Dos días después volvió Judit a abrir su balcón muy de mañana, y vio
también a la puerta el carruaje del Conde.
No cabía duda de que lo enviaba casi todas las noches. ¿Pero con qué
propósito? Esto era lo que ella no podía adivinar... Jamás se hubiese
atrevido a preguntárselo. Por otra parte, no le veía casi nunca, a no
ser por la noche, los días de ópera, en un palco segundo de frente a la
escena, al que estaba abonado durante todo el año. No había vuelto a
entrar en el escenario ni a proponerle acompañarla. ¿Cómo se arreglaría
para verle?... ¿Qué hacer?...
Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de una
postergación.
Sus compañeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por el
contrario, muy alegre, porque aquella circunstancia le proporcionó un
motivo para escribir al Conde, diciéndole que necesitaba pedirle un
favor y rogábale tuviese a bien pasarse por su casa. Esta carta no era
fácil de escribir; en consecuencia, Judit empleó en ella todo un día: la
empezó muchas veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose de
ellos los bolsillos, y es más que probable que dejara caer alguno, que
no faltó quien recogiera, porque por la noche, en el teatro, oyó a
algunos jóvenes autores y abonados de la orquesta bromear y reírse de
una carta que acababan de encontrar y que circulaba de mano en mano.
Veíase obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus comentarios
satíricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyo
autor no conocían, pero que se proponían insertar al día siguiente en un
periódico, como modelo del estilo epistolar de las Sevigné del coro de
baile.
¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner en
ridículo, sino a la idea de que también el Conde se burlaría tal vez al
leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no
haber escrito! De aquí que se sintiese más muerta que viva al día
siguiente cuando entró Arturo en su gabinete.
--Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he
recibido la carta de usted.
Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible.
--¿Qué desea usted de mí?--acabó diciendo el Conde.
--Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero ese
billete... puesto que lo ha leído usted... si es que ha podido
leerle...
--Perfectamente, hija mía--contestó el Conde con una ligera sonrisa.
--¡Ah!--exclamó Judit, desesperada;--esa desgraciada carta le prueba que
soy una pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza de
su ignorancia y que daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómo
he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus
consejos y su apoyo?
--¿Qué quiere usted decir?
--Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho sus
lecciones... trabajaré tanto de día como de noche.
--¿También de noche?
--Más vale emplearla en estudiar que en no dormir.
--¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted?
--¿Por qué?--dijo Judit ruborizándose;--porque hay una idea que me
atormenta constantemente.
--¿Qué idea es esa?
--La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me considera
indigna de usted... Y tiene razón--prosiguió vivamente;--yo me veo tal
como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a
tener por qué sonrojarme a los ojos de usted y a los míos.
El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo:
--La obedeceré, querida niña; haré lo que desea.
Al día siguiente, Judit tenía un maestro de ortografía, de historia y
de geografía. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su
inteligencia, sus facultades naturales, que sólo necesitaban ser
cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble.
Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma.
Constituía su más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de
todas sus penas. No volvió a la sala de baile ni a los ensayos; daba
lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y
sus compañeras decían:
--Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su
carrera... hace muy mal.
Y Judit decíase, mientras redoblaba sus esfuerzos:
--Pronto seré digna de él; pronto verá que me encuentro en estado de
comprenderle, y podrá juzgar de mis adelantos.
¡Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven,
cortada y trémula, no tenía memoria, de nada se acordaba. Cuando él le
dirigía alguna pregunta sobre sus estudios, solía responder
desacertadamente y el Conde murmuraba para sí:
--La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposición. En cambio,
había conseguido con su nueva ciencia comprender cuán torpe y ridícula
debía de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impedía la
efusión de aquella alma tan tierna y tan sencilla.
El Conde sólo iba a verla de tarde en tarde. En ocasiones, pasaba media
hora, por la noche, en su compañía; pero poníase de pie para despedirse,
apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se
limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa:
--¿Cuándo volveré a verle?
--Ya se lo diré mañana, de lejos, en la Opera.
Con este objeto, él solía ir cada dos días a su palco, y cuando le era
posible al día siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit,
apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual
quería decir: Iré a la calle de Provenza.
Cuando esto tenía lugar, Judit permanecía aguardándole todo el día, no
recibía a nadie y hasta alejaba a su tía para consagrarse por completo
al placer de verle.
A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven
había descubierto que algún secreto pesar le atormentaba. ¿Cuál era este
pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, ¡se hubiera sentido
tan dichosa en poder participar de su aflicción! No se atrevía a esperar
tanta dicha, pero en silencio hacía suyas las penas del Conde, aun
ignorándolas, así como su tristeza habitual. Con frecuencia le decía
Arturo:
--¿Qué tiene usted, Judit? ¿Cuáles son sus pesares?
Si ella se hubiera atrevido, habría contestado:
--Los de usted.
Cierto día le asaltó una idea horrible; se dijo con terror:
--¡Ama a otra! Pero, en ese caso, ¿por qué toma una amante en la Opera?
¿Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado
sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, ¿por qué?
Contemplose después en el espejo, ¡y se vio tan joven, tan fresca, tan
linda!... Quedó abismada en sus reflexiones.
De súbito, se abrió bruscamente la puerta del gabinete, y apareció
Arturo, con un aire de turbación que nunca había visto en él.
--Señorita--le dijo con viveza,--tenga usted la bondad de vestirse;
vengo a buscarla para ir a las Tullerías.
--¿Es posible?
--Sí, hace un tiempo magnífico, un sol espléndido; todo París está allí.
--¿Y desea usted acompañarme a ese sitio?--exclamó Judit sorprendida,
porque el Conde jamás había salido con ella, nunca le había dado el
brazo en público.
--Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea--repuso Arturo
paseándose agitado.--Vamos, señora Bonnivet--dijo bruscamente a la tía,
que entraba en aquel momento en el gabinete;--ayude usted a vestir a su
sobrina; póngala lo que tenga más elegante, más nuevo y más rico.
--Gracias al Cielo y al señor Conde, no le faltan trajes lindísimos.
--Bien, bien; despáchese, que tenemos prisa.
--Ya estás oyendo que el señor Conde tiene prisa--dijo la señora
Bonnivet a su sobrina, disponiéndose a desnudarla de la bata.
Judit se ruborizó y le hizo seña de que se encontraba allí Arturo.
--¿Qué importa? ¿Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el señor
Conde?
Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su tía le desabrochó el
corsé.
La pobre chica, avergonzada y fuera de sí, no sabía cómo substraerse a
las miradas de Arturo.
Pero ¡ay! tomábase, por pudor, un cuidado completamente inútil: el Conde
no la miraba; embebido por entero en una idea que parecía excitar su
despecho y su cólera, recorría a grandes pasos el aposento, y acabó por
tropezar con un jarrón de porcelana, que saltó hecho pedazos.
--¡Ah, qué desgracia!--exclamó Judit, dando al olvido, instantáneamente,
el desorden de su traje.
--¡Del Japón!--dijo la tía con acento desesperado.--¡Y que valía lo
menos quinientos francos.
--No tanto--repuso la joven,--pero era realmente japonés.
--Vamos, ¿está usted dispuesta?--dijo Arturo, que ni siquiera había
escuchado la observación de Judit.
--En seguida. Tía, mi chal... los guantes...
--Y la capa--observó el Conde;--la olvida usted, y hará frío.
--No lo creo.
--En efecto--rectificó la tía, tocando la mano de Judit,--está
abrasando. ¿Será que tienes fiebre? Convendría que no salieras.
--No, tía--se apresuró a contestar la joven;--nunca me he sentido mejor.
El cupé aguardaba a la puerta; subieron a él y atravesaron los
bulevares, juntos, en pleno día. Judit no cabía en sí de gozo; hubiera
deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la
calle de la Paz divisó a dos de sus compañeras, a las que saludó con
toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel
día iban a pie.
Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rívoli. Judit
se asió al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la
Primavera. Era día de trabajo; la población rica y ociosa de París
parecía haberse dado cita en aquel paseo, y había enorme concurrencia.
Arturo y su compañera no tardaron en ser objeto de la atención general.
Eran los dos tan bellos, hacíase forzoso admirarlos. Todo el mundo se
volvía al pasar por su lado, y exclamaba:
--¡Qué linda pareja!
--Es el joven conde Arturo de V***.
--¿Se ha casado, por ventura?
Estremeciose Judit al oír esta pregunta, experimentando cierto doloroso
placer, de que no pudo darse cuenta.
--No, por cierto--repuso, en tono despreciativo, una señora anciana que
llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos
lacayos de lujosa librea;--el conde Arturo no se ha casado: monseñor su
tío no lo consentiría.
--¿Quién es, entonces, esa linda joven?... ¿Su hermana, acaso?
--Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, según creo.
Por fortuna, Judit no oyó las últimas palabras; porque en aquel instante
el barón de Blangy, que iba detrás de ella, decía a su hermano:
--Ahí va Judit.
--¿La amante de Arturo?
--Está loco por ella, y en camino de arruinarse...
--No lo extraño; yo haría lo mismo en su lugar. ¡Es guapísima!
--¡Qué aire tan distinguido y qué fisonomía tan seductora!
--¿Y qué me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso?
--¡Cuidado! no te vayas a enamorar de ella...
--Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos más de cerca.
--Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo.
Toda la multitud se expresaba en idéntica forma, y Arturo, a su vez, lo
oía todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban
que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo,
se decían:
--¡Feliz él!
El Conde, entonces, miró detenidamente por primera vez a Judit, como
ella merecía ser mirada, y se asombró de encontrarla tan hermosa. El
paseo, el aire, y, particularmente, la satisfacción de verse tan
celebrada, habían dado mayor brillo a sus mejillas, y a sus ojos una
expresión y un encanto indefinibles. Y, sobre todo esto, tenía diez y
seis años; ¡amaba, y creía que era amada!... ¿Qué otras razones
necesitaba para estar hermosa? No era, pues, extraño que obtuviera un
éxito completo y que la siguiese un inmenso gentío hasta que regresó al
carruaje. Ya en él, al ver que Arturo la contemplaba con ternura, dio al
olvido todos sus triunfos; no volvió a pensar en los elogios que la
multitud le había prodigado, y entró en su casa diciendo:
--¡Qué dichosa soy!
El día siguiente, al levantarse, recibió dos cartas. La primera procedía
del barón de Blangy, que, mucho más rico que Arturo, ofrecíale su amor y
su fortuna. Pero ni aun se le ocurrió la idea de enseñarla a su tía o al
Conde; no creía hacer, quemándola, el sacrificio más insignificante.
La segunda carta contenía una firma que Judit leyó repetidas veces, sin
atreverse a dar crédito a sus ojos. Pero le era imposible la duda; el
billete estaba firmado por el obispo de ***; y concebido en estos
términos:
* * * * *
«Señorita:
»Ayer se presentó usted en público, en las Tullerías, con mi sobrino el
conde Arturo, y ha colmado usted la medida de un escándalo cuyas
consecuencias son incalculables.
»Aunque, debido a la impiedad de los hombres, haya permitido Dios que
todo esté trastornado, aun tenemos medios de castigar la audacia de
usted. Le declaro, pues, que si no pone fin a tal escándalo, tengo
bastante influencia con el ministro de la casa del Rey para conseguir
que sea usted despedida de la Opera. Si, por el contrario, abandona
inmediatamente a mi sobrino, como quiera que el fin santifica los
medios, le ofrezco dos mil luises y la absolución de sus faltas, etc.,
etc.»
* * * * *
En un principio, Judit quedó anonadada por la lectura de esta carta.
Pero luego, cobrando ánimo, consultó a su corazón, apeló a todas las
energías, y contestó lo siguiente:
* * * * *
«Monseñor:
»Me trata usted con mucha crueldad; y, no obstante, podría asegurar ante
Dios que nada tengo de qué acusarme. Así es, se lo juro; pero no me
atribuiré un mérito que no es mío, y que sólo pertenece a quien me ha
respetado.
»Sí, monseñor; el sobrino de usted es inocente de las faltas de que le
acusa, y si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen de
que me acuso, pero del cual él no es cómplice.
»He aquí la resolución que acabo de tomar.
»Le diré lo que por mí no me hubiera atrevido a decirle; lo haré por
monseñor, y el Cielo me dará fuerzas... Le diré:--Arturo, ¿me ama
usted?--Y si, como creo, como temo, me contesta:--No, Judit,--obedeceré
a usted; me alejaré de él, no volveré a verle jamás; y entonces, así lo
espero, me estimará usted lo bastante para no ofrecerme nada y no añadir
la humillación al sufrimiento. Lo segundo... bastará para ocasionar mi
muerte.
»Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida,
hicieran que él me contestase:--¡Sí, amo a usted!...--¡Ah! está mal lo
que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y
maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me
impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la
cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí?
¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte si había sido amada?
»Perdone, monseñor, si esta carta le ha podido ofender... es de una
pobre muchacha que no conoce el mundo ni los deberes que éste impone;
pero que tal vez encontrará ante usted alguna gracia en la escasez de su
inteligencia, en la franqueza de su corazón, y, particularmente, en el
profundo respeto con que tiene el honor, etc.»
* * * * *
Cuando terminó de escribir esta carta, cerrola Judit, y la envió a su
destino sin hablar a nadie; decidida desde aquel momento a conocer su
suerte, aguardó con impaciencia la próxima visita del Conde.
Aquella noche había función en la Opera y fue al teatro con la esperanza
de verle en su palco y de que le hiciera la seña convenida. Arturo fue
tarde y parecía estar triste y preocupado. No miró hacia el escenario ni
hizo seña alguna a Judit. La pobre niña, presa de la desesperación, tuvo
que resignarse a esperar dos días más. Era lunes, y al miércoles
siguiente fue más afortunada. El Conde le hizo la seña que tenían
convenida para anunciarle su visita, y Judit pensó:
--Mañana le veré, y mañana sabré lo que para mí guarda el destino.
Pero al día siguiente, muy temprano, presentose en su casa el lacayo del
Conde, anunciando que su amo no podía disponer de un solo minuto en todo
el día, y que sólo iría por la noche, ya tarde, a cenar con la señorita
Judit.
Cenar a solas con ella era un acontecimiento extraordinario en quien
siempre la dejaba antes de media noche. ¿Qué quería decir aquello? La
tía creía encontrarlo muy claro; pero Judit se negaba a comprenderlo.
Cuando dieron las once de la noche, encontrábase ya dispuesta la cena
más exquisita y delicada, preparada por los cuidados de la señora
Bonnivet. En cuanto a Judit, nada escuchaba ni veía; limitábase a
esperar.
¡Esperar! ¡Todas las facultades de su alma se concentraban o resumían en
esta idea!...
Pero dieron las once y media, luego las doce, y Arturo no parecía.
Por último, transcurrió toda la noche sin que él llegara; pero ella
seguía esperando.
Tampoco se presentó el Conde al otro día... ni en los siguientes.
Judit no recibió ninguna carta; no volvió a verle.
¿Qué significaba aquello? ¿Qué había sucedido?
En aquel instante, interrumpiose el notario, diciendo:
--Señores, vuelve a levantarse el telón; continuaré mi relato en el
entreacto próximo.