Tenía ya Fernando decidida su marcha, cuando tropezó con un nuevo
obstáculo que hacía inútil su viaje. El duque de Carvajal, su padre,
hízole saber su resolución de no consentir su matrimonio con Isabel.
--¿Y por qué razón, padre mío?--exclamó afligido Fernando.
--Conoces, tan bien como yo, los motivos que tengo para ello. Un hombre
de Estado sólo abriga un pensamiento, sólo persigue un objeto; un noble
español no tiene más que su palabra. Mi objeto es que, en defecto de los
altos puestos y dignidades de que injustamente nos han despojado,
nuestra casa sea notable, al menos, por sus grandes riquezas, y yo
consentía en tu unión con la sobrina del duque de Arcos con la condición
de que su hermana Juanita no se casaría y le dejaría toda su fortuna.
--Juanita ha legado, al morir, a su hermana todos los bienes de que ella
podía disponer; todos los que poseía en el reino de Nápoles, que son de
mucha consideración.
--Es probable que así sea, pues no los conozco; sólo sé lo que valen el
palacio y los jardines de la Alhambra que había comprado en la ciudad;
los inmensos dominios y las ricas granjas que había adquirido en la
provincia de Granada, y en la de Valencia.
--Todo eso, padre mío, pertenecía y pertenece aún a su esposo.
--¡Casarse un cuarto de hora antes de morir!... ¡No podía esperar yo
semejante cosa!
--¡Un hombre a quien amaba! ¡una unión que la hacía dichosa!
--No se trata de eso; cuando se ha dado una palabra; cuando se tiene una
hermana a quien casar... Además, enlazarse con un hombre obscuro... un
Carlos Broschi, a quien nadie conoce...
--Tenía, al menos, un mérito, ¡era rico!
--Sí, un mérito que ha conservado para sí. Te juro que Fernando de
Carvajal no será nunca el hermano político de Carlos Broschi. No te
casarás, pues, con Isabel; te niego mi consentimiento.
--¡Ah! padre mío; ella también me niega su mano.
--Tanto mejor: estamos, pues, de acuerdo.
Y, en efecto, ¿qué esperanza podía conservar el desgraciado joven,
colocado entre su padre que se oponía a su enlace, y su prometida que
rechazaba esta unión?
Con gran desesperación de Fernando, Isabel redoblaba sus instancias por
abrazar la vida religiosa. Había entrado como novicia en el convento de
Santa Cruz, y deseaba ardientemente que llegase el momento de pronunciar
sus votos.
Una ceremonia de este género, una toma de velo debía celebrarse con gran
pompa, dentro de poco, en la ciudad de Granada; e Isabel, que no había
cumplido todavía el tiempo de noviciado, deseaba obtener una dispensa en
favor suyo. Pero la abadesa de Santa Cruz no tenía facultades para
dispensarle esta gracia, y la joven experimentó un gran pesar; pero
concibió alguna esperanza cuando supo que el cardenal Bibbiena debía
honrar la ceremonia con su presencia y que oficiaría en la misa.
A su llegada, el prelado recibió la visita del desconsolado Fernando,
que demandaba su poderosa protección cerca de su padre y de su
prometida.
--Tal vez consiga que el Duque ceda en su obstinación--contestó Teobaldo
sonriendo,--pues no será la primera vez que ha cambiado de parecer...
¡Pero esa joven!... Es difícil y poco conveniente a mi carácter
desviarla de la vida religiosa, mucho más si tiene una verdadera
vocación.
--No lo creo: Isabel ha sido educada en un convento y detesta la vida
del claustro; hace sólo tres meses que desea tomar el velo.
--¿Por qué causa?
--Lo ignoro.
--¿Ama a usted, a pesar de todo?
--Sí, me ama, así me lo ha dicho; pero no quiere ser mi esposa.
--¿Y la razón?
--¡Sólo Dios la sabe!... ¿Y usted, padre mío, podrá averiguarla?
--¡Ah!--dijo Teobaldo moviendo la cabeza;--Dios no nos revela esos
secretos.
El prelado se equivocaba. El Cielo le ayudaría a descubrir aquel
secreto, y su instinto y su conocimiento del corazón humano completarían
la =obra=.
La abadesa de Santa Cruz presentole a la mañana siguiente la petición de
una de sus novicias para que acelerase la época de profesar, la cual, al
mismo tiempo, rogaba al prelado le concediese oír su confesión. El
memorial estaba firmado por Isabel de Arcos.
La pobre niña arrodillose a los pies del prelado y le manifestó los
sentimientos de su corazón. La novicia deseaba refugiarse en el seno del
Señor para salvar su alma, para huir de un amor irresistible y súbito
que la obsesionaba.
¡Amaba a Carlos! Sólo con él se hubiera desposado; y como no quería
causar tan profunda pena a Fernando, cuyo amor no merecía, veíase
obligada a hacerse religiosa. Amaba a Fernando, su prometido, pero con
un amor más apacible, más dulce. Con él, sus días habrían sido
tranquilos y serenos, y seguramente hubiera sido feliz... Pero a aquella
dicha uniforme, a aquella calma de los sentidos, prefería las emociones
fuertes, la vida del alma.
Había llegado hasta a envidiar, casi, los sufrimientos de su hermana; y
en sus ideas novelescas miraba el claustro como un asilo seguro donde
podría ser desgraciada a su gusto.
El cardenal comprendió bien pronto cuán vivas y perjudiciales, pero poco
duraderas, debían de ser las resoluciones en aquel carácter vehemente y
exaltado, y concibió el remedio para curar aquella imaginación enferma.
--Hija mía--le dijo;--a mí me corresponde salvarla, y lo haré, aunque a
pesar suyo, si necesario fuese. No será usted, pues, religiosa, y se
casará con Fernando Carvajal, amable y encantador caballero que la hará
completamente dichosa.
--¡Nunca!... Es inútil tratar de contrariar mis deseos.
--Será usted quien lo elija y le entregue su mano...
--Imposible; pensaré siempre en Carlos.
--¡Carlos mismo le obligará a que le olvide!
--¡Oh, Dios mío!--exclamó la joven llorando;--pero le desafío a que lo
haga, y, ¡a usted también, padre mío!
Teobaldo marchó sin conceder a Isabel la gracia que pedía.
Pero la indignación de ésta llegó al colmo cuando tuvo conocimiento de
un acto mucho más injusto y arbitrario.
La camarera mayor de la Reina remitió a la abadesa de Santa Cruz la
prohibición de conservar en su convento a Isabel de Arcos, y la orden de
partir al instante con ella para Madrid. Ambos mandatos fueron
obedecidos al pie de la letra.
El mismo día, el duque de Carvajal recibía del ministro una orden en que
se le mandaba presentarse en la corte para dar explicaciones de su
conducta.
Esta orden no tenía nada de agradable, porque el Duque, nada
circunspecto en sus expresiones, no había guardado la menor reserva
acerca del resentimiento que abrigaba contra el primer ministro Ensenada
y los principales miembros del Consejo de Castilla, que le habían
depuesto de su destino.
No obstante, el Duque partió para la corte acompañado de su hijo, que
veía en esta desgracia un feliz acontecimiento que le permitiría vivir
en la población donde Isabel se encontraba.