El miércoles siguiente, era día de función en la Opera, y nos
encontrábamos todos en la orquesta, exactos a la cita, y el notario no
llegaba. Poníase en escena _Roberto_, y esta obra me recordaba mi
primera entrevista con Arturo. Me expliqué entonces su tristeza, su
preocupación, y pensé en que el mismo Meyerbeer no podría menos de
concederle su perdón por no haber escuchado el sublime trío de
_Roberto_.
Pero, ¿se encontraba, acaso, en aquel momento, mejor dispuesto a
apreciar la bella música? ¿Era más dichoso? ¿Había recuperado al fin a
su Judit, o la había perdido?
Todavía ignorábamos los obstáculos que los separaban, y nuestra
impaciencia por conocer el desenlace de la historia se aumentaba con la
ausencia del narrador. Al fin, llegó éste, después del segundo acto, y
jamás ningún actor querido del público obtuvo un recibimiento más
entusiasta que el que hicimos al notario.
--¡Ya está aquí!
--¡Gracias a Dios!
--¡Vamos, querido, ya era tiempo de que llegase!
--¡Qué tarde viene usted!
--He sido invitado a una comida y he tenido que asistir a un contrato...
Digo asistir, porque ya no ejerzo; he vendido mi notaría y, gracias a
Dios, no debo nada a nadie.
--Excepto a nosotros.
--Nos debe usted un desenlace.
--El de la historia de Judit...
--Le hemos reservado su puesto... Vaya, siéntese.
Nos estrechamos cuanto fue posible, y el notario terminó su relato en
esta forma:
--Judit había dicho: _¡Esperar!_... y durante algunos días Arturo tuvo
paciencia, confiando en recibir alguna carta, algún aviso...--Volveré a
verla, pensaba; ella vendrá, me lo ha ofrecido...--Pero pasaban los
días, las semanas, y Judit no iba. Seis meses transcurrieron de este
modo, luego un año, después hasta dos. El pobre Arturo me inspiraba
lástima, y más de una vez temí que enloqueciera. La escena del baile de
máscaras le había impresionado profundamente... Había momentos en que,
al acordarse de aquella Judit que había vuelto a encontrar sin verla,
que se le había aparecido sin descubrirle sus facciones, se creía
víctima de una alucinación. Su imaginación, debilitada por el
sufrimiento, hacíale creer que había sido un sueño, una quimera; llegó a
dudar de lo que había visto y oído. Enfermó gravemente, y en el delirio
de la fiebre se imaginaba ver a Judit apareciéndosele por última vez y
dirigiéndole su última despedida; en vano, trataría de repetir a ustedes
las tiernas y conmovedoras frases que con tal motivo le dirigió... Judit
era su único pensamiento, su idea fija... En esto consistía el mal que
le mataba.
Los cuidados que le prodigamos le volvieron a la vida; pero se tornó
sombrío y melancólico. No quería ver a nadie, exceptuándome a mí. Se
había negado siempre a disponer de la suma de Judit, que tenía en mi
poder; y su fortuna, como ya les he dicho, sólo consistía en seis mil
libras de renta. Empleó cuatro mil en abonarse por todo el año a un
palco segundo de la Opera... aquel palco segundo de frente a la escena,
donde había encontrado a Judit la noche del baile de máscaras. Asistía a
él todos los días, mientras confió en que la volvería a ver... pero
cuando perdió esta esperanza, ya no tuvo valor ni energías para seguir
ocupándolo. Se veía allí solo, _siempre solo_ (su constante divisa), y
esta idea le hacía padecer mucho. Solamente de vez en cuando, venía a la
orquesta, dirigía una mirada dolorosa hacia el palco de Judit y se
ausentaba luego murmurando:
--No está.
Esta era su vida; y a excepción de algunas cortas temporadas en que se
dedicaba a viajar, siempre con la esperanza de saber algo de Judit, o
de obtener algún indicio respecto a su suerte, estaba constantemente en
París. Todas las noches, como inconscientemente, sin que en ello
interviniese su voluntad, se encaminaba a la Opera. Y para verle más a
menudo, fue por lo que me aboné a esta localidad. Ultimamente ya no
venía sino de tarde en tarde. Pero la semana pasada estuvo un día.
Encontrábase sentado al otro lado de la orquesta. Desanimado ya por
completo, sin conservar esperanza alguna, volvía la espalda al salón, y,
por completo abismado en sus reflexiones, nada veía ni escuchaba. No
obstante, algunas ruidosas exclamaciones le sacaron de su éxtasis.
Acababa de entrar en un palco una señora joven, cuya notable hermosura y
espléndida _toilette_ excitaron vivamente la admiración de todo el
público. Toda la artillería de los gemelos se dirigió hacia aquella
parte del teatro.
De todos lados salían estas palabras:
--¡Qué bella es!
--¡Qué frescura!
--¡Qué aire tan gracioso y tan distinguido!
--¿Qué edad calcula usted que debe de tener?
--De veinte a veintidós años.
--¡Ca! Apenas tiene diez y ocho.
--¿La conoce usted?
--No, señor; es la primera vez que viene a la Opera... Soy antiguo
abonado y no la he visto hasta hoy.
Los espectadores inmediatos tampoco la conocían. Pero no lejos de ellos,
un extranjero, de aspecto distinguido, se inclinó respetuosamente
saludando a la hermosa dama. En seguida todos apresuráronse a
preguntarle su nombre.
--Es lady Inggerton, la esposa de un opulento par de Inglaterra.
--¡Tan hermosa y tan rica!...
--Pues se asegura que no tenía nada... que era una pobre muchacha que,
en un momento de desesperación amorosa, intentó suicidarse, arrojándose
al agua, y que fue recogida por el anciano Duque...
--Eso es una verdadera novela.
--No todas tienen tan feliz desenlace, porque el Duque, que se había
interesado por la joven y no podía pasar sin ella, decidió, según dicen,
hacerla su esposa para dejarle su fortuna... como, en efecto, ha
sucedido.
--¡Diablo! Pues siendo viuda... es un partido soberbio.
--Ha transcurrido ya el tiempo del luto, y tanto en Inglaterra como en
Francia no faltará quien le haga la corte.
--¡Ya lo creo!--repuso el joven que había interrogado, arreglándose con
una mano la corbata y dirigiendo con la otra el lente a lady
Inggerton.--¡Eh! me parece, caballero, que mira hacia este lado.
--Se equivoca usted--contestó el extranjero.
--No, por cierto... estoy seguro... me refiero a este joven...
Y, al pronunciar esto, señalaba a Arturo, que nada había oído, y a
quien fue preciso explicar lo que sucedía.
El Conde levantó los ojos, y en el palco segundo de frente a la
escena... en aquel palco, que era el suyo en otro tiempo, vio... ¡Ah! no
se muere de placer ni de sorpresa, puesto que Arturo vive todavía...
puesto que tuvo fuerzas y conservó bastante razón para exclamar:
--¡Es ella! ¡Es Judit!...
Pero al mismo tiempo permaneció inmóvil... sin atreverse a respirar...
pues temía despertar de un sueño.
--Caballero--le dijo su vecino,--¿la conoce usted, por ventura?
Arturo no respondió, porque en aquel instante la mirada de Judit se
había cruzado con la suya... Había visto fulgurar en los ojos de la
joven un relámpago de indescriptible satisfacción. ¡Es imposible
explicar lo que pasó por él, ni por qué no enloqueció al ver que Judit,
levantando una de sus blancas y exquisitas manos, le hacía la seña con
que él en otro tiempo le anunciaba sus visitas!
¡Ah! ¡le pareció que iba a volverse loco! Dejó caer la cabeza y
permaneció algunos instantes con ella apoyada entre las manos, como para
persuadirse a sí mismo de que no era una ilusión, de que Judit vivía
aún, y de que ella era la que acababa de ver. Cuando logró convencerse,
volvió a levantar la vista hacia el palco... ¡la celestial visión había
desaparecido!... ¡Judit ya no estaba allí... se había ausentado!...
Un frío mortal heló la sangre en sus venas... una mano de hierro le
oprimió el corazón... Luego, acordándose de lo que acababa de ver... y
de oír... porque ella le había hablado... sí, le había hablado por
señas, abandonó su asiento de la orquesta y se lanzó a la calle,
murmurando:
--Si esta vez también me engaño... si es una nueva alucinación... o me
volveré loco... o me mato.
Y, decidido a morir, se encaminó directamente a la calle de Provenza.
Llamó a la puerta, que se abrió en seguida... y, preguntó temblando:
--¿La señorita Judit?...
--Está en casa--dijo tranquilamente el portero.
Arturo lanzó un grito y se apoyó en la barandilla de la escalera para no
caer.
Subió al piso principal, atravesó todas las habitaciones y abrió la
puerta del gabinete, el cual estaba amueblado como en otro tiempo;
exactamente igual que hacía seis años.
Hasta la cena que había encargado antes de su repentina marcha, apareció
dispuesta ante sus ojos. Vio que en la mesa había dos cubiertos.
Y Judit, reclinada en un diván, le dijo al verle entrar:
--Viene usted muy tarde, amigo mío.
Y le tendió una mano. Arturo se arrodilló ante ella.
Al llegar aquí, se interrumpió el notario.
--¿Y qué?--exclamaron todos;--concluya.
El notario contestó, sonriéndose:
--Arturo no me ha contado más... Por otra parte, va a dar principio el
tercer acto de _Roberto_...
--¿Qué importa? termine.
--¿Qué más he de decir a ustedes? Vengo de comer con ellos y de firmar
el contrato.
--Así, pues, ¿se casan?
--Judit lo ha querido.
--Como última sorpresa, sin duda.
--¡Tal vez le tenga reservada alguna otra!
--¿Cuál?--preguntó vivamente el profesor en Derecho.
--Lo ignoro--respondió el notario con una sonrisa;--pero se asegura que
el anciano Duque, su difunto esposo, no la llamaba nunca más que: _mi
hija_.
En aquel instante se abrió el consabido palco segundo, y apareció Judit,
envuelta en su manto de armiño y apoyada en el brazo de su amante, que
ya era su esposo.
Una misma exclamación salió simultáneamente de las butacas de la
orquesta:
--¡Qué hermosa es ella! ¡Qué dichoso es él!