VI

»El conde de Pópoli, dueño de una inmensa fortuna, que aumentó

considerablemente al agregársele la del duque de Arcos, mi tío, creía

que su nombre y sus riquezas le daban derecho para figurar a la cabeza

del gobierno. No había pensado nunca que el talento debe tenerse en

cuenta, y habíase indignado de la poca importancia que siempre le

concedió la corte de España. Soñando con el virreinato de Nápoles, y no

escuchando más que la voz de su orgullo y su amor propio herido,

concibió el proyecto de hacerse temer de los que le habían despreciado.

Quiso librar a los napolitanos del yugo de los españoles e hizo entrar

en el complot a muchos nobles de los alrededores, de los que se creía

jefe, y de los que no era más que el instrumento; porque, en caso de

triunfo, hubieran recogido el fruto de una sublevación en la que el

conde de Pópoli corría todos los peligros.

»¡La conspiración era evidente, las pruebas numerosas y el parecer de

los jueces era unánime!... Pero la opinión pública estaba tan

pronunciada, era tan poco dudosa en el modo de juzgar del talento y

capacidad del conde de Pópoli, que nadie dudaba de que tal proyecto no

había sido concebido por él; a causa de esto, se me creyó el alma de

aquel complot. Decíase que mis consejos y mi influencia le habían hecho

entrar en esta conspiración, cuyo verdadero jefe era yo. En una palabra,

se me concedían los honores de la invención. Debo confesar que las

cartas escritas por mí y que obraban en poder de los jueces, constituían

una prueba más que suficiente en contra mía.

»Supongo que conocerán ustedes los detalles de ese proceso, que tanto

ruido hizo en España y en Italia. Sabrán también que fuimos condenados a

muerte; pero, escuchen lo que tal vez ignoran.

»Mis jueces, compadecidos de mi juventud, habían solicitado gracia de la

corte de Madrid, la que parecía imposible alcanzar porque la población

de Nápoles nos miraba como a héroes, como a mártires de la libertad;

había querido derribar las puertas de nuestra prisión, y hasta llegó a

intentar una sublevación con el fin de salvarnos; la cual no tuvo otro

resultado que asegurar nuestra pérdida.

»La ejecución de la sentencia se había fijado para el día de San Javier,

y la víspera solicité que se me concediesen dos favores, los que me

fueron otorgados. El primero fue ver y abrazar a mi querida hermana, a

la que había sacado del convento un año antes y a quien nuestra prisión

obligó a entrar de nuevo en él; y la segunda, elegir yo misma mi

confesor. Se me dijo que un capellán estaba a las puertas de la prisión

y que quería hablarme. Debía de ser Teobaldo; no me había engañado, en

efecto.

»Entró con la frente erguida, la mirada llena de expresión; y

comprendiendo el santo gozo que le animaba, corrí a él diciéndole:

--»¡Amigo mío! ¡Padre mío! He aquí el día de la libertad: la mirada de

usted me lo hace concebir.

--»Aun no--me contestó con una sonrisa triste y expresiva.

»Luego, volviéndose al gobernador de la prisión, que entraba en aquel

instante, le entregó una carta, que leyó vivamente, y, sorprendido en

extremo por su contenido, la dejó caer sobre la mesa junto a la cual

estaba yo sentada. Fijé en ella una mirada investigadora y me estremecí

al ver unos caracteres que no me eran desconocidos. Sólo contenía estas

palabras:

«Vuestra Majestad me prometió ayer concederme todo lo que le pidiese;

pido gracia para la condesa de Pópoli y su esposo.

* * * * *

»CARLOS BROSCHI.»

»Debajo, y escrito por la misma mano del Rey, se leía: «Concedido.

»FERNANDO.»

* * * * *

»Abriéronse las puertas de la prisión; estábamos libres, pero

desterrados para siempre del reino de Nápoles, obligándonos a abandonar

el territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestros

bienes. El Conde se ocupó de nuestro viaje, y yo con el corazón lleno

de gozo, de temor y de sorpresa, me encerré con Teobaldo.

--»¡Carlos existe!--exclamé:--¡existe!

--»Sí, señora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que le

he entregado en la prisión y que le ha devuelto la libertad, él mismo lo

ha traído, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted.

--»¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Por qué ese

silencio, ese misterio en su destino?

--»Juanita--respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:--no

me lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podré satisfacer.

--»Así, pues, ¿conoce usted eso secreto?

--»Sí, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministro

del Señor... y bajo el secreto de la confesión.

--»Una sola palabra--le dije:--¿sigue amándome aún?

--»Más que nunca.

--»¿Está libre?

--»Lo estará siempre; no ama, no amará a nadie más que a usted. Esto es

lo que tal vez no debería decirle--continuó con voz trémula...--Pero,

comprenderá usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le he

impuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confío en que cumplirá su

palabra.

--»¡Tiene razón!

»A pesar mío, mis ojos vertían abundantes lágrimas, y una incertidumbre

angustiosa agitaba y oprimía mi corazón.

--»¿La noche que debía usted bendecir nuestra unión--le dije,--se alejó

de nosotros voluntariamente o se le obligó a dejarnos?

--»No, lo hizo por sí mismo, obligado solamente por el honor, por el

deber.

--»Una pregunta más, Teobaldo: ¿en su lugar, hubiera usted hecho lo

mismo?

--»Sí, señora.

--»En eso caso, ¿aprueba usted su conducta de entonces y de ahora?

¿aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea?

--»Sí--repuso con voz firme.

--»¡Ya estoy tranquila!--exclamé tendiéndolo la mano;--como él,

Teobaldo, seré digna de usted; como él, permaneceré fiel al deber,

aunque sea un sacrificio superior a mis fuerzas.

»En aquel momento se presentó el conde de Pópoli. El buque estaba pronto

y era necesario partir; los días del destierro comenzaban para nosotros.

--»¡Adiós, pues, patria mía!--decía llorando.--¡Adiós, hermoso cielo de

Nápoles! ¡Adiós todo lo que he amado en el mundo!

»Y, entretanto, el navío nos alejaba para siempre de aquellas queridas

playas, pobres, desterrados, sí, ¡desterrados para siempre!... Esta

palabra vibraba en mis oídos con una violencia que ni el ruido de las

olas, ni los gritos de los marineros podían ahogar; mientras que a lo

lejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todavía en señal de

despedida su pañuelo blanco, que no tardó en desaparecer en la

obscuridad. Largo tiempo permanecí sobre cubierta obstinada en

distinguirlo, y cuando ya no le vi...

--»Todo ha terminado para mí--dije.

»Y me creí sola en el mundo.

»En la adversidad se tiene fácilmente valor para sufrir, cuando vemos

junto a nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio se

hace aún más amargo si nos vemos rodeados tan sólo de seres

indiferentes. La desgracia es mucho mayor si no amamos a los seres con

quienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el más cruel

comparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el mal

humor y hasta los reproches del conde de Pópoli, porque de todo me

acusaba, hasta de la miseria que no había conocido, y que en breve llegó

a aumentar mis dolores.

»Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendación

alguna, no teníamos conocimiento en el país, y carecíamos de recursos;

nuestros bienes confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguen

ustedes, pues, de mi situación, cuando nos pidieron el precio de nuestro

alojamiento, que las pocas alhajas que me quedaban no bastaban para

pagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente; estábamos próximos a

encontrarnos sin pan, sin asilo... cuando llegó para el conde de Pópoli

un paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor del

duque de Arcos enviaba a la sobrina de éste diez mil libras esterlinas

que le debía hacía mucho tiempo.

»El conde recibió este dinero como llovido del cielo; y yo, que no tenía

más que un amigo en el mundo, adiviné fácilmente, por los términos en

que estaba escrita la carta en que se me enviaba la letra, al que

ocultaba una buena acción disfrazándola con el reconocimiento.

»Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campiña,

cuyo modo de vivir convendría a mi salud, a la sazón bastante

quebrantada. El Conde encargó a un individuo que nos proporcionase una

residencia modesta y conveniente, y se presentó, por fortuna nuestra,

una buena ocasión; estaba en venta una encantadora posesión en los

alrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con gusto y

elegancia; tenía cristalinas aguas, un parque magnífico, y la obtuvimos

por un precio módico.

»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modesta

habitación, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algo

de extrañeza más adelante, pues encontré un gabinetito amueblado y

dispuesto como tenía el mío en el castillo del duque de Arcos. Allí

tenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, los

libros que más me complacía en leer, y que una mano generosa había

recogido para colocarlos allí a mi disposición; en mi destierro

encontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente.

--»Gracias, Carlos, gracias--murmuré interiormente.

Carlos Broschi · 第 12 / 27 题