tan cruel en un hombre de tan excelentes condiciones.

Iba a verme casi diariamente, con objeto de olvidar a Judit, y sin cesar

me hablaba de ella.

Asegurábame que no la amaba ya, que la despreciaba, que se iría al fin

del mundo antes que volver a verla; y a pesar suyo, dirigíase casi

siempre a los lugares que le hablaban de ella y que le traían a la

memoria su recuerdo.

Un día, o mejor dicho, una noche, fue a un baile de máscaras a esta sala

de la Opera, en la que jamás entraba sin que le latiera el corazón, como

si quisiera reventársele en el pecho. Solo, a pesar del gentío...

_Siempre solo_... (porque él, entonces, había adoptado, a su vez, la

divisa de Judit), paseábase silencioso en medio del bullicio... en

aquel teatro... en aquel lugar donde tantas veces le había visto

aparecer... Luego, internándose por los corredores, se dirigió,

lentamente a aquel palco segundo que en tiempos más dichosos ocupaba

casi todas las noches, y desde el cual le hacía la seña que tenían

concertada para avisarla cuando podían celebrar sus inocentes

entrevistas.

La puerta del palco estaba abierta, y en él, envuelta en un elegante

dominó, veíase a una mujer; estaba sola, y parecía abismada en profundas

reflexiones. Al ver a Arturo, la dama se estremeció e hizo un movimiento

como para levantarse y salir; pero, sin poder apenas sostenerse, se

apoyó en el antepecho del palco y cayó de nuevo sobre su asiento. Esta

turbación hizo que Arturo se fijase en ella y que se aproximara para

ofrecerle sus servicios.

La dama, sin contestarle, le rechazó con un gesto.

--El calor le habrá hecho a usted daño--le dijo el joven con una emoción

que en vano trató de dominar;--y si se quitase un momento el antifaz...

La desconocida rehusó de nuevo, limitándose, para respirar con más

desahogo, a echar hacia atrás la capucha de su dominó, que le cubría la

frente.

Arturo vio entonces una hermosa cabellera negra, que caía en rizados

bucles sobre la espalda. Así era como se peinaba Judit... aquella

graciosa postura, aquel talle fino y delicado eran los suyos... allí

encontraba su porte, sus maneras, ese invencible y poderoso encanto que

se adivina y que no puede definirse!...

Por último, se levantó la desconocida.

Arturo lanzó un grito.

El era entonces quien se sintió morir... pero haciendo un esfuerzo, le

dijo a media voz:

--¡Judit!... ¡Es usted, Judit!...

Ella trató de ausentarse.

--¡Quédese, por favor! Déjeme decirle que soy el más desdichado de los

hombres por no haber sabido apreciar hasta qué punto merecía usted todo

mi amor.

La desconocida se estremeció de nuevo.

--Sí, entonces los merecía usted... entonces era digna de los homenajes

y la adoración de todo el mundo... y sin embargo, tan insensato soy que

la amo aún, no amo a nadie más que a usted, y la amaré siempre... a

pesar de que me ha sido infiel... ¡de que me ha traicionado!

Ella quiso responder, y la palabra expiró en sus labios... pero se llevó

una mano al corazón como si tratara de justificarse.

--¿Cómo explicar, si no, su ausencia, y sobre todo sus beneficios...

esos beneficios de que me avergüenzo por usted y que he rechazado? Sí,

Judit, no los quiero, no quiero más que su amor; y si es verdad que no

me ha olvidado, que me ama todavía... ¡venga... sígame!... para seguirme

es preciso amarme... porque ahora ya no tengo fortuna que ofrecerle...

¡Qué! duda... no me responde... ¡ah! ¡comprendo su silencio! Adiós,

adiós para siempre.

Y se dispuso a abandonarla; pero Judit le detuvo, asiéndole de una mano.

--Hable, Judit; hable por favor--exclamó el pobre joven.

Pero la desgraciada no podía: los sollozos ahogaban su voz.

Arturo cayó de rodillas. Ella no pronunció una palabra, pero lloraba, y

el joven creyó que aquellas lágrimas eran su mejor justificación.

--¿Me ama usted, pues, aún?... ¿No ama a nadie más que a mí?...

--Sí--repuso ella, tendiéndole una mano.

--¿Y cómo creerla?... ¿Dónde están las pruebas?... ¿Quién me las

dará?...

--El tiempo.

--¿Qué haré, pues?...

--Esperar.

--¿Y no me dará usted alguna prenda de su amor?...

Judit dejó caer el ramo de flores que tenía en la mano, y mientras

Arturo se inclinó para tomarlo, ella se lanzó al corredor y desapareció.

El Conde intentó seguirla, la vio de lejos entre la multitud; pero

detenido por el oleaje de las máscaras, no tardó en perderla de vista.

Después creyó volver a verla... Sí, sí, era ella... y en el momento en

que, siguiendo sus pasos, llegó hasta el vestíbulo y creía poder

alcanzarla, la vio precipitarse en un carruaje magnífico que dos

soberbios caballos arrastraron a todo galope.

--Señores--dijo el notario interrumpiéndose,--ya es muy tarde y yo tengo

la costumbre de madrugar; si me lo permiten ustedes, dejaremos para

pasado mañana la conclusión de mi relato.

Carlos Broschi · 第 25 / 27 题