EL PRECIO DE LA VIDA

Abriose la puerta del salón, y nuestro criado José presentose para

anunciarnos que estaba dispuesta la silla de posta.

Mi madre y mis hermanas se arrojaron en mis brazos.

--Todavía tienes tiempo para arrepentirte--dijéronme,--renuncia a tu

viaje... quédate con nosotras.

--Madre mía--repuse,--soy noble, tengo veinte años, y deseo que se hable

de mí y hacer carrera, sea en el ejército o en la corte.

--Pero, ¿no piensas en el dolor que me causas con tu partida?

--Estará usted contenta y orgullosa al saber los adelantos de su hijo.

--¿Y si mueres en alguna batalla?

--No importa. ¿Para qué es la vida? Además, ¿quién piensa en semejante

cosa? Cuando se tienen veinte años, el que es noble sólo debe pensar en

la gloria. Ya me verá usted, madre mía, volver a su lado dentro de

algunos años, hecho todo un coronel, mariscal de campo o con un

brillante empleo en Versalles.

--¿Y qué tendremos con eso?

--Que seré aquí respetado y considerado.

--¿Nada más?

--Y que todo el mundo me saludará, quitándose el sombrero al pasar por

mi lado.

--¿Y luego?

--Que me casaré con mi prima Enriqueta, que conseguiré un matrimonio

ventajoso para mis hermanas, y que todos viviremos tranquilos y felices

en mis tierras de Bretaña.

--¿Y quién te impide comenzar desde ahora? ¿No nos ha dejado tu padre la

mayor fortuna del país? ¿Existe en diez leguas a la redonda un dominio

más rico ni más hermoso castillo que el de la Roche-Bernard? ¿No eres

considerado y querido de nuestros vasallos? ¿Deja alguno de saludarte,

quitándose el sombrero, como dices, cuando atraviesas el pueblo? No te

separes de nosotros, hijo mío; quédate al lado de tus amigos, de tus

hermanas y de tu anciana madre, a quien tal vez no encontrarás a tu

regreso. No vayas a consumir por un vano anhelo de gloria, o abreviar

con sinsabores y sufrimientos de todo género los días de existencia que

con tanta rapidez se deslizan. La vida, hijo mío, es una gran cosa, y el

sol de Bretaña es muy hermoso.

Al decir esto, me señalaba por las ventanas del salón las hermosas

alamedas de nuestro parque, los viejos castaños en flor, las lilas y

las madreselvas cuyo aroma embalsamaba el ambiente.

En la antesala encontré al jardinero y su familia, todos tristes y

silenciosos, y mirándome como si quisieran decirme:

--No se marche usted, señorito; no nos abandone.

Hortensia, mi hermana mayor, me estrechaba entre sus brazos.

Y Amelia, mi hermana menor, que se encontraba en un extremo de la sala

entretenida en ver los grabados de una obra de La Fontaine, acercose a

mí con el libro en la mano.

--Lee, hermano mío, lee--me dijo, con lágrimas en los ojos.

Era la fábula de _Las dos palomas_.

Al fin, me levanté bruscamente, y respondí a todos:

--Tengo veinte años, soy noble, y necesito alcanzar gloria y honores.

Déjenme, pues, que parta.

Y acto seguido me lancé al patio.

Iba a montar en la silla de posta cuando apareció en el descanso de la

escalera una joven.

Era Enriqueta.

No lloraba, no pronunciaba una palabra. Pero estaba pálida y temblorosa,

y apenas podía sostenerse.

Con el pañuelo blanco que tenía en la mano me hizo una señal de

despedida, y cayó sin conocimiento.

Corrí a ella, la levanté en mis brazos, la estreché contra mi corazón

jurándole amor eterno, y antes que recobrara el sentido, la confié al

cuidado de mi madre y mis hermanas y me dirigí a donde estaba el

carruaje sin detenerme ni volver la cabeza.

Si la miraba otra vez, estaba seguro de que no tendría valor para

marcharme.

Pocos minutos después, la silla de posta rodaba por la carretera.

En los primeros momentos, sólo pensé en mis hermanas, en Enriqueta, en

mi madre y en la dicha que acababa de abandonar.

Pero estas ideas se fueron disipando a medida que desaparecían de mi

vista las torres de la Roche-Bernard.

Los sueños de ambición y gloria no tardaron en apoderarse completamente

de mi cerebro.

¡Cuántos proyectos y castillos en el aire formé recostado en los

almohadones de mi carruaje!

Riquezas, honores, dignidades, brillantes éxitos de todas clases... Todo

lo ambicionaba. A mi juicio, lo merecía todo, y todo me lo concedía,

elevándome más y más, conforme avanzaba en el camino.

Veíame ya gobernador de provincia, duque, par... Y, al detenerme por la

noche en una posada había llegado a mariscal de Francia.

La voz de un criado, que me llamó sencillamente _caballero_, me obligó a

salir de mi éxtasis y volver a la realidad.

Al día siguiente y en los sucesivos, tuve los mismos sueños, la misma

embriaguez.

Mi viaje era largo. Dirigíame a las inmediaciones de Sedán, a casa del

duque de C..., antiguo amigo de mi padre y protector de mi familia, el

cual habíase ofrecido a acompañarme a París y presentarme en Versalles,

con objeto de obtener para mí el mando de una compañía de dragones por

influencia de una hermana suya, la marquesa de F..., hermosa joven

designada por la opinión pública como sucesora de Mad. Pompadour, a cuyo

título aspiraba con tanta mayor justicia, cuanto que hacía mucho tiempo

que venía desempeñando sus honrosas funciones.

Llegué a Sedán de noche, y no pudiendo a semejante hora dirigirme al

castillo de mi protector, aplacé mi visita para el día siguiente, y

busqué hospedaje en el hotel de _Las armas de Francia_, el mejor de la

ciudad, que era el punto de reunión de los oficiales, porque Sedán es

plaza fuerte y hay en ella mucha guarnición. Las calles de la ciudad

presentan un aspecto guerrero, y hasta los paisanos caminan con aire

marcial, como si dijesen a los forasteros: «Somos compatriotas del gran

Turena».

Cené en mesa redonda y procuré informarme acerca del camino que debía

emprender al día siguiente para llegar al castillo del duque de C...,

que distaba tres leguas de la población.

--Cualquiera se lo podrá indicar--me contestaron.--Es muy conocido en el

país. En ese castillo ha muerto un militar ilustre, un hombre célebre,

el mariscal Fabert.

Y, en seguida, recayó la conversación en este personaje. Esto era

natural entre oficiales jóvenes.

Se habló de sus batallas, de sus proezas, de su modestia, que le hizo

rehusar los títulos y el collar con que quiso agraciarle Luis XIV, y

sobre todo de su extraordinaria suerte. Porque salido de la nada, pues

era hijo de un pobre impresor, de simple soldado llegó a la elevada

categoría de mariscal.

Este era el único ejemplo que en aquella época podía citarse de

semejante fortuna, que, viviendo todavía Fabert, había parecido tan

extraordinaria, que el vulgo atribuyó a su elevación causas

sobrenaturales.

Decíase que en su juventud se había ocupado de magia, y que había hecho

un pacto con el diablo.

El hostelero, con la credulidad propia de nuestros aldeanos bretones,

nos aseguró que en el castillo del duque de C..., donde murió Fabert,

habían visto entrar a un hombre negro, que nadie conocía, y que este

hombre se llevó el alma del mariscal, a quien anteriormente se la había

comprado; añadiendo que, todavía, por el mes de mayo, época de la muerte

de aquél, se veía aparecer por la noche al negro, con una luz en la

mano.

Este relato contribuyó a amenizar el término de nuestra cena, y bebimos

una botella de champagne en obsequio al demonio familiar de Fabert,

pidiéndole que se dignara tomarnos también bajo su protección y hacernos

ganar algunas batallas semejantes a las de Collioure y La Marfée.

Me levanté muy temprano al siguiente día, y acto continuo emprendí el

camino que llevaba al castillo del duque de C..., inmensa y gótica

mansión en la que no hubiera reparado siquiera, a encontrarme todavía

impresionado por la narración de la víspera.

Excitada con ella mi curiosidad, no pude menos de contemplar el edificio

atentamente; y confieso que no terminé mi examen sin experimentar cierta

emoción.

El criado a quien pregunté me respondió que ignoraba si su amo estaba

visible, y sobre todo si me recibiría.

Díjele mi nombre, para que me anunciara, y salió dejándome solo en una

especie de sala de armas, cuyas paredes estaban cubiertas de atributos

de caza y retratos de familia.

Aguardé un gran rato, sin ver aparecer a nadie.

¡La carrera de gloria y honores, con que yo había soñado, comenzaba por

hacer antesala!

Devorábame la impaciencia.

Ya había contado dos o tres veces todos los retratos que adornaban la

sala y hasta las vigas del techo, cuando percibí junto a mí un ligero

ruido.

Producíalo una puerta mal cerrada que el viento acababa de abrir.

Me acerqué a ella y vi un lindo gabinete, iluminado claramente por dos

grandes ventanas y una puerta de cristales, que daban a un jardín

espléndido.

Penetré algunos pasos en el interior de aquel alegre aposento y me

detuve ante un espectáculo que no descubrí a primera vista.

Dando la espalda a la puerta por donde yo acababa de entrar, vi a un

hombre recostado en un canapé.

Levantose, sin darse cuenta de mi presencia, y se dirigió bruscamente a

una de las ventanas.

Lloraba silenciosamente, y en sus facciones parecía dibujarse una

profunda desesperación.

Por espacio de algunos minutos permaneció inmóvil, con la cabeza oculta

entre las manos.

Luego empezó a pasearse precipitadamente por la estancia.

En una de las ocasiones que pasó junto a mí, me vio y se detuvo,

estremeciéndose.

Yo, entonces, cortado y pesaroso de mi indiscreción, intenté retirarme,

balbuceando algunas frases de disculpa.

Pero él me detuvo por un brazo, diciendo en voz alta:

--¿Quién es usted? ¿Qué desea?

--Soy el caballero de la Roche-Bernard--contesté;--y vengo de

Bretaña...

--Ya sé, ya sé--repuso.

Y me abrazó, obligándome luego a que me sentara junto a él.

Hablome de mi padre, de toda mi familia, y demostró conocerla tan bien,

que no dudé de que fuese el dueño del castillo.

--¿Es usted el señor de C...?--le dije.

Pero él se levantó, mirándome exaltado, y repuso:

--Lo era, pero ya no lo soy; ya no soy nada.

Y al ver el asombro con que yo le oía, agregó:

--Ni una palabra más, joven; no me interrogue usted...

--A pesar de todo, ya que sin querer he sido testigo de la pena de

usted, si mi amistad y mi interés pueden proporcionarle algún

consuelo...

--Tiene usted razón. Le es imposible cambiar en nada mi suerte, pero

será depositario de mi última voluntad... Este es el único servicio que

puede prestarme.

Se levantó a cerrar la puerta y volvió a sentarse a mi lado.

Yo, entretanto, lleno de singular emoción, esperaba sus confidencias.

Su voz tenía algo de grave y solemne.

En su rostro, particularmente, reflejábase una expresión que en nadie

había yo observado hasta entonces.

Su frente parecía marcada por el sello de la fatalidad.

Tenía la tez pálida, y sus ojos, negros, despedían un fulgor extraño.

A intervalos, sus facciones, aunque alteradas por el sufrimiento, se

contraían por una sonrisa irónica e infernal.

--Lo que voy a revelar a usted--dijo--tal vez ofusque su razón.

Dudará... no podrá usted creer... yo mismo dudo muchas veces; es decir,

quisiera dudar; pero las pruebas están demasiado claras en todo lo que

me rodea...

Interrumpiose un instante, como para coordinar sus ideas. Después,

pasándose una mano por la frente, continuó:

--«He nacido en este castillo, teniendo ya dos hermanos, a los cuales

debían ir a parar los bienes y los títulos de nuestra familia. No podía

esperar, por consiguiente, más que la sotana y el manteo. Y no obstante,

en mi cabeza fermentaban las ideas de ambición y de gloria. Descontento

de mi obscuridad, ávido de nombradía, sólo pensaba en los medios de

adquirirla. Y esta idea me hizo insensible a todos los placeres y

dulzuras de la existencia. El presente no era nada para mí: sólo existía

para el porvenir; y el porvenir ofrecíase a mis ojos bajo el aspecto más

sombrío.

»Contaba treinta años, próximamente, y todavía no era nada.

»Por aquella época se formaban en la capital grandes reputaciones

literarias, cuya fama llegaba hasta nuestra provincia.

»¡Ah!--decíame con frecuencia,--¡si yo pudiese al menos alcanzar un

nombre en la carrera de las letras! ¡Eso siempre me daría alguna gloria,

y tan sólo en la gloria estriba la dicha del hombre!

»Tenía por confidente de mis penas a un antiguo criado, un negro que

habitaba en el castillo desde antes de mi nacimiento, y que era, a no

dudar, el más anciano de la casa, porque nadie se acordaba de haberle

visto entrar en ella; los hombres más viejos del país aseguraban que

había conocido al mariscal Fabert y le había asistido en sus últimos

momentos...»

Al decir estas palabras, mi interlocutor me vio hacer un gesto de

sorpresa, y se detuvo para preguntarme la causa.

--No es nada--respondí.

Pero en aquel momento, recordé, a pesar mío, el hombre negro de que

había hablado el hostelero la noche anterior.

El señor de C... prosiguió en esta forma:

«Un día, delante de Yago (tal era el nombre de mi negro) me dejé llevar

de la desesperación por la obscuridad en que vivía y la inutilidad de mi

existencia, y exclamé:

--»_Daría diez años de vida_ por figurar entre los primeros literatos.

--»¡Diez años--repuso Yago fríamente--es mucho! Es pagar muy cara una

cosa tan pequeña. Pero no importa, acepto los diez años. Acuérdese de lo

que ha ofrecido, que yo cumpliré mi promesa.

»Inútilmente trataría de pintar a usted mi asombro al oír su

contestación. Creí que los años habían debilitado su cerebro, y me

encogí de hombros sonriéndome.

»Pocos días después abandoné el castillo para emprender un viaje a

París.

»Allí, sin poder explicarme cómo me arreglé para ello, me vi al poco

tiempo introducido en los círculos literarios.

»Me animó el ejemplo de muchos escritores y publiqué algunas obras, de

cuyo éxito no debo hablar a usted... París entero las aplaudió y los

periódicos rivalizaron en elogios hacia mí. El nuevo nombre que yo había

adoptado como seudónimo se hizo célebre, y aun ayer, usted mismo lo

admiraba, joven...»

Al llegar aquí, un nuevo gesto de sorpresa interrumpió el relato.

--¿No es usted, pues, el duque de C...?

--No--repuso fríamente.

Por mi parte, pensé:

--¡Un hombre de letras célebre!... ¿Será Marmontel? ¿Será Alembert?

¿Será Voltaire?

El desconocido suspiró, plegó sus labios con una sonrisa amarga y

desdeñosa, y continuó su narración:

--«Aquel nombre, aquella gloria literaria que tanto había envidiado, en

breve llegó a ser insuficiente para mi alma. Aspiraba ya a una fama de

mayor prestigio aún, y dije a Yago, el cual me había seguido a París:

--»No existe otro verdadero renombre que el que se adquiere en la

carrera de las armas. ¿Qué es un literato, un poeta? Nada. Pero un gran

capitán, un general... Este es el destino que ambiciono. Por una gran

reputación militar daría diez años de los que me quedan de vida.

--»Aceptado--replicó Yago.--No se olvide usted de que me pertenecen.»

Al pronunciar estas palabras, el desconocido se detuvo otra vez, y

viendo la turbación y la duda que se retrataban en mi rostro, dijo:

--«Ya le había anunciado a usted, joven; le cuesta trabajo creerme; todo

esto le parece un sueño, una quimera... ¡A mí también!... Y, sin

embargo, los grados, los honores que obtuve no eran una ilusión; los

soldados que llevé al combate, los reductos tomados, las banderas

conquistadas al enemigo, las victorias que tanto asombro causaron a

Francia... todo esto fue obra mía, toda esta gloria me pertenece.»

Interin él se expresaba en estos términos, accionando con calor, con

entusiasmo, yo, pasmado de sorpresa, me decía:

--¿Quién es, pues, el hombre que tengo delante? ¿Será Coligny,

Richelieu, el mariscal Saxe?...

Del estado de exaltación en que se encontraba, cayó el desconocido en un

profundo abatimiento, y acercándose a mí, exclamó en tono sombrío:

--«Yago estuvo en lo cierto. Y cuando poco después, disgustado de

aquella vana humareda de gloria militar, aspiraba yo a lo único que hay

real y positivo en este mundo; cuando a costa de cinco o seis años de

vida anhelé poseer grandes riquezas, también me las otorgó. La fortuna

colmó mis deseos, y me vi dueño de inmensas tierras, bosques,

castillos... Esta mañana conservaba aún todo esto... Si duda usted de lo

que le digo, si duda de Yago, aguarde, aguarde un poco... no tardará en

venir, y podrá usted convencerse por sí mismo de que, lo que ofusca o

confunde su razón y la mía, es, por desgracia, demasiado cierto.»

Al pronunciar estas palabras, se acercó a la chimenea, consultó el

reloj, y, haciendo un gesto de espanto, me dijo en voz baja:

--«Esta mañana, al despuntar el día, me sentí tan débil y abatido, que

casi no podía levantarme. Llamé a mi ayuda de cámara, y acudió Yago, en

lugar de aquél.--¿Qué tengo?--le pregunté.

--»Señor, nada que no sea natural--respondiome,--que la hora se

aproxima, que llega el instante...

--»¿Cuál?

--»¿No lo adivina usted? El Cielo le había concedido sesenta años de

vida, y tenía usted ya treinta cuando empecé a cumplir sus deseos.

--»¡Yago!--exclamé con terror,--¿hablas formalmente?

--»Sí, señor. En cinco años ha consumido usted en gloria veinticinco de

existencia. Me los ofreció usted, y me pertenecen. Este tiempo de que

usted será privado se agregará al mío.

--¡Cómo! ¿Era éste el precio de tus servicios?

--»Otros los han pagado más caros. Ejemplo de ello es Fabert, a quien

también concedí mi protección.

--»Calla, calla--le dije.--Eso es imposible... mientes... me estás

engañando.

--»Crea usted lo que le plazca; pero prepárese, porque no le queda más

que media hora de vida.

--»¿Te burlas de mí?

--»De ningún modo. Calcule usted mismo: treinta y cinco años que ha

vivido realmente y veinticinco que ha disipado, suman sesenta.

»Y al decir esto se disponía a salir de la estancia.

»Yo sentía disminuirse mis fuerzas, que la vida se extinguía en mí, y

exclamé:

--»¡Yago, Yago! concédeme algunas horas, unas cuántas horas aún.

--»No puede ser--me contestó;--sería perjudicarme yo en mi tiempo, y yo

conozco mejor que usted el valor de la vida; no hay tesoro con que poder

pagar dos horas de existencia.

»Yo apenas me sentía con fuerzas para hablar; mis ojos se cerraban; el

frío de la muerte helaba la sangre de mis venas.

--»Pues bien--repliqué trabajosamente;--recupera esos bienes por los que

lo he sacrificado todo. Cuatro horas más, y renuncio al oro, a las

riquezas que tanto ambicioné.

--»Conforme--dijo entonces Yago.--Has sido un buen amo para mí, y debo

hacer algo en tu obsequio. Consiento en lo que pides.

»En aquel momento sentí que recobraba mis fuerzas, y agregué:

--»Cuatro horas es muy poco, Yago; concédeme cuatro más, y renuncio

también a la gloria literaria, a mis obras, a lo que me hizo alcanzar un

puesto tan elevado en la estimación del mundo.

--»¡Cuatro horas por eso!--murmuró el negro desdeñosamente.--Es mucho;

pero no importa, no debo negarte la última gracia.

--»¡Oh! no, la última no--dije, cruzando las manos.--Concédeme hasta la

noche, doce horas siquiera, un día entero, y que mis hazañas, mis

triunfos, mi reputación militar, se borren para siempre de la memoria de

los hombres; que no quede nada de mí sobre la tierra... Un día, Yago, te

lo ruego.

--»Abusas de mi bondad--respondiome, haciendo un gesto de

burla...--Pero, en fin, te concedo hasta la puesta del sol. Después no

me pidas más. Hasta el ocaso, pues. Vendré por ti.»

--Hoy--continuó el desconocido con desesperación,--es el último día de

mi vida, el único que me queda!...

Luego, asomándose a una de las ventanas que daban al parque, prosiguió:

--Ya no volveré a ver ese hermoso cielo, esos verdes céspedes, esas

bulliciosas aguas; ya no respiraré más este aire embalsamado... ¡Qué

insensato he sido! Esos bienes que Dios da a todos, a los que siempre me

he mostrado insensible, y cuya dulzura sólo puedo apreciar ahora, los

habría disfrutado aún durante veinticinco años. ¡Ah! ¡Y he sacrificado

mis días a una quimera; los he perdido por una gloria estéril que no me

ha proporcionado la dicha, y que ha muerto antes que yo!... Mire,

mire--añadió señalando a unos aldeanos que atravesaban el parque y

regresaban, cantando, a sus faenas,--¡qué no daría yo ahora por

participar de sus trabajos y de su miseria! Pero ya nada tengo que dar

ni que esperar en este mundo, nada... ni la desgracia siquiera.

En aquel instante, un rayo de sol vino a iluminar sus pálidas y

descompuestas facciones.

--Vea usted--exclamó asiéndome de un brazo con una especie de

delirio,--¡vea qué hermoso es el sol!... ¡Y he de perder todo esto! ¡Ah!

deje que aun disfrute de ello, que saboree por completo este alegre y

sereno día que para mí no ha de tener un mañana.

Y antes que yo pudiera detenerle, lanzose corriendo al parque, y

desapareció por una de las alamedas.

Si he de ser franco, diré que me hubiera sido imposible evitarlo; no

tenía fuerzas; me encontraba aturdido, asombrado de cuanto acababa de

ver y oír. Apenas si me encontraba aún con energías para levantarme de

mi asiento y dar algunos pasos, a fin de convencerme de que no soñaba.

Antes de que lograse darme cuenta exacta de mi situación, se abrió la

puerta y apareció un criado, el mismo a quien había interrogado al

entrar, diciendo:

--El señor duque de C...

Y un hombre de unos sesenta años y de aspecto distinguido, avanzó a mi

encuentro, tendiéndome la mano y excusándose por haberme hecho esperar

tanto.

--Cuando llegó usted me encontraba ausente del castillo--me dijo.--Vengo

ahora de la ciudad, adonde he ido con objeto de celebrar una consulta

sobre el lamentable estado del conde de C..., mi hermano menor.

--¿Está en peligro su vida?--exclamé algo confuso.

--No, por fortuna--replicó el Duque;--pero en su juventud, ciertas ideas

de gloria y ambición trastornaron su cabeza, y una grave enfermedad que

ha sufrido últimamente, de la que llegamos a creer todos que moriría, ha

dejado en su cerebro una especie de delirio por el cual se figura

continuamente que sólo le queda un día de vida. En esto consiste su

locura.

Entonces, todo se aclaró para mí.

--Pero hablemos de usted--continuó el Duque.--Veamos qué puedo hacer en

su favor. A fin de este mes saldremos para Versalles. Le presentaré en

la corte, y...

--Conozco las excelentes disposiciones que abriga usted para conmigo,

señor Duque, y he venido a darle las gracias por ellas.

--Pues qué, ¿ha renunciado usted al porvenir que podía alcanzar en la

corte?

--Sí, señor.

--Recapacite usted en que, por mi influencia, hará rápidamente carrera y

podrá llegar en menos de diez años...

--¡Diez años!--exclamé con una especie de terror.

--¡Cómo!--repuso el Duque asombrado.--¿Considera usted que es pagar

demasiado caras la gloria y la fortuna? Vamos, joven, decídase, y pronto

iremos a Versalles.

--No, señor Duque; regresaré en seguida a la Bretaña, y le suplico

nuevamente que acepte la expresión de mi reconocimiento y el de toda mi

familia.

--¡Eso es una locura!--murmuró el Duque.

Pero yo, reflexionando en lo que acababa de ver y escuchar, salí

diciendo para mí:

--Esto es ser razonable.

Y al día siguiente emprendí el viaje de vuelta a mi casa. ¡Con cuánta

alegría contemplé mi hermoso castillo de la Roche-Bernard, los seculares

árboles de mi parque y el hermoso sol de mi país! En él me esperaban mis

vasallos, mis hermanas, mi madre... y la felicidad, porque ocho días

después celebrábase mi matrimonio con mi prima Enriqueta.

Carlos Broschi · 第 21 / 27 题