IX

»Me quedé sola, pues, en aquella casa que tan bella me había parecido

siempre y cuya soledad me causaba, a la sazón, una profunda tristeza;

los primeros meses de mi viudez los pasé sin recibir noticia alguna de

mis amigos; ¿a que se debía este silencio de su parte? Lo ignoraba.

»Me vi atacada entonces de una enfermedad cuyos primeros síntomas había

sentido hacía largo tiempo, y que daba entonces bastante cuidado a las

personas que me rodeaban; en cuanto a mí, no fijaba mi atención en ella,

porque mi pensamiento estaba muy distante de mi persona.

»Por último, cierto día recibí una carta cuya letra me hizo estremecer:

¡era de Carlos!

»Decíame en ella que Teobaldo le había aconsejado que no me escribiese;

pero que, al saber que yo estaba enferma, no había podido resistir al

deseo de comunicarme sus sentimientos.

»El clima de Inglaterra, decía, no le conviene, aumenta sus

padecimientos, necesita usted un clima más templado, más dulce, el bello

sol de Nápoles, el aire de nuestra querida patria. Váyase, no al

castillo del duque de Arcos, donde encontraría recuerdos demasiado

tristes; pero sí a Sorrento, a la orilla del mar, a esa risueña villa

que le pertenece y donde la amistad le aguarda.

--»¡Ah!--exclamé.--Has olvidado que todo lo he perdido, que nada me

pertenece ya, ni aun el aire de mi país, donde fui reducida a prisión, y

del que me vi desterrada...

»Pero, ¡cuál fue mi sorpresa cuando encontré unido a esta carta un

decreto del Rey en que me devolvía la facultad de regresar a mi patria y

los bienes de mi familia!

»No estaba ya desterrada, era rica y dichosa, y más dichosa aun por

deber toda mi felicidad al amigo de mi infancia! ¡Ah! ¡cuán grande es la

gratitud, y cuán dulce hace las personas que amamos, y con qué

satisfacción recibimos el beneficio que nos obliga a amar más todavía!

»Pocos días después abandoné Inglaterra y me embarqué sufriendo mucho, a

causa de mi soledad. ¡Sola! no; llevaba conmigo mis pensamientos, y

otros más halagüeños y más dulces me esperaban; iba a ver de nuevo la

bella Italia que había creído dejar para siempre! Había salido esclava

de aquel país, y volvía libre... ¡libre! ¡Ah! en la situación en que me

encontraba, ¡qué de recuerdos se agolpaban a mi imaginación al

pronunciar aquella sola palabra! ¡Vanas ilusiones acaso, pero que la

imaginación no podía desterrar! ¡Esperanzas insensatas nacidas en el

corazón, y que constantemente nos hacen volver la vista hacia nuestra

querida patria!

»Pisé, al fin, las playas de Sorrento; veía aquella deliciosa campiña

que había pertenecido al duque de Arcos y que nunca había habitado.

Carlos me aguardaba; yo corría a él llena de alegría y de satisfacción;

sintiéndome dichosa al presente y esperándolo ser en el porvenir; pero

quedé sorprendida al ver la tristeza que revelaba su semblante. ¿Qué

podía él en aquella ocasión temer o esperar? ¡Yo estaba libre! Pero creí

que mi salud era la causa de su pena y de sus inquietudes, y el interés

que manifestaba hizo que se aumentase el amor que por él sentía,

admirando los cuidados de que me rodeaba.

»Causábame indecible satisfacción deber la salud solamente a él y a su

talento!

--»¡Ah!--me dijo:--se equivoca usted al creerme sabio; no lo soy.

--»Así, pues, ¿no es usted un célebre médico?

--»¡Ah! De todas las ciencias, ésa es la sola que yo desearía tener hoy.

Pero, ¡ay de mí! no la poseo, y la prueba es que, a pesar de mis

anhelos, no la puedo curar y es necesario ceder a otro esa gloria.

»En efecto, hizo ir de Nápoles a un sabio médico y Carlos me suplicó que

le obedeciese, atribuyendo a sus conocimientos el cambio favorable que

entonces experimenté.

--»Se equivoca usted--le dije:--la mejoría que siento la debo a usted, a

su presencia.

»En efecto, no me había sentido tan feliz en ninguna época de mi vida.

Segura de mí y de mi corazón, Carlos temía hablarme de sus esperanzas, y

mi reserva igualaba a la suya. Yo necesitaba decirle: ¡Este corazón te

pertenece! Pero, con un poco de paciencia y de silencio, el período del

luto habría pasado; y el amor, que hubiera sido hasta entonces un

crimen, sería después un deber.

»Nos comprendíamos sin hablar, y nuestros días pasaban en una dulce

tranquilidad, en una dicha sin nombre; mis temores, mis inquietudes, mis

antiguas desconfianzas, todo había desaparecido. El porvenir me había

hecho olvidar el pasado: no obstante, Carlos nada me había dicho, nada

me había confesado; pero parecíame que entre nosotros existía un

secreto, un misterio... ¿Qué podía pedirle? ¡El me amaba! ¿Qué me

importaba lo demás?

»Como en el tiempo de nuestra niñez, pasábamos el tiempo agradablemente

entretenidos y dábamos largos paseos. Su conversación, siempre tan

seductora, era entonces más grave y más instructiva. Crecida y educada

fuera de la sociedad, apenas la conocía, y Carlos me iniciaba en las

grandes cuestiones que entonces agitaban nuestra patria y el mundo

entero. Hablábame de los principales soberanos; me describía sus

caracteres, su política, como si él hubiese vivido en su intimidad. Me

mostraba a la España arrastrada en alianzas y en nuevos lutos, gloriosos

tal vez, pero menos útiles para aquella nación que la paz de que tanto

necesitaba para cicatrizar sus hondas heridas; y me explicaba que esa

nación podía ser más poderosa y respetada sin combatir, que por medio de

la guerra.

--»¡Dios mío! Carlos--le dije:--¿de dónde ha sacado usted todos esos

conocimientos? ¿Sabe usted que sería un grande y hábil ministro?

»Limitábase a sonreír, y permanecía con aire preocupado.

»Luego, me contestaba:

--»¡El Cielo me preserve de eso! ¡El poder está bien lejos de la dicha!

Y la dicha está para mí aquí, cerca de usted.

»Después, oprimiendo mi brazo, que apoyaba en el suyo, y dirigiendo su

vista al golfo de Nápoles, en aquel mar cuyas olas espumosas iban a

extinguirse a nuestros pies, bajo aquel sol encantador que se ostentaba

radiante:

--»¡Aquí--exclamaba,--en estas mismas playas de Sorrento, donde el Tasso

vio la luz del día, donde él amó y donde sufrió!...

»Y, dejándose llevar de su entusiasmo, con voz conmovida y tierna me

hablaba del Tasso, de su gloria y de sus desdichas; aquellas palabras

elocuentes vibraban en mi oído como una dulce armonía, como los versos

del poeta que admiraba. Escuchábale... admirábale, satisfecha y

orgullosa de él y del amor que por mí sentía.

X

»Pasábamos las veladas en un pabellón elegante situado junto a la orilla

del mar, el que hacía para nosotros las veces de biblioteca y de salón

de música... Poníame al clavicordio y Carlos me acompañaba. Había

adquirido tanta destreza en la música, que me causaba placer el oírle;

tocaba el arpa con tal perfección, que, con frecuencia, cuando estaba

triste, dejaba yo de tocar y de acompañarle, para no perder una sola de

las notas que producía; y con frecuencia también, en aquellos días en

que su corazón estaba poseído de pena, hacíanme derramar lágrimas los

sonidos que arrancaba a su lira; él mismo, maestro por la inspiración y

el sentimiento, experimentaba la emoción que causaba. Veíale, de pronto,

inclinar su cabeza sobre el pecho, el arpa escaparse de sus manos, y su

rostro inundarse de lágrimas, que procuraba ocultar con una sonrisa;

luego, para desechar su melancolía, ejecutaba algún bolero o alguna

graciosa barcarola.

»Nada igualaba a la bondad de su corazón, pero encontraba en su carácter

contradicciones que me sorprendían y que no podía explicarme. Una mujer

del pueblo, de aquellos alrededores, llamada Fiamma, fue cierto día a

verme y a darme las gracias de no sé qué favor que le había yo hecho, y

me contó que algunos años antes, pobre y miserable, se encontraba

rezando en el camino, frente a una Virgen, pidiendo pan para ella y su

familia, cuando, de pronto, pesada bolsa cayó a sus pies; levantó los

ojos y vio a un joven caballero; era Carlos que le decía:

--»¿No eres tú Fiamma, jardinera en otro tiempo en el castillo del duque

de Arcos?

--»Sí, señor--repuso ella;--y me encuentro sin pan y sin asilo desde que

nuestra ama fue desterrada y confiscados sus bienes.

--»Ese dinero viene de su parte; tómalo, sé dichosa y ruega a Dios por

ella.

--»Y por usted, señor.

»Fiamma, admirada, llevó la felicidad a su familia, y después, gracias a

la generosidad de Carlos, se había casado con Bautista, su prometido,

cuya fortuna había hecho y que era entonces uno de los hortelanos de

Sorrento más diestros y trabajadores.

»A mi vez, quise dar una sorpresa a Carlos, y cedí a Bautista la plaza

de jardinero en jefe de mi casa, donde fue a establecerse con su mujer y

sus dos hijos. Al día siguiente de su llegada, orienté nuestro paseo

hacia la habitación de aquellas buenas gentes, y entré en ella con

Carlos, que me daba el brazo. Creía que el aspecto de aquella dichosa

casa, de aquel matrimonio que tanto se amaba, le causaría una agradable

satisfacción; ¡pero vi, con sorpresa, retratarse en su semblante un

profundo dolor que procuraba ocultar!

»Cuando los niños en sus juegos llegaron, dando vueltas, a sus pies,

Carlos retrocedió un paso para alejarse de ellos; luego, disgustado de

aquel movimiento, se detuvo; pero durante el tiempo que yo los tuve en

mi regazo acariciándolos y besándolos, apenas si él les hizo una

caricia.

»Siempre que Carlos encontraba a Fiamma o a su marido en el parque

separadamente, les hablaba con cariño y amistad alentándolos en sus

tareas y no separándose de ellos nunca sin darles una prueba de su

generosidad. Cuando los encontraba reunidos, volvía la cabeza y no les

dirigía la palabra.

--»Creo que ama usted a Fiamma--le dije un día riendo,--y que tiene

celos de Bautista.

»Me miró asombrado, y como si no comprendiese que semejante idea pudiese

ocurrírseme; yo me apresuré a explicarle mis palabras.

»Respecto a los niños, cuando los veía en alguna de las calles de

árboles echaba por otra. Es cierto que los chicos eran inquietos como

todos los de su edad, y Carlos buscaba en sus paseos la soledad y el

retiro.

»Al cabo de algún tiempo, su melancolía pareció aumentarse;

sorprendíale con frecuencia triste y de mal humor, a pesar de que cada

momento que transcurría nos acercaba al término de nuestros votos. ¡Dos

meses más, y el tiempo de mi luto habría pasado! ¿Qué podría impedir

nuestra dicha? ¿Qué nube podría obscurecer ese hermoso día? Carlos había

recibido varias cartas y parecía vivamente preocupado; a pesar de la

reserva que me había impuesto, me atreví a interrogarle.

--»¡Ay!--me dijo:--¡tiene usted razón, ha adivinado lo que pasa en mi

alma; experimento un gran sentimiento! ¡Es necesario que la deje,

Juanita! Que me ausente por un mes. Todo un mes sin verla, ¿comprende

ahora mi dolor?

--»¡Sí--le contesté;--yo experimento lo mismo! ¿Y por qué se aleja

usted? ¿Qué le obliga a partir?...

»Observé que mi pregunta le había causado una viva impresión, de la que

no podía darme cuenta.

--»No quiero saber nada--continué:--nada le pregunto; su amiga no le

pide sus secretos... hasta el día en que esos secretos sean los suyos...

»Carlos palideció; yo me apresuré a decirle:

--»Y aun entonces, a usted le tocará preguntar y a mí obedecer. Parta

usted, pues que es necesario, y si me ama, vuélvame pronto la dicha que

se lleva privándome de su presencia.

»Me juró que volvería antes de un mes... ¡Cuando, al fin, se alejó, lo

difícil para mí fue el ocupar mis días, crearme ocupaciones y una nueva

existencia; en una palabra, vivir sin él! Aquellos lugares, tan

agradables y risueños cuando él los habitaba, no cesaban de recordarme

su ausencia, y mi corazón se oprimía a la vista de tantos recuerdos.

»Había debido, hacía mucho tiempo, dar las gracias al Rey por las

mercedes que me había concedido, pero la Corte viajaba en aquella época,

y debía detenerse algunas semanas en Sevilla. Decidí emprender la

marcha; era un viaje poco fatigoso y sobre todo una distracción para mí.

Pero antes de mi partida quise, como un propietario cuidadoso de sus

intereses, conocer al detalle los bienes que la bondad del Rey me había

devuelto. Pasé dos o tres días en un trabajo nuevo para mí, y examinando

y poniendo en orden los contratos y títulos que había en el departamento

que habitaba Carlos. Entre aquella multitud de papeles encontré uno que

hirió mi vista; era el fragmento de una carta desgarrada. Sólo pude ver

en él palabras sueltas, frases cortadas; pero la letra era de Teobaldo,

y dirigida a Carlos. He aquí su contenido:

--»¿Qué buscas, pues?... ¿Qué esperas?... insensato... Seis meses de

dicha... dices, ¡y luego morir!... ¡Morir, ingrato!... ¿Y ella?...

porque no te hablo de mí...»

»Cuando acabé de leer aquellas palabras, que no comprendía, temblé

porque parecía que me anunciaban algún terrible acontecimiento; y mi

alma, propensa a prever las desgracias, daba sin duda una interpretación

torcida a frases cuyo sentido ignoraba. Pero, aunque en mi imaginación

buscaba las mejores razones para tranquilizarme, me asustaba de mí misma

y partí con el secreto presentimiento de que me amenazaba una nueva

desdicha. Tuve una travesía feliz, y llegué a Cartagena con un tiempo

hermoso.

»El viaje de la Corte había dado a las poblaciones una animación

extraordinaria. El rey Fernando estaba en Sevilla, aguardando a la Reina

que se le debía reunir, después de haber visitado las provincias

vecinas.

»Detúveme en Cartagena, donde había desembarcado, y allí descansé de mi

viaje. Mi posada estaba cerca de la iglesia, y mis ventanas, como todas

las de la calle, estaban colgadas de tapicerías y adornadas de flores.

Iba a pasar suntuosa procesión; era el cardenal Bibbiena, que se

trasladaba a la iglesia donde debía celebrar.

--»Véale, véale--me dijeron, mostrándome su dedo adornado magníficamente

de oro y pedrería.

»Fijé mi vista sobre el santo ministro que echaba su bendición al pueblo

arrodillado ante él.

--»¡Teobaldo!--exclamé.

--»Sí--me contestaron,--Teobaldo Cecci, obispo de Nola, el más joven de

los cardenales y el último nombrado por el Papa Benito. La influencia

de la Reina le ha hecho alcanzar tan alta dignidad, que merece por su

piedad y su talento.

»Yo quedé asombrada. Todo lo que veía, todo lo que oía, teníalo por cosa

de magia.

»En la mañana siguiente partí para Sevilla: el camino estaba lleno de

viajeros de a pie, de a caballo y en litera. En la última casa de postas

no me pudieron proporcionar mulas para mi carruaje; solamente había

cuatro y estaban tomadas por un gran personaje que viajaba de incógnito.

Fue necesario detenerme.

»Hacía un calor asfixiante, un sol que abrasaba, y, para preservarme del

polvo, llevaba corridas las persianas de mi berlina, donde permanecí

aguardando que llegasen a la posada las mulas para poder continuar mi

camino. Oí el látigo del postillón, anunciándome que un coche acababa de

llegar; entreabrí las cortinas, y cuando el polvo se hubo disipado, vi

una silla de postas inglesa del gusto más exquisito. ¡Pero cómo se harán

ustedes cargo de mi sorpresa y del temblor que se apoderó de mí, cuando

reconocí a Carlos al lado de una señora joven y extremadamente bella! Su

tocado era sencillo y sus maneras distinguidas. En cuanto a su

fisonomía, se grabó en mi memoria para no borrarse de ella nunca. Y,

¡todavía la veo en este momento! Sólo algunos minutos tardaron los

viajeros en cambiar de tiro; después siguieron rápidamente su camino.

Pocos momentos después llegaron las mulas para mi coche, y pregunté a

los mozos de postas si conocían a los viajeros que me precedían.

--»No, señora--repuso uno de ellos;--pero son ricos y me pagan bien:

deben de ser marido y mujer.

--»O alguna cosa de otro género--agregó con una maligna sonrisa otro

mozo de mulas.

--»¿Por qué cree usted tal cosa?

--»¡Por Nuestra Señora de Atocha! ¡Cuando se viaja así frente a frente!

Y además, como la señora tuteó al caballero...

--»¡Es verdad!--le dije, sintiendo que mi corazón desfallecía.

--»Sí--le decía ella:--Carlos, ¿qué piensas de este polvo? ¿Verdad que

viajamos como los dioses envueltos en una nube?

--»Basta--les dije,--partamos.

»Llegué a Sevilla sin fuerzas casi para sostenerme. Los mozos me habían

conducido a la mejor fonda, a la de _Las Armas de España_; y al entrar

en el lujoso aposento que se me destinó, el primer objeto con que

tropezó mi vista fue un retrato ricamente adornado. Juzguen ustedes de

mi sorpresa: el retrato era de la desconocida viajera, de la compañera

de Carlos, cuyo recuerdo y cuyas facciones parecían seguirme por todas

partes.

--»¿Quién es esta señora?--pregunté a mi huésped.

»Me hizo una reverencia y repuso:

--»¿Es posible que la señora no haya reconocido a Su Majestad la Reina?

--»¡La Reina!--exclamé, dominada por el espanto.

--»¡Ah! ¡La fortuna y el crédito de Carlos, el misterio que le rodeaba,

su secreto terrible del que dependía su libertad y su vida, todo estaba

explicado, hasta su tristeza y sus remordimientos!... Afligida,

aniquilada, y sin sentirme con valor ni aun para pensar ni para llorar

siquiera, ignoré cuánto tiempo permanecí en aquel estado. Cuando recobré

la razón, mi huésped díjome que había estado enferma toda una semana,

pero que sus cuidados me habían vuelto la salud; me dijo también que

hacía dos días que la Corte había marchado a Madrid. Sin quererlo yo

misma, hablé a todo el mundo de la Reina, y todos me decían, con gran

sorpresa de mi parte, que la Reina era la piedad y la virtud

personificadas; que adoraba a su marido, al que ayudaba a llevar el peso

de la corona, y que no se ocupaba, imitándole a él, más que de la

prosperidad de sus pueblos. Temiendo descubrir el secreto que sólo yo

poseía, arriesgaba temblando y con reserva algunas preguntas sobre

Carlos. Su nombre era desconocido; nadie había oído hablar de él; y en

España, como en Londres, todo el mundo ignoraba que existiese Carlos

Broschi.

Carlos Broschi · 第 15 / 27 题