Apenas terminó el primer acto de _Los Hugonotes_, el notario empezó
diciendo:
--Tienen que vestirse la reina y todas sus damas de honor; hay que
construir también el castillo y los jardines de Chenonceaux, y, de
consiguiente, el entreacto será bastante largo para que yo pueda
referirles la historia que desean conocer.
Y cuando hubo saboreado lentamente un polvo de rapé, como para tomarse
tiempo de reunir sus recuerdos, el señor Baraton prosiguió en esta
forma:
--¿Quién de ustedes ha conocido aquí a la pequeña Judit?
Miráronse, y ni los abonados más antiguos de la orquesta pudieron
responder.
--La pequeña Judit--agregó el notario,--una jovencita que hace siete u
ocho años fue admitida como figuranta en el cuerpo de baile.
--Aguarde usted...--dijo el profesor de Derecho con un tono algo
pedante.--¿Una rubita que en _La Muda_ hacía el papel de uno de los
pajes del virrey?
--No, era morena--repuso el notario;--en cuanto al empleo que la
atribuye, no tengo datos para asegurarlo, y prefiero atenerme a la
inmensa erudición de usted.
El profesor de Derecho hizo una cortesía.
--Lo que nadie podría negar es que la pequeña Judit era encantadora.
Otro punto que también parece comprobado, es que la señora Bonnivet, su
tía, era portera en la calle de Richelieu, de la casa de un solterón,
del cual había sido en otra época ama de gobierno, o según decían
algunos, cocinera; pero la señora Bonnivet no convenía en esto. Por lo
demás, ella tiraba del cordón y hacía recados, mientras su sobrina hacía
conquistas; porque no se podía, en modo alguno, pasar frente a la
habitación de la portera sin admirar a la pequeña Judit, que entonces
tendría apenas doce años. Sus ojos eran ya los más bellos del mundo, sus
dientes parecían perlas, tenía un talle delicioso, y con su vestido de
indiana ofrecía el aire más distinguido que imaginar se puede. Además,
tenía una fisonomía de expresión inocente, cándida, y, en su misma
inocencia, expresiva y coqueta; una de esas fisonomías, en fin, a
propósito para hacer enloquecer a cualquiera y cambiar, como suele
decirse, la faz de los imperios.
Tantos y tan frecuentes parabienes recibía la señora Bonnivet por la
belleza de su sobrina, que se decidió a hacer algunos sacrificios, con
objeto de educarla: la hizo entrar en una escuela gratuita, donde
aprendió a leer y escribir; brillante progreso cuyas ventajas no tardó
en apreciar la señora Bonnivet, que en sus funciones de portera
difícilmente descifraba los sobres de las cartas y equivocaba
constantemente los periódicos que debía entregar a los inquilinos.
Así, pues, todo el mundo se alegró cuando Judit se encargó de este
cuidado; y su tía, convencida de que con una figura y una educación tan
distinguida debía hacer fortuna sin mucho trabajo, no esperaba más que
una ocasión para ello, la cual no tardó en presentarse. El señor
Rosambeau, maestro de baile, que vivía en el quinto piso, ofreciose a
dar algunas lecciones a la pequeña Judit, y pocos días después la señora
Bonnivet participaba a todas las porteras de su conocimiento, que su
sobrina acababa de ser admitida en los coros de la Opera; esta noticia
difundiose rápidamente de puerta en puerta por toda la calle de
Richelieu.
Ya tenemos, pues, a Judit instalada en la Opera, tomando lecciones por
la mañana y presentándose por la noche confundida entre los grupos de
jóvenes, de ninfas o de pajes, como hace un instante decía nuestro amigo
el profesor.
Judit era la inocencia personificada, aunque entonces había cumplido ya
catorce años; habíase criado en una casa honrada, cuyos inquilinos eran
todos casados; su tía, que era de un rigorismo exagerado, no la perdía
de vista casi nunca; la llevaba al teatro por la mañana, la acompañaba
al salir por la noche, y hasta tenía la paciencia de permanecer en el
saloncillo del baile, haciendo calceta, mientras su sobrina estudiaba y
aprendía los bailables.
Tal vez deseen saber ustedes lo que sucedía, entretanto, en la casa de
la calle de Richelieu, pero no puedo decírselo. No faltaba quien
asegurase que una amiga de la señora Bonnivet se había encargado de
substituirla interinamente, hasta el día en que la pequeña Judit hiciera
_suerte_.
Porque ustedes saben, tan bien como yo, que las jóvenes sólo suelen
entrar en la Opera para hacer suerte y alcanzar una posición brillante;
realizado esto, y cuando llegan a ser ricas, se retiran, se hacen
juiciosas y casan a su hija con un agente de Bolsa.
--O con un notario--rectificó el profesor.
--Es cierto--repuso el señor Baraton, haciendo una mueca;--se han dado
casos... Pero comprenderán ustedes que ni la señora Bonnivet ni su
sobrina pensaban entonces en tales grandezas. Es preciso avanzar en todo
de una manera progresiva, y paso a paso.
--¿Y Judit?--pregunté yo, porque veía transcurrir el entreacto.
--De ella me ocupo. La señora Bonnivet, a despecho de su previsora
vigilancia, no podía impedir que su sobrina hablase con sus jóvenes
compañeras. Por la mañana en el saloncillo del baile, y particularmente
por la noche, cuando salían a la escena... formidable límite que la tía
no podía franquear y en el que se detenía su vigilante inspección...
Judit oía entonces cosas singulares. Una de las ninfas o de las
sílfides que con ella bailaba decíala en voz baja:
--Oye, querida: fíjate en la orquesta, a la derecha; ¡observa cómo me
mira!
--¿Quién?
--Ese guapo joven que viste chaleco de cachemir.
--¿Y qué significa eso?
--Que está enamorado de mí.
--¡Enamorado!--exclamaba Judit.
--Está claro; ¿de qué te asombras? ¿Acaso tú no tienes algún amorcillo?
--¡Dios mío! yo no.
--¡Tiene gracia! Oigan ustedes, chicas, Judit no tiene ningún
pretendiente.
--¡Ya lo creo! como que su tía se opone a ello.
--¡Me gusta! ¡Pues si yo tuviera una tía como esa!...
--Querida, haces mal en censurar a una mujer que tiene miras formales y
útiles, como a nosotras nos hubiera convenido, y que, para apartar a su
sobrina del peligro de las pasiones, le busca un protector.
--¡Ella! ¡Un protector!... Es demasiado tonta para eso, y no lo
encontrará nunca.
Estas conversaciones efectuábanse durante los coros de la _Vestal_.
Judit no había perdido una palabra; pero no se atrevía a pedir a nadie
la explicación de lo que era todavía un enigma para ella. No obstante,
sentíase humillada, inconscientemente, por el concepto en que la
tenían; hubiera querido vengarse, abatir a sus buenas amigas,
humillarlas a su vez. En consecuencia, cuando, en cierta ocasión, al
retirarse por la noche, la señora Bonnivet tomó un aire grave y solemne
para anunciar a su sobrina que se le había presentado un protector muy
distinguido, su primer movimiento fue de júbilo... y su tía, que no
esperaba tal cosa, pareció encantada de ello y continuó muy satisfecha:
--Sí, mi querida sobrina; una persona muy recomendable por todos
conceptos, una persona que asegurará tu fortuna y la suerte de tu tía,
cosa muy justa después de los sacrificios que le ha ocasionado tu
educación y los cuidados que ha tenido para ti.
Mientras hablaba de este modo, la tía se enjugó algunas lágrimas; Judit,
conmovida por aquel enternecimiento, se atrevió entonces a preguntar
solamente quién era aquel protector y por qué había merecido ella una
distinción tan elevada.
--Ya lo sabrás, hija mía, ya lo sabrás... Por el momento, todas tus
compañeras se van a morir de envidia.
Esto era lo único que anhelaba Judit; y, efectivamente, produjo honda
impresión esta noticia al día siguiente en el saloncillo del baile.
--¿Pero es de veras?
--Te lo aseguro.
--Parece imposible...
--¡Esa remilgada! ¡Qué suerte tiene!...
--¡Una figuranta, una corista!
--En tanto que yo... ¡una primera parte!
--¡Es irritante!
--Pero es natural--decían otras;--hay que confesar que es muy guapa...
--¡Y muy honrada!... ¡Bien lo merece!...
En resumen, nunca una boda de príncipes, ni aun de reyes, dio lugar a
tantas conjeturas; pero aquella misma noche quedaron resueltas todas las
dudas al aparecer en el teatro la señora Bonnivet con un chal magnífico.
--¿Quién era aquel protector desconocido? Seguramente se trataría de
algún banquero entrado en años o algún respetable gran señor. Esto fue
lo primero que preguntaron a Judit, con el propósito de hacerla hablar;
pero todo fue en vano: Judit observó una discreción impenetrable, por la
sencilla razón de que ella misma lo ignoraba.
Tres o cuatro días después abandonó con su tía el pequeño cuarto de la
portería para ir a habitar un piso delicioso de la calle de Provenza,
donde tenía una alcoba del gusto más moderno y un gabinete exquisito,
tan elegante y tan bien decorado y alfombrado, que la tía no se atrevía
a entrar en él, y pasaba el tiempo en el comedor o en la cocina... allí
se encontraba ella más a su gusto.
Pero transcurrieron algunos días sin que Judit viera presentarse a
nadie, lo cual le parecía muy extraño, porque la joven carecía de
instrucción, pero no de talento. Su candor y su sencillez reconocían por
causa la ignorancia, no la inocencia; y rememorando lo que había podido
comprender, y adivinando una parte de lo que no comprendía, empezó a
inquietarse, a estremecerse. Hubiera dado cualquier cosa por tener una
amiga a quien pedirle consejo... Pero ella sola, ¿qué protección podría
buscar contra un protector que no conocía y que ya le inspiraba miedo?
Cierto es que, cuantas ideas ella se forjaba de antemano, estaban
relacionadas con las de la fealdad y la vejez, a fuerza de oír decir a
sus compañeras que su protector no podía ser más que un viejo gotoso,
extravagante y contrahecho. Júzguese, pues, de su sorpresa, cuando al
quinto día vio entrar a su tía corriendo y desatalentada, la cual,
precediendo a un caballero, abrió la puerta del tocador, diciendo:
--¡Aquí está!
Judit intentó levantarse por cortesía, pero sus piernas flaquearon; y
conociendo que iba a desmayarse, se dejó caer sobre el sofá en que
estaba sentada.
Cuando, al cabo de un rato, se atrevió a levantar los ojos, vio de pie,
frente a ella, a un joven guapo, de unos veinticuatro años próximamente,
y de porte noble y distinguido, que la contemplaba con una expresión tan
dulce y cariñosa, que fue suficiente para disipar su miedo; imaginose
que quien la miraba así debía defenderla, y que nada tenía que temer,
por lo tanto.
--Señorita...--le dijo el desconocido en tono grave, pero respetuoso.
Y al ver que la tía aún permanecía allí, le hizo seña de que saliera.
Esta obedeció acto continuo, porque precisamente tenía que dar órdenes
para la comida.
--Señorita--continuó el joven,--está usted en su casa, y mi deseo es que
se encuentre bien en ella y sea dichosa. Perdóneme si tengo pocas veces
el honor de ofrecerle mis respetos; mis muchas ocupaciones me privarán
de este placer. Por lo cual no reclamo más que un título... el de ser
amigo de usted. Y un solo derecho... el de satisfacer sus menores
caprichos.
Judit no contestó; pero su corazón latía con tal violencia, que hacía
mover el ligero percal de su bata.
--Respecto a su tía...--y pronunció esta palabra en tono
despreciativo,--estará, en adelante, a las órdenes de usted, porque
usted es aquí el ama, y todos la han de obedecer... empezando por mí.
Luego se acercó a ella, le tomó una mano, que llevó a sus labios, y
viendo que aun estaba temblorosa, dijo:
--¿Le da miedo, acaso, mi presencia? Tranquilícese, sólo volveré cuando
me necesite... cuando me llame... Adiós, Judit... adiós, hija mía.
Y salió acto seguido, dejando a la pobre joven confusa y presa de una
emoción que ella no conocía y que en vano hubiera intentado explicarse.
Durante todo aquel día, tuvo Judit en la imaginación la figura del
hermoso desconocido, con sus grandes y expresivos ojos negros, pues
aunque, aparentemente, no le había mirado, no por eso dejó de examinar
su apostura, sus maneras y hasta su traje. Creía estar oyendo aún
aquella voz tan dulce, cuyas palabras habíanse grabado en su memoria. La
pobre Judit que, hasta entonces, había dormido perfectamente, aquella
noche no pudo conciliar el sueño. ¡Era la primera vez! A la mañana
siguiente, levantose con el rostro pálido, los ojos hinchados...
La tía, entretanto, no dejaba de sonreír.
Era imposible hablar del desconocido sin que el lindo rostro de Judit se
cubriese de súbito rubor...
Y la tía continuaba sonriendo.
Pero él no parecía, no iba... y Judit no podía decirle que fuese... En
efecto, ¿qué podía pedirle?... Casa elegante, mesa bien servida, criados
y un coche a su disposición... Nada le faltaba... ¡nada más que él!
Por otra parte, sus compañeras de teatro, al verla en posición tan
brillante, rodeada de tanto lujo, vestida de ricas galas, no cesaban de
interrogarla... Y sus preguntas enseñaban a Judit más de lo que ella
quería saber... De aquí que, sin que acertara a explicarse el motivo,
obstinárase en guardar el más profundo silencio con su tía y sus
compañeras respecto a lo que había sucedido entre ella y él. Juzgando
por lo que oía en torno suyo, parecíale que en la conducta del
desconocido había algo extraordinario... algo de humillante para ella, y
que por su propia dignidad no debía decir. Hubiera muerto antes que
hablar o quejarse...
Al octavo día, que era de gran representación, distinguió en el palco
del Rey a su desconocido, que la estaba contemplando. Lanzó un grito de
alegría y de sorpresa, que hizo perder el compás a un bailarín que, en
aquel instante, comenzaba una pirueta.
--¿Qué es eso?--le preguntó Natalia, una de sus compañeras, que la
ayudaba a sostener una guirnalda de flores.
--¡Es él; está allí!...
--¡Cómo! ¡el conde Arturo de V***, uno de los caballeros de la corte de
Carlos X, y que además es un buen mozo! Vaya, no puedes quejarte...
Pero, ¿qué tienes? ¿Te vas a poner mala por un hombre a quien ves todos
los días?
Judit no oía estas palabras; era demasiado feliz. Arturo acababa de
inclinarse hacia ella y le dirigía un saludo, con grande escándalo del
dorado palco en que se encontraba. Al terminar el baile, cuando se
disponía a subir a su cuarto, tropezó entre bastidores con Arturo, el
cual, en presencia del gentilhombre que entonces presidía las funciones
de la Opera, le dijo:
--¿Me permite usted, señorita, que la acompañe a su casa?
--Será un honor para mí--balbuceó la joven temblando, sin notar que su
respuesta excitaba la hilaridad de sus compañeras.
--En ese caso, apresúrese; aquí la aguardo.
Aseguro a ustedes que Judit no tardó mucho en desnudarse; en la
precipitación rompió su vestido de gasa y su pantalón de seda, y la
señora Bonnivet, que, como todas las madres y tías de teatro, servíala
de doncella, apenas si pudo seguirla por la escalera, llevando el abrigo
que su sobrina había olvidado. Arturo aguardaba en el escenario,
hablando con varios jóvenes y con Lubert, el director, a quien, en aquel
instante, estaba recomendando a Judit. Cuando ésta apareció, avanzó él a
su encuentro, a la vista de todos, y juntos bajaron por la escalera
particular de los artistas. Un elegante carruaje los esperaba a la
puerta; y sería inútil tratar de describir a ustedes la turbación y el
arrobamiento de la pobre Judit al verse sentada junto a él, en aquel
reducido espacio, que hacía la entrevista más íntima y más dulce. El,
temiendo que la joven se constipase, levantó los cristales; luego tomó
el chal de cachemir que ella tenía en la mano, y se lo echó sobre los
hombros. ¡Ah! ¡qué hermosa estaba Judit, qué seductora, embellecida por
la felicidad! Pero esta felicidad fue de corta duración. ¡Hay tan poca
distancia desde la calle de la Grange-Bateliere a la de Provenza, y
además aquellos magníficos caballos marchaban con tanta rapidez!... El
carruaje se detuvo por último; apeose Arturo, ofreció la mano a su
compañera, subió con ella hasta el primer piso, llamó a la puerta de su
habitación, la saludó respetuosamente y desapareció en seguida.
Judit pasó también aquella vez una mala noche. ¡Le parecía tan extraña
la conducta del Conde! Porque, en resumen, bien pudo haber entrado,
sentarse y hacerle una visita. Verdad que ella no estaba muy al
corriente de las conveniencias sociales; pero se imaginaba que esto
hubiera sido mejor que despedirse de una manera tan brusca.
Trató de dormir inútilmente; levantose, se paseó por el aposento, y al
despuntar el día, deseando refrescarse durante un momento con el aire de
la mañana, abrió el balcón... Cuál no sería su sorpresa al ver a la
puerta el carruaje del Conde, que, por lo visto, había pasado allí toda
la noche... Los caballos piafaban en las piedras, aguijoneados por la
impaciencia y el frío, mientras que el cochero dormía en el pescante...
--Ustedes dispensarán, señores--dijo el notario interrumpiendo su
narración;--pero el acto va a empezar y no quiero perder un solo pasaje
de la ópera, pues para eso me he abonado...
Continuaré en el otro entreacto.