EL REY DE OROS

Sin preocuparse para nada de las parejas, ni de la magnificencia del

salón en que se efectuaba el baile, las dos hablaban cerca de la

chimenea. ¡Hablar en vez de bailar, a los quince o diez y seis años!...

Forzosamente, la conversación tenía que ser interesantísima, y esta sola

idea avivaba en mí el deseo de escucharla. Mal hecho; pero, ¿a quién se

ha de permitir ser curioso, si no se le permite a un autor dramático? La

curiosidad, que en los demás es un defecto, en él constituye un deber.

Debe escuchar, aunque sólo sea por oficio. Por otra parte, ¡aquellas dos

jóvenes eran tan lindas, tan elegantes!... En su porte y en sus miradas

había tanta gracia y tanta ingenuidad; estaban tan risueñas, y se

cuidaban tan poco del porvenir, que hacíase imposible no pensar en el de

ellas. Una de las dos, rubia, hablaba con vehemencia y en voz baja; la

otra, de hermosos cabellos negros, escuchaba con los ojos bajos y

deshojando el ramillete de níveas camelias que tenía en la mano.

Indudablemente le preguntaban y no quería responder. Transcurrido un

instante, dirigió a su compañera sus ojos azules con una expresión

angelical, de los que exhalábase una mirada que decía, sin duda alguna:

--Te juro que no te comprendo.

La contestación fue una carcajada, que traduje de esta manera:

--¿Sí? pues no te creo.

Tenía la seguridad, por mi parte, de que me estaba enterando de la

conversación; pero así y todo, hubiera querido, por muchas razones,

escucharla desde más cerca. La dueña de la casa me facilitó un medio,

ofreciéndome un asiento para jugar al whist. No soy muy fuerte en el

whist; lo juego bastante mal, y pierdo casi siempre, siendo causa esto

último de que cada día le tenga más afición. Es una pasión desgraciada,

o, lo que es lo mismo, es una de las pasiones que duran. Esta vez, sin

embargo, tuve suerte; habían colocado la mesa del whist próxima a la

chimenea, e hizo la fortuna que mi butaca estuviese a espaldas de las de

mis lindas habladoras, que no fijaron su atención en nosotros. Para

ellas, y a sus años, un baile se compone de muchachas, aderezos,

adornos, polquistas y galanes: los jugadores de whist no son tenidos en

cuenta... no existen; son cuatro asientos vacíos en un salón.

--Pero, chica, ¿no has pensado nunca en ello?

--Jamás.

--¿Ni aun en sueños?

--¿En sueños? no tengo tiempo: duermo perfectamente.

--¿Y no te ha indicado nada tu madre?

--Nada.

--Pues yo he dado ya calabazas a dos.

--¿Por qué motivos?

--Porque no eran millonarios. Quiero tener un marido rico. ¿Y tú?

--Yo desearía que el mío fuese joven y tuviera talento.

--¡Bah! Todo el mundo tiene talento. En cuanto a mí, me gustaría que

fuese ministro... para que me llevara a palacio.

--¿Y con eso te contentas?

--Ya lo creo. Cada día estrenaría un nuevo traje, a cual más precioso.

--Así, pues, ¿te preocuparás de trajes después de casada?

--Siempre.

--¿Y de tu esposo?

--Señor--exclamó de pronto mi compañero,--¿no tiene usted bastos?

--¡Vaya si tengo!

--¿Por qué, pues, no los ha echado usted?

--Dispénseme, estaba escuchando... mejor dicho, combinando... y contaba

las cartas ya jugadas.

Este incidente fue causa de que perdiera algunos párrafos de la

conversación que tenía lugar a mis espaldas, y que no había concluido

todavía.

--¡Amarle!... ¿por qué no?... si es posible... si una se enamora...

--¡Oh! eso es lo primero.

--¿Lo crees así?

--Por eso deseo que tengamos casi la misma edad, casi los mismos gustos,

casi iguales defectos... Esto le hará indulgente con los míos, y,

respecto a los suyos, todos se los perdono desde ahora con tal de que me

quiera mucho y de que no ame a nadie más que a mí.

--Mi tía dice que eso no es posible.

--¿Por qué no lo ha de ser? ¡Le amaré yo tanto!

--¿Pero estás loca?

--Es mi deber... y me parece que será un deber muy dulce.

--¿Y si él deja de amarte?

--No importa: seguiré amándole yo. Es mi deber.

--¿Y si te engaña?

--¡Ah! me moriré. Pero, a pesar de todo, no dejaré de amarle.

--Hemos perdido tres bazas--gritó mi compañero.--Estoy fallo a copas; lo

indico claramente, y ni una sola vez lo ha tenido usted en cuenta.

--¿Y qué importa?

--¡Ahí es nada!... Yo tenía una porción de triunfillos que usted ha

inutilizado jugando otros mayores.

--No hemos perdido gran cosa.

--Hemos perdido diez tantos, que han ganado estos señores.

--Dispénseme usted si pierde por mi culpa: soy un mal aficionado.

Al pronunciar estas palabras, me decía a mi mismo que él me había hecho

perder mucho más, impidiéndome oír el resto de la conversación, porque

las dos jóvenes acababan de levantar el campo. Seguí con la mirada a una

de ellas, que ya me tenía cautivado. Sentía grandes, deseos de saber su

nombre, y no me atrevía a preguntarlo.

--Cecilia--dijo una señora de edad madura, mirada altiva y de formas

enjutas y angulosas;--Cecilia, ponte el abrigo, y vámonos.

--En seguida, mamá. Pero acabo de comprometerme para una contradanza, y

voy antes a disculparme.

--De ninguna manera--exclamó la dueña de la casa.--La señora D'Ortlies

nos concederá un cuarto de hora...

Y, como en aquel momento se diese cuenta de mi presencia, me dijo

estrechándome la mano:

--La Vizcondesa deseaba conocer a usted y me había pedido que se la

presentase.

Nada hay para mí tan empalagoso como una presentación; pero comprendía

que ésta daba a Cecilia tiempo para bailar su contradanza, y me

regocijó la idea de empezar mis relaciones con ella por un sacrificio.

Lo era y no flojo. Mujer de antiguo abolengo, la señora vizcondesa

D'Ortlies valía por sus pretensiones tanto, cuando menos, como por su

ilustre prosapia. Escribía libros que encontraban más admiradores que

lectores. Era moneda tan corriente entre éstos que sus obras debían

estar impregnadas de religión, monarquismo y sublimidad, que cada cual,

sin conocerlas, las aplaudía de antemano, con admirable aplomo desde que

el editor anunciaba que estaban en prensa.

El que ha tenido más éxito de sus libros, y, según dicen, ha contribuido

más a extender y cimentar su reputación, es su novela de*** que nadie ha

leído todavía.

Sería inútil redundancia alegar que, dados sus principios, su devoción y

su ilustre apellido, la señora Vizcondesa firma sus obras con un

seudónimo: es un buen recurso para asegurar aplausos.

Hizo el gasto de la conversación hablando casi sola, y no pudo hacer

nada más de mi gusto, porque me agradan las mujeres de talento cuando no

hay que tenerlo con ellas y cuando al placer de oírlas puedo unir el de

permanecer silencioso. En esto me parezco a un sujeto que decía:

--Voy a darme prisa a escribir un libro que rebose ingenio, para tener

después el derecho de ser un bruto el resto de mi vida.--¿He escrito

ese libro? Lo ignoro: supongamos que sí, y adelante.

La Vizcondesa me habló de mis obras: yo de las suyas... de su hija.

Evidentemente era ésta la mejor, y, sin embargo, me pareció que a

ninguna daba menos importancia. Siembre sucede lo mismo: por regla

general, los autores son los peores jueces de sus engendros.

Prolongose tanto la conversación, que Cecilia tuvo tiempo de bailar dos

contradanzas. La pobre no sabía cómo agradecérmelo, y sin que ella lo

sospechara, ya estábamos en paz, porque me había pagado con la sonrisa

más amable y graciosa del mundo. Recordando las palabras que le había

oído, exclamé, viéndola alejarse:

--¡Feliz el hombre que logre agradarle! ¡Feliz el esposo que ella

elija!...

Pasó aquel año y el invierno siguiente sin que volviera a ver a Cecilia,

pues no voy casi nunca a las reuniones.

Al comenzar la primavera de 1833 me aburría soberanamente. ¿Por qué?

Esto no le importa al lector, y, con su permiso, paso por alto los

motivos. Recurrí a lo que yo considero como el remedio de todos los

males: tomé la diligencia, y en busca de un argumento para una comedia,

con la cual podría regocijarme y distraerme, visité la Auvernia y los

Pirineos.

Estos dos países son muy poco conocidos.

No hay negociante retirado, no hay jubilado, ni procurador o abogado en

vacaciones que no se considere en el deber de viajar por Suiza para

poder decir a su mujer y a sus hijos:

--«He visto el valle de Lauterbrunnen, el lago de Brienz y el

Grindelwald», camino trillado y recorrido por todo el mundo, itinerario

tan común en la actualidad, como el de París a Saint-Cloud.

¡Y, entretanto, nadie piensa en visitar la Auvernia y los Pirineos! ¡Oh,

viajeros parisienses, viajeros de imitación; ignoran ustedes que sin

salir de Francia encontrarán cascadas, aludes y picos escarpados;

ignoran que esos Pirineos, que les pertenecen, que son algo así como la

propia casa de ustedes, ofrecen vistas tan graciosas, escenas tan

sublimes, espectáculos tan grandiosos como los mismos Alpes! Sí: apelo a

todos los que han viajado verdaderamente, y no por los libros: el circo

de Gavarni, las Torres de Marboré, el boquete de Roland, ¿no son, en su

género, tan admirables, tan incomprensibles, tan grandiosos como el

manoseado Mont-Blanc, la caída del Rin o la del Aar? ¿En qué país

lograrán ustedes encontrar, en la cima de una montaña, un lago en el

cráter de un volcán? Sí, señores, sí, abonados del café Tortoni y de la

Opera... sí, un verdadero lago y un verdadero volcán: ahí tienen ustedes

todavía el cráter con su forma dilatada y una abertura circular de media

legua; vean ustedes las capas de lava, y en el sitio donde hervían el

azufre y el salitre, contemplen ahora un lago límpido que se eleva

hasta la mitad de ese gran embudo, mientras la otra mitad, cubierta de

árboles y musgo, forma una verde muralla de ciento cincuenta pies de

altura que baja casi a pico hasta los bordes del lago misterioso, cuyo

fondo no se ha encontrado, y sobre el cual nadie se atrevería a

lanzarse, porque el remolino de las aguas haría zozobrar en seguida la

barca, y el atrevido navegante, precipitado al fondo del abismo, en los

fuegos subterráneos, hubiera comenzado como La Pérouse y concluido como

Empédocles.

Y todas estas maravillas, que semejan un cuento de _Las mil y una

noches_... ese lago que se extiende sobre un volcán, y ese volcán que

amenaza recobrar su plaza, ¿dónde piensan ustedes que se encuentra? ¿En

los Alpes? ¿En las cordilleras de los Andes?... No, ciertamente. En la

Auvernia, a dos o tres leguas de Mont-Doré, y este lago es el lago de

Pavin, adonde llegarán ustedes en dos o tres horas de camino, llevando

de conductor al señor Miguel Garnier, mi guía, que sólo exige dos

francos de jornal, y que les confundirá con un príncipe extranjero si

llegan a darle tres.

Encontrábame yo, con mi guía, cerca del lago Pavin, recostado en la

hierba al borde del cráter y contemplando a mis pies las aguas puras y

transparentes que a cada instante creía ver en ebullición, lo que me

hubiera divertido y espantado, cuando sentí pasos a mi espalda: eran

otros viajeros. Un anciano, apoyado en el brazo de una joven, gritaba

con tono de mal humor:--No andes tan de prisa... no puedo

seguirte.--Levanté los ojos y me pareció reconocer en la joven el porte

elegante y gracioso, la fisonomía encantadora de mi linda bailarina, de

la señorita Cecilia D'Ortlies: mis dudas se convirtieron en certeza

cuando divisé, algunos pasos detrás de ella, a una mujer que, provista

de un álbum y del indispensable lápiz, escribía al mismo tiempo que

andaba. Era la señora Vizcondesa, engolfada en hacer una descripción del

lago Pavin, que yo debí imitar, porque indudablemente valía más que la

mía. Grandes exclamaciones de sorpresa por una y otra parte: las

obligadas frases de admiración sobre el magnífico cuadro que se

desarrollaba ante nuestros ojos... y luego, cumplidas las reglas de

urbanidad, pensé en mi conveniencia, e hice conocer mis deseos de ser

presentado a la señorita Cecilia.

--¡Señorita!...--repitió la Vizcondesa con asombro:--Cecilia está

casada.

--¿Cómo así?--repuse.

Y miré en torno mío, buscando al joven esposo, extrañándome de que no

acompañase a su mujer.

--Mi yerno--dijo la D'Ortlies presentándome al anciano, cuyo nombre, que

no viene a cuento, pronunció con gravedad olímpica.

Era un vástago de rancia nobleza, general en tiempo del Imperio, y duque

y Par durante la Restauración. Conservaba todavía un mando militar

importante, una fortuna colosal y una porción de buenas cualidades.

Pero, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que le adornaban estas

buenas cualidades... porque tenía 67 años, con un aditamento de varias

heridas y reumatismo, a lo que había que agregar la gota con todas sus

prerrogativas, es decir, la impaciencia, la acritud y un humor

endiablado: fuera de esto, era extremadamente amable siempre que no

estaba enfermo... y solía estarlo diez meses al año.

¡Este era el marido de Cecilia!

Rememoré entonces la conversación del baile, el gentil compañero que

ella había soñado, sus proyectos de dicha para el porvenir. Si no

adivinó la pobre niña el interés y la piedad con que yo la miraba, me lo

agradeció sin saberlo, porque, apenas transcurrieron algunos minutos,

éramos los mejores amigos del mundo.

Mientras nosotros conversábamos, su rancio esposo reposaba sentado; su

madre escribía a destajo. Todo lo que Cecilia decía era sencillo y

natural; pero estaba impregnado de una dulzura y una melancolía

realmente exquisitas. La hablé de su marido, y le tributó los mayores

elogios, recordando con gratitud los títulos, la posición y la fortuna

de que le era deudora. De su felicidad, que le había robado, no dijo una

palabra. ¡Alma noble y virtuosa, en que todo era resignación, abnegación

y fidelidad a sus deberes! Pero ¿quién hubiera reconocido en su lenguaje

grave y melancólico a la joven que yo había visto, dos años antes, tan

soñadora, tan candorosa y tan alegre?

¡Qué juicio al presente! ¡qué tacto! ¡qué criterio! Se me ocurrió que,

para haberlos adquirido en tan breve plazo, debía de haber sido muy

desgraciada.

Nos encontrábamos al borde del lago, puro, límpido y transparente...

imagen de su alma. Así se lo dije; me miró, sonriendo con esa sonrisa

triste que hace llorar, y repuso:

--Sí; la calma en la superficie...

--Y tal vez en el fondo...--agregué, mostrándole el lago.

No terminé la frase, pero la adivinó, porque dijo en seguida:

--No, señor, no: ¡jamás!...

Y dirigió al cielo su mirada, ignoro si para tomarlo por testigo o para

implorar su protección.

En aquel instante se oyó una voz avinagrada: era la de la Vizcondesa. El

general tenía frío: las emanaciones del lago le sentaban mal y era

necesario partir. De buena gana hubiera dado el brazo a Cecilia; pero

ella ofreció el suyo a su esposo, y sólo quedaba la Vizcondesa.

¡Valiente compensación!... Me vi obligado a hablar de literatura y a

enterarme de que la señora componía una nueva novela que deseaba leerme

tan pronto como estuviese terminada. ¡A mí, que viajaba para divertirme!

--Creo, Vizcondesa, que no podré gozar tanta ventura, porque me voy a

los Pirineos--le dije.

--Allí vamos todos: han recomendado al general las aguas de Barèges, que

son milagrosas para las heridas.

--Parecíame que el general se quedaba en Mont-Doré.

--Estamos aquí por casualidad; pues, de paso, ha querido experimentar

estos manantiales que el año pasado dieron resultados excelentes al

mariscal Soult; pero después de algunos baños, que no le han servido de

nada, ha renunciado a ellos y saldremos dentro de pocos días para los

Pirineos. Confío que usted se vendrá con nosotros.

Me incliné respetuosamente.

--¿Dónde se hospeda usted en Mont-Doré?

--En el hotel Chabaury, señora.

--Nosotros también. ¿Nos dispensará usted esta noche el honor de que

cenemos juntos?

Saludé de nuevo. Decididamente era el comensal, el compañero de viaje y

el amigo de la familia.

Viajando, y particularmente en los baños, la amistad se entabla con una

rapidez asombrosa; me aproveché de mi nuevo título, y de los derechos

que me daba, para hablar de Cecilia. Indiqué a la Vizcondesa que aquel

matrimonio, tan ventajoso por otra parte, me inspiraba serios temores

respecto a la dicha futura de su hija.

--No conoce usted a Cecilia, caballero, ni sabe usted qué clase de

educación ha recibido. Ha estado en el Sagrado Corazón, como todas las

señoritas de la nobleza a quienes conozco. Ha leído todas mis obras: las

lee diariamente, y los principios que en ellas se sostiene...

--Son inmejorables, señora; pero su hija de usted es muy joven, y si su

corazón llega a despertarse...

--No se despertará nunca. En mi familia no se despiertan los corazones.

--No lo dudo--dije mirándola,--en cuanto al pasado; pero en el futuro...

--¡Caballero!...--repuso, examinándome de pies a cabeza:--no hay

circunstancias que obliguen a olvidar sus deberes a las personas

religiosas y bien educadas. Con religión y principios, no existen

matrimonios desproporcionados ni peligros de ninguna clase; esté usted

seguro de ello.

--Opino como usted, señora.

Llegamos al hotel.

El general sentíase de mal temple, y su mal humor se acrecentó al

encontrarse con varias cartas, que tenía forzosamente que contestar:

también había que expedir algunas órdenes.

--Si estuviera aquí Enrique--dijo a su esposa,--me ayudaría y se

encargaría de eso; pero tú te opusiste a que viniese con nosotros.

--Ya sabes que éramos tres en el coche, y que no podía prescindir de mi

doncella.

--Haces honor a tu sexo... ¡la doncella! ¡Vaya un motivo para que me

prives de un sobrino a quien quiero, y de un ayudante de campo que es

mis pies y mis manos!

--Echas en olvido que mi mamá y yo estamos aquí para cuidarte, y que,

además, tu sobrino Enrique de Castelnau hace falta en París, pues lo

exigen tus intereses.

--Di mejor tus caprichos... porque tienes ojeriza a ese pobre Enrique...

a quien no puedes tragar.

--¡Yo!

--¡Tú! como lo oyes. Apenas le hablas... apenas le haces caso. Te

aseguro que necesita valor para pisar mi casa, después del recibimiento

que le haces cuando entra en ella.

--Me acusas sin motivo; el sobrino de mi esposo tendrá siempre derecho a

mis deferencias.

--¡Sí, ya sé a qué atenerme al respecto!... Y ¡vive Dios! que tengo

ganas de ver que se le trata con desprecio. Claro es que, si alguno de

los dos debía aborrecer al otro, indudablemente ese alguno es él... él,

que era mi único heredero, y a quien mi matrimonio ha despojado de la

fortuna que le correspondía.

--Confío en que no sucederá lo que dices--se apresuró a decir Cecilia.

--Cuando menos, perderá una parte de ella. Y, ¿qué ocurre, en cambio?

Que en vez de quejarse de su tía, no tiene boca para alabarla. Es la

delicadeza personificada, contigo y con tu madre. Correría todo París

por darte gusto, y reventaría sus caballos por proporcionarte un

billete de baile o un palco en la Opera.

--Verdad--dijo la Vizcondesa;--y aunque sólo fuera por complacer a tu

esposo, tú, Cecilia, debías ser más amable con Enrique.

--Cumplo mi deber, mamá--respondió Cecilia en tono frío y resuelto.

--¡Por vida de!...--gritó colérico el general.--¿Habrá cabeza más dura?

Dulce en ocasiones, como un ángel, cuando se rebela parece de granito.

¡A los diez y siete años! La cosa promete. Ignoro, señora Vizcondesa,

cómo la ha educado usted, pero afirmo que lo que sucede no tiene sentido

común.

--¡Señor!... Cecilia ha leído mis obras.

--Eso quería yo decir.

--¡General!... Olvida usted...

--Dice usted bien. Olvido que la cena nos aguarda. Dispense usted,

caballero--dijo dirigiéndose a mí,--que le hagamos testigo de estas

pequeñeces: confío en que nos guardará el secreto y no nos sacará a

relucir en alguna comedia.

Tomó mi brazo, hizo que me sentara en la mesa a su lado y durante la

comida estuvo grosero con todos menos conmigo. No obstante, debo

advertir que sus inconveniencias tenían por principal blanco a su

suegra.

A los postres llegó una nueva carta, y el general exclamó, dando en la

mesa un puñetazo que lo echó a rodar todo:

--¡Sólo esto faltaba!... Enrique está herido.

Cecilia palideció, y observé que temblaban sus labios.

--Sí, herido; le han dado una estocada...--prosiguió el

general.--¡Torpe! Tranquilícese usted--dijo a su suegra, que saboreaba

impasible una taza de café.--No corre peligro; han transcurrido ocho

días y va bien la cura. Pero el módico le ha recetado las aguas de

Barèges, y llegará aquí mañana.

--¡Mañana!--dijo la Vizcondesa alegremente.

--¡Mañana!--dijo con frialdad Cecilia, cuyo semblante había vuelto a

recobrar su acostumbrada calma.

En cuanto a mí, aguardé el día siguiente con impaciencia.

La llegada de una silla de posta es siempre un acontecimiento en todas

las poblaciones de poca importancia, y con más motivo en Mont-Doré,

donde el único placer de los vecinos es ver llegar o partir los

viajeros. Cuando a las diez de la mañana se oyó el ruido de un carruaje,

todo el mundo se asomó a las ventanas.

Pocos minutos después, el señor de Castelnau entró en el salón, abrazó

afectuosamente a su tío y saludó a las dos señoras con respeto.

Aparentaba unos veinticinco años. Era alto, bien formado, de porte

distinguido; en una palabra, un gallardo mozo; y, lo que vale más,

parecía ignorarlo, porque se ocupaba siempre de los demás y nunca de sí

mismo. Su rostro, franco y expresivo, tenía impresas las huellas del

sufrimiento. La fatiga del viaje, o tal vez otras causas, habían

empeorado su herida.

Yo, entretanto, observaba a Cecilia: no vi en sus facciones ni sombra de

emoción; recibió a Enrique con afectuosa cortesía, y le interrogó acerca

de su salud con un marcado interés... pero no tanto como el que yo

esperaba.

Enrique estaba visiblemente conmovido. Casi no acertaba a expresarse, y

creo que le hice un gran servicio hablándole del camino y del tiempo,

que eran pésimos. La displicencia de la conversación le fue serenando

poco a poco, y acabó por respirar más a su gusto. Hay momentos en que

los extraños y los importunos no son del todo inútiles.

Aquel día visitamos la cascada de Queureiels y la de Vernière. Enrique

se aproximó con frecuencia a Cecilia, que daba siempre el brazo a su

esposo o a su madre, y cuando hablaba se dirigía a mí.

Por la noche leyó al general los periódicos, le despachó el correo

oficial y estuvo escuchando, con una atención digna de mejor suerte, dos

largas disertaciones de la Vizcondesa. Sólo alguna que otra vez, y a

hurtadillas, sus grandes ojos negros se volvían, como a pesar suyo,

hacia el lado de Cecilia, que trabajaba sin mirarle y sin hacer de él

más caso que de los demás concurrentes.

Me convencí de que me había equivocado, y mis conjeturas eran falsas.

El pobre joven podía amar a Cecilia, pero Cecilia no pensaba en él.

La mañana del siguiente día, víspera de nuestra partida, la Vizcondesa

encontrábase escribiendo junto a Cecilia, que tocaba el piano: y era

aquella música tan alegre y juguetona, que acabó de disipar mis últimas

dudas.

--No es posible--pensaba yo entretanto,--estar bajo el peso de una

pasión cuando se ejecutan semejantes variaciones, y, sobre todo, cuando

se ejecutan con tanta perfección.

En aquel instante entró en el salón un médico joven, conocido mío, que

venía de París asistiendo a un personaje a quien acompañaba a las aguas

de Mont-Doré. Los militares hablan de sus campañas, los escritores de

sus obras, y los médicos de sus enfermos: es inevitable. Mi joven

doctor, a riesgo de molestar a aquellas damas, empezó a relatarnos las

curas maravillosas y singulares que había hecho, sazonando la relación

con anécdotas más o menos picantes, a las que sólo yo prestaba atención,

porque, como he dicho anteriormente, yo escucho siempre por oficio.

Entre otras cosas, nos contó que recientemente había asistido a un joven

que tenía una estocada, cuya herida, de bastante gravedad, no se parecía

a ninguna otra. No era recta ni hecha de abajo arriba; todo lo

contrario: daba también la circunstancia de que el enfermo tenía gran

estatura y hacíase preciso, en consecuencia, que para herirle así en el

pecho de arriba abajo, su adversario fuese mucho más alto que él, es

decir, un hombre de ocho a diez pies de estatura. Contó asimismo que,

obligado por sus preguntas y argumentos, el herido acabó por confesarle

que la estocada se la había dado él mismo.

--¿Qué móvil dirá usted que le impulsó?--continuó diciendo.--Nunca

adivinaría usted semejante extravagancia. Quería tener un pretexto para

ir a las aguas de Barèges, y me rogó que se las recetara... lo que hice

en el acto. ¡Pobre chico!... Me pagó espléndidamente la receta...

recomendándome su secreto.

--Y, según veo, cumple usted su recomendación al pie de la

letra--exclamé sonriendo.

--Puedo franquearme con usted, sin peligro de que lo cuente.

En aquel momento abriose la puerta, y se presentó el general, apoyado en

el brazo de su ayudante de campo. Enrique, al ver al médico, corrió

hacia él y tendiéndole la mano, dijo:

--Doctor, ¿usted por aquí?...

En seguida, agregó, presentándonosle:

--Señoras y señores, es mi Esculapio... el que me ha curado la herida,

el que me ha recetado las aguas de Barèges. ¿No es cierto?

El médico balbuceó algunas palabras y se despidió, porque le aguardaba

su enfermo. El general se sentó tranquilamente en su cómodo sillón;

Enrique, con la sonrisa en los labios, permaneció de pie junto a la

chimenea; la Vizcondesa, entre sorprendida e indignada, quería hablar y

no se atrevía a hacerlo. Cecilia, pálida, con la frente apoyada en una

mano, reflexionaba en silencio, y yo, mirándolos a todos, calculaba que

la situación era admirable, y esperaba con inquietud el rumbo que

tomaría, y, sobre todo, el desenlace que llegaría a tener.

El general fue el primero que rompió el silencio, tarareando una canción

que le había entusiasmado. Era una música que estaba de moda y que su

autor no habría conocido, seguramente: de tal manera se la había

asimilado y la había hecho propia el general, por la manera de

interpretarla.

--Y digan ustedes, señoras--exclamó después de esta especie de

ritornelo, ¿nos vamos, por último, mañana a los Pirineos para pasar un

mes en Barèges?

Nadie respondió: todos guardaron silencio, y en los ojos de Enrique

brilló un relámpago de alegría.

--¿Han pensado ya en los equipajes mi mujer y mi suegra? ¿Han guardado

en las cajas sus gorros y sombreros? ¿Está todo dispuesto para la

marcha?

--Para la tuya, sí--dijo Cecilia, esforzándose por demostrar un valor

que no sentía.

--¿Cómo para la mía? ¿Pues no partiremos juntos?

--No.

--¿Por qué motivo? ¿Puedo saberse?

--Mi madre y yo queremos acompañarte hasta Pau, donde tienes una

posesión con un magnífico castillo que no conocemos, y habíamos

proyectado permanecer en él hasta tu regreso.

--¿Y dejarme ir solo a Barèges? Está bien.

--No; si eso fuera así, estaría mal. La prueba es que nosotras estábamos

decididas a acompañarte, a no separarnos de ti; pero ahora, que irá

contigo tu sobrino Enrique, no tienes necesidad de nuestros cuidados.

--¿Qué pretendes darme a entender con esas palabras?

--Te confieso que, para mí, pasar todo un mes en esas horribles

montañas, sería lo más triste, lo más penoso, lo más fastidioso del

mundo, si he de juzgar por los tres días que llevamos aquí.

Mientras tenía lugar este diálogo, el general saltaba en el sillón;

oprimía la tabaquera entre sus dedos, y yo preveía la tempestad que iba

a estallar. Pero lo que no pude observar sin compadecerme fue el rostro

de Enrique, que, pálido y sin poder apenas sostenerse, se apoyaba en la

chimenea. La desesperación reflejábase en todas sus facciones, dejándome

adivinar lo que pasaba en el alma de aquel desventurado joven. ¡Haberse

herido por ella, por pasar un mes cerca de ella, y perder tanta ventura

por un capricho!

--¡Vive Dios!--exclamó el general levantándose colérico y rechazando con

el pie el sillón, que fue rodando al centro de la sala;--¿me has tomado

por un recluta? ¿Crees que voy a dejarme manejar por una mujer, por una

muñeca? Usted vendrá, señora; usted vendrá, porque yo se lo ordeno.

--He dicho que no.

--¿Y por qué? ¡voto a!... ¿por qué?

Cecilia no temblaba ya: había tomado su resolución, y, resignada a todo,

sin tener en cuenta otra cosa que su deber, contestó a media voz, pero

con firmeza:

--Porque no quiero.

El general, lleno de ira, dio un paso hacia ella y se oyó al mismo

tiempo un gemido sordo: era que Enrique, sintiéndose peor de su herida,

se desmayaba, y hubiera caído sobre el pavimento si no lo hubiese yo

sostenido en mis brazos. La cólera del general, cambiando súbitamente de

dirección, descargó sobre su sobrino.

--¡Imprudente! ¡imbécil!... hace una hora que está de pie, y es lo peor

que puede hacer... La herida se abrirá de nuevo: siempre se lo estoy

diciendo; pero aquí nadie me hace caso, nadie me obedece... ¡Que el

diablo se los lleve a todos!... ¡oh!... ¿no vuelve en sí?

--Va recobrando el conocimiento--respondió Cecilia, que, habiéndose

lanzado hacia Enrique, le hacía respirar un pomo de sales y le prodigaba

los más tiernos cuidados.

--¡Ah!--exclamó el general;--ya abre los ojos.

Cecilia se retiró apresuradamente; entró en su aposento seguida de su

madre, y algunos momentos después el general fue a buscarlas. Sus

súplicas y sus amenazas debieron de ser inútiles, porque aquella noche

nos dijo:

--Ese angelito tiene muy dura la cabeza.

--¿Se niega a ir a Barèges?--preguntó Enrique.

--Así parece. Iremos tú y yo, y nos esperará en mi castillo de Lescar,

en los alrededores de Pau.

--¡Cómo!... tío, ¿ha cedido usted?--exclamó Enrique en tono de reproche.

--¿Qué quieres que hiciera?... a no matarla... No quedaba otro remedio:

así se lo he dicho ¡voto a!...

--¿Y qué ha respondido?

--Esto: «Si me matas, tanto mejor. No iré a Barèges.» El razonamiento no

puede ser más lógico. Es una testaruda, lo repito; una cabeza de hierro.

Hay que confesar, sin embargo, que sin ese defecto sería la mejor de las

mujeres.

En la madrugada del siguiente día había dos coches preparados para la

marcha.

--Todo el equipaje lo ha arreglado la señorita--díjome su doncella.--No

se ha acostado en toda la noche.

Apenas estuvieron enganchados los caballos, Cecilia montó

precipitadamente en la berlina. Cuando ofrecía la mano a la Vizcondesa

para ayudarla a subir, me dijo ésta:

--¿Ve usted, señor, cómo con la religión y los buenos principios no hay

matrimonios desproporcionados y rodeados de peligros?

--Por lo menos, hay luchas y amarguras--me dije a mí mismo, al ver el

pálido rostro de Cecilia y sus ojos preñados de lágrimas, que sin duda

quería ocultar a todos; porque, al divisar de lejos a su marido que se

dirigía a la berlina, apoyado en el brazo de Enrique, exclamó

repentinamente:

--Cochero, a escape, a escape.

Restalló la fusta, los caballos salieron al galope y el coche

desapareció de nuestra vista, mientras gritaba el anciano:

--¡Bien! ¡perfectamente!... ¡Loca! Se va sin despedirse, sin abrazarnos.

A fe mía, caballero, que aquí tiene usted el asunto que busca para una

comedia.

--¿No será drama?--murmuré entre dientes, contemplando la cara de

Enrique, que, incapaz de ver, de oír y de responder, dejose colocar por

mí en el otro coche al lado de su tío.--No pensó siquiera en darme las

gracias ni en decirme «adiós». ¡Pobre hombre! Esto le matará--dije para

mí.

Pocas horas después salí yo también para los Pirineos. No temas, lector,

pues no pienso llevarte a los picos del Mont-Perdu, tan curioso y acaso

más accesible que el Mont-Blanc; no te conduciré a Luz ni a

Saint-Sauveur, que tienen fisonomía alegre y pintoresca; cruzaremos a

escape el _Chaos_, esa lluvia de enormes rocas caídas del cielo o

vomitadas por el infierno; no penetraremos en el recinto del circo de

Gavarnie: aturdido ante tanta magnificencia, deslumbrado por tanta

maravilla, no querrías salir de él. Te mostraré solamente las torres de

Marboré, rocas inmensas coronadas de almenas, ciudadela encantada donde

nieves perpetuas, heridas por el sol, parecen antemuros de diamante. Te

indicaré de lejos el portillo de Roland, esa muralla de granito que

separa a Francia de España, y que Roland abrió con un golpe de su

tajante espada... Ven, acércate. El hizo para ti ese boquete de

doscientos o trescientos pies, desde donde puedes divisar Aragón y

recorrerlo en toda su extensión. Aquí es, al pie de estas grandiosas

torres, donde antiguamente pelearon Agramante y Ferragus contra los

parciales de Carlomagno. No estás solo en este desierto: te rodean todos

los héroes de Ariosto, y podrías elevarte a las nubes con el poeta, si

es que el frío, que penetra hasta los tuétanos, no te obliga a bajar a

la tierra. Si sucede tal cosa, ven a calentarte al fuego de algún

habitante de la montaña, y volvamos a la aldea de Gèdres, mitad

francesa, mitad española, donde seguramente almorzaremos con algún

contrabandista. Luego, cruzando el Baztan y salvando el Tourmalet,

bajaremos al delicioso valle de Campan, paraíso terrenal que nos

conducirá a Bagnères de Bigorre, donde, si estás fatigado y deseas

encontrar la tranquilidad y la dicha, es preciso que te detengas y te

entregues al descanso.

Esto es lo que yo hice.

Caminando por las ásperas montañas, encontré en una de las fábulas de La

Fontaine el asunto para una comedia en cinco actos, que nuestros últimos

acontecimientos políticos podían hacer bastante intencionada. Detúveme

en Bagnères para escribirla. En un lugar verdaderamente delicioso, al

lado de la hermosa casa de M. Lugo, alquilé una casita que daba a las

alamedas de Maintenon.

Allí pasé los quince días más tranquilos y más felices de mi vida,

trabajando por la mañana, muy temprano, y a primera hora de la noche, y

recorriendo durante el día el mágico país que me rodeaba, los valles de

Campan y de Lesponne, el convento de Medous y el Elysée Saint Paul. Un

día efectué una ascensión al Camp de César o a la Penne de l'Héris; otro

día proyectaba excursiones al Pic du Midi, desde donde se dominan las

llanuras del Bigorre y del Béarn. ¡Cuánto regocijo y cuánta salud dan el

aire puro de las montañas, esos valles risueños y ese hermoso sol!

Devuelven la juventud y la dicha; porque aquí, en estas cimas, se

olvidan lo mismo los padecimientos del cuerpo que las amarguras del

alma. Desgraciadamente, al bajar volvemos a encontrarlos en la llanura y

en la ciudad, donde nos esperan.

Cuando terminé mis cinco actos, hízose necesario marchar y alejarse de

tan hermoso país. Atravesé el alegro valle de Argelés y la ciudad de

Lourdes; admiré la deliciosa capilla de Nuestra Señora de Bétharram, y

me dirigí a Pau, que me atraía por más de un concepto. Tenía, en primer

lugar, un amigo, un amable y excelente joven, antiguo capitán de la

guardia, que habitaba con su familia en el Real Palacio de Pau, y no

quise dejar el Mediodía sin abrazarle; por otra parte, en los

alrededores de esta ciudad estaba el señorío de Lescar, donde la

vizcondesa D'Ortlies y el general me habían comprometido para que me

detuviese algunos días. Sentía vivos deseos de volver a ver a Cecilia, y

llegué al castillo. Era un edificio hermosísimo, admirablemente situado:

el parque extendíase hasta las orillas del Gave; desde las ventanas del

salón se descubrían los ribazos del Jurançon, y en el horizonte, a una

distancia de quince leguas, las montañas azuladas y las cimas blancas de

los Pirineos.

Al apearme del coche, fui recibido por la Vizcondesa y su hija, que me

dispensaron la más amable acogida. Esperaban al general, que continuaba

en Bigorre; pero ¡cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar en el salón, vi

a Enrique de Castelnau reclinado en un canapé y leyendo un periódico!...

--Le ha enviado el general--díjome a media voz la Vizcondesa--para traer

unos despachos al gobernador de Pau y adquirir noticias de la salud de

Cecilia, que ha estado muy enferma.

--¿De veras?--exclamé consternado.

--Ya pasó. Está mucho mejor; y, mientras viene el general, nos acompaña

Enrique. ¿Dónde ha de vivir sino en el castillo de su tío? Así lo ha

ordenado mi yerno, que, desde hace una semana, nos anuncia su llegada

diariamente.

--Así, pues, ¿hace una semana que vive aquí el señor de

Castelnau?--pregunté a la Vizcondesa, la cual, adivinando la idea que me

preocupaba, se apresuró a contestarme:

--Tranquilícese usted. Ya conoce usted a mi hija. Por otra parte, puedo

asegurar que en todo este tiempo no se ha separado ni un momento de mí

durante el día.

Y no mentía. Cecilia trabajaba en el gabinete de costura al lado de su

madre, y hasta en los paseos que solía dar por el parque jamás Enrique

se encontraba a solas con ella. Conste, además, que él no buscaba

ocasión para acercarse.

Tenía elegancia y sus modales eran en extremo distinguidos. Todo en él

respiraba la delicadeza más escogida, los cuidados más solícitos; pero

ni una palabra, ni una mirada que pusiera de manifiesto a los ojos de un

extraño el secreto de su alma. Hasta había recobrado la alegría y la

jovialidad; estaba menos distraído, y tomaba parte en las

conversaciones. Sólo entonces pude observar que estaba dotado de una

amabilidad exquisita y de una vasta instrucción, y que, a una excesiva

modestia, se unían en él un ingenio fino y sumamente delicado, un

carácter noble, pensamientos elevados y generosos... en una palabra, una

multitud de buenas cualidades, que habían permanecido ocultas, y que

ahora brillaban en todo su esplendor.

La Vizcondesa nos leyó en un periódico un artículo que trataba de un

suicidio.

--¡Desventurado!...--exclamó Cecilia, de un modo que casi parecía una

aprobación.

--¡Insensato!--dijo Enrique, casi despreciativamente.

--¿No se explica usted el suicidio?--le pregunté con viveza.

--¡Nunca! Suicidarse es privarse de una dicha inmensa.

--¿Cuál?

--La de morir por los que se ama.

--¡Vaya!--pensé,--la quiere siempre, pero ha tomado su partido, y se ha

resignado valerosamente. Habrá tenido fuerzas para combatir y vencer.

La Vizcondesa me ofreció leerme su última novela. Acepté, y entré con

ella en su gabinete de trabajo, pensando que en aquel momento su amor

propio de autor la hacía olvidar su vigilancia de madre, e iba a dejar a

Enrique algunos momentos de libertad.

Me equivoqué, pues él no los aprovechó. Me siento orgulloso de haber

soportado con un valor heroico la lectura, que fue bastante larga.

Entretanto, Cecilia tocaba al piano unas melodías tristes y

melancólicas; pero estaba sola, pues yo había visto a lo lejos a Enrique

paseando por una de las alamedas del parque, y, cuando volví al salón,

continuaba sola, sentada en un gran sillón, con la frente apoyada en una

mano y en los ojos una mirada febril. Se levantó vivamente y se acercó a

mí con la sonrisa en los labios. Al ponerse de pie dejó caer su pañuelo.

Me apresuré a recogerlo, y noté que estaba mojado. La joven se dio

cuenta de ello, y me dijo, mostrándome un libro que había sobre la

chimenea:

--Soy en extremo ridícula, ¿no es cierto? Esa novela me ha hecho llorar.

Miré el libro, y vi que era una novela de su madre. No necesitaba esta

prueba para convencerme de que me engañaba.

Por la tarde hubo mucha gente en el castillo: toda la buena sociedad de

Pau y sus alrededores. Cecilia hacía los honores de la casa con una

gracia y una naturalidad admirables; se ocupaba de todos, excepto de

Enrique, a quien sólo de vez en cuando daba algunas órdenes para que

arreglara las mesas de juego.

Hiciéronme jugar al whist con tres personajes de la comarca. Los viejos

jugaban al piqué; las viejas al boston, presididas por la Vizcondesa. El

recaudador de contribuciones jugaba al billar con el alcalde, y Cecilia,

agrupando en torno suyo a los jóvenes, propuso pasar el tiempo en juegos

de prendas, lo que se aceptó con entusiasmo. Los juegos de prendas están

aún de moda en las provincias, sobre todo en la de los Bajos Pirineos.

Entretanto, hacía yo tales chambonadas, que mí compañero debió de

formar pésima idea de los jugadores de la capital; pero estaba escrito

que Cecilia me había de hacer perder siempre al whist, porque también

esta vez, como cuando la conocí, pensaba en ella más que en el juego, y

mis ojos se dirigían constantemente hacia el alegre círculo que dirigía.

Enrique se había alejado, y distraíase viendo jugar al billar; varios

jóvenes llamaron al gentil ayudante de campo, y, de grado o por fuerza,

no tuvo más remedio que acudir al llamamiento. Sentose lejos de Cecilia,

y en las prendas que él sentenció evitaba toda ocasión de aproximarse a

ella. En una ocasión, sin embargo, cumpliendo las leyes rigurosas del

juego, sentenciaron a Cecilia a dar un beso al joven Castelnau. La joven

se puso de pie... ¡En aquel instante, yo fallaba a mi compañero un ocho

de copas que era rey!... Hizo un ademán de impaciencia; ¿qué me

importaba? Mi atención estaba por completo fija en Cecilia, que se

acercó tranquilamente a Enrique presentándole sus frescas y sonrosadas

mejillas.

El joven apenas las rozó con sus labios. No se ruborizó, no palideció,

no perdió el conocimiento, como yo esperaba: estuvo tranquilo y sereno.

Decididamente, me dije, es un héroe. Le admiraba y le compadecía, y, sin

quererlo, me sorprendí haciendo votos por él y por su amor sin

esperanza.

Todas las prendas estaban sentenciadas: las señoritas y algunos jóvenes

sentáronse alrededor de una gran mesa redonda que había en el centro

del salón, y se pusieron a hojear álbums, revistas y grabados. Unos

tomaban un lápiz y dibujaban; otros pintaban a la sepia algunos paisajes

de los alrededores, y Enrique, por complacer a una niña que tenía al

lado, esculpía, valiéndose para ello de un cortaplumas inglés, un pedazo

de madera, al cual iba dando la forma de una ermita, labor que ejecutan

con éxito los pastores de los Alpes o de los Pirineos. La madera era

dura, el cortaplumas estaba muy afilado, y, en un movimiento un poco

brusco, la hoja resbaló sobre la materia que cortaba y produjo a Enrique

una cortadura bastante grande en un dedo de la mano izquierda. Cecilia

lanzó un grito y se puso intensamente pálida. Un momento después se echó

a reír. La herida era insignificante, aunque sangraba en abundancia.

Todos los pañuelos de mano de las señoras se pusieron a disposición del

herido; todos los neceseres se abrieron. Buscose tafetán inglés, que fue

cortado acto continuo, y veinte manecitas tan blancas como bien formadas

se ofrecieron a aplicarlo sobre la herida. Todos reían, y la cura

adelantaba poco: la operación era difícil. La cortadura estaba en la

segunda falange del dedo, y el tafetán no podía sujetarse. Se le

colocaba de nuevo, tratando de darle consistencia, y al menor movimiento

se desprendía otra vez.

--Pero, caballero, estése usted quieto, y sobre todo no doble usted el

dedo.

--Pero, señoras, eso es fácil de decir... hacerlo ya es diferente.

--Tiene razón este señor--intervine yo,--y para que su dedo permanezca

inmóvil, habrá que hacer lo que en cirugía se llama... se llama...

--¿Entablillar?--interrumpió Enrique,--¿como si se tratara, de un brazo

o una pierna?

--Justamente.

--¿Y dónde encontrar el aparato?--gritaron todos riendo.

--Helo aquí.

Y tomé una carta de la mesa donde acababa de jugar al whist; creo que

era un rey de oros. Lo enrollé alrededor del dedo herido; las señoras

sujetáronlo con una hebra de seda, y sostenido de este modo por la

cartulina, ya no era de temer que el dedo se doblara y la herida

volviera a abrirse. Terminó, al fin, la cura, entre los gritos

alborozados y los aplausos de todos los circunstantes, que me

felicitaron por mis conocimientos quirúrgicos. Enrique me rogó que le

presentara la cuenta de mis honorarios, y Cecilia me prometió acudir a

mí para que le curase todos los pinchazos de agujas y alfileres.

Poco después dieron las once, y cada uno tomó su palmatoria.

Yo entré en mi alcoba, desde donde oía aún las carcajadas y las alegres

carreras que daba en los comedores aquella juventud bulliciosa.

La mañana siguiente, a eso de las diez, bajé al salón y estaba hablando

con la Vizcondesa, cuando, con gran sorpresa nuestra, vimos entrar al

general, que nos dijo con la mayor alegría:

--Buenos días, queridos amigos.

--¡Cómo!... ¡Dios mío!... ¿De dónde sale mi yerno? ¿Por dónde ha

llegado?... No hemos oído entrar el carruaje en el patio.

--Es que llegué esta madrugada, a las cinco, cuando todos ustedes

estaban entregados al sueño.

--¿De veras?

--No quise despertar a nadie y me fui derecho a la alcoba de mi mujer

que, por cierto, al pronto, no quería abrirme. Tanto miedo sentía.

--¡Ya lo creo!... El que despierta sobresaltado...

--Imaginábase que los españoles o los contrabandistas se apoderaban del

castillo. ¡Pobrecilla!... Por fortuna no tardé en tranquilizarla... ¿Y

qué tal va su salud, y la de usted?

--Envidiables.

--¿Se han aburrido ustedes mucho en mi ausencia?... ¿qué han hecho aquí,

entretanto?

--Ayer tuvimos reunión, y jugamos al whist y al boston.

--¡Perfectamente! Y, a propósito, tengo que reprender a usted. Ha hecho

usted jugadora a su hija.

--¡Yo!

--Usted; jugadora como las mismas cartas. A lo que parece, no piensa en

otra cosa ni de día ni de noche. He aquí una prueba--continuó riendo a

carcajadas:--aquí tiene usted un naipe, un rey de oros, que he

encontrado enrollado debajo de su almohada. Esto es una picardía,

¿verdad?

Traté de reír, para que el general no reparase en la turbación de la

Vizcondesa, que parecía herida por un rayo.

--Mire usted, mire usted--prosiguió el general dando nuevamente libre

acceso a su risa.--La Vizcondesa no ríe... está desconcertada... y es

que se reconoce culpable.

--¡Oh! muy culpable--murmuré interiormente.

En aquel instante bajó Enrique, y poco después Cecilia.

En seguida nos sentamos a la mesa y almorzamos en familia.

Nos encontrábamos solos y, como la víspera, los vi reservados e

indiferentes; pero, mejor enterado ahora, ¡cuánto amor sorprendí en

aquellos ojos que se evitaban constantemente, en aquella fingida

frialdad, en aquella silenciosa unión de voluntades, fiel regulador de

todos sus pensamientos!

Concluido el almuerzo, abandonamos la mesa y nos dirigimos al parque. Me

quedé algo atrás con la Vizcondesa y le dije:

--Dígame, señora: ¿sigue usted creyendo que con la religión y los buenos

principios no existen peligros para un matrimonio desproporcionado?

--Calle usted--replicó,--que se acerca el general.

Se aproximó, efectivamente, a nosotros, y me dijo riendo:

--¿Encontró usted, por último, en los Pirineos el argumento que buscaba?

--Sí, encontré varios... y por cierto uno de ellos es picante como una

guindilla.

--¿Le servirá a usted de asunto para una comedia?--me preguntó.

--No, general: para una novela--repuse.

Carlos Broschi · 第 20 / 27 题