La mayor parte de los sombríos y dolorosos cuadros que forman este
pequeño libro, fueron escritos bajo la impresión de los acontecimientos
que en ellos se refieren y comentan.
Habiendo perdido algunos esa novedad que dan á los sucesos los
accidentes y las convulsiones de la lucha, cuando todavía se oyen los
lamentos de los moribundos y la resonancia de los desastres y de la
victoria, dudamos si sería conveniente su publicación, ó aumentar con
los originales el legajo de los escritos en que solemos guardar los
recuerdos y las observaciones de la experiencia.
En medio de esta duda nos hemos preguntado.
Para determinar el origen y las causas inmediatas de tantos males como
aflijen á España, y resolver las graves cuestiones que actualmente la
agitan, ¿hace falta nuestro trabajo?
Creemos que no: y si fuera útil un nuevo escrito sobre hechos y
problemas tan importantes, no nos consideramos llamados á darlo á luz,
ya por nuestra insuficiencia, ya porque no alcanzaría éxito alguno
favorable.
Tienen los hombres y las sociedades á la vista la suprema dirección de
la Iglesia Católica; tienen los principios de la moral, de la justicia y
del derecho; tienen abundantes lecciones en la historia contemporánea y
en los sucesos actuales; y si no quieren someterse á las enseñanzas
infalibles de la Iglesia, ni poner en práctica las reglas seguras de la
moral, aplicadas á la justicia, á el derecho y á la política, ni tomar
de lo presente y de lo pasado lecciones para lo porvenir, ¿quién podrá
encausar el torrente de las pasiones humanas, desbordado por la
Revolución? ¿Y quién someterá á el yugo de la verdad y de las leyes
justas á los hombres, que por sistema las rechazan, sin temor á nuevas y
tremendas calamidades?
Y si no se quiere oir la voz poderosa y autorizada que viene de las
alturas, ¿qué atención se prestará á la débil y privada que se levanta
enmedio de la multitud?
Estas consideraciones han pesado tanto en nuestro ánimo, que nos
hicieron desistir una vez más de la publicación de estos apuntes.
Ha sido preciso que, observando un día y otro día el rumbo que lleva en
nuestra patria la política, viéramos claramente, _que no tienen remedio
los males de España_, sino hay en ella un cambio radical en los
principios, en los procedimientos y en la orientación de la política y
de los políticos; para demostrar esta verdad con los hechos pasados que
nos han traído al estado presente, publicamos nuestros juicios á este
fin dirigidos.
Después de nuestros grandes infortunios, es general el deseo que tienen
manifestado los españoles de que España sea regenerada: hasta los
gobiernos han hecho sus _nuevos programas_ de la regeneración.
Pero es preciso conocer que ni Silvela, ni Sagasta, ni éste ni el otro
partido, con sus falsos principios, gastados procedimientos y
aspiraciones insensatas, _quieren, ni pueden, regenerar á España_.
Los causantes de nuestra decadencia manifiestan grande interés en que se
olviden sus culpas y las pérdidas que hemos sufrido y no se depuren las
responsabilidades; y por lo mismo ha de ser mayor nuestro empeño para
presentarlas al público en forma de juicio moral y de defensa de los más
sagrados intereses de la nación.
Al hacerlo, sin prejuicios ni odio contra las personas y las
instituciones dignas, creemos cumplir un deber de conciencia y de
patriotismo, y _nos hacemos eco de las desgracias y de las necesidades
de nuestra amada España_.
I
La voz de España.--Los ideales.--Carácter del pueblo español y su
degeneración.--Idem del americano, deducido de su breve
historia.--Elogios que se han tributado á los Estados-Unidos.--La
venta de Cuba.--La guerra popular y Mac-Kinley conquistador.
Ofendida en su honor, menospreciada en su autoridad soberana, en sus
derechos atropellada, calumniada en su ejército y hecha el ludibrio de
las naciones por las fáciles victorias de sus enemigos y el injusto
despojo de sus colonias, la noble y valerosa España, herida, pero no
muerta, se levanta de la postración y del cieno en que la han sumergido
las faltas de sus hijos y la codicia de sus adversarios y eleva su voz
contra todos sus enemigos exteriores é interiores.
_Voz de indignación_ por las provocaciones, calumnias é injurias de los
Estados-Unidos, que fingiéndole amistad y respeto á su soberanía en las
colonias, se han manifestado después sus mayores enemigos.
_Voz de dolor_ por la guerra injusta que le declararon cuando se estaba
desangrando en medio de las insurrecciones parricidas por ellos
alentadas; y de mayor dolor por las imprevisiones y torpezas de su
Gobierno en defenderla de sus pérfidos enemigos.
_Voz de desolación_ por las inmensas pérdidas que ha sufrido en su
honra, en el sacrificio de sus hijos, en sus bienes y en su territorio.
_Voz de aflicción_ por la ingratitud y los crímenes de tantos españoles
que han sido desleales y por la falta de energía y de abnegación en sus
gobernantes.
_Voz de queja_ por el abandono en que la han dejado las naciones
civilizadas y por los auxilios prestados á sus enemigos.
_Voz de justicia_ contra todos los que contribuyeron á su abatimiento
moral y á su material ruína.
_Voz de esperanza_ por la que abriga en el amor de sus buenos hijos,
deseosos de su regeneración.
_Voz de temores_ por la falta de patriotismo que ve en muchos de sus
ciudadanos que, ó no sienten sus tribulaciones, ó sacrifican todos los
intereses nacionales para continuar gozando de las ventajas del poder, ó
de una falsa libertad.........
¿Quién no oye en medio del silencio que han producido los desastres y
las ruínas de la última guerra, estas voces de nuestra afligida patria?
No basta, empero, oirlas: es ahora un deber sagrado de todos los
españoles el estudiar estas palabras, tan sentidas como elocuentes, tan
dolorosas como llenas de grandes enseñanzas para lo porvenir.
* * * * *
Los filósofos proclaman sus ideales, y los políticos que no son
filósofos tienen por un deber aplicar á la sociedad aquellos ideales que
consideran más útiles y prácticos: en el ideal de la belleza inspiran
sus obras los artistas, y en el de la virtud los que desean ser justos,
y todos los hombres persiguen en la vida algún ideal ó con él sueñan.
Lo ideal es la forma de la inteligencia, la aspiración del corazón
humano, la vida de la razón, la atmósfera superior que envuelve el
universo.
Pero no todos los ideales son verdaderos: unos representan los delirios
de las pasiones humanas, otros el espejismo de la felicidad, y no faltan
ideales para los más absurdos sistemas. La edad de oro cantada por los
poetas ofrece mentidos ideales á los utopistas, y los progresos de la
civilización y de las ciencias sin Dios dan atrevidas alas á el
pensamiento del hombre y lo elevan hasta las regiones de lo infinito
para precipitarlo después en los abismos de la idea hegeliana ó de lo
absoluto de Schelling.
El ideal verdadero fué revelado á los hombres desde el principio de los
tiempos: se manifiesta en nuestra conciencia, lo conocemos por la
tradición y por la fe, lo realizan los justos y tiene su más excelente
expresión en las verdades católicas. Fuera de él no hay ideales
sublimes, y los que en el mismo no se concentran no pueden ser bellos,
ni justos, ni laudables.
Cuando la mente humana contempla ese ideal, sintetizado en el Evangelio,
enseñado por la Iglesia y viviente en el espíritu cristiano, reconoce
que tiene su origen en Dios, principio de toda verdad y de justicia
eterna y fuente de todas las ideas que engrandecen y dignifican á los
hombres.
Las leyes de la afinidad unen las partes del mundo físico; las de la
gravitación sostienen los globos en el espacio y las del equilibrio
impiden que el orden universal sea perturbado; y todas estas leyes son
manifestaciones de las ideas creadoras existentes en la mente divina.
Y de un modo semejante, todo lo que hay de necesario, de estable, de
hermoso y de sublime en el orden moral, está encadenado y depende de ese
ideal supremo que contiene la verdadera religión, la autoridad legítima,
sanciona el deber, armoniza la libertad humana con los preceptos divinos
y las leyes naturales y positivas, señala el camino á el progreso y
perfecciona la civilización: y todas las naciones y gentes que no
inspiran en ese admirable ideal su legislación, su derecho y sus
costumbres, ni pueden formar un pueblo equilibrado, ni ser justas, ni en
verdad, libres, ni humanitarias.
* * * * *
En toda la redondez de la tierra y en todos los siglos no se ha visto
una nación como España que se haya inspirado mejor en el ideal de la
justicia, del derecho, de la moral y de la religión: por eso sus guerras
fueron justas y legítimas sus conquistas; sus caudillos fueron
religiosos y caballeros, como sus magnates; y sus reyes se llamaron
católicos; y á tanta altura se elevaron las leyes del honor y de la
humanidad entre nuestros antepasados, que los plebeyos parecían
hidalgos, y éstos como los más nobles caballeros.
Nunca España fué agresora, y cuando fenicios y cartagineses, romanos y
sarracenos invadieron sus comarcas, brotaban de su suelo guerreros
valerosos como Indibil, Viriato y Sartorio, que por su heroismo en
defender sus hogares, infundieron temor á las legiones romanas y
emularon las hecatombes de Sagunto y de Numancia.
Los bárbaros del Norte no pudieron dominar en España sino haciéndose
españoles; y sepultado su imperio en las funestas aguas del Guadalete,
el indómito valor de los iberos levantó en Covadonga el estandarte de la
reconquista, que al cabo de ocho siglos llegó triunfante á las almenas
de Granada.
Si las armas victoriosas de España llegan hasta el Oriente, entran en
Orán, vencen en Pavía y San Quintín y combaten en Flandes, siempre la
causa de la religión, de la justicia, del derecho y de la humanidad, es
la que las mueve y las guía.
España no ha hecho guerras de conquistas para dominar á los pueblos y
enriquecerse con sus tesoros; y sin duda, por la alteza de su espíritu y
de su generosidad, la Providencia le señaló nuevos derroteros en los
mares y la hizo Señora de dos mundos.
Como apóstoles, más que como guerreros, fueron á América los españoles.
Isabel I no vendió sus alhajas para conquistar un nuevo mundo, ni Colón
guió sus carabelas por el _Océano tenebroso_ para avasallar á los
indios, sino para descubrir tierras remotas en donde fuera extendido el
reinado de Jesucristo.
Si luego Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Vasco-Núñez de Balboa
conquistan el imperio de los Incas y de los Astecas, fué principalmente
para desterrar de ellos la idolatría y los sacrificios humanos y plantar
el árbol de la cruz allí donde se adoraba al sol.
Antes de someter por las armas al emperador de Méjico, procuró Hernán
Cortés convertirlo á la verdadera fe y le hablaba de la religión
cristiana como un misionero; y lo mismo hicieron todos los grandes
capitanes donde entraban con sus estandartes: pero más que á ellos se
debió la conquista y la sumisión de América á los religiosos
predicadores del Evangelio que, con su celo y caridad para con los
pobres indios, hicieron amable la dominación española y la religión que
los libraba de su ignorancia y de sus vicios y los protegía y defendía
de todos sus enemigos.
No se debe inculpar á España el pandillaje y los desmanes que cometieron
en América los aventureros que todo lo explotan en provecho propio: lo
que hay que atribuirle es la gloria de haber civilizado al continente
americano, llevando á él su religión y sus costumbres y el espíritu de
sus sabias leyes, representado en el inmortal Código de las Indias.
La solicitud de los monarcas españoles por el bien de sus nuevos
súbditos; las limitaciones puestas á los abusos de sus virreyes y
gobernadores mediante los juicios de residencia; los establecimientos de
enseñanza y de caridad que por todas partes se fundaban, y la grande
influencia que los Obispos y misioneros ejercían por su religión y por
sus virtudes entre los indígenas, todo esto contribuyó para que en poco
tiempo las colonias y las muchas ciudades fundadas por los españoles se
igualaran á la Metrópoli, y en ellas floreciera la cultura y la
civilización de España, á la sazón la primera de Europa y del universo.
Se puede afirmar, que así como ninguna nación ha tenido más colonias que
España, tampoco ninguna las ha regido y gobernado con más justicia y
equidad, llevando á ellas su mismo espíritu, elevación de ideas y
sentimientos por el sistema maternal de la asimilación y no por el de la
explotación mercantil, como lo hacen otras naciones.
* * * * *
Mucho se ha hablado en estos últimos tiempos de la decadencia de España
y de las causas que la han producido hasta llegar á la presente ruína y
humillación.
Cada uno juzga acerca de ella según el criterio de la escuela ó de los
partidos en que, por desgracia, se encuentra dividida nuestra patria.
Para unos, la decadencia de España se debe á el absolutismo de los
reyes, á la expulsión de los judíos y de los moriscos y á la
intolerancia y al fanatismo: para otros, las causas fueron las guerras
de religión y el empeño en sostener la soberanía en extensos
territorios, gastando la nación en las colonias y en la guerra de los
Países Bajos las fuerzas y los capitales que debió emplear en la
agricultura y en la industria de la península: y para algunos, que se
fijan en otras causas más próximas, han sido los indolentes reinados de
Felipe IV y de Carlos IV y el poder arbitrario de sus favoritos el conde
duque de Olivares y el príncipe de la Paz, juntamente con el atraso
intelectual y comercial en que quedó España el siglo pasado y las
vacilaciones de Fernando VII al principio del actual y la pérdida de
nuestras posesiones en el continente americano.
Los secuaces de estas opiniones parece que olvidan de propósito el
infausto reinado de Carlos III y la influencia que en él tuvieron los
Grimaldi, Esquilache con el masonizante conde de Aranda, brazo de la
expulsión de los jesuítas, que privó á la juventud de sus mejores
maestros; y olvidan á los Moñinos y Campomanes, que completaron la obra
del famoso Conde, como legulellos enciclopedistas.
Nadie puede negar que con el llamado absolutismo de algunos de nuestros
reyes, sin judíos y sin moriscos, con la santa Inquisición y reyes
indolentes é ineptos favoritos, sin grande industria, ni comercio,
España no dejó de ser una nación de primer orden, importante y
respetada, hasta contar con ella las demás naciones para humillar al
Coloso de este siglo.
En la guerra de la Independencia dió España todavía á el mundo pruebas
de su carácter, de su poder y de lo que es capaz un pueblo unido por los
sentimientos de la fe y del patriotismo.
No tenía un gobierno fuerte y prudente al ser abandonada por su rey
débil, pero entonces existían todavía las clases sociales y el pueblo
español, existían el valor y el carácter nacional y la fe y el
patriotismo de nuestros gloriosos tiempos, y salimos victoriosos de tan
grande empresa.
Algo nuevo debe haber entrado en España, cuando después de lo que nos
había hecho grandes é invencibles, se ha ido perdiendo todo.
Últimamente no nos quedaba más que el patrimonio de nuestra legendaria
historia, el valor y el honor proverbiales, que se comprometieron y se
han eclipsado en la última guerra.
Adornaban el carácter de la nación española, la hidalguía castellana, la
tenacidad de los aragoneses, el ingenio catalán, la constancia
valenciana, el entusiasmo andaluz, la audacia extremeña, la
caballerosidad manchega, la fidelidad de los gallegos, la lealtad de los
asturianos, la nobleza de los vascongados, la fortaleza de los navarros,
es decir, todas las virtudes cívicas elevadas por la fe y por el valor
de todos al heroísmo que había hecho del pueblo español, un pueblo
católico, noble, invencible, porque obedecía á los supremos ideales de
la religión, y á las leyes de la justicia y del honor.
Con la invasión de las doctrinas revolucionarias é impías ha perdido
España su espíritu nacional; y con la propagación de la secta masónica y
de los errores del liberalismo, se han desterrado la mayor parte de las
virtudes públicas y privadas, que eran nuestra gloria; y el carácter
español ha degenerado tan notablemente en el siglo actual, que ya es
completa nuestra decadencia.
Cuando teníamos el espíritu, las virtudes y el carácter nacional, nunca
nos faltó la fuerza para vencer á nuestros enemigos.
Ahora, un pueblo de mercaderes, inícuo y egoista, nos ha envuelto con
su astucia y con su fuerza abrumadora y medios nefandos nos ha vencido.
España no podía sufrir mayor humillación que la de caer á los pies del
pueblo americano, ni éste, en su codicioso orgullo, ha podido tener
satisfacción más completa que la de despojar á nuestra patria de sus
ricas colonias, injuriar sus blasones y marchitar los laureles de su
historia.
* * * * *
Para conocer la verdad de estas aseveraciones, conviene tener á la vista
un resumen de la pequeña historia de los Estados-Unidos, que nos dará
una idea de sus tendencias, de su espíritu y de su carácter nacional.
Los españoles habían ya prodigado por muchos años su sangre, su valor,
su ilustración y su caridad en América para convertirla á la religión,
civilizarla y someterla á la soberanía de España; cuando llegaron al
Norte los primeros emigrantes de Inglaterra que, como los de otras
naciones, iban en busca de las riquezas del Nuevo Mundo.
Conocida la fertilidad de aquellos inmensos territorios, Jacobo I, dió
en 1606 en cartas patentes á la Compañía de Londres, la parte meridional
y la septentrional á la de Plymouth: estas Compañías fueron el plantel
de las colonias inglesas, y fué desde el principio la más importante la
formada por los Padres Peregrinos de Nueva Inglaterra, célebres
puritanos que salieron de su patria en el buque _Flor de Mayo_.
Bien se ve que, á la formación de dichas colonias, presidió el espíritu
de lucro y el de la fanática herejía del puritanismo.
En su creciente desarrollo, después de siglo y medio, se vieron
detenidas por las colonias francesas del valle de Misisipí; las
combatieron con las armas y se apoderaron de ellas.
Como Inglaterra había ayudado á sus colonias en la guerra contra las de
Francia, para resarcirse de los gastos hechos, votó en 1764 la ley del
papel sellado, que introducía restricciones en el comercio con las
colonias. La de Virginia se negó á pagar un impuesto que no había
aprobado. Y desde entonces, secundada por las demás colonias, empezó la
lucha con la Metrópoli, _ésta por cobrar y las otras por no pagar_.
En vano Inglaterra transformó el impuesto poniéndolo sobre el te, el
papel, el cristal y otras mercancías, que importaban sus colonias; éstas
no quisieron admitir los barcos en sus puertos, ó arrojaban al mar las
cajas de te y los demás artículos.
Con este motivo la guerra de la emancipación se declaró formalmente en
1775 con el combate de Lexington, la batalla de Barken-hille y el asedio
de Quebec, que tuvieron que levantar los americanos por la muerte de
Montgomery.
Entonces Tomás Payne, con su folleto titulado _El Buen sentido_, reanimó
el espíritu de las colonias para sostener la lucha que, con el auxilio
de los franceses mandados por Lafayet, les dió la emancipación completa
en 1783.
Washington fué el alma principal en los combates y después en la
organización federal de las colonias emancipadas, á las que dotó de una
Constitución prudente y sólida, que le ha dado más fama que sus
victorias y por la cual hace más de un siglo se rigen los
Estados-Unidos.
La historia propia de éstos, podemos decir que empieza con la
emancipación de las trece colonias inglesas, que se erigieron en otros
tantos Estados, á los cuales se han unido ó anexionado después otros
treinta, que con los anteriores forman al presente la gran República.
Muchas de estas agregaciones no se han hecho sin violencia y sin notoria
injusticia.
Con la guerra de 1813 se extendieron por las posesiones inglesas del
Oriente; y si España les cedió la Luisiana, le fué arrebatada gran parte
de la Florida, cuando el año 1810 invadieron los americanos las ciudades
de San Marcos y Pansacola, quedándose después con toda la península por
el tratado de 1819, que los hizo dueños por el Mediodía hasta el mar de
las Antillas.
Por el Norte, muchas tribus de los pieles rojas han pagado con su vida
el delito de haber nacido en territorio ambicionado por vecinos
poderosos.
Y Méjico, ya teniendo que cederles la California, ya sufriendo el
despojo de las provincias de Texas, ha contribuído por el Occidente á el
engrandecimiento de los Estados-Unidos, que dueños al fin del Alaska y
de otros territorios por compras y conquistas, se enseñorean entre los
dos océanos y los hielos de la bahía de Hudson y de las templadas brisas
del golfo mejicano.
Y no satisfechos con tantas adquisiciones, rapiñas y exterminios de
tribus realizados, se propusieron arrojar á España enteramente de
América, por ella descubierta y en gran parte civilizada.
Con lo dicho basta para que se comprenda que los Estados-Unidos
conservan su carácter de origen y que forman un pueblo de mercaderes y
negociantes, sin otras aspiraciones que las del vil interés; y aunque
las cubran con la máscara de los sentimientos humanitarios, de la
libertad, de la justicia y de la moral, no son más que impulsos del
engrandecimiento propio, de una codicia insaciable y de la más
desenfrenada ambición.
En los Estados-Unidos todo se mueve por el resorte del interés: la
misma célebre guerra de secesión no tuvo otro origen; y vencidos los
intereses del Sur por los del Norte con la libertad de los esclavos, el
presidente vencedor Abrahan Lincoln fué asesinado una noche al salir del
teatro. Sus enemigos no le perdonaron el quebranto que les había hecho
sufrir en sus negocios.
Con una historia de ayer, sin literatura nacional, ni ciencia
especulativa, ni moral verdadera, los amantes de estos estudios, se
dedican á escribir la historia de Europa, como Prescott, de nuestra
literatura, como Thignoc, ó á combatir la moral en la religión, como
Drapper.
Toda la grandeza de los Estados-Unidos tiene un aspecto material: sus
adelantos son mecánicos y sus ciencias favoritas las naturales; y como
no se nutren de ideas verdaderas, han comenzado á degenerar en medio de
tanta prosperidad, apartándose del espíritu y de la letra de su
Constitución y de los límites que la doctrina de la libertad y del
respeto á la independencia de los pueblos les tenía prescritos.
* * * * *
El observador atento é imparcial, que se fija en los verdaderos
intereses de la justicia y de la humanidad, no ve en la breve historia
de los americanos del Norte, hechos notables dignos de alabanza.
¿Por qué, pues, se han hecho y repetido tantos elogios de los
Estados-Unidos?
¿Por ventura han descubierto otro Nuevo Mundo, ó traído á la
civilización elementos nuevos, que libren á los hombres de las miserias
de esta vida y los hagan mejores?
Nada de esto han realizado: y sus inventos, con ser tan prodigiosos, no
pueden compararse con los que ya poseía Europa; y por cierto que no se
les elogia porque hayan perfeccionado algunos ó hecho más útil
aplicación de otros.
Lo diremos en tres palabras: á los Estados-Unidos se les han tributado
tantas alabanzas, porque nuestro siglo ama al becerro de oro, acepta con
facilidad servil las opiniones corrientes y aborrece la religión
positiva.
Como poseen inmensos y fértiles territorios, bosques vírgenes, minas
abundantes y rios navegables, no es extraño que con el trabajo, la
industria y el comercio, se hayan enriquecido, y sus grandes capitales
llaman la atención de los pobres del Viejo Mundo. Muchos aman á los
Estados-Unidos por la sola razón de que son riquísimos.
Otros los admiran porque han oído celebrar la amplia libertad de que
gozan allí los ciudadanos, no sólo en la emisión de sus opiniones, sino
en el ejercicio de su soberanía; y en particular encomian el respeto y
la obediencia que todos tienen á las leyes y á la policía.
Antes de que mediara el presente siglo, muy pocos conocían en Europa la
vida, las costumbres, la libertad y la legislación de los
Estados-Unidos; pero dos emigrados franceses vivieron allí algunos años,
y no lo pasarían muy mal, cuando al regresar á Francia escribieron sus
obras elogiando al pueblo que habían abandonado.
M. Renato Laboulaye escribió su _Historia de los Estados americanos_, y
M. Enrique de Tocqueville las suyas de la _Democracia en América_ y del
_Sistema penitenciario de los Estados-Unidos_.
Si inspiró estas obras el amor á la verdad, ó el deseo de propagar en
Francia la democracia, cuando se avecinaba la Revolución de Julio, no es
fácil averiguarlo; lo cierto es que alabaron los franceses á los
americanos, y esto bastó para que se extendiera la opinión favorable, y
para que nuestros Roque Barcia, Pí y Castelar, pusieran por cima de las
nubes á la gran República, queriéndonos hacer á todos federales y
felices con la democracia.
Más adelante veremos el valor que tienen esos sistemas practicados por
los americanos. Los hechos son más elocuentes que las palabras, y sobre
todo, los últimos acontecimientos condenan en los Estados-Unidos lo que
hubiera laudable en sus leyes y costumbres.
España ha tenido mejor sistema penitenciario que los norteamericanos;
era el preventivo que nunca permitía el lynchamiento que ellos
practican.
Y para acabar estas consideraciones, sólo diremos: que con razón alaban
los impíos, los masones y muchos liberales á los Estados-Unidos, porque
allí, como el Estado no tiene religión, ó se contenta con la natural, se
pueden difundir los errores monstruosos y hacer las mayores
barbaridades, si se guardan las formas, no teniendo la inflexible
censura de la Iglesia, que es la que en todas partes aborrecen hoy los
amigos de la _conciencia libre_.
Después de que expongamos todo lo que es preciso decir en esta ocasión
de nuestros enemigos, veremos si queda en España un hombre de buen
sentido y de juicio sano, que crea en la justicia de los elogios hechos
á los Estados-Unidos.
Completaremos este cuadro con algunos datos históricos relacionados con
la guerra que empezó por arrebatarnos la isla de Cuba.
* * * * *
Desde 1822 vienen trabajando los estadistas norteamericanos para
conseguir, mediante compra, la anexión de Cuba á los Estados-Unidos. Los
presidentes Adams, Clay y Monroe, ya en aquella fecha habían ponderado
la conveniencia de esa adquisición.
M. Adams preveía bien la dificultad de la anexión por medios violentos,
y no queriendo malquistarse con Inglaterra y Francia, dispuestas ambas á
impedir que por la fuerza fuera arrebatada Cuba á España, ofreció á
nuestro gobierno un empréstito importante, hipotecando las rentas de la
isla; y cuando se llegara al trance de la quiebra, tener ocasión de
apoderarse de la hipoteca.
Los cálculos de Adams le salieron fallidos, pero no por esto los
políticos _yanquis_ desistieron de su propósito, sino que esperaron la
oportunidad para con mayor instancia renovar sus ofrecimientos.
Esta oportunidad la vieron en 1848, cuando la mayor parte de las
naciones de Europa sufrían tremendas convulsiones revolucionarias, y el
embate del huracán azotaba á España, entonces el ministro norteamericano
en Madrid, M. Saunders, recibió el encargo de reiterar las proposiciones
de Adams, ofreciendo 100 millones por la isla de Cuba.
M. Saunders, que conocía bien la diferencia que hay entre un _yanqui_ y
un español, no se atrevió á cumplir el encargo, y fué preciso que
Buchanan le amenazara con la destitución para insinuarse al general
Narváez, que era presidente del Consejo.
El duque de Valencia, dice el ilustrado cronista que nos ofrece estos
datos, supo reprimir la impetuosidad de su carácter, y á pretexto de que
él no entendía de estas cosas, envió á M. Saunders al marqués de Pidal,
ministro de Estado.
En la primera entrevista se mostró muy diplomático, pero en la segunda
creyó que podía arrojar la careta diplomática y contestó al embajador de
los Estados-Unidos:
«No me es permitido oir hablar de este asunto: ¡húndase Cuba en el
Océano: cúbranla las olas antes de cederla á otra potencia!»
En 1853 reanudóse la interrumpida gestión por otro ministro del gobierno
americano, M. Soulé, que era un francés naturalizado, y aunque de algún
talento, le faltaba la prudencia, y por esta causa fué muy desairado en
Madrid y advertido por su gobierno, de que no empleara las amenazas
contra los altivos españoles.
En 25 de Abril de 1854 recibió plenos poderes del presidente para
negociar con el gobierno de S. M. católica la cesión de la isla de Cuba
á los Estados-Unidos, ofreciendo hasta doscientos millones de duros.
En momento más intempestivo no podían haberse otorgado semejantes
poderes. El desairado embajador creyó llegada la hora de intimidar á
España con tremendas amenazas y dijo, escribiendo al ministro de Estado,
M. Marcy: que era necesario recurrir á la fuerza para obligar al
Gobierno de Madrid á entrar en negociaciones.
Más cautos y conocedores del carácter español, el presidente y el
ministro de Estado, insistieron en que sólo por el camino de la
moderación y de la prudencia se podría llegar al término apetecido.
Mucho después, el presidente Jonson, en su mensaje del año 1867, dijo:
«Convengo con nuestros poderosos hombres de Estado, en que las Indias
Occidentales gravitan naturalmente y deben ser absorbidas por los
estados del continente, incluso el nuestro; convengo también con ellos
en que es prudente dejar ese problema al problema natural de la
gravitación política.»
Y Cleveland, en el mensaje del 96, decía: «Se ha sugerido al gobierno la
idea de que los Estados-Unidos podrían comprar la isla: ésta sería digna
de consideración si se encontrase España dispuesta á discutir este
punto.»
El sucesor de Cleveland, Mac-Kinley, no debió ver las cosas y los
últimos gobiernos españoles del mismo modo, cuando se volvió á hablar
de nuevas tentativas de compra-venta, hasta que por fin debió pensar con
los suyos: _que era más breve el tomarla de cualquier modo_.
Cerca de un siglo han estado los norteamericanos ambicionando la isla de
Cuba. De sus costas, y particularmente de Nueva-York, salieron _sesenta
y tres expediciones filibusteras_ para fomentar y sostener las
insurrecciones, tan ruinosas y mortíferas para la isla, como para
España.
Y últimamente, el Sindicato de la misma ciudad, bajo los auspicios de
Mac-Kinley, hizo los postreros esfuerzos para asegurar por medio de la
guerra sus capitales con la adquisición de la garantía que se les había
ofrecido.
* * * * *
España ¿ha sido víctima de una especulación comercial? ¿Era legítima la
constante aspiración de los Estados-Unidos por adquirir la isla de Cuba?
¿Cómo se hace popular una guerra injusta en una nación de 75 millones de
almas?
Importa mucho estudiar y conocer estos fenómenos de los pueblos libres.
Sin duda, España ha sido víctima de algo más de lo que supone un negocio
mercantil.
No ha sabido, ni por último ha podido contrariar la ambición de los
Estados-Unidos: tantas eran sus culpas que el honor nacional no podía ya
cubrir con su gloriosa bandera.
La guerra llegó á hacerse tan popular en la gran República, que
Mac-Kinley, para llegar á la presidencia y sostenerse en ella, tenía que
desplegar el pendón de la conquista.
El hombre de negocios, el autor del _bill de Aduanas_, el pacífico
ciudadano, se ha visto en la necesidad de emular las hazañas de
Alejandro, de César y de Napoleón, y sin salir de su casa blanca de
Washington, contraer méritos suficientes para que le llame la historia:
Mac-Kinley el conquistador.
[imagen decorativa]