ni con mis manos enjugar su llanto:
ya mi alma, endurecida, se resiste
hasta del bien al goce sacrosanto.
Ya el dolor me arrebata y desespera,
sin que consuelo á la paciencia pida:
ya aborrezco el dolor... ¡el dolor, que era
la ilusion más hermosa de mi vida!
Espíritu rebelde, á Dios me atrevo,
y de su fé rompiendo ya los lazos,
como reproche, ante sus ojos llevo
de mi alma destrozada los pedazos.
Si al escuchar mi queja en la agonía,
de la lucha feroz al fin rendido,
me echa en cara mi osada rebeldía,
yo le podré decir: «Tú lo has querido.
Tú me marcaste de la vida el paso,
tú un cuerpo débil para mi alma diste:
si era para el licor frágil el vaso,
¿por qué no lo cambiaste ó lo rompiste?
¿Dónde está tu justicia, que no acudes
un remedio á aplicar á los dolores
del que siente la fé de las virtudes
y el gérmen del amor de los amores?»
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Ah, no sabeis vosotros, desdichados,
que acaso oís riendo mis gemidos,
los momentos de angustias ignorados
que guardan estas letras escondidos!
Con los años de vida que se aleja,
una ilusion tras otra desparece,
y hasta el rastro de fuego que en mí deja
tambien año tras año palidece.
Una sola, no más, conservo entera,
refugio fiel donde mi fé se escuda,
y esa ilusion bendita, la postrera,
hoy viene á arrebatármela la duda.
¡Dios! ¿Dónde está? Mis ojos le veian
en un tiempo feliz, yo no sé donde;
pero siempre encontrarle ellos sabian...
¡Hoy no le encuentro ya! ¿Dónde se esconde?
A...
Suave el dorado virginal cabello,
puros y azules los rasgados ojos,
blanca la tez, enrojecido el labio,
lánguido el talle.
¡Cuántas bellezas por mi mal nacidas!
¡Cuántos tesoros, para mí vedados!
Tiemblo, mujer, al recordarte ausente,
tiemblo y suspiro.
¡Sabes que sólo gozo cuando sueño
(cuando en mí la existencia se interrumpe!)
al dar mi mente á los recuerdos vida,
sér á tu imágen!
¿Sabes amar, sin esperar siquiera
¡triste placer! que tu pasion conozcan?
¿Sabes llorar... pero llorar de celos?
¡Ay! no lo sabes.
Sigue, sigue inocente tu camino,
piensa una vez, y compadece al triste;
ruede una vez por tu sereno rostro
lágrima ardiente.
Y cuando al seno de la madre tierra
vuelva tu cuerpo, en mármol convertido,
unjan tu frente de olorosas flores
suaves aromas.
Tiemble al contacto de la forma pura
dándole abrigo, la feliz arena,
muera yo luégo, y del sepulcro frio
repose al lado.
EL ANOCHECER.
La tarde muere; la sombra
se extiende por todas partes,
y con el dia concluyen
los gorjeos de las aves.
Sólo alguna que tardía
cruza tristemente el aire,
á buscar allá en la aldea
nido donde refugiarse,
exhala un débil gemido
triste, dulce, inexplicable;
tal vez un adios al dia
que no volverá á alumbrarle,
tal vez murmullo de pena
al verse sola y errante.
Y pasa cual leve bruma
que en sí misma se deshace,
y entre la sombra se pierde
desvanecida su imágen.
Calla la naturaleza
que, tambien del dia madre,
enmudece en la agonía
de la moribunda tarde.
Y el religioso silencio
del triste y supremo instante,
deja inmóviles y mudas
á las hojas de los árboles,
que, embebecidas, esperan
que la noche les ampare,
ó vuelva á lucir el dia
para volver á besarse.
Llegan en alas del viento
melancólicos cantares,
y el eco de la campana
que á un tiempo en la aldea tañen...
Y es que los hombres tambien
al ver el dia alejarse,
sienten la misma tristeza
que los campos y las aves,
y cantan ó rezan...--¡Ay!
¡quién pudiera acompañarles,
y cantar con los dichosos
y orar con los miserables!
Á UNA LÁGRIMA.
Rueda, bañando mi mejilla helada,
lágrima temblorosa y vacilante;
pára al tocar mis labios un instante,
y refresca su piel seca y quebrada.
Contigo va de la mujer amada
el último recuerdo delirante;
contigo va de mi ambicion gigante
la ilusion ántes muerta que soñada.
Mas no sigas... Detente... Si supieras
que al sentir en mis labios tu frescura,
me dá vida el dolor, te detuvieras...
Tánta es la hiel que en tí mi labio apura,
que tornándose dulce el mar, pudieras
tú sola devolverle su amargura.
NUBE DE VERANO.
Iba cayendo el dia,
y ella y él, caminito de la fuente
que entre los olmos murmurar se oia,
marchaban vivamente;
ella lloraba y él palidecia.
Y con ira creciente
los dos se denostaban,
y «aleve» el uno al otro se llamaban,
apurando el atroz vocabulario
que tiene el amoroso diccionario
para tales combates, precursores
de más estrecha paz cuanto mayores.
Ella, con las mejillas cual la grana
y cortada la voz por cien suspiros,
llorosa le decia
llena de rabia insana:
--«¡No te he querido nunca, no te quiero!»--
Y él tambien, á porfía,
--«Tampoco yo te quiero»--le decia.
Y al cabo, tantas cosas se dijeron,
un odio tan eterno se juraron,
que uno y otro su paso detuvieron
y sin decirse adios, se separaron.
* * * * *
Tambien moria el sol al otro dia,
y ella y él, caminito de la fuente
que entre los olmos murmurar se oia,
iban pausadamente;
ella lloraba y él se sonreia.
Él, con ánsia creciente,
--«Me quieres, vida mia?»--le decia;
y ella, alzando la frente,
donde el santo pudor resplandecia,
le miraba á los ojos fijamente,
y mil veces--«¡Te quiero!»--repetia.
EFECTO DE ÓPTICA.
Porque no te veia,
una vez maldiciendo, otra llorando,
la vista dirigia
á la arboleda umbría,
sólo de ruiseñores habitada,
que, la intensa pradera atravesando,
termina en el umbral de tu morada.
Ya se iban apagando
del ciclo azul los tornasoles rojos...
Yo, el rostro contrayendo
de rabia y de dolor, cerré los ojos
y... ya nunca te aguardo maldiciendo.
EL ÁGUILA.
Alza su vuelo el águila altanera
ráuda cruzando pueblos y naciones,
y hace con sus despojos y pendones
arco triunfal á su triunfal carrera.
Tiembla aterrada y muda Europa entera
por su acerada garra hecha girones
desde las frias, árticas regiones,
hasta la Italia donde el sol impera.
Quiere herir al Leon envanecida,
mas, de su roja crin tendiendo el pelo,
su zarpa clava en ella y cae vencida.
Duda, vacila alzándose del suelo
al sentirse en Bailén de muerte herida,
y abate en Waterlóo su incierto vuelo.
DESEO.
Eras tú: mi deseo adivinaba
tus rojos labios, tu mirar de fuego,
de tu amor las histéricas caricias,
el ardiente perfume de tus besos.
Eras tú, que surgias en mi mente
envuelta entre la niebla de mis sueños,
radiante y bella, cual la luna surge
del horizonte entre el celaje denso.
Eras tú, realidad de una quimera,
demonio tentador, terrible y bello,
que venía á encrespar con la tormenta
de mi existencia el mar triste y sereno.
Al eco de tu voz, como las olas
se elevan hostigadas por el viento,
despertando del tímido letargo,
se elevaron en mi alma cien recuerdos.
Sentí la vida en mis hinchadas venas
cual lava ardiente discurrir de nuevo,
y esperanzas, y dichas, y temores
germinar en mi oscuro pensamiento;
aspiré de la dulce primavera
áuras y aromas en el triste invierno;
la existencia encontré fácil y hermosa
y de morir me abandonó el anhelo;
me sentí renacer cuando ya estaba
para el amor y la esperanza muerto,
bajo la enorme losa de la tumba
que levanté para mi amor primero.
El fantasma dorado de la gloria,
el de fortuna deshechado empeño,
ante mis ojos, por su brillo atónitos,
plácidos otra vez aparecieron.
Tímido como el niño adolescente,
te persigo doquier; y hallarte espero,
cual el que sueña dichas y dormido
á sí mismo se guarda el dulce sueño,
temiendo, al despertar, todo el encanto
de su delirio contemplar deshecho.
¿Quién eres? ¿Quién á mí te ha conducido?
¿Acaso el ánsia de carnal deseo?
¡Ay de mí! No lo sé, que áun no te he hablado;
áun si mientes ignoro... y ya lo temo.
No es el instinto el que hácia tí me arrastra,
más noble es la pasion con que yo sueño;
pero ¿qué importa si una impura llama
á pesar tuyo te calcina el pecho?
Yo tengo para tí raudal sin fondo
de casto amor y nobles pensamientos,
y al enlazar mis manos con las tuyas,
al oprimir tus labios con mis besos,
el perfume de amor que mi alma llena,
trocará el vil calor en santo fuego.
Beberás ese amor en mis miradas,
lo absorberás al respirar mi aliento,
te lo trasmitiré cuando mi mano
acaricie amorosa tu cabello.
Te envolveré en su atmósfera divina,
como en nube de aromas y de incienso,
despertaré tu corazon dormido,
te volveré al amor y al sentimiento.
Tú acaso pagarás con la sonrisa
mi amor sin mancha, aspiracion del cielo;
yo lloraré, mi bien, y tántas lágrimas
ablandarán tu loco menosprecio.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Y al fin me olvidarás! Llegará un dia,
en que acaso con odio nos veremos...
¡El deseo en tu sér se habrá extinguido!
¡Este amor que me inspiras habrá muerto!
¿POR QUÉ?
¿Por qué? Yo te he cubierto con mis besos;
el párpado süave, el fresco labio,
la blanca frente y el nevado pecho,
tu garganta, tus rizos y tus manos...
¡Todo, de amor en el delirio ardiente,
mis dedos con afan lo acariciaron!
Y tú, rendida al ruego, y al instinto
que en el hombre engendró quien le ha creado,
beso por beso, loca me volviste,
buscando, al esconderte entre mis brazos,
oprimiéndome á un tiempo con los tuyos,
tu cabeza en mi pecho sepultando,
camino de llegar hasta mi alma
para buscar en ella tu retrato,
ó el fuego de la llama abrasadora
del amor y el placer ¡crímenes santos!
Y fundidos en uno nuestros séres,
sin idea del tiempo ni el espacio,
sin que tanto placer y dicha tanta
pagára ningun hombre con su llanto,
secreto como el génesis del mundo,
grande, amada mujer, como el espacio,
creamos un momento de ventura
de nuestra vida en el trascurso amargo.
Momento que era un mundo... ¡cuán distinto
del mundo miserable que habitamos!
Todo era amor y dicha, saturada
con la miel regalada de tus labios.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Y tal felicidad era un delito!
¡Tanta dicha, mujer, crímen nefando!
¡Por qué? Yo no lo sé; pero es un crímen...
Por tal el mundo entero lo ha juzgado...
¿Qué importa? Yo desprecio su sentencia,
y en tus caricias y en tu amor soñando,
sólo sé que me arrastras en pos tuyo,
sólo sé que eres bella y que te amo.
EN EL ÁLBUM DE ELISA.
Nacida bajo el sol de Andalucía,
bella, jóven, discreta...
¡Dios mio! ¡Cuántas cosas te diria
si fuese yo poeta!
* * * * *
Y áun sin serlo, mirándome en tus ojos,
de inspiracion venero,
á Byron y Petrarca diera enojos...
si estuviera soltero.
* * * * *
Mas ¿qué quieres, Elisa, que te diga,
si, aunque de mente inquieta,
no soy, por mi desgracia, hermosa amiga,
soltero ni poeta?
DEBILIDAD.
Me sentía morir, y quise verla,
darle mi maldicion;
y... vino... y ví sus ojos, y... le dije...
«¡Que te bendiga Dios!»
AYER.
«¡La amo!» yo me decia
loco, embriagado en su recuerdo hermoso,
y «¡la amo!» repetia.
¿Dónde se fué el ensueño venturoso
que en su amor me forjé?
Fué no más vago sueño mentiroso;
hoy me digo: «¡la amé!»
Á UNA ROCA.
A través de los siglos que han pasado,
inmóvil en tu asiento;
bañada por el mar desenfrenado
que ruje turbulento
ó seca por el viento
que azota tu semblante descarnado,
miras llegar tranquila
la ola hirviente que rugiendo avanza,
se recoge al llegar, duda, vacila
y contra tí con ímpetu se lanza.
Choca, gime, se rompe, y agitada
te envuelve con furor en densa bruma,
y murmurando, vuelve al mar cansada
dejando su impotencia en tí marcada,
dolor y rabia, lágrimas y espuma.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Y estarás siempre así, muda y sombría,
recostada en la arena?
Es imposible. Nó; llegará un dia,
que acaso en el reloj del tiempo suena,
en que la fuerte mano
del hombre llegue en tí á posarse ardiente,
y entónces, á su impulso soberano,
una existencia en tí quizás aliente.
Entónces, ya con vida,
tal vez tu masa para el mundo sea
muro de una prision aborrecida,
humilde signo de potente idea.
Tal vez tendrás un nombre;
tal vez, deshecha en trizas,
serás estátua que eternice un hombre,
pobre losa que guarde sus cenizas.
EL ÚLTIMO AMOR.
¿Lloras, mirando deshecho
el encanto embriagador,
que, de la vida al calor,
engendró en tu tierno pecho
el primer sueño de amor?
¿Lloras, por siempre perdida
tu esperanza más querida,
y la dicha y la ilusion
ardiente de la pasion,
aureola de la vida?
¡Entornas tus negros ojos,
que oscuro círculo abraza,
y contraes tus labios rojos,
llenos de penas y enojos,
de dolor y de amenaza!
--¡Que ese amor era el primero!
--¡Que no hay otro verdadero!
Triste error, yo te lo digo;
escucha mi acento amigo,
que yo consolarte quiero.
Tú amarás; mil y mil veces
libarás hasta las heces
de amor la inmensa ventura;
ese llanto, esa amargura
él te pagará con creces.
¿Sabes cuál es el amor,
profundo, arrebatador,
por el que ese olvidarás;
pensamiento roedor
que no se olvida jamás?
El último; amor nacido
con el doliente gemido
de la juventud cercana
que se aleja, y que mañana
por siempre se habrá perdido.
Ciega y ardiente ambicion
que nada apaga en el mundo,
que arranca del corazon
la suprema convulsion
postrera del moribundo.
¿Y sabes, de esos amores,
cuál dá tormentos mayores;
¿Cuál, si la esperanza muere
en quien realizarla quiere,
causa más vivos dolores?
¿Cuál llena nuestra memoria
sin consuelo que le cuadre?
¿Cuál es de la vida historia?...
Para los hombres, la gloria;
para la mujer, ser madre.
Á LA SEÑORA
DOÑA TEODORA LAMADRID
DESPUES DE ADMIRARLA
EN LA REPRESENTACION
DEL DRAMA
«LA LOCURA DE AMOR.»
Necio fuera, señora, en tal momento,
rebuscando un concepto pretencioso
digno de honrar sujeto tan glorioso,
esforzar el indócil pensamiento.
Permitid que, de tal martirio exento,
vuele desatinado y caprichoso
para expresar cuán grande, cuán hermoso
es el placer que al escucharos siento.
El ánimo os persigue embebecido,
altérase el aliento acompasado
y el corazon redobla su latido;
una lágrima ensancha el pecho ahogado,
surge, tiembla en el párpado encendido
y cae... ¡Al alma se la habeis robado!
ILUSION.
Columpiarse veíala en mis sueños
al blando soplo de la dulce brisa,
y llegaba su voz hasta mi oido
clara y distinta.
Veíala en las nubes de la tarde
dibujarse cual vaga fantasía,
aspiraba su aliento en los aromas
que el viento me traia.
Sentia su contacto léjos de ella,
y al sentirlo, mi sér se estremecia,
y cerraba los ojos para verla
más clara y más distinta.
Conversaba con ella, en inefable
dulce coloquio, como en otros dias;
mirábala llorar de amor, y loco
sus lágrimas bebia.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Creia verla, entrándome en su alma,
pura como mi amor, pura y bendita;
creia que me amaba y que era buena...
¡Y era mentira!
REALIDAD.
Triste, marchita y harapienta y sola,
ocultando su faz
con extraño rubor, casi á mi lado
hoy la he visto pasar.
Al mirarla, mi sangre ha detenido
su curso natural;
he sentido la angustia de la muerte...
No he podida llorar.
¡Ella pobre, marchita, sola y triste!
¡Oh! ¡Cuánto sufrirá!
¡Ella, que ayer en régias bacanales
consumia su afan!
El vicio y la impureza la han manchado
arrugando su faz...
¡Dios mio! Al verla así, ¿cómo no puedo
áun dejarla de amar?
RESIGNACION.
Cúmplase mi destino; yo no quiero
luchar ya más contra la adversa suerte;
el negro porvenir tranquilo espero,
puestas mis esperanzas en la muerte.
Siento que ya mis fuerzas agotadas,
que mi mente, serena en otros dias,
las unas por mis penas enervadas,
la otra presa de horribles fantasías,
ya nada oponen al terrible embate
de ignota maldicion, que me persigue.
Ya no espero vencer en el combate:
¿qué fuerza habrá que á combatir me obligue?
Si es que merezco tal rigor, lo acato;
quede vengado el crímen cometido:
si es injusto placer de un Dios ingrato,
goce en mi mal; ni compasion le pido.
Yo volveré mis ojos anublados
por un dolor mayor que mi arrogancia,
no á los cielos sin nubes y azulados
donde un Dios me mostraron en la infancia;
yo de mi alma llevaré el desvío
viendo á los hombres de pesares llenos,
y buscaré, para consuelo mio,
remedio no á mi mal, á los ajenos.
Mi adios he dado sollozando y triste
del amor á los goces inefables;
ya la mujer que idolatré no existe
sino en mis pensamientos implacables.
Ellos me la retratan bella y pura
como la flor al despuntar la aurora...
--¡Sarcasmo horrendo! ¡Bárbara impostura!
¿Dónde estará la pobre pecadora?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Gloria, poder, serena paz del alma,
tambien con su pureza habeis huido,
y del mártir y el héroe la palma
por siempre con vosotras he perdido.
Ya ni gloria, ni amor, ni bien espero;
y á tanto de mi suerte el odio alcanza,
á tanto llega su castigo fiero...
¡que me deja vivir sin esperanza!
Tal vez pensó la mano misteriosa
que así á un suplicio eterno me condena,
que al ver perdida mi ilusion hermosa,
al verme entre las sombras de la pena,
en justo desagravio del martirio
que en un infierno convirtió mi vida,
ciego, iracundo, presa del delirio
fuese á buscar el arma del suicida...
¡Ah! nunca; suya fué la atroz sentencia
que, dócil al capricho de mi suerte,
me libró, sin pedirlo á la existencia,
y ella no más ordenará mi muerte.
Ella hará que este sér su afan soporte
cercana viendo la entreabierta tumba,
ni tan valiente que su vida corte,
ni tan cobarde que al dolor sucumba.
Como en la oscuridad busca el que ciega
alivio de su bárbara fortuna,
yo buscaré la paz que se me niega
de mi propio dolor en la amargura.
Veré pasar en juvenil cortejo
tantos dichosos que envidiar debiera,
y hallaré en su alegría algun reflejo
del tiempo en que tambien dichoso era...
¿Envidiarlos?... ¿Por qué? ¡Yo me divierto
ahogando en sus murmullos mi agonía...
¡Si aunque ellos la perdieran, sé de cierto
que para mí su dicha no sería!
¡SE VAN!
¡Se van! ¡Qué triste me quedo!
Apenas vencerme puedo,
que, oprimido el corazon,
infunde al alma afliccion
con los fantasmas del miedo.
¡Se van! A mi pobre nido
silencioso y escondido,
no podrá prestar amor
el dulce y tibio calor
de su aliento bendecido.
Va á faltarle la armonía
de sus gritos de alegría,
de su voz, timbre de plata
que la inocencia retrata
y que inunda el alma mía.
¡Te has roto, dulce cadena!
¡Ay! En la noche serena
le faltará á mi contento
el murmullo de su aliento
que arrulla y duerme mi pena.
¡Se van! Cual la golondrina
que el frio invierno adivina,
y guiando sus hijuelos
breve y fugaz, por los cielos
buscando la luz camina...
Mas luégo vuelve ligera
cruzando la azul esfera,
de amor su sér todo henchido,
á buscar el mismo nido
al volver la primavera.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Sí; cuando de gozo henchido
oiga el canto bendecido
de vuestra voz hechicera,
será tambien primavera
para nuestro pobre nido.
Á LA MUERTE.
¿Temes, acaso, que al sentir tu mano,
tiemble asombrado el ánimo cobarde,
y se estremezca el alma recelosa?
Te engañas. ¡Temor vano!
¿Crees que te hablo en arrogante alarde,
que la mente medrosa
desmiente con terror? ¿Piensas acaso,
que sabiendo que Dios únicamente
puede cortar de la existencia el hilo,
me rio de tu saña? ¿O que sintiendo
robusto el cuerpo, el ánimo tranquilo,
desprecio tu impotencia?
¿O que á grave dolencia
rendido, busco en tí el alivio ansiado?
Mas... ¡ah! Tal vez sospechas
que abatido, sin fé, desesperado,
sin calor en el alma, y ya deshechas
mis ilusiones de ventura y gloria,
busca en tí el alma herida que padece
la sola realidad que el mundo ofrece.
Te engañas: ni en mi pecho tiembla el miedo,
ni confiado en Dios te reto osado;
y si el cuerpo abatido,
por males y dolores combatido,
la dulce paz de tu retiro anhela,
el alma nó, que con distinta suerte,
busca el cuerpo reposo, el alma vida,
y reposo no más hay en la muerte.
La frïaldad con que el sepulcro hiela
no puede codiciarla quien ansioso
busca luz y calor, lucha y victoria.
Si el corazon medroso
teme hallar la verdad, porque al hallarla
tal vez encuentre el mal, necio sería
si en tí buscara alivios y consuelo,
pues harto sé por desventura mia,
que tú hieres la paz y la alegría
y eres sorda á la voz del hondo duelo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
No: te busco y te temo.
Te busco, como busca el peregrino
un lecho hospitalario
donde reposa un dia
para seguir al otro su camino.
Te busco, porque eres
el «más allá» que loca el alma ansía
cuando, al morir el dia,
miro ocultarse el sol detrás del monte,
ó cómo se confunden
el mar y el cielo allá en el horizonte.
Te temo porque ignoro lo que ocultas,
mi mente no lo alcanza,
y temo al encontrarme entre tus brazos,
rotos por tí los mundanales lazos,
perder en ellos mi última esperanza.
Temo que con mi cuerpo dolorido
muera tambien mi idea;
temo que el alma sea un sér fingido,
que sólo polvo, como el cuerpo, sea.
RECUERDOS.
Suelto el cabello en desatados rizos,
que en caprichosas ondas
sobre tu espalda mórbida se tienden,
velando y no cubriendo sus hechizos;
entornados los ojos, que se encienden
absorbiendo el placer con sus miradas,
tus hermosas mejillas sonrosadas
por el calor intenso
de la pasion ardiente;
entreabierto el labio sonriente,
y en lánguido abandono reclinada,
altiva recordando
con la mente inflamada,
los pasados momentos de ventura,
la idea de otros mil acariciando
que guarda para tí lo venidero...
¡Qué hermosa estás así! ¡Qué feliz eres!
¡Cuántos tesoros guardas codiciosa!
¡Qué ignorados placeres
promete tu mirada cariñosa!
¡Oh! pero... escucha y dí: ¿ya no te acuerdas
de aquella niña hermosa é inocente,
encanto de mi loca fantasía?
¿Acaso no recuerdas
su tibia y pura frente?...
Toca la tuya... ¿No es aquella?... ¿Abrasa,
y no es ya trasparente como aquella?...
Mas ¿qué importa si es bella?
¡Sigue escuchando, sigue!...
¿No recuerdas sus ojos apagados,
grandes, suaves, serenos...
--No me mires...--Los tuyos, entornados,
de brillo y pasion llenos,
son más hermosos... pero ya han perdido
la tranquila mirada que lucia
en la niña inocente que amé un dia.
¿Has dado ya al olvido
aquellos labios rojos y brillantes,
frescos y húmedos siempre,
como la rosa que mojó el rocío?...
¿Por qué tocas los tuyos, amor mio?
¿Están secos? ¿Qué importa?... ¿Queman tánto?...
No te aflijas por eso.
Es el calor de la pasion ardiente,
que les dá nuevo encanto...
¡Qué! ¿no recuerdas que me has dado un beso?
Mas deja que te cuente
cuánta locura me forjé de niño;
deja que haga volver á mi memoria
el delirio sin fin de aquel cariño.
Deja que te retrate
mis ensueños de gloria,
deja que su recuerdo me arrebate.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mira: tanto llegué á quererla un dia,
tan loco y ciego estaba,
que donde quiera que su pié ponia,
su dulce huella con afan besaba.
Absorbía el aroma de su aliento;
sueño constante de mis sueños era;
su hermosa imágen en mi sér vivia,
y al sentir su contacto,
de temor y placer me estremecia.
Y guardo en mi memoria mil cantares
que yo la oía, ó que escuché con ella;
recuerdo con anhelo los lugares
donde la ví una vez; y hasta las flores
que su mano cuidaba, me han dejado
recuerdo de su aroma y sus colores.
Todo me la recuerda: el mar, la tarde,
la luna con su luz vaga y dudosa;
la primavera tibia y perfumada;
la brisa juguetona y misteriosa;
la noche oscura, el abrasado estío;
el murmullo fugaz de la enramada;
hasta de Dios la idea poderosa,
funde con ella el pensamiento mio.
¡Oh! ¿por qué ha de pasar así la vida?
¡Cuánto, amor mio, diera,
porque aquel tiempo y mi niñez volviera!
Yo imaginaba... ¡loco desvarío!
que acaso un tiempo fuera tan dichoso
que junto á mí la viera
unida en santo lazo, y me forjaba
verla en mi hogar, partiendo mi destino,
que mi nombre sus labios bendecian,
que «hija mia» mi madre la llamaba,
y que «madre» mis hijos la decian...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Lloras? Tu corazon he destrozado...
--¡Si tú supieras lo que yo he llorado!...
¡YA NO!
Ya pasaron los dias,
ya pasaron las horas de ventura
en que al mirarme, amante sonreias
con infantil ternura.
Ya ha borrado la mano del olvido
mi nombre de tu mente,
ya no busca tu oido
el tierno halago de mi voz ardiente.
¡Ya no piensas en mí! Ya cuando al cielo
vuelves los claros ojos,
pides calma á tu duelo,
no paciencia á mi queja y mis enojos.
Ya cuando pinta el éter la mañana
con brillantes albores,
no corres presurosa á la ventana,
porque yo no la adorno con mis flores.
Ya al esquivar el celo con presteza
de importuno testigo,
no vuelves la cabeza
á ver si yo te sigo.
De otros sitios respiras el ambiente
que yo no he respirado...
Ya no temes jamás entre la gente
que pase yo á tu lado.
Los goces que soñé en mis desvaríos
puede decirme otro hombre que son suyos...
¡Tú tienes hijos ¡ay! y no son mios!...
--¡Yo los tengo tambien, y no son tuyos!
¡IMPOSIBLE!
Niégame el sueño su apacible olvido,
y el solo pensamiento de mi mente,
el eco solo que mi oido siente,
es de tu dulce nombre eco querido.
Si al fin de la velada, ya rendido,
busco el descanso, mi cerebro ardiente
forja sueños de dicha sonriente,
y siempre va tu nombre á ellos unido.
Mas ¿cómo en él no pensaré despierto?
¿Cómo sin él soñar cuando dormito,
ávido el pecho á la ilusion abierto?
¿Cómo no recordar su eco bendito,
que hace santo mi loco desacierto,
si aquí, en mi corazon, lo llevo escrito?
Á MI BUEN AMIGO
ANDRÉS RUIGOMEZ.
LA GUITARRA.
¡Cuánto sueño de gloria!
¡Cuánta esperanza
despiertan en mi mente los acordes
de la guitarra!
* * * * *
La luna se esparcia
sobre la playa,
el mar, dormido, con su blando arrullo
la acariciaba,
y léjos, de la brisa
vagando en alas,
se escuchaban los sones misteriosos
_de la guitarra_.
* * * * *
Yo, trémulas las manos,
trémula el alma,
llevando entre mis brazos á la hermosa
mujer amada,
iba siguiendo el ritmo
de alegre danza
que modulaban las cadencias dulces
_de la guitarra_.
* * * * *