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IMPRESIONES
POESÍAS
DE
JOSÉ CAMPO-ARANA
CON UN PRÓLOGO
DE DON CÁRLOS COELLO
MADRID
LIBRERÍA DE M. MURILLO
CALLE DE ALCALÁ, NÚM. 18
1876
AL EXCMO. SEÑOR
D. FRANCISCO ROMERO Y ROBLEDO
_Debo á usted lo poco que soy y atenciones que con nada
podré pagarle: por gratitud y por cariño, coloco su nombre al
frente de este tomo de poesías._
JOSÉ CAMPO-ARANA.
Madrid 29 de Diciembre de 1875.
PRÓLOGO.
I.
La aparicion de las poesías de Don José Campo-Arana, es una de tantas
respuestas victoriosas como la realidad ofrece diariamente á los
empeñados en la triste tarea de probar al público que atravesamos un
período de paralizacion y esterilidad artística; privando al talento
del entusiasmo y de la fé, únicos estímulos que para él dejan á
nuestra desangrada patria los que más prosaica y ventajosamente la
explotan.
No hay que negarlo; los mercaderes están aposentados en el templo del
arte, y el público se hace su primer cómplice concediendo decidida
proteccion á todo lo malo y escatimándola á todo lo bueno: lo que vive
cuando todo conspira á su muerte, tendrá desgracia sin duda, pero no
puede decirse con fundamento que carece de vitalidad.
El arte vive, y vive tan sólo de sí mismo en nuestra sociedad
indiferente, aturdida, ávida siempre de sensaciones y embotada para
los sentimientos. Nada puede el arte esperar de ella: ella, por el
contrario, debe esperarlo todo de él. El arte regenerará á quien le
abandona; el arte enseñará á pensar á quien los hechos no inspiran una
reflexion; el arte enseñará á sentir á quien las desventuras que
directamente no le tocan, arrancan tan pocas lágrimas.
El arte alienta y crece en España como una flor fragante entre
pavorosas ruinas; y esto no es menester probarlo: basta con tomarse el
sencillo trabajo de verlo.
Nuestros pintores, áun despues de muertos Rosales y Fortuny, hacen el
primer papel en los talleres de Roma, en los mercados de París y
Lóndres; y si consiguen sobreponerse á las exigencias de una moda
estúpida, que tiende á empequeñecer el tamaño y el asunto de sus
concepciones, los nombres de Velazquez y Murillo no serán los únicos
que pronuncie la posteridad con cariñoso respeto.
La música, desde que Gaztambide, Barbieri y Monasterio echaron sobre
sí la difícil tarea de descubrir á nuestro filarmónico pueblo tesoros
para él ignorados, ensancha su esfera de accion en España. Marqués
coloca sus inspiradas sinfonías, sin extrañeza de nadie, con
aprobacion de todos, al lado de las de Mozart y Beethoven, y Arrieta y
Caballero engrandecen poco á poco la zarzuela para que, en dia no
lejano, la noble aspiracion de la ópera española se convierta en
hermosa y firme realidad.
Aunque la escultura no hubiera producido en nuestra época otra cosa
que la estátua, tan bien concebida como ejecutada, del torero
moribundo, que tanto nos hizo admirar y sentir en la última
exposicion, y los nombres de Ponzano, Suñol, los Vallmitjana y tantos
otros no gozaran de reputacion europea, aquel atrevido intento,
aquella estética innovacion, sería triunfo suficiente para la gloria
de la más ingrata de las artes.
En cuanto á la literatura... La grandeza del cuadro impone y espanta,
pero su hermosura atrae y hace irresistible el deseo de ensanchar el
ánimo con el placer de su descripcion.
En el centro, en la cumbre del lienzo, se destaca una figura amable,
sonriente, serena, que goza en vida de la estimacion y de la fama que
la muerte concede á tan pocos: es un anciano en cuya mirada brillan
juntamente el talento y la bondad con la misma fuerza, en cuya sien
los laureles son tantos como las canas venerables: es el autor de _Los
Amantes de Teruel_ y de _La Ley de raza_ y de las _Fábulas_ y de _Los
Cuentos_: es D. Juan Eugenio Hartzenbusch. La época literaria que le
cuenta dentro de sí, que le mira como su patriarca y áun le ha
contemplado recientemente lanzar destellos dulces y puros como los de
un sol de primavera en su ocaso, no puede ser acusada de esterilidad;
tiene que ser respetada, si no envidiada, de cuantas le sigan en la
sucesion de los tiempos.
Al lado de D. Juan, y rodeándole con cariño, hay tántos, que
nombrarlos á todos, áun teniéndolos presentes, es empresa mayor de lo
que parece á primera vista. Ved allí á D. Antonio García Gutiérrez, al
ilustre veterano del teatro español, á quien los años parecen
rejuvenecer el alma; que todavía dá, que todavía ha de dar muchas
obras á la escena que honró con el _Trovador_ y con _Juan Lorenzo_
(drama superior al público que creyó juzgarlo y se condenó á sí
mismo), para gloria suya y aliento y enseñanza de la juventud, que
reza sus versos como las ancianas las oraciones de sus devocionarios.
Ved más allá á Manuel Tamayo y Baus, que no contento con la reputacion
que basta á todos los hombres, ha querido conquistar dos, y tomando el
pseudónimo de Joaquín Estébanez, ha acometido y llevado á cima con _Un
drama nuevo_ la temeraria empresa de eclipsar al autor de _Virginia_ y
_La Locura de amor_. Junto á él y cogidos de sus manos, como un
hermano afectuoso el uno, como un maestro y un padre el otro, están
Manuel Cañete y D. Aureliano Fernandez-Guerra... Manuel Cañete, el
poeta inspirado y elegante, el restaurador de nuestro primitivo
teatro, el crítico á quien la fuerza, la violencia del amor á lo bello
encarnado en su espíritu, le obliga hasta á ser cruel y despiadado con
lo malo; Fernandez-Guerra, el sabio infatigable, el sabio poeta, á
quien acusan de soñador en sus juicios los que no comprenden que, á
veces, tiene que inventarse cosas que no sepa para estudiarlas, porque
cuanto humanamente se puede saber está ya tan bien colocado en su
cerebro como los libros en una biblioteca. Esforzad, esforzad la
turbada vista y descubrireis más rostros conocidos y simpáticos.
Rosell, el docto Rosell, cuya prosa sólo puede rivalizar con sus
versos; Escosura, siempre elocuente en sus escritos, siempre chistoso
en su conversacion, siempre benévolo con la juventud de que
eternamente formará parte; Arteche, el severo, inimitable historiador
de la _Guerra de la Independencia_, el narrador ameno de la vida de
_Un soldado español de veinte siglos_; Valera, el naturalmente
correcto autor de _Pepita Gimenez_; Campoamor, el que hasta nombre ha
tenido que inventar para su poesía, tan singular y extraña como
avasalladora del ánimo y de la atencion; Oliván, el hablista rival de
Cervantes y de Moratin, el que posee en su pluma una varita mágica que
hace brotar poéticas flores sobre los problemas económicos y sobre las
leyes agrícolas; Balart, el ingenioso crítico que vuelve sobre su
olvidada pluma para terror de los poetas chirles, para regocijo de los
que arrancan un elogio á su censura severa y sana; Canalejas, el ameno
preceptista; Selgas, el incansable rebuscador de retruécanos y
paradojas, el terrible censor de las modernas costumbres; Nuñez de
Arce, el viril cantor de las angustias de la patria; Silvela, el fino
y cáustico Velisla; Frontaura, el ingeniosísimo retratista del pueblo;
Luis Guerra, el biógrafo, el vengador del autor insigne de _La verdad
sospechosa_; Castro y Serrano, el que fué á Suez sin moverse de
Madrid, el que escribió las _Cartas trascendentales_, y _La Capitana
Coock_ y _Las Estanqueras_; Alarcon, el _Testigo de la guerra de
África_, el viajero _De Madrid á Nápoles_... Mil más que convierten el
grupo de los escritores que tienen ya basada en sólido cimiento su
reputacion, en un inmenso océano de cabezas.
A su lado, y como huyendo avergonzados de la compañía de los demás,
nos muestran la espalda los tránsfugas de la literatura; los que van á
buscar en la política, más que el nombre que su natural disposicion
les brindaba, un descrédito probable por el pronto, y, á la larga, el
anatema ó el olvido.
No es insignificante el número de los que en otro extremo del cuadro
se impone al cansancio de nuestros ojos con la viveza y animacion de
sus figuras. Echegaray, el hombre de ciencia, el político, aparece en
primer término al frente de la alborotada multitud de los Zapata, los
Herranz, los Sanchez de Castro, Gaspar, Calvo y Revilla, Barrera,
Valcárcel, Bustillo, Balaciart, etc., etc., etc., trocando el compás
por la pluma, y trasformándose de un golpe en el autor dramático más
atrevido de su época.
Vedlos á todos, entusiastas soldados del arte, escalar las ásperas
alturas que guian á la cumbre donde se asienta el templo de la Fama,
enardecidos por la fé que rebosa en sus almas, por la hermosura de la
conquista, y no ménos que por todo eso, por las voces del ilustrado y
benévolo Navarrete, del ático Sanchez Perez, del tan discreto como
bilioso Revilla, del juicioso y noble García Cadena, del entusiasta
Alfonso, del concienzudo Cortázar.
¡Estéril el período literario que atravesamos! ¿Vale la pena tan
peregrina acusacion de que nos ocupemos de ella un momento más?
II.
Hace algunos años, ofrecía la Plaza de Santa Ana un aspecto muy
distinto del que ahora presenta; y, sin duda porque el que estas
líneas escribe la contemplaba entónces con los aduladores ojos de la
adolescencia, infinitamente más bello. Verdad es que la fachada del
teatro Español no ostentaba los primores del revoque moderno, que
confunde en sabrosísimo consorcio los edificios públicos y los platos
de huevos moles adornados de clara batida, donde las Góngoras lucen la
habilidad de sus manos para delicia de los fieles golosos; verdad es
que aquella tierra inculta no se habia engalanado todavía con la
improvisada exuberancia de la naturaleza municipal; pero no es ménos
cierto que la Plaza de Santa Ana, sin sus tenduchos de madera en que
los gorriones morian tan rabiosos y desesperados como Werther, en que
los grillos se ensayaban para cantar zarzuela, en que los titís y las
cacatúas daban con sus asquerosas miradas y con su coquetismo,
abundantes pruebas de que los vicios y flaquezas son lo que más une al
hombre con los animales; sin todo eso, repito, la Plaza de Santa Ana
será todo lo que se quiera... ménos la Plaza de Santa Ana. ¿Quién,
cuando muchacho, no se ha extasiado ante aquellos destartalados
cajones? ¿Quién, por el módico precio de dos cuartos, no ha comprado,
al mismo tiempo que la pobre víctima, el cargo de verdugo, ejercido
con tanta inocencia como resolucion? Yo sé de un niño (cuyo nombre
reservo para no ofender la modestia y resucitar los remordimientos en
quien ya es hoy un hombre muy barbudo y que peina canas); yo sé de un
niño que, al cumplir los nueve años, repasó la lista de sus
_avicidios_, y, ménos sanguinario que Tenorio, sintió profundo
arrepentimiento y vivo deseo de enmendar de alguna manera sus
crímenes, y ya que no pudo decir aquello de
Si buena vida os quité,
buena sepultura os dí...
porque los cadáveres se habian extraviado por el garguero del gato de
su casa, pidió á su padre (no al padre del gato, al marido de su
madre) dinero para comprar todos los billetes de la próxima extraccion
de lotería; medio ingenioso que habia imaginado el infante para sacar
el premio gordo, comprar con él todos los pájaros de la Plaza de Santa
Ana, y en un dia y una hora darles libertad.
¡Dulce, encantadora edad de la infancia, en que lo feo es bonito, toda
ambicion posible, y hasta los remordimientos se presentan con forma
cómica!
En un ángulo de la plazuela, se alzaba por el año de 1868, y debe
alzarse todavía (el regente de la imprenta no me dá tiempo para
averiguarlo), una casa de tres pisos y un solo balcon en cada uno,
propiedad de una maestra de niñas, que tenia _amiga_ en la calle de
Belen, y que, para cierto objeto que más adelante se dirá, cayó en
gracia (el cuarto, no la maestra,--esto de escribir de prisa tiene
muchos y graves inconvenientes) á unos cuantos jóvenes, escritores
unos, que no escribian; estudiantes otros, que no estudiaban, y
empleado alguno, que empleaba el tiempo en no asistir á la oficina.
Aquel cuarto, tan reducido que bien hubiera podido llamarse ochavo,
constaba de un pasillo estrecho, que parecia ancho á fuerza de ser
corto, un gabinete donde bien podrian caber seis personas de pié, pero
incómodamente, y un balcon á la _plaza de los pájaros_.
Cuando los mancebos en cuestion se dirigieron á su propietaria y le
manifestaron el atrevido pensamiento de alquilarlo, la ilustrada y
nariguda maestra de niñas estuvo indecisa largo tiempo: el que ellos
tardaron en reunir, escudriñando y vaciando los bolsillos de todos, la
escasa cantidad á que montaba el mes adelantado y el de fianza. Sin
embargo, sus temores, que entónces ni siquiera sospecharon los
inquilinos, eran injustos y probaban que la maestra de niñas sabía más
de lo estrictamente necesario para dar buena educacion á unas cuantas
señoritas. Aquella habitacion se habia alquilado para trabajar;
para,--huyendo de lloros de niños y cánticos de criadas en las
respectivas casas de los mozalvetes, y de la inspeccion más bien
intencionada que rígida de la familia,--dedicarse á lo que formaba
todo su encanto: emborronar cuartillas y hacer artículos que se
insertaban de balde en el _Cascabel_ ó en el _Museo Universal_ (y
resultaban caros), componer versos indignos hasta de los periódicos de
modas, dramas destinados á ser rechazados por todas las empresas, y
otras hazañas por el estilo.
¡Cuán dichosa tarde, aquella en que sentados en el suelo al rededor de
una silla de Vitoria, ante una humeante ponchera, se inauguró lo que
desde luego fué bautizado con el poético nombre de _El Nido_, y se
acordó por unanimidad la conveniencia de amueblarlo... si la próxima
sesion habia de levantarse con pantalones completos. Uno llevó las
sillas al dia siguiente (¡cuántas noches debió soñar el sillero con
que se habia ido á Sevilla!); otro una máquina de café; otro una
coleccion de retratos de hombres célebres; otro una pipa para fumar él
y llenar el cuarto de peste y de humo, asegurando que así lo
calentaba, y otro una estera de verano, aprovechando la circunstancia
de ser invierno,--con lo cual lograron hacerse en Diciembre la ilusion
de estar en Agosto y llegar á Junio con la estera tan rota, que con
barrer un poco quedó hecho el desestero.
La vida de los habitantes del _nido_ era tan dulce como la de todos
los que esperan, como la de todos aquellos para quienes en el despacho
del teatro de la ilusion no ha aparecido aún el fatídico letrero de
«No hay billetes.» Casi todos eran republicanos, y no eran más, porque
no habia más que ser; y el único decididamente afiliado en el partido
conservador, pensaba con seriedad en la conveniencia de escribir un
drama político-filosófico-social probando que los casamientos de
Estado son una infamia intolerable, que un rey debe casarse por amor y
dar su mano á una fregona de palacio, si ésta, con la bondad de sus
prendas y la belleza de su palmito, ha logrado inclinar el ánimo de
S.M. desde las ventanas de la régia cámara hasta los respiraderos de
las régias cocinas.
Todos los habitantes del _nido_ eran críticos entónces (apenas habian
escrito nada que valiese algo todavía), y á haberles conocido las
empresas, les hubieran prohibido la entrada en sus teatros las noches
de estreno. Siempre recordaré (eternamente impreso lo tendrá alguno de
aquellos jóvenes... en la mejilla izquierda) el lance acontecido la
noche que por primera vez se representó cierta bufonada en el coliseo
de Jovellanos. Los carteles anunciaron el desafuero contra el arte, y
aquella alborotada juventud se posesionó del centro de la galería
baja, dispuesta á vengar las injurias que, no sin razon, daban de
antemano por inferidas á su ídolo. El público sensato se mostraba
descontento, los _alabarderos_ aplaudian más furiosamente á medida que
perdian la esperanza de vencer en aquella jornada, y su jefe, harto ya
de oir los dicterios que contra la pieza proferia el más procaz de los
habitantes del _nido_, encaróse con él, y díjole:--«¿Cuántos años
tiene usted, caballerito?»--«Quince, para servir á usted,» contestó el
interrogado con un aire que desmentia lo compuesto de las
palabras.--«Y ¿no le gusta á usted esta obra?» tornó á preguntar el
jefe de alabarderos.--«Nó, señor,» tornó á contestar aquél, y añadió
acto contínuo:--«Y á usted ¿le agrada?»--«A mí me parece una obra muy
aceptable,» repuso el imprudente amigo de la empresa. Nuestro jóven le
miró de alto abajo, y exclamó:--«Pues compadre, está usted adelantado,
para la edad que tiene!» Frase que le valió un coro de carcajadas de
todos los que le rodeaban, un tremendo bofeton del militar-paisano, y
la probabilidad de pasar la noche en la prevencion con todos sus
compañeros, que salieron bizarramente á su defensa.
Justo es decir que los que en ciertas ocasiones se mostraban
implacables, eran cuando se estrenaba una obra de algun autor de
merecido crédito, los que con más placer le palmoteaban y con más
entusiasmo pedian su nombre.
Las ideas revolucionarias que los dominaban en política, los
avasallaban tambien en literatura; y para ellos lo más exagerado era
siempre lo mejor.
De resultas de una discusion comparando el romanticismo y el
clasicismo, el busto de Molière salió desterrado del _nido_, y aún me
parece leer sobre sus paredes la quintilla escrita con carbon un dia
que se recordaron las burlonas censuras de Moratin al autor de _La
vida es sueño_.
Os indignais sin razon
Contra ese ultraje tan ruin;
¿Puede, en ninguna ocasion,
Amenguar un MORATIN
La gloria de un CALDERON?
Los caractéres de los habitantes del _nido_, corrian parejas, por lo
distintos, con los muebles de la salita. Todos, y esto era lo único en
que se parecian, eran aspirantes á escritor; á excepcion de dos, cuyas
obras habian sido aplaudidas por el público, y que sin tener en cuenta
esa circunstancia, se dignaban mirar como compañeros á los demás. Era
el más viejo, y era y es bien jóven aún, uno cuyo nombre es ya
garantía para el público que asiste á los estrenos de sus obras, de
que va á pasar una noche feliz: tanta es la habilidad con que sabe
disponer la sencilla y natural trama de sus piezas: tanta y tan fina
es la sal con que sabe aderezarlas y servirlas al público, su
infatigable convidado. De mediana estatura, delgado, nervioso, su
cabeza ocupaba casi una tercera parte de su cuerpo; quebrado el color,
rayando en bilioso, un mechon de alborotados cabellos negros adornaba
su despejada frente y entonaba la dureza de líneas de aquella nariz
aguileña, de aquellas cejas desiguales que daban sombra á unos ojos en
que la impaciencia, la sutilidad y la astucia eran tres amigas que
contínuamente caminaban del brazo. ¿No le conoces, lector? ¿No le has
visto salir á escena estas noches? Es Miguel Ramos Carrion, el autor
de _Un sarao y una soirée_, y de _La gallina ciega_, y de _Esperanza_,
y del _Cuarto desalquilado_, y de _Los doce retratos_, y de _La mamá
política_, y de una obra que se representará en breve y acabará de
consolidar su reputacion.
Miguel ¡quién lo diria conociendo sus obras! era desgraciado: ya no lo
es; ya su trabajo basta para sostener las cortas necesidades, la
existencia preciosa de su madre, y el recuerdo del tiempo malo sólo
puede ser para mi amigo el fondo negro, que no es triste, puesto que
hace destacar la claridad del primer término. Miguel, luchando con
innumerables contrariedades de todo género, escribia artículos, hacía
versos para mil objetos distintos, traducia en tres dias una pieza ó
una zarzuela que solia representarse con ajeno nombre, y en vano pedia
á los sucesos un momento de tranquilidad para hacer al fin algo más
digno de sus envidiables facultades. Sus compañeros del _nido_ se las
reconocian á coro, sostenian su fé vacilante, y hoy sienten tanta
felicidad por su suerte como orgullo por no haberse equivocado en sus
pronósticos.
No puedo dejar de hablar de Ramos sin nombrar al que, unido
constantemente á él, lo completa como la postdata á la carta en que
falta algo. Me refiero á cierto estudiantillo de taquigrafía,
asturiano de profesion, de alma de niño, de corazon de hombre, nacido
para tener un amigo, y á quien todos desean tener por tal. Toribio
Granda idolatra á Miguel Ramos como la madre quiere á su hijo, y le
admira sinceramente y le gruñe sin cesar, y sufre más que él, que es
cuanto se puede decir, la noche en que estrenan alguna obra,--obra que
la noche del estreno es tan de Toribio como de Miguel;--que tiene
tanta influencia sobre Ramos, que, á veces, hasta le hace trabajar.
Al _nido_ pertenecia tambien otro pájaro que despues ha tomado vuelo
por las regiones de la política, y sabe Dios hasta dónde llegará.
Hasta donde quiera, porque, hoy como entónces, todos sus compañeros
reconocen en él más talento que en ninguno y ménos discrecion para
emplearlo y convertirlo en otra cosa que en un perro que muerde á su
amo. Adolfo Malats era, al formarse el _nido_, cuando él no habia aún
soltado el cascaron, un muchacho rubio, largo, paliducho y ojeroso. En
su mirada lánguida se veia contínuamente prematuro cansancio: en su
frente cubierta de pelo no se adivinaba la inteligencia, pero allí
estaba, y esto es lo principal; en sus labios desdeñosamente plegados,
una sonrisa fria helaba de pena á sus amigos, que le miraban harto del
mundo sin conocerle, incrédulo sin creerlo él mismo, holgazan con
terrible trabajo, murmurador sin interés y perdiendo lastimosamente el
tiempo con la serenidad del que se las echa á correr con un chiquillo
y le dice:--«Anda, llévame un cuarto de hora de delantera, que yo te
alcanzaré ántes de cinco minutos.» Adolfo Malats, la memoria más
feliz, el juicio más hábil para tropezar en una cosa con el defecto,
la imaginacion más ingeniosa del mundo, uno de los hombres que tienen
más talento para encerrar un tomo en una frase, para estarse una
semana contando cuentos que nadie sabe, era el año de la fundacion del
_nido_ un hombre de mucho talento que no habia encontrado todavía el
sentido comun. Hoy sus palabras y su conducta parecen anunciar á la
vez el hallazgo. Adolfo Malats era el aficionado á todo (pero el
aficionado inofensivo, el que _no ejerce_); nuestro consultor, el que
con un elogio, rarísimo en su boca, nos hacía felices. Hombre de
condiciones buenas y malas más diversamente mezcladas, dudo que haya
existido jamás; mejor amigo de sus amigos, corazon más noble para
gozar con la felicidad ajena, alma más libre (y se comprende bien) de
envidia por nadie ni por nada, eso sí puedo afirmar rotundamente que
jamás ha existido.
Tipo bien opuesto al de Adolfo, es Andrés Ruigomez, el autor de
_Silvestre del Todo_, que no sé cuándo acabará una preciosa novela de
costumbres que en Francia haria su reputacion y su fortuna; que hoy,
alejado de la literatura, entregado á las nobles tareas del foro,
quizá le reserva la suerte una existencia más desahogada y tranquila
que la de sus compañeros, si bien todos éstos la mirarán siempre como
propia y creerán que en su querido Andrés han mejorado de fortuna.
Andrés era el padre grave de la reunion; el padre grave por la
seriedad de su cara, por lo reposado de su voz, por la entonacion
verdaderamente forense con que ya entónces explanaba sus originales
teorías sobre arte, sobre política, sobre religion y sobre todo.
Andrés se las echaba de hombre de mundo, y apenas era hombre mundano;
Andrés se las echaba de hombre libre de preocupaciones, y hasta mucho
despues de aquellos venturosos dias no ha logrado verse libre de la
preocupacion de no tener ninguna; Andrés se las echaba de hombre
formal, y él era el único que mientras hablaba conservaba la cara
séria, resalte el mejor de sus chistes. Talento sólido y bien nutrido,
sagaz observador y pintor felicísimo de costumbres, Andrés Ruigomez
hubiera alcanzado en Francia, con aliento para sus primeros pasos y
recompensa para sus primeros merecimientos, una reputacion no menor
que la de Paul de Kock, á quien vence en la profundidad de las ideas y
no cede en la fuerza del chiste.
Tipo bien opuesto tambien al de Adolfo, era el de otro personaje que
no quiero bosquejar, para irme directamente á la figura principal de
mi cuadro, que tambien se crió al calorcillo del _nido_: el autor del
presente libro, mi querido amigo Campo-Arana.
III.
_Don Quijote_ le llamaban sus compañeros; y hoy, que ya es todo un
guapo mozo, no parecerá imprudente confesar que el mote le estaba como
anillo al dedo. Y Campo recordaba á D. Quijote por algo más que por lo
seco y desgarbado de su cuerpo, lo avellanado del rostro y el rumbo de
los bigotes: por lo exaltado de su imaginacion, pronta en hacerle
recibir como realidades sus sueños de cada momento, infatigable para
persuadirle á creer que está en verso nuestra existencia, contra la
opinion de un personaje de comedia del pobre Luis Eguílaz. Campo se ha
pasado, y se pasa, y se pasará la vida (porque es el individuo del
_nido_ ménos sujeto á cambio), tomando por gigantes los molinos de
viento, y por castillo la venta tan justamente antipática á Sancho
Panza.
Campo era, de todos sus compañeros, el que ménos versos hacía y el más
poeta sin duda alguna. Si el que escribe estos renglones no creyera
firmemente que el artista es echado al mundo por Dios, ni más ni ménos
que el ave, que siempre encuentra las yerbecillas que han de
alimentarla mejor, creeria con no ménos seguridad que Campo-Arana era
un talento perdido á quien habian faltado favorables condiciones de
desarrollo. Pero quien repare un poco en la vida de los hombres
notables que honran á la humanidad, comprende desde luego que
Shakespeare, con una vida más tranquila, con una instruccion más
sólida, quizás hubiese escrito dramas ménos gigantescos; que Moratin,
nacido en el siglo XVII, acaso no hubiera tenido un talento bastante
enérgico para salir de la oscuridad; que Hartzenbusch, ménos sabio y
despues de arrojar en _Los Amantes de Teruel_ todo lo que un hombre
solo puede inventar, acaso hubiese valido ménos, mientras la musa
inquieta y viva de Narciso Serra probablemente se habria muerto de
fastidio en la fria, aunque sana atmósfera de una biblioteca. Campo es
poeta de impresion; ha recibido impresiones, posee el don de expresar
de una manera siempre clara y á menudo elegante sus pensamientos:
Campo es lo que puede ser. No hay que indignarse con el pez porque no
ande, si sabe nadar bien, ni echar en olvido la fábula de Iriarte, que
nos presenta al ganso haciendo de todo un poco, y haciéndolo todo como
quien era.
Campo no es un sabio; pero con que nadie se lo conozca en sus
escritos, con que posea la principal sabiduría del hombre de letras
(la de saber bien qué es lo que no sabe, para no hablar de ello), él
tiene bastante y el lector de sobra.
Su primer maestro ha sido el mejor: la naturaleza vista á través del
sentimiento propio. Algo ha modificado esa espontaneidad la influencia
que sobre él ha ejercido la lectura frecuente de los poetas alemanes:
influencia ménos perjudicial en Campo que en otros escritores, por ser
ménos opuesta á la índole del talento de nuestro autor, á cuyo
espíritu soñador y vago ha debido sucederle con las odas y baladas del
inmortal autor del incomparable _Wallensthein_, lo que al viajante que
hallándose en tierra extranjera, oye por azar palabras del habla
nativa de labios de un natural del país.--Poeta dramático Campo, de no
vulgares condiciones, siempre valdrá cien veces más como poeta lírico:
así se nos presenta en su primera obra de importancia, el presente
tomo de poesías, y así debe juzgársele. Bien ha hecho en bautizarlo
con el nombre de _Impresiones_; difícil sería encontrar otro que le
sentára mejor. Porque la poesía de Campo es eminentemente individual,
verdaderamente lírica. Así como en el drama el autor no debe aparecer
nunca (mas que al final, cuando el público le aclame), el soneto, la
oda, la elegía, son como la máscara por que hablaban los actores
griegos y latinos con la voz natural, pero aumentada para que llegase
á todos los ámbitos del anchuroso coliseo. Las impresiones de
Campo-Arana, producirán impresiones en el lector. Casi cuantas
contiene el tomo están inspiradas por un suceso real siempre, cuando
ménos en la mente del poeta; con lo cual basta para que nazcan con la
vida que sólo de la mente del poeta han de recibir. Por eso unas
podrán leerse con ménos agrado que otras, pero ninguna con
indiferencia: por eso tambien nos sorprenderá la diversidad de su
género, nos extrañará y hasta nos disgustará la diversidad, la
oposicion de juicios y opiniones que se observa en ellas. Este tomo es
la vida de su autor, cuyos sucesos pasan rápidamente á nuestros ojos,
como cincuenta figuras distintas se reflejan á la vez una tras otra,
en los contínuos, diversos y paralelos espejos de un café. El autor no
nos engaña; en su introduccion nos lo dice bien claro: allí hace su
programa, y más adelante lo cumple... El lector debe darse por
satisfecho: ¿qué más podria pedir un pueblo á su gobierno ó un
distrito á su diputado?
He dicho ántes, y vuelvo á afirmarme en ello, que nadie leerá con
indiferencia este tomo de poesías. Todos los que han vivido la
existencia agitadísima de nuestra sociedad, donde los sentimientos se
tropiezan, se chocan, se confunden en el corazon, como la gente á la
salida de un teatro, encontrarán aquí á cada paso la expresion exacta
y concisa de sus propios sentimientos. Muchos dirán: «¡Qué bien dice
el autor lo que tan bien he sentido yo!» Y ¿cómo no ha de apreciar el
público un libro que le parecerá escrito por él? Este es, á mi pobre
juicio, el triunfo más completo del poeta lírico. Después de publicar
Becquer sus admirables _Rimas_, que han hallado eco en todas las
almas, y Nuñez de Arce sus robustas inspiraciones, que ya saben de
memoria todas las personas de buen gusto, la poesía que consiste en la
pulcritud, en el _aseo_, por decirlo así, de los versos, ha muerto ya
y está enterrada para siempre. En literatura, la forma y el fondo son
lo que en la humanidad el cuerpo y el alma; el cuerpo es la hermosura,
el alma la bondad, y ésta, sólo ésta, es inmortal. Si aquél sobrevive
en las obras del ingenio, es porque todo se vuelve _alma_ en ellas,
como en el hombre cuando traspasa el umbral terrible de la insondable
eternidad.
¿Será esto querer sostener que las poesías de Campo son perfectas?
Nada más léjos de mi ánimo. Acercáranse más á la perfeccion y
estarian, tales como son ellas y la índole del talento poético de su
autor, más léjos de la belleza artística. El lector encontrará en las
_Impresiones_ estilo frecuentemente incorrecto, versos flojos y
desaliñados, imprudencias de asunto y de frase, falsedad y
contradiccion en los juicios; todo mezclado y compensado con bellezas
de primer órden, de esas que saltan á la vista del lector ménos
perspicaz, como ciertas mujeres hermosas, de provocativa belleza, se
nos entran por los ojos, atrayéndonos con sus miradas.
Campo, que posee una facilidad, á veces lamentable, para expresar sus
pensamientos, paga á menudo una licencia poética, que pudiera haberse
excusado, con mil primores; á la manera (y perdóneseme lo vulgar de la
comparacion por lo que tiene de expresiva), á la manera del niño que
promete á su madre no salir de casa en todo el domingo si le perdona
media hora de escuela para ir á bañarse al rio con sus compañeros...
donde de milagro no se ahoga y de seguro se resfría.
Otra ventaja hay en los versos de Campo: rara vez deja de acudir la
inspiracion á su llamada. Para nuestro amigo, es siempre la poesía una
amante esposa que se entrega con tranquila felicidad á su marido: nó
la pobre mujer que fuerza un soldadote brutal y feroz.
Campo, esto no se puede negar, canta tan á menudo lo que siente como
lo que no siente, y creo en conciencia que él mismo no lo distingue:
el poeta cantará siempre mejor lo que cree sentir que lo que siente en
realidad... ¡Ay! Si expresáramos bien lo que á veces sentimos, ¿qué
poeta no sería gran poeta? La verdad del sentimiento no logra nunca
salir por entero del corazon: ha echado en él raíces: al exterior
brotan únicamente las ramas, ¡y éstas son tales que parecen árboles!
Campo escribió indudablemente la hermosa poesía que me hace la honra
de dedicarme (una de las más defectuosamente bellas de la coleccion)
un dia que habia sostenido una discusion con un clérigo carlista,
enterádose del asesinato legal de Reus y leido algun tratado de
filosofía alemana...
Pero aquí han terminado mis observaciones sobre su libro. En
literatura, divido yo los críticos (¡cuántas veces me han dividido y
me dividirán ellos á mí!) en dos clases. Pertenecen á la primera los
que acogen sin prevencion, con benevolencia, las primeras obras de un
jóven, saben y comprenden lo difícil que es ponerse, sólo ponerse, en
el camino de la perfeccion artística, y censuran lo malo sin acritud,
ensalzan lo bueno con expansion, y hacen con el principiante en tan
difícil carrera lo que el hábil doctor con el enfermo de que se
encarga: lo animan, lo confortan, le prescriben el régimen más propio
para su restablecimiento, y le hacen confiar en la conquista de la
salud.
Pertenecen á la segunda clase, los críticos para quienes todo es malo,
para quienes nadie sabe nada, para quienes nadie debe escribir; que
vierten hiel sobre las primeras ilusiones de un alumno de las Musas,
que mutilan sin piedad sus composiciones, ensañándose en ellas con
tanta fé como alevosía, como cristiano contra moro. A éstos no les
llamo yo críticos, sino verdugos de los que en tiempos de triste
recordacion atenaceaban el cuerpo, sacaban los ojos y cortaban las
orejas á los delincuentes... todo con el objeto de decidirlos á la
enmienda.
Sin ciencia ni entendimiento para lo primero, me encuentro con
demasiado buen corazon para lo segundo, y dejo el libro de mi amigo
querido á los que de una clase y de otra no faltan en nuestra
república literaria: á los primeros se lo abandono con alegría y
confianza; á los segundos... por fuerza se lo entrego.
IV.
Llego aquí fatigado, jadeante, como el que ha hecho una larga jornada,
con gusto, pero con precipitacion excesiva, y conozco que he dicho
muchas impertinencias, algunas verdades, y varias cosas que podria
haber reservado para mejor ocasion... Sin embargo, ya es costumbre (y
costumbre mala, de dificilísimo destierro por lo tanto) que al frente
de toda nueva publicacion vayan unas cuantas páginas escritas con el
objeto de que nadie las lea: Campo ha puesto empeño en que el prólogo
de sus versos lleve mi firma; yo he dejado hablar por cuenta propia al
corazon y á la fantasía: y comprendiendo, aunque algo tarde, que mi
prólogo podria carecer de interés, por lo ménos, una reflexion me
consuela de todas las demás. Si el prólogo no se ha de leer, más vale
que sea mio que de una persona autorizada.
CÁRLOS COELLO.
INTRODUCCION
MELANCOLÍA.
Yo padezco, lector, frecuentemente,
--sin que sepa la causa verdadera
ni si es cosa del cuerpo ó de la mente,--
una tristeza amarga, que inclemente
me domina, me rinde y desespera.
La sangre que en mis venas comprimida
caminaba en raudal impetüoso,
parece detenerse en su carrera,
y sin calor, sin fuerza, empobrecida,
se desliza con paso perezoso
como si en mí la vida se extinguiera.
La luz no hiere con su lumbre pura
mis ojos apagados
donde ántes su fulgor resplandecía,
y á través de una niebla siempre oscura
miro la alegre claridad del dia.
No hay eco que hasta mí llegue distinto,
ni idea que despierte mi entusiasmo;
no hallo placer que excite en mí el instinto,
ni dolor que me saque del marasmo.
Dios, la gloria, el amor, la patria, el arte,
ídolos de mi ardiente desvarío,
sólo me inspiran pesaroso hastío;
que parece domar mi sér inerte
la calma precursora de la muerte.
Un remedio á mi mal buscando en vano,
ya me siento al piano
y recorro con mano perezosa
las teclas de marfil de uno á otro extremo,
modulando en su marcha caprichosa
extrañas melodías
en las que siempre va del alma parte,
llenas de extravagantes fantasías,
sin hilacion, sin formas y sin arte,
brillantes una vez y otra sombrías;
canto salvaje que mi mente eleva
sin que el arte lo cubra con su manto,
que el viento nunca lleva
á donde yo lo envío;
notas de una oracion ó de un lamento
que nadie escuchar quiere,
y que van á perderse en el vacío
ignoradas y solas,
como el grito del náufrago que muere
en el rumor de las revueltas olas.
Ya el exánime cuerpo abandonando
á la extraña inaccion que le avasalla,
los tristes ojos á la luz cerrando,
sin que la voluntad le oponga valla,
dejo á mi pensamiento libre vuelo;
mas de un sueño imposible en pos se lanza,
y vaga en loco anhelo
de un recuerdo á un dolor ó á una esperanza,
de una idea á otra idea,
sin conseguir hallar lo que desea.
Ya queriendo fijar mi pensamiento,
sobre el blanco papel la mano puesta,
expresar con palabras mi ánsia intento;
y comienzo novelas y canciones,
y poemas, y dramas, y cien cosas
que no pasan jamás de tres renglones.
Fragmentos que conservo en mi cartera,
que leo con el alma estremecida,
porque en esos fragmentos está entera
la historia de mi vida.
Mas todo en vano: ni en los dulces sones
de la rica armonía,
ni en las anchas regiones
donde mi pensamiento desvaría,
llenas de luz, de amor y de belleza,
puedo encontrar alivio á mi tristeza.
Si vuelvo á Dios el ánimo contrito
y piedad de mi pena le demando
con humilde fervor y acento blando,
el aliento maldito
de la duda cobarde y acerada
á envenenar mis pensamientos viene,
y en mis labios detiene
Una oracion apenas comenzada.
Vuelvo entónces los ojos á la tierra
y de mí se apodera horrible espanto
al ver los séres que en su seno encierra.
Unos con rabia atroz, otros con llanto,
alzan al cielo punzador gemido,
y el de unos en el de otros confundido,
en concierto infernal, que crece y crece
como el mar al alzarse enfurecido,
hacen llegar sin tregua hasta mi oido
un grito de dolor que me enloquece.
Por fin, tras largas horas
de ignorado martirio, el mal se aleja
trocándose en hondísima amargura
que ya nunca me deja.
Entónces, á mi afan suelto la llave
y escribo, sin pensar adquirir gloria
ni de fama ó de títulos ansioso,
--que esa ambicion en mí fuera irrisoria.
Escribo, como llora el desgraciado,
como canta el alegre; porque el pecho
es para el hondo sentimiento estrecho
y se desborda el duelo ó la alegría,
ésta con expansiva carcajada,
aquél en una lágrima sombría.
Escribo sin buscar otra ventura,
sin anhelar más precio á mis canciones
que desahogar un poco mi amargura.
No busques pues, lector, en mí al poeta
ni al hablista galano,
ni al pensador severo:
Dios me negó favor tan soberano
y yo que fiel su voluntad venero,
á mi modesta inspiracion me allano.
Dotes tan altas, ni fingirlas puede
el mortal á quien Él no las concede.
Mas no por eso cesará mi canto,
que en el concierto inmenso,
de la tibia mañana
que la dulce y alegre primavera
con aromas y flores engalana,
del grillo entre las yerbas escondido
el ingrato chirrido,
se une al canto de amores regalado
del _pardo ruiseñor enamorado_,
y al zumbido monótono y constante
del insecto infeliz, el tierno arrullo
de la tórtola amante
y del arroyo el plácido murmullo;
y de unos en la de otros confundida
la voz, ésta apacible, aquélla ingrata,
forman, por atraccion desconocida,
el himno poderoso de la vida
que en los aires fermenta y se dilata.
¿DÓNDE ESTÁ?
¡Oh! sí: para vivir, yo necesito
lucha, esperanza, amor.
Los instantes de dicha y de abandono,
ciclo de la pasion;
la duda inquieta del desden fingido,
tormento abrasador,
que con lágrimas baña las pupilas
y de ira el corazon;
el tembloroso afan de la respuesta
y del primer favor;
el nervioso delirio de los celos,
que turba la razon.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas ¿dónde hallar una mujer que sepa
comprender mi dolor?
¿Dónde encontrar una mujer, esclava
del mismo afan que yo?
¿Una no habrá en el mundo que me escuche,
que sienta así el amor?
¿Una no habrá en el mundo, que me quiera
mentir por compasion?
¡SOLO!
Solo... Solo... Siempre solo,
siempre solo con mis penas!
Solo mientras dura el dia,
solo en la noche serena,
solo cuando pienso en Dios,
solo al pensar en la tierra,
solo cuando canto alegre,
y solo con mi tristeza!...
Solo siempre... Mas ¿por qué,
esa soledad eterna?
Es ¡ay Dios! que el alma mia
no ha hallado su compañera,
y siento que me hace falta
la mitad de mi existencia;
es que soy un pobre loco,
ó la humanidad entera
es ménos buena que yo,
y que su maldad me aterra;
es que el mundo me rechaza,
ó que mi alma le desprecia,
porque en él, ¡ay! no ha podido
encontrar su compañera.
* * * * *
Es que yo adoro las lágrimas
y el mundo se rie de ellas;
es que es mi ambicion muy grande
ó que mi alma es muy pequeña:
es que siempre, combatido
por encontradas ideas,
fluctúa mi pensamiento
por que la verdad no encuentra;
es que no tengo la fé
del mártir ni del poeta;
es que todos mis dolores
son despreciables miserias
que no levantan el ánimo
y que las fuerzas enervan;
es que anhelo un imposible,
delirio de mi tristeza;
es que me falta un apoyo
á que asir mi mano trémula;
es ¡ay Dios! que el alma mia
no ha hallado su compañera.
* * * * *
Es que me siento vencido
en esta lucha suprema,
y no hallo un amante seno
donde apoyar mi cabeza,
y á cuyo tibio calor
resuciten mis ideas;
es que veo, á mi pesar,
cerradas todas las puertas,
y sólo me ofrece asilo
la muerte... Quizás en ella,
al otro lado del manto
que la eternidad nos vela,
mi alma que triste y doliente
su camino hace en la tierra,
podrá conseguir su anhelo:
encontrar su compañera.
ÁNSIA.
Y qué ¿de esta inquietud jamás postrada,
de esta lucha sin tregua que en mí siento,
de este loco y altivo pensamiento,
¿no habrá de quedar nada?--¡Nada!...--¿Nada...
La pobre flor en el pensil tronchada,
deja sus hojas y su aroma al viento;
la ola al besar la playa, su lamento
deja, y la linda concha nacarada.
Yo tambien dejar quiero mi memoria;
aunque agostado como débil lirio,
quiero esculpir mis huellas en la historia.
Quiero que un dia el mundo con delirio
orne mi tumba con laurel de gloria...
Laurel de gloria, ó palma de martirio.
SÚPLICA.
¡Ay Dios! ¿No quereis decirme
dónde la podré encontrar?
Largos dias há, su huella
busco con ardiente afan...
Yo quiero verla un instante...
Un instante nada más.
Yo ahogaré en mi pecho el grito
de inmensa felicidad
que al volverla á ver de nuevo
el amor me arrancará.
Yo la dejaré camino
viéndola, triste, pasar
sin pedirle una sonrisa
que calme mi ardiente afan.
Yo me esconderé en la sombra
cual medroso criminal...
No buscaré su mirada...
Su voz no me arrastrará...
La veré como un delirio
irrealizable y fugaz...
Mas... quiero verla un instante,
un instante nada más.
--Por Dios, ¿no quereis decirme
dónde la podré encontrar?
DIOS.
Lucha tenaz; mi espíritu se aterra,
y en vano busca el insoluble arcano
tras de el que en pos, el pensamiento humano,
riñe consigo mismo cruda guerra.
¡Dios! ¡Un tiempo tirano de la tierra!
¡Terrible agitador del Occeano
que sumerge azotándola inhumano
la pobre nave que en su seno encierra!
Mas nó; los elementos obedecen
sólo una ley, y ante ella, cual el suelo,
los infinitos mundos se estremecen.
Mintió quien en tu sér forjó su anhelo...
--Mas... ¿por qué mis pestañas se humedecen
al levantar los ojos hácia el cielo?
SOMBRA EN LA LUZ.
I.
A mi ruego tenaz por fin rendida,
ella, oculta en la sombra, me esperaba,
y yo, de orgullo y gozo el alma henchida,
buscándola, en la sombra caminaba.
Sólo la tibia luz de las estrellas
mis pasos alumbraba:
su pálido fulgor me parecia
aún más alegre que la luz del dia.
II.
Al dejarla, sus tintas de oro y grana
esparcia en el cielo la mañana,
y cuando el sol se alzó en el horizonte,
pensando en la victoria
que al dulce amor debia,
yo no sé qué sentia
que en medio del recuerdo de mi gloria
triste la luz del sol me parecia.
Á CÁRLOS COELLO.
NOSCE TE IPSUM.
¡Rey de la creacion, hombre! Despierta.
Sál del letargo en que sumido vives,
abre una vez á la verdad tus ojos,
si á resistir su luz tu vista acierta.
Despierta contemplando los despojos
de tu pobre grandeza,
mezquino sueño de tu sér soberbio.
Despierta con presteza,
baja del trono de oropel y harapos
que rico solio en tu locura crees.
Suelta el cetro de caña con que riges
el engañoso mundo que posees,
y sombras vanas con afan diriges.
Deja caer la máscara arrogante
con que encubres tu bajo pensamiento
de bien y de grandeza vergonzante.
Hipócrita insensato,
que de soberbia en insondable abismo,
en tu loco arrebato
te mientes la grandeza áun á tí mismo.
* * * * *
¡Ah! no es ciego extravío
la fuerza poderosa que arrebata
la templada razon, y se apodera
del pensamiento mio.
Nó; no es la duda ni la envidia artera,
no es la fiera afliccion de la amargura,
ni el débil grito del herido esclavo.
La envidia mata, si la duda altera,
la amargura tan sólo el llanto funde,
la cobardía besa al que la azota.
Yo vivo y pienso, y, al error atento,
del tirano el poder no me confunde
ni doblego á su antojo el pensamiento;
pues sé que ante la voz conmovedora
de la santa verdad, en su flaqueza
caerán, sobre su asiento mal seguros,
como de Jericó los anchos muros,
sus sueños, su poder y su grandeza.
Y esa verdad sus alas me ha prestado,
á su cielo de luz me ha conducido,
y ora desesperado,
ora preocupado ó divertido,
al ver el hombre desde allí he llorado,
y volviendo á mirarle, me he reido.
* * * * *
Envidia ó egoismo; ese es el hombre
por más que luche en disfrazar su anhelo
con un hermoso nombre.
Llama amor al deseo disoluto
á que rinden tributo,
sin la inmunda torpeza á que él se entrega,
el ave, el pez, el bruto,
la misma flor inmóvil que despliega
su cáliz á la brisa y al rocío.
Llama ambicion á la locura ciega
que tenaz le persigue hasta en sus sueños
sin que olvido ó reposo se demande,
no por ser él más grande,
sino por ver á los demás pequeños.
Llama equidad á la ruïn codicia,
llama heroismo al crímen más sangriento,
saber á la malicia,
redencion al tormento,
y á la venganza bárbara, justicia.
Ciencia al enmarañado laberinto
en que su limitada inteligencia
se pierde errante sin hallar salida;
alma á su ciego instinto,
al vil temor prudencia,
fé al fanatismo ciego,
ley al hierro homicida,
y á la inaccion estúpida, sosiego.
Caridad á la dádiva avarienta,
migaja de su mesa suntüosa,
que presta, haciendo cuenta
de recobrar crecida
de la mano potente y dadivosa
de un Dios que se ha forjado en otra vida.
Y se cree un sér grande porque siente
afectos que orgulloso diviniza,
cuando acaso los miente.
¡Amor de patria! dice, imaginando
que es privilegio la atraccion sagrada
que hace al ave viajera
amar á la enramada
donde elevó su voz por vez primera,
donde pasó el estío,
donde vuelve á anidar la primavera.
¡Razon! exclama con acento grave,
y áun blanquean al sol en la llanura
las osamentas de cien mil soldados
que asesinó su bárbara locura;
el paso de la fiera muchedumbre
áun destroza la miés de la campiña,
y cadáveres mil ensangrentados
alimentan las aves de rapiña.
¡Arte!... Tal vez tan sólo ese deseo
es en él verdadero y grande y puro...
Tal vez... Mas, ese mismo sentimiento,
¿no es acaso el altivo desvarío
de hallar de Dios el ignorado asiento,
adivinar su imágen escondida,
sorprender su existencia en un momento,
y robarle el secreto de la vida?
LA VUELTA.
--Cuando tras tanto penar
llegas, cubierto de gloria,
á gozar de la victoria
al amor de nuestro hogar,
dime: ¿Qué negro pesar
turba, hermano, tu alegría?
¿Qué negra melancolía
te entristece á nuestro lado?
--¡Ay, Julián! ¡Que me ha olvidado
la mujer que yo quería!
--Hijo, ¿y por eso abatido
al dolor te rindes ciego?
¿Perdiste el valor y el fuego
con la sangre que has perdido?
¿Lloras?... Mas dime, ¿qué ha sido
del valor que yo sentia
cuando tus cartas leía
ansioso y entusiasmado?
--¡Ay, padre! ¡Es que me ha olvidado
la mujer que yo quería!
--Hijo: tu dolor me mata,
ven y reposa en mi seno,
de amor para tí está lleno,
en él tu llanto desata,
¿Qué te importa si una ingrata
de sus brazos te desvía?
Toda es tuya el alma mia,
reposa en mí confiado.
--¡Ay, madre! ¡Que me ha olvidado
la mujer que yo quería!
¡REBELDÍA!