La Condesa continuó su relato, al día siguiente, en estos términos:
»Mi tío había salido del aposento; Teobaldo y yo nos mirábamos aún
asombrados del suceso, sin que pudiéramos darnos cuenta de una aventura
que creíamos sobrenatural; porque excepto mi preceptor, que acababa de
llegar, nadie entendía el alemán en el castillo, incluyéndome a mí, que
hacía un año lo estaba aprendiendo.
»Carlos permanecía de pie en un rincón del salón y nos miraba sonriendo;
de pronto, dirigiéndose a Teobaldo, dijo:
--»Y bien, querido maestro: ¿no adivina usted que pueda haber aquí otro
discípulo, que le debe la dicha de haber sido útil a su bienhechora?
»Teobaldo quedó estupefacto, porque esta frase acababa de ser
pronunciada en el más puro alemán. Yo no pude menos de exclamar:
--»¿Cómo, Carlos, esa traducción es de usted? ¿Dónde, pues, ha
aprendido?
--»Lo que usted no ha querido estudiar, lo he estudiado yo--nos dijo.
»En efecto, hacía tres años que Carlos asistía asidua y silenciosamente
a todas mis lecciones, y las había aprovechado mucho más que yo. Cuando
estaba solo y entregado a sí mismo; cuando habían pasado las dos
terceras partes del día, empleaba en estudiar los momentos que yo
consideraba perdidos en la ociosidad.
»Teniendo entrada a todas horas en mi gabinete de estudio, del que
estaba encargado, servíase de mis libros y de mis cuadernos; su
aplicación y su constancia le habían hecho un joven mucho más instruido
de lo que podía pedirse a sus años.
»El joven, el paje, a quien todos despreciaban en la casa, poseía
perfectamente nuestra lengua y varios idiomas extranjeros; conocía la
historia y la geografía. No había olvidado la música; y apenas había yo
salido, se sentaba al clavicordio; algunas veces, me acuerdo
perfectamente, creí, oyendo los sonidos lejanos, que mi maestro se había
quedado tocando y que ensayaba todavía.
»Fácilmente comprenderán ustedes, queridos amigos, que después de este
descubrimiento, Carlos no tuvo necesidad de ocultarse. Estudiaba con
nosotros, en mi compañía. Este acontecimiento había excitado mi
emulación, y encontré desde entonces en el estudio un placer que había
ignorado hasta entonces.
»Teobaldo sentíase orgulloso de nuestros progresos, de los de Carlos
sobre todo, porque su precoz inteligencia concebía con una facilidad
asombrosa las cuestiones más difíciles y abstractas. Reunía a una
memoria feliz, una concepción rápida, una imaginación ardiente y unos
sentimientos nobles y elevados que no nacían en la imaginación, sino en
el corazón. Tales eran las cualidades que brillaban en él de una manera
notable.
»Teobaldo mirábale con frecuencia sorprendido y me decía en voz baja y
con acento profético:
»Créame usted, no será un hombre vulgar; cualquiera que sea el estado o
carrera que abrace, llegará a un puesto elevado.
--»Si fuese así--respondía Carlos,--a ustedes lo deberé, amigos míos; y
el pobre huérfano no lo olvidará jamás.
»Muy en breve el maestro no tuvo nada que enseñar a su discípulo, que
era ya su compañero de estudio. Por mi parte, no podía seguirlos ni
llegar a su altura; pero sentíame orgullosa de saber apreciar lo que
valían.
»Sus conversaciones eran dulces y amenas: en ellas dejaban ver sus
nobles y puros sentimientos; tenían elocuencia fácil, sencilla y
persuasiva. En la soledad del viejo castillo, cerca de aquel anciano
achacoso y colérico, las horas nos parecían demasiado breves cuando nos
encontrábamos en aquel santuario del estudio y de la amistad. A los días
indiferentes y tranquilos de la infancia, debía suceder la edad de oro
de la juventud, con sus quiméricos encantos, sus grandes ilusiones y su
inmenso porvenir. Más sabio que nosotros y ya menos dichoso, Teobaldo
era más grave, más reflexivo. Conocía el mundo; es decir, los pesares;
nosotros no conocíamos más que nuestro mutuo afecto, la amistad y la
dicha.
»Una mañana, brillaba el bello sol de otoño, estábamos los tres en un
extremo del parque, hablábamos familiarmente, y Carlos nunca habíase
mostrado más gracioso y amable.
--»He soñado esta noche--nos dijo--que yo era gran señor y primer
ministro.
--»¿En qué reino?--le interrogué yo.
--»Mi sueño no me lo ha dicho.
--»¿Y qué puesto me daba usted en ese sueño?
--»Usted, señora... era reina.
--»¿Y Teobaldo?
--»¡Confesor del rey!
»A esta broma imprevista lancé una carcajada, y mi alegría excitó la de
Carlos. Sólo Teobaldo guardó su compostura, y nos dijo moviendo la
cabeza:
--»¡Eso sí que es extraño!
»A estas palabras, nuestra alegría creció de pronto.
--»No se rían ustedes...--nos dijo con gran seriedad y sangre
fría.--Debo ser el más razonable de los tres... y soy el más débil y
supersticioso... Lo que acaban de decirme me ha impresionado, y a mi
pesar no puedo dejar de creerlo.
--»¿Por qué?--le interrogué.
--»Porque he soñado exactamente lo mismo.
»Todos lanzamos un grito de sorpresa.
--»Sí--dijo a Carlos;--yo sacerdote y tú gran señor.
--»¿Y yo?--pregunté a mi vez.
--»Usted, señora, es diferente--me dijo con tristeza;--no estaba con
nosotros, nos había dejado, nos había abandonado.
--»¡Ah! Entonces ese sueño no es verdad, no tiene sentido
común--exclamé.--Ignoro qué destino nos estará reservado; pero sea el
que quiera el mío, juro que nada en el mundo me hará olvidar los amigos
de mi infancia.
--»Y nosotros juramos lo mismo--exclamaron los dos a la vez, extendiendo
hacia mí sus manos, que tenían estrechamente unidas.
»Hubo un instante de silencio, y Teobaldo volvió lentamente a su
tristeza habitual, diciendo:
--»Sí, señora; nuestros presentimientos se cumplirán. Tendrá usted
inmensas riquezas, será una gran señora... respetada y adorada de todos.
Tú, Carlos, si atiendo a tu mérito más que a tu sueño, debes, a despecho
de los obstáculos, a pesar de tu nacimiento, hacer tu camino en el
mundo, y llegar a los puestos más elevados.
--»Tanto mejor para ti--dijo en tono de broma Carlos, dando en la
espalda de Teobaldo con aire de protección.
--»¡Oh! ¡Yo--prosiguió Teobaldo--tengo el presentimiento de que seré
siempre miserable! No seré útil a nadie... Los amaré, velaré por
ustedes y les daré mi vida... Vean ahí--continuó sonriendo y dándonos la
mano,--que mi parte es la mejor, y que de los tres seré el más dichoso.
»La campana del castillo sonó en aquel momento, y nos separamos
renovando el juramento de eterna amistad, que el Cielo oyó, y que
nuestros corazones ha mantenido.
»Contra la costumbre, y turbando la tranquilidad de nuestra pacífica
morada, una numerosa y brillante sociedad acababa de llegar a ella. Era
un número bastante crecido de jóvenes señores de las cercanías que,
reunidos desde por la mañana para una partida de caza, habían querido
descansar de su fatiga en el castillo del duque de Arcos, su vecino.
»Como castellano, mi tío sentíase lisonjeado con esta visita y recibió
alegremente a sus nuevos huéspedes; parecía inquieto, y en su orgullo
español se apresuraba para ejercer dignamente los deberes de la
hospitalidad. Díjome que bajase al salón para recibir a aquellos señores
y hacer los honores de la casa. Obedecí, y, al verme, hubo entre aquella
multitud, cuyas miradas todas se dirigieron hacia mí, una especie de
rumor, el cual no podía explicarme, y que me turbó extraordinariamente.
Recibíamos muy pocas veces, y los nobles señores que nos honraban con su
visita eran, por lo general, viejos duques y ancianos señores, amigos y
contemporáneos de mi tío. Semejante sociedad fijaba poco la atención en
mí, y tenían la costumbre de mirarme como a una niña. Durante este
tiempo yo había crecido; contaba quince años; era bien parecida, y por
el incidente de tan inesperada visita, me convencí de que llamaba la
atención mi persona; mis amigos nada me habían dicho, y el efecto rápido
y maravilloso que produje en la concurrencia me sorprendió en extremo...
Todo, en aquel día, me decía que era linda; y si hubiese podido dudarlo
todavía, las exclamaciones que oía a mi alrededor bastaban para disipar
mis dudas.
--»Por San... ¡Qué linda es! ¡qué talle de reina! ¡qué hermosos ojos
negros! No hay nada mejor en la corte.
--»Yo lo daría todo por ella--dijo un hombre de pequeña estatura y de
bigotes negros.
--»Y yo también--agregó una voz ronca que me causó miedo;--todo, excepto
mi jauría y mi caballo árabe.
»Estas y otras exclamaciones semejantes se repetían en el salón por
veinte personas a la vez, sin que yo perdiera una sola palabra.
»Poco después llegó mi tío; acababa de vestirse con su gran uniforme y
el gran cordón de la Orden de Calatrava, e invitó a sus convidados a
pasar al comedor.
»Al oír estas palabras, aquellos señores se olvidaron de mí, pues el
apetito que tenían, como buenos cazadores, no les permitía pensar más
que en comer; en verdad no tenían otra cosa que hacer.
»A los primeros instantes de silencio, sucedió una conversación animada
y ruidosa como en el final de una asamblea. Cada cual refería sus
proezas en la caza, y después que el vino circuló en abundancia, no hubo
medio de entenderse. ¡Qué discursos, Dios mío! ¡Cuánta ignorancia!
¡cuánta fatuidad! Menos mal, cuando estos nobles señores no son más que
tontos o fatuos; pero muchos de ellos se distinguían por su grosería y
malos modales.
»Aturdida y disgustada de aquella sociedad, parecíame oír una lengua
desconocida, que estaba en un mundo nuevo y extravagante, lejos de mi
país, de mis amigos a quienes ansiaba volver a ver; antes de que
terminase la comida, las frecuentes libaciones habían acalorado los
cerebros de nuestros convidados.
--»¡Por esta hermosa joven!--exclamó uno de ellos apurando un vaso de
vino.
--»¡Por nuestro huésped el duque de Arcos!--agregó otro.
--»¡Por los jabalíes de estos dominios!--dijo la voz ronca que había
oído antes en el salón.
»Este intrépido cazador, el Nemrod de la partida, era un joven de
veinticuatro a veinticinco años, de cabellos y bigotes rojos, cuyas
facciones, de expresión dura y altanera, hubieran sido regulares si no
hubieran estado surcadas por una enorme herida que se había hecho con la
rama de un árbol.
--»¡Por los jabalíes de estos dominios--repitió,--y por el que he muerto
esta mañana!
--»Te equivocas, Eduardo--respondió uno de los convidados;--ese jabalí
ha sido muerto por mi mano.
--»¡No! Lo mató mi bala; yo lo he visto.
--»¡Sí, cuando lo has tocado estaba ya muerto!
--»¡Mientes!
»Su adversario quiso lanzarse sobre él, pero el duque de Arcos se
levantó para separarlos, lo que consiguió después de algunos esfuerzos,
logrando que la disputa no pasase de allí. Como medida de precaución,
acordose la partida, y mientras los convidados se despedían, llamaron a
sus domésticos e hicieron ensillar sus caballos.
»Entonces me encontré sola un momento con el terrible Eduardo, el eterno
cazador, y me fue fácil conocer que brillaba menos en el salón que en la
mesa. El vino de España, que mi tío les había prodigado, debilitó su
cerebro, y costole gran trabajo balbucear algunas excusas sobre la
escena que acababa de desarrollarse; poco a poco fuese animando, sus
ojos se enrojecieron, su andar era menos vacilante, y me dirigió algunas
frases galantes y tan expresivas, que consideré prudente retirarme.
--»No tema usted nada--me dijo;--yo parto; pero, noble castellana,
espero que tendrá usted a bien conceder a un animoso caballero el beso
de despedida.
«Rehusé... pero en vano; y como él insistiese, quise arrojarme a la
puerta; pero adivinando mi pensamiento, se interpuso en mi camino y me
rechazó bruscamente.
»Fuese a causa del choque brusco que recibí, o por el terror que aquel
hombre me inspiraba, vacilé y caí dando un grito de terror.
»En aquel momento apareció Carlos en la puerta del salón, y lanzándose a
Eduardo, le golpeó en la mejilla. Este, furioso, echó mano a un cuchillo
de monte que llevaba en la cintura, e hirió a Carlos. Yo vi el acero
brillar; vi la sangre correr; después no percibí nada, no sentí nada;
había perdido el conocimiento.
»Cuando volví en mí, cuando principié a recordar mis ideas, estaba
acostada; me encontraba en un gran aposento apenas iluminado, y a la
débil luz de una lámpara distinguí dos hombres: uno de ellos, de pie,
levantaba mi cabeza y procuraba hacerme beber un líquido que no sabía lo
que era; el otro estaba arrodillado al pie de mi cama y oraba.
--»Dios nos ha oído--murmuró en tono bajo una voz que me era conocida,
la de Carlos.--Por fin vuelve en su conocimiento, ya abre los ojos.
»Y los dos amigos se abrazaron. Los veía, y no podía explicarme cómo
estaba en aquella estancia, en aquel lecho, sin criados, sin ninguna de
mis doncellas y no teniendo otros acompañantes que Teobaldo y Carlos.
»Llamé, y nadie acudió; traté de hablar, y se me impuso silencio; pedí
que al menos se me permitiese ver la luz del día: pero esto no se me
concedió sino al día siguiente, y sólo entonces supe la verdad.
»Carlos fue herido en el brazo, pero su herida no era grave. Una fiebre
ardiente se había apoderado de mí; estuve algunos días delirando y me vi
atacada de una enfermedad contagiosa, enfermedad que hacía tiempo
azotaba el país, y que hería de muerte a todo el que alcanzaba. Al
primer síntoma de la aparición de la viruela, el espanto en el castillo
fue grande. Mi tío, egoísta y miedoso como todos los ancianos a quienes
lo avanzado de su edad les hace amable la vida y que temen perder los
bienes que poseen, no quiso verme, y mandó cerrar todas las puertas que
daban a mis habitaciones; me hubiese hecho salir del castillo, pero no
se atrevió, temiendo no encontrar quien ejecutase sus órdenes. El
ejemplo del amo se comunicó a la servidumbre: un terror pánico se había
apoderado de todos los habitantes de la casa. Nadie hubiera osado
tocarme ni acercarse a mi habitación: todos se apartaban de mí con
horror, y durante doce días, mis dos amigos no me abandonaron un
momento, prodigábanme día y noche los más asiduos cuidados, viviendo en
aquella atmósphera de muerte; y por premio de todos sus cuidados, de
tanta solicitud, no pedían al Cielo más que mi vida. En el instante en
que me recobré, sus ojos estaban fijos en los míos con celestial
expresión, con la alegría de una madre que acaba de encontrar a su
hijo.
»Me pareció que de repente había conmovido sus corazones alguna viva
inquietud, pues interrogaban con angustia mis facciones, espiando mis
más pequeños movimientos; pero pronto se tranquilizaron y sus miradas
brillaron de satisfacción y de contento; los transportes de alegría de
aquellos dos seres, consagrados únicamente a mi cuidado, me
recompensaron ampliamente de mi aislamiento y de todas las defecciones
que había sufrido.
»Ambos estaban arrodillados junto a mi lecho y besaban mis manos, que yo
retiré bruscamente y como asustada. ¡Ay de mí! Recobraba la razón, y con
ella el conocimiento y una especie de terror. Temía que mis generosos
amigos fuesen víctimas de su abnegación, y mis presentimientos se vieron
realizados, al menos para Teobaldo, pues algunos días después, enfermo
de bastante gravedad, padecía la misma dolencia que me aquejaba; Carlos
entonces se alejó de mí, me abandonó; Teobaldo estaba peligrosamente
enfermo, y era el amigo a quien amaba más en el mundo. Encontrando
nuevas fuerzas en su juventud, a medida que eran necesarios sus
cuidados, su cuerpo hízose infatigable como su alma, y Carlos pasaba los
días y las noches al lado de su amigo; teníalo en sus brazos, y cuando,
por mi parte, le hablaba del riesgo a que se exponía, me contestaba:
--»No, no corro peligro alguno; el Cielo me protege, y Dios no me
abandonará.
»Pensando y obrando de este modo, no perdió la confianza y el valor que
le animaban ni por un solo instante; sólo él daba alientos a nuestro
abatido espíritu, y hacíanos concebir las más halagüeñas esperanzas.
»Algunas veces le veía ceder, a su pesar, a la inquietud, al dolor; pero
estos momentos eran pasajeros, y en breve recobraba su serenidad y
sonreía ocultando su pena.
--»Los días de peligro han pasado--decía;--Teobaldo se encuentra mejor,
la Providencia nos protege.
»Tenía razón. Dios se había compadecido de nosotros.
»Carlos se libró del contagio, y Teobaldo convalecía; pero el mal había
dejado impresa en él su terrible huella, y, menos afortunado que yo,
quedó desfigurado.
--»No estaré hermoso--me decía sonriendo;--pero por feo que esté, espero
que usted no me desconocerá.
»Nuestra amistad no sólo se conservaba, sino que se hizo más íntima y
firme, y las pruebas que mutuamente nos habíamos dado nos probaron que
siempre sería la misma.
»Volvimos a nuestra existencia tranquila, a nuestros estudios, a
nuestras acostumbradas conversaciones; y más felices y dichosos que
antes de la tempestad, nos parecíamos a los marineros salvados
milagrosamente de un naufragio.
»Carlos estaba cada día más contento, más satisfecho, más decidor; su
gracia y su ingenio animaban todas nuestras reuniones, y cuando nos
encontraba juntas a las dos personas a quien su solicitud y cuidado
había salvado, su rostro tomaba una expresión de alegría y de contento
difícil de explicar.
»Sólo pensaba en nosotros, y se ocupaba asiduamente en procurar
distracciones al pobre Teobaldo, que desde su enfermedad y durante su
convalecencia estaba demasiado triste y abatido.
»En más de una ocasión me hizo notar su estado; cuando le sorprendía en
sus paseos por el parque, le encontraba solo, la cabeza baja, y sus ojos
contenían con dificultad sus lágrimas; inquietos al verle de este modo,
le preguntamos el motivo que tanto le afligía.
--»Mi pobre madre--nos dijo--está en peligro de muerte.
»Compartimos su dolor y procuramos consolarle; pero, ¡ay de mí! bien
pronto la perdió, y lloramos con él sin poder calmar su tristeza, que
aumentaba cada día. Obligado por nuestras continuas preguntas, nos
declaró, por último, que hacía tiempo meditaba un proyecto que nos
participaría al día siguiente.
»En efecto: la mañana de dicho día encontrábame en el salón de música,
sentada cerca de Carlos, cuyos dedos corrían sobre el clavicordio, sin
ocuparnos de la obra que teníamos delante. Yo le hablaba de la herida
que había recibido defendiéndome, que sólo él había olvidado, y de que
nunca le oí quejarse; le recordaba su entrada en el salón en el momento
que Eduardo me rechazaba brutalmente cuando intentaba huir de su lado.
--»¡Ah!--me dijo.--Fue el día más horrible de mi vida; no había
experimentado nunca un dolor semejante.
--»¿Cuándo hirió a usted con su cuchillo?
--»No, cuando creí que iba a abrazar a usted.
»Al pronunciar estas palabras, que parecían escapadas de sus labios,
había en su voz, en su mirada, una expresión que no había notado nunca
en él, y que me causó profundo asombro.
--»¡Carlos!--exclamé inclinándome hacia él.
»Lanzó un grito de dolor y su rostro se cubrió de una palidez intensa.
Acababa, sin saberlo, de oprimir con fuerza el brazo en que su herida
estaba abierta todavía, y fuera de mí, caí a sus pies para pedirle
perdón por el daño que sin querer le había causado; quiso levantarme, y
su cabeza tocó la mía, sus labios rozaron ligeramente los míos, y, en
aquel momento, apareció Teobaldo. Nos vio, y una palidez mortal invadió
su rostro, mientras que Carlos y yo nos sonrojamos al darnos cuenta de
su presencia.
»Teobaldo se repuso, y nos sonrió con la tristeza que acostumbraba.
--»Amigos míos--nos dijo, sentándose cerca de nosotros.--Se acordarán
ustedes de la sorpresa que me causó, hace algunos meses, el sueño que
Carlos nos contó había tenido. Y esa sorpresa fue tanto mayor, cuanto
que hacía muchísimo tiempo que esas mismas ideas eran las mías; fueron
las primeras que yo concebí, y que el tiempo y mi enfermedad han
fortificado. Cuando estaba usted, señora, en peligro de muerte, prometí
a Dios que si la salvaba, me consagraría a él, abrazaría el estado
eclesiástico.
--»¿Hacerse religioso?--exclamé.
--»¿Y por qué no? ¿Qué destino me espera en el mundo? ¿puedo aspirar
acaso a la dicha de tener una familia? ¿qué mujer me aceptaría por
esposo? ¿de quién puedo esperar ser amado? La vida religiosa me brinda
el reposo y la calma; conviene a mi carácter tranquilo y dado al
estudio; ella no nos separará. Dios no prohíbe amar a sus amigos; al
contrario, nos manda rogar por ellos, y yo no me ocuparé de otra cosa
sino de la felicidad de ustedes.
»Carlos, con toda la efusión y el calor de una verdadera amistad,
combatió semejante proyecto; pero Teobaldo rechazaba todas sus
objeciones con la calma y sangre fría de un hombre cuya resolución es
inquebrantable; pero como nosotros insistiésemos, exclamó:
--»¿Dirán ustedes, acaso, que no tomo ese partido por ambición? Carlos,
¿no soñaste que yo llegaría a las primeras dignidades de la Iglesia?
Déjenme que haga mi fortuna, y entonces se manifestarán celosos más
bien que opuestos a mi proyecto.
--»¡No lo consentiremos, de ningún modo!
--»Preciso será que consientan ustedes, pues ya está hecho.
»Ambos lanzamos un grito de dolor y de sorpresa.
--»Sí--prosiguió él;--he pronunciado mis votos.
--»¿Cuándo?
--»Hace pocos días. Había previsto lo difícil que me sería resistir a
sus instancias, y he querido evitar esta debilidad anteponiéndome a
ella. No me compadezcan ustedes, amigos míos: estoy contento, soy
dichoso.
»En efecto, a partir de este día la calma sucedió a las inquietudes que
agitaban su alma. La serenidad apareció en su frente, la sonrisa en sus
labios; su amistad parecía más intensa, más pura. Aislado del mundo,
parecía no tener sobre la tierra más objeto que nosotros, y consagraba
al Cielo y al estudio todos los instantes en que no lo necesitábamos.
Tuve el atrevimiento de pedir para él a mi tío el título de capellán del
castillo, que poseía rentas considerables, y el Duque me concedió este
favor.
»Logrado este primer deseo, solicité para Carlos la plaza de secretario,
que Teobaldo no podía desempeñar, a lo cual accedió también mi tío sin
repugnancia y sin objeción alguna. Semejante conducta de su parte dejome
profundamente admirada, y mi alegría rayaba en locura, pensando que la
edad había cambiado el carácter del Duque.
»En la entrevista que tuve con él, para pedirle ambos favores, me dijo:
--»A mi vez, tengo también alguna cosa que pedirte.
--»Todo lo que quiera usted, querido tío--le contesté,--se lo concedo
por anticipado.
--»Está bien--me dijo abrazándome, favor que nunca me había hecho;--no
olvides esta palabra, te la recordaré pasadas algunas semanas.
»Una mañana, en efecto, me hizo llamar a su habitación; me puse a sus
órdenes, sin saber de lo que se trataba; mi corazón latía con violencia,
mis piernas temblaban y tuve necesidad de detenerme algunos instantes
antes de entrar en su gabinete, para disimular mi emoción. Mi tío estaba
sentado cerca de una mesa y leía; al verme, dejó sus anteojos y su
libro.
--»Querida sobrina--comenzó diciéndome;--eres demasiado bella y bien
educada; tienes talento, más sin duda de lo que convendría a la familia
de los Arcos; pero el mal, si lo es, no tiene remedio. Además, cuentas
diez y ocho años, y todos los señores de las cercanías solicitan tu
mano.
--»¡Ah!--exclamé;--no he pensado en casarme...
»Mi tío me miró con sorpresa y prosiguió fríamente:
--»Te he hecho venir, no para pedirte consejo, sino para prevenirte que
he ofrecido tu mano a uno de mis vecinos.
»Me turbé de tal modo, que creí que iba a perder el conocimiento. Mi tío
me mostró con el dedo un sillón, y, sin interrumpirse, continuó
diciendo:
--»He elegido el más rico y más noble, el hijo del conde de Pópoli.
Vendrá mañana; prepárate a recibirle.
»Quise hablar, suplicar; pero aparentando no comprenderme, mi tío tomó
sus anteojos y su libro y me hizo seña con la mano para que me retirase.
»Como fascinada por aquel dedo demacrado que se extendía hacia mí...
obedecí, sin despegar mis labios; salí y me encaminé a mi aposento,
donde derramé un mar de lágrimas. ¿Por qué? ¿de dónde provenía mi
desesperación? Lo ignoraba, nunca me había dado cuenta de lo que podía
suceder en mi corazón. Sólo mis amigos eran capaces de consolarme, y fui
en su busca.
--»Amigos míos--les dije llorando;--aconséjenme, sálvenme, me quieren
casar.
»Teobaldo se estremeció; luego le vi levantar los ojos al cielo y
brillar en ellos una lágrima.
»Carlos púsose pálido como la muerte, y nada me contestó. Creí que no
me había comprendido.
--»¡Me quieren casar!--repetí;--¡díganme algo! ¡contéstenme!... ¿Qué me
aconsejan?
--»No consienta usted--exclamó Carlos con alegría.
--»¡Prefiera usted la muerte!--dijo Teobaldo.
»Carlos quiso proseguir, pero no pudo pronunciar una sola palabra...
Permaneció algunos instantes con la cabeza entre las manos, como
buscando alguna idea.
--»Si tal es la voluntad del señor Duque--dijo luego,--ni la razón, ni
las lágrimas, ni los ruegos conseguirán vencerlo.
»Teobaldo y yo comprendimos que tenía razón, y guardamos silencio.
Carlos continuó:
--»Por mi parte, ni aun ensayaría el hacerle cambiar de modo de pensar;
sería inútil.
--»¿Qué haría usted?
--»Me dirigiría a un poder superior al suyo. Abandonaría el castillo, e
iría a refugiarme en un convento, el _della Pietá_, donde se encuentra
la hermana menor de usted, la señora Isabel.
--»¡Tiene razón!--exclamé;--¡partamos!
--»¡Insensata!--exclamó Teobaldo deteniéndome;--¿Cree usted que la
abadesa _della Pietá_ consentiría en recibirla y retenerla contra la
voluntad del señor Duque? A su voz todos los monasterios se cierran; ni
uno sólo querría excitar su cólera, ni resistiría a sus justas
reclamaciones... Porque, sobre todo, él tiene dos derechos sobre usted.
Es usted su sobrina... y la ha educado.
»Ni Carlos ni yo encontramos palabras que poder oponer a tan justos
razonamientos. Teobaldo inclinó la cabeza y prosiguió, al cabo de un
momento:
--»Un solo medio queda, que yo le diré.
--»¿Y cuál es?
--»Lo sabrá usted pasados unos días.
»A pesar de nuestras instancias, no quiso satisfacer la ansiedad que
experimentábamos.