Voz de desolación...--Las ruinas de un imperio.--La decadencia de
una nación.--La fatalidad y el progreso. No hay efecto sin
causa.--El fin de la guerra.--Consummatum est.
_¿Qué resta de mi ayer? No más que el llanto._
_Á mi a afligido espíritu conviene._
Así, en nombre de España, y á la vista de los estragos que había sufrido
en la guerra de la Independencia, hablaba un poeta nuestro en una
célebre elegía.
Si hoy viviera, es seguro, que no tomaría en sus manos la triste lira
para entonar endechas con motivo de la mayor desolación que ha visto
nuestra patria.
Es tan luctuosa, que más que el llanto le conviene el silencio.
* * * * *
Más de una vez, no hallando al presente nuestro amor patrio nada que
pueda satisfacerlo, hemos abierto antiguos mapas para ver siquiera en
las cartulinas la grandeza que tuvo el imperio español.
Los Países Bajos, el Franco Condado, Nápoles, Milán, Sicilia, Portugal,
etc., en Europa; en Africa, Orán y otras plazas fuertes; parte de
Borneo, Filipinas y otros archipiélagos en la Occeanía; y en América
fueron tan extensos nuestros dominios, cual correspondía á la afortunada
nación, que la sacara del fondo de los mares.
De tan grande imperio, como de un hermoso palacio arrasado por un
ciclón, no quedan ya para España más que las ruínas.
* * * * *
Siempre son sensibles para los hombres las pérdidas materiales, pero las
sienten más cuando por sus faltas se ven privados de sus bienes; porque
entonces reconocen su ignorancia ó negligencia para la buena gestión de
sus asuntos; lo cual es signo de decadencia moral.
Un noble, que ha sido privado de la mayor parte de su patrimonio por un
latrocinio irresistible, no es un degenerado; pero si no hizo la defensa
necesaria, ó sus mayordomos le dilapidaron sus bienes por su incuria, ó
los malgastó en orgías con sus amigos, entonces no sólo es completa su
decadencia, sino que además quedan manchados sus blasones por la falta
de valor, de inteligencia y de sentido moral que manifiesta.
España es una imagen de ese noble; ella, por los crímenes de los
extraños, por las faltas de sus gobiernos y las de sus hijos, acaba de
perder cuantiosos bienes, y lo que era más estimable, los timbres de su
nobleza y la honrosa fama de su gloriosa historia: por esto yace
sumergida en la más profunda desolación.
* * * * *
Para muchos, las vicisitudes por las cuales atraviesan las naciones y
que se ven lo mismo en las familias, hoy opulentas y que mañana vivirán
en la miseria, son inevitables; porque cierta fatalidad acompaña á las
cosas humanas en el mundo.
Para nosotros no existe la fatalidad, ni entre los turcos, los cuales si
la admiten como consecuencia de su falso sistema religioso, la rechazan
en la práctica, y lo mismo en Constantinopla que en Teheran luchan por
evitar la completa decadencia del imperio otomano.
Es muy digno de notarse, que los mismos que en las desgracias apelan á
la fatalidad, para considerarlas necesarias y sentirlas menos, son los
que más creen en las leyes del progreso moderno.
¿Pero qué es? ¿En qué consiste? ¿Cómo no alcanzan todas las naciones que
lo desean ese decantado progreso?
Nuestra patria, por entrar en las vías de los adelantos del siglo, se
declaró enemiga de sus tradiciones, y al presente, ni posee la grandeza
moral é intelectual de sus antepasados, ni ha conseguido la vida
exuberante que en lo político y en lo material tienen otras naciones.
Excepcionales é injustas deben ser las leyes del progreso, cuando los
pueblos que gozan de él son moralmente bárbaros é inhumanos; y aquellos
otros que no han obtenido sus privilegios, se hallan, cual moribundos
próximos á la muerte, y expuestos á ver, como España, su ruína y el
engrandecimiento de sus enemigos.
* * * * *
Es necesario apelar á los principios de la filosofía y de la razón para
conocer con claridad lo que los hombres confunden por sus pasiones é
intereses.
No pocos atribuyen la pérdida de nuestras colonias á los frailes y á no
haberles dado en tiempo oportuno todas las reformas políticas que
reclamaban.
Como no hay efectos sin causas proporcionadas, veamos si esas han sido ó
nó las verdaderas.
Hablando de Filipinas nuestro patricio, señor Escosura, que estuvo allí
muchos años y conocía bien á los naturales, dice: _ese vasto
archipiélago, cuya importancia es inmensa, sólo lo enlaza, une y asegura
á la Metrópoli el lazo, la fuerza y el vínculo de los frailes_.
Ayala, siendo ministro de Ultramar, en 1871, dijo:
«Si por imprevisión é imprudencia y por el culto exajerado que en épocas
dadas alcanzan ciertas ideas, nos trajesen á tanta desventura, que
España amaneciese un día desposeída de sus provincias de Ultramar,
veríais inmediatamente y casi anulada nuestra marina, tristes y
desiertas nuestras costas, sin expansión ni esperanza nuestro comercio,
amenguada nuestra importancia en el mundo, y la nación entera bajo el
peso del abatimiento.»
«¿Y quién duda, _que todos los principios, que todos los derechos
políticos_, cuya conquista en la Metrópoli hubiera coincidido con esta
inmensa tragedia, quedarían para siempre _marcados con el sello del
infortunio ignominioso_?»
Notable fué esta predicción, que por desgracia se ha cumplido, y cada
año se notarán más los efectos.
En este particular, está dicha la última palabra por hombres tan
competentes: los que cortaron _el lazo, la fuerza y el vínculo de los
frailes_, que _enlazaba, unía y aseguraba_ á la Metrópoli el
Archipiélago, esos son los causantes de su pérdida, como los demás que
han aplicado _los principios_ y los _derechos políticos_ que ahora y
para siempre _quedan marcados con el sello del infortunio ignominioso_.
* * * * *
¿Qué diría el mismo Ayala, que aunque liberal, conservaba no poco del
carácter español, si hubiera visto que además de los principios y de los
derechos políticos, iban á quedar marcados con el sello de la ignominia
todos sus colegas?
Como todo tiene término en este mundo, había también de tener su fin la
guerra, que nos hacían los americanos, y, para nuestra mayor desventura,
él fué el que agravó nuestros males.
El gobierno de Sagasta pidió la paz, sin tener ninguna garantía de la
magnanimidad de los Estados-Unidos, y firma un Protocolo que resultó un
lazo echado al cuello.
Si por el art. 1.º debía renunciar España á su soberanía en Cuba, por el
art. 2.º cede Puerto Rico á los Estados-Unidos por gastos de guerra; y
por el 3.º sólo se estipula la cesión de una de las islas Marianas y la
ocupación temporal de Manila con el famoso _controle_ sobre el
Archipiélago.
Las conferencias de París, demostraron la terrible ambición de los
norteamericanos y la degeneración de los delegados españoles, que nunca,
contra el parecer de la nación y de toda Europa, debieron consentir el
injusto despojo, contrario al derecho y á la sinceridad de los tratados.
Convenir en que los Estados-Unidos adquieran las Filipinas por una
compensación de 20 millones de dollars, fué el colmo de la debilidad,
que los españoles de otros tiempos jamás hubieran tenido.
Ante la felonía de nuestros enemigos, no quedaba otro recurso que el de
la protesta, interrumpiendo las negociaciones, y que Europa hubiera sido
el árbitro de nuestra causa: todo antes que la deshonra.
Pero el gobierno lo entendió de otro modo; y como no supo defender el
territorio, tampoco tuvo valor para salvar la honra de España, y dió
ocasión para que le atribuyeran todos los crímenes que se pueden
imputar á los hombres sin abnegación y sin carácter.
* * * * *
Los Estados-Unidos no han sido los autores, pero sí han proclamado en
París el moderno derecho internacional: el _vae victis_ de los antiguos.
Bien merecía el cerebro de Europa presenciar esta afrenta hecha á la
civilización cristiana.
_El crímen de este siglo_, que empezó por el acto _humanitario_ de la
liberación de Cuba (que no se verá libre del dominio de los _yanquis_)
había de ocasionar á España desgracias imponderables, el sacrificio de
miles de millones, y lo que es más sensible, la muerte de tantos
españoles y el cautiverio infelicísimo de millares de soldados que por
otra guerra criminal, sufren en Filipinas privaciones indecibles:
debiéndose agregar á todo esto el desprestigio y la humillación en que
ha quedado España; cargada, por último, con una deuda espantosa,
impuesta en parte por sus enemigos.
Al ponerse el sello á esta obra de grande iniquidad, exclamó el Sr.
Montero Rios, según dijeron los telegramas: _consummatum est_; y en
efecto, llegaron á su colmo las desventuras de nuestra patria; se ven
arruinados innumerables españoles, otros que vuelven como esqueletos, y
el mar queda cubierto de cadáveres, y no hay familia que no tenga que
sentir dolor: ya por la desolación, ya por la muerte.
Lloremos duelo tanto:
¿Quién calmará ¡oh España! tus pesares?
¿Quién secará tu llanto?
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V
Voz de aflicción...--Males sin remedio.--Culpas de antaño,
remordimientos de ogaño y notabilidades obscurecidas.--Continuamos
lo mismo.--Todo ha fracasado.--El árbol maldito.--Una esperanza.
Tan aflictivas habían de ser para nuestra patria las consecuencias de la
guerra, como fueron sus procedimientos y sus principios.
Después de una paz leonina, nos hemos quedado sin las Antillas y sin las
mil quinientas islas del Archipiélago magallánico, y al presente, no
sólo estamos conformes con nuestras inmensas desgracias, sino que casi
casi nos alegramos de ellas, aunque nunca imaginamos que serían tan
grandes.
Nosotros, que hemos amado siempre desde el primer horizonte que al nacer
vimos en nuestra patria, hasta la última isla del remoto Océano, en que
flotaba la bandera española, como fiel testigo de la grandiosa herencia
que nos dejaron nuestros antepasados; y hemos sentido la destrucción de
las escuadras y los reveses del ejército, ahora estamos, si nó alegres,
á lo menos insensibles ante la desmembración y la deshonra de la
patria.
¿Cómo se ha obrado en nosotros tan notable cambio?
Se ha realizado, porque nos hemos convencido de que el imperio que se
dió á la lealtad y á la fe, no le podían conservar la incredulidad y la
rebeldía, ni ser patrimonio de la indiferencia, lo que fué rico premio
de la constancia: y hemos visto también, que la pesada mole de un
edificio, creada sobre las espaldas robustas de hombres gigantes, no
podía ser sostenida por miserables pigmeos; y en fin, porque es cierto,
que el honor y la gloria que acompañan á la soberanía legítima sobre las
naciones y los pueblos arrancados á la ignorancia y á la barbarie, y
civilizados por la religión y las leyes justas, no debían brillar en la
frente de los gobernantes que se han degradado por sus bastardas
ambiciones y están manchados por sus delitos.
El que es Soberano del universo, quita á los servidores inútiles los
talentos que les había dado y los entrega á otros para que negocien con
ellos; y del mismo modo traslada los reinos de la tierra de unos á otros
pueblos; y _el reino, nación ó poder que no le sirva_, PERECERÁ.
* * * * *
Ahora sienten muchos que hayamos tenido colonias, porque por ellas nos
han venido tantas calamidades. ¡Como si pudieran quejarse los hijos de
la rica y noble herencia que les dejaron sus padres, porque no han
sabido guardar la una, ni ser fieles á la otra!
Por más de tres siglos hemos poseído pacíficamente nuestras colonias, y
con más prosperidad y adelantos que las de otras naciones; si las
acabamos de perder con tantos daños de vidas y haciendas y hasta del
honor patrio, no se atribuyan estas desdichas al haber sido España una
nación colonial, sino al régimen funesto que se entronizó en ella en el
segundo tercio de este siglo, y á los gobiernos sectarios é inmorales
que han venido corrompiendo y arruinando la peninsula, á la vez que por
sus representantes llevaban los gérmenes de las divisiones, sectas
impías y malos ejemplos á las colonias, donde siendo, como es natural,
más débiles los vínculos del patriotismo y de la autoridad, se habían de
romper de un modo cruento al violentarlos nuestros enemigos.
¡Qué grandes responsabilidades han contraído ante Dios y ante la patria,
los que por sus culpas y desaciertos perdieron nuestras colonias!
¡Qué delito de lesa nación han venido cometiendo las autoridades y los
españoles que llevaron á las colonias la masonería y fomentado en ellas
la inmoralidad y el desprecio de la España católica!
Si es cierto, como es notorio que algunos generales y gobernadores se
condujeron como masones en Ultramar, y allí, por sí ó por otros, han
favorecido las logias de donde brotaron las insurrecciones ¿qué
tormentos no sufrirán al presente?
Debieron saber esos infelices, que el fuego de la discordia abrasa más
que el de un horno ardiendo, pues éste no quema sino lo que en él se
arroja, y el otro se extiende hasta consumir los más grandes imperios.
Á la vergüenza y al dolor presentes, se unirán los anatemas de la
historia para todos los culpables.
Y por mucho que se esfuercen en acallar los remordimientos de la
conciencia disculpando sus faltas pasadas con las especiosas razones de
los males inevitables, nunca podrán impedir que la historia diga á las
futuras generaciones: que en el siglo del liberalismo llegó España á la
mayor postración y á perder sin verdaderos combates casi la mitad de su
territorio; y que tuvo que repatriar un ejército de 200.000 hombres; y
que sucumbió su marina, puesta al alcance de los enemigos, como la presa
destinada á saciar el hambre de las fieras; y que gastó muchos miles de
millones sin fruto y sin haber siquiera alimentado bien á los que la
defendían; y que todo esto sucedió cuando un gran masón y liberal cínico
era presidente del gobierno de la católica España....
Y añadirá: que en esta obra de la desmembración y de la deshonra de
España, le ayudaron otros masones y conspícuos liberales que le
precedieron y acompañaron en la gobernación del Estado.
Esos hombres funestos para España, fueron, entre otros, Moret y
Beranger, Blanco y Primo de Rivera, Romero Robledo y Montero Ríos,
Castelar y Silvela, Martínez Campos y Cánovas del Castillo; éste
restaurador civil y el otro militar de la dinastía, que presencia el
despojo y la ruína de la nación: y que formaban el ministerio que fué á
la guerra y que pidió la paz _á todo trance_; hombres tan notables como
Gamazo y Correa, Romero Girón y Groizard, Puigcerver y el duque de
Almodóvar, Capdepón y Auñón: y que estas notabilidades consumaron la
obra antipatriótica que había venido preparando el liberalismo auxiliado
de la masonería.
Así como á los hombres que fundan un imperio, engrandecen su nación ó
con su heroísmo la libran de sus enemigos, se han levantado en todos los
tiempos, trofeos, erigido estátuas ó escrito sus nombres en letras de
oro sobre los mármoles y los bronces, la historia no tendrá más que
páginas amargas y negra tinta para escribir los nombres de aquellos que,
salvando los buenos propósitos de algunos, han contribuído á la ruína de
la rica, noble y fiel España.
Los nombres de todos los que, durante este siglo han faltado á sus
juramentos de fidelidad, hecho traición á la patria, entregándola
indefensa al poder de sus enemigos, se podrán escribir como epitafio en
el sepulcro de las grandezas españolas.
¡Cuán triste es la realidad!
La mayoría de los españoles siguen viviendo como si nada hubiera pasado,
como si la patria no se hallase en la crisis más espantosa, como si
muchos de ellos no resultaran culpables de los tremendos castigos que
hemos experimentado y de la expiación terrible que sobre nosotros pesa.
Algunos creen que las causas de tantos males sólo tienen ya un interés
histórico; y no falta buen número, que por el estado de perversión y
falta de sentido moral, no se conmueven por las públicas desgracias;
aunque éstas se presentaran á su vista, formando por su magnitud y
variedad una montaña tan elevada como los picos del Himalaya.
Aquí, ó no se preveían los peligros, ó no existía el patriotismo
suficiente para evitarlos; antes como ahora, no se cuidan los
gobernantes y los que aspiran á serlo, más que de las intrigas y de los
pugilatos para seguir la obra funestísima de la política de los
partidos.
Por el contrario, no considerando moralmente el proceder de nuestros
enemigos, es preciso reconocer, que han hecho una barbaridad; pero que
la han realizado con admirable astucia y prudencia consumada, según el
espíritu del mundo; así es, que antes de la guerra, durante la misma, y
después, se ha visto España como el león, cogido en un fuerte lazo, del
que no ha podido librarse sino perdiendo hasta su natural fiereza.
* * * * *
Dejando aparte la intervención que la masonería haya tenido en nuestras
innumerables desgracias, hay motivos suficientes para atribuir grandes
responsabilidades á los gobiernos, á los políticos, á la prensa, á
muchos particulares y principalmente al régimen parlamentario.
Á los gobiernos, por sus imprevisiones culpables y notorios desaciertos,
y por venir sacrificando la justicia y los intereses de la nación á sus
miras personales y al favor de sus amigos y partidarios.
Con frecuencia se venían cometiendo desfalcos é irregularidades en la
administración pública y en los servicios del Estado, y no han puesto
remedio alguno, ni se ha visto el castigo de los prevaricadores.
Los políticos españoles no han hecho más que parlamentar y enmendarse
unos á otros la plana, sin llegar ninguno á escribirla bien: y lo mismo
ha hecho la prensa de grande y de pequeña circulación; pues si alguna
vez ha clamado contra las inmoralidades y pedido el juicio de residencia
para algunos gobernadores de Ultramar, cesaba en sus campañas
patrióticas, cuando no le producían beneficios ó veía encumbrados á los
personajes que antes consideraba dignos de graves censuras y de penas
graves.
Mientras que los particulares gozaban de los favores de la política y
del caciquismo, no han visto con malos ojos lo que había de redundar en
daño para la nación; y por esto resultan culpables de complicidad en el
régimen, que ha originado tantos males y ruínas como se revelan en el
estado presente.
Se puede, por lo tanto, asegurar: que en nuestra patria han fracasado
todos los gobiernos liberales, los políticos y su política, la prensa
callejera y la de los gabinetes, los particulares que defraudan á la
Hacienda, queriendo vivir de ella; y ha fracasado también el régimen de
la opinión y el sistema parlamentario, productores de tanta corrupción y
del abatimiento nacional: aquí ha fracasado todo, menos el espíritu de
España.
* * * * *
Por la falta de patriotismo y de amor al bien común, no se ha querido,
ni aún se quiere comprender, que la raíz de todos los males que sufre
España, se encuentra en el abominable empeño de regirla y gobernarla con
los principios y las doctrinas por la Iglesia condenados.
¿Qué frutos puede dar un árbol maldito?
El liberalismo, que ha penetrado hasta en las costumbres del pueblo
español, es ese árbol cuyos frutos de perdición nos parecen ahora tan
amargos.
Hallábase Napoleón I en el apogeo de sus glorias militares, y cuando
puso sus manos conquistadoras en los Estados de la Iglesia, fué
excomulgado por el romano Pontífice; y despreciando la excomunión
prosigue su obra; mas después llegó á conocer que su mayor falta había
sido la de no respetar al Pontífice romano.
Entre las muchas faltas cometidas por la Nación española, ha sido la más
grave, la de dejarse dominar por los errores del liberalismo, que la han
privado de todas sus grandezas, de sus energías y de sus virtudes
cívicas y religiosas; por esta causa no ha tenido ahora valor más que
para sufrir sus derrotas y le han faltado alientos para sentirlas y
llorarlas.
* * * * *
Los que miran las cosas presentes como hijas de lo pasado y creen en la
fecundidad del mal y en la eficacia de la virtud, deben reconocer con
nosotros: que en el estado en que se hallaba España, y dada su marcha
política, (que por desgracia aún no ha variado) no convenía para nuestro
mejor porvenir el triunfo en la pasada guerra.
Al fijarse en lo que acabamos de aseverar, algunos, sin razón, nos
tacharán de pesimistas ó faltos de patriotismo.
El primer efecto de la victoria, hubiera sido el consolidar las
instituciones liberales y el hacer perpétuo el turno de los partidos
con todas las consecuencias de la mayor centralización, del despotismo é
imposición de nuevos errores.
El segundo, el aumento de las ambiciones y de la corrupción que siguen á
la prosperidad en el mal, y entonces era ya inevitable la total ruína de
España; porque el triunfo no nos hubiera dado las fuerzas de los
bárbaros, ni las virtudes históricas, que ya no existen en la
generalidad; en tanto que ahora, abatidos y humillados podremos
levantarnos de nuestra postración, trabajar y hacernos dignos de nuestro
pasado y de la misión que tiene España entre las naciones civilizadas.
En apoyo de nuestro parecer, vemos lo que ha dicho _The Pall Mall
Gaccettee_: «que si España tiene valor para mirar el porvenir con calma,
su último infortunio será un beneficio en realidad.»
Y _The Globe_ añade: «que si España deja de existir como potencia
colonial, no por eso ha quedado destruída como potencia europea. Posee
cuantiosos recursos, y si sabe aprovecharse de ellos, sus desdichas
podrán ser un beneficio á pesar de las apariencias.»
* * * * *
¿Pero de qué modo podrá salir nuestra patria de la presente crisis y
volver en lo posible á su pasada grandeza?
Esto es lo que muchos preguntarán, teniendo á la vista las anteriores
consideraciones: y nosotros contestamos diciendo: España puede
levantarse de su actual postración y adquirir el puesto que le
corresponde, _empezando á ser lo que siempre debía haber sido_.
Hay hombres que parecen destinados para el trabajo y la esclavitud, y
otros que llevan en sus frentes el sello de la inteligencia y del
poderío; y lo mismo sucede con los pueblos; pero estas cualidades no
son permanentes, y cambian ó se modifican con las costumbres y las
ideas, que informan la vida de las naciones: por esta causa, un pueblo
esclavo puede llegar á ser libre, y otro libre, puede caer en la
esclavitud y sufrir la más cruel de las tiranías.
Las cualidades propias de nuestra raza, se avaloraron con el espíritu
cristiano que las ennobleció y elevó á su mayor grado de virtud y de
perfección.
La España católica no ha tenido que envidiar á ningún pueblo del
Universo el valor de sus hijos, la hidalguía de sus sentimientos, su
fidelidad á las leyes del honor, el talento de sus gobernantes, el
ingenio de sus letrados, la ciencia de sus sabios y las virtudes
públicas y privadas de sus ciudadanos.
Tampoco ha podido envidiar el imperio del mundo y las grandezas de la
tierra, porque sus hijos le dieron uno tan dilatado, y las otras tan
extraordinarias, que las hazañas de los navegantes y de los guerreros
españoles y sus conquistas, parecerían fabulosas, si no estuvieran
escritas en la historia.
Toda la política de nuestros gobernantes, se ha debido cifrar en la
conservación y en la defensa del espíritu, de la religión y el carácter
de nuestra patria, y así hubiera sido permanente la grandeza y el
dominio español y su influencia enmedio de las grandes vicisitudes
porque ha atravesado Europa y pasa el mundo.
¿Quién hubiera resistido á España, unida en la fe, llena de gloriosas
tradiciones y ejemplos heróicos, con extensos dominios y fortalecida con
todos los adelantos modernos en su marina y en sus ejércitos?
Si á la unión de los espíritus que teníamos, se hubiera agregado la
fuerza material, siempre necesaria para la defensa de grandes
territorios, del derecho y de la justicia, es seguro que España sería
al presente una de las primeras potencias del Universo.
Mas en una hora fatal, empezaron á removerse los cimientos de la
nacionalidad española, y desde entonces, los gobernantes, malos
católicos y pésimos políticos, no han cesado en su obra demoledora,
importando todos los errores y novedades de otros pueblos, que han
venido á precipitar nuestra decadencia.
Y para mayor desgracia, no se ha levantado un hombre superior que
desterrara esa política exótica, y devolviera á la Corona sus
prerrogativas, y al pueblo sus libertades, fueros y franquicias
verdaderas.
Comprendemos las inmensas dificultades que existen y que se han de
presentar para _la regeneración de España_; pero también sabemos lo que
puede hacer un hombre extraordinario en un pueblo donde el mal y la
corrupción están sólo en una clase, y no se han extendido á las otras,
sino parcialmente.
Acábese primero con los políticos de oficio, ahóguese después el
espíritu de la revolución en sus instituciones, renazca la libertad
verdadera y foméntense los intereses generales, y entonces el Jorge Monk
español, podrá dar principio á la restauración nacional.