CAPÍTULO II

¿Dónde estás, señora mía,

Que no te duele mi mal?

O no lo sabes, señora,

O eres falsa y desleal.

(_Romance autógrafo_).

Uno de los infinitos y más agradables privilegios que el género

romántico concede a los que lo cultivan es el de decir las cosas cuándo

y cómo les viene a cuento, dispensándolos de la prolija obligación

de empezar una historia por su principio, de referir hasta las veces

que el protagonista fue azotado por el _dómine_ en su infancia, y de

seguirle paso a paso en el discurso de su vida sin hacer gracia al

lector de uno solo de sus pensamientos, por insignificante y necio que

parezca.

El autor romántico, como que puede hacer todo aquello a que su ingenio

alcance, cuando no más, se ríe del orden cronológico; su fin es unas

veces divertir, otras horrorizar, pero siempre inspirar interés, y

usando en toda su latitud de aquella máxima de no sé qué autor, que

establece que _el fin santifica los medios_, sigue el camino que

su fantasía le dicta, despreciando reglas, hollando preceptos, y

preguntando solo a sus oyentes: «¿Se divierten ustedes? ¿Sí? Pues

bueno va».

En uso de mis facultades, y como ejemplo práctico, he puesto el exordio

de este capítulo, con el cual respondo de antemano a la objeción

que sin duda me hará la crítica clásica de andar algo descosido en

mi novela, y hago solemne protesta de que por ahora, y siempre que

me convenga, seré romántico, reservándome empero refugiarme en el

clasicismo cuando las circunstancias lo exijan.

Poco más fastidiado que deberá estarlo el que ahora me lea con la

impertinente disertación que precede, se hallaba don Juan de Vargas

en el mismo paraje y situación en que le dejamos al fin del capítulo

anterior, esperando con ansia el resultado de una conferencia que

indudablemente se estaba celebrando a pocos pasos de él, pues el rumor

de varias voces, aunque vagas, hería sus oídos.

Pareciole al cautivo que los que hablaban no pasarían de cuatro o

cinco personas, y entre ellas creyó distinguir el eco de una que debía

serle conocida; pero como su turbación no permitiese que recordara

entonces quién era, se persuadía a que aquel hombre podría muy bien

tener semejanza en la voz con algún conocido suyo, y serle sin embargo

enteramente extraño.

Después de hablar un rato en voz tan baja que nada de su conversación

pudo percibir don Juan, animándose la discusión, uno exclamó en tono

más desagradable, aunque lo que decía y con acento gallego, o muy

parecido a él:

—Mateislu.

Toda la sangre se le heló en las venas al hermano del marqués al oír

tan terrible sentencia.

—Sí, sí —dijeron a un tiempo dos o tres de los que conferenciaban.

—Es lo más seguro —exclamó el que había hablado a Vargas, y estaba

entonces sujetándole en el escaño.

Y acompañó su exclamación con un movimiento del brazo derecho, que

a pesar de estar cubierto no pudo menos de distinguir el preso,

quien, dándose ya por muerto, hizo mental y fervorosamente un acto de

contrición.

—Teneos —gritó entonces la voz que a Vargas le parecía conocer—,

teneos. ¿Quién os ha dado derecho para disponer de la vida de ese

hombre?

—Nuestra seguridad lo exige —replicó ásperamente el de las ruinas.

—Mateislu —volvió a decir el que hizo la proposición.

—Os lo prohíbo —insistió el piadoso—; no tenéis facultad para ello.

Solo Dios es árbitro de la vida de los hombres.

—Y el rey —contestó una voz que hasta entonces no se había oído.

—Sí, sí, y el rey —repitieron todos a coro.

—Bien —dijo el defensor de Vargas—, y el rey; esperemos su decisión,

y tiemblen todos su justicia si se atreven a tocar en ese mancebo sin

orden suya.

—Esperemos norabuena.

—Esperemos.

—Esperemos.

Y el silencio más completo volvió a establecerse en torno del preso.

El primer movimiento de este fue dar gracias a Dios por haberle

libertado de tan grande peligro, deparándole en medio de aquellos

forajidos un alma compasiva que intercediese por él. Pero concluido

este acto de piedad, y tranquilo ya por su vida, empezó a reflexionar

sobre la última parte de la discusión que sobre su suerte acababa de

tener lugar, y cuanto más meditaba menos la comprendía.

Un salteador de caminos, estableciendo que solo Dios tiene derecho a

quitar la vida a los hombres, y los demás tan celosos por el monarca

que al momento le replican que también es el de dar muerte uno de los

derechos del rey, a la verdad son cosas no muy comprensibles si no se

toman en sentido crónico; pero que para disponer de la suerte de un

caballero que está en sus manos esperen los ladrones la resolución del

rey, era lo que volvía loco a don Juan, y hubiera enloquecido también a

cualquiera.

Tal vez si la cuestión se le hubiese propuesto siendo otro el paciente,

y estando él tranquilo en casa de su hermano, hubiera atinado con la

única solución racional que podía dársele, y era la de suponer que

los ladrones llamaban rey al forajido que los mandaba, y que tal vez

estaría ausente; pero como, a la verdad, la situación de Vargas no era

la más a propósito para acertar enigmas, daba vueltas y más vueltas al

asunto, y cada vez lo entendía menos.

Diremos sin embargo, en defensa de su ingenio y honor de la verdad, que

no le era fácil hacer raciocinio alguno seguido, pues la ignorancia en

que estaba sobre la suerte de Inés le afligía aún más que su propio

peligro.

La última y lejana campanada del reloj de la villa acababa de sonar

las nueve de la noche cuando distrajo a don Juan de sus reflexiones

el ruido que al levantarse de los asientos que ocupaban todos los

salteadores, a excepción de sus dos guardianes, que permanecieron

inmóviles.

—El rey —se oyó decir en voz baja todo alrededor.

«¡El rey!», exclamó para sí don Juan. «¡El rey! ¿Si estaré soñando?».

—Caballeros —empezó a decir una voz todavía más familiar a los oídos de

Vargas que la del que primero hemos hablado, pero reparando sin duda en

el prisionero, se interrumpió, exclamando—: ¿Qué es esto?

—Yo lo diré, señor —contestó el que había intercedido por nuestro

caballero; y el ruido de sus pasos anunció que se acercaba el recién

venido para enterarle sin duda de lo que había pasado.

Después de un breve rato dijo riéndose el que don Juan suponía ser el

llamado rey:

—Yo lo sabía; pero se me olvidó advertíroslo. ¡Buen susto habrán

pasado! ¡Coello!

—¿Señor? —respondió el de las ruinas.

—Venid.

—¿Y este hombre?

—Dejadlo, con Sousa basta.

Entonces obedeció Coello, y Vargas pudo disponer de su brazo derecho;

mas conociendo que habría temeridad en intentar retirarse, resolvió

someterse pacientemente a su suerte, y permaneció tranquilo.

Poco tardó en volver Coello a su puesto, y decir:

—Soltad, señor Sousa, a ese caballero. Señor don Juan de Vargas, poned

la mano derecha sobre el puño de vuestra espada.

—Está puesta.

—Levantaos.

—Ya estoy en pie.

—¿Juráis, por el signo de nuestra redención, por Dios y su Santísima

Madre, y prometéis a fe de caballero sobre vuestro honor, que si os

permitiese salir de aquí, sano y salvo, jamás revelaréis de manera

alguna la menor circunstancia de cuanto acaba de pasaros?

—Antes de jurar me es fuerza hacer una pregunta, señor...

—Que diga.

—Decid.

—En el mismo paraje en donde me habéis sorprendido, estaba en mi

compañía una dama...

—Está segura, tranquilizaos.

—¿Quién me lo asegura?

—¿Bastará —dijo el que mandaba—, bastará que ella os lo diga?

—Sí —contestó Vargas después de algunos instantes de reflexión.

Separose Coello de Vargas, y al cabo de algunos minutos volvió

acompañado de Inés, quien, dirigiéndose a su amante, le dijo:

—Don Juan, no temáis por mí, segura estoy. Jurad lo que os han dicho y

retiraos.

—Inés, no me engañéis. Si hay el menor peligro...

—Ninguno, os lo protesto. Jurad, siquiera por que yo os lo ruego.

—Repetid lo que queréis que jure.

Hízolo así Coello, y don Juan juró. Concluido este acto, el mismo

Coello, asiéndole de la mano, le mandó que le siguiese, y echando ambos

a andar, y sin saltar zanja ni subir más de una escalera, se halló

Vargas en el mismo paraje en que fue sorprendido. Quitole Coello la

capa que le cubría la cabeza, y retirándose precipitadamente, sin que

su prisionero supiese por dónde, le dejó enteramente libre.

La tormenta había pasado, la luna, abriéndose paso al través de algunas

nubes que aún quedaban, iluminaba la campiña, que aún conservaba cierto

aspecto melancólico y abatido, y el silencio no era interrumpido por

sonido alguno.

Don Juan necesitó de algunos minutos para recobrar enteramente sus

sentidos, y aún no muy sosegado salió de las ruinas, con ánimo de irse

a pie hasta Madrigal; mas con harta sorpresa suya veía su caballo atado

al mismo árbol, y en la misma forma que lo había puesto él por la

tarde, sin que faltase nada de cuanto encima tenía.

Montó, pues, y en breve tiempo llegó al mesón, donde su fiel Pedro le

estaba esperando.

[Ilustración]

Ni rey ni roque (1-2 de 4) · 第 20 / 28 题