«Mi hermana y yo nacimos en el reino de Nápoles, que en aquel tiempo era
una provincia de España. Siendo muy jóvenes aún, perdimos a nuestros
padres y quedamos bajo la tutela de nuestro tío, el duque de Arcos, del
que no pretendo hacer el retrato, porque fue muy conocido. En su
juventud, había sido virrey de Nápoles, y su dureza e inflexible rigor
causaron la desgracia del pueblo, a quien trataba como esclavo,
conduciéndole de este modo a la desesperación, a la rebeldía. Bajo su
gobierno ocurrió aquella famosa revolución de una semana, durante la
cual el pescador Masaniello fue aclamado rey por el pueblo y asesinado
después por el mismo pueblo que le había aclamado. El duque de Arcos, al
volver al poder, no fue ni más hábil ni más clemente; redobló sus
rigores, a los que él denominaba _rigores saludables_. Este era todo su
sistema político; no conocía otro. El clamor público obligó, por último,
al rey de España a darle un sucesor, retirándose el Duque murmurando de
la debilidad de un soberano que no le dejaba concluir la gloriosa obra
a que había dado principio. Y aunque le seguían las maldiciones del
pueblo, no obstante conservaba en su tranquila conciencia la
satisfacción interior y el convencimiento íntimo del bien que había
realizado.
»En la época en que nos llevó consigo, nuestro tío tenía cerca de
ochenta años, y era siempre el mismo. Sus opiniones y su carácter no
habían cambiado en nada. No había perdonado aún a mi padre, que se había
casado sin su consentimiento, y mi madre murió sin que consintiese en
verla. En aquellos momentos estaba solo y sin familia, y lo que era más
sensible, sin nadie en quien ejercer su tiranía; y no teniendo a quien
dominar, por puro egoísmo se propuso educarnos. Al vernos, se obstinó en
que Isabel, que contaba a la sazón tres o cuatro años, debía tener
vocación religiosa, y la puso en el convento _della Pietá_. Yo tenía
algunos años más que mi hermana, y me dejó en su casa con el propósito
de establecerme un día a su capricho.
»Relataré brevemente cuanto sucedió durante mis primeros años. Separada
de mi hermana, a quien no veía nunca, y encerrada en un lúgubre pero
magnífico castillo cuyo circuito no podía traspasar, fui criada en el
temor de Dios y de mi tío, cuyo aspecto y cuya voz me hacían temblar. El
Duque veía siempre con una especie de satisfacción íntima el respeto que
me inspiraba. El miedo era la única lisonja que le agradaba. Era el
mejor medio de hacerle la corte, y sin quererlo, yo satisfacía su gusto.
»No tenía, por mi parte, otra satisfacción que la de ver a mi maestro de
música, un hábil organista, un napolitano de unos cincuenta años de
edad, cuyo entusiasmo, cuyos gestos, y sobre todo, cuya peluca me hacían
reír; éstos eran los únicos momentos que tenía de distracción en tan
sombría morada.
»Gerardo Broschi, que así se llamaba, era un verdadero artista que no
carecía de talento, ni tampoco de amor propio. Pero el amor a su arte le
había trastornado; nunca hablaba más que de música; siempre llegaba
cantando, y a veces contestaba a mi tío con un recitado. Hablador
incansable, tenía siempre en sus labios historias inverosímiles que
contarnos sobre sus aventuras en las cortes de Europa, en las que
figuraban grandes señoras a quienes enseñó su arte. Había descuidado su
fortuna por dedicarse a sus galanteos, y después de una larga carrera,
el pobre anciano no tenía otros bienes que su buen humor, sus cavatinas,
su vestido negro y aquella prodigiosa peluca que me divertía
extraordinariamente.
»Cierto día entró en su habitación, contra su costumbre, sin cantar. Yo
le miré con inquietud.
--»¿Está usted malo, Gerardo?--le dije.
--»No, señora; pero me sucede una gran desgracia: me ofrecen un puesto
distinguido, dignidades, honores... no podré sobrevivir a semejante
suceso... y me es imposible rehusar.
--»¿Qué le acontece, pues? ¿Alguna gran señora que le protege?
--»¡Más que eso, un rey, un emperador!
»Entonces Gerardo me contó que el czar Pedro el Grande reclutaba
artesanos en todos los países de Europa y artistas en Italia, con el
propósito de formar una banda de música para sus regimientos y una
orquesta para su capilla, y se le habían hecho a Gerardo, antes que a
nadie, proposiciones ventajosas para ir a Rusia.
»Yo no podía calcular entonces de dónde procedían su tristeza y mal
humor. Pensé que sería, sin duda, el disgusto de abandonarme; pero
Gerardo era demasiado franco para dejarme en un error. Tenía un hijo que
constituía su única pasión... después de la música... Un joven
encantador que, luego de haber oído la relación de Gerardo, creí que
sería el hijo de alguna gran señora o alguna princesa a quien él había
dado sus lecciones de música.
»Lo único que en todas mis hipótesis había de cierto, es que Gerardo era
un buen padre, que adoraba a su pequeño Carlos, a su hijo, y que se
privaría de todo, hasta de su guitarra, por proporcionarle un juguete o
un vestido nuevo. El pobre niño estaba enfermo, sufría mucho, y el sol
de Nápoles era casi su existencia; a esto debíase la inquietud de
Gerardo. Poner a Carlos bajo la influencia del helado cielo de la Rusia
era matarle, y sin separarse de él, era imposible evitar lo que temía...
¿A quién había de confiarlo? ¿quién tendría cuidado de él? ¿qué sería de
este niño?... Lloraba Gerardo, y yo también lloraba al ver las lágrimas
en aquella fisonomía que ordinariamente causaba tanto regocijo.
»Ese día, por fortuna, era el santo del duque de Arcos; y aquella tarde,
todavía me acuerdo, aunque apenas tenía doce años, mi tío me dijo con
aquella voz terrible que me llenaba de espanto:
--»¡Vamos, Juanita! ¡diviérteme! ¡Canta una barcarola!
--»¡Sí, señora!--exclamó vivamente Gerardo, a quien la música le hacía
olvidarlo todo.--Cante usted el aire de Pórpora: _O pescator felice._
»Mi tío frunció su entrecejo; porque después de la revolución de
Masaniello, no podía oír tranquilamente la palabra _pescador_. No
obstante, como en la cavatina de Pórpora el _pescator felice_ concluye
por naufragar, este desenlace, más sin duda que el modo con que yo
canté, causaron tanto placer a mi tío, que exclamó:
--»¡Bravo! ¡bravo! ¡Pide lo que quieras, te lo concedo por el día que
celebramos!
»Yo me arrojé a sus pies y le supliqué que hiciese traer y educar en el
castillo al pequeño Carlos, que era de mi edad, próximamente. Esperando
su contestación, Gerardo no respiraba; y yo, pálida y conmovida,
temblaba de pies a cabeza.
»Agradablemente sorprendido, sin duda, mi tío contestó con una dulzura
poco acostumbrada en él:
--»Un noble español no tiene más que una palabra; sostendré la que te he
dado. En lo sucesivo, Carlos será de la casa; será un paje que estará a
tu servicio.
»Me es imposible pintar a ustedes la alegría y el reconocimiento del
pobre Gerardo. Partió dichoso y tranquilo, y durante tres años nos dio
noticias suyas con bastante frecuencia. Tuvo su viaje un resultado feliz
y alcanzó gran éxito en la corte de Rusia. La esposa de Pedro el Grande,
la emperatriz Catalina, le nombró su maestro de capilla. Al cuarto año
cesó de escribirnos. ¿Había sucumbido al rigor del clima? ¿El amor que
por todas partes seguía su fortuna le había hecho robar alguna princesa
rusa? No lo pudimos averiguar, y hasta mucho tiempo después no tuvimos
noticias suyas, ni oímos hablar más del pobre Gerardo, de mi maestro de
música.
«Durante este tiempo, Carlos, su hijo, se criaba y educaba en la casa de
mi tío; yo estaba encantada de mi joven paje. Su salud delicada se había
robustecido, su cuerpo habíase desarrollado; y aunque demasiado joven
todavía, sus facciones ofrecían tanta nobleza y regularidad, que mi
maestro de dibujo, el señor Lasca, pintor de talento, le tomaba por
modelo de todas las figuras de ángeles y querubines con que decoraba el
salón de mi tío; y el pobre joven se veía obligado a pasar horas enteras
delante del artista, en vez de ir a jugar o correr por el parque.
»Por lo demás, desde el duque de Arcos hasta el último criado del
castillo, todos, excepto yo, lo hacían rudamente sentir la posición en
que se encontraba. Modesto y resignado, guardaba silencio, no se quejaba
nunca... ni aun a mí, y no derramaba una lágrima; pero con frecuencia
había en sus negros ojos, cuando los levantaba hacia el cielo, una
expresión de dolor y de dulzura indefinibles.
»Habitaba otra persona en el castillo, de la que necesito hablar a
ustedes. Esta era el secretario de mi tío, Teobaldo Cuchi, un joven de
corazón y de mérito, digno desde entonces del elevado puesto que llegó a
ocupar más tarde. Hijo de un paisano calabrés, las escasas lecciones de
teología que había recibido del cura de su aldea despertaron en él el
deseo de instruirse. Dotado de una voluntad firme e inalterable,
religioso por carácter, y confiando en la Providencia, dejó la cabaña de
su madre, yéndose a pie a Nápoles, donde se hizo _lazzaroni_ y bracero;
y el dinero que ganaba durante el día en esta ocupación, lo empleaba por
la noche en pagar a los maestros que le educaban. Pasaba la noche
inclinado sobre sus libros, abusando así de sus fuerzas y de su salud.
»Pálido, delgado, la tez morena, la frente arrugada, Teobaldo, que
apenas contaba veinte años, parecía rayar ya en los cuarenta; pero en
cambio era de los hombres más instruidos de Italia en historia y en
teología, y conocía a la perfección muchas lenguas. A pesar de su grande
instrucción, era desconocido en Nápoles, donde apenas ganaba lo
suficiente para sus más precisas necesidades, y se vio obligado a
aceptar la plaza de secretario del duque de Arcos, que un amigo le había
proporcionado. Envió entonces a su madre todos sus ahorros, que
ascendían a doscientos ducados, y se sepultó en el viejo castillo, donde
no tenía otras ocupaciones que escribir lo que mi tío le dictaba y darme
lecciones de francés y alemán: el resto del día lo pasaba estudiando en
la biblioteca del castillo.
»Sombrío y severo, pero dotado de una sólida y verdadera piedad, poseía
un gran fondo de inteligencia: sólo él hablaba con interés y bondad a
Carlos, a quien todos trataban como a un sirviente y cuyas funciones, no
obstante, eran las de paje de una gran casa. En la mesa permanecía cerca
de mí, me servía de beber, y una vez terminada la comida, me presentaba
el aguamanil y el jarro de cristal.
»Por la mañana ordenaba mis libros y mis papeles, y mientras que
Teobaldo me daba lección, manteníase a mis espaldas, atento y
silencioso, esperando mis órdenes.
»Dulce y tímido, no se atrevía a exponerme su reconocimiento, pero sus
acciones me lo manifestaban. Apresurábase a satisfacer mis caprichos,
llevaba mis labores, mis libros, mis guantes, mi abanico, y en los
grandes días, la cola de mi manto. Gracias a sus cuidados, las más
bellas flores del parque adornaban mi chimenea o pendían de mi cintura.
»Mi tío, con sus veinte criados, no estaba tan bien servido como yo por
mi lindo y joven paje.
»Sentíame satisfecha y orgullosa; acostumbrada a obedecer, me complacía
en ejercer mi poder absoluto sobre Carlos, cuya dureza templaba mi edad,
porque frecuentemente le tomaba como compañero en mis juegos; y en las
horas de recreo, la señora y el paje olvidaban la distancia que los
separaba.
»Un día, me acuerdo perfectamente, en el gran salón del castillo le
había mandado que jugase conmigo una partida de volante, y avanzando
unas veces y retrocediendo otras, nos encontramos, sin advertirlo, cerca
de un gran jarrón de Bohemia de un trabajo admirable, en el que estaban
pintadas las armas de la casa de Arcos. Mi tío lo tenía en tal estima,
que no nos estaba permitido tocarlo, ni mirarlo siquiera. Pero un golpe
del volante, torpemente dado por mí, hizo saltar en menudos pedazos
aquella admirable obra, cuyos fragmentos cayeron a nuestros pies.
»Un rayo no me hubiera sobrecogido de tal modo. Dejé caer mi volante y
me apoyé en un sillón, mientras Carlos recogía los pedazos del jarrón,
como si hubiese tenido el poder de volverlo a su primitivo estado. De
pronto, oímos en la pieza inmediata la terrible voz de mi tío, que
llegaba a mis oídos como la trompeta del juicio final... No obstante,
tuve el valor suficiente para precipitarme hacia una puerta lateral.
--»¡Vete! ¡vete!--grité a Carlos.
»Por mi parte, tuve buen cuidado al entrar en mi estancia de cerrar por
dentro y correr cuantos cerrojos tenía la puerta, persuadiéndome que de
este modo evitaría el que la cólera de mi tío llegase hasta mí.
»Carlos, menos ágil que yo, no pudo seguirme, y permanecía en el salón
cuando, abriendo la puerta, entró el duque de Arcos, de gran uniforme,
con el sombrero convenientemente colocado y su bastón de puño de oro en
la mano.
»Su vista se fijó en seguida a las pruebas del crimen, que estaban
diseminadas por el pavimento. Carlos palideció, pero permaneció inmóvil
viendo al Duque dirigirse hacia él.
--»¿Quién ha roto este jarrón?
»Carlos permaneció silencioso.
--»¿Quién ha roto este jarrón?--repitió el Duque con voz imperiosa,
levantando el bastón.
--»¡He sido yo!--repuso tímidamente el generoso Carlos.
»Disponíase el Duque a golpearle, cuando apareció Teobaldo. Este corrió
a mi tío, queriendo apaciguarle, y, a riesgo de que volviese contra él
su cólera, le hizo presente que no debía descargar su rabia contra un
niño, y sin razón, probablemente.
»A esta palabra, el furor de mi tío no tuvo ya límites.
--»¿Si te despidiese de mi casa, si te arrojase de ella ahora
mismo?--gritó el Duque amenazando a Teobaldo.
--»Entonces sería usted doblemente injusto--replicó éste fríamente.
»Y diciendo estas palabras, tomó respetuosamente el bastón de la
temblorosa mano del anciano, y lo arrojó por la ventana.
»La cólera de mí tío había llegado a su colmo. Sobrecogido por aquella
sangre fría, cayó sobre un sillón sin poder pronunciar una palabra; pero
llamó a su mayordomo y le hizo seña de que se llevase a Carlos. Este, al
salir, dirigió a Teobaldo una mirada de gratitud.
»Yo no me atrevía a salir de la habitación; no obstante, fue necesario
hacerlo cuando llegó la hora de comer. Mi tío estaba solo en el comedor,
sombrío y silencioso. A algunos pasos de él y a su espalda encontrábase
Carlos, pálido y sin poder apenas sostenerse; al verme, su fisonomía
expresó una gran satisfacción. Creí entonces que todo había pasado del
mejor modo posible, y que mi tío nada sabía. ¡Cómo podía yo adivinar que
el pobre joven había sido maltratado por el mayordomo, despojado de sus
vestidos y azotado hasta hacerle saltar la sangre, sin que el dolor le
hubiese arrancado ni una queja, ni una palabra! Cuando lo supe lancé un
grito de indignación, y corrí en busca suya queriendo oírlo todo de sus
labios.
--»¿Quiere usted excitar de nuevo la cólera del señor Duque, que,
gracias al Cielo, ha pasado ya?--dijo Carlos, sonriendo con tristeza.
--» Carlos--le dije:--¿qué podré hacer para recompensarle el servicio
que acaba de hacerme?
--»¡Usted, señora! ¡No estoy suficientemente recompensado!...
»A partir de este día, Carlos fue mi protegido, mi favorito, mi más fiel
servidor. Nunca afecto alguno fue tan ampliamente recompensado. Su única
ocupación era adivinar mis pensamientos para adelantarse a mis órdenes,
para satisfacer mis caprichos.
»El día en que ocurrió aquella escena, Teobaldo quiso retirarse de
nuestro servicio; pero mi tío, que tenía necesidad de él (porque a la
sazón sostenía correspondencia con algunos príncipes alemanes), le mandó
imperiosamente que se quedase; y Teobaldo, despreciando sus órdenes,
preparábase a dejarnos: afligida por su pérdida, le supliqué que
permaneciera con nosotros.
--»¡Ah!--le dije llorando;--¡ya no me queda ningún amigo!
»Teobaldo se quedó.
»Severo y brusco para todo el mundo, Teobaldo tenía para mí una dulzura
y bondad infinitas. Aunque las funciones de preceptor tienen algo de
enfadosas, nada podía agotar su paciencia, ni aun las rudas pruebas a
que le sujetaba mi estudio de las lenguas extranjeras.
»Yo aprendía el francés con alguna facilidad; pero el alemán, aunque era
el especial cuidado de mi tío, me disgustaba sobremanera y tenía que
violentarme, y ni aun así lograba retener en mi memoria una sola palabra
de aquel idioma, que yo calificaba de bárbaro. Por último, rogué a
Teobaldo que cesasen las lecciones, consintiendo él en ello, pero a
condición de que se lo advertiría a mi tío. Lo prometí, pues, pero no me
atreví a cumplir mi promesa.
»Una o dos veces me encontré a solas con el Duque, que me preguntaba:
--»¿Vas comprendiendo la lengua alemana?
»Acordábame entonces que mi tío no comprendía una palabra de ella; esta
convicción me daba un gran valor, y contestaba brevemente y en tono
resuelto:
--»Sí, mi querido tío; la comprendo perfectamente.
»Pero he aquí que durante una pequeña temporada que Teobaldo estuvo
ausente del castillo (había ido a ver a su madre que estaba bastante
enferma), recibió mi tío una carta del margrave de Anspach, carta
confidencial, tres grandes páginas del alemán más difícil.
--»Veamos lo que contiene--me dijo;--léemela.
»Fácilmente se imaginarán ustedes cuál sería mi situación... No encontré
otra excusa que darle, sino que era demasiado larga.
--»Eso no importa; te doy de plazo hasta la tarde.
»La dificultad no estaba en el tiempo. Subí a mi aposento, y pasé
algunas horas en llorar y maldecir al margrave. La hora llegó, pues;
dejé la carta sobre la mesa y bajé más muerta que viva.
--»¿Has terminado?--me preguntó el Duque.
»Bajé la vista sin contestar, silencio que interpretó como una respuesta
afirmativa; después de comer me preguntó:
--»¿Dónde está esa carta?
--»Sobre mi mesa--repuse, encomendando mi alma a Dios.
»Tan grande era el terror que experimentaba al ver acercarse la
tempestad, que no acertaba a pronunciar una palabra. Para colmo de
humillación, Teobaldo, que acababa de llegar, entró en el salón. Mi tío
le informó de lo que se trataba.
--»Hela aquí--dijo, tomando la carta, que Carlos tenía en la mano;--he
aquí la discípula de usted, que nos va a leer su traducción. Sígala con
el original, y vea si está bien.
»Había dos papeles; me entregó uno y dio el otro a mi profesor, cuya
inquietud igualaba a la mía. Teobaldo estaba turbado, pálido. Pero su
admiración fue tan grande como la que yo experimenté, cuando fijó su
vista en el papel que se me había entregado; la carta del margrave
estaba delante de mí legible, la entendía perfectamente.
»Leí en voz alta; y Teobaldo, que atendía, entretanto, al original, no
pudo detener más de una vez sus exclamaciones, que mi tío tomaba por
muestras de aprobación. Por mi parte, viéndome salvada, y no
explicándome este suceso sino por un milagro que mi razón no acertaba a
comprender, me preguntaba interiormente:
--»¿Qué ser caritativo, qué hada ha venido en mi auxilio y cuida de mí
de esta manera?»
--Pero perdónenme, amigos míos, perdónenme--dijo la Condesa con voz
débil.--Estos acontecimientos de mi infancia me han entretenido más de
lo que deseaba... y no tengo fuerzas para continuar...
Su hermana, que ya había estado a punto de interrumpirla, le impuso
silencio, y alargando su mano a Fernando, le dijo, despidiéndole:
--Hasta mañana.