Voz de queja...--La Europa salvaje.--El orígen de la
revolución.--Aumento de los ejércitos.--El anarquismo.--Los ciegos
en Roma, guiando á los ciegos.--Nuestro abandono.--El poder que nos
resta.
Hace pocos años, que con un realismo verdadero se publicó una obra
titulada _La Europa salvaje_.
Para justificar el título se fijaba su autor en el espectáculo de la
corrupción y de los crímenes que ofrecen las ciudades populosas, y en el
abandono en que se hallan en todas partes las clases menesterosas, los
trabajadores de las fábricas, el pueblo; y en la explotación que se hace
en los talleres de las jovenes y de los niños, sujetos á un trabajo
superior á veces á sus fuerzas y sin educación moral, ni instrucción
religiosa no pueden menos de caer en la más abyecta inmoralidad.
Si á esos cuadros horrorosos se unen los que presentan el agiotaje en
los negocios, el soborno de los magistrados y la farsa de las costumbres
políticas, tendremos un fiel retrato de las sociedades cultas que, por
el refinamiento de los vicios, la sed del oro, el olvido de la religión,
de la moral y de la justicia, tienen bastante semejanza con las tribus
salvajes entre las cuales se ven los más brutales egoismos.
Pero esas tribus, enmedio de sus instintos salvajes, no abandonan á sus
amigas cuando por las contrarias son acometidas; lo cual prueba, que
existe entre ellas algún respeto á lo que pudiéramos llamar su derecho
de gentes.
La etnografía de la diplomacia europea nos da á conocer que ella misma
se ha colocado detrás de los pueblos más bárbaros, y en este sentido,
podemos decir que es _ultra-salvaje_.
Europa, en el estado en que se halla, dirán algunos, no podía obrar de
otro modo, ni impedir la cruel agresión de los Estados-Unidos.
Es verdad, y esto es lo que vamos á demostrar para que se conozca el
valor que tienen las quejas de España.
* * * * *
Cuando al amparo de la Iglesia se formaron las naciones europeas, éstas
se inspiraban en los preceptos de la justicia y de la equidad universal;
y entonces nació ese admirable derecho de gentes que rigió á toda la
Cristiandad, y del cual era árbitro y Juez supremo el soberano
Pontífice, que hablando á los reyes y á los pueblos en nombre de Dios,
de la obediencia y de la fidelidad debidas, llevaba la justicia y la paz
á los tronos de los más poderosos monarcas y á los humildes hogares de
las aldeas; pero llegó una época luctuosa en la historia de las naciones
de Europa, y en ella se negó la obediencia al Pontífice, se secularizó
la política, y se habló á los pueblos en nombre de la libertad y del
progreso; y entonces se formaron en el seno de la Europa cristiana esas
tempestades sociales y religiosas que llamamos las revoluciones;
fenómeno singular y nuevo en la historia de la civilización, y contra
el cual es impotente la diplomacia.
En Grecia se sublevan los ilotas, los plebeyos de Roma se retiran al
Aventino, los Circunceliones en los primeros siglos de nuestra Era y los
pobres de Lyón después, recorren las comarcas y devastan los pueblos;
pero todos esos movimientos sociales no son la Revolución, sino la lucha
del espíritu de rebeldía y de las pasiones que dominan á los hombres:
_la revolución es la negación y el desprecio de toda autoridad legítima
ordenada por Dios_.
En la revolución entran como partes principales, la herejía, la
injusticia, la ambición y el egoismo humano.
Antes del protestantismo, las herejías tuvieron carácter particular,
negando unas un dogma, otras otro; pero el libre examen de la reforma se
opuso en primer término á la autoridad de la Iglesia, fundamento de
todos los dogmas; y por esta razón, cuando el libre examen se aplicó á
la sociedad, nacieron esas luchas de los pueblos contra los soberanos, y
de éstos contra sus pueblos; luchas inspiradas por las nuevas doctrinas
y sostenidas por el derecho que cada parte se atribuía para que
prevalecieran sus ideas y el sistema de gobierno que se proponían; y
esto es lo que forma el espíritu de la revolución y sus obras
perturbadoras.
En Alemania, donde primero se separaron los pueblos de la Iglesia, no
tuvo la Revolución un carácter general por los distintos principados en
que estaba dividida; mas en Inglaterra, el movimiento revolucionario se
generaliza, y se encuentra con un rey y lo decapita; lo mismo hace
después en Francia, donde halla un trono trece veces secular y lo hecha
por tierra, llevando á la guillotina al infortunado Luis XVI; como en
España destierra á Isabel II, rompe la unidad católica y concede la
libertad de blasfemar de Dios.
En presencia del espíritu revolucionario, los reyes sintieron vacilar
sus tronos, y no teniendo base firme en que apoyarse, transigen con la
Revolución, aceptando algunos de sus principios y pactando con sus
súbditos la clase de libertades que habían de gozar; y entonces se
formaron las constituciones más ó menos liberales y revolucionarias;
pero como ni los reyes separados de la fuente de la justicia podían ser
justos, ni los pueblos leales, continúa la lucha de los reyes contra la
exigencia y rebeldía de los pueblos, y la de éstos contra las
injusticias y el despotismo de los reyes; entonces todos los gobiernos,
para defenderse, empezaron á aumentar sus ejércitos.
Con la paz armada, no se pueden contentar los hombres; porque por un
lado es insostenible á causa de los gastos que origina, y por el otro,
no sirve para acabar con las ambiciones de los hombres, ni tampoco hace
más justos y benéficos á los gobiernos.
* * * * *
Los gritos de la revolución, se han venido acallando con la fuerza y las
concesiones por algún tiempo, pero ya los verdaderos amigos de la
revolución se han cansado de esperar su triunfo completo en todos los
órdenes y para todos los ciudadanos, y no quieren libertades á medias,
ni que unos se sienten á la mesa opípara del presupuesto y otros no
tengan ni migajas que comer; ni tampoco quieren que unos trabajen hasta
ser víctimas de su desgraciada suerte, y otros no tengan más que pensar
en nuevas comodidades y en placeres nuevos; y como no ven en lo humano
razón alguna para esta espantosa desigualdad, y no han aprendido la
resignación cristiana, en el paroxismo de su despecho y amargura han
declarado la guerra á los ricos y á los burgueses, á los gobiernos y á
la sociedad, y levantan, llenos de envidia y de furor, la negra bandera
de la _Anarquía_.
Siendo el anarquismo un desarrollo procaz de la Revolución, no se puede
combatir con éxito, sino acabando con ella, es decir, dejando de ser
revolucionarios los gobiernos, para que en los pueblos desaparezca la
Revolución.
* * * * *
Los representantes de los gobiernos europeos se reunieron en Roma para
tomar acuerdos radicales contra los anarquistas.
Nos parece bien que se castigue con rigor á todos los criminales de
cualquier clase y condición que sean: pero ¿por qué no se han castigado
antes los delitos políticos y las usurpaciones realizadas en nombre del
derecho nuevo y de la unidad de las naciones?
Por esta razón, y porque nunca han sido buenos jueces los delincuentes y
usurpadores, no había que esperar de esa asamblea ningún buen resultado.
La primera grave falta cometida por los gobiernos, fué la de elegir á
Roma para el mencionado congreso.
Cualquiera otra capital hubiera ofrecido menos inconvenientes; pero la
capital del orbe católico, donde se halla el romano Pontífice despojado
de su poder temporal contra toda justicia, derecho y conveniencia, no es
apropósito para que se condenaran allí los crímenes de los hijos de la
Revolución, en presencia de su víctima soberana.
Los gobiernos, movidos sólo por el interés de su propia conservación y
por la necesidad de defender á las sociedades del nuevo enemigo,
hicieron todos los esfuerzos imaginables, que no pueden menos de
resultar insuficientes, porque desconocen la raíz del mal y el remedio
oportuno.
Sin duda, en la ciudad del Lacio, para designar el lugar de la reunión y
su objeto, pondrían este rótulo:
_Adversum anarquistas conventus._
Y también pudo suceder, que otro moderno y atrevido Pasquín, conociendo
á los congresistas y lo que había de resultar de sus acuerdos, lo
rectificara con este otro:
_Cœci cumt, et duces cœcorum._
Nosotros, desde lo bajo de nuestra pequeñez é ignorancia, nos hubiéramos
atrevido á decir á esas majestades, altezas y señorías representadas en
Roma; que si en verdad querían matar el anarquismo, sin exterminar á los
anarquistas, practicaran este nuestro consejo:
Czares, Emperadores, Reyes, Presidentes de las Repúblicas, Príncipes y
Duques, mandad á vuestros representantes que abandonen el lugar del
Congreso, y presididos por el más anciano y respetable de ellos, se
dirijan todos juntos al Vaticano, donde está depositada la luz del
Cielo, y allí, ante el trono más augusto de la tierra, postrados á los
piés del Soberano Pontífice, diga el que preside:
SANTÍSIMO PADRE: Los soberanos de Europa, á quienes hemos venido á
representar en las conferencias contra el anarquismo, nos han ordenado
oficialmente que nos presentemos á vuestra Santidad declarando:
Que al fin han comprendido la inutilidad de todos los esfuerzos que
hagan contra los anarquistas sin la guía y cooperación de la Iglesia
Católica, única que en nombre de Dios puede dar la paz á los hombres y á
las Naciones.
Reconocen también que una Encíclica de vuestra Santidad, aceptada
benévola y fielmente por los gobiernos y los pueblos, puede producir por
las luces de la verdad y el bálsamo de la caridad que brotan de la mente
y del corazón del mejor de los padres, mayores bienes y más felices
resultados que todos los decretos de los reyes más poderosos y
respetables.
SANTÍSIMO PADRE: Los gobiernos que representamos, me ordenan que haga
confesión de sus culpas ante el sucesor de San Pedro: ellos se
arrepienten de todas las iniquidades que han cometido y de los despojos
inícuos é inmensos latrocinios que han sancionado; y conocen ya
claramente, que toda hostilidad que se hace á la Iglesia de Dios y toda
oposición á sus enseñanzas infalibles, se convierten en guerras entre
los hombres y llenan de tinieblas al mundo.
La última orden secreta que hemos recibido, la acabamos de cumplir,
intimando en nombre de la Europa cristiana al usurpador de Roma, al rey
excomulgado Humberto I de Saboya, que en breve plazo abandone esta
ciudad y elija otra capital, entre las muchas de Italia, porque nuestros
gobiernos se han persuadido hasta la evidencia, de que _mientras el Hijo
de Victor Manuel esté en Roma, el anarquismo estará en todas las
naciones_....
* * * * *
¡Pobre y desventurada España! Tú que habías puesto el mayor empeño en
asemejarte á esa Europa en la libertad, en el progreso y en la
civilización, ya conoces, por lamentable experiencia, lo que puedes
esperar de ella en tanto no realice ese acto de reparación y de justicia
que hemos imaginado.
Después de la gran iniquidad y del robo sacrílego, triunfante y
subsistente, cometido contra el Principado civil y la libertad del
Romano Pontífice, ¿no había en toda la redondez de la tierra otros
Estados que pudieran ser objeto de un nuevo latrocinio, más que nuestra
infeliz España?
¿No hay otras naciones débiles, con ricas posesiones codiciadas por los
fuertes?
¿No existen imperios infieles, bárbaros y tiránicos que conquistar y
civilizar?
¿Por qué el humanitarismo de los Estados-Unidos y su poder colosal,
representante del progreso moderno, se ha levantado contra España para
despojarla de sus ricas colonias y hundirla en el mayor abatimiento?
No busquemos la contestación á estas preguntas en los cálculos humanos,
ni en los secretos de los gabinetes diplomáticos, ni siquiera en los
antros de la masonería cosmopolita.
Todos los poderes del infierno y todas las potestades de la tierra y
todas las cábalas de la ambición, no hubieran podido arrebatar á España
un islote, ni domeñar por un instante la bravura del león castellano, si
España no se hubiera hecho digna de que Dios la abandonara.
Antes que ella, otra nación, que también tuvo reyes santos, fué
destrozada por sus enemigos; y España es más culpable que lo fué
Polonia, porque ha recibido mayores beneficios y fué más fuerte que
Cartago, más grande que Roma, más fiel que la Francia de Carlos-Magno, y
fué vencedora de Napoleón; pero ha sido más ingrata y desleal que
Inglaterra y que la misma Italia, porque había salvado su unidad
religiosa de todos los peligros y la sacrificó al imperio de la
Revolución, después de reconocer el sacrílego reino italiano.
Si el más obligado por los títulos de la justicia, de la piedad y del
honor á defender al inocente le abandona, es más culpable que todos; y
esto ha hecho España, y con razón podemos decir, que por su aquiescencia
ha triunfado en el mundo la Revolución, cuando se entronizó en Roma.
Ahora España lamenta sus culpas tardíamente al tocar el abandono en que
Europa la ha dejado, semejante al abandono en que ella dejó al Romano
Pontífice.
* * * * *
Nadie duda de que es grande el poder de los hombres; ellos perforan las
montañas, allanan los valles, cruzan los mares con la velocidad de los
vientos, encadenan los rayos de las tempestades y hacen que la luz
estampe en las cartulinas las maravillas de la creación; pero no pueden
suspender ni variar las leyes naturales, que son superiores al poder de
todos.
En el orden moral, los límites del poder humano son más extensos: pueden
los hombres despreciar la religión, conculcar la justicia, desconocer el
derecho, interrumpir la paz, y en el santuario de las leyes proclamar el
imperio de la fuerza bruta, del ateismo y de la Revolución: pero también
tienen potestad para venerar la religión, restablecer la justicia,
constituir el derecho, determinar las leyes, enaltecer la fuerza moral,
vencer la Revolución y condenar el absurdo ateismo; haciendo que reine
en el universo la fraternidad cristiana, la igualdad y la libertad
verdaderas, heraldos de la civilización y de la gloria del Salvador de
los hombres.