Y tras de muchos años,

muchos, de amarla,

por la primera vez á sus oidos

mi voz llegaba;

mi voz, que, balbuciente

y entrecortada,

se confundia con las notas trémulas

_de la guitarra_.

* * * * *

Y pasaron los años

cual todo pasa,

y aquel amor inmenso que escondido

llevo en el alma,

parece que despierta

con nueva llama

cuando escucho las vagas armonías

_de la guitarra_.

* * * * *

Y la voz engañosa

de aquella ingrata,

y el murmullo del mar, que se dormia

sobre la playa,

y la emocion inmensa

que me agitaba,

todo me lo recuerdan los acordes

_de la guitarra_.

* * * * *

¡Oh! Si acaso algun dia,

ciego de rabia,

hácia el crímen ó el mal, con torpe paso

llevo mi planta,

haz tú, Señor, que escuche

para pararla

uno de esos acordes misteriosos

_de la guitarra_.

* * * * *

Y tú, mujer, que hoy ciega

tu virtud manchas,

tú, que fuiste adorada cual ninguna

por pura y cándida,

dime: ¿No te sonrojas,

no sientes nada

al escuchar las vagas armonías

_de la guitarra_?

JUNTO Á LA CUNA.

_¡Cómo duerme! ¡Chist!... ¡Silencio!

no se despierte mi niño._

* * * * *

¡Qué hermoso está! Se sonríe

con un gesto tan tranquilo...

Revueltos sobre la frente

de su cabello los rizos,

descubierta la garganta,

cuyo cútis cristalino

dibujan de azul las venas

y hacen mover los latidos,

su blanca manita oculta

por el redondo carrillo...

todo en él es inocencia,

parece un ángel bendito.

Ganas me dan de besarle...

Si estuviera bien dormido...

¿Despertará?... Por un beso...

¡Qué placer! ¡Dulce amor mio!

_¡Ay! ¡se mueve!... ¡Chist!... ¡Silencio!

no se despierte mi niño._

* * * * *

Ya se sosegó, ya vuelve

á sus labios bendecidos

la sonrisa; ya respira

como hace poco, tranquilo.

¡Ay! no respiraba así

cuando estuvo tan malito.

¡Qué pálido estaba entónces!

Flaco, los ojos hundidos,

¡y una mirada tan triste!

Aun me dan escalofrios

de pensar en aquel tiempo.

¡Oh! ¡Cuánto sufrí, Dios mio!

Luégo, aquel llanto tan débil

que parecia un gemido...

Si volviera á estar así...

Si se muriera... ¿Qué he dicho!

¡Hijo de mi corazon!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

No te enfades, hijo mio.

Es claro, ¡le beso tanto!

¡Y él, que estaba tan tranquilo!

_¡Ya reposa!... ¡Chist!... ¡Silencio!

no se despierte mi niño._

* * * * *

¡Bah! voy á dejarle solo

para que duerma... ¡Angel mio!

¿Se queja?... Sí... Nó; es que sueña.

¡Ay qué gesto tan bonito!

Mas ¿qué es eso? ¿Se despierta?

Nó; pero ¡qué es ese ruido?

Agita sus labios rojos...

¿Será verdad lo que he oido?...

Otra vez... ¡Ah! sí; mamá,

mamá, no hay duda, eso ha dicho.

¡Me llama!... ¡Bendito seas!

¡Una y cien veces bendito!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mas ¡ay, Dios! va á despertarse...

¡Que he de hacer siempre lo mismo!

_Vaya; no guardeis silencio:

ya se ha despertado el niño._

EN EL ÁLBUM DE MERCEDES.

¿ESTAMOS CONFORMES?

Cuentan profundos doctores

que hubo otros tiempos mejores

--yo no sé cuándo sería--

en que el hombre en paz vivia

sin penas y sin dolores.

Yo, Mercedes, imagino

que esto es cuento y nada más,

pues del mundo en el camino,

de ese tiempo peregrino

ninguna huella verás.

Mas, cuando me lo dijeron,

pensando en los que vivieron

aquella edad de ventura,

exclamé con amargura:

«¡Qué desventurados fueron!»

¿Te ries? La risa ten,

hasta que oigas los informes

que mis ideas te den;

verás, si lo piensas bien,

que al cabo estamos conformes.

* * * * *

Primavera es la ventura,

triste invierno es el dolor

sin brisas y sin ventura;

pero en medio de ese horror,

tiene tambien su hermosura.

Que si aquella tiene flores

y calor, vida y amores

y crepúsculos serenos

de santo misterio llenos

y aromas, luz y colores,

éste, con distinta suerte,

tiene el hielo caprichoso,

el silencio de lo inerte,

el misterio del reposo,

la majestad de la muerte.

Pero si el sol su semblante,

rasgando la niebla oscura,

muestra en el cenit radiante,

su luz parece más pura,

su calor más penetrante.

Así, cuando el alma ahogada,

en sí misma retirada,

gime, presa del dolor,

la dicha ménos ansiada

parece mucho mayor.

¡Dolor! Palma bendecida,

del martirio prenda cierta,

sola verdad conocida,

sin tí el alma no despierta

y es imposible la vida.

Sin tí no hay inspiracion,

y agostado el corazon

en nada descubre encanto;

sin tí no existiera el llanto,

bálsamo de la afliccion.

El placer de más valía,

al llegar á poseerlo,

cual humo se desharía:

porque ¿qué valor tendria

sin el temor de perderlo?

Sólo por mi desconsuelo

vuelvo los ojos al cielo;

sólo del dolor en pós,

el alma eleva su vuelo

hasta la idea de Dios.

El que le maldice, yerra;

fuera insensato matarlo;

en su desconsuelo encierra

el mayor bien de la tierra,

que es el poder consolarlo.

Y cuando acaba el amor

y la mente envejecida

pierde frescura y calor,

¿qué fin tendria la vida

si no quedara el dolor?

* * * * *

Tú, Mercedes, que has sufrido

y has llorado y has sentido,

despues de oir mis informes,

piensa en lo que me has oido

y dime: ¿estamos conformes?

Á MI ANTIGUO AMIGO

ADOLFO MALATS.

LA CONCIENCIA.

PROBLEMA.

I.

Juana, pobre mujer envilecida,

que arrastrando su espíritu en el cieno,

pasó la triste vida

vendiendo por amor letal veneno;

cabeza hermosa, donde de seguro

no brotó nunca pensamiento puro,

y que ignorando el bien que poseia,

vendia, por un poco de dinero,

en público mercado,

el placer más inmundo, si es vendido,

el mayor y más dulce, si es ganado;

próxima al duro instante

de la triste agonía,

á un padre confesor agonizante

con anhelosa voz así decia:

--«Padre: yo de mis culpas me arrepiento

»y pido á Dios perdon de mi impureza;

»miradme bien al rostro, que no miento.»

Y levantando la cabeza en tanto,

fijaba sobre el fraile macilento

una mirada de ansiedad y espanto;

y al ver que nada el fraile le decia,

con ansiedad creciente proseguia:

--«Él sabe bien, y me lo tendrá en cuenta,

»que del vicio en la senda siempre impura,

ȇun cuando de placeres avarienta,

»tan sólo me ha tocado la amargura.

»¿Qué es el mayor tormento, comparado

»al pesaroso hastío del pecado?»

Y vertiendo de lágrimas un rio,

seguia con acento sofocado:

--«¡Ay! ¡He sufrido tánto, padre mio!»

Alzándose convulsa, en vano abria

sus ojos, ya sin brillo,

y olvidándolo todo, descubria

el pecho descarnado y amarillo

que hinchaba el estertor de la agonía.

--«Acaso Dios me señaló en la cuna»

(siguió con voz oscura y misteriosa)

«la senda de mi vida vergonzosa;

»me negó la virtud y la fortuna,

»y en cambio me hizo hermosa.

»Tal vez de mi impureza el desvarío

»habrá sido castigo de otros séres...

»Más de una vez, detrás de su desvío,

»noté... ¿podreis creerlo, padre mio?

»¡Noté que me envidiaban las mujeres!...

»Quizás mis muchos yerros han servido

ȇ Dios, para mostrarles de otra suerte

»lo espantoso del vicio en que he caido;

»y mis faltas quizás ha permitido

»para dar el ejemplo de mi muerte.»

Y así diciendo, la infeliz gemia

entre la duda y la esperanza ansiosa

al ver que nada el fraile le decia;

y en aquella mujer, un tiempo hermosa,

con su horrible piedad, desvanecía

de la muerte la calma silenciosa

la horrible agitacion de la agonía.

II.

En tanto que así Juana se acababa,

cerca de allí, sobre otro pobre lecho

de aquel santo hospital, que cobijaba

la pobreza y el mal bajo su techo,

tambien un hombre viejo agonizaba,

y en una cruz muy tosca, de madera,

como si algun secreto le dijera,

los turbios ojos con afan fijaba.

Aquel santo varon, de alma tan pura

como la blanca nieve de sus canas,

que al cabo de una vida de amargura,

consumida en virtudes sobrehumanas,

iba á llevar de Dios á la presencia

cual la de un niño pura su conciencia,

piensa profundamente

que es esa dicha demasiado grande

para poder lograrla fácilmente;

y aún cuando su alma cándida le abona,

y aunque la llama de la fé le escuda,

siente que la esperanza le abandona

nublada por las sombras de la duda.

Y por esa, fijando su mirada

en aquella cruz tosca de madera

enfrente de él en la pared colgada,

mientras la muerte su semblante altera

así piensa en su mente, casi helada:

--«Yo no hice á nadie mal; nunca en mi vida

»en mí venció al deber pasion alguna,

»y al bien y á la virtud con ánsia ardiente

»mis fuerzas consagré desde la cuna.

»La oracion y el ayuno, rudamente

ȇ la carne rebelde han amansado,

»y ha sido de mi vida en el pasado

»mi orgullo la humildad, mi lecho el suelo,

»mi amor el bien y mi ambicion el cielo.

»Mas por cuidar del alma, he descuidado

»el cuerpo á mi custodia confiado,

»y devuelvo á la tierra sus despojos,

»por rudas penitencias macerado,

»blandas las carnes y los nervios flojos.

»Yo, del caudal de fuerzas en mí unidas

»para crecer al riego del trabajo,

»sin pensar que mi vida era cien vidas,

»que nada creó Dios que inútil sea,

»enamorado loco de una idea

»he dejado los gérmenes secarse

»sin cumplir su mision, comun á todo,

»de crecer, dar el fruto, y trasformarse...

»Justo será el castigo, aunque severo...

»¡Tu mandato, Señor, olvidé impío!

»¡En vano de mi afan el logro espero!

»Culpable soy... ¡Perdon! ¡Perdon, Dios mio!»

Y al elevar sus ojos á la altura,

una lágrima, mundo de amargura,

cae de sus ojos á sus labios yertos;

suspira, un nombre y un adios murmura,

y queda con los ojos entreabiertos.

III.

¡Qué cosa tan extraña es la conciencia!

Juana, la mujer loca

que, con dura y tenaz impenitencia,

vivió de la impureza en los horrores,

sus inmundos errores

como descargo de su culpa invoca...

¡Y al mismo tiempo, el justo

que consagró á su Dios el pensamiento,

con alma temerosa y juicio adusto

hace de la virtud remordimiento!

AMOR Y RESPETO.

Te ví niña: tus labios sonreian

con infantil placer,

tu blanca frente, inmaculada y pura,

sonreia tambien;

en tus ojos brillaba la inocencia

santa de la niñez,

y te seguí tenaz con la mirada,

tu mirada busqué,

porque el rostro de un ángel de los cielos

en tí creia ver.

* * * * *

Te ví mujer: tus ojos entornados

con dulce languidez,

en su cristal ardiente, retrataban

tus sueños de placer;

cien ofrendas de amor los hombres todos

postraban á tus piés,

y te seguí tenaz con la mirada,

tu mirada busqué,

y largos dias en delirio ardiente

tu imágen recordé.

* * * * *

Te ví madre: tus pálidas mejillas,

sonrosadas ayer,

en ignoradas horas de amargura

marchitó el padecer;

acaso sus colores te robaba

quien te debia el sér,

acaso el ciego amor te consumia

que tú pusiste en él.

Yo te amaba, y al verte, silencioso

de nuevo te adoré,

y, temiendo que el paso detuvieras...

humilde me aparté.

A UN AMBICIOSO.

No te envidio el poder ni la grandeza,

ni el nombre que á grabar vas en la historia,

ni el ardiente placer de la victoria,

ni el laurel con que ciñes tu cabeza;

no te envidio el placer, ni la riqueza,

ni las horas de triunfos y de gloria,

que eternas deben ser en tu memoria

si han de aliviar tus horas de tristeza.

Ciega se ceba en mí la desventura,

soy pobre, y sólo espero ya en la muerte,

mas arrostro sereno la amargura;

pues contra ella una cosa me hace fuerte

que vale más que toda tu ventura:

un alma resignada con su suerte.

AL PRÍNCIPE DE NUESTROS CRÍTICOS,

Á MI RESPETABLE AMIGO

EL SEÑOR DON MANUEL CAÑETE.

MEDITACION.

Hundo en el polvo la soberbia frente

que, cual reto orgulloso,

erguida un dia, levanté á la altura;

pára asombrado el corazon valiente

su latido anheloso,

y la vista que ayer al sol miraba,

hoy se clava en la tierra

temerosa y sombría.

¿Y qué poder me aterra?

¿Qué causa hubo tan fuerte que ha vencido

el salvaje valor del alma mia?

Una idea no más; una palabra

que el viento ha hecho llegar hasta mi oido

ignorando el pesar que me produce.

¡Dios! ¡Idea infinita,

imposible verdad, tonante dueño

de cuanto en el vacío

cruza, bulle y se agita

arrastrado en contínuo movimiento!

¡Dios! ¡La fuerza que crea

cuanto concibe el hondo pensamiento;

la mano que aniquila indiferente

para crear de nuevo... ¡Oscura idea!

* * * * *

Yo creia en un Dios cuando era niño;

con santa uncion su nombre pronunciaba

durmiéndome con él entre los labios;

Él era quien me daba

tranquilo sueño y plácidas visiones,

Él tambien quien mis cortas soledades

guardaba de terror y apariciones.

Padre amante, curaba cuidadoso

los males que en mi seno se escondian,

y guardaba piadoso

la vida de mis padres,

que conmigo su nombre bendecian.

* * * * *

Despues, con mis ideas trasformado,

tambien en él creí. Yo le veia

entre las vagas nubes que colora

el sol que presta su matiz dorado

á la primer sonrisa de la aurora;

la armonía solemne,

grave, dulce y pausada,

que encanta los sentidos

en la tarde serena

de luz, de aromas y de cantos llena,

era su voz; el rayo su mirada;

el ronco trueno, el ruido de su carro

que cruzaba el Empíreo;

su suspiro la brisa;

su espejo el ancho mar; su manto el cielo,

y el sol esplendoroso su sonrisa.

* * * * *

Y en una y otra edad le comprendia,

sentia su presencia en el ambiente

que el pecho respiraba...

¡Ah! tambien hoy le siente

mi sér al agitarse entre la duda,

pero en las sombras del temor se escuda

y en vano busco su mirada ardiente;

porque mi entendimiento limitado

recorre con afan de una á otra idea

el campo estrecho que le dió el destino,

y nunca llega al límite anhelado

sin caer en grosero desatino.

¡Vano afan! Pensamiento equivocado.

¿Cómo medir con la ligera copa

que el labio apura en solo un movimiento

la inmensidad del mar?... ¡Y solicito

medir con el pigmeo pensamiento

la idea sin igual del infinito!...

A MI HIJA MARÍA.

LA PLEGARIA POR TODOS.

(Traduccion de Víctor Hugo.)

FRAGMENTO.

_Ora pro nobis._

Vé á rezar, hija mia. Mira: la noche llega,

un planeta dorado allá su luz desplega,

la bruma de los valles se extiende por doquier;

apenas por la sombra cruza algun peregrino,

todo busca reposo; del árbol del camino

el viento de la tarde hace el polvo caer.

El crepúsculo, abriendo la noche por Oriente,

hace brillar los astros con claridad creciente,

descolora el ocaso su franja de carmin;

sobre el agua, el reflejo de los astros se mece,

surcos, senderos, bosques, todo se desvanece,

el pasajero inquieto duda por dónde ir.

El dia es para el dolo, el mal y la fatiga.

Recemos. Vé la noche. ¡La noche, dulce amiga!

De la torre en las grietas el viento gemidor,

las aguas, los rebaños con su voz agitada,

todo sufre y se queja; la natura cansada

necesita reposo, rezo, silencio, amor.

Es la hora en que los niños hablan con otros séres,

y mientras que corremos tras extraños placeres,

ellos murmuran todos una plegaria igual;

y con las manos juntas, de rodillas postrados,

piden, hácia los cielos los brazos levantados,

gracia para nosotros al Padre Universal.

Y dormirán á poco; entónces, en la sombra,

sueños de oro, en alegre tropel que el alma asombra,

que nacen con los ruidos del dia al espirar,

de léjos atraidos por sus labios de grana,

cual vuelan las abejas sobre la flor lozana,

de su lecho en los pliegues se vendrán á posar.

¡Oh sueño de la cuna! ¡Plegaria de la infancia!

¡Voz que siempre acaricia del mal en la ignorancia,

religion que se esparce y sonrie al surgir,

preludio del concierto que en la noche se exhala!...

Como el pájaro esconde su pico bajo el ala,

en la oracion el niño mece su alma al dormir.

II.

¡Vé á rezar, hija mia! Primero por aquella

que meció tantas veces tu cuna blanca y bella,

por la que, tú en el cielo, fué á buscarte hasta él;

y te puso en el mundo, y madre cariñosa,

por tí haciendo dos partes de la vida azarosa,

tomó siempre el acíbar y te dejó la miel.

Ruega por mí en seguida. A mí me hace más falta.

Ella, como tú, áun lleva la frente pura y alta,

tiene el alma serena y el corazon sin hiel;

piadosa para todos, ignora qué es la envidia

y sufre resignada el mal y la perfidia

sin pensar en quien lo hace y sin quejarse de él.

Cogiendo sólo flores, nunca su mano hermosa

ha tocado del vicio la copa contagiosa,

ningun lazo la arranca al amor y al hogar;

en su clemencia olvida pasados extravíos...

ignora qué son esos pensamientos impíos

que pasan por el alma cual sombras por el mar.

Ella ignora--que siempre lo ignores, hija mia,--

las miserias del mundo con que el alma se enfria:

placeres, vanidades, vergonzoso dolor,

pasiones, locos sueños de mentida ventura,

recuerdos misteriosos de tédio y de amargura

que hacen subir al rostro la llama del rubor.

Yo sé más de la vida, y yo podré decirte,

cuando crezcas, y tenga, por tu mal, que instruirte,

que perseguir el arte, la gloria y el poder

son locura y mentira; que al tocar la victoria

se encuentra la vergüenza en lugar de la gloria,

y que el hombre en la lucha suele el alma perder.

Viviendo, el alma duda, y aunque en todo se siente

el fin supremo claro, visible y trasparente,

se envejece del vicio en negra esclavitud;

el hombre olvida el gérmen de su orígen divino,

que á todos roban algo las zarzas del camino,

su vellon á la oveja y al hombre su virtud.

Vé, pues, y por mí reza; y reza solamente

diciendo á Dios: «¡Tú eres nuestro Padre clemente!

¡Piedad! ¡Tú eres el bueno! ¡Tú eres el inmortal!»

Deja ir la palabra donde el alma la envía.

No te inquietes por ella, todo sigue su vía;

no pienses el camino que ella puede tomar.

Todo tiene aquí bajo marcado el derrotero:

el rio, hasta el mar hondo sigue el curso ligero,

la abeja laboriosa va de la flor en pos;

que tiene su destino todo vuelo que zumba:

el águila á los cielos, el vampiro á la tumba,

la golondrina al nido y la oracion á Dios.

Cuando por mí hasta el cielo su voz vuela ligera,

soy como el pobre esclavo sentado en la ladera,

que al borde del camino deja el fardo cruel.

Me siento descansado, que la carga espantosa

de penas y de errores que agobia mi alma ansiosa,

tu rezo bendecido hace volar con él.

Vé á rogar por tu padre. Pide á Dios me conceda

sueño tranquilo y dulce con que reposar pueda,

que la fé torne viva mi espíritu á inflamar.

Borra todas mis culpas con tu aliento inocente,

y que á su beso quede mi corazon doliente

puro como la piedra del ara del altar.

AL INSIGNE AUNQUE POCO CONOCIDO POETA

DON JOSÉ ANTONIO PAZ.

ÚLTIMO ASILO.

Dime, negra tristeza,

¿no me quieres dejar? ¡Qué desvarío!

¿Cómo apartarte intento

del pensamiento mio,

si contigo nació mi pensamiento?

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Oh! ¡Qué amarga es la vida!

¡Luchar! Siempre luchar, y nunca llega

el dia embriagador de la victoria.

Lucha desconocida,

lucha de muerte, desigual y ciega

en que el pobre habitante de este suelo,

héroe predestinado á la derrota,

cuando su fuerza en el combate agota,

pide favor al cielo contra el cielo.

¡Vida! ¡Horrible quimera!

¡Placer! ¿Dónde encontrarle,

si en medio del placer no se le espera?

El descanso es ansiado

tan sólo cuando el cuerpo está cansado;

agua ansía el sediento;

tener hambre es forzoso,

para que sea ansiado el alimento;

sentirse débil para ansiar la ayuda;

ciego para anhelar el sol hermoso...

y para tener fé, sentir la duda.

¡Placer!... Mentido ensueño,

rayo que presta luz sólo un instante

y deja en pos de sí terrible huella;

que con tenaz empeño,

sigue al amor el pesaroso hastío,

la sórdida avaricia á la riqueza,

á la amistad el desengaño frio,

la ambicion al poder, y la tristeza

á la expansiva risa del contento.

Mas nó; mi pensamiento

juzga por el presente

y se deja llevar de la amargura...

Recordaré el pasado, que en mi mente

dejó tántos recuerdos de ventura.

* * * * *

Niñez, amor, ensueños encantados,

que murieron cual flores con el dia,

vanos fantasmas de placer mentido,

dejando sus recuerdos amargados

por el dolor de haberlos ya perdido.

Y la razon, en tanto, aprisionada,

luchando con la fiebre abrasadora

de la ardiente ilusion, pugnaba en vano

por disipar la nube embriagadora,

cuya letal atmósfera aspiraba

mi pulmon impaciente,

y en él toda mi sangre envenenaba

adormeciendo al corazon valiente...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Dónde hallar la verdad?... Tal vez oculta

la tiene el porvenir... ¿Y qué me ofrece?

¡Confusa mezcla de placer y espanto,

que al sondear el alma se estremece!

Promesa y amenaza,

placer que oculta el llanto,

duda cruel, que el alma despedaza.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Sentir el frágil cuerpo deshacerse

al peso de la edad agobiadora,

y caminar con paso vacilante,

mústios los ojos y el cabello cano;

y, buscando un apoyo, á cada instante

¡triste tender la temblorosa mano!

Y cuando destruido y fatigoso

el cuerpo vuelva hácia la madre tierra,

ávido de reposo,

¿qué quedará de mí? ¿Tras de la tumba,

no habrá ya nada más? ¡Oh! sí: tras ella

está la eternidad, dulce consuelo,

que al grito del dolor mis labios sella.

¡Oh muerte! ¡Cuánto tardas! Yo te anhelo,

y te espero temblando de alegría.

No más dolor, más quejas ni más duelo.

¿Quién como yo? ¡La eternidad es mia!

Á MI QUERIDÍSIMO AMIGO

EL FÁCIL É INGENIOSO AUTOR CÓMICO

DON MIGUEL RAMOS CARRION.

OTOÑO.

Horas de duda, aborrecidas horas,

apartaos de mí, que ya no os temo

sino en recuerdo, como á mal pasado.

Fiebres abrasadoras

que tántas, tántas veces me han postrado,

en vano el eco mi memoria hiere,

del angustioso grito

que hacíais resonar dentro del pecho

despedazando el corazon marchito.

«Ha muerto tu poder, pobre demente;

»ya no podrás crear; tu alma gastada

»sólo el instinto ó la avaricia siente:

»no te conmueve nada;

»ni la sonrisa de la vírgen bella,

»ni del amor la asoladora llama,

»ni el mar, ni el cielo, ni la fé, ni el mundo,

»nada deja en tí huella,

»y duermes con el sueño más profundo.»

Así hacías llegar hasta mi oido

la voz del desaliento envenenado,

eco perpétuo en la conciencia mia;

y yo triste, temblando, dolorido,

escuchaba ese grito desgarrado,

que el alma en mil pedazos me partia.

Yo recordaba el tiempo venturoso

en que todo en mi sér hallaba un eco,

que avaro el corazon guardaba ansioso.

Y al mirarlo ya léjos, engañado,

la vida de mi mente desechaba,

y recostando la arrugada frente

en mi mano convulsa, que abrasaba,

maldecia el presente

y, cobarde, lloraba...

¡Como si el árbol que de hermosas flores

la Primavera plácida engalana,

las conservára en el ardiente Estío!

El sol marchita y borra sus colores

dando al tiempo tributo,

y tras la flor galana

hincha su piel el sazonado fruto.

Pasó la juventud, y, al tiempo que ella,

sus puras emociones,

flores que ya perdieron su perfume;

santas é inexplicables emociones

que, como la tristeza

que mi vida consume,

ni explicar puede el labio su grandeza,

ni comprender su encanto el pensamiento.

Pasó la juventud; llegó el momento

en que el suspiro ardiente

del jóven entusiasta,

eterna aspiracion á un imposible,

se trueque en viril canto

en que lo hermoso de la forma sea,

no la belleza plástica insensible:

cuerpo que encierre el alma de una idea!

Y es porque cada edad tiene marcada

una mision distinta y la huye en vano:

el jóven sueña, el hombre fuerte piensa,

y recuerda el anciano.

Verdad que en la mitad de nuestra vida

la ilusion vagarosa ya se aleja

entre las sombras del ayer perdida;

verdad que ya mi mente no refleja

la plácida frescura

de los años felices; mas ¿acaso,

al ocultarse el astro luminoso

de mi pasada juventud cercana

en el sombrío ocaso

donde áun despide claridad liviana,

murió el fuego sagrado,

la actividad eterna y sobrehumana

que Dios me dió al nacer? ¿No hay en la tierra

nada capaz de enaltecer mi canto?

La patria amada, la nefanda guerra,

la dulce libertad, la ciencia ignota,

de Dios el pensamiento sacrosanto,

del despotismo inícuo la derrota,

la virtud, el valor, la santa idea

de ley y de justicia,

el arte, hijo de Dios, ¿son ménos grandes

que los sueños que el jóven acaricia?

Horas de duda, aborrecidas horas,

apartaos de mí, que ya no os temo

sino en recuerdo, como á mal pasado.

Ya sé que el árbol que de hermosas flores

la Primavera plácida engalana,

no las conserva en el ardiente Estío;

que el sol marchita y borra sus colores,

dando al tiempo tributo,

y, tras la flor lozana,

germina y crece el sazonado fruto.

¡MÁS!

Señor, yo que de bienes en la cuna

pude largos tesoros merecerte,

tal vez para que así fuera más fuerte

el golpe de perder tanta fortuna;

no te pido, con súplica importuna,

ni paz del alma, ni tranquila muerte,

ni que el rigor endulces de mi suerte,

ni de este pobre mundo dicha alguna.

Sólo te pido, ahogando mis lamentos,

por la misma crueldad con que condenas

un débil sér á bárbaros tormentos,

que en mí arrojes dolor á manos llenas,

porque nunca me falten pensamientos

para cantar tus obras y mis penas.

EN EL ABANICO

DE

MI HIJA MARÍA.

Hija, ¿qué te diria

que fuera de mi amor vivo traslado?...

Dos palabras no más; oye: ¡hija mía!

--¿Es poco?... Al escribirlas he llorado.

Á MI MADRE.

Impresiones, Poesías · 第 3 / 4 段