»El conde de Pópoli, dueño de una inmensa fortuna, que aumentó
considerablemente al agregársele la del duque de Arcos, mi tío, creía
que su nombre y sus riquezas le daban derecho para figurar a la cabeza
del gobierno. No había pensado nunca que el talento debe tenerse en
cuenta, y habíase indignado de la poca importancia que siempre le
concedió la corte de España. Soñando con el virreinato de Nápoles, y no
escuchando más que la voz de su orgullo y su amor propio herido,
concibió el proyecto de hacerse temer de los que le habían despreciado.
Quiso librar a los napolitanos del yugo de los españoles e hizo entrar
en el complot a muchos nobles de los alrededores, de los que se creía
jefe, y de los que no era más que el instrumento; porque, en caso de
triunfo, hubieran recogido el fruto de una sublevación en la que el
conde de Pópoli corría todos los peligros.
»¡La conspiración era evidente, las pruebas numerosas y el parecer de
los jueces era unánime!... Pero la opinión pública estaba tan
pronunciada, era tan poco dudosa en el modo de juzgar del talento y
capacidad del conde de Pópoli, que nadie dudaba de que tal proyecto no
había sido concebido por él; a causa de esto, se me creyó el alma de
aquel complot. Decíase que mis consejos y mi influencia le habían hecho
entrar en esta conspiración, cuyo verdadero jefe era yo. En una palabra,
se me concedían los honores de la invención. Debo confesar que las
cartas escritas por mí y que obraban en poder de los jueces, constituían
una prueba más que suficiente en contra mía.
»Supongo que conocerán ustedes los detalles de ese proceso, que tanto
ruido hizo en España y en Italia. Sabrán también que fuimos condenados a
muerte; pero, escuchen lo que tal vez ignoran.
»Mis jueces, compadecidos de mi juventud, habían solicitado gracia de la
corte de Madrid, la que parecía imposible alcanzar porque la población
de Nápoles nos miraba como a héroes, como a mártires de la libertad;
había querido derribar las puertas de nuestra prisión, y hasta llegó a
intentar una sublevación con el fin de salvarnos; la cual no tuvo otro
resultado que asegurar nuestra pérdida.
»La ejecución de la sentencia se había fijado para el día de San Javier,
y la víspera solicité que se me concediesen dos favores, los que me
fueron otorgados. El primero fue ver y abrazar a mi querida hermana, a
la que había sacado del convento un año antes y a quien nuestra prisión
obligó a entrar de nuevo en él; y la segunda, elegir yo misma mi
confesor. Se me dijo que un capellán estaba a las puertas de la prisión
y que quería hablarme. Debía de ser Teobaldo; no me había engañado, en
efecto.
»Entró con la frente erguida, la mirada llena de expresión; y
comprendiendo el santo gozo que le animaba, corrí a él diciéndole:
--»¡Amigo mío! ¡Padre mío! He aquí el día de la libertad: la mirada de
usted me lo hace concebir.
--»Aun no--me contestó con una sonrisa triste y expresiva.
»Luego, volviéndose al gobernador de la prisión, que entraba en aquel
instante, le entregó una carta, que leyó vivamente, y, sorprendido en
extremo por su contenido, la dejó caer sobre la mesa junto a la cual
estaba yo sentada. Fijé en ella una mirada investigadora y me estremecí
al ver unos caracteres que no me eran desconocidos. Sólo contenía estas
palabras:
«Vuestra Majestad me prometió ayer concederme todo lo que le pidiese;
pido gracia para la condesa de Pópoli y su esposo.
* * * * *
»CARLOS BROSCHI.»
»Debajo, y escrito por la misma mano del Rey, se leía: «Concedido.
»FERNANDO.»
* * * * *
»Abriéronse las puertas de la prisión; estábamos libres, pero
desterrados para siempre del reino de Nápoles, obligándonos a abandonar
el territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestros
bienes. El Conde se ocupó de nuestro viaje, y yo con el corazón lleno
de gozo, de temor y de sorpresa, me encerré con Teobaldo.
--»¡Carlos existe!--exclamé:--¡existe!
--»Sí, señora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que le
he entregado en la prisión y que le ha devuelto la libertad, él mismo lo
ha traído, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted.
--»¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Por qué ese
silencio, ese misterio en su destino?
--»Juanita--respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:--no
me lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podré satisfacer.
--»Así, pues, ¿conoce usted eso secreto?
--»Sí, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministro
del Señor... y bajo el secreto de la confesión.
--»Una sola palabra--le dije:--¿sigue amándome aún?
--»Más que nunca.
--»¿Está libre?
--»Lo estará siempre; no ama, no amará a nadie más que a usted. Esto es
lo que tal vez no debería decirle--continuó con voz trémula...--Pero,
comprenderá usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le he
impuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confío en que cumplirá su
palabra.
--»¡Tiene razón!
»A pesar mío, mis ojos vertían abundantes lágrimas, y una incertidumbre
angustiosa agitaba y oprimía mi corazón.
--»¿La noche que debía usted bendecir nuestra unión--le dije,--se alejó
de nosotros voluntariamente o se le obligó a dejarnos?
--»No, lo hizo por sí mismo, obligado solamente por el honor, por el
deber.
--»Una pregunta más, Teobaldo: ¿en su lugar, hubiera usted hecho lo
mismo?
--»Sí, señora.
--»En eso caso, ¿aprueba usted su conducta de entonces y de ahora?
¿aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea?
--»Sí--repuso con voz firme.
--»¡Ya estoy tranquila!--exclamé tendiéndolo la mano;--como él,
Teobaldo, seré digna de usted; como él, permaneceré fiel al deber,
aunque sea un sacrificio superior a mis fuerzas.
»En aquel momento se presentó el conde de Pópoli. El buque estaba pronto
y era necesario partir; los días del destierro comenzaban para nosotros.
--»¡Adiós, pues, patria mía!--decía llorando.--¡Adiós, hermoso cielo de
Nápoles! ¡Adiós todo lo que he amado en el mundo!
»Y, entretanto, el navío nos alejaba para siempre de aquellas queridas
playas, pobres, desterrados, sí, ¡desterrados para siempre!... Esta
palabra vibraba en mis oídos con una violencia que ni el ruido de las
olas, ni los gritos de los marineros podían ahogar; mientras que a lo
lejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todavía en señal de
despedida su pañuelo blanco, que no tardó en desaparecer en la
obscuridad. Largo tiempo permanecí sobre cubierta obstinada en
distinguirlo, y cuando ya no le vi...
--»Todo ha terminado para mí--dije.
»Y me creí sola en el mundo.
»En la adversidad se tiene fácilmente valor para sufrir, cuando vemos
junto a nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio se
hace aún más amargo si nos vemos rodeados tan sólo de seres
indiferentes. La desgracia es mucho mayor si no amamos a los seres con
quienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el más cruel
comparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el mal
humor y hasta los reproches del conde de Pópoli, porque de todo me
acusaba, hasta de la miseria que no había conocido, y que en breve llegó
a aumentar mis dolores.
»Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendación
alguna, no teníamos conocimiento en el país, y carecíamos de recursos;
nuestros bienes confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguen
ustedes, pues, de mi situación, cuando nos pidieron el precio de nuestro
alojamiento, que las pocas alhajas que me quedaban no bastaban para
pagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente; estábamos próximos a
encontrarnos sin pan, sin asilo... cuando llegó para el conde de Pópoli
un paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor del
duque de Arcos enviaba a la sobrina de éste diez mil libras esterlinas
que le debía hacía mucho tiempo.
»El conde recibió este dinero como llovido del cielo; y yo, que no tenía
más que un amigo en el mundo, adiviné fácilmente, por los términos en
que estaba escrita la carta en que se me enviaba la letra, al que
ocultaba una buena acción disfrazándola con el reconocimiento.
»Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campiña,
cuyo modo de vivir convendría a mi salud, a la sazón bastante
quebrantada. El Conde encargó a un individuo que nos proporcionase una
residencia modesta y conveniente, y se presentó, por fortuna nuestra,
una buena ocasión; estaba en venta una encantadora posesión en los
alrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con gusto y
elegancia; tenía cristalinas aguas, un parque magnífico, y la obtuvimos
por un precio módico.
»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modesta
habitación, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algo
de extrañeza más adelante, pues encontré un gabinetito amueblado y
dispuesto como tenía el mío en el castillo del duque de Arcos. Allí
tenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, los
libros que más me complacía en leer, y que una mano generosa había
recogido para colocarlos allí a mi disposición; en mi destierro
encontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente.
--»Gracias, Carlos, gracias--murmuré interiormente.