VIII

»Me puse a escuchar--repitió la Condesa;--pero sus palabras no llegaban

hasta mí sino a intervalos, y había perdido el principio de la

conversación.

--»Sí--decía Teobaldo:--por tu tranquilidad, y sobre todo por la suya,

me habías jurado que no volverías a verla.

--»Me es imposible cumplir ese juramento... ¡La amo más que nunca!

--»Por ti entonces, y no por ella... ya que tan poco te importa su

reposo; pero te importa que ella pierda el único bien que aun le resta

en el mundo, su reputación, que siendo sus deudos, siendo sus amigos,

debemos conservar y que sin la menor consideración comprometes a los

ojos de todos.

--»Tienes razón... Pero la amo... y no puedes comprender, teniendo el

corazón helado, la rabia y la desesperación que en mi pecho se encierran

y que mis labios callan.

--»Así, pues--exclamó Teobaldo levantando la voz a impulsos de la

cólera,--es por un amor insensato, criminal, por lo que sacrificas el

reconocimiento y el deber.

--»¡El deber!

--»Sí, el Rey está enfermo, y te llama... tiene necesidad de tu

ciencia. Su vida, que habías salvado, está nuevamente en peligro, y

olvidas por una mujer tus juramentos, tus bienhechores.

--»¡Pero esta mujer lo es todo para mí: es mi alma, es mi vida!

--»Te compadezco, Carlos; pero no transijo con el deber: vengo a

buscarte y tendrás que seguirme.

--»No puedo abandonar a Juanita.

--»Me seguirás, te digo.

--»Pero al menos, ahora no.

--»Hoy mismo, en seguida.

--»¡Nunca!

--»Yo sabré contenerte.

--»¡Te desafío a que lo hagas!

--»¡Pues bien! Por salvar al menos a uno de vosotros, voy a decírselo

todo a Juanita...

»Y observé que Teobaldo se acercaba a la puerta.

»Carlos dio un grito.

--»Te obedezco... marcho... dejo la Inglaterra. Déjame siquiera una hora

a su lado.

--»¡Una hora! Sea--contestó Teobaldo.

--»Yo iré a buscarte--dijo Carlos.

--»No, voy a hacer que dispongan el coche, y vendré yo mismo por ti...

Esto es más seguro.

»Ambos salieron del gabinete; Teobaldo se ausentó acto continuo, y yo

quedé sola con Carlos.

»La conversación que acababa de oír, aunque demasiado vaga para mí, me

había hecho conocer, no el amor de Carlos, pues ya lo conocía con

exceso, pero sí el origen de su fortuna. Había oído que la vida del Rey

estuvo en peligro, y que Carlos, por medio de su ciencia, la había

salvado. Carlos no me había dicho que el estudio y el trabajo le habían

abierto una carrera, y aunque conocía su aptitud para todas las

ciencias, ignoraba que la medicina le hubiese conducido a la fortuna y

al merecido renombre de que gozaba. Por este medio llegué a explicarme

el crédito y el favor de que gozaba cerca de algunas testas coronadas.

¿Pero por qué ocultarme esos pormenores? ¿Por qué ese cuidado extremoso

que ponía en que ignorase acontecimientos que tanto me interesaban y que

de tal modo anhelaba conocer? He aquí lo que no podía explicarme y lo

que procuré averiguar.

«Estaba frente a mí, y su mirada era triste e incierta, no sabiendo sin

duda cómo darme cuenta de su próxima partida. Fui en su auxilio, y

tendiéndole la mano le dije:

--«Perdóneme usted, Carlos; perdone una culpable indiscreción de que me

acuso. Quería, sin preguntárselo, saber su secreto; lo he escuchado.

»A estas palabras, la palidez de la muerte cubrió su rostro; sus

mejillas pusiéronse lívidas y cayó a mis pies inmóvil y como aterrado.

»¡Ah! en aquel espantoso momento lo olvidé todo... Pasmada, fuera de mí,

caí de rodillas ante él, sintiéndome dispuesta a seguirle.

--»¡Carlos!--exclamé:--Carlos, ¿me oyes? ¡Vuelve en ti para escuchar que

te amo!

»Sentí entonces escaparse de sus labios un tenue suspiro; su corazón no

había cesado de latir... Vivía todavía. Abrí las ventanas, y un aire

puro refrescó la habitación y logró reanimarle. Le hice respirar un

pomo, y por fin abrió los ojos; mi nombre fue la primera palabra que

pronunciaron sus labios, y levantó la cabeza, que tenía apoyada sobre mi

pecho.

--»¿Dónde estoy?--preguntó.

--»Junto a mí, cerca de tu amiga, que te pide que la perdones.

»En pocas palabras le conté mi falta, mi imprudencia, y le referí todo

lo que había escuchado.

»A medida que yo hablaba, la mortal palidez de su rostro desaparecía

lentamente. Un ligero carmín lo coloreó; la sangre y la vida circulaban

por sus venas... Y, entretanto, sentíase bañado por mis lágrimas, y

percibía los latidos de mi corazón, que, a mi pesar, le ponían de

manifiesto mi alarma y mi amor.

--»¡Angel del cielo!--exclamó.--¡Eres tú quien me llama y quien busca mi

alma!

--»No, no--le dije:--esa alma tan noble y pura debe permanecer aún sobre

la tierra; es nuestra, nos pertenece.

--»Sí, tienes razón--me contestó, entusiasmado;--esa alma es tuya,

tuya... Porque sólo tú puedes elevarla hasta el cielo o hundirla en los

abismos; sólo tú puedes hacerme dichoso o quitarme la vida. ¡Oh,

Juanita! Nunca sabrás lo que sufro... ¡Vivir junto a ti, enervarse con

tu aliento, sentir consumirse de amor, sin atreverse, sin poder

manifestarlo... éste es el tormento que me acibara todos los instantes

del día... bien lo ves, no puedo renunciar a él, no puedo separarme de

ti sin morir!

»Carlos estaba a mis pies, y cubría mis manos con sus besos... En mi

turbación, en la enajenación de mis sentidos, percibí el ruido que hacía

una puerta al abrirse. Un momento después, el conde de Pópoli estaba

detrás de nosotros, nos miraba. Si hubiesen ustedes conocido lo violento

de su carácter, comprenderían el furor que se apoderó de él. Se arrojó

sobre nosotros, y repentinamente vi brillar dos espadas. Carlos hizo

caer la de su adversario, y bajando la punta de la suya, dijo:

--»Escúcheme usted, escúcheme: su esposa es inocente, lo juro delante de

Dios.

--»¡Y bien! ¡pronto vas a justificarte delante de él!--dijo el Conde,

que acababa de recoger su arma y comenzaba de nuevo el combate con una

rabia que había de serle fatal.

»Al arrojarse sobre Carlos, que no hacía más que defenderse, cayó

mortalmente herido. En aquel instante entró una persona en el salón. Era

un amigo, un salvador; era Teobaldo.

--»¡Desdichado!--gritó dirigiéndose a Carlos:--¡Vete, vete! ¡Mi coche

está a la puerta, huye... Ya que no por ti, por el honor de Juanita!

--»¡Y este honor!--exclamé,--¿quién podrá salvarlo ya?

--»Yo--repuso Teobaldo;--yo, por el deber que tengo de velar sobre

usted.

»Y corrió a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, había logrado

llegar hasta el cordón de la campanilla, y tiró de él violentamente. Al

oír este modo de llamar, todos los domésticos de la casa se precipitaron

en la habitación. Carlos acababa de salir, pero ellos vieron al Conde

tendido y bañado en su propia sangre. Teobaldo le sostenía en sus

brazos, y yo permanecía arrodillada junto a él, casi desvanecida.

»Toda la servidumbre rodeó al Conde, prodigándole los socorros que aun

ellos mismos creían inútiles, dada la gravedad de su herida.

--»Vayan ustedes--dijo con voz desfallecida a los criados;--hagan venir

al aldermán[*], a los magistrados, porque quiero hablar delante de

ellos...

[*] Oficial municipal de Londres.

--»Sí--dijo Teobaldo:--ejecuten las órdenes del señor; pero--agregó en

seguida,--déjennos solos con él.

»Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproximó al lecho donde

había sido acostado el moribundo.

--»¿Cuál es su propósito, señor Conde?--le preguntó con voz grave y

solemne.

--»El de encargar a la ley mi venganza, entregar a los magistrados la

adúltera y sus cómplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos de

todo el mundo, los que me han engañado y deshonrado sean a la vez

deshonrados con un castigo público y deshonroso...

--»¿Y qué dirá usted a Dios cuando comparezca en su presencia?--replicó

Teobaldo con voz solemne.--¿Si ha acusado usted y herido al inocente; si

ha legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable?

--»En vano espera usted engañarme--dijo el moribundo.

--»Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lecho

de muerte y delante de Dios que me escucha.

--»Y yo, que no puedo creerle, hablaré en presencia de esos dignos

magistrados... Sí, hablaré.

«Efectivamente, en aquel momento el aldermán y sus asesores se

presentaron a la puerta del aposento; los criados estaban a espaldas de

éstos y llegaban hasta la escalera.

--»¡Ah!--dije a Teobaldo:--¡Estoy perdida!

--»¡No, mientras yo viva!

»Y se arrojó de rodillas al pie del lecho.

--»¡Escúcheme--dijo a mi esposo;--escúcheme en nombre de la salvación de

su alma!

»E inclinando su cabeza al oído del Conde, le dijo algunas palabras que

no pudimos entender.

»Durante este tiempo el magistrado se acercó lentamente, aunque

guardando una respetuosa distancia. De pronto, el Conde, dirigiéndose a

los que le rodeaban, dijo:

--«Señores: declaro que he sido herido legalmente por el señor Carlos

Broschi en un duelo a que yo le he provocado. Les pido, pues, amigos

míos, y a mi esposa, en quien reconozco el amor y la fidelidad en todos

sus deberes, que no persigan ni importunen a nadie por mi muerte. ¡Y

usted, padre mío, bendígame!»

--»¡Que Dios le reciba en su seno!--dijo el prelado al moribundo.

»Comenzó a recitar las oraciones de la Iglesia, a las que los asistentes

contestaban, y después echó sobre su frente el óleo santo.

»Un rayo de alegría brilló en los ojos del Conde, estrechó la mano de

Teobaldo, me tendió la otra, y díjome con dulzura:

--»¡Perdóname!...

»Y el cielo abriose para él.

»¡Me sería imposible describir a ustedes todo lo que yo experimenté

durante aquel corto período de tiempo, tan largo para mí, tan horrible y

extraño! Tantas y tan distintas emociones de amor, de terror y de

sorpresa, me habían asaltado al mismo tiempo, que las fuerzas me

faltaban, debilitábase mi razón, y algún tiempo después de tan penosos

acontecimientos no podía creer todavía en la calma que me rodeaba.

»Fiel al silencio y a la discreción que se me había impuesto, y sin

darme explicación alguna acerca de los tristes sucesos de que habíamos

sido testigos y actores, Teobaldo separose de mí algunos días después

de la muerte del conde de Pópoli.

--»Usted no me necesita--díjome.--La dejo rodeada de la estimación

pública y del respeto que merece. Si las desgracias vuelven, yo volveré

también. Otro reclama mis cuidados; otro amigo más desdichado que

usted... ¡porque él es culpable!

»Y se ausentó Teobaldo.

Carlos Broschi · 第 14 / 27 题