III

Dos días después volvió Judit a abrir su balcón muy de mañana, y vio

también a la puerta el carruaje del Conde.

No cabía duda de que lo enviaba casi todas las noches. ¿Pero con qué

propósito? Esto era lo que ella no podía adivinar... Jamás se hubiese

atrevido a preguntárselo. Por otra parte, no le veía casi nunca, a no

ser por la noche, los días de ópera, en un palco segundo de frente a la

escena, al que estaba abonado durante todo el año. No había vuelto a

entrar en el escenario ni a proponerle acompañarla. ¿Cómo se arreglaría

para verle?... ¿Qué hacer?...

Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de una

postergación.

Sus compañeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por el

contrario, muy alegre, porque aquella circunstancia le proporcionó un

motivo para escribir al Conde, diciéndole que necesitaba pedirle un

favor y rogábale tuviese a bien pasarse por su casa. Esta carta no era

fácil de escribir; en consecuencia, Judit empleó en ella todo un día: la

empezó muchas veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose de

ellos los bolsillos, y es más que probable que dejara caer alguno, que

no faltó quien recogiera, porque por la noche, en el teatro, oyó a

algunos jóvenes autores y abonados de la orquesta bromear y reírse de

una carta que acababan de encontrar y que circulaba de mano en mano.

Veíase obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus comentarios

satíricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyo

autor no conocían, pero que se proponían insertar al día siguiente en un

periódico, como modelo del estilo epistolar de las Sevigné del coro de

baile.

¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner en

ridículo, sino a la idea de que también el Conde se burlaría tal vez al

leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no

haber escrito! De aquí que se sintiese más muerta que viva al día

siguiente cuando entró Arturo en su gabinete.

--Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he

recibido la carta de usted.

Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible.

--¿Qué desea usted de mí?--acabó diciendo el Conde.

--Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero ese

billete... puesto que lo ha leído usted... si es que ha podido

leerle...

--Perfectamente, hija mía--contestó el Conde con una ligera sonrisa.

--¡Ah!--exclamó Judit, desesperada;--esa desgraciada carta le prueba que

soy una pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza de

su ignorancia y que daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómo

he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus

consejos y su apoyo?

--¿Qué quiere usted decir?

--Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho sus

lecciones... trabajaré tanto de día como de noche.

--¿También de noche?

--Más vale emplearla en estudiar que en no dormir.

--¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted?

--¿Por qué?--dijo Judit ruborizándose;--porque hay una idea que me

atormenta constantemente.

--¿Qué idea es esa?

--La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me considera

indigna de usted... Y tiene razón--prosiguió vivamente;--yo me veo tal

como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a

tener por qué sonrojarme a los ojos de usted y a los míos.

El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo:

--La obedeceré, querida niña; haré lo que desea.

Al día siguiente, Judit tenía un maestro de ortografía, de historia y

de geografía. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su

inteligencia, sus facultades naturales, que sólo necesitaban ser

cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble.

Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma.

Constituía su más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de

todas sus penas. No volvió a la sala de baile ni a los ensayos; daba

lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y

sus compañeras decían:

--Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su

carrera... hace muy mal.

Y Judit decíase, mientras redoblaba sus esfuerzos:

--Pronto seré digna de él; pronto verá que me encuentro en estado de

comprenderle, y podrá juzgar de mis adelantos.

¡Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven,

cortada y trémula, no tenía memoria, de nada se acordaba. Cuando él le

dirigía alguna pregunta sobre sus estudios, solía responder

desacertadamente y el Conde murmuraba para sí:

--La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposición. En cambio,

había conseguido con su nueva ciencia comprender cuán torpe y ridícula

debía de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impedía la

efusión de aquella alma tan tierna y tan sencilla.

El Conde sólo iba a verla de tarde en tarde. En ocasiones, pasaba media

hora, por la noche, en su compañía; pero poníase de pie para despedirse,

apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se

limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa:

--¿Cuándo volveré a verle?

--Ya se lo diré mañana, de lejos, en la Opera.

Con este objeto, él solía ir cada dos días a su palco, y cuando le era

posible al día siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit,

apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual

quería decir: Iré a la calle de Provenza.

Cuando esto tenía lugar, Judit permanecía aguardándole todo el día, no

recibía a nadie y hasta alejaba a su tía para consagrarse por completo

al placer de verle.

A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven

había descubierto que algún secreto pesar le atormentaba. ¿Cuál era este

pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, ¡se hubiera sentido

tan dichosa en poder participar de su aflicción! No se atrevía a esperar

tanta dicha, pero en silencio hacía suyas las penas del Conde, aun

ignorándolas, así como su tristeza habitual. Con frecuencia le decía

Arturo:

--¿Qué tiene usted, Judit? ¿Cuáles son sus pesares?

Si ella se hubiera atrevido, habría contestado:

--Los de usted.

Cierto día le asaltó una idea horrible; se dijo con terror:

--¡Ama a otra! Pero, en ese caso, ¿por qué toma una amante en la Opera?

¿Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado

sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, ¿por qué?

Contemplose después en el espejo, ¡y se vio tan joven, tan fresca, tan

linda!... Quedó abismada en sus reflexiones.

De súbito, se abrió bruscamente la puerta del gabinete, y apareció

Arturo, con un aire de turbación que nunca había visto en él.

--Señorita--le dijo con viveza,--tenga usted la bondad de vestirse;

vengo a buscarla para ir a las Tullerías.

--¿Es posible?

--Sí, hace un tiempo magnífico, un sol espléndido; todo París está allí.

--¿Y desea usted acompañarme a ese sitio?--exclamó Judit sorprendida,

porque el Conde jamás había salido con ella, nunca le había dado el

brazo en público.

--Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea--repuso Arturo

paseándose agitado.--Vamos, señora Bonnivet--dijo bruscamente a la tía,

que entraba en aquel momento en el gabinete;--ayude usted a vestir a su

sobrina; póngala lo que tenga más elegante, más nuevo y más rico.

--Gracias al Cielo y al señor Conde, no le faltan trajes lindísimos.

--Bien, bien; despáchese, que tenemos prisa.

--Ya estás oyendo que el señor Conde tiene prisa--dijo la señora

Bonnivet a su sobrina, disponiéndose a desnudarla de la bata.

Judit se ruborizó y le hizo seña de que se encontraba allí Arturo.

--¿Qué importa? ¿Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el señor

Conde?

Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su tía le desabrochó el

corsé.

La pobre chica, avergonzada y fuera de sí, no sabía cómo substraerse a

las miradas de Arturo.

Pero ¡ay! tomábase, por pudor, un cuidado completamente inútil: el Conde

no la miraba; embebido por entero en una idea que parecía excitar su

despecho y su cólera, recorría a grandes pasos el aposento, y acabó por

tropezar con un jarrón de porcelana, que saltó hecho pedazos.

--¡Ah, qué desgracia!--exclamó Judit, dando al olvido, instantáneamente,

el desorden de su traje.

--¡Del Japón!--dijo la tía con acento desesperado.--¡Y que valía lo

menos quinientos francos.

--No tanto--repuso la joven,--pero era realmente japonés.

--Vamos, ¿está usted dispuesta?--dijo Arturo, que ni siquiera había

escuchado la observación de Judit.

--En seguida. Tía, mi chal... los guantes...

--Y la capa--observó el Conde;--la olvida usted, y hará frío.

--No lo creo.

--En efecto--rectificó la tía, tocando la mano de Judit,--está

abrasando. ¿Será que tienes fiebre? Convendría que no salieras.

--No, tía--se apresuró a contestar la joven;--nunca me he sentido mejor.

El cupé aguardaba a la puerta; subieron a él y atravesaron los

bulevares, juntos, en pleno día. Judit no cabía en sí de gozo; hubiera

deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la

calle de la Paz divisó a dos de sus compañeras, a las que saludó con

toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel

día iban a pie.

Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rívoli. Judit

se asió al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la

Primavera. Era día de trabajo; la población rica y ociosa de París

parecía haberse dado cita en aquel paseo, y había enorme concurrencia.

Arturo y su compañera no tardaron en ser objeto de la atención general.

Eran los dos tan bellos, hacíase forzoso admirarlos. Todo el mundo se

volvía al pasar por su lado, y exclamaba:

--¡Qué linda pareja!

--Es el joven conde Arturo de V***.

--¿Se ha casado, por ventura?

Estremeciose Judit al oír esta pregunta, experimentando cierto doloroso

placer, de que no pudo darse cuenta.

--No, por cierto--repuso, en tono despreciativo, una señora anciana que

llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos

lacayos de lujosa librea;--el conde Arturo no se ha casado: monseñor su

tío no lo consentiría.

--¿Quién es, entonces, esa linda joven?... ¿Su hermana, acaso?

--Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, según creo.

Por fortuna, Judit no oyó las últimas palabras; porque en aquel instante

el barón de Blangy, que iba detrás de ella, decía a su hermano:

--Ahí va Judit.

--¿La amante de Arturo?

--Está loco por ella, y en camino de arruinarse...

--No lo extraño; yo haría lo mismo en su lugar. ¡Es guapísima!

--¡Qué aire tan distinguido y qué fisonomía tan seductora!

--¿Y qué me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso?

--¡Cuidado! no te vayas a enamorar de ella...

--Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos más de cerca.

--Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo.

Toda la multitud se expresaba en idéntica forma, y Arturo, a su vez, lo

oía todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban

que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo,

se decían:

--¡Feliz él!

El Conde, entonces, miró detenidamente por primera vez a Judit, como

ella merecía ser mirada, y se asombró de encontrarla tan hermosa. El

paseo, el aire, y, particularmente, la satisfacción de verse tan

celebrada, habían dado mayor brillo a sus mejillas, y a sus ojos una

expresión y un encanto indefinibles. Y, sobre todo esto, tenía diez y

seis años; ¡amaba, y creía que era amada!... ¿Qué otras razones

necesitaba para estar hermosa? No era, pues, extraño que obtuviera un

éxito completo y que la siguiese un inmenso gentío hasta que regresó al

carruaje. Ya en él, al ver que Arturo la contemplaba con ternura, dio al

olvido todos sus triunfos; no volvió a pensar en los elogios que la

multitud le había prodigado, y entró en su casa diciendo:

--¡Qué dichosa soy!

El día siguiente, al levantarse, recibió dos cartas. La primera procedía

del barón de Blangy, que, mucho más rico que Arturo, ofrecíale su amor y

su fortuna. Pero ni aun se le ocurrió la idea de enseñarla a su tía o al

Conde; no creía hacer, quemándola, el sacrificio más insignificante.

La segunda carta contenía una firma que Judit leyó repetidas veces, sin

atreverse a dar crédito a sus ojos. Pero le era imposible la duda; el

billete estaba firmado por el obispo de ***; y concebido en estos

términos:

* * * * *

«Señorita:

»Ayer se presentó usted en público, en las Tullerías, con mi sobrino el

conde Arturo, y ha colmado usted la medida de un escándalo cuyas

consecuencias son incalculables.

»Aunque, debido a la impiedad de los hombres, haya permitido Dios que

todo esté trastornado, aun tenemos medios de castigar la audacia de

usted. Le declaro, pues, que si no pone fin a tal escándalo, tengo

bastante influencia con el ministro de la casa del Rey para conseguir

que sea usted despedida de la Opera. Si, por el contrario, abandona

inmediatamente a mi sobrino, como quiera que el fin santifica los

medios, le ofrezco dos mil luises y la absolución de sus faltas, etc.,

etc.»

* * * * *

En un principio, Judit quedó anonadada por la lectura de esta carta.

Pero luego, cobrando ánimo, consultó a su corazón, apeló a todas las

energías, y contestó lo siguiente:

* * * * *

«Monseñor:

»Me trata usted con mucha crueldad; y, no obstante, podría asegurar ante

Dios que nada tengo de qué acusarme. Así es, se lo juro; pero no me

atribuiré un mérito que no es mío, y que sólo pertenece a quien me ha

respetado.

»Sí, monseñor; el sobrino de usted es inocente de las faltas de que le

acusa, y si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen de

que me acuso, pero del cual él no es cómplice.

»He aquí la resolución que acabo de tomar.

»Le diré lo que por mí no me hubiera atrevido a decirle; lo haré por

monseñor, y el Cielo me dará fuerzas... Le diré:--Arturo, ¿me ama

usted?--Y si, como creo, como temo, me contesta:--No, Judit,--obedeceré

a usted; me alejaré de él, no volveré a verle jamás; y entonces, así lo

espero, me estimará usted lo bastante para no ofrecerme nada y no añadir

la humillación al sufrimiento. Lo segundo... bastará para ocasionar mi

muerte.

»Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida,

hicieran que él me contestase:--¡Sí, amo a usted!...--¡Ah! está mal lo

que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y

maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me

impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la

cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí?

¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte si había sido amada?

»Perdone, monseñor, si esta carta le ha podido ofender... es de una

pobre muchacha que no conoce el mundo ni los deberes que éste impone;

pero que tal vez encontrará ante usted alguna gracia en la escasez de su

inteligencia, en la franqueza de su corazón, y, particularmente, en el

profundo respeto con que tiene el honor, etc.»

* * * * *

Cuando terminó de escribir esta carta, cerrola Judit, y la envió a su

destino sin hablar a nadie; decidida desde aquel momento a conocer su

suerte, aguardó con impaciencia la próxima visita del Conde.

Aquella noche había función en la Opera y fue al teatro con la esperanza

de verle en su palco y de que le hiciera la seña convenida. Arturo fue

tarde y parecía estar triste y preocupado. No miró hacia el escenario ni

hizo seña alguna a Judit. La pobre niña, presa de la desesperación, tuvo

que resignarse a esperar dos días más. Era lunes, y al miércoles

siguiente fue más afortunada. El Conde le hizo la seña que tenían

convenida para anunciarle su visita, y Judit pensó:

--Mañana le veré, y mañana sabré lo que para mí guarda el destino.

Pero al día siguiente, muy temprano, presentose en su casa el lacayo del

Conde, anunciando que su amo no podía disponer de un solo minuto en todo

el día, y que sólo iría por la noche, ya tarde, a cenar con la señorita

Judit.

Cenar a solas con ella era un acontecimiento extraordinario en quien

siempre la dejaba antes de media noche. ¿Qué quería decir aquello? La

tía creía encontrarlo muy claro; pero Judit se negaba a comprenderlo.

Cuando dieron las once de la noche, encontrábase ya dispuesta la cena

más exquisita y delicada, preparada por los cuidados de la señora

Bonnivet. En cuanto a Judit, nada escuchaba ni veía; limitábase a

esperar.

¡Esperar! ¡Todas las facultades de su alma se concentraban o resumían en

esta idea!...

Pero dieron las once y media, luego las doce, y Arturo no parecía.

Por último, transcurrió toda la noche sin que él llegara; pero ella

seguía esperando.

Tampoco se presentó el Conde al otro día... ni en los siguientes.

Judit no recibió ninguna carta; no volvió a verle.

¿Qué significaba aquello? ¿Qué había sucedido?

En aquel instante, interrumpiose el notario, diciendo:

--Señores, vuelve a levantarse el telón; continuaré mi relato en el

entreacto próximo.

Carlos Broschi · 第 24 / 27 题