»Me puse a escuchar--repitió la Condesa;--pero sus palabras no llegaban
hasta mí sino a intervalos, y había perdido el principio de la
conversación.
--»Sí--decía Teobaldo:--por tu tranquilidad, y sobre todo por la suya,
me habías jurado que no volverías a verla.
--»Me es imposible cumplir ese juramento... ¡La amo más que nunca!
--»Por ti entonces, y no por ella... ya que tan poco te importa su
reposo; pero te importa que ella pierda el único bien que aun le resta
en el mundo, su reputación, que siendo sus deudos, siendo sus amigos,
debemos conservar y que sin la menor consideración comprometes a los
ojos de todos.
--»Tienes razón... Pero la amo... y no puedes comprender, teniendo el
corazón helado, la rabia y la desesperación que en mi pecho se encierran
y que mis labios callan.
--»Así, pues--exclamó Teobaldo levantando la voz a impulsos de la
cólera,--es por un amor insensato, criminal, por lo que sacrificas el
reconocimiento y el deber.
--»¡El deber!
--»Sí, el Rey está enfermo, y te llama... tiene necesidad de tu
ciencia. Su vida, que habías salvado, está nuevamente en peligro, y
olvidas por una mujer tus juramentos, tus bienhechores.
--»¡Pero esta mujer lo es todo para mí: es mi alma, es mi vida!
--»Te compadezco, Carlos; pero no transijo con el deber: vengo a
buscarte y tendrás que seguirme.
--»No puedo abandonar a Juanita.
--»Me seguirás, te digo.
--»Pero al menos, ahora no.
--»Hoy mismo, en seguida.
--»¡Nunca!
--»Yo sabré contenerte.
--»¡Te desafío a que lo hagas!
--»¡Pues bien! Por salvar al menos a uno de vosotros, voy a decírselo
todo a Juanita...
»Y observé que Teobaldo se acercaba a la puerta.
»Carlos dio un grito.
--»Te obedezco... marcho... dejo la Inglaterra. Déjame siquiera una hora
a su lado.
--»¡Una hora! Sea--contestó Teobaldo.
--»Yo iré a buscarte--dijo Carlos.
--»No, voy a hacer que dispongan el coche, y vendré yo mismo por ti...
Esto es más seguro.
»Ambos salieron del gabinete; Teobaldo se ausentó acto continuo, y yo
quedé sola con Carlos.
»La conversación que acababa de oír, aunque demasiado vaga para mí, me
había hecho conocer, no el amor de Carlos, pues ya lo conocía con
exceso, pero sí el origen de su fortuna. Había oído que la vida del Rey
estuvo en peligro, y que Carlos, por medio de su ciencia, la había
salvado. Carlos no me había dicho que el estudio y el trabajo le habían
abierto una carrera, y aunque conocía su aptitud para todas las
ciencias, ignoraba que la medicina le hubiese conducido a la fortuna y
al merecido renombre de que gozaba. Por este medio llegué a explicarme
el crédito y el favor de que gozaba cerca de algunas testas coronadas.
¿Pero por qué ocultarme esos pormenores? ¿Por qué ese cuidado extremoso
que ponía en que ignorase acontecimientos que tanto me interesaban y que
de tal modo anhelaba conocer? He aquí lo que no podía explicarme y lo
que procuré averiguar.
«Estaba frente a mí, y su mirada era triste e incierta, no sabiendo sin
duda cómo darme cuenta de su próxima partida. Fui en su auxilio, y
tendiéndole la mano le dije:
--«Perdóneme usted, Carlos; perdone una culpable indiscreción de que me
acuso. Quería, sin preguntárselo, saber su secreto; lo he escuchado.
»A estas palabras, la palidez de la muerte cubrió su rostro; sus
mejillas pusiéronse lívidas y cayó a mis pies inmóvil y como aterrado.
»¡Ah! en aquel espantoso momento lo olvidé todo... Pasmada, fuera de mí,
caí de rodillas ante él, sintiéndome dispuesta a seguirle.
--»¡Carlos!--exclamé:--Carlos, ¿me oyes? ¡Vuelve en ti para escuchar que
te amo!
»Sentí entonces escaparse de sus labios un tenue suspiro; su corazón no
había cesado de latir... Vivía todavía. Abrí las ventanas, y un aire
puro refrescó la habitación y logró reanimarle. Le hice respirar un
pomo, y por fin abrió los ojos; mi nombre fue la primera palabra que
pronunciaron sus labios, y levantó la cabeza, que tenía apoyada sobre mi
pecho.
--»¿Dónde estoy?--preguntó.
--»Junto a mí, cerca de tu amiga, que te pide que la perdones.
»En pocas palabras le conté mi falta, mi imprudencia, y le referí todo
lo que había escuchado.
»A medida que yo hablaba, la mortal palidez de su rostro desaparecía
lentamente. Un ligero carmín lo coloreó; la sangre y la vida circulaban
por sus venas... Y, entretanto, sentíase bañado por mis lágrimas, y
percibía los latidos de mi corazón, que, a mi pesar, le ponían de
manifiesto mi alarma y mi amor.
--»¡Angel del cielo!--exclamó.--¡Eres tú quien me llama y quien busca mi
alma!
--»No, no--le dije:--esa alma tan noble y pura debe permanecer aún sobre
la tierra; es nuestra, nos pertenece.
--»Sí, tienes razón--me contestó, entusiasmado;--esa alma es tuya,
tuya... Porque sólo tú puedes elevarla hasta el cielo o hundirla en los
abismos; sólo tú puedes hacerme dichoso o quitarme la vida. ¡Oh,
Juanita! Nunca sabrás lo que sufro... ¡Vivir junto a ti, enervarse con
tu aliento, sentir consumirse de amor, sin atreverse, sin poder
manifestarlo... éste es el tormento que me acibara todos los instantes
del día... bien lo ves, no puedo renunciar a él, no puedo separarme de
ti sin morir!
»Carlos estaba a mis pies, y cubría mis manos con sus besos... En mi
turbación, en la enajenación de mis sentidos, percibí el ruido que hacía
una puerta al abrirse. Un momento después, el conde de Pópoli estaba
detrás de nosotros, nos miraba. Si hubiesen ustedes conocido lo violento
de su carácter, comprenderían el furor que se apoderó de él. Se arrojó
sobre nosotros, y repentinamente vi brillar dos espadas. Carlos hizo
caer la de su adversario, y bajando la punta de la suya, dijo:
--»Escúcheme usted, escúcheme: su esposa es inocente, lo juro delante de
Dios.
--»¡Y bien! ¡pronto vas a justificarte delante de él!--dijo el Conde,
que acababa de recoger su arma y comenzaba de nuevo el combate con una
rabia que había de serle fatal.
»Al arrojarse sobre Carlos, que no hacía más que defenderse, cayó
mortalmente herido. En aquel instante entró una persona en el salón. Era
un amigo, un salvador; era Teobaldo.
--»¡Desdichado!--gritó dirigiéndose a Carlos:--¡Vete, vete! ¡Mi coche
está a la puerta, huye... Ya que no por ti, por el honor de Juanita!
--»¡Y este honor!--exclamé,--¿quién podrá salvarlo ya?
--»Yo--repuso Teobaldo;--yo, por el deber que tengo de velar sobre
usted.
»Y corrió a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, había logrado
llegar hasta el cordón de la campanilla, y tiró de él violentamente. Al
oír este modo de llamar, todos los domésticos de la casa se precipitaron
en la habitación. Carlos acababa de salir, pero ellos vieron al Conde
tendido y bañado en su propia sangre. Teobaldo le sostenía en sus
brazos, y yo permanecía arrodillada junto a él, casi desvanecida.
»Toda la servidumbre rodeó al Conde, prodigándole los socorros que aun
ellos mismos creían inútiles, dada la gravedad de su herida.
--»Vayan ustedes--dijo con voz desfallecida a los criados;--hagan venir
al aldermán[*], a los magistrados, porque quiero hablar delante de
ellos...
[*] Oficial municipal de Londres.
--»Sí--dijo Teobaldo:--ejecuten las órdenes del señor; pero--agregó en
seguida,--déjennos solos con él.
»Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproximó al lecho donde
había sido acostado el moribundo.
--»¿Cuál es su propósito, señor Conde?--le preguntó con voz grave y
solemne.
--»El de encargar a la ley mi venganza, entregar a los magistrados la
adúltera y sus cómplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos de
todo el mundo, los que me han engañado y deshonrado sean a la vez
deshonrados con un castigo público y deshonroso...
--»¿Y qué dirá usted a Dios cuando comparezca en su presencia?--replicó
Teobaldo con voz solemne.--¿Si ha acusado usted y herido al inocente; si
ha legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable?
--»En vano espera usted engañarme--dijo el moribundo.
--»Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lecho
de muerte y delante de Dios que me escucha.
--»Y yo, que no puedo creerle, hablaré en presencia de esos dignos
magistrados... Sí, hablaré.
«Efectivamente, en aquel momento el aldermán y sus asesores se
presentaron a la puerta del aposento; los criados estaban a espaldas de
éstos y llegaban hasta la escalera.
--»¡Ah!--dije a Teobaldo:--¡Estoy perdida!
--»¡No, mientras yo viva!
»Y se arrojó de rodillas al pie del lecho.
--»¡Escúcheme--dijo a mi esposo;--escúcheme en nombre de la salvación de
su alma!
»E inclinando su cabeza al oído del Conde, le dijo algunas palabras que
no pudimos entender.
»Durante este tiempo el magistrado se acercó lentamente, aunque
guardando una respetuosa distancia. De pronto, el Conde, dirigiéndose a
los que le rodeaban, dijo:
--«Señores: declaro que he sido herido legalmente por el señor Carlos
Broschi en un duelo a que yo le he provocado. Les pido, pues, amigos
míos, y a mi esposa, en quien reconozco el amor y la fidelidad en todos
sus deberes, que no persigan ni importunen a nadie por mi muerte. ¡Y
usted, padre mío, bendígame!»
--»¡Que Dios le reciba en su seno!--dijo el prelado al moribundo.
»Comenzó a recitar las oraciones de la Iglesia, a las que los asistentes
contestaban, y después echó sobre su frente el óleo santo.
»Un rayo de alegría brilló en los ojos del Conde, estrechó la mano de
Teobaldo, me tendió la otra, y díjome con dulzura:
--»¡Perdóname!...
»Y el cielo abriose para él.
»¡Me sería imposible describir a ustedes todo lo que yo experimenté
durante aquel corto período de tiempo, tan largo para mí, tan horrible y
extraño! Tantas y tan distintas emociones de amor, de terror y de
sorpresa, me habían asaltado al mismo tiempo, que las fuerzas me
faltaban, debilitábase mi razón, y algún tiempo después de tan penosos
acontecimientos no podía creer todavía en la calma que me rodeaba.
»Fiel al silencio y a la discreción que se me había impuesto, y sin
darme explicación alguna acerca de los tristes sucesos de que habíamos
sido testigos y actores, Teobaldo separose de mí algunos días después
de la muerte del conde de Pópoli.
--»Usted no me necesita--díjome.--La dejo rodeada de la estimación
pública y del respeto que merece. Si las desgracias vuelven, yo volveré
también. Otro reclama mis cuidados; otro amigo más desdichado que
usted... ¡porque él es culpable!
»Y se ausentó Teobaldo.