Voz de justicia...--Causas principales.--Su naturaleza y sus
combates.--Luchas nuevas y problemas antiguos.--El progreso y la
civilización desnudos.--Los sentimientos humanitarios
desenmascarados.--La justicia salvadora.
Según las ideas en que se inspiran, las aspiraciones que tienen, los
hechos que realizan, y por ende, los méritos que contraen, reciben las
sociedades, daños ó beneficios, según el orden de la justicia que reina
sobre todos los seres morales.
Como las naciones no tienen más que la vida presente, en ésta son
premiadas con bienes temporales, ó castigadas, ya cayendo ante la
injusticia de los hombres, ya siendo azotadas por la justicia divina,
como ha sucedido á nuestra patria, por haberse apartado de los senderos
del bien.
En todo el mundo no existen más que dos causas principales, la causa de
Dios y la causa de los hombres: la primera está representada y defendida
por la Iglesia y por los fieles que le están sumisos, la segunda no
tiene institución propia y la representan los hombres libres con las
asociaciones que forman y la propagan con las fuerzas de su ingenio y de
su efímero poder.
La primera es inmortal, y transitoria la segunda: pero si la causa de
Dios no puede faltar en el mundo, se debe tener presente que no se halla
vinculada á una ú otra región, á esta ó aquella raza, es la causa de
todo el género humano y puede acabarse en unos pueblos y propagarse en
otros.
Hasta el presente, por ejemplo, la causa de Dios ha tenido su vida y su
representación propia en nuestras colonias: de aquí en adelante podrá
vivir en ellas la Iglesia católica, pero no como vive la madre entre sus
hijos.
¿Por qué se ha obrado este cambio, sino porque allí ha triunfado la
causa de los hombres?
Dios permite el triunfo de la injusticia para castigar á los pueblos que
han dejado de sostener dignamente su causa; y la Iglesia, al sufrir las
consecuencias del poder humano, se prepara para conseguir nuevas
victorias, mientras que la nación culpable es realmente castigada.
Ya la bandera de España, enarbolada por el genio de Colón, no existe en
el Nuevo Mundo, y los laureles que tremolándola alcanzaron tantos
insignes capitanes, se han marchitado; ya las hermosas bahías de la
Habana, de Puerto Rico y de Manila no reflejan los colores del pabellón
español izado sobre sus fortalezas; ya en los días de los _patronos_ de
España no será saludado con el estampido de los cañones en aquellos
mares; ya la armoniosa lengua de Castilla no dictará leyes á ambos
mundos; ya se han desprendido las mejores perlas de la rica corona de
los reyes católicos, ya la soberanía de España no existe en América ni
en la Occeanía.
* * * * *
La indiferencia con que verá el mundo ese cambio de soberanía, no
podemos tenerla nosotros, que vemos interrumpido el destino de España,
vemos las luchas de las razas y el triunfo de la fuerza contra el
derecho, que señala rumbos peligrosos á la civilización.
Había la cristiandad quitado á las guerras la ferocidad y la barbarie, y
no pudiendo evitarlas enteramente (porque habrá guerras mientras haya
hombres ambiciosos y enemigos de la paz) las había reducido á las justas
y á las de legítima defensa; y para librar á los guerreros de sus deseos
de venganza y del latrocinio, hizo de la milicia una profesión noble y
hasta religiosa. Las órdenes militares fueron en los siglos cristianos
el modelo de los ejércitos civilizados, que servían á la causa de la
justicia.
Pero ni los hombres ni los pueblos en general, quieren ya servir la
causa de Dios, y tremenda y llena de problemas difíciles se presenta la
causa de humanidad, emancipada de la Iglesia.
¿Quién obtendrá en el mundo la hegemonía?
¿Será la raza anglo-sajona, arrebatando á la latina su antigua
preeminencia?
¿Quién dominará al envejecido Oriente?
¿Cuál será el porvenir de la raza amarilla y de los pueblos infieles?
¿En el siglo XX, será el mundo católico ó presa del anarquismo?
En lo humano, todo lo que haya de suceder parece que está sujeto á la
potencia de los acorazados y al poder de los cañones y de los fusiles de
tiro rápido: pero éstos se pueden caer de las manos de los mercenarios,
los otros derrumbar las murallas de la iniquidad, y aquéllos hundirse en
los mares; y sobre las ruínas del poder de los hombres, irá adelante la
nave de la Iglesia conduciendo todo lo que se salve de la catástrofe de
la iniquidad.
Un día se oyó en el mundo una palabra que no había salido de las
academias de Grecia, ni de los liceos de Roma, ni de las Sinagogas de
los judíos, ni era el oráculo de los templos paganos, ni la voz de la
ciencia antigua; y esa palabra que oyeron los habitantes de Jerusalem,
los del Ponto y la Galacia, los de Siria y la Bitinia, los que habitaban
la Mesopotamia, los persas, griegos y latinos, hizo que todos los
hombres se reconocieran como hermanos, porque era la palabra de Dios: y
después de diez y nueve siglos, aquellos que se tienen por humanitarios
y civilizados, destruyen en lo posible los efectos de esa palabra divina
y renuevan las guerras de razas y la lucha de los fuertes contra los
débiles.
En los pueblos antiguos, muchos de los problemas modernos estaban
resueltos por la ignorancia, la esclavitud y la tiranía: pero las
sociedades cristianas no pueden soportar por mucho tiempo el dominio de
la fuerza, ni vivir como esclavas, ni tolerar los absurdos de la
impiedad: por esta causa, en unas latente, en otras manifiesta, existe
en todas las naciones esa lucha de la verdad contra el error, de la
justicia contra la iniquidad, del derecho contra la fuerza, ya proceda
ésta de los reyes, ó de los pueblos por medio de los presidentes de las
Repúblicas.
* * * * *
Si los principios y las doctrinas de la civilización moderna fueran
verdaderos, buenos y conformes á la naturaleza y al fin de las
sociedades, es indudable que serían mejores y más perfectas aquellas en
las cuales, su aplicación é imperio no tuvieran límites, ni hallaran
obstáculo alguno: y si son falsos, perjudiciales y opuestos al bien
general, es evidente que llevarán mayor ó menor perturbación y daños á
las sociedades en que sean admitidos y practicados con más ó menos
extensión y sentido lógico.
No cabe duda de que la corrupción de las costumbres, la iniquidad
triunfante, la fuerza en lugar del derecho, la indiferencia religiosa en
unos hombres, la impiedad sistemática en otros, la oposición de los
gobiernos á la autoridad de la Iglesia, la audacia de los herejes y de
los sectarios, fomentada por la licencia más absurda, las intrigas de la
masonería y todas las pasiones sin freno, son frutos propios de esos
principios deletéreos y de esas falsas doctrinas, que han penetrado en
el espíritu y en la vida de los pueblos separados de Dios.
Los Estados-Unidos ofrecen un ejemplo notable.
Constituídos conforme á las doctrinas de la independencia y de la
indiferencia religiosa, de la secularización social y de la libertad en
todas sus manifestaciones, habían de verse allí los efectos naturales
del sistema.
Allí se han realizado los sueños de la democracia, los deseos de los
republicanos, las aspiraciones de los hombres que no quieren religión
del Estado, ni mandamientos divinos en la vida pública: allí el
pensamiento es libre y la prensa libérrima y los ciudadanos no tienen
más restricciones en sus actos públicos que la de sus faltas y la vara
del polizonte; allí el pueblo manda, la masonería impera y gobierna la
opinión pública; allí el último aventurero que llega, puede después de
algunos años, presidir á setenta y cinco millones de hombres; y
halagando sus pasiones y favoreciendo sus intereses, arrastrarlos á las
empresas más inícuas y descabelladas: allí, donde las riquezas son tan
caudalosas como sus ríos, y son fabulosos sus inventos y sus ciudades
soberbias como Babilonia, allí debían presentarse desnudos el progreso y
la civilización y desenmascarados los sentimientos humanitarios y todas
las mentiras del siglo presente; porque superior á todo lo ingenioso,
útil y naturalmente bueno que tengan los Estados-Unidos, es la
injusticia, el atropello y la barbarie que han cometido con España y
están cometiendo con Filipinas.
* * * * *
Siendo Dios tan justo y bueno, no podía permitir sin altísimos fines los
males que vemos y tocamos.
Entregado el mundo á las locuras de las invenciones humanas, necesitaba
en este fin de siglo una lección ejemplar para que aprendiera, que ni
los hombres, ni los pueblos, pueden ser justos sin la justicia divina.
Nuestra patria se iba apartando de ella, y los Estados-Unidos han
querido ser algo más que el azote de Dios, y poseídos de loca ambición y
de codicia insaciable, emprenden otra guerra de conquista al imponer su
soberanía á las islas Filipinas, contra la voluntad de sus naturales.
Se ha dicho que nunca fueron buenas las segundas partes, y así resulta
patente la iniquidad y la traición de los norteamericanos en esa guerra
en que un pueblo libre quiere privar á otro de su independencia.
Emancipados de España por el triunfo de la insurrección que ellos
favorecieron, tienen los filipinos derecho á su independencia natural; y
toda conquista que se haga por los americanos es injusta y contraria al
derecho de gentes: pero empeñándose los Estados-Unidos en proseguir su
falta, la agravarán cometiendo el crímen de exterminar un pueblo para
dominarlo, y las grandes naciones civilizadas que presencian ese
horrible espectáculo y no lo impiden, se hacen cómplices de la
injusticia y de la inhumanidad de los Estados-Unidos, que demuestran con
los hechos cuán bárbaro es el progreso moderno y qué horrible es la
civilización, que emplea sus fuerzas poderosas en el latrocinio y en el
asesinato.
Si nuestra patria hubiera expiado todas sus faltas, ninguna ocasión como
la presente para conocer que no puede hallar justicia en las naciones
civilizadas con la civilización moderna; y que el hambre y sed de
justicia que siente para reparar sus desastres y regenerar su vida, sólo
sus hijos pueden satisfacerla, buscando esa justicia salvadora que eleva
á los pueblos, librándolos de las miserias del pecado.
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