II

Voz de indignación...--Importancia de la guerra para España y para

los Estados-Unidos.--Causas de la guerra.--El pueblo español y su

gobierno.--Los primeros desaciertos.--Cobardía monumental.--Duelo á

primera sangre.--Ellos y nosotros.

Las afrentas y las calumnias, al par que las injusticias y los

atropellos, no causan el mismo efecto cuando se hacen á un pueblo

ignorante y bárbaro, que cuando se dirigen á una nación ilustrada y

noble, que sabe estimar su honra. Por este motivo fué tan grande la

indignación que sintió España al verse insultada y provocada al fin por

la incalificable agresión de la gran República americana.

* * * * *

Es preciso recordar algunos antecedentes para conocer en toda su

extensión la importancia que tenía este conflicto, tanto para España,

como para los Estados-Unidos, y por ampliación para las demás naciones á

causa de su aspecto internacional y de la lucha de ideas, sentimientos é

intereses que representaba.

La mayor parte de este siglo la han empleado los hombres políticos de

España en combatirse, ya con obras, ya con palabras, aceptando unos las

teorías modernas y las instituciones liberales, y defendiendo otros las

tradiciones, la fe y la verdadera libertad del pueblo español; y cuando

los primeros, dueños del gobierno por más de sesenta años, sin haber

tenido la suerte de engrandecer á la nación con sus trabajos políticos,

ni de pacificarla con sus nuevas Constituciones, habían proclamado el

presupuesto de la paz para consagrarse á el fomento de los intereses y á

la prosperidad de la nación, se encontraron con insurrecciones nuevas,

que todas las reformas liberales si no las provocaron, no pudieron

evitarlas.

Al gobierno liberal, autor de los mayores daños que venían arruinando á

nuestra patria, y heredero de todas las debilidades y corrupciones de

sus antepasados, le quedaba el último recurso á que apelar, y cuando

nuevamente pretendió el poder, después de lanzar á los cuatro vientos su

nuevo programa, lo puso en práctica, repitiendo: _la autonomía es la

paz_.

Y la autonomía concedida á Cuba y á Puerto Rico, fué la chispa que

aumentó el fuego de la insurrección y el deseo de la independencia en la

isla de Cuba é hizo más difícil la solución del problema, que tenían en

sus manos los Estados-Unidos.

Á la altura en que se encontraba la cuestión cubana, apoyada

públicamente por nuestros enemigos, el resolverla por medio de un

expediente decoroso, salvando los intereses de España, hubiera sido el

mayor triunfo para el Gobierno y la más grande victoria que hubiese

hecho olvidar todos sus desaciertos y faltas pasadas.

Con el gobierno liberal quedarían salvados los procedimientos liberales,

las intenciones de sus más ilustres representantes y hasta el régimen en

lo que no tiene de falso y pernicioso; por esta razón entrañaba tanta

importancia la guerra para nosotros: así es, que los gobernantes han

perdido en ella el poco prestigio que les quedaba; y juntamente con el

territorio acabaron de perder el crédito ficticio de sus doctrinas,

dejando por el suelo el sistema que ha traído sobre la nación tantas

calamidades.

Era para ellos cuestión de honra y de vida, y la vida y la honra la han

perdido deplorablemente.

Para los Estados-Unidos tenía también la guerra una grande importancia.

Desde su emancipación han sido vecinales sus luchas; mas ahora, deseosos

de adquirir mayor influencia en el mundo, se propusieron arrebatar á

España sus colonias, entrando en desigual batalla con una nación

europea, sin consideración á su buena amistad, ni á los títulos

legítimos de posesión, ni al derecho internacional.

Los Estados-Unidos querían poner su civilización á la altura de la

civilización de Europa en lo tocante al derecho de la fuerza, como el

primero de los derechos, según la frase de un célebre estadista: _le

premier droit le force_, y lo han conseguido haciendo sus bárbaras é

injustas conquistas con el consentimiento de las primeras potencias del

mundo; y así han logrado entrar de lleno en el concierto de la

civilización moderna, usando del derecho de la fuerza, contra la fuerza

del derecho.

Si por un caso raro de la adversa fortuna hubieran fracasado en sus

ambiciosos proyectos, por lo pronto reinaría entre ellos la mayor

confusión, y la culta Europa no contaría con el _leal concurso_ de la

gran República americana, para las célebres conferencias de la paz en La

Haya.

Por la grande preparación que hicieron para la guerra y los medios que

emplearon tomando por aliados á los mismos insurrectos, hasta celebrar

con ellos convenios oficiales, que por cierto no pensaban cumplir, como

el celebrado con Aguinaldo por el consul americano de Singapoore, y

después con Dewey, se puede comprender la importancia que daban los

Estados-Unidos á la guerra que iban á hacer á España. El gobierno de un

pueblo tan grande no llegaría á infamarse ni á recurrir á cierta clase

de tratos, sino mediando para él intereses de valor extraordinario.

¿Y cuáles eran estos intereses, que movieron á una nación civilizada á

declarar á otra una guerra injusta, inhumana y hasta cruel, por las

circunstancias en que la última se hallaba?

El conocimiento de las verdaderas causas de la guerra, nos manifestará

la clase de intereses que perseguían los Estados-Unidos.

* * * * *

Es común sentencia de los filósofos, la de que sólo llegan á el

conocimiento verdadero de las cosas, los que estudian y conocen bien sus

causas.

Vamos, pues, nosotros á exponer las causas de la guerra

hispano-americana y así podremos dar razón de sus lamentables

resultados.

Á juzgar por los efectos, han debido concurrir motivos poderosos para

que se realizaran sucesos tan notables.

Pero juzgando por lo que á nuestra consideración se ha presentado, vemos

que no existían esos _casus belli_, que de ordinario promueven las

guerras entre las naciones.

España nada había pedido, ni nada había negado á los Estados-Unidos, y

éstos la trataban como nación amiga hasta la víspera de intimarle la

evacuación de Cuba.

¿Dónde se encontraban las causas jurídicas de la guerra? En ninguna

parte, porque no existían.

Mas como el hecho horroroso se ha verificado, hay que referirlo á otras

causas, que son las causas morales.

Los sentimientos humanitarios y de amor á la justicia, á la libertad y á

la independencia de los pueblos, que luchan por ser libres, alegados por

los _yanquis_ para declararse primero á favor de los cubanos é

intervenir después para librarlos del dominio de España, se han visto

que no eran más que pretextos y no móviles verdaderos.

Los Estados-Unidos amaban á Cuba, no á los cubanos. En ese deseo de

poseer la isla, que dejamos consignado en el párrafo de _la venta de

Cuba_, es en donde tenemos que reconocer la causa principal de la pasada

guerra, por parte de los norteamericanos.

En la historia de las guerras hechas por los anglosajones, se conocen

unas con el nombre de _guerras del te y del algodón_; á las que hay que

añadir ahora _la del azúcar_.

Tenemos informes y datos suficientes para hacer esta afirmación.

Los Estados-Unidos no producen más que 900.000 toneladas de azúcar y

necesitan 2.000.000 para su consumo. No querían, ya que son tan

poderosos, ser por más tiempo tributarios de España por los derechos del

azúcar, del tabaco, ni por los del café de Puerto Rico.

Aunque esto es verdad, no debemos admitirlo como causa exclusiva del

conflicto. Las causas morales son como los fenómenos meteorológicos, en

los cuales entran varios elementos, que se desarrollan y producen

funestos resultados cuando en su marcha no hallan obstáculos

disolventes.

Si España hubiera podido contrarrestar la acción de los Estados-Unidos,

la guerra no estalla.

Pero nos veían cada año más débiles y degenerados, y por esto, ciegos

por la ambición y la codicia, se lanzaron como el águila hambrienta

sobre el indefenso cordero.

Mucho importa á nuestro propósito y nos será fácil demostrar, que las

causas morales de la guerra han sido: _nuestra degeneración, la

degeneración de los Estados-Unidos y la de Europa; tres degeneraciones

que tienen un mismo origen_.

Al lector que juzga por lo enunciado más que por la demostración de la

verdad, creemos verlo sorprendido ante estas afirmaciones categóricas y

generales.

Bien puede asegurarse, dirá, que España se encuentra degenerada; pero

decir lo mismo de Europa, y sobre todo, de los Estados-Unidos, si no es

un juicio erróneo, tiene mucho de paradógico ó de intención odiosa.

Veamos quien está en lo cierto.

Degenera un hombre, una familia y una nación, cuando se apartan de las

leyes y de la conducta que les dieron el ascendiente que tenían, el

poder y la prosperidad que gozaban, como se debilitan los organismos

vivientes al alimentarse de substancias extrañas.

Á los principios de la libertad y de la independencia, á las leyes del

trabajo y de la industria, y á las artes pacíficas é inventos útiles,

han debido los norteamericanos su principal crecimiento, el desarrollo

de los capitales y la unión legal que disfrutaban viviendo en la

abundancia y con las grandes comodidades de una civilización y de un

progreso notables, más por lo material que por lo moral y justo.

Ahora, sin que nadie pretendiera estrechar los límites de sus fronteras,

ni impedir su comercio, ni turbar la paz interior de sus Estados,

construyeron buques, no para su legítima defensa, ni para llevar los

productos de su industria y de sus feraces campiñas á otras regiones,

sino para extender su poderío por todas partes.

Han querido aumentar sus riquezas monopolizando los productos de otros

países, que han robado á su legítimo dueño: al derecho de la libertad

unen el de la fuerza y el de la conquista: han dedicado sus buques á la

piratería, y sus ciudadanos libres serán en adelante mercenarios del

imperialismo.

Este es el principio de la degeneración de un pueblo, que pasaba por

modelo de las naciones civilizadas.

No con razones propias ó inventadas confirmaremos nuestros juicios, sino

con los testimonios de un honorable norteamericano, publicados en el

_Atlante Journal_.

M. Dupout Guerry, ha juzgado la conducta del gobierno y del pueblo

americano, y empieza por calificar la guerra con España como _el crímen

del siglo_.

No disculpa las faltas cometidas por los españoles en las colonias, y

dice: «que los Estados-Unidos, con más rápidos y efectivos

procedimientos, han llevado á cabo el robo, el asesinato y el incendio,

en incomparablemente mayor escala.»

En cuanto á las causas de la guerra, afirma: «que los americanos tenían

interés en que el conflicto no acabara por las vías pacíficas. El mágico

resorte de tan diabólico invento, no era otro que la sed de lucro y el

ansia de dominar. Cuba es rica y fácil presa. Nuestro gobierno que es un

_fragil mandatario_, tenía que proporcionar destino á el ejército de

desocupados, á la carne atrasada, á los patrióticos negociantes y

derramar beneficios en forma de comisiones y grados á toda la caterva de

talentos ignorados, tanto civiles, como militares, que no habiendo

podido entrar en el reparto consiguiente á un cambio de administración,

hacen casi imprescindible una guerra que les ponga en el caso de ofrecer

sus servicios al país y de que el gobierno aproveche sus aptitudes y

salve sus compromisos.

»Las causas apuntadas, continúa diciendo M. Guerry, no son las únicas

responsables.

»Para desgracia de la paz, hay cierto eclesiasticismo en este país

distinto del existente en España y en Cuba. Hoy, como en los tiempos de

Adisson, profesamos la religión del odio y no bastante la del amor. La

ocasión presentada al protestantismo para atacar al catolicismo en uno

de sus baluartes, era ciertamente extraordinaria, sino _providencial_, y

por tanto, no debía desperdiciarse. Tentación era ésta demasiado fuerte

para los ministros de las sectas, por lo que unieron sus voces al

universal clamoreo por _la guerra á todo trance_, sin reparar en medios

ni pretextos.

»Para tan laudable fin se inauguró una política de difamación contra

España, acompañada de las más efusivas expresiones de admiración por los

insurrectos de Cuba, y de amenazas de reconocimiento de beligerancia y

de intervención por parte de los demagogos de ambas Cámaras y de la

prensa _jingo_, todo lo cual encontraba eco fiel en las columnas de la

prensa protestante y en la voz de sus ministros. ¿Qué resultaba de todo

esto? Que España se atemorizaba, la insurrección cobraba nuevos vuelos y

la guerra civil, con toda su secuela de horrores, se prolongaba de

hecho, cuando nó de propósito.

»Sin impedir el filibusterismo, á pesar de la amplitud de nuestros

medios, antes bien, bajo la máscara de amistosa visita, el gobierno

envía el _Maine_ á la Habana, intimidando así á una parte y animando á

la otra. Acaece la destrucción del acorazado y la pérdida de la mayor

parte de su dotación, y el partido de la guerra echa toda la

responsabilidad de la catástrofe encima (¿cómo no?) de España. La

humanidad se estremece á la noticia del suceso.

»En vano España, ansiosa de paz y temerosa de las consecuencias de una

ruptura, paralizada de terror por tan malaventurada ocurrencia, propone

una investigación mixta, el arbitraje, cualquier cosa, en fin, que el

interés de la humanidad y la justicia puede sugerir. Pero en los

Estados-Unidos prevalecen otros sentimientos y el partido de la guerra

ve con satisfacción el pretexto que buscaba. Á la proposición de

arbitraje se responde con el nombramiento de una comisión investigadora,

escogida de antemano para que condene, y sin embargo, esa comisión no se

atreve á condenar por falta de pruebas. Gran desencanto y no poco

embarazo causa tal decisión. Pero se impone la guerra, con causa ó sin

ella, y ya que España no se resuelve á declararla, forzoso es que lo

hagamos nosotros mismos, pues la misma ausencia de motivo por nuestra

parte hace la idea de la paz más intolerable.

»La codicia, la ambición de mando, la hipocresía religiosa, siempre á la

altura de las circunstancias, saben colocarse por encima de las naciones

en el terreno de la humanidad, de la civilización y del Cristianismo,

obligan á una nación á ir contra su voluntad y sin fuerzas para medirse

con tan formidable adversario. Nuestro caballeroso y cristiano

presidente concede á su débil y temerosa hermana la reina regente, como

él cristiana, tres días para evacuar por completo la isla, á pesar de

que bien sabía ser cosa imposible de ejecutar, y por el crímen de dar á

nuestro representante sus pasaportes antes de que empiecen las

hostilidades, para que su retiro de España sea menos peligroso,

precipita la guerra antes del período por él designado.

»El único y declarado objeto de la guerra era, por nuestra parte, la

pacificación, liberación é independencia de Cuba, «tan cercana á

nuestras playas.» Después de todo, este objeto podía haberse alcanzado

más fácil y prontamente, con más lógica y menos gastos de sangre y de

dinero. El plan era sencillísimo: concentrar en la isla y sus aguas

nuestros ejércitos y escuadras. Pero no. El primer golpe en defensa de

Cuba, de la humanidad, de la civilización y del Cristianismo, hacía

imperiosa la destrucción de la escuadra de Montojo y la matanza de sus

hombres, que no estaban en aguas cubanas ni americanas, sino en Manila,

en los antípodas respecto de Cuba y del centro de nuestro gobierno.

Después de Dewey toca el turno á Sampson, quien, no hallando flotas que

combatir, bombardea á San Juan de Puerto Rico, pues el «entusiasmo por

la humanidad es irresistible». Viene luego la gloriosa conquista de

Guam, cuya guarnición y habitantes no saben que hay guerra en

existencia, y tomando el bombardeo por saludo amistoso, se excusan de no

poder contestar por falta de pólvora.

»No quedando escuadras que destruir, y en nuestro poder Cuba, Puerto

Rico, Guam, etc., nos disponemos á atacar á España en su terreno. Y

gracias á que pidió la paz, no sin haber nosotros suspendido operaciones

en Cuba para dirigirnos á Puerto Rico á toda prisa, pues no había tiempo

que perder.

»Y nos glorificamos y damos gracia á la Providencia por haber vencido á

una nación pequeña, pobre en comparación nuestra, cargada ya de

pesadísima deuda; sus ejércitos mal equipados y dispersos, sus buques á

propósito para servir de blanco á los grandes acorazados de la época,

sola y sin amigos en el momento supremo.

»Mejor haríamos en entregarnos al ayuno y abrir nuestros corazones á la

penitencia, por los espantosos crímenes cometidos y que estamos aún

cometiendo contra Dios y la humanidad.

»Si Bob Fitzsimons, en un acceso de furiosa embriaguez, descargase su

brazo contra el primer vecino pacífico que encontrase al paso y después

de derribarle le limpiase los bolsillos, tanta ocasión tendría como

nosotros de ponderar su valentía y dar gracias á Dios por haber escapado

milagrosamente del peligro.»

No hemos querido extractar esta segunda parte del escrito de M. Guerry,

por ser elocuentísimo y dar idea exacta del espíritu de los

Estados-Unidos y de los intereses que han buscado por medio de la más

injusta de las guerras; y aunque la cita resulta extensa, nos ahorra

consideraciones importantes para declarar toda la indignación que

debemos sentir los españoles contra un pueblo tan poderoso como

miserable, tan inhumano como hipócrita.

Y ya que un ciudadano protestante llama á sus compatriotas _asesinos_,

_incendiarios_ y _ladrones_, bien podemos nosotros, católicos y

españoles, lamentar los excesos de la civilización moderna y sentir que

nuestro riquísimo imperio colonial haya caído, por culpa de nuestros

gobiernos liberales, en las manos groseras de esos vándalos del siglo

XIX y por medio del mayor de los crímenes.

No cabe, pues, la menor duda, que por parte de los Estados-Unidos, la

única y principal causa de la guerra ha sido la más vulgar, bárbara y

desapoderada ambición; y por nuestra parte, el abatimiento en que nos

hallábamos y la negligencia de los gobiernos.

España no quería la guerra con la gran República americana, porque

estaba cansada de luchar consigo misma, y sólo deseaba se sofocasen las

insurrecciones coloniales para reponer sus fuerzas y descansar de las

fatigas que le habían proporcionado tantas convulsiones políticas y

contiendas civiles.

Pero no pueden gobernar bien una nación, ni librarla con sus prudentes

determinaciones de los peligros que la amenazan, aquellos hombres que se

han elevado á las esferas del poder por medio de los pronunciamientos,

de las intrigas políticas y de sus propias ambiciones.

Es el gobierno del Estado una función de conciencia muy noble y ardua

para que la puedan desempeñar debidamente esos hombres, en los cuales,

la sed de mandar sólo es igual á su audacia, y ésta es superior á sus

talentos por grandes que sean.

El sistema liberal y el régimen de la opinión, que es su engendro

propio, no considera estas verdades, y así sobre el pavés de todas las

conveniencias y de los intereses sagrados de la patria, de la justicia,

de la moral y hasta de la religión, confiere el poder á los hombres que

serían buenos en sus profesiones, pero que como gobernantes no pueden

ser más calamitosos para los pueblos que tienen que sufrirlos.

Ni el señor Cánovas del Castillo con sus energías personales, ni con sus

despreocupaciones el señor Sagasta, han hecho otra cosa que debilitar la

nación, hacerla víctima del caciquismo y de la inmoralidad, y exponerla,

primero á las injurias del Norte de América y después á su ambiciosa

rapacidad.

Esos hombres que nos han empequeñecido, esos estadistas que nos han

arruinado, esos políticos que no han sabido gobernar á España, ni

conducir la nave del Estado por entre los escollos para librarla de un

inminente naufragio, ignoraban, sin duda, aquellas consideraciones

políticas del conde de Mirabeau: decía este revolucionario del siglo

pasado, que constando á un gobierno los malos propósitos de otro, sin

más motivos, lo debía tener como enemigo y como si la guerra se hubiese

declarado.

Este pensamiento no tiene novedad alguna; es la antigua sentencia que

dice: _si vis pacen, para bellum_.

Nuestros imprevisores y falsos gobernantes han venido haciendo todo lo

contrario.

Como si hubieran conquistado al mundo y puesto en paz toda la tierra, y

ceñido sus frentes con el laurel de victorias inmortales, no cuidaban

más que de las cosas de la paz, de dar y de conceder todo lo que no

alterase la paz, como si no tuviéramos enemigos antiguos y ejemplos

recientes de sus malos propósitos; como si todos los hombres se hubieran

convertido en corderos en la península y en las colonias; como si las

malas doctrinas y sectas perversas no fomentaran las insurrecciones, y

como si los Estados-Unidos hubieran desistido de querer la posesión de

Cuba; así no venían pensando nuestros gobiernos en otra cosa sino en

vivir _pacíficamente_ y en hacer la felicidad de España con el turno

_pacífico_ en el poder; con estos mansos propósitos, ordenó el señor

Cánovas allá por el año de 1878, se hiciera el convenio de Zanjón, para

acabar con la insurrección de Cuba, ya casi vencida; pero por dicho

convenio no se extinguieron los gérmenes de las futuras, que quedaron

alentados con el precio y la forma de la pacificación y con los honores

dispensados á los principales jefes.

Con idénticos propósitos concedió por aquella fecha á los Estados-Unidos

todas las ventajas comerciales, y algunas políticas que le pidieron en

Cuba, y pagó todas las indemnizaciones exigidas.

Con el mismo fin de conseguir la paz, otorga muchos años después, el

propio señor Cánovas, las reformas que había considerado inconvenientes

para la isla y paga la célebre indemnización Mora: y ya durante la

última insurrección parece que no se propone otra cosa más que evitar

rozamientos con los norteamericanos y no darles el menor pretexto para

una declaración de guerra: por este motivo se siguen atendiendo todas

las reclamaciones que hacen, y á gusto de ellas se resuelven las

cuestiones de la _Alliance_, del _Competitor_ y del _Laureada_: y aunque

el gobierno español sabía que continuaban saliendo de los puertos

americanos nuevas expediciones para Cuba, no presenta reclamación alguna

al gobierno amigo, que las consentía, si no las autorizaba; y en cambio

da severas órdenes á los comandantes de los buques de guerra para que

_sean muy prudentes_ y no se repita el caso del crucero _Conde de

Venadito_.

Mientras que esto sucede en Cuba, tenemos la suerte de que un valeroso

caudillo apague en Filipinas la hoguera de la insurrección que dejó

encendida el general Blanco; pero como habían de venir para España todas

las desgracias juntas, el afortunado vencedor de los tagalos fué

sustituído por Primo de Rivera, que en vez de acabar de extinguir el

incendio y de aventar las cenizas, las cubrió con el pacto de

_Biagnabató_, para que los traidores, reconocidos en él como jefe,

pudieran en adelante, con más prestigio, encender otra hoguera más

espantosa.

La paz de Filipinas se celebró oficialmente, sin regocijo público.

La nación no podía alegrarse con la paz comprada por ir perdiendo toda

la confianza en los gobiernos que no le daban la paz verdadera.

Por entonces se oyó en Zaragoza una voz anunciando que la autonomía era

la paz.

El asesinato cometido en Santa Agueda da á esa voz el poder de conceder

la autonomía á Cuba y de proporcionar la paz deseada; y allí se mandó al

general Blanco, y la paz ni se encontraba en la manigua, ni aparecía en

las cumbres de las montañas, ni nadie la veía por los horizontes del

mar.

Pero, al par de todo, nada había que temer: el marqués de Peña Plata

estaba ya en la Habana; Primo de Rivera en Manila; Sagasta en Madrid,

presidiendo el Consejo de Ministros y Moret era ministro de Ultramar; el

partido liberal manda, la masonería impera, la nación calla, y la

prensa, que había censurado acerbamente al general Blanco, nada dice.

Es verdad que no teníamos formidables escuadras cuando se van á

necesitar, porque los presupuestos extraordinarios destinados para

ellas, los gastó en parte Beranger en compañía de otros ministros y con

aprobación de Cánovas, y el resto lo hechó al agua.

Después de todo, estábamos mejor sin acorazados, sin fortificar los

puertos, sin artillar nuestras plazas de guerra y sin preparación

alguna.

La paz no había de alterarse: así lo decía Moret, lo declara

oficialmente el Gobierno, lo creen los ministros, como Bermejo, aunque

todos los españoles, que no habían perdido el sentido común ni el decoro

nacional, entienden, ven, temen y esperan otra cosa.

Nos hallábamos en el período más crítico y veíamos que los gobiernos de

España cuidaban mucho de no dar pretexto alguno á los Estados-Unidos; y

contra todo lo que era de esperar del carácter español y de nuestra

historia, sufríamos toda clase de injurias, humillaciones y exigencias

fuera del derecho, de la justicia y de las leyes del honor, llegando

hasta consentir una especie de intervención á favor de los

reconcentrados; y apesar de todo, el gobierno no puede evitar la guerra.

¿Fué ésta un fenómeno sin causa proporcionada?

No: que como hemos visto, existían las causas morales de la misma: la

ambición creciente de los norteamericanos por poseer á Cuba y nuestra

debilidad, mayor cada día para poderla defender.

Entre los Estados-Unidos y España estaba Cuba: los primeros se iban

cansando de no hallar ocasión oportuna para apoderarse de ella; la

segunda la venía defendiendo con tenacidad é inmensos sacrificios;

porque sobre ella era su soberanía legítima y representaba á la vez las

glorias pasadas. Si bajo la bandera española prospera la autonomía y

termina la insurrección, ya se les quitaba á los Estados-Unidos el

pretexto para intervenir y se les hacía más remota la esperanza de

apoderarse de la isla.

Mas se iban á eclipsar las glorias de España y á derrumbar su imperio

colonial, y sólo restaba una esperanza á los que temían estos grandes

males: la diplomacia podía impedir la injusta agresión que los

Estados-Unidos tenían ya anunciada y dispuesta contra España.

Tratándose de evitar una cruenta lucha y un robo internacional, nada más

justo y conveniente que la intervención de las grandes potencias por

medio de sus diplomáticos, representantes del derecho, del poder y de la

justicia de las naciones civilizadas.

En efecto: los diplomáticos se mueven, toman en consideración la

gravedad del asunto, reciben instrucciones de su gobierno y se reunen en

Washington los representantes de las grandes naciones de Europa; y

recibidos con las formalidades republicanas por Mac-Kinley en su

gabinete de la Casa Blanca, todos juntos, como buenos amigos, exponen

sus pareceres y al fin acuerdan:

Que verían con satisfacción que los Estados-Unidos desistieran de mandar

á España su _ultimatum_, porque no hallaban las razones de justicia ni

de derecho internacional, ni aun de conveniencia, por las cuales se

pudiera despojar á una nación de parte de su territorio, sobre el cual

era legítima su soberanía y que podía conservar en paz, si en el mismo

no se fomentaran las insurrecciones.

No conformándose con este parecer el representante de la Gran Bretaña,

todos retiraron sus notas y alegatos, manifestando que sus gobiernos se

declararían neutrales y dejaban en libertad al de Washington para que

ejecutara la redención de Cuba, según la _resolución conjunta_ del

Congreso federal.

¡Qué decepción tan amarga debieron sufrir todos los que habían puesto

alguna esperanza en la diplomacia europea!

Hace más de dos siglos que ésta no es lo que fué en los pasados; amiga

del derecho, defensora de la justicia y amparo de los débiles contra las

arbitrariedades de los fuertes.

La diplomacia actual no es lo que fué cuando la Europa formaba la

cristiandad bajo la influencia y la dirección suprema del Romano

Pontífice: ahora no es más que el órgano de los intereses materiales y

de las arbitrarias é injustas aspiraciones de las grandes potencias; en

sus congresos no se respeta la moral, la justicia no se conoce y el

derecho se mide por la fuerza que representa cada nación y por los

intereses que pueden contrariar ó favorecer.

Ante el imperio de la fuerza, en este siglo de la libertad, del progreso

y de la civilización, los débiles han sido condenados á muerte

ignominiosa; el derecho de conquista reclama sus fueros y la guerra dará

la paz á el mundo cuando las grandes potencias se hayan destrozado ó se

informen del espíritu católico, que ciegamente rechazaron.

Aunque muy desventurada, hoy más que ayer, es España una nación noble y

generosa; la falta de sus hijos le han causado enormes daños; pero sus

enemigos nada tenían que temer de ella ni ha ofendido á sus adversarios;

y no obstante, es abandonada por las potencias en el más grave

conflicto.

Y ciertamente, la nación de la fe y del honor ¿qué podía esperar de la

pérfida Albión, del luterano imperio de Alemania, de la cismática Rusia,

de la judaizante Austria, de la Francia masónica y del sacrílego reino

de Italia?

Á las causas de la guerra que hemos reconocido, hay, por consiguiente,

que agregar la de la culpable indiferencia ó complicidad de Europa; así,

pues, la guerra más inícua de este siglo se ha verificado por la codicia

insaciable de los Estados-Unidos, que no conocen _la justicia_; por la

degeneración de España, que se ha apartado de las vías de _la justicia_;

y por el absurdo egoismo de la culta Europa, que la mueve á obrar contra

_la justicia_.

* * * * *

Si un gobierno no es la suma de todas las inteligencias de la nación, y

de todos los sentimientos patrióticos y de todos los intereses

legítimos, y no es moralmente superior á todos los súbditos, entonces es

una _autoridad nominal_ y el mayor enemigo del Estado; porque ocupa un

lugar preeminente que no corresponde á la ignorancia, ni al egoismo, ni

á la ambición, y mucho menos á la impiedad y á las pasiones, que jamás

se encumbran en un pueblo sin atraer sobre él todo género de

perturbaciones y de infortunios.

Es evidente que el pueblo español tiene más espíritu de sacrificio, más

virtudes y más inteligencia que sus gobernantes; por esta causa es más

honda cada día la separación que existe entre el gobierno y los

gobernados. Éstos conocen el engaño de que son víctimas y dejan vacíos

los comicios. No sienten la derrota de un Ministerio porque saben que

será peor el siguiente. Vieron venir sobre España toda clase de

adversidades y clamaron por el remedio que no se ponía; y cuando se le

han pedido sus bienes y sus hijos los han dado generosamente á la

patria, mientras que á los gobiernos les importa poco que sucumba todo

por continuar en el poder.

Y no se diga que cada nación tiene el gobierno que se merece; porque

España, ni es digna de los gobiernos liberales que la han pervertido y

arruinado, ni los viene sufriendo, sino como una calamidad impuesta, que

cada año se hace más insoportable.

Mucho ha degenerado la nación española, pero en gran manera se equivocan

los que la juzgan por sus gobiernos, sus cómplices y amigos políticos.

* * * * *

Los peritos en una materia nunca deben equivocarse; y los arquitectos

que han trazado el plano de un edificio, si después no saben darle la

solidez necesaria, dejan á otros la dirección de la obra; lo mismo debió

hacer el gobierno sagastino cuando se equivocó en el asunto tan

importante, como fué el de la paz, y no pudiendo consolidarla, debió al

momento entregar el poder en manos más acertadas.

No estando preparado para la guerra, jamás debió emprenderla; pues

gobierno desprevenido es siempre vencido: y si la pretensión de los

americanos hizo necesaria la guerra, á la fuerza debió, por lo menos,

oponerse un Ministerio de fuerza, ya que no la dictadura, como las

circunstancias lo exijían: y este fué el segundo desacierto que se

cometió por los políticos, ya fracasados en lo de la autonomía cubana,

dada sin oportunidad y sin necesidad verdadera.

El tercer desacierto, más graves que los anteriores, fué el aceptar la

guerra, no con ánimo de vencer, pero ni siquiera con el de la defensa

necesaria, sino que como después se ha visto claro, el gobierno fué á la

guerra para llegar á la paz por cualquier camino. En este sentido,

España fué entregada al poder de sus enemigos implacables, y no pudo

hacerse la paz contando siquiera con alguna condición favorable, como la

de la resistencia posible que hubiera quebrantado las fuerzas del

enemigo.

* * * * *

Los que atraviesan los mares llevando sus mercancías á países lejanos,

fian sus vidas y sus intereses á la pericia y desvelo de los pilotos; y

éstos, al emprender la navegación, tienen á la vista no sólo las rutas

generales y las cartas marítimas, sino también las predicciones que

desde sus observatorios hacen los sabios naturalistas: y de igual modo

confían los pueblos sus intereses y su seguridad á los gobiernos que

dirigen la nave del Estado: y los gobernantes han de ser tan prácticos y

entendidos en el arte de la política y han de tener tan presente los

dictámenes de la ciencia y las enseñanzas de la historia y de los

hechos, que puedan con seguridad evitar y salvar los escollos que en la

marcha de los negocios públicos se presenten.

No haciéndolo así, ó son gobernantes torpes, que no han debido aceptar

nunca la responsabilidad del poder, ó son unos vulgares ambiciosos, que

no tienen valor de declarar sus equivocaciones y de sacrificarlo todo al

bien y á la salvación de la patria.

La nación española, más por las necesidades del momento, que por

expontánea voluntad, tuvo que poner su confianza en el gobierno que le

prometía la paz, evitando la guerra, al resolver el problema de Cuba.

Mermadas sus fuerzas, consumidos sus capitales y muriendo sus soldados

en lucha insidiosa y fratricida, el pueblo español anhelaba el término

de los sacrificios que estaba haciendo por el honor y la integridad de

la patria, y no quería la guerra con los Estados-Unidos, sino en cuanto

fuera la conclusión de todos los males que venía sufriendo.

El gobierno, no obstante las injurias, las notas y los mensajes de la

República norteamericana, seguía creyendo en su buena amistad; y

entonces fué cuando de improviso se presentó la guerra como una

tempestad formada por las densas nubes que se veían en los horizontes,

y que impelidas por los vientos huracanados llevan la desolación y la

muerte á las comarcas que invaden.

No estaba España colocada bajo los pararayos de las alianzas políticas,

ni tenía de su parte la diplomacia europea, ni se hallaba protegida por

los diques de poderosas fortificaciones, ni dispuesta para luchar con

éxito favorable contra un enemigo temible y alteramente preparado para

asegurar sus triunfos: en tan grave situación, un gobierno, por poco

prudente y patriótico que fuera, nunca debió dejarse sorprender, como

fué el nuestro sorprendido, ni aceptar una guerra que él sólo sabía los

grandes desastres que iba á traer sobre nuestra patria.

En la memoria de todos los españoles quedarán impresos los tristes

recuerdos del más grande de los desastres que ha sufrido nuestra patria,

y la historia imparcial consignará, que muchos de ellos se originaron

por el miedo monumental con que fué á la guerra el Gabinete de la paz,

presidido por el H.·. Paz.

Tuvo miedo por lo grave del conflicto: temía, como mal padre, á sus

hijos los españoles, y le faltó valor para abandonar el poder: no faltó

al Ministerio más que el miedo suficiente para morirse de vergüenza.

* * * * *

Cuando se forme un verdadero juicio de los actos de nuestros últimos

gobiernos, entonces admirarán y espantarán los desaciertos por ellos

cometidos, los tesoros dilapidados, las vidas inútilmente sacrificadas;

entonces se pondrán de manifiesto las previsiones del almirante Cervera,

que en tiempo oportuno advirtió al gobierno las deficiencias que había

en los buques, la necesidad de estar preparados y de llevar un plan si

habían de salir para las Antillas y no exponerse á un desastre

inevitable; entonces se verá cuán grande fué la disciplina de nuestros

marinos y el valor de los Comandantes de los buques, que conociendo que

iban á hacer un sacrificio inútil y á dejar indefensa la península,

cuando se les dió la orden, allá fueron á morir heróicamente; entonces

se ha de conocer mejor lo que dijo el señor Silvela: que por parte del

gobierno la guerra no fué guerra, sino _un duelo á primera sangre_, para

salir del paso y salvar la vida de las instituciones; entonces se verá

cumplida la horrible sentencia de los liberales, que decían: _sálvense

los principios, aunque se pierdan las colonias_.

En efecto: las colonias se han perdido, pero los principios no se han

salvado; porque el fracaso del liberalismo y de los gobiernos liberales

ha sido completo al dejar á España desmembrada y arruinada.

* * * * *

Cuando los americanos limpiaban los fondos de sus cruceros y acorazados

y tenían estacionada en Hong-Kong una fuerte escuadra, y disponían

numerosa flota auxiliar de trasatlánticos y trasportes de todas clases;

cuando alistaban sus regimientos de voluntarios y formaban sus

campamentos cerca de nuestras colonias; cuando tenían bien abastecido

sus depósitos de municiones de guerra y llenos de provisiones de boca

sus almacenes; cuando por medio de sus cónsules y emisarios se habían

informado de todos nuestros escasos medios de defensa y del abandono en

que se hallaban las fortificaciones de nuestras plazas más importantes;

y cuando no sólo de Cuba y de Puerto Rico, sino también de Filipinas

conocían el estado de sus puertos y las débiles escuadras con que

podíamos defenderlos, entonces el seducido y confiado pueblo español se

entregó por espacio de algunos días á los entusiasmos bélicos, y

paseando nuestra bandera al compás de la _Marcha de Cádiz_ y haciendo

gala de sus colores, asistía á las corridas de toros y á toda clase de

espectáculos, que se convirtieron en patrióticos; entonces con esos

derroches de patriotismo liberal y con llamar puercos á los americanos y

extender por todas partes las caricaturas del tío Sam, y con criticar y

burlarse de la organización militar de los Estados-Unidos y de que sus

voluntarios hacían con palos el ejercicio por no tener fusiles; con

todos estos recursos y dosis de buen humor y aventurados juicios, que

hacían hasta los periódicos más serios y de mayor circulación, creyeron

muchos ilusos y algunos cuerdos que íbamos á defendernos de los

_yanquis_ y á darles una tremenda zurra.

_Preparados y decididos ellos_, como hemos visto, y _nosotros como

estábamos_, con un _gobierno tan pacífico_ y que va á la guerra como el

más cobarde de los reclutas, ¿quién no había de prever interminables

desgracias? Y en verdad, no hubo cordura en parte del pueblo, ni razón,

ni buen sentido, ni energía en el gobierno para elevarse á la altura de

las circunstancias y calcular: que un enemigo tan poderoso y bien

preparado, á pesar de todo lo que se decía para disculpar nuestra

imprevisión y vana confianza, no se puede rechazar ni vencer con música

y pergaminos, ni con barcos de madera, ni con una administración

corrompida, ni con generales masones, ni con ministros inhábiles é

imprudentes.

España podía haber rechazado á los americanos, si se hubiera dispuesto

para la defensa, levantando fuertes donde era conveniente y construyendo

en tiempo oportuno los buques de combate necesarios; si hubiera ahorcado

á Sagasta cuando fué por sus delitos sentenciado á esta pena; si hubiera

puesto en presidio á Cánovas cuando publicó el manifiesto de

Manzanares, que produjo la sublevación de Vicálvaro; si hubiera

procesado á Moret y á todos sus cómplices en las malas artes de la

política; si hubiera residenciado á los generales, que con sus

negligencias y mala administración dejaron en peligro el orden en las

colonias; si hubiera fusilado en sus días á todos los jefes y oficiales

del ejército que se pronunciaron; si hubiera proscrito la memoria de

Riego y demás traidores, en vez de permitir que se venga celebrando con

un himno que ha sido heraldo de todos los trastornos sociales; por

último, España se hubiera defendido de los _yanquis_ y conservado su

imperio colonial, habiendo ella permanecido fiel á su espíritu

religioso, á sus leyes y á su carácter tradicional, y no habiendo

fomentado en su seno las libertades de perdición, el espíritu liberal y

el traidor masonismo, que por medio de los gobiernos degenerados é

impíos y de sus cómplices venales y ambiciosos políticos, la tenían

privada de todas sus grandezas, de sus nobles energías y de su poder,

hasta ponerla en el peligro de los desastres y de las pérdidas más

espantosas.

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La voz de España contra todos sus enemigos · 第 4 / 25 题