MORONDO
Que me llevan los demonios
. . . . . . . . . . . . . .
Voto a Cristo que me llevan.
TEODORA
¿Adónde?
MORONDO
No me lo han dicho,
Porque traen orden secreta.
(_La Adúltera Penitente_, comedia de tres ingenios: Cáncer, Moreto, y
Matos).
Fiel a su palabra, procuró don Juan disimular su melancolía en
presencia del marqués, y aunque a la verdad no pudo conseguir mostrarse
alegre, por lo menos dejó de abandonarse a ciertos accesos, como el que
dio lugar a que le exorcizase el padre capellán, y que antes de aquel
suceso eran sumamente frecuentes.
Su tristeza era sin embargo la misma. Evitaba toda sociedad cuanto
podía, y más de una vez aconteció que el comendador le sorprendiese
con los ojos inundados de lágrimas; mas como Hinojosa había prometido
solemnemente a su primo no volverle a preguntar la causa de su pena
y ni siquiera hablarle de ella, se veía en la imposibilidad hasta de
consolarle.
En este estado de cosas transcurrieron algunos días, hasta que en la
noche de uno Vargas anunció a su hermano y primo que al siguiente por
la mañana se ponía en camino para visitar cierta hacienda, en la cual
era necesaria su presencia.
Convino el marqués, y el comendador aplaudió el proyecto, creyendo, no
sin fundamento, que la variación de aires y la agitación de un viaje
serían muy a propósito para distraer a Vargas de sus disgustos, y tanto
más cuanto que, con sola aquella idea de él, se notaba ya mucho más
alegre que se le había visto en la última temporada.
Toda aquella noche estuvo Vargas amabilísimo, colmando de caricias
a su hermano, al comendador, y aun al mismo padre Teobaldo, quien no
dejaba de atribuir parte de tan inesperada mudanza a sus hisopazos y
conjuros. En el momento de separarse, don Juan los abrazó a los tres
con ternura, encargándoles que no le olvidasen.
—Olvidaros —dijo el marqués—, y en el corto tiempo que habéis de faltar
de aquí, no es posible.
—Mi ausencia, hermano, podrá ser más larga de lo que yo mismo creo.
—Norabuena; por mucho que se tarde en concluir la obra que vais a
dirigir, será cosa de pocas semanas.
—Decís bien, hermano; comendador, conservadme vuestra amistad.
—Don Juan, mis ocupaciones aquí son ningunas; si habéis menester de un
amigo que os acompañe, mi persona es vuestra.
—No, primo, no; vos podéis y debéis quedaros. ¿Qué sería del marqués
viéndose solo? Adiós, pues.
—Adiós, y Él os acompañe en vuestro viaje. Amén.
—Amén.
Antes de salir el sol estaba Vargas en camino, sin más compañía que la
de un criado, que era el que siempre le seguía y estaba en su servicio
desde la niñez. Callado, fiel y obediente, Pedro no conocía más ley que
la voluntad de su señor, de cuyas acciones nunca veía más de lo que se
quería que viese. Tan fácil hubiera sido saber por boca de un cadáver
la enfermedad que le redujo a tal, como de la de Pedro nada de los
asuntos de su dueño. Este, pues, le estimaba como a una joya preciosa,
que no tenía reemplazo si una vez llagaba a perderse, y depositaba en
él sus secretos con una confianza sin límites.
Una legua habrían andado los dos caminantes, cuando deteniendo don Juan
su caballo, dio lugar a que emparejase con él su criado.
—Pedro —le dijo—, vamos a Madrigal.
—Adonde usted mande.
—Es preciso que tú te adelantes. Nada importa reventar el caballo; esta
noche has de dormir allá.
—Muy bien.
—Toma esta carta, que entregarás también esta noche misma, si llegares,
como deseo, antes del toque de ánimas. Gabriel no estará entonces en su
casa.
—Está entendido, señor.
—Si llegas después de ánimas, mañana...
—¿Cuando el pastelero esté en misa?
—Perfectamente, Pedro.
—¿Y la respuesta?
—No la tiene. Marcha, y en habiendo entregado la carta métete en el
mesón, y no salgas de él por ningún pretexto. ¿Me entiendes?
—Sí, señor.
—Nadie ha de conocerte antes ni después.
—Estoy al cabo.
—Fío en tu obediencia. Espérame allí, que o yo iré, o te daré noticias
de mi persona. Marcha, Pedro. ¡Ah!, ¿llevas dinero?
—Poco.
—Toma diez doblones. Silencio y agilidad. Buen viaje.
—Dios guarde a usted, amo mío.
Diciendo esto arrimó Pedro las espuelas a su caballo, y poco tiempo
después le perdió don Juan de vista.
No nos tomaremos el trabajo de seguir al amo ni al criado en todo su
camino, sino que dejándolo en claro trasladaremos la escena de un
golpe de pluma al siguiente día, en el momento de oscurecer, a espaldas
de una ermita que distaba como un tiro de bala de Madrigal.
Atado a un pino tascaba impacientemente el freno el caballo de don
Juan, y este con no mucha más resignación se paseaba aceleradamente
al pie de los muros de la ermita. De cuando en cuando asomaba con
precaución la cabeza por una de las esquinas, y examinaba con aire de
inquietud y ansiedad el camino que guiaba a la villa, y en el cual no
se veían ni perros.
—Ya casi es de noche... No viene... Si acaso Gabriel... ¿Pero qué tan
necio había de ser Pedro que se dejase sorprender? Infeliz de él como
así fuese... Un bulto... La oscuridad no me deja distinguir quién sea:
¿si será ella?... ¿Y quién ha de ser a estas horas por este paraje?
Inés será. Respiremos.
En esto el bulto se venía acercando a toda prisa; pero en vez de
seguir hasta la ermita, tomó por una vereda que se apartaba de aquel
camino como unos cincuenta pasos antes de llegar a ella.
—¡Maldición! No es Inés. Ya no viene.
Cualquiera que haya esperado alguna vez, y tratándose de asunto
importante, concebirá fácilmente la extrema impaciencia de Vargas, a la
cual se agregaba la duda en que se hallaba sobre si el mensaje había
llegado sin novedad a su destino, y de que, aun cuando así fuese, se
prestara Inés a sus deseos.
Tan presto se paseaba don Juan presuroso, como haciendo alto de repente
recogía hasta el aliento, y aplicaba el oído a la tierra para percibir
aun el más ligero ruido. Ya se sentaba sobre una piedra, ya corría
despeñado a ponerse en acecho, todo quejándose de su mala estrella y
votando como un desesperado, y todo en vano también.
Cerca de una hora pasó en aquel tormento hasta que, ya perdida la
paciencia, y olvidándose de sus proyectos mismos, abandonó la posición
que ocupaba y echó a andar hacia Madrigal; ¿a qué?, él mismo no lo
sabía; pero hay circunstancias en que el variar de posición, sea
como fuese, es indispensable. Cincuenta pasos habría andado con una
agitación extremada, cuando vio salir de la villa a un bulto negro.
La noche era ya extremada, el firmamento cubierto de opacas nubes que
impedían el paso a los rayos de la naciente luna, y el horizonte oscuro
como el abismo, y que de cuando en cuando iluminaba la luz rojiza y
fugaz de los relámpagos, anunciaban una próxima tempestad.
Agitadas por el presentimiento que les inspira su instinto, las aves
nocturnas, con vuelo rastrero y desigual cruzaban el campo en todas
direcciones. El lejano ladrido de los perros, el son lúgubre de una
campana, y hasta el susurro del viento en los sembrados, todo, en una
palabra, contribuía, en el momento de que hablamos, a dar al paraje en
que se hallaba Vargas el más siniestro aspecto.
Al ver, pues, el bulto de que se ha hecho mención, y olvidado de que un
momento hacía hubiera dado cuanto le hubieran pedido por verlo en el
camino, se sobrecogió un instante.
En efecto, la persona que a él se acercaba, cubierta de un traje
talar que flotando a merced del viento le prestaba aparentemente
más corpulencia que la que realmente tenía, no parecía andar, sino
deslizarse por el camino; tales eran la ligereza de su paso y la
rectitud con que caminaba.
En las circunstancias ordinarias, don Juan, que por una parte había
nacido valiente, y por otra era noble y castellano, hubiera visto con
indiferencia, y tal vez no habría reparado en la circunstancia de
caminar de este o del otro modo una persona que pasaba por el camino.
Pero la hora, la disposición del cielo, el paraje en que se hallaba, y
que él mismo había elegido como más seguro para su intento, pues era
pública voz en Madrigal que en las inmediaciones de aquella ermita,
que hoy no existe, se verificaban frecuentes y espantosas apariciones,
y sobre todo la agitación en que estaba su espíritu le tenían tan
trastornado que la vista de la persona que se le acercaba le sobresaltó
en efecto.
Hizo, pues, alto, y maquinalmente se persignó y sacó la espada. El
bulto continuó marchando intrépidamente hasta estar a unos diez pasos
de don Juan, que entonces ya cesó de andar.
Pocos momentos bastaron para que, volviendo este en sí, reconociese la
ridiculez de su conducta y, avergonzado de ella, envainó la espada.
—Proseguid —dijo dirigiéndose a la inmóvil persona que delante tenía—,
proseguid vuestro camino, quien quiera que seáis, que así en mí no
hallaréis impedimento.
—Don Juan —exclamaron—, ¿sois vos?
—Inés, al fin habéis venido.
—Sí, aquí estoy. Bien sabéis que arriesgo mi vida; pero en fin, ¿qué me
queréis?
—Aquí no estamos bien, Inés; cualquiera que pase puede vernos. Vamos a
la ermita.
—¿A la ermita, don Juan?...
—¿Y por qué no? Jamás os he conocido medrosa.
—Verdad es, pero...
—No perdamos el tiempo, que para nadie es más precioso que para vos.
Seguidme.
Al decir esto asió del brazo a Inés, y en aquella disposición llegaron
ambos a la espalda de la ermita, a la cual estaban unidos los restos de
un pequeño edificio, que probablemente en tiempos antiguos habría sido
habitación del ermitaño, pues aunque inutilizada, conservaba una puerta
de comunicación con la iglesia.
Ya en la época de que hablamos hacía muchos años que la ermita tenía su
cura, que habitaba en la villa, y la habitación, abandonada, se había
ido arruinando progresivamente hasta no quedar más que un solo ángulo,
en el cual se conservaba parte del tejadillo.
A este ángulo, pues, se dirigieron Inés y don Juan sin proferir una
sola palabra. Así que llegaron, don Juan dispuso lo menos mal que pudo
un asiento de piedra para la pastelera, a quien dijo:
—Sentaos, Inés.
Hízolo así esta, y en seguida:
—¿Y vos? —preguntó.
—Bien estoy en pie. ¿Conque habéis recibido mi carta?
—Anoche me la entregó Pedro.
—¿Y Gabriel?
—No le he visto. No estaba en casa.
—Bien.
Parose aquí un momento como para recordar las especies, y en seguida
continuó:
—Inés, repetiros que os adoro es inútil; bien lo sabes.
—Me lo habéis dicho, don Juan; pero no sé si será una prueba de ello
estar un mes ausente sin darme noticia de vuestra persona ni siquiera
por cortesía.
—Tenéis razón. ¿Qué responder a esto?... ¡Qué responder! Yo responderé;
pero no interrumpáis, o de una conferencia que debe ser muy breve
haréis una conversación eterna. Os adoro, repito, y os adoraré mientras
viva, Inés. ¿Y cómo no adoraros? Yo que os he visto a la cabecera de mi
cama noche y día sin separarnos un momento, yo que os debo la vida...
—¿Y por quién la expusisteis?...
—Más me valiera perecer entonces.
—¡¡Don Juan!!
—Inés, tanta hermosura, tanta discreción, y ese carácter angélico, esa
dulzura celestial, bastantes a hacer la dicha de cualquiera mortal, han
hecho de mí un frenético. Ya sabes que solo vivo a tu lado. Ya ves tú
que lejos de ti mi vida es un infierno. Inés, Inés, apiádate de mí.
—Sosegaos, don Juan. ¿Así cumplís las promesas que me hacéis en vuestra
carta? Hablemos en razón. Cuando postrado aún en el lecho, gracias a
la temeridad con que os expusisteis por salvarme, me dijisteis vuestro
amor, don Juan, yo no os oculté que también os amaba. Ya entonces era
inútil que mi boca repitiese lo que debíais haber adivinado en mis
ojos; pero también os dije que Inés no se envilecería jamás a los ojos
de su amante, arrojándose en sus brazos sin ser antes su esposa, y
vuestra esposa Inés no puede, no debe serlo por ahora.
—Inés, verdad habéis dicho en todo. Lo que entonces me dijisteis está
grabado en mi corazón con caracteres indelebles. ¿Pero cuál es el
obstáculo que ponéis a nuestra unión? ¿La desigualdad de condiciones?
Mujer celestial, ¿quién es más en el mundo que tú para mí? Yo también
he querido luchar, y también he opuesto a mi pasión todo género de
reflexiones, y todas han sido inútiles. He venido a ser tu esposo, a
vivir contigo eternamente, a morir a tus pies de dolor.
Mientras que don Juan hablaba así con una vehemencia extraordinaria,
Inés enternecida lloraba sin cesar. El llanto le impedía hablar durante
algún tiempo, pero al cabo entre sollozos y suspiros prorrumpió:
—Vargas, ¿qué decís? Sin conocerme, sin saber de mí más que el nombre
de Inés, viéndome en tan oscura condición en compañía de Gabriel...
—Una sola cosa exijo de ti, Inés, para darte mi mano, una sola cosa.
Con una palabra vas a disipar una duda que pesa sobre mi corazón, y le
oprime y le agobia.
—Decid, don Juan.
—Antes jura decirme la verdad.
—Si es secreto en que yo sola esté interesada, juro por el Dios que nos
escucha, y que sabe leer el fondo de nuestros corazones, que sabréis la
verdad entera, y nada más que la verdad.
—Pues bien, Inés, perdóname si tal vez mi duda te ofende; yo mismo
me he reconvenido millares de veces por ella; pero es más poderosa
esta amarga duda que cuantos diques le opongo. Si tú supieras que en
solo concebirla he sufrido yo más tormentos que puede haber en los
infiernos, me perdonarías.
—Y bien, perdonado estáis.
—Decid: Clarita, la hija de Gabriel, ¿es tu hija?
—No, don Juan, no es mi hija.
—Dios omnipotente, yo te doy gracias: tú eres digna de mi amor.
Un profundo silencio reinó en las ruinas después de proferida por don
Juan esta última exclamación.
El amor propio de Inés y su virtud misma se rebelaban contra la
suposición de Vargas, y era menester toda la fuerza del amor y el peso
de las razones que ella misma conocía haber tenido aquel caballero
para concebir semejantes sospechas, para que no diese muestras de su
indignación.
Vargas, como el que acaba de arrojar de sí una pesada y molesta carga,
aunque gozoso por verse libre de ella, estaba como enajenado; y además,
conociendo también que su amada no podía estar muy satisfecha con
su pregunta, no sabía cómo anudar de nuevo la conversación sin que
volviese a recaer sobre tan delicado y desagradable objeto.
Estando así ambos amantes, la tempestad que desde antes de ponerse el
sol se había ido preparando descargó con tremenda furia.
Un relámpago, a cuyo resplandor parecía incendiado el lejano horizonte,
seguido de un espantoso trueno fue el principio de la tormenta, que en
seguida ya fue general y terrible.
—Todos los santos del cielo me amparen —exclamó Inés, retirándose
asustada al último rincón de las ruinas.
—¿Qué temes? —dijo don Juan, siguiéndola, y pasándole un brazo por
la cintura, con ánimo sin duda de prestarla así su protección más
inmediatamente—. ¿Estando conmigo, qué temes, Inés?
—Vuestra protección, don Juan, no creo que sea muy eficaz contra los
rayos del cielo.
—La tempestad no puede ser duradera: en la estación en que nos hallamos
son frecuentes, pero momentáneas.
—Por poco que dure siempre será lo bastante para que yo, a menos de
ponerme en camino diluviando como está, llegue a casa después que
Gabriel, y entonces...
—Entonces, infeliz de él si se atreviera a ofender a la esposa de
Vargas.
—La esposa de Vargas no lo soy aún, tal vez no lo seré nunca, y entre
tanto a su autoridad estoy sujeta.
—¿Y quién le ha dado esos derechos sobre ti?
—Mi destino.
—¿Y cómo?
—Este es un misterio que ni vos debéis preguntarme, ni yo revelarlo.
Dejemos, pues, de hablar de ello, y separémonos también.
—¡Cómo, Inés! ¿Sin que hayas decidido de mi suerte?
—Nos volveremos a ver dentro de ocho días en este mismo paraje, y a la
misma hora. Entonces tal vez me será lícito hablar más de lo que hoy
puedo hacerlo.
—¿No me dirás al menos si me amas?
—¡Ingrato! Harto lo sabes.
—¡Inés mía!
—Don Juan, adiós.
—Espera: es imposible que con esta lluvia te pongas en camino.
—Lo que es imposible es detenerme más sin grave riesgo; tal vez es ya
demasiado tarde.
—Pues bien... Pero ahora se me ocurre: yo puedo llevarte hasta la villa
en mi caballo, cubierta con mi capa, y desde la entrada hasta tu casa
poco hay que andar.
—Vamos, pues.
Salió don Juan de las ruinas en busca de su montura, pero la oscuridad
de la noche era tal, que a dos pasos no se divisaba un árbol. Fuele,
pues, preciso marchar muy despacio y a tientas, buscando los únicos
cuatro pinos que a unos seis u ocho pasos de la ermita estaban, y a uno
de los cuales había atado su caballo: tropezó por fin con uno de los
pinos, pero no era aquel el que buscaba; fue al segundo, y le sucedió
lo mismo, y otro tanto con el tercero y cuarto.
«Vamos —dijo para sí—, he perdido enteramente el tino; no daré en toda
la noche con el caballo».
Volvió de nuevo a recorrer los pinos, y viendo que tampoco en ninguno
de ellos estaba, comenzó a dudar de si habría tal vez más árboles de
los que él creía haber contado; pero un relámpago, iluminando por un
instante todo el lugar de la escena, le hizo ver que no se había
equivocado al contar los árboles, y que su caballo no estaba ni en el
paraje que lo había dejado, ni cerca de él.
—¡Confunda Dios al pícaro ladrón que se lo ha llevado! —exclamó furioso
dando una patada en el suelo—. ¡Buenos estamos! A pie y sin dinero me
deja, y ahora Inés habrá de andar a pie por ese camino, que está hecho
un mar sin duda.
Mohíno además y pesaroso, dio la vuelta Vargas; no sin dificultad atinó
a entrar de nuevo en las ruinas contiguas a la ermita, y así que estuvo
dentro empezó a decir:
—¡Pobre Inés! Estamos a pie: o el caballo espantado con los truenos ha
roto las riendas y echado a huir por esos campos, o algún ratero se lo
ha llevado. ¿Tendrás que irte a pie? ¿No respondes?
El ruido solo de la lluvia, que impelida por el viento se estrellaba
contra los muros de la ermita, fue la contestación que recibió don Juan
a su pregunta.
—Inés, responded por Dios santo... ¿Se habrá ido? ¿Capaz es?... ¡Inés,
Inés! ¿Os parece este momento para chancearos?... Ahí estáis, si yo os
siento andar... ¿Me huyes?... Responde, o es...
—Silencio, o muerto sois, caballero —dijo al oído una voz de hombre
para él desconocida, y al mismo tiempo asido de ambos brazos, sin saber
por quién ni cómo, se halló en la imposibilidad de hacer el menor
movimiento contra la voluntad de sus guardianes.
—¡Traidores! —dijo con rabia.
—Silencio —repitió la misma voz que primero había hablado—: andad con
nosotros, en la inteligencia de que si no queréis hacerlo por vuestro
pie vendréis arrastrando. Silencio, repito, si amáis la vida, que no
tratamos de quitárosla, ni aun de ofenderos si a ello no nos fuerza
vuestra imprudencia.
Concluida esta horrible oración echaron a andar los que tenían agarrado
a Vargas, y él también hubo de hacerlo con ellos mal que le pesase.
Durante algún tiempo conoció don Juan que caminaban por las ruinas en
razón a la desigualdad del terreno y a la multitud de escombros con
que continuamente tropezaba; y aunque la extensión que en diferentes
direcciones le hicieron andar le pareciese mayor que las que las mismas
ruinas tenían, lo atribuyó en parte a su turbación, y en parte a error
en su primer cálculo.
Yendo así le taparon el rostro con un pañuelo o capa que le echaron
sobre la cabeza; precaución bien excusada, pues que, como ya se ha
dicho, la noche era sumamente oscura. A poco rato el piso ya se ofrecía
unido y de nivel, y sus propios pasos, repetidos por un eco no muy
claro, resonaban en los oídos del prisionero; en seguida le hicieron
bajar una escalera, volver a andar por terreno llano, subir otra
escalera, y al cabo bajar una tercera; desde allí atravesar una zanja;
y por último, saliendo de ella, sentarse en uno que le pareció escaño
de madera.
En todo el tiempo no oyó don Juan proferir una palabra, de manera que
la única conjetura que sobre su situación pudo formar fue, por el rumor
de los pasos, la de ser tres las personas que con él iban, una delante
y dos asiéndole de ambos brazos.
La circunstancia de faltarle el caballo le hizo creer que se hallaba
en poder de ladrones, lo que le era sumamente sensible, no por él,
sino por Inés, que era ya de suponer se hallaba en sus manos. En la
situación en que se hallaba solo un recurso se le ofrecía para salvar
a su amada de las garras de aquellos malvados, que era el de ofrecerle
por la persona de la pastelera un rescate considerable en dinero, y
así propuso hacerlo tan luego como hubiese terminado su caminata y le
diesen los ladrones lugar para ello.
En medio de estos proyectos, y como a pesar suyo, resonaba una voz
en su conciencia, que le decía: «¿Por qué te obstinas en venir a
Madrigal, si cuanto haces y dices en él redunda en daño tuyo?». El
corazón respondía: «Estoy enamorado, y yo mando». La cabeza podía haber
replicado en el gusano de la fábula: «Usted tiene razón: así va ello».
[Ilustración]