XII

La condesa de Pópoli habíase interrumpido más de una vez durante su

largo relato, y más de una vez abundantes lágrimas corrieron por sus

pálidas mejillas, manifestando a sus jóvenes amigos el dolor que

experimentaba con tan penosos recuerdos. Carlos, tan singular y generoso

a la vez; dotado de un corazón tan elevado y de un origen tan humilde;

este personaje misterioso, que había muerto llevándose su secreto, llegó

a excitar vivamente la curiosidad de Fernando y más todavía el interés

de Isabel. El alma de la joven, fácil de exaltar, concibió sin el menor

trabajo el amor y la pena de Juanita; porque, para ella, Carlos había

sido su ídolo, su dios. Si ella le hubiese conocido, le hubiera amado

con toda la fuerza de su alma; porque las pasiones románticas, las

pasiones violentas eran las que su corazón anhelaba, y a cada momento

Isabel interrumpía a su hermana, haciéndole repetir los menores detalles

de su narración.

--Ya conocen, mis queridos amigos, mi suerte, y pueden explicarse la

situación en que me encuentro. Todos los bienes que poseo en el reino de

Nápoles pertenecen a mi hermana, yo se los doy anticipadamente; pero los

que he adquirido en España constituyen la fortuna de Carlos... no los

poseo más que como un depósito. Ignoro lo que ha sido del desgraciado

Gerardo Broschi... no le he vuelto a ver después de la muerte de su

hijo; pero si entretanto pareciese... aun cuando yo no exista... toda

esta fortuna es suya... ¡El sólo es el heredero de su hijo! Fernando, y

tú, hermana mía, no lo olvidarán... Me lo han jurado, y gracias a esta

promesa, puedo aceptar sin temor todas las condiciones del duque de

Carvajal.

Juanita debía, efectivamente, firmar la semana próxima el contrato, tal

como el duque lo había dictado, y el mismo día sería colmada la dicha de

los dos amantes.

Isabel, al ver el estado de su hermana, opúsose a que hubiera ninguna

clase de fiesta ni regocijo; dijo que no firmaría el contrato de su

matrimonio hasta que Juanita pudiese asistir; y a pesar de las

instancias de Fernando, aplazose el día de la boda.

El único consuelo de Fernando era ver a su prometida, que no abandonaba

a su hermana; de este modo ambos jóvenes pasaban los días junto al lecho

de la enferma. Isabel había notado que el solo medio de hacer asomar la

sonrisa a los labios de Juanita, era hablarle de Carlos, y

frecuentemente le hacía preguntas sobre los acontecimientos que más

impresión habían hecho en ella.

--No le volveré a ver--decía Juanita.--¡Pero si al menos viera al pobre

Gerardo!... moriría contenta, y llevaría a mi amado Carlos la bendición

de su anciano padre.

--Ten paciencia--decíale Isabel;--él volverá, estoy convencida de ello;

sobre todo, si ignora la muerte de su hijo. ¿No debe verle todos los

años? Por lograr este anhelo, vendrá donde tú estás... ¡seguro de

encontrarle!...

--¡Vanas ilusiones!--dijo Juanita.--¡Es imposible que vuelva!

--¿Por qué ha de ser imposible? ¿Por qué el Cielo, la Providencia, no ha

de hacer un milagro por ti, por ti, mi querida hermana, que eres tan

buena?

--¡Ah!--exclamó Juanita.--¡Cállate!

Y mostrando con el dedo la ventana que daba frente a su lecho:

--Mi razón, debilitada, me hace ver fantasmas; porque mientras

hablabas... me pareció ver una sombra al través de esta ventana... la

sombra de Gerardo. Ha sido él, o su sombra, la que me ha mirado

llorando.

Al oír estas palabras, lanzose Isabel a la ventana que daba al jardín y

oyó los pasos de un hombre que se alejaba. Hizo seña a Fernando de que

se acercase, y éste se apresuró a seguir la dirección que indicole

Isabel, logrando alcanzar en un instante al anciano, a quien hizo entrar

en el aposento de Juanita, aunque a pesar suyo.

--¡Es usted, Gerardo!--exclamó Juanita;--¡y huía!

--¡El lo quería así--dijo el anciano temblando;--él lo quería! De otro

modo, ¡cómo había yo de renunciar a verla! ¡Renunciar a verla, cuando la

he educado, cuando usted ha sido la protectora, la amiga de mi pobre

Carlos!

--¿Sabe usted, pues, que no existe?

--Sí... sí... lo sé--dijo Gerardo con voz trémula.

--¡Y bien!--exclamaron Fernando e Isabel;--tenemos en nuestro poder

fuertes sumas para entregarlas a usted, puesto que le pertenecen.

--Sí--dijo Juanita;--Carlos ha depositado en mis manos su fortuna.

--¡Qué le resta, pues!--replicó el anciano;--lo que ha hecho Carlos está

bien hecho. No quiero nada. Nada pido, sólo ruego al Cielo que devuelva

a usted la salud.

--Eso es imposible--dijo tristemente Juanita;--se acerca el último

instante de mi vida, y de usted depende endulzarlo; quédese conmigo, no

me abandone... ¿Me lo promete, no es cierto?

El anciano no se atrevió a contestar.

--¿Rehúsa usted, por ventura?--exclamó la enferma.

--No puedo, señora, no puedo.

--¿Por qué motivo?

--Se me espera en otra parte.

--¿Hoy?

--Esta misma tarde.

--Se lo pido en nombre de su hijo, en nombre de Carlos, que nos espera,

que nos escucha tal vez. ¡Dios mío!--exclamó Juanita juntando las

manos;--¡por qué no está él aquí para cerrar mis párpados, para recoger

mi último suspiro!

Y, arrebatada por su amor y por la intensa amargura que sentía,

dirigíale la más tierna despedida, hasta el punto de que Isabel y

Fernando prorrumpieron en amargo llanto.

Gerardo parecía presa de un violento combate; lloraba, retorcíase las

manos, y en fin, cayendo de rodillas a los pies del lecho de Juanita,

exclamó:

--Me ha vencido usted... no le puedo negar nada... ¡Aunque él deba

maldecirme todavía; aunque deba matarme esta vez, volverá usted a verle,

señora... sí, volverá usted a verle!

--¿Qué dice usted?--preguntó Juanita, que al oír las palabras del

anciano, parecía volver a la vida, y cuyos ojos animados y brillantes no

se apartaban un momento de los de Gerardo.

--¡Escúcheme usted, escúcheme!--dijo el anciano, cuya emoción no le

permitía guardar orden en su relación.--Yo estaba sentado sobre las

rocas al borde del agua. La noche era fría; pero yo nada sentía... Yo

estaba frente a sus ventanas... él tenía luz en su aposento; y le vi

escribir y pasearse con suma agitación, como un hombre dominado por la

cólera... ¡Tal vez sea contra mí, decía yo, pero me es igual; le veo,

esto me satisface, permaneceré aquí toda la noche. De pronto le vi abrir

la ventana que daba sobre el precipicio... treinta pies de altura. ¡Se

arrojó! Yo también me había arrojado, sin saber lo que hacía, pues mi

único deseo era morir con él. Pero, reflexionando, preferí salvarle, y

aunque demasiado débil, esta idea redobló mis fuerzas. Le así, le

arrastré sin conocimiento, sobre las rocas; le creía muerto. Se había

fracturado un brazo en su caída; su cabeza, que había chocado contra un

pico de la roca, sangraba horriblemente. ¿Qué hacer en tan terrible

posición? Comenzaba a amanecer y me dirigía apresuradamente al castillo

en demanda de auxilio para él, cuando encontré en el camino una berlina,

y en ella un gran señor que volvía de casa de usted; era el cardenal

Bibbiena. Ayudome a conducir al pobre Carlos a su coche, y entonces

recobró el uso de sus sentidos. Cuando supo lo que acababa de hacer,

dijo:

--Te debo dos veces la vida; olvidemos la primera, y no pensemos más que

en el porvenir.

Tendiome su mano enflaquecida, me perdonaba, no me maldecía ya, me

amaba; me amaba, sí; amaba al pobre Gerardo, que ha olvidado todos sus

sufrimientos... Pero no es esto, señora, de lo que quiero hablarle, sino

de usted... de usted, de quien él se acuerda sin cesar.

--Pues que ella me cree muerto--dijo,--que no salga nunca de su error.

--¡Sí--le contestó el cardenal;--para su tranquilidad y la tuya, que sea

siempre así! Dios lo quiere.

Entonces el cardenal le hizo jurar que no turbaría la tranquilidad de

usted y que no le haría saber que vive. Me lo hizo jurar a mí también; y

Carlos, cuando estuvo restablecido, partió para un país extranjero, para

Inglaterra; pero antes de partir me encargó que velara por usted, y,

fiel a este encargo, no la he abandonado, me he ocultado para verla, y

para escribirle de usted: «La he visto». Pero hace algunas semanas que

le escribí: «Está muy enferma»... Entonces lo ha dejado todo y ha

vuelto.

--¡El está aquí!--exclamó Juanita.

--Sí, a despecho del cardenal, que ha llegado esta mañana para

llevárselo; está en Granada, oculto durante el día; viene todas las

noches al jardín de este palacio, se acerca a las ventanas, enviándome

antes para ver si alguien nos observa... Por esto he sido sorprendido, y

he faltado por usted a mi juramento...

--¡Dios le perdonará esta falta!--exclamó Juanita,--¡y Carlos también!

¡Que venga si quiere verme viva!

Y mientras el anciano apresuraba su marcha vacilante, Juanita, que se

creía haber recobrado su alma y su energía, trazó algunas palabras,

rápidamente, en un papel que entregó a Fernando, diciéndole:

--Esta carta para el cardenal Bibbiena.

En seguida, púsose lívido el rostro de Juanita... la puerta acababa de

abrirse y Carlos apareció. Juanita, sin dirigirle un reproche, tendió

hacia él sus manos, como en señal de perdón.

Carlos se precipitó a estrechar aquellas manos, que cubrió de lágrimas y

besos.

--¿Por qué lloras, Carlos?--le dijo;--soy muy dichosa... ¡Te vuelvo a

ver! Pero tú, que me amas tanto--continuó ella con dulzura,--¿por qué

has querido morir? ¿por qué me has abandonado?

--¡Era necesario!--exclamó Carlos, con los ojos arrasados en lágrimas.

--Sí, ya sé que nos separa un secreto terrible; un secreto, me has

dicho, que da la muerte... pero ahora me lo debes decir; gracias al

Cielo, ya puedo escucharlo... ¡Que todos tus pesares sean los míos, que

tu alma me pertenezca por entero, y los últimos instantes de mi vida

serán dichosos!

Carlos se aproximó vivamente a Juanita; pero viendo luego a su hermana

que permanecía de pie e inmóvil junto al lecho, se acercó al oído de su

querida amiga y pronunció algunas palabras en voz baja. Un rayo de

alegría brilló en los ojos de Juanita.

--¡Ingrato--le dijo;--sólo en este instante has tenido confianza en tu

amiga! ¿Dudabas de su amor y has olvidado los días dichosos que pasamos

juntos en las playas de Sorrento?...

Juanita se detuvo al ver aproximarse a Fernando seguido del cardenal

Bibbiena.

--Teobaldo--le dijo;--lo sé todo; acusaba a usted de injusto y de

riguroso, cuando no hacía otra cosa que cumplir dignamente los severos

deberes de una santa amistad. Perdóneme, amigo mío...

Y Juanita le tendió la mano. Hubo entonces un momento en que aquel

prelado, de fisonomía impasible, de facciones duras y severas, no pudo

contener su emoción, y asomaron a sus ojos abundantes lágrimas.

--Usted vivirá--exclamó;--vivirá, Juanita, para la dicha de sus amigos.

--¡No, siento aproximarse el instante fatal! Por esto le he hecho venir.

Y le miró con la misma ternura que había mirado a Carlos.

--Compañeros de mis primeros días, he querido que también lo fuesen

ustedes de mis últimos momentos, para que mi vida se extinga tan

dulcemente como empezó; y ahora que lo sé todo, no se opondrá usted a

bendecir nuestro enlace... ¡Qué muera siendo suya! ¡Qué en mi hora

suprema deba a usted esa dicha, la esperanza y la dicha de toda mi vida!

Teobaldo, enternecido, cruzó sus manos sobre el pecho, y, elevando sus

ojos al cielo, dejó ver tal emoción en su rostro, que inspiraba la más

profunda piedad. Veíasele tierno y desesperado a la vez.

Asió, temblando, la mano de Carlos, la unió a la pálida y desfallecida

de Juanita; y luego, con voz firme pronunció las palabras sagradas y

llamó sobre ellos la bendición de Dios. La pálida y moribunda desposada

volvió hacia el prelado sus ojos, en los que se reflejaba la gratitud

más sincera; después estrechó a Carlos contra su pecho... y como si

hubiese esperado su último beso, con la mano le mostró el cielo,

diciéndole:

--¡Amado mío... mi esposo! ¡voy a esperarte!...

Al concluir de pronunciar estas palabras, dejó de existir.

Los dos amigos se abrazaron llorando; ambos cayeron de rodillas al pie

del lecho, y allí permanecieron toda la noche, rogando a Dios por la que

había abandonado la morada de los vivos.

Transcurrieron tres meses. Al cabo de este tiempo, cuando Fernando se

atrevió a hablar de matrimonio a su prometida, ésta le contestó:

--No quiero casarme... Deseo entrar en un convento.

Y a todas las instancias que Fernando le hacía, replicaba ella:

--Conozco las brillantes cualidades que te adornan... Conozco tus

virtudes... Pero no deseo el matrimonio; sólo puedo encontrar mi dicha

en la soledad del claustro.

Buscando el modo de triunfar de la obstinación de Isabel, Fernando quiso

ir a Madrid en busca de Carlos y del cardenal Bibbiena, en la seguridad

de que sólo ellos podrían vencerla.

Carlos Broschi · 第 17 / 27 题