»Transcurrieron varias semanas en la mayor tranquilidad, y nuestro
aislamiento era completo; tranquilidad y aislamiento que me hacían mucho
bien, pero que eran insoportables para mi esposo, que echaba de menos su
país y sus partidas de caza. Era valiente, activo; y desterrado para
siempre del suelo que le vio nacer, decidió, pues, entrar al servicio de
Inglaterra, y presentó al efecto una solicitud a los ministros de Jorge
II, que fue desatendida. Pidiome entonces que fuese a hablar a la Reina,
la que me recibió con dulzura, pero me manifestó que sentía mucha pena
por no poder favorecer a un proscrito por la corte de Madrid.
--»Sería arriesgarse--me dijo,--a recibir las justas reclamaciones del
embajador de España.
»En aquel instante anunciaron al Rey, y Jorge II apareció apoyado en el
brazo de un joven de buen aspecto y cuidadosamente vestido. Necesité
hacer un grande esfuerzo para reprimir un grito de sorpresa al reconocer
en aquel joven a Carlos, el cual palideció visiblemente y se vio
obligado a apoyarse en un sillón. La Reina le tendió la mano y le dijo
con bondad:
--»Siéntese, Carlos.
»Se inclinó cortésmente y permaneció de pie, continuando mirándome, con
el más profundo silencio. Yo me despedí de SS. MM. y me retiré de su
presencia; poco después llegué a mi casa en un estado difícil de
explicar. El conde de Pópoli me aguardaba con impaciencia, y le conté el
mal éxito de mis gestiones y la poca esperanza que debía tener; mientras
hablaba, entró en el patio un carruaje.
»Las puertas del salón se abrieron, y vi aparecer a Carlos, el cual se
presentó en casa de mi marido, sereno y con la mayor dignidad.
--»Señor--dijo al conde de Pópoli,--debo mi fortuna y mi posición al
duque de Arcos y a su sobrina, y mi único deseo es poder recompensarles
un día el bien que de ellos he recibido. Circunstancias favorables me
han hecho tener en la corte y en el ministerio algunos amigos a quienes
he hablado en favor de usted, y he conseguido que se le conceda un
empleo de cierta categoría en el ejército inglés, cuyos valientes
soldados pertenecen a todos los países, como ha dicho el Rey al firmar
el despacho; soy dichoso por ser el portador de tan feliz nueva, y
suplico a usted olvide lo pasado y disponga de mí incondicionalmente.
»Había en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendo
contener su emoción, le tendió espontáneamente la mano, diciéndole:
--»Soy yo, señor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme su
mano... y su amistad, porque en adelante puede usted contar con la mía.
»Desde este día, Carlos frecuentaba nuestra casa.
--»He jurado a Teobaldo--me dijo,--no hablar a usted de mi amor y
sostendré este juramento. Pero había ofrecido también velar por usted,
protegerla, dedicarle mi vida entera, y cumplo esta promesa. Soy un
amigo... un hermano... que nada pide para sí, sólo desea ver a usted...
porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no tengo el
suficiente valor para privarme de ello; preferiría morir.
»En efecto, veíamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa,
elegía las horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo,
podía adivinar lo que sufría su corazón. Nunca me dirigió una palabra,
una mirada de amor; pero la intensa emoción que le devoraba poníase de
manifiesto en sus ojos, y una mirada mía le decía con frecuencia que
comprendía sus sufrimientos y su abnegación.
»Mostrábase grande, pero no tanto como era en realidad. Después de
algunas palabras que se le habían escapado involuntariamente, y de lo
que Teobaldo me había dicho, comprendí que en el instante en que
debíamos unirnos para siempre, un deber imperioso, sagrado, un deber
que yo no podía explicarme, le había separado de mí... ¡Volvía a mí, me
amaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre, estaba
encadenada para siempre! Una o dos veces me encontré sola con él, y
entonces todo su valor y su resolución le faltaban; su emoción era tan
grande, que apenas podía hablar; y yo, más conmovida que él, procuraba
llevar la conversación a la época de nuestra niñez, a los tiempos de
nuestra juventud; pero, a pesar mío, e impulsada por una secreta
curiosidad, concluía siempre por llegar al día de nuestra separación.
--»¿Aquel hombre--decíale,--aquel extranjero que llegó la misma tarde
del día en que nos separamos, y que habló largo tiempo con usted, no fue
la causa de su partida?
--»Sí--contestábame en tono sombrío:--él fue la causa de que mi
felicidad futura desapareciese... me fue necesario huir de usted... Mi
dolor, mi desesperación... no han encontrado consuelo, ni olvido mis
males sano con el estudio, con el trabajo. El talento que debo a
usted... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cual
hasta entonces no había pensado. Ella me ha llevado a la fortuna...
¡fortuna honrada, se lo aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y no
ha dejado de ser hombre de bien; si no lo fuese, no estaría en presencia
de usted... no se atrevería a fijar los ojos en el ángel que ama, que
adora... No, no--repitió bajando la voz:--¡que reverencia, que respeta,
y que le han arrebatado para siempre!
»Cuando acabó de pronunciar estas palabras, ocultó el rostro entre sus
manos para ocultar su llanto. Pero comprendí su acción.
--»Carlos--le dijo con dulzura:--hay un secreto que pesa sobre la vida
de usted.
--»Sí, un secreto que me matará.
--»¿Ese secreto--proseguí,--que ha revelado usted a Teobaldo, no puedo
conocerlo?
»Se estremeció y me miró como espantado.
--»¡Ignora usted, pues--continué,--que le estimo tanto como Teobaldo,
que le amo tanto como él!... ¡ah! ¡mil veces más!... La proximidad de la
muerte, la vista del cadalso no me hicieron palidecer; ¡y cree usted que
un secreto del que depende su suerte no me podrá ser confiado! ¡Teobaldo
lo guarda por amor a su Dios! Yo lo guardaré por el amor que profeso a
usted, y el hierro del verdugo no lograría arrancármelo.
»Carlos me miró algunos instantes con amor y reconocimiento; una
radiante mirada brilló en sus ojos y creí que iba a ceder; pero me
contestó con tristeza:
--»¡Juanita, no desee usted saber ese secreto!... Ignórelo siempre si me
ama; porque no podré decírselo sin morir: ¡el día que lo conozca habré
dejado de existir!
»En aquel instante entró mi esposo, y Carlos, haciendo un esfuerzo sobre
sí mismo, cambió su tristeza en la conversación viva y mordaz que le
caracterizaba.
»Había en la franqueza de sus modales y en la gracia de sus palabras un
atractivo que le hacía simpatizar con todo el que le trataba. El Conde
cedía con frecuencia a su ascendiente y dejábase arrastrar por él,
seducido por lo agradable de la conversación; asombrábase de encontrar
un placer que no fuese la caza. Habíase acostumbrado de tal modo a las
visitas de Carlos, que el día que éste no iba estaba de mal humor y
regañaba con todo el mundo, sin exceptuarme a mí.
»Por esta época, deseó pasar a un regimiento que iba a Hannover, y su
instancia fue bien admitida; estaba protegido en la corte por una mano
invisible. Pero lo que más me admiraba era que yo había hablado a muchas
personas de Londres, de Carlos Broschi, y nadie conocía este nombre ni
habían oído hablar de la persona así llamada.
»Cierto día presentose un hombre en mi casa y preguntó a mis criados si
el señor Broschi debería ir allá, porque no le había encontrado en su
alojamiento, según decía, y le era absolutamente necesario verle. Se me
dio cuenta de aquella visita, e hice entrar al desconocido, como éste
probablemente esperaba.
»El extranjero era un anciano de buen aspecto, y cuyos cabellos blancos
dábanle un aire respetable; su figura estaba llena de bondad y animada
por unos ojos vivos y que aun tenían algo de brillo de la juventud.
»Le hablé de Carlos, y repentinamente levantó la cabeza con una alegría
y un orgullo difíciles de explicar. Carlos, según pude deducir, era su
dios, su ídolo; y el anciano no encontraba sobre la tierra persona a
quien compararle. Pero de pronto, y como si temiese que su entusiasmo le
llevase demasiado lejos, cesó de prodigarle sus elogios.
--»No puedo hablar más--decía:--si le conociese usted como yo; si
supiese todo el bien que hace, el oro que derrama a manos llenas... ¡Es
un hombre superior... un hombre tan rico y tan humilde... tan modesto y
tan dulce! Es la bondad misma... no causará daño a nadie... exceptuando,
tal vez, a una persona.
»El anciano enjugó una lágrima que resbalaba por sus mejillas. En cuanto
a mí, escuchábale con atención, porque me parecía que una voz conocida
llegaba a mis oídos; el extranjero se preparaba a seguir los elogios de
Carlos, cuando éste entró en el salón. Apenas vio al desconocido, Carlos
se enrojeció; sus ojos, de ordinario tan dulces, lanzaban miradas
ardientes, y un temblor nervioso agitó todo su cuerpo.
--»¿Usted aquí?--exclamó:--¿Quién le ha permitido venir? ¿quién le ha
dado permiso para presentarse delante de mí?
--»Sólo he querido verte un instante, Carlos--contestó el anciano
temblando.--¡Hace tanto tiempo que no he gozado de esta dicha!...
--»¿Qué desea usted?--continuó Carlos procurando disimular su enojo en
mi presencia.--Le he señalado diez mil libras de pensión: ¿quiere
quince, quiere más todavía?
--»No, bien lo sabes tú... no es esto lo que yo quiero.
--»¿Quiere veinte? Pero con la condición de que partirá al instante, y
de que no le volveré a ver.
--»Todo lo rehúso, si no me permites que te vea al menos una vez al año.
--»¡Sea!--repuso Carlos, dominado por un acceso de cólera.--¡Pero
parta... aléjese!
--»Te obedezco, Carlos--dijo el anciano llorando.--¡No eres cruel y malo
sino para mí!... ¡No me quejo! ¡tienes razón!... Pero llegará un día en
que me hagas justicia... Adiós, pues, hasta el año próximo... ¿no es
cierto? Adiós, Carlos, yo pediré a Dios por ti.
»El extranjero salió, y Carlos dejose caer en un sofá conmovido y lleno
de ira.
--»¡Ah! ¡Dios mío!--le dije acercándome a él:--¿quién es ese anciano?
--»¡Qué! señora, ¿no le ha conocido usted?--me dijo en tono brusco.
--»¡Ah! No, se lo aseguro.
--»¡Es mi padre!
--»¿Su padre?--exclamé:--¡Mi antiguo maestro de música!... El buen
Gerardo Broschi... ¡Ah! ¿De dónde viene, qué ha sido de él? ¡sería muy
dichosa en abrazarle!...
»Corrí a la ventana para llamarle, pero Carlos me detuvo: veía atravesar
una de las calles de árboles al anciano, que se alejaba en el parque, y
reconociéndole en aquel instante, exclamé:
--»¿Es el extranjero que, en el castillo de Arcos, fue preguntando por
usted en la tarde del funesto día en que nos separamos?
--»El mismo. Hacía diez años que había partido para San Petersburgo,
donde era el maestro de música, o, mejor dicho, el confidente de la
emperatriz Catalina; ésta le empleó en intrigas de la corte, lo cual,
descubierto por el Czar, a quien no gustaba que se burlasen de él, envió
a Gerardo a la Siberia. Allí ha permanecido siete años, sin poder dar
noticia alguna de su existencia, y regresó a Nápoles el mismo día en que
debía efectuarse nuestro matrimonio.
--»¿Y por qué, Carlos, usted, que es tan bueno para todo el mundo, trata
con tanta dureza a su padre?
»Carlos no me contestó.
--»¿Por qué rehúsa verle?
--»¿Por qué?--me dijo con aire sombrío y temblando
convulsivamente:--porque cuando le veo me dan ganas de matarle. Esto es
horrible, ¿no es verdad? Y como no quiero ser parricida, le he prohibido
que se ponga en mi presencia. Hago mal, sin duda, y me acuso de ello;
pero quiero evitar una desgracia.
»Carlos inclinó la cabeza sobre el pecho y quedó silencioso.
»Algunos días después recibimos una visita que estábamos muy lejos de
esperar. Carlos iba frecuentemente a desayunarse y a pasar el día con
nosotros. Un criado entró y dijo en voz baja a Carlos que monseñor el
obispo de Nola deseaba verle. Carlos exclamó sorprendido:
--»¡El! ¡en Inglaterra!... ¿Qué le ha traído?... ¿Por qué no entra?
¿Teme volver a ver a sus amigos y encontrarse entre ellos?
»En aquel instante abriose la puerta y apareció Teobaldo. Mi esposo
lanzó un grito de sorpresa:
--»¡Es posible! ¡el antiguo capellán del duque de Arcos! ¡El que el año
pasado todavía era nuestro capellán! ¡verle en los altos puestos de la
Iglesia!
»En seguida, el Conde se acercó a él, y saludándole con respeto le dijo:
--»¿Parece, señor Teobaldo, que ha hecho usted una brillante carrera?
--»Pero, no por mi talento ni por mis méritos--repuso fríamente
Teobaldo,--sino por la protección de algunos amigos.
--»¡Han cumplido su promesa!--exclamé vivamente.
--»No por completo...--dijo en tono de reconvención y dirigiendo una
severa mirada a Carlos, que estaba sentado a mi lado.
»Luego, aproximándose a él, le dijo:
--»He venido hasta aquí porque es necesario que te hable.
--»Más tarde, monseñor--le contestó Carlos con voz dulce y sonrisa
graciosa, que parecía querer desarmar el rigor que demostraba
Teobaldo.--Tenemos tiempo.
--»No--repuso Teobaldo con dureza.--Vengo a buscarte, a llevarte;
necesitamos partir hoy mismo.
--»¿Y por qué razón?
--»Por una muy importante, que ya te explicaré.
--»No demoren ustedes por nosotros su conferencia, grave sin duda--dijo
el conde de Pópoli.--Pasen a mi gabinete, que pongo a su disposición; yo
voy a salir, y les ruego obren con toda libertad, pues están en su casa.
»Abrió la puerta del aposento, y los dos amigos entraron en él; en
seguida partió el Conde, y yo quedé sola.
»No sé cómo decir a ustedes lo que sentí entonces, y la horrible
tentación que se apoderó de mí. Teobaldo y Carlos estaban allí... a dos
pasos de mí... hablando sin duda de aquel misterio de que dependía su
suerte y por consecuencia la mía.
»Arrastrada por una mano de hierro y tentada por la curiosidad de saber
el secreto que me negaban, me acerqué a la puerta, y pálida y anhelante,
sin poder respirar apenas, bajé la cabeza y me puse a escuchar lo que
decían.