XI

»Partí, al fin, cuando me sentí con fuerzas para soportar las fatigas

del viaje. Me embarqué para Nápoles, pero no volví a Sorrento, cuyo

risueño aspecto y el dichoso porvenir que en él había concebido me lo

hacían aborrecible. Corrí a ocultar mi dolor bajo los sombríos muros del

castillo de Arcos. Sus antiguas torres, sus murallas ennegrecidas y

deterioradas por el tiempo, exhalaban una melancolía que estaba en

consonancia con mi tristeza. Una parte del castillo había sido edificada

sobre una roca, y al pie de ella corría un torrente con violencia

inaudita. ¡En el fondo de aquel abismo estaba la muerte!... ¡Una muerte

segura, y con ella el reposo!... Más de una vez me detuve al borde del

abismo, que medía con mi vista, y dábanme intenciones de arrojarme a

él... Pero, ¡Dios me contuvo! Me parecía oír, mezclado con el ruido de

las espumosas aguas, la voz de Teobaldo que me anunciaba el castigo y mi

eterna condenación... y, sobrecogida de espanto, me resignaba a sufrir

un suplicio más largo y más cruel...

»Hacía un mes que Carlos había partido, y, fiel a su promesa esta vez,

regresó a Sorrento para el día indicado; no encontrándome allí, corrió

al castillo de Arcos, y si yo hubiese ignorado su traición, su turbación

y su tristeza me la habrían hecho conocer. Demasiado franca para

ocultarle mi dolor, y excesivamente orgullosa para descender hasta el

reproche, le conté fríamente lo que había visto y oído, prometiéndole,

no obstante, guardar un secreto del que dependía su vida.

»Dejome hablar sin interrumpirme, y cuando hube terminado, sacó de su

bolsillo una carta que me entregó, diciéndome:

--»No hable usted de este escrito a nadie en el mundo... ni aun a mí.

»La letra era de la mano de la Reina, y he aquí el contenido de la

carta:

* * * * *

«Nadie más que usted, Carlos, ama al Rey mi esposo: no hay servidor más

fiel, ni consejero más inteligente. Por la vida que a usted debe, por el

tierno amor que le profeso, por el interés que me tomo en su dicha y en

el bienestar de su reino, deseche vanos temores y arrostre los peligros

que nosotros desafiamos. ¿Qué importa su nacimiento? ¿Qué importa su

estado? Desprecie, en obsequio nuestro, las exclamaciones e insultos de

la Corte, y sea nuestro ministro, como es nuestro amigo.

»Le espero el 20 de este mes en Aranjuez.»

* * * * *

--»Hoy es ese día--exclamó Carlos con acento apasionado,--¡y no estoy en

Aranjuez!... Estoy aquí... en el castillo de Arcos... cerca de una

amiga... que sospecha, que me acusa, y a quien no quiero abandonar.

--»¡Qué! Carlos, ¿se queda usted?

--»Mientras viva--me contestó con aire sombrío;--mientras usted no me

diga: «márchese»... porque, ¡mi soberana es usted!

--»¿Y ese elevado puesto que se le ofrece; y ese favor inaudito,

inconcebible?...

--»Le he rogado--contestó, entristecido,--y me ha prometido usted no

hablar a nadie... ni aun a mí, de ese secreto... Los servicios que he

prestado a mi soberano, el secreto favor con que me honra, tienen su

origen en sucesos que no le puedo revelar. Es el solo y único secreto

que tendré para usted, y que no conocerá, tal vez, sino demasiado

tarde... ¿Qué importa esto, si los temores de usted se han disipado?...

y espero que así habrá sucedido.

»Tomó la pluma y escribió:

* * * * *

«Señora:

»Las bondades con que mi Señor y Rey, y, a la vez Vuestra Majestad, han

concedido al humilde y desconocido Carlos, no han dejado ya de excitar

la envidia, aun cuando la alta confianza que me hayan acordado sea un

secreto que apenas pueden adivinar. ¿Qué sucedería si me viesen llegar a

ministro? Los ultrajes que recibiría no se detendrían en mí, y puede ser

que se elevaran más alto. Por el interés y respeto que le profeso,

señora, lo mismo que al Rey; por el interés de su gloria y de su reino,

le ruego me retire el alto puesto que me quiere confiar: no tengo a él

otro derecho que mi celo, y solamente rehusando me haré digno de él;

porque rehusándolo creo servir a Su Majestad. Y ahora solicitaré otra

gracia: permítanme vivir y morir en el retiro, en la obscuridad, que es

lo único que conviene al pobre y modesto Carlos. Escribo la presente

desde Arcos: desde el día en que Su Majestad se dignó conceder _gracia_

a la condesa de Pópoli, conoce mis sentimientos para con ella: afección

insensata, probablemente, pero que no acabará sino con mi vida, así como

mi gratitud y mi respeto para Vuestra Majestad.»

* * * * *

»Cuando me hubo dado a leer esta carta, la cerró, selló y envió por un

correo.

--»Y ahora, ¿conservará usted todavía sus dudas?--me dijo.

--»No tengo más que remordimientos--le contesté, tendiéndole la mano;--y

confío en que desaparecerán, pasados algunos días.

»En efecto, no tardé en abandonar mis indignas sospechas; no tardé en

reconocer los sacrificios que Carlos se había impuesto, impulsado por su

amor hacia mí.

»Fiel a un plan que me había propuesto, me decidí a escribirle

secretamente a Teobaldo, al obispo de Nola, al cardenal de Bibbiena; y

comprendí que debía todos esos títulos a la amistad y protección de

Carlos. Sin prevenirle ni darle conocimiento de lo que quería de él, le

rogaba que fuese lo más pronto posible, porque tenía que pedirle un

servicio de mucha importancia. Estaba segura de verle llegar; en efecto,

transcurridos pocos días, el coche de Su Eminencia entraba en el patio

del castillo, con gran sorpresa de Carlos, que ignoraba su venida.

»Al cabo de siete años de ausencia, nos volvíamos a encontrar reunidos

en el castillo donde habíamos pasado nuestra juventud; en aquellos

parajes, mudos testigos de nuestros placeres y de nuestra amistad, de

nuestro juramento y de nuestros sueños: juramento que habíamos

sostenido, sueños que se habían realizado de un modo que tenía algo de

milagroso.

»Cuando los tres entramos en el salón del duque de Arcos, en aquel salón

gótico que tantos recuerdos tenía para nosotros, la misma idea sin duda

se apoderó de nuestras imaginaciones; porque nos estrechamos las manos y

cruzamos nuestras miradas... ¡Qué cambio, Dios mío! En otra ocasión, en

aquellos mismos sitios, pobres, desgraciados e inseguros del porvenir,

la alegría y la salud brillaba en nuestros semblantes. A la sazón, ricos

y poderosos, la inquietud y los sufrimientos marcaban en nosotros sus

huellas.

»El mal que me consumía empañaba el color de mi rostro; la frente de

Teobaldo estaba surcada de prematuras arrugas, y Carlos, sin que por mi

parte pudiera explicarme la causa, aparecía el más triste de todos. Con

lágrimas en los ojos, nos abrazamos exclamando:

--»Todo ha cambiado, excepto nuestros corazones.

--»Amigos míos--les dije, luego que tomaron asiento;--recordarán que

hace siete años, en igual época, éramos muy desgraciados; era el día que

Carlos se separó de nosotros.

--»Sí, sí--exclamó Carlos;--día espantoso, día horrible.

--»Del que la suerte nos debe indemnizar--proseguí diciendo;--porque

hasta el presente ha sido muy cruel para conmigo, y yo, Carlos, muy

injusta para ti. No tengo más que un medio de reparar mis sospechas y de

tranquilizarme: dentro de ocho días termina el plazo de mi luto, y

pasado este tiempo, deseo que aquí mismo Teobaldo bendiga nuestro

enlace.

»Carlos, fuera de sí, se lanzó a mí para darme las gracias, cuando

encontró la mirada imperiosa de Teobaldo.

--»No bendeciré nunca ese matrimonio--dijo en tono colérico.

--»¿Y por qué?--exclamé estupefacta.

--»¡Insensatos! No saben ustedes que esa unión, en otro tiempo

permitida, es hoy imposible; que la dama más noble de Nápoles, la

sobrina del duque de Arcos, la condesa de Pópoli, no puede contraer

matrimonio...

--»¿Con un hombre sin nobleza y sin nacimiento?--exclamé sonriendo.

--»No--replicó Teobaldo, sin apartar la mirada de su amigo, que, con la

vista fija en tierra, parecía aterrado.--No, ella no puede casarse ante

los ojos de toda la Italia, con el matador de su marido.

»Carlos lanzó un grito de sorpresa y de indignación.

--»Sí--continuó Teobaldo con energía;--esa mano, que ha herido al conde

de Pópoli, no puede unirse a la de su viuda sin causar su vergüenza, sin

que caiga sobre ella la infamia... Sería proclamar en alta voz su

adulterio y la deshonra... Y si tú la amas, Carlos, la debes querer

respetada y no infamada.

--»Pero el conde de Pópoli--repliqué,--declaró, al morir, que había

sucumbido lealmente, y en un combate donde su honor no había sido

empañado.

--»Sí, accediendo a mis súplicas--contestó Teobaldo,--hizo esta

declaración para que usted se conservase casta y pura en la estimación

pública; y yo separé de su frente el escándalo y el oprobio... ¿sabe

usted con qué condición? ¿Sabe si prometí, en su nombre, que la mano de

usted jamás se uniría a la de su cómplice?

--»¿Exigió usted eso?--pregunté, con voz temblorosa.

--»No puedo, como ministro del Señor, revelar las palabras de un

moribundo, ni el secreto de la confesión; ¡pero le aseguro, y esta

palabra debe bastarle, que creería ofender al Cielo si bendijese el

matrimonio de ustedes!

»Teobaldo salió, dejándonos consternados.

--»Sí--díjeme interiormente;--no niego que semejante matrimonio puede

perderme para siempre en el mundo; ¡pero no puedo explicarme cómo

encuentro en Teobaldo tanto rigor y tanta dureza!

»La voz de la amistad pudo haber endulzado lo que el deber de la

religión tiene de inflexible y severo; debía habernos aconsejado al

menos, ¡y partió... sin consolarnos! ¡Veía que éramos desgraciados, y

por la primera vez se alejaba de nosotros sin unir sus lágrimas a las

nuestras!

»Carlos, por el contrario, aunque herido por golpe tan terrible, había

redoblado sus cuidados y su amor para hacerme olvidar. Ocultábame su

dolor, por no aumentar el mío, y nunca me había mostrado tanta pasión ni

tan profunda ternura. ¡Demasiado generoso para quejarse y acusarme;

demasiado pundonoroso para desear mi posesión a costa de mi honor y del

deber, yo notaba con sorpresa los tormentos que resistía en vano!

»En ocasiones, pronto a ceder, huía de mí; o bien enajenado de amor,

caía a mis pies exclamando: Yo seré tu esclavo; pasaré mi vida

adorándote; ¡hermana mía, amiga mía... no quiero de ti más que tu alma,

tu amor!... ¡No exijo nada del destino; soy el más dichoso de los

hombres!... ¡La dicha fuera de aquí no equivale a la desgracia a tu

lado!...

»Transcurrieron tres meses en el suplicio y en la embriaguez de nuestra

pasión, cuyos combates agotaban nuestras fuerzas y nuestro valor.

Parecíame que las amenazas de Teobaldo alejaban de mí cada día la

felicidad; la voz de la opinión pública y las murmuraciones del mundo

resonaban en mi oído haciéndome estremecer; sólo la presencia de Carlos

tenía la virtud de impedir que llegasen hasta mí. Pasados algunos días,

noté en él una grande exaltación, casi un delirio, y esto me causaba una

inquietud profunda; tres meses de lucha continua, presa de una fiebre

ardiente, y que agravaba de día en día el clima y los ardores del sol

abrasador de Nápoles, eran más que suficientes para abrasar su sangre e

inflamar su cerebro.

»Frecuentemente, sus miradas, ardientes y llenas de pasión, expresaban

el extravío y una sombría desesperación que me ponía en cuidado.

--»Carlos--le decía,--no me mires de ese modo...

--»Tranquilícese--me contestaba.--¡Mis sufrimientos son de tal

naturaleza, que en breve dejaré de existir!... ¡Yo quería acelerar este

momento... esto es muy fácil... no temo la muerte... pero temo no volver

a verla!

»Mientras hablaba de este modo, las lágrimas y los suspiros ahogaban su

voz. ¡Ah! Tenía razón, era sufrir demasiado; y yo, débil mujer, no

tenía la fuerza suficiente para luchar con su amor.

»Cierto día, el aire era pesado y cálido, el calor sofocante; formábase

en el mar una tempestad; estábamos sentados en el parque, y hacía

algunos instantes que hablaba a Carlos, y que éste nada contestaba...

Tomé su mano y sentí que abrasaba...

--»¡Tiene usted fiebre--le dije;--una fiebre ardiente!

--»Sí--me contestó;--hace algunas noches que no he dormido, y esto me

desconsuela... Este insomnio hace más largos los días... ¡cuánto deseo

con toda mi alma acortarlos!

»Había en estas frases tanto dolor y tanta resignación, que todo mi

valor me abandonó: no veía en aquel instante más que a Carlos, a quien

iba a perder; ¡a Carlos próximo a la muerte!... Y todo mi corazón cedía

a esta idea espantosa.

--»Escúcheme--le dije;--¡basta de combate y de tormentos! ¿Quién puede

obligarnos a sufrir por más tiempo?... El mundo, la opinión pública que

nos herirá--dirá usted acaso.--Si yo le presento a los ojos de todo el

mundo diciendo: ¡Ved a mi salvador, a mi amante, a mi esposo!... ¡Y

bien! Estas palabras que me será tan grato pronunciar... ¿por qué no

decirlas? ¿por qué detenerlas? Si Teobaldo, si nuestro amigo nos

abandona, ¿no habrá ningún otro eclesiástico, algún indiferente que a

precio de oro se preste a unirnos en secreto?

»Carlos hizo un gesto de sorpresa.

--«Ignoro--proseguí vivamente,--si nuestras leyes condenan o permiten

semejante unión... Pero a mis ojos es valedera; porque delante de Dios,

que me está escuchando, se celebre, o no, nuestro enlace, yo te miro ya

como a mi esposo, como aquel a quien pertenecía... Sí, Carlos; mi

honor... es mi vida... y te amo más que a mi vida... porque, ya lo ves,

te amo... ¡te pertenezco!

»A esta dicha inesperada para él, Carlos lanzó un grito de alegría,

levantó las manos al cielo y cayó a mis pies, presa de un delirio que me

hizo temblar por su razón y por su vida. Habituado, hacía mucho tiempo,

a luchar con el dolor, su corazón no estaba dispuesto para recibir tan

agradable impresión, y, demasiado débil para soportarla, sucumbió al

exceso de su felicidad.

»Apoderose de él una intensa fiebre cerebral, y durante ocho días estuvo

su vida en inminente peligro; no veía, no reconocía a nadie... ¡ni aun a

mí! Al cabo de este período, la fiebre cedió algún tanto.

--»No tardará mucho tiempo en recobrar la razón--díjome, entonces, el

doctor;--mucho cuidado, nada de ruido ni de emociones fuertes: he aquí

el régimen que le prescribo.

--»Entretanto, el delirio de Carlos no tenía nada de extravagante, no

hablaba más que de su próximo matrimonio.

--»Ella me ama--decía;--¡me ama más que a su honor!... ¡Consiente en ser

mía!... ¿Pero cuándo se efectuará nuestro enlace?

--»Cuando estés restablecido--le contestaba yo.

--»¡Ah! Esto será bien pronto, porque entonces seré feliz.

»Entonces, dejándose llevar de su brillante imaginación, que dominaba a

su razón, me trazaba un bello cuadro de un matrimonio unido por el amor

y embellecido por las dulzuras de la familia. Los encantos con que

adornaba aquel retrato sobrepujaban casi a lo que hubiera sido la

realidad, y semejante locura parecía causar su dicha.

»Apoyado en mi brazo, quiso dar un paseo en el parque, paseo que le hizo

mucho bien, y volvimos al castillo; en el vestíbulo se presentó a

nosotros un hombre que nos aguardaba... ¡Era Gerardo Broschi... era su

padre!

--»Ha pasado un año--le dijo el anciano con voz dulce,--y me autorizaste

para verte transcurrido este tiempo.

»Mientras hablaba el anciano, Carlos tenía fija en él la mirada, y

escuchaba con atención sus palabras, como buscando un recuerdo en su

memoria. Una repentina revolución efectuábase en él; al recobrar su

razón, me tendió la mano con ternura.

--»Juanita--me dijo;--amada mía...

»Luego, dándose cuenta de la presencia de Gerardo, exclamó con acento

desgarrador, golpeándose la frente, con un movimiento de ira:

--»¡Mi padre!

»Divisó en el vestíbulo una escopeta de caza que habían dejado allí, y

apoderándose de ella apuntó a su desgraciado padre. Me puse delante de

él diciéndole:

--»¡Márchese, aléjese de aquí!

»Y el anciano desapareció en el parque. Pero el arma fatal había caído

de las manos de Carlos.

--»Ya lo ve usted--me dijo;--es más fuerte que yo. Sin usted, ¿qué sería

yo en este momento? ¡Un parricida!...--murmuró en voz baja, y temblando

con todo su cuerpo, permaneció con la cabeza apoyada entre sus manos.

»Con objeto de que volviesen a su imaginación ideas menos tristes, me

aproximé a él y le hablé del proyecto de nuestro matrimonio.

--»¿Cuándo se celebrará?--me preguntó.

--»Mañana, si quiere.

»Estrechó mi mano con una expresión de ternura y de reconocimiento

difíciles de explicar.

--»Hasta mañana--me dijo, y separose de mí para entrar en su habitación.

»La mañana siguiente, poco antes de la hora en que debíamos vernos, se

presentó Gerardo, pidiendo ver a su hijo.

--»Me matará si quiere--dijo el anciano;--pero debo verle, pues no

olvido su promesa.

»No sin grandes trabajos, logré que desistiera de su resolución, y me

fue necesario hacerle presente que en el estado de la salud de Carlos,

su vista podía hacer que recayese en sus funestos accidentes.

--»Ya que es necesario--dijo suspirando,--su salud antes que todo; que

él viva aunque yo muera... Es demasiado cruel para conmigo... No es que

yo le acuse; pero le amo tanto, que debiera perdonarme... Me marcho.

»El anciano necesitó mucho tiempo aún para salir del castillo.

»El aposento de Carlos daba sobre el torrente, y los criados habían

encontrado por la tarde a Gerardo al otro lado del precipicio, asido a

las rocas que daban frente a las ventanas de su hijo, esforzándose para

distinguirlo.

»¡Ay de mí! ¡Ni el infeliz anciano ni yo debíamos volver a ver a Carlos!

La mañana siguiente Carlos no bajó a la hora del desayuno. Envié en

busca suya, y encontraron que su puerta estaba cerrada; llamamos, y

nadie contestó. Forzada la cerradura, viose que su estancia estaba

desierta. No se había acostado, pero las bujías, casi consumidas y

colocadas sobre su escritorio, ponían de manifiesto que había velado la

mayor parte de la noche... La ventana que daba sobre el abismo estaba

abierta... Sobre el alféizar veíase todavía la huella de un pie... Bajo

la ventana, las rocas que formaban el precipicio estaban teñidas de

sangre, lo que nos hizo a todos sospechar que las aguas impetuosas del

torrente habían arrastrado su cuerpo. Nada quedaba de él... nada más que

sus papeles abandonados sobre su escritorio... Había también una cartera

que contenía sumas considerables; y su testamento, escrito de su mano...

manifestaba en pocas palabras que se daba la muerte por el temor de ser

parricida... y dejábame heredera de toda su fortuna.

»Así fue cómo perdí el compañero de mi infancia, el amigo de mi

juventud. De esta manera, la suerte, que se burló de nuestros proyectos

y de nuestras esperanzas... no quiso que nos uniésemos sobre la tierra.

¡No me compadezcan ustedes, amigos míos, felicítenme, por el contrario!

Dios ha convertido mi dolor en piedad; él abrevia el tiempo del

destierro, y muy en breve me habré reunido con mi adorado Carlos.»

Carlos Broschi · 第 16 / 27 题