_Acto I._--Las escenas se suceden con una rapidez asombrosa en el tiempo
y en los distintos lugares.
En Filipinas, se hallan en Subic los cañones á la altura del gobierno
español, por el suelo: la bahía de Manila y la isla del Corregidor están
casi tan fortificadas como Subic; pero en cambio el almirante Montojo
sale con su escuadra á tomar posiciones y á impedir, _como un
espartano_, la entrada en la bahía _al desequilibrado Dewey_, como le
llamó _El Imparcial_.
Hay por todas partes gran expectación.
En Madrid, el primer actor, nada teme: ha mandado.... de paseo á
Woodfford y descansa en su poltrona tranquilamente.
El público se impacienta porque no adivina el argumento de la
tragicomedia.
Allá en lontananza, hacia el Oriente, se ven unos barcos pesados y de
poco andar que entran en la gran bahía de Manila y se dirigen á Cavite.
La escena, contra todas las reglas del arte, queda desierta.
Las sombras de la noche impiden que se vea lo que pasa en el escenario.
Suenan primero unos cañonazos, y después todo queda en silencio....
Cuando con sus arpadas lenguas y alegres trinos empiezan los cantores
pajaritos á saludar la alborada del primer día de Mayo, se oyen
terribles descargas de gruesa artillería, y los rayos del sol, que
despuntan por el Oriente, iluminan una espantosa catástrofe. La escuadra
de Dewey destroza é incendia á mansalva la del contraalmirante Montojo,
que para salvar á lo menos el honor, hunde en el fondo del mar sus
ardientes barcos.
Los espectadores quedan aterrorizados porque ya han visto el principio
del fin, y oyen los lamentos de los moribundos.
_Acto II._--El escenario representa los horizontes brumosos del Occéano
Atlántico.
Todos los asistentes miran y remiran, con extraordinaria fijeza para
descubrir el rumbo de una escuadra que salió de Cabo Verde.
Ni los del viejo, ni los del nuevo mundo, ven por donde va, ni por
consiguiente á dónde se dirige: unos creen que la han visto hacia el
Oriente por el Cabo de Buena Esperanza; otros la suponen en las costas
meridionales de los Estados-Unidos, y como pasan días sin que nadie la
divise, la llaman _la escuadra fantasma_.
Entre tanto, aparece en la nueva escena un personaje semigigante y
declara oficialmente: que la escuadra de Cervera ha entrado en la bahía
de Santiago de Cuba.
Notable sorpresa causa la noticia en todo el público.
Al momento, aparecen á gran distancia muchos buques americanos que se
dirijen hacia el Oriente de la Isla de Cuba.
Los espectadores de la derecha comienzan á impacientarse, porque temen
que se reproduzca la escena de Cavite.
Romero Robledo grita, Moret se esconde, Sagasta se rasca la barba y
atusa el tupé y Blanco se pasea en la Habana tranquilamente; la gran
expectación se generaliza y el temor embarga los ánimos.
Á lo lejos se oyen estampidos de los cañones y por intervalos, nutridas
descargas de fusilería.
Va á terminar la jornada: Blanco manda que salga la escuadra de la bahía
de Santiago _á todo evento_: la marina obedece y las nubes del humo de
la artillería impiden que se vea lo que sucede: cae el telón y el
público sabe después que la escuadra de Cervera ha sido totalmente
destruída.
_Acto III._--En el fondo del escenario se ven las lomas de Santiago y el
horizonte cubierto de nebulosidades. Toral se fija en ellas y no puede
explicarse este fenómeno.
Una parte de los espectadores empieza á retirarse conmovida y cansada de
ver que la trama de la acción resulta siempre contraria á los españoles.
Los _yanquis_ avanzan por tierra para sitiar y tomar la plaza de
Santiago.
El coronel Escario no llega en su auxilio: las tropas de Guantánamo no
se mueven: el general Pareja espera órdenes superiores: el general Pando
ha ido á Méjico y no sale desde la Habana al Oriente con los 30.000
hombres de que hablaron los telegramas.
Linares cae herido, y Toral ve que las nebulosidades aumentan á su
alrededor.
El H.·. Paz, tan compasivo y amante de la humanidad, siente desde Madrid
la sangre que se ha derramado en Caney y en las lomas de San Juan: lo
mismo siente la de los españoles que la de los _yanquis_, y ve á éstos
caer enfermos á millares y que se hallan en una situación apuradísima; y
entonces, ó porque llega al extremo su compasión, ó porque ha llegado la
hora del desenlace, reune á los ministros y piden la paz _á todo
trance_.
Aunque se había anunciado, no se presenta Mac-Kinley en las aguas de
Cuba con el pendón presidencial que le estaban bordando; pero en cambio,
aparece en la última escena con el _imbroglio_ del protocolo en la mano,
y como lo tiene bien estudiado, lo pasa sin demora á M. Cambon para que
se lo envíe á Sagasta.
Todos los personajes se ocultan en una traslogia: el telón se rompe y
los espectadores de acá, indignados y llenos de pavor, condenan la
_tragicomedia_.
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