XIV

En aquella época, era España uno de los Estados más florecientes de

Europa. Bajo el hábil reinado de Fernando VI, que mereció ser llamado el

Prudente, el comercio y la agricultura comenzaban a florecer. Los

españoles, tributarios hasta entonces de las otras naciones

industriales, veían abundar en su suelo las primeras materias y los

productos de las artes. Las ciencias y las letras tomaron nuevo impulso,

y, como sucede en todos los reinos ricos y dichosos, la capital era una

población llena de placeres, donde se ostentaba el lujo. Las fiestas y

diversiones de todas clases se sucedían en la corte sin interrupción, y

acababa de fundarse en el palacio del Buen Retiro un teatro italiano, al

cual fueron llamados los primeros artistas y los cantores más afamados

del mundo.

Desgraciadamente, la débil salud del Rey y las enfermedades cerebrales

que continuamente padecía, hacían temer por su vida y por su razón;

dominábale una melancolía que no lograban disipar los cuidados y la

ternura de su joven esposa la princesa María Teresa de Portugal, de

quien era sinceramente amado.

Con objeto de distraer al Monarca, se multiplicaban a su alrededor los

bailes y los espectáculos; e inútil es decir que los extranjeros afluían

a la capital, en la que aumentaba cada día el esplendor y la riqueza.

A nuestros viajeros les fue difícil encontrar alojamiento proporcionado

a su categoría. Al fin, el duque de Carvajal y su hijo lograron un buen

aposento en la Puerta del Sol, en una magnífica fonda que sólo era

frecuentada por los grandes señores. El mismo día de su llegada, el

Duque se presentó en palacio, pero no pudo ver al Rey.

A la mañana siguiente, solicitó una audiencia, y se le contestó que el

Rey no recibiría en toda la semana.

Profundamente irritado por esta dilación, que hería vivamente su orgullo

español, el Duque, al salir del palacio real, entró para desayunarse en

un café, donde se reunían gran número de señores a tomar chocolate y

leer los papeles públicos.

De pie, junto al brasero, había colocado un hombre que se quejaba en

alta voz del ministro y de los cortesanos. El Duque no se atrevió a

iniciar el ataque, pero daba su aprobación con un silencio bastante

significativo, y escuchaba la conversación con gran regocijo, sintiendo

aliviado su mal humor.

--Sí, señores--decía un hombre de reducida estatura cubierto con una

peluca empolvada, y cuyo vestido estaba adornado de cordones;--¡por mi

parte, nada temo, y, en consecuencia, hablo muy alto!... ¿Creerán

ustedes que yo, grande de España, conde de Fonseca, marqués de Priego,

he hecho una antesala de dos horas en el palacio de nuestro Rey?

--Como yo--murmuró en voz baja Carvajal.

--He ido a pedir a Su Majestad la orden de Calatrava, que me ha

rehusado, y es la sola que me falta... Esto es una injusticia. El

oficial de guardias me dijo que el Rey no recibía a nadie, pues Su

Majestad está enfermo. Y grandes y pequeños quedamos asombrados. En

aquel instante apareció un hombre de buena presencia, sencillamente

vestido y adornado con la orden de Calatrava... En el momento de

presentarse todas las puertas se abrieron para él, y entró en los

aposentos del Rey sin pronunciar su nombre.

--¿Este será, sin duda, el infante, hermano de Su Majestad?--pregunté

yo.

--Es Farinelli--respondiome el oficial de guardias, que tenía todavía el

sombrero en la mano.

--¡Quién!--exclamé;--¡Farinelli!... ¡ese músico!... ese cantor

italiano... ostenta la orden de Calatrava, que se me ha rehusado... y es

recibido en las habitaciones de Su Majestad mientras yo hago antesala,

¡yo, grande de España! ¡conde de Fonseca, marqués de Priego!... ¡Háganse

cargo, señores, de los tiempos en que vivimos!

--En un tiempo en que se honra al mérito y al talento--dijo un hombre

que vestía una ropilla de terciopelo encarnado, el cual tomaba

lentamente y con placer su chocolate.

--Que se le recompense como cantante, concedo--replicó un joven hidalgo,

que estaba arreglándose ante un espejo del café los bucles de su

cabellera y su chorrera de encaje.--Que se cubra de oro, hay razón para

ello, porque posee la voz más melodiosa, la entonación más segura que he

oído en mi vida; y cuando canta, lo que sucede pocas veces, no cedería

por mil escudos mi asiento en la capilla del Rey; pero que sea el

favorito de Sus Majestades; que disponga a su capricho de honores,

puestos y pensiones; que tenga, según afirman, voz en el Consejo, ¡eso

es inmoral, es absurdo!... ¡Sólo falta ya que se le nombre primer

ministro!

--Se le ha propuesto--dijo gravemente el hombre de la ropilla

encarnada,--pero ha rehusado... ¡Mozo: otra taza de chocolate!

--¡El, ministro!--exclamó el marqués de Priego en un acceso de ira, al

cual el Duque de Carvajal se asoció fríamente por un movimiento de

cabeza casi imperceptible;--¡él, ministro!

--Y, ¿por qué no?

--_¿E perché no?_--repitió, en italiano, dirigiéndose a la mesa, un

señor ricamente vestido, que llevaba en todos los dedos sortijas de

diamantes.--¡El, ministro! Eso es justo, y, ¡es poco aún!... Con una voz

semejante debería ser príncipe... ¡o rey! ¡Hay tantos que no lo merecen!

He llegado de Brandeburgo, señores, por otro nombre reino de Prusia, en

cuyo trono se sienta un hombre que no da dos notas seguras... ¡un hombre

que toca la flauta como un principiante!... y le llaman ¡Federico el

Grande! ¡Y serán ustedes capaces de indignarse porque el _mio amico_

Farinelli sea ministro!... ¡él! ¡El maestro, el dios de la música sobre

la tierra!... ¡él! ¡que debería ser maestro de capilla en el Cielo, que

debería cantar con los ángeles si éstos pudiesen comparársele!... ¡El,

que ha dicho presentándome a Sus Majestades: Aquí tienen el primer

cantante de Europa! A lo que contesté: te has equivocado, el primero

eres tú.

Al ver aquel entusiasmo y aquella originalidad, todos los asistentes

habían reconocido al famoso Caffarelli, que, a propuesta de Farinelli,

había sido llamado a Madrid para cantar en el teatro italiano, con una

pensión de cincuenta mil ducados de renta.

--Señor Caffarelli--le dijo el caballero joven;--concibo que un hombre

tal como usted sea admirado por los aficionados a la música... Pero ese

cantante que no es más que... que un cantante... ese hermoso y

encantador caballero por quien todas las señoras enloquecen, sin duda

porque es de su sexo más que del nuestro...

--¡Eh! ¡por Nuestra Señora del Pilar!--exclamó indignado el hombre de la

ropilla encarnada;--¿mirará usted como un crimen su desgracia? ¿Es culpa

suya si, cuando vino al mundo, un padre odioso y criminal le hizo

mutilar por mano mercenaria, cimentando su fortuna y su porvenir sobre

el oprobio y la vergüenza de su hijo?

--Perdone usted--dijo Caffarelli, interrumpiendo;--perdone, señor, si

tomo por mi cuenta la defensa de su padre, que siendo un gran músico, es

apasionado por el arte que tan admirablemente profesa; y adorando como

adora a su hijo, no existiendo como no existe sino para él, si ha sido

odioso y cruel, fue por exceso de amor paternal, creyendo labrar no su

fortuna, sino la de su hijo. Lo más extraordinario es que se vio

obligado por la miseria a dejar su hijo en manos ajenas; y que ese

pobre Farinelli ha ignorado por completo, hasta los diez y ocho años de

edad, el gran talento y la magnífica voz que poseía.

Su padre, al regresar de la Siberia donde creyó perecer, se apresuró

gozoso a decirle: «_Mio caro figlio_, debes a mi ternura una inmensa

fortuna». ¡Y a pesar de tan dichoso porvenir, su hijo ha querido

matarle!... Felizmente no lo ha hecho... En su desesperación se desterró

voluntariamente; huyó de Nápoles, su patria, y se marchó a país

extranjero, sin dinero, sin ningún medio de subsistencia, y tomando el

nombre de Farinelli, que debía hacer célebre para siempre, dedicose al

canto para poder vivir...

No tardó en llegar a ser rico y obsequiado, porque todas las cortes,

todos los soberanos de Europa se disputaban el honor de darle asilo, de

escucharle. Nunca la voz humana había operado maravillas semejantes a

las suyas; y renovó e hizo posibles los prodigios del cantor Linus y del

tenor Orfeo, que, según dicen, encantaban y amansaban con sus melodías

las bestias feroces de las selvas. Farinelli ha hecho más... ha

encantado, ha seducido caracteres más feroces aún: a los individuos que

tenía en la corte, a sus enemigos, a sus rivales... ¡a mí mismo,

señores!... ¡a mí! el famoso Caffarelli... Oigan ustedes lo que con él

me sucedió, y del modo que le conocí.

La atención de los circunstantes redobló con las palabras de

Caffarelli, y todos se aproximaron para no perder una palabra.

El italiano prosiguió de este modo:

--Me encontraba en Londres, donde Su Majestad el rey Jorge y todos los

grandes señores de Inglaterra me fatigaban, si así puede decirse, con

honores y guineas; porque hasta entonces no había conocido rival.

Hablábase mucho entonces de un joven llamado Farinelli, que gozaba de

alguna reputación; el Rey y la Reina deseaban oírnos juntos... Era

lógico querer comparar al maestro con el discípulo. Cantamos, reunidos

en la corte, en la pieza _Arturo de Bretaña_, una grandiosa escena

musical donde yo representaba un tirano furioso y Farinelli a un joven

príncipe que aquél tenía preso y cuya muerte decreta el tirano.

Empecé cantando un aria del tirano... Era magnífica... era un tirano

como nunca se había visto. Durante un cuarto de hora fui ensordecido por

los aplausos, y decía para mí con alegría:--¡Pobre joven! ¡te veo

perdido!...

Comenzó Farinelli... y bien pronto no se aplaudió más... ¡se lloraba!

Cuando oí aquella voz tan suave y encantadora, aquellos acentos

deliciosos que llegaban al alma... no veía en él más que a un pobre

joven que con las manos extendidas hacia mí me suplicaba le dejase ver

aún la luz del sol, que era tan brillante y tan bella...

_Lasciami ancora verder il sole..._

decía él, y yo, imprudente, le escuchaba olvidando mi papel. Corrí hacia

él, deshice sus ligaduras... ¡y le abracé llorando!

A partir de aquel momento, y gracias a mí, conquistó una brillante

posición. Caffarelli proclamole su vencedor. Pero este vencedor llegó a

ser un amigo de corazón y su casa ha estado abierta siempre para mí. Su

fortuna no le ha cambiado. Que sea hombre de Estado o embajador, llego

hasta su gabinete sin hacerme anunciar, y ese grande hombre interrumpe a

menudo su trabajo para cantar un dúo con su antiguo amigo... Digo un

dúo... ¡un solo! Porque siempre olvido mi parte, para escucharle.

--¡Bravo, bravo!--exclamó el marqués de Priego con ironía y aplaudiendo

como si se encontrase en el teatro;--¡bravo! señor. ¿Pero usted, que

todo lo sabe, podrá decirnos cómo Su Alteza el príncipe _Arturo de

Bretaña_, a quien dio usted la vida, se ha encontrado de repente hombre

influyente y consejero íntimo del rey de España? ¿Cómo su amigo el

cantante ha llegado a ser hombre de Estado y empleado en misiones

secretas e importantes cerca de varios soberanos de Europa?

--Tal vez--contestó Caffarelli con aire burlón,--para entretener a los

soberanos con sus cantos. Pero ignoro en absoluto la causa de su fortuna

política.

--Será, sin duda, debido a algún gran misterio--dijo el marqués de

Priego.

--Opino como usted--asintió el duque de Carvajal a media voz y con

acento malicioso.

--No, señores--replicó el hombre de la ropilla encarnada, que acababa de

apurar su segunda taza de chocolate, y que saboreaba en aquel momento el

indispensable vaso de agua;--no, señores; y si quieren conocer la causa

de su elevación, yo la puedo decir, porque he sido testigo de ella.

--Es algún gran señor--murmuraron en voz baja.

--Es el presidente del Consejo de Castilla--dijo el joven caballero al

Duque y a sus vecinos, dándose aires de importancia;--le conozco bien.

--No, caballerito; no me conoce usted: ¡soy Rodrigo Moncénigo, barbero

de Su Majestad!

Al oír estas palabras, el duque de Carvajal púsose el sombrero, que

acababa de quitarse.

--Desde el comienzo de su reinado, el Rey, nuestro augusto amo, veíase

atormentado de una enfermedad de que nadie había logrado aliviarle; el

señor Zúñiga, médico de la corte, llegó a perder la esperanza; y todo lo

que había podido descubrir era que esta enfermedad tenía mucha semejanza

con una inventada por los ingleses y que ellos llaman _spleen_. Ya el

Rey, en dos ocasiones, y sin motivo alguno, había querido atentar contra

su vida, y a pesar de la desesperación de la Reina y de las

exhortaciones del padre Anastasio, confesor de Su Majestad, todo hacía

temer que nuestro augusto señor no había abandonado la funesta manía que

había de consumar su perdición en este mundo y en el otro.

Hacía ya un mes que permanecía encerrado en su gabinete, sin querer ver

a nadie, excepto a la Reina; y a pesar de los ruegos y de las lágrimas

de ésta, rehusaba los cuidados y hasta los alimentos que se le daban;

¡en tal estado negábase constantemente a mudarse de ropa y afeitarse! No

podía verme; me había despedido: ¡a mí, que era su barbero; a mí, padre

de cinco hijos y que no tenía otra fortuna que mi destino!

Todos nos sentíamos consternados, y la Reina más que todos: adoraba a su

esposo, de quien veía amenazadas la razón y la vida con aquella negra

enfermedad, y no sabía de qué medio valerse para librarle de la muerte,

cuando pensó en Farinelli, cuya voz, se decía, obraba milagros. La Reina

rogó al cantante que viniese a Madrid, y le colocó en una habitación

contigua a la del Rey.

A los primeros acentos que hirieron los oídos de Su Majestad, éste se

estremeció.

--¡Es la voz de los ángeles!--dijo; y escuchaba atentamente, cayendo de

rodillas y llorando, lo que no le había sucedido en toda su enfermedad.

--¡Que siga--decía,--que siga! ¡Que continúe yo oyendo esa voz que me ha

aliviado y vuelto la vida!

Cantó de nuevo Farinelli, y el Rey, volviendo en sí, se arrojó en brazos

de la Reina; después salió a la estancia vecina y abrazó a Farinelli,

diciéndole:

--¡Mi ángel salvador! ¿qué deseas? ¡Pídeme lo que quieras; te lo

concederé, sea lo que fuere!

A lo que Farinelli repuso:

--Pido, señor, que Vuestra Majestad cambie de vestido y se haga

afeitar...

Desde aquel instante, yo, Rodrigo Moncénigo, barbero del Rey, fui

restablecido en mis funciones, así como en los derechos y honores de mi

cargo.

Habiéndose hecho llevar la Reina una cruz de Calatrava, con el permiso

de su augusto esposo, la puso, con su propia mano, en el pecho de

Farinelli. Ahí tiene usted--continuó el barbero mirando al marqués de

Priego--cómo fue condecorado el músico.

A partir de aquel momento, Farinelli no abandona al Rey ni a la Reina...

Cuando se presentan los primeros síntomas de melancolía, el italiano

canta y la indisposición desaparece. Vean ustedes cómo nuestro amo

encontró un amigo...

Cuando descubrió que el admirable cantante era uno de los hombres más

instruidos de Europa, que conocía casi todas las lenguas, que la riqueza

y vivacidad de su imaginación igualaban a la profundidad y solidez de su

juicio; que la rapidez de su golpe de vista le hacía abrazar,

desarrollar y resolver en un momento las cuestiones más difíciles, se

preguntó por qué había de serle prohibido a un artista tener en los

negocios talento, habilidad y genio; se preguntó por qué no había de

hacer su consejero y su ministro al que ya era su salvador y su amigo...

Al decir su ministro, hablo de las funciones y no del título; porque,

modesto y desinteresado, Farinelli sólo deseaba servir a su Rey...

Hombre de suerte y a quien la fortuna no le ha vuelto la cara, no echa

en olvido quién es y tiene presente su origen.

No hablaré a ustedes de los nobles y grandes señores de la corte de

España que se arrastran a sus pies; y de alguno, que no les nombraré,

que le ha pedido delante de mí su protección y su favor con tanta

bajeza, que yo estaba avergonzado y Farinelli también; pero sí haré

mención de que, para colocar a cada uno a su altura, el artista

contestaba con dulzura y modestia:

--¡Dios mío! Señor Duque, ¿qué puede hacer por un gran señor como usted

un pobre cantante como yo?...

¿Necesitaré también, señores, decirles el poder que tiene en sus manos

cómo lo ejerce? El protege las artes, reaviva el comercio y la

agricultura, construye fábricas, hace que nuestra patria progrese en el

interior y que sea respetada por los extranjeros. Ha colocado al frente

del ejército a hombres de mérito y de señalados servicios sin dejar

plaza al favor... Yo tenía un hijo, señores, que recibió tres heridas

batiéndose con los imperiales; un hijo que en la batalla de Bitondo

arrebató de las manos del enemigo una bandera y la entregó al marqués de

Montmar, que era nuestro general; y este hijo era capitán hacía diez

años, y hubiera continuado siéndolo toda su vida, porque descendía del

pueblo, porque su abuelo, Sancho Moncénigo, mi padre, era barbero de una

aldea.--Eso no es justo, me dijo Farinelli.--Y aquella tarde, en la

habitación del Rey, leía versos franceses de un poeta que principiaba a

hacerse célebre, de Voltaire, y que Farinelli recitaba con calor y

entusiasmo, sobre todo, cuando llegó a este pasaje:

_Qui sert bien son pays n'a pas besoin d'aieux_

--Bella máxima--exclamó el Rey.

--Sí, señor--repuso Farinelli;--y es más bella todavía puesta en

práctica.

Entonces habló de mi hijo, haciendo presente al Rey que había a la sazón

dos regimientos vacantes: el de la Reina y el de Astorga.

--Sea--dijo el Rey;--concedo el mando del último a Rafael Moncénigo.

--Anteayer--prosiguió el barbero con orgullo y satisfacción

paternales,--mi hijo recibió su despacho; ¡mi hijo es coronel!...

--¡Por una horrible injusticia y un juego de cubiletes infame!--exclamó

un anciano militar que en aquel momento entraba en el café.--Yo, conde

de Fuentes, que soy el teniente coronel más antiguo, tenía más derecho

que nadie a mandar un regimiento por mi cuna y por los servicios que

presté al difunto rey Felipe V, porque me arruiné durante la guerra de

sucesión. Pero se me rechaza, se me tiene postergado, y, ¿por qué?...

Porque detesto a los favoritos y a los eunucos; porque soy enemigo de

Farinelli, y lo proclamo en voz alta; y así lo hice ayer mismo, en su

presencia, cuando pasaba por la sala de guardias. Sí, me ha hecho una

injusticia, una afrenta; es un infame... Y lo diré a la faz de todo el

mundo...

--No delante de mí, al menos--replicó un joven, que había oído las

palabras del conde de Fuentes.

Era Rafael Moncénigo, el cual ostentaba con orgullo las insignias de su

nuevo empleo.

El barbero trató de contener a su hijo.

--Déjeme usted, padre mío; mientras mi mano pueda sostener una espada,

no se ultrajará impunemente a Farinelli en mi presencia, y el señor me

dará una satisfacción.

--¡Cuando usted quiera!--exclamó el conde de Fuentes; y ambos

adversarios se disponían a salir, entre las aclamaciones de todos los

circunstantes, cuando el criado del Conde, que llegaba en aquel momento,

le entregó una carta que habían llevado para él, diciéndole que era

urgente.

--¡Lea usted, caballero!--dijo Rafael con altivez;--tiempo tenemos.

A medida que el teniente coronel leía el billete, cambiaba de color su

rostro; temblaba, presa de una agitación violenta; pero, tomando una

doble resolución, se aproximó al joven, que le contemplaba

desdeñosamente.

--Caballero--dijo;--¡cuánto deben costar estas palabras a un español!...

¡no tenía razón! Sería un infame si tirase de la espada en semejante

combate: lea usted.

El joven leyó en voz alta:

* * * * *

«Señor Conde:

»Es usted mi enemigo, lo sé, y, bajo este título, le debo hacer más

cumplida justicia que a ningún otro. He examinado su hoja de servicios,

y se lo he hecho presente al Rey, el cual ha tenido a bien conceder a

usted el mando del primer regimiento del ejército, del de la Reina... Y

como tengo entendido que no es usted rico, le ruego acepte la presente

libranza para montar su equipaje con el decoro que corresponde a su

nuevo destino. Esto no le quita en nada su independencia, y le deja, en

cambio, toda la libertad... ¡hasta la de aborrecerme!

»FARINELLI.»

* * * * *

Las acciones nobles y generosas encierran un atractivo simpático, del

cual no se libra nadie; cada uno de los circunstantes aplaudía a la vez;

ambos adversarios se estrecharon las manos, y el conde de Fuentes

salió, acto continuo, para ir a visitar a su generoso enemigo

seguramente.

--Ahí tienen ustedes los hombres de carácter--dijo el marqués de

Priego;--el menor favor los hace cambiar, y, en lo sucesivo, éste será

ahora uno de los más adictos del favorito.

--Esto es enojoso--agregó el duque de Carvajal;--no obtienen más que

para ellos.

--No importa; de todos modos, resulta humillante para un hombre de

sangre y del nacimiento del conde de Fuentes.

--Tiene usted razón, me sonrojo por la nobleza española.

Y ambos, en testimonio de estimación, se dieron las manos al tiempo de

separarse.

Al salir, el marqués de Priego se encontró por casualidad al lado de

Rodrigo Moncénigo.

--¿No podría usted, señor barbero--le dijo en voz baja,--hablar por mí a

Farinelli?

Entretanto, el duque de Carvajal había asido del brazo a Caffarelli,

rogándole a media voz que tratase de obtener, por su mediación, una

audiencia del favorito.

--Lo prometo a usted--repuso el artista, con aire protector.

Y aquella misma tarde, el Duque leía en su morada, esta breve epístola:

* * * * *

«Farinelli tendrá el honor de recibir mañana, antes de comer, al señor

duque de Carvajal y a don Fernando, su hijo, en el gabinete particular

de la Reina.

»FARINELLI.»

* * * * *

Huelga añadir que ambos no se hicieron esperar. Fueron introducidos en

una habitación elegantemente amueblada que servía de salón de música a

la Reina, y experimentaron una profunda sorpresa cuando, un instante

después, vieron entrar a la abadesa de Santa Cruz y a Isabel de Arcos.

Fernando no tuvo tiempo para reflexionar sobre aquel extraño

acontecimiento, porque, en aquel instante, abriose una puerta dorada, y

la camarera mayor de la Reina anuncio a Su Majestad María Teresa, que

apareció apoyándose en el brazo del cardenal Bibbiena, confesor del Rey.

--Duque de Carvajal--dijo la Reina;--he querido anunciarle por mí misma

que es la ocasión de casar a su hijo con Isabel de Arcos: el Rey

devuelve a usted todos los empleos de que le habían privado, y

juntamente el gobierno de Granada.

Todos los actores de esta escena quedaron inmóviles y sorprendidos,

excepto Fernando, que lanzó un grito de alegría.

El Duque se inclinó en señal de asentimiento, e Isabel, haciendo un

esfuerzo para sobreponerse a su turbación, tomó la palabra y dijo con

voz trémula:

--Vuestra Majestad ignora... y Su Eminencia el cardenal ha debido de

decirlo...

--Que ese matrimonio merece la aprobación de Farinelli--le interrumpió

la Reina; e Isabel quedó estupefacta.

Con frecuencia, sobre todo después de su llegada a Madrid, había oído

hablar del favorito, de su crédito y de sus aventuras; pero nunca le

había visto, y habló ingenuamente a la Reina, cuando le contestó que no

le conocía.

--Parece imposible--replicó Su Majestad,--pues Farinelli pretende tener

sobre usted el derecho de casarla y entregarle una buena dote, siendo,

como es, en la actualidad, su único pariente... Vea usted, y convénzase

de lo que le digo--continuó mostrándole un pergamino que había sobre una

mesa;--ahí tiene ese contrato por el que le cede una parte de su

fortuna.

--Estamos aquí para firmar los contratos matrimoniales, y sólo se espera

a Farinelli--dijo el cardenal.

--Ahí está--contestó la Reina, indicando con la mano a una persona que

aparecía en aquel momento a la puerta de entrada.

--¡Carlos!--exclamaron simultáneamente Fernando e Isabel.

--Sí, amigos míos, Carlos Broschi... o Farinelli... Y ahora que me

conocen ustedes--dijo con emoción y cambiando con Teobaldo una mirada de

inteligencia,--mi querida Isabel... hermana mía... ¿rehusará usted la

mano de Fernando que la ama... y que tan digno es de usted?

La joven bajó los ojos con una turbación inexplicable... Luego levantó

la vista y fijola confusamente sobre Farinelli, a quien tendió su mano.

El matrimonio se verificó la mañana siguiente, en la capilla de los

Reyes; una numerosa multitud compacta había acudido a la ceremonia,

porque se dijo que Sus Majestades honrarían con su presencia el acto

nupcial que debía celebrarse por el cardenal confesor del Rey; pero lo

que excitaba más la curiosidad pública era que se daba por seguro que

cantaría Farinelli.

Y, en efecto; de una de las tribunas cercanas al órgano, salió de

repente una voz pura y melodiosa que parecía bajar del cielo, y la

concurrencia guardó un profundo silencio.

Nunca se había expresado aquella prodigiosa voz con más sentimiento ni

ternura, ni sus acentos habían sido tan penetrantes. Los melodiosos ecos

llenaban el alma del dolor más profundo y hacían verter lágrimas;

parecían elevarse a las regiones celestes y dirigirse a seres invisibles

que habitaban las mansiones eternas.

«¡Ved--decía Carlos,--ved sobre las nubes el ángel que nos contempla y

nos bendice! ¡Angel adorado que habitas en el cielo!... ¡Virgen pura,

vuelve a tu patria y dirígenos desde ella tu divina voz, diciendo:

¡Ven!... ¡ven!... ¡ven!...»

En medio del silencio que reinaba en la iglesia, los sublimes ecos de

aquella voz vibraban, repitiéndose en las bóvedas del templo, y

murmurando a lo lejos: ¡Ven!... ¡ven!... Farinelli sucumbía a la

profunda emoción que experimentaba, y, tendiendo sus brazos, cayó

desvanecido.

Interrumpiose la ceremonia. Teobaldo corrió en socorro de su amigo, le

hizo colocar en su coche, cuyas cortinas bajó, y se alejó lentamente por

enmedio de la multitud, mientras que Carlos, volviendo hacia su amigo

los ojos bañados en lágrimas, le decía:

--¿Habrá en el mundo nadie más desdichado que yo?

--¡Sí--le contestó Teobaldo oprimiendo su mano;--sí, lo hay! Que esta

idea te consuele y te impida acusar a la Providencia.

--¡Cómo! ¡Más que perder lo que se ama, sentirse amado y no poder

pertenecer al objeto que se idolatra!

--¡Tú has sido amado, al menos!... Si hubieses visto, por el contrario,

que la mujer a quien adorabas amaba a otro; si, más fuerte que la ley de

la Naturaleza, los deberes de la religión hubiesen levantado entre

ustedes una barrera insuperable; si confidente de su ternura para con tu

rival, para un amigo, hubieses velado constantemente por ellos; si, en

fin, ¡oh, tormentos del infierno! hubieses unido sus manos, ¿te

creerías aún el más desdichado de los hombres?

--¡Cómo!--exclamó Carlos espantado,--esos tormentos de que hablas...

--Los he experimentado yo.

--¡Y los has podido soportar y ocultarlos! ¿Quién te ha dado el

sobrehumano valor que necesitabas para ello?

--¡Dios y la amistad!

Y ambos amigos confundiéronse en un cariñoso abrazo, mientras el pueblo

repetía, aludiendo a los recién casados:

--«¡Qué felices son!»

Carlos Broschi · 第 19 / 27 题