»La mañana siguiente, el látigo de un postillón resonó en el patio del
castillo, y a poco se vio entrar un magnífico coche precedido y seguido
de escuderos y picadores. Mi tío, de pie y rodeado de todos sus criados,
recibió en la escalera a un joven a quien abrazó, conduciéndole luego al
salón principal. En seguida me envió a decir que me esperaba. Creí que
no acabaría nunca de bajar la escalera de piedra que desde mi aposento
conducía al salón de ceremonia. Dos veces me vi obligada a apoyarme...
En fin, reuniendo todas mis fuerzas, entré con los ojos bajos y sin
poder apenas sostenerme.
»Mi tío se me acercó, y tomándome la mano me presentó al conde de
Pópoli, que hacía un año había heredado de su padre las más ricas
propiedades de la comarca. ¡Imagínense lo que pasó por mí, gran Dios, al
reconocer en mi prometido al rudo y feroz Eduardo, el que dos años antes
y en aquella misma habitación me había groseramente insultado, el que
tan baja y cobardemente había herido a un hombre desarmado e indefenso!
»El conde de Pópoli me saludó con respeto, y después se volvió a mi tío,
el cual, continuando la conversación comenzada, le dijo fríamente:
--»Dentro de quince días y en la capilla del castillo, mi capellán
celebrará el matrimonio.
»A lo que el Conde contestó inclinándose:
--»Como guste, monseñor.
»Indignada de tanta tiranía; convencida que ante tan firme resolución mi
dicha no sería tomada en cuenta para nada, encontré en la convicción de
mi inevitable desgracia una energía desconocida hasta entonces, y juré
que nunca sería la esposa del conde de Pópoli.
»Carlos, por su parte, mostrábase tranquilo y lleno de esperanza en los
medios que había imaginado y sobre los cuales guardaba el más profundo
silencio.
»Pero, transcurridos algunos días, toda la confianza de que había hecho
alarde le había abandonado; taciturno y silencioso, era presa de una
sombría desesperación.
--»No hay salvación para usted--me dijo;--no puedo hacer otra cosa que
morir por mi bienhechora. He ido en busca del conde de Pópoli, y sin
nombrarla para nada ni comprometerla, lo he recordado el insulto que le
había dirigido hace dos años; le he ofrecido y pedido una reparación más
completa que la que había obtenido. Contaba con que aceptaría, porque
dicen que es valiente, y le hubiese muerto o hubiese dejado mi vida en
sus manos. Quería por ese medio impedir la desgracia de usted, o no ser
testigo de ella. Esto es, señora, todo lo que podía hacer por usted el
pobre Carlos. Pero el Conde ha rehusado altivamente, preguntándome quién
era... ¡Quién era, señora!... ¡cuando se trataba de morir!... ¡Huérfano,
bastardo tal vez, no tengo derecho a que me mate un noble, un señor!...
el conde de Pópoli. Parece que es un crimen aspirar a este honor, porque
el señor Duque me hizo azotar.
--»¡A usted, Carlos!
--»Sí, azotado...
»En aquel momento llegó Teobaldo, y ambos nos arrojamos a sus brazos...
--»Sí, son ustedes muy desgraciados--nos dijo, procurando darnos una
esperanza que él mismo no tenía, mezclando a los consuelos de la amistad
los de la religión.
»Durante dos días le vi ocupado solamente en calmar la desesperación de
Carlos, que, en el colmo de su desventura, nada quería escuchar. Su
exasperación cesó de repente; pero sombrío y pensativo, guardaba el más
profundo silencio con Teobaldo y conmigo. Parecía enteramente ocupado de
un siniestro proyecto que absorbía toda su atención y le hacía olvidar
a sus amigos.
»Entretanto pasaban los días, y ya estábamos en la víspera del fijado
para la realización del funesto enlace.
»Teobaldo se presentó delante de mí, pálido y con el semblante demudado.
--»¡Juanita!--me dijo;--es necesario salvar a Carlos, es preciso salvar
su alma. Esta mañana ha venido a mí, no como a un amigo, sino como al
ministro del altar; me ha pedido la absolución, que yo le he rehusado,
porque está firmemente decidido a cometer un crimen.
--»¡El!--exclamé.
--»Sí... un crimen que lleva consigo la condenación eterna. No le
maldiga usted, señora; no le abrume con su cólera... ¡Hoy mismo quiere
matarse!
»Yo lancé un grito agudo, y sentí que un frío mortal se apoderaba de mí.
--»¡Matarse!--exclamé;--¿y por qué?
--»¿Por qué?--repitió Teobaldo, estrechando mis manos entre las suyas,
frías como el mármol...--No sé cómo decírselo... y no obstante es
preciso... es necesario...
»Y al hablar así el sudor corría por su pálida frente.
--»¡Acabe! ¡Acabe!
--»¡Pues bien!--dijo en voz baja y haciendo un esfuerzo sobre sí
mismo:--sólo a mí me ha confiado su secreto, y usted no debería saberlo
nunca... ¡Ama a usted como un insensato! ¡Vea por lo que se quiere
matar! ¡Vea por qué la maldición del Cielo caerá sobre él!
--»¡Ah!--exclamé:--también deberá caer sobre mí, porque sus pensamientos
son los míos.
--»¡Usted, Juanita! ¡quiere morir!
»Pero, bajando la vista y sin atreverse a mirarme, continuó con voz
temblorosa:
--»¿Le ama usted del modo que él la ama?
»Yo nada contesté; pero caí a sus pies. Teobaldo lanzó un grito y guardó
el más profundo silencio; después, fijando sobre mí una mirada llena de
bondad, me dijo:
--»Hija mía (era la primera vez que me daba este nombre, autorizado por
las santas funciones de su ministerio), hija mía, ¡ojalá pueda alejar de
usted y que caiga sobre mí la desgracia que ambos se han preparado!
Prométame solamente renunciar a esas ideas de muerte, proyecto culpable
que le cerraría las puertas del Cielo, de ese Cielo donde espero volver
a encontrarla.
--»Pero entonces, ¿qué partido tomaremos?
--»Uno hay--contestó con emoción;--si ama usted a Carlos, si se siente
capaz de arrostrar por él la cólera del señor Duque, el desprecio del
mundo, las desgracias, la miseria quizás.
--»Estoy pronta.
--»¡Pues bien! Yo hago mal, sin duda, dándole semejante consejo... Pero,
piensa usted en matarse, y es necesario salvar su alma...
»Teobaldo calló por algunos momentos como si le espantase el partido que
acababa de tomar.
--»¡Ah! Dios perdonará una falta mejor que un crimen. Cásese con Carlos
en secreto y ante el altar.
--»¿Y quién se atreverá a arrostrar la venganza de mi tío, de mi
familia? ¿Quién nos desposará?
--»¡Yo!--repuso Teobaldo.
»No encontrando expresiones con que manifestarle mi gratitud, me arrojé
en sus brazos.
--»¿De dónde proviene esa sorpresa?--continuó:--¿no le tengo dicho hace
algunos años que no sería en balde la protección que me dispensaba?
»No teníamos tiempo que perder. A la mañana siguiente debía celebrarse
mi matrimonio con el conde de Pópoli, y decidimos que aquella misma
noche Carlos y yo iríamos a la capilla del castillo por caminos
diferentes; que Teobaldo bendeciría nuestra unión, y una vez efectuado
nuestro enlace, nos resignaríamos a sufrir la cólera del duque de Arcos,
que podría sumirnos en una prisión, arrojarnos del castillo y
desheredarnos, pero no romper nuestra unión!
»Después de la comida nos trasladamos al salón, cuyas puertas vidrieras
daban al parque; el conde de Pópoli, sentado cerca de mí, mostrábase tan
galante como se lo permitían sus costumbres de cazador.
»Carlos entró, y en su alegre mirada, llena de dulzura, conocí que
Teobaldo le había prevenido. Acababa de despedirse de mi tío, pues debía
marchar a una granja a la mañana siguiente. Pasó por delante del Conde,
a quien saludó fríamente, y aproximándose a mí para despedirse, tomó mi
mano, que llevó respetuosamente a sus labios. Yo le dije en voz baja:
--»Esta noche a las doce.
--»¡A las doce!--repitió estrechando mi mano y dirigiéndome una mirada
llena de reconocimiento y de ternura.
»En aquel instante le avisaron que un hombre mal vestido deseaba
hablarle y le esperaba en el parque.
»Algunos momentos después, desde las ventanas del salón los vi pasar por
una calle de árboles de las más lejanas. No pude distinguir el rostro
del extranjero, cuyo porte no me pareció completamente desconocido,
agolpándose a mi imaginación ideas y recuerdos confusos.
»Hablaban ambos acaloradamente, y en las gesticulaciones de Carlos, en
su paso incierto y vacilante, notaba una agitación y una inquietud que
no podía explicarme, y de la que participé cuando pasó una gran parte de
la noche sin verle aparecer en el salón; pero bien pronto, me decía yo
mirando el reloj, bien pronto sabré lo que significa esa visita
imprevista.
»Al fin, cada cual se retiró a su aposento. Yo quedé en mi habitación y
púseme a orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, me
encaminé hacia la capilla. Teobaldo me había precedido.
--»¿Eres tú, Carlos?--pregunté.
--»No, hija mía--me contestó una voz temblorosa.
»Era Teobaldo.
»Esperamos inútilmente; permanecimos solos el resto de la noche, y
cuando los primeros rayos del día iluminaron las vidrieras de la
capilla, Carlos no había aparecido.
»Pasó el día, pasaron también los siguientes y no volvió a presentarse
en el castillo.
V
»La ausencia de Carlos--prosiguió la Condesa,--su desaparición
misteriosa e imprevista nos habían anonadado. ¿Habría sido víctima de
alguna traición? ¿Nuestros proyectos habían sido descubiertos? ¿Su
rival, celoso, había pagado asesinos que le matasen? ¿La venganza y el
poder del duque de Arcos, le habían privado de su libertad y le habían
recluido en alguna prisión de Estado?
»Nos perdíamos en conjeturas, y en vano buscábamos la causa de aquel
misterio; toda la solicitud de Teobaldo fue infructuosa y nada pudimos
saber. Por otra parte, lo mismo el conde de Pópoli que el duque de Arcos
parecían ignorar el suceso; no tenían la menor reserva para con
Teobaldo; no nos impedían vernos, y aunque irritados por mi resistencia,
atribuían mi obstinación a la repugnancia que sentía al matrimonio más
bien que a otra causa extraña. A fuerza de lágrimas y súplicas, había
obtenido tres meses de tregua, jurando que cumpliría mi palabra llegado
el plazo.
»Cuando transcurrieron los tres meses, pedí de nuevo otra prórroga; pero
era necesario ceder a la voluntad del Duque, a mi promesa, a la fe
jurada... ¡Ay de mí! ¡no hay poder divino ni humano que pueda cambiar el
destino! ¡Mi cabeza estaba trastornada, mi corazón herido; sólo quedaba
mi mano, y el duque de Arcos dispuso de ella!
»¡Era ya condesa de Pópoli!
»Como satisfecho de este postrer acto de tiranía que labraba mi eterna
desdicha, y como si hubiese concluido su obra sobre la tierra, mi tío
murió al año de efectuarse mi matrimonio, dejándonos todos sus bienes.
Ningún cambio hubo en mi suerte, ninguna nueva de Carlos. Si, como
creíamos, había sido encerrado en alguna prisión a ruegos del duque de
Arcos, la muerte de éste debía ponerle en libertad. Pero no pareció, y
Teobaldo me dijo, desesperado:
--»Está visto; nuestro amigo no existe.
»Ambos le lloramos, y en las calles de árboles del parque donde solíamos
sentarnos los tres en tiempos más felices, colocamos unas piedras en
forma de monumento fúnebre, misterioso como su suerte; no inscribimos
nombre alguno, ninguna inscripción; y junto a esta tumba sin despojos,
pero animada por nuestros recuerdos, nos reuníamos todas las tardes para
hablar de él, para rogar por él y pedir a la Providencia que pusiese fin
a nuestro dolor y a su ausencia.
»Viví de este modo, cerca de un esposo de pasiones brutales y coléricas,
pero cuyo corazón era menos malo de lo que yo creí en un principio.
Todos sus defectos provenían de una educación descuidada. Un amor propio
excesivo y un orgullo sin límites eran la consecuencia de su absoluta
ignorancia; y cuando, con una habilidad y una paciencia infinitas,
Teobaldo le hizo comprender poco a poco lo mucho que ignoraba, empezó
por confiar menos en sí mismo y más en nosotros. Por mi parte me dediqué
a moderar su carácter impetuoso, aunque, con frecuencia, mi dulzura no
lograba desarmarle.
»A causa de las escenas violentas a que se entregaba, me compadecían
nuestros vecinos. Admiraban mi resignación, que no se debía,
seguramente, a la indiferencia. Era demasiado desgraciada para ocuparme
de ciertas pequeñeces.
»La tristeza de Teobaldo aumentaba de día en día. La vista del castillo
le apenaba profundamente; el aire que respiraba alteraba su salud, y, a
no verme sufrir tanto, se hubiese retirado de nuestra morada desde hacía
mucho tiempo. Sombrío y taciturno, huía de toda distracción y aun del
estudio; entregado a la religión, pasaba día y noche al pie del altar.
En los alrededores era tenido por un santo, y hasta mi marido respetaba
su virtud.
»Hacía algunos meses que el conde de Pópoli visitaba con frecuencia a
los señores de las cercanías, o los recibía en nuestra casa, donde
tenían conferencias secretas. En fin, con gran sorpresa mía, llegué a
observar que ya no se dedicaba solamente a la caza. Con frecuencia me
daba a traducir o escribir cartas para algunos señores de Alemania;
estas cartas eran insignificantes en apariencia; pero tenían un sentido
diferente y misterioso que deseaba conocer, y que no tardé en adivinar.
»El conde de Pópoli parecía satisfecho de sus proyectos; pero, a pesar
de esto, en algunos momentos violentábase para aparecer con un aspecto
tranquilo, y, en ocasiones, surcaban su frente imperceptibles arrugas.
Contra su costumbre, parecía preocupado por una idea y semejábase a un
hombre sumido en profundas meditaciones. Hice notar mis observaciones a
Teobaldo, que me trató de visionaria y no quiso darme crédito.
»No obstante, cierto día entró en mi habitación con aire agitado.
--»Juanita--me dijo:--aquí sucede algo extraordinario. Hay una porción
de armas en los subterráneos del castillo.
--»¿Armas de caza?--le pregunté.
--»No, deben de ser destinadas para otro fin: esta tarde, cuando volvía
del pueblo de suministrar los Sacramentos a una enferma, se me ha
aproximado, enmedio del bosque, un hombre envuelto en una capa y me ha
dicho en voz baja:
--»Señor capellán; abandone esta misma noche el castillo en compañía de
la Condesa; peligra su libertad y su vida; mañana será demasiado tarde.
»En seguida se alejó precipitadamente.
--»Es alguno--le dije,--que ha querido burlarse de usted.
--»No, no--me contestó haciendo la señal de la cruz;--porque me ha
parecido oír la voz de Carlos que venía a salvarla.
--»¡Carlos!--exclamé;--es imposible.
--»Sí, eso mismo he pensado yo; pero mi corazón me ha dicho que era él.
Cuando se alejaba, después de estrechar mi mano, grité:
--»¡Carlos! ¡Carlos!
»Entonces se detuvo, y creí que se iba a arrojar en mis brazos; pero me
equivoqué, pues lanzando un grito de dolor, volvió la cabeza y
desapareció velozmente.
»No podré explicar la turbación que me causó esta sencilla relación.
¿Por qué abandonar el castillo donde estábamos seguros, y en el que
nuestra numerosa servidumbre podía defendernos? Semejante aviso me
pareció absurdo y me hizo dudar de todo.
»Sin embargo, para no tener nada que reprocharme, envié a buscar a mi
esposo. A pesar de ser ya más de media noche, el Conde estaba fuera
todavía. Ordené que me llamasen a su vuelta. Pero el Conde no regresó al
castillo en toda la noche.
»La inquietud se apoderó de mí, y apenas amaneció hice que fueran en su
busca. Pero las puertas del castillo estaban bien guardadas por soldados
españoles, y no dejaron pasar a mis emisarios. Poco después,
presentóseme el oficial que los mandaba, y me dijo respetuosamente:
--»Vengo a cumplir una orden bien sensible para mí. Estoy encargado de
prender a usted.
--»A mí, señor oficial?
--»Sí, a la condesa de Pópoli.
--»¿De orden de quién?
--»Del Rey.
»Me vi obligada a obedecer y, un momento después, subía al coche que se
me tenía preparado. Llegamos al Castillo-Nuevo, donde fui encerrada. El
conde de Pópoli había sido igualmente arrestado aquella misma noche en
casa de un caballero vecino nuestro, que estaba complicado con él en la
conspiración que se tramaba.