La condesa de Pópoli habíase interrumpido más de una vez durante su
largo relato, y más de una vez abundantes lágrimas corrieron por sus
pálidas mejillas, manifestando a sus jóvenes amigos el dolor que
experimentaba con tan penosos recuerdos. Carlos, tan singular y generoso
a la vez; dotado de un corazón tan elevado y de un origen tan humilde;
este personaje misterioso, que había muerto llevándose su secreto, llegó
a excitar vivamente la curiosidad de Fernando y más todavía el interés
de Isabel. El alma de la joven, fácil de exaltar, concibió sin el menor
trabajo el amor y la pena de Juanita; porque, para ella, Carlos había
sido su ídolo, su dios. Si ella le hubiese conocido, le hubiera amado
con toda la fuerza de su alma; porque las pasiones románticas, las
pasiones violentas eran las que su corazón anhelaba, y a cada momento
Isabel interrumpía a su hermana, haciéndole repetir los menores detalles
de su narración.
--Ya conocen, mis queridos amigos, mi suerte, y pueden explicarse la
situación en que me encuentro. Todos los bienes que poseo en el reino de
Nápoles pertenecen a mi hermana, yo se los doy anticipadamente; pero los
que he adquirido en España constituyen la fortuna de Carlos... no los
poseo más que como un depósito. Ignoro lo que ha sido del desgraciado
Gerardo Broschi... no le he vuelto a ver después de la muerte de su
hijo; pero si entretanto pareciese... aun cuando yo no exista... toda
esta fortuna es suya... ¡El sólo es el heredero de su hijo! Fernando, y
tú, hermana mía, no lo olvidarán... Me lo han jurado, y gracias a esta
promesa, puedo aceptar sin temor todas las condiciones del duque de
Carvajal.
Juanita debía, efectivamente, firmar la semana próxima el contrato, tal
como el duque lo había dictado, y el mismo día sería colmada la dicha de
los dos amantes.
Isabel, al ver el estado de su hermana, opúsose a que hubiera ninguna
clase de fiesta ni regocijo; dijo que no firmaría el contrato de su
matrimonio hasta que Juanita pudiese asistir; y a pesar de las
instancias de Fernando, aplazose el día de la boda.
El único consuelo de Fernando era ver a su prometida, que no abandonaba
a su hermana; de este modo ambos jóvenes pasaban los días junto al lecho
de la enferma. Isabel había notado que el solo medio de hacer asomar la
sonrisa a los labios de Juanita, era hablarle de Carlos, y
frecuentemente le hacía preguntas sobre los acontecimientos que más
impresión habían hecho en ella.
--No le volveré a ver--decía Juanita.--¡Pero si al menos viera al pobre
Gerardo!... moriría contenta, y llevaría a mi amado Carlos la bendición
de su anciano padre.
--Ten paciencia--decíale Isabel;--él volverá, estoy convencida de ello;
sobre todo, si ignora la muerte de su hijo. ¿No debe verle todos los
años? Por lograr este anhelo, vendrá donde tú estás... ¡seguro de
encontrarle!...
--¡Vanas ilusiones!--dijo Juanita.--¡Es imposible que vuelva!
--¿Por qué ha de ser imposible? ¿Por qué el Cielo, la Providencia, no ha
de hacer un milagro por ti, por ti, mi querida hermana, que eres tan
buena?
--¡Ah!--exclamó Juanita.--¡Cállate!
Y mostrando con el dedo la ventana que daba frente a su lecho:
--Mi razón, debilitada, me hace ver fantasmas; porque mientras
hablabas... me pareció ver una sombra al través de esta ventana... la
sombra de Gerardo. Ha sido él, o su sombra, la que me ha mirado
llorando.
Al oír estas palabras, lanzose Isabel a la ventana que daba al jardín y
oyó los pasos de un hombre que se alejaba. Hizo seña a Fernando de que
se acercase, y éste se apresuró a seguir la dirección que indicole
Isabel, logrando alcanzar en un instante al anciano, a quien hizo entrar
en el aposento de Juanita, aunque a pesar suyo.
--¡Es usted, Gerardo!--exclamó Juanita;--¡y huía!
--¡El lo quería así--dijo el anciano temblando;--él lo quería! De otro
modo, ¡cómo había yo de renunciar a verla! ¡Renunciar a verla, cuando la
he educado, cuando usted ha sido la protectora, la amiga de mi pobre
Carlos!
--¿Sabe usted, pues, que no existe?
--Sí... sí... lo sé--dijo Gerardo con voz trémula.
--¡Y bien!--exclamaron Fernando e Isabel;--tenemos en nuestro poder
fuertes sumas para entregarlas a usted, puesto que le pertenecen.
--Sí--dijo Juanita;--Carlos ha depositado en mis manos su fortuna.
--¡Qué le resta, pues!--replicó el anciano;--lo que ha hecho Carlos está
bien hecho. No quiero nada. Nada pido, sólo ruego al Cielo que devuelva
a usted la salud.
--Eso es imposible--dijo tristemente Juanita;--se acerca el último
instante de mi vida, y de usted depende endulzarlo; quédese conmigo, no
me abandone... ¿Me lo promete, no es cierto?
El anciano no se atrevió a contestar.
--¿Rehúsa usted, por ventura?--exclamó la enferma.
--No puedo, señora, no puedo.
--¿Por qué motivo?
--Se me espera en otra parte.
--¿Hoy?
--Esta misma tarde.
--Se lo pido en nombre de su hijo, en nombre de Carlos, que nos espera,
que nos escucha tal vez. ¡Dios mío!--exclamó Juanita juntando las
manos;--¡por qué no está él aquí para cerrar mis párpados, para recoger
mi último suspiro!
Y, arrebatada por su amor y por la intensa amargura que sentía,
dirigíale la más tierna despedida, hasta el punto de que Isabel y
Fernando prorrumpieron en amargo llanto.
Gerardo parecía presa de un violento combate; lloraba, retorcíase las
manos, y en fin, cayendo de rodillas a los pies del lecho de Juanita,
exclamó:
--Me ha vencido usted... no le puedo negar nada... ¡Aunque él deba
maldecirme todavía; aunque deba matarme esta vez, volverá usted a verle,
señora... sí, volverá usted a verle!
--¿Qué dice usted?--preguntó Juanita, que al oír las palabras del
anciano, parecía volver a la vida, y cuyos ojos animados y brillantes no
se apartaban un momento de los de Gerardo.
--¡Escúcheme usted, escúcheme!--dijo el anciano, cuya emoción no le
permitía guardar orden en su relación.--Yo estaba sentado sobre las
rocas al borde del agua. La noche era fría; pero yo nada sentía... Yo
estaba frente a sus ventanas... él tenía luz en su aposento; y le vi
escribir y pasearse con suma agitación, como un hombre dominado por la
cólera... ¡Tal vez sea contra mí, decía yo, pero me es igual; le veo,
esto me satisface, permaneceré aquí toda la noche. De pronto le vi abrir
la ventana que daba sobre el precipicio... treinta pies de altura. ¡Se
arrojó! Yo también me había arrojado, sin saber lo que hacía, pues mi
único deseo era morir con él. Pero, reflexionando, preferí salvarle, y
aunque demasiado débil, esta idea redobló mis fuerzas. Le así, le
arrastré sin conocimiento, sobre las rocas; le creía muerto. Se había
fracturado un brazo en su caída; su cabeza, que había chocado contra un
pico de la roca, sangraba horriblemente. ¿Qué hacer en tan terrible
posición? Comenzaba a amanecer y me dirigía apresuradamente al castillo
en demanda de auxilio para él, cuando encontré en el camino una berlina,
y en ella un gran señor que volvía de casa de usted; era el cardenal
Bibbiena. Ayudome a conducir al pobre Carlos a su coche, y entonces
recobró el uso de sus sentidos. Cuando supo lo que acababa de hacer,
dijo:
--Te debo dos veces la vida; olvidemos la primera, y no pensemos más que
en el porvenir.
Tendiome su mano enflaquecida, me perdonaba, no me maldecía ya, me
amaba; me amaba, sí; amaba al pobre Gerardo, que ha olvidado todos sus
sufrimientos... Pero no es esto, señora, de lo que quiero hablarle, sino
de usted... de usted, de quien él se acuerda sin cesar.
--Pues que ella me cree muerto--dijo,--que no salga nunca de su error.
--¡Sí--le contestó el cardenal;--para su tranquilidad y la tuya, que sea
siempre así! Dios lo quiere.
Entonces el cardenal le hizo jurar que no turbaría la tranquilidad de
usted y que no le haría saber que vive. Me lo hizo jurar a mí también; y
Carlos, cuando estuvo restablecido, partió para un país extranjero, para
Inglaterra; pero antes de partir me encargó que velara por usted, y,
fiel a este encargo, no la he abandonado, me he ocultado para verla, y
para escribirle de usted: «La he visto». Pero hace algunas semanas que
le escribí: «Está muy enferma»... Entonces lo ha dejado todo y ha
vuelto.
--¡El está aquí!--exclamó Juanita.
--Sí, a despecho del cardenal, que ha llegado esta mañana para
llevárselo; está en Granada, oculto durante el día; viene todas las
noches al jardín de este palacio, se acerca a las ventanas, enviándome
antes para ver si alguien nos observa... Por esto he sido sorprendido, y
he faltado por usted a mi juramento...
--¡Dios le perdonará esta falta!--exclamó Juanita,--¡y Carlos también!
¡Que venga si quiere verme viva!
Y mientras el anciano apresuraba su marcha vacilante, Juanita, que se
creía haber recobrado su alma y su energía, trazó algunas palabras,
rápidamente, en un papel que entregó a Fernando, diciéndole:
--Esta carta para el cardenal Bibbiena.
En seguida, púsose lívido el rostro de Juanita... la puerta acababa de
abrirse y Carlos apareció. Juanita, sin dirigirle un reproche, tendió
hacia él sus manos, como en señal de perdón.
Carlos se precipitó a estrechar aquellas manos, que cubrió de lágrimas y
besos.
--¿Por qué lloras, Carlos?--le dijo;--soy muy dichosa... ¡Te vuelvo a
ver! Pero tú, que me amas tanto--continuó ella con dulzura,--¿por qué
has querido morir? ¿por qué me has abandonado?
--¡Era necesario!--exclamó Carlos, con los ojos arrasados en lágrimas.
--Sí, ya sé que nos separa un secreto terrible; un secreto, me has
dicho, que da la muerte... pero ahora me lo debes decir; gracias al
Cielo, ya puedo escucharlo... ¡Que todos tus pesares sean los míos, que
tu alma me pertenezca por entero, y los últimos instantes de mi vida
serán dichosos!
Carlos se aproximó vivamente a Juanita; pero viendo luego a su hermana
que permanecía de pie e inmóvil junto al lecho, se acercó al oído de su
querida amiga y pronunció algunas palabras en voz baja. Un rayo de
alegría brilló en los ojos de Juanita.
--¡Ingrato--le dijo;--sólo en este instante has tenido confianza en tu
amiga! ¿Dudabas de su amor y has olvidado los días dichosos que pasamos
juntos en las playas de Sorrento?...
Juanita se detuvo al ver aproximarse a Fernando seguido del cardenal
Bibbiena.
--Teobaldo--le dijo;--lo sé todo; acusaba a usted de injusto y de
riguroso, cuando no hacía otra cosa que cumplir dignamente los severos
deberes de una santa amistad. Perdóneme, amigo mío...
Y Juanita le tendió la mano. Hubo entonces un momento en que aquel
prelado, de fisonomía impasible, de facciones duras y severas, no pudo
contener su emoción, y asomaron a sus ojos abundantes lágrimas.
--Usted vivirá--exclamó;--vivirá, Juanita, para la dicha de sus amigos.
--¡No, siento aproximarse el instante fatal! Por esto le he hecho venir.
Y le miró con la misma ternura que había mirado a Carlos.
--Compañeros de mis primeros días, he querido que también lo fuesen
ustedes de mis últimos momentos, para que mi vida se extinga tan
dulcemente como empezó; y ahora que lo sé todo, no se opondrá usted a
bendecir nuestro enlace... ¡Qué muera siendo suya! ¡Qué en mi hora
suprema deba a usted esa dicha, la esperanza y la dicha de toda mi vida!
Teobaldo, enternecido, cruzó sus manos sobre el pecho, y, elevando sus
ojos al cielo, dejó ver tal emoción en su rostro, que inspiraba la más
profunda piedad. Veíasele tierno y desesperado a la vez.
Asió, temblando, la mano de Carlos, la unió a la pálida y desfallecida
de Juanita; y luego, con voz firme pronunció las palabras sagradas y
llamó sobre ellos la bendición de Dios. La pálida y moribunda desposada
volvió hacia el prelado sus ojos, en los que se reflejaba la gratitud
más sincera; después estrechó a Carlos contra su pecho... y como si
hubiese esperado su último beso, con la mano le mostró el cielo,
diciéndole:
--¡Amado mío... mi esposo! ¡voy a esperarte!...
Al concluir de pronunciar estas palabras, dejó de existir.
Los dos amigos se abrazaron llorando; ambos cayeron de rodillas al pie
del lecho, y allí permanecieron toda la noche, rogando a Dios por la que
había abandonado la morada de los vivos.
Transcurrieron tres meses. Al cabo de este tiempo, cuando Fernando se
atrevió a hablar de matrimonio a su prometida, ésta le contestó:
--No quiero casarme... Deseo entrar en un convento.
Y a todas las instancias que Fernando le hacía, replicaba ella:
--Conozco las brillantes cualidades que te adornan... Conozco tus
virtudes... Pero no deseo el matrimonio; sólo puedo encontrar mi dicha
en la soledad del claustro.
Buscando el modo de triunfar de la obstinación de Isabel, Fernando quiso
ir a Madrid en busca de Carlos y del cardenal Bibbiena, en la seguridad
de que sólo ellos podrían vencerla.