Voz de dolor... La guerra y la democracia.--Los bárbaros del
Occidente y sus ideales.--Anarquía gubernamental.--El éxodo de la
escuadra.--Invocación: primeras víctimas.--Ansiedades.--Preparando
la catástrofe.--Santiago... y abajo España.
Si existiera en el mundo un pueblo que por el olvido de su historia,
desprecio de su religión, divisiones intestinas, dilapidaciones de sus
tesoros públicos, conculcación de la justicia y desapoderadas
ambiciones, fuera esclavo de todas las concupiscencias y juguete de los
más cínicos y audaces ciudadanos, ese pueblo merecería que sobre él
cayeran toda clase de males, infortunios, guerras y desolaciones, hasta
la más grande humillación, para que recuperara el buen sentido y
reconociera sus culpables extravíos, antes de llegar á ser despreciado
de sus hijos y de las demás naciones, y objeto de la indignación divina.
Nos causa tristeza reconocer esta verdad; pero ese pueblo existe, y es
el pueblo español, que acaba de ser víctima de las más tremendas
desgracias y de las mayores expiaciones.
Sólo en parábolas es posible dar á conocer bien las fuentes del dolor
que inundan de amargura el corazón de España.
Los bandidos de la comarca de Estatopolis, tenían deliberados propósitos
de apoderarse de los bienes que en aquellos lugares poseía un rico noble
llamado D. León Castilla. Mientras éste tuvo amigos poderosos y fieles
servidores, no se atrevieron los ladrones á penetrar en la hacienda de
su vecino; mas cuando por las desgracias de familia fué el gran
propietario perdiendo sus amigos y la fidelidad de sus criados,
entonces, envalentonados los bandidos, se apoderaron de las ricas
propiedades y maltratando al vecino y amigo le arrojaron de ellas como
se despide á un huésped intruso y molesto. No es posible ponderar el
dolor que sufrió el noble propietario al verse desposeído de sus bienes
y tratado de un modo tan inhumano, pues sólo conservó la vida no
resistiendo á los depredadores de sus bienes.
La democracia, que según sus apóstoles ha venido al mundo para acabar
con la tiranía de los reyes y de sus ambiciones personales y dar la paz
á todos los hombres, reconociéndolos como hermanos, iguales y libres,
esa democracia es la que proclama injustamente la guerra, y su
protagonista ha sido la nación más demócrata del universo: la República
federal del norteamérica.
Es evidente que un pueblo sin religión y sin moral verdadera no puede
amar á los hombres, ni practicar la justicia, ni respetar la libertad,
ni sentir la igualdad: por esta causa, en ninguna nación son más
desiguales las fortunas, ni hay más esclavos del trabajo, ni menos
caridad cristiana que en los Estados-Unidos.
* * * * *
Para anunciar sus misteriosos designios sobre el mundo, envió el Señor
los profetas, y los apóstoles para predicar á los hombres las verdades
del Evangelio: para edificar á los pueblos con el ejemplo de las
virtudes forma los santos, y para castigar las naciones que prevarican,
permite que enemigos poderosos las combatan y humillen.
Esto vemos en la historia y es la ley de la providencia, con la cual
Dios gobierna á los hombres y á las sociedades.
La guerra de los Estados-Unidos tiene para nosotros los caracteres de un
gran castigo; se ha presentado como inevitable, desgraciada en todos sus
accidentes y terrible en sus consecuencias.
El gigante de la América del Norte, armado para la guerra, se levanta,
avanza y extiende sus poderosos brazos, uno por el Pacífico, por el
Atlántico el otro, para ahogar entre ellos los dominios de España en
aquellos mares.
No va como nuestro inmortal Quijote á enderezar entuertos ni á desfacer
agravios; sus ideales no son los del Caballero de la triste figura.
* * * * *
Entretanto todo es apresuramiento y confusión en las esferas
gubernamentales de España. Quieren los Ministros hacer en veinte y
cuatro horas lo que no habían hecho en los veinte años transcurridos
desde la paz del Zanjón.
Hacen venir del extranjero trenes de municiones, y gastan muchos
millones en comprar barcos para la guerra, y que no podían ir al
combate.
En vano los bautizan con los nombres de _Patriota_, de _Rápido_ y de
_Meteoro_; porque ni sirven para defender á la patria, ni son rápidos
en la navegación, aunque sean meteoro en las manos de los agentes de
negocios.
Al fin se hacía algo, y se improvisaban las defensas como los ministros,
y éstos daban señales de actividad, formando nuevas escuadras que habían
de pasar y repasar el canal de Suez, como principio de una repatriación
anticipada.
Como si la anarquía hubiera tomado asiento al lado del gobierno para
aconsejarle lo que era más pernicioso á la patria, así no se daban
órdenes prudentes ni salvadoras, y todo se dirige por el patrón de las
primeras disposiciones dadas á los marinos del Atlántico.
* * * * *
Damos un nombre bíblico á la salida de la escuadra de las islas de Cabo
Verde, porque nos recuerda otra catástrofe en el mar.
Si el gobierno fué, según las apariencias, sorprendido por la guerra, lo
fué mucho más nuestra marina en su estado de preparación, no en el ánimo
de sus jefes.
Faltas gravísimas, que aquí no debemos mencionar, habían impedido á la
escuadra su preparación, el abastecimiento y el encontrarse en lugar
oportuno para defenderse, sin muy graves inconvenientes, de las
poderosas escuadras de los Estados-Unidos.
Además de esta circunstancia tan desfavorables, tenía nuestra marina la
mayor de todas; cual era su gran inferioridad en el número de buques y
en el poder ofensivo y defensivo de los mismos; y no obstante los
informes, representaciones y telegramas dirigidos al gobierno, éste, tan
mal asesorado como peor influído, sin concierto ni plan, ordena la
salida de la escuadra para el mar de las Antillas, donde ya la esperaban
las enemigas.
Creemos que en la historia de los ejércitos y de la marina, no se ha
ofrecido otra ocasión en la que se pudiera justificar de algún modo la
desobediencia, ó un pronunciamiento.
El que hizo la marina en Cádiz en Septiembre de 1868, y que dió origen á
la Revolución, nunca se ha justificado; pero el regreso de la escuadra
de Cabo Verde y su desobediencia á las órdenes del gobierno para salvar
los intereses generales que éste comprometía, mandándola á sufrir una
derrota inevitable, hubiera tenido su razón y justificación debida:
primero entre las personas conocedoras del arte de la guerra, y después
ante la nación, cuando los resultados correspondieran á los motivos que
se habían tenido presentes, como los dejó expuestos el inteligente y
prudente general Cervera: mas la marina, por medio de su digno jefe y de
los comandantes de los buques, había prometido obedecer en todo, y
cumplió su palabra, evitando una confusión y un ejemplo funesto para el
porvenir de nuestra patria.
Si al fin del siglo, tanto el ejército como la marina, hubieran
desobedecido al gobierno, se podría decir ahora, que habíamos acabado de
perder nuestra soberanía en América por la falta de los llamados á
defenderla; y entonces el régimen liberal y la turba de los políticos
habrían quedado impunes y en cierto modo libres de las tremendas
acusaciones, que actualmente pesan sobre ellos, y por las cuales han de
ser sentenciados á perpétuo ostracismo.
Habiendo, pues, la marina cumplido con exceso sus deberes, toda la
responsabilidad de los desastres y de las pérdidas consiguientes, quedan
á cargo de los que ordenaron tan imprudente salida.
* * * * *
Mientras que á la ventura sale nuestra escuadra, singla desde Hong-Kong
la que tenían allí estacionada los americanos, para bombardear á
Manila....
Sombras inmortales de Magallanes, de Legazpi y de Simón de Anda, ¿por
qué no salís de vuestros sepulcros á detener esos buques enemigos? ¿No
veis que van á destruir vuestra obra civilizadora?
Llevan en sus bodegas cajas de fusiles y ametralladoras para renovar la
insurrección fratricida; y sobre las cubiertas, la formidable artillería
que destrozara nuestros barcos y la ciudad de Manila, por vosotros
fundada y recuperada.
Sus tripulantes son hijos de la América del Norte, donde la perfidia
tiene su asiento, y su trono la ambición y la soberbia; ellos no van á
ese Archipiélago como vosotros fuísteis, para libertar de la idolatría y
de la barbarie á sus habitantes y someterlos á la obediencia de un rey
católico; van á llevar la discordia, la guerra y la libertad del error;
van á establecer el imperio de la masonería y de la indiferencia
religiosa; van á robar á España sus derechos y á explotar las riquezas
del país en beneficio propio.
Como las aves de rapiña que se preparan para caer de improviso sobre sus
presas, así ellos vienen presurosos desde las costas de la China, donde
estaban esperando el día fatal de una guerra insidiosa y contra todo
derecho premeditada....
Y tú, sombra de Monroe, que en este siglo has proclamado desde el
Capitolio de Washington, que Europa no tenía derecho para intervenir en
los negocios de las naciones americanas, ¿por qué permites que tus
ciudadanos intervengan en los de la Occeanía?
Si tu colega Mac-Kinley y su Congreso ordenan esta invasión contraria á
tu doctrina, vuela, ve y diles: que si América ha de ser para los
americanos y la Occeanía para los occeánicos, que los _yanquees Shoes_,
ó los de los zapatos de madera con clavos, regresen á su país de orígen
y dejen á los pobres indios, que viven y á los _pieles rojas_, que no
han exterminado, y no se entrometan más en querer á su vandálico modo
dominar al mundo.
Si así no lo haces y no te obedecen, quedará tu doctrina deslucida y tu
pueblo á la altura de los bandidos....
No hay obra de iniquidad, ni infamia increíble, ni sangriento crímen que
no se haya cometido en el mundo por la ambición humana.
Ella llevó á Alejandro al Asia, hizo pasar al César el Rubicón, puso el
alfange en las manos de Mahoma, trastornó la Europa por medio de
Bonaparte y conduce á las Antillas y á Filipinas las flotas americanas.
La ambición pone el ridículo mandil en el pecho de los hombres, la
mentira en sus bocas y el odio en sus corazones; la ambición fomenta las
insurrecciones de los mambises y de los tagalos, la codicia de los
sindicatos de Nueva York, y el vehemente deseo de riquezas y honores en
los soberbios; y en tanto que exalta por un lado las pasiones
infernales, por el otro hace que se les sacrifiquen todos los deberes.
Por la ambición de mando se creen los políticos estadistas eminentes, y
por no dejar el poder cuando lo han alcanzado, persisten en sus errores,
y á su ambición sacrifican la conciencia, la dignidad, y el patriotismo.
Por la ambición de algunos españoles se halla España á los burdos pies
de los _yanquis_.
Desventurada patria mía, que tienes por gobernantes á hombres imperitos
ó sin conciencia: mira como entregan á tus hijos á las crueles manos de
tus enemigos; la obra de tres siglos se ha derrumbado en cuatro horas,
al sepultarse ardiendo tus débiles barcos en la bahía de Manila.
Las primeras víctimas han muerto heróicamente, pero sus sacrificios no
salvarán tu soberanía en aquellos mares; porque la inmoralidad, la
corrupción, la discordia de las sectas y el mal ejemplo de tus
representantes, habían ya debilitado tu poder y tus derechos soberanos.
* * * * *
Después del gran desastre de Cavite, eran extraordinarias las ansiedades
del pueblo español por saber la suerte que esperaba á la escuadra de
Cervera, refugiada en la bahía de Santiago de Cuba, cuya plaza,
bloqueada por mar, empezaba á ser hostilizada por tierra.
En vano en sentidos y enérgicos telegramas había pedido refuerzos el
general Linares: la escuadra estaba segura en la bahía, y sus
tripulantes ayudaban á defender por tierra la ciudad.
Los rusos se vieron en Sebastopol en un trance parecido, y aunque tenían
en el puerto ciento dos buques de guerra con más de dos mil cañones, no
intentaron romper el bloqueo: pero las autoridades españolas no ven
siquiera la ayuda que les presta la fiebre amarilla diezmando cada día
el ejército de Sthafer: todo parece que va dirigido á preparar la
catástrofe más horrenda.
«Cuando se piensa en la situación insostenible del ejército _yanqui_
ante Santiago de Cuba; cuando se palpa que los infames invasores iban á
sufrir un terrible descalabro, y luego se ve que en los momentos
decisivos llegó la orden de que saliera la escuadra y á esto siguió la
capitulación, etc. etc., no hay más remedio que confesar, que chorrea
sangre todo lo ocurrido y que en ello hay algún misterio, sólo conocido
por determinados personajes.
No somos nosotros solos los que lo decimos.
He aquí otra opinión autorizada.
El capitán de fragata ruso Livene, que estuvo como agregado naval en la
flota americana durante la última guerra contra España, ha dado
recientemente una conferencia en el Círculo de los Ejércitos de mar y
tierra en San Petersburgo, sobre el desembarco efectuado cerca de
Santiago de Cuba por los norteamericanos, á la cual han asistido el
general Kouropatkine, ministro de la Guerra, bastantes generales y más
de cuatrocientos oficiales de la guarnición.
Lo más saliente de dicha conferencia fué lo que sigue:
Siendo siempre un desembarco muy peligroso cuando el enemigo tiene
elementos en el mar, aunque sean poco considerables, los americanos
tomaron con razón, como primer objetivo de la campaña, la destrucción de
la flota del almirante Cervera, que se había refugiado en la bahía de
Santiago de Cuba. Pero no pudiendo franquear el estrecho paso de la
entrada, bien defendido por torpedos, ni destruír las baterías
españolas, colocadas demasiado elevadas sobre el nivel del mar para ser
alcanzadas eficazmente por los proyectiles de la flota, tuvieron
lógicamente que recurrir á la acción combinada del ejército de tierra y
de la escuadra.
Al principio, según el plan propuesto, la acción debía ser convergente,
pero como consecuencia de lo débil de la disciplina, de la carencia de
organización, y, sobre todo, de la falta de unidad en el mando y
dirección, se prescindió del plan primitivo y se vino á esas acciones
divergentes que estuvieron á punto de hacer fracasar lo concebido y
comenzado con tanta fortuna. _Las circunstancias se hicieron de tal modo
difíciles para los americanos, que la cuestión de una retirada honrosa
fué planteada._
Les era imposible penetrar en la bahía, no podían apoderarse de las
posiciones españolas del E. de Santiago, y el ejército se hallaba
aislado de la flota, que era su base de operaciones, careciendo de los
objetos de primera necesidad y aniquilándose rápidamente á consecuencia
de las enfermedades. En el momento de la rendición de Santiago existían
11.750 enfermos, de los 16.000 hombres que contaba el ejército
americano.
En tal momento fué cuando el almirante Cervera, obedeciendo órdenes
categóricas venidas de la Habana, salió de la bahía é intentó abrirse
paso á través del bloqueo enemigo.»
Cuando un testigo imparcial de los hechos emite juicios tan severos
contra las autoridades de Cuba, bien podemos nosotros sentir todas las
consecuencias de tales desaciertos; pero al sentirlas debemos
expresarlas en la forma propia.
Sea, pues, el resumen de este párrafo la siguiente: