Vivir con ella en ignorado asilo,
Sus sienes coronar de mirto y rosa,
Y una mirada dulce, cariñosa,
En premio recibid de mi desvelo,
Es mi sola ambición, mi solo anhelo.
(_Oda inédita_).
La mala cama, el ruido de las caballerías y, más que todo, su agitación
no permitieron a Vargas disfrutar en la posada de un solo instante de
reposo.
Representábanse sin cesar en su fantasía las escenas del principio
de la noche, y el peligro que acababa de correr le parecía aún mayor
después de pasado que cuando en él se hallaba, sucediéndole lo que
al caminante que a fuerza de penas logra verse en lo más alto de
una escarpada roca, que ya en su cima se horroriza contemplando el
precipicio a cuya orilla pasó.
Pero lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo de conciencia sobre
haber creído ligeramente en la seguridad de Inés, que sin cesar se le
ocurría. En vano se recordaba a sí mismo la absoluta imposibilidad
de defender a su querida en que se hallaba cuando se le exigió el
juramento que prestó para obtener su libertad; en vano la misma Inés
le había rogado que jurase. A todas sus reflexiones se decía: «Yo debí
morir a su lado o salvarla conmigo».
En estos pensamientos le sorprendió el alba y, apenas el primer rayo de
luz penetró en su aposento, se vistió apresuradamente y envuelto en una
gran capa, con su sombrero de ala ancha calado hasta las cejas, se puso
en la calle.
Dirigiose inmediatamente a la pastelería, que como de razón encontró
cerrada. Cediendo a su impetuosidad iba a llamar a la puerta, pero por
fortuna suya cuando ya tenía el aldabón en la mano le detuvieron el
brazo por detrás.
—¿Quién se atreve a ponerme la mano encima? —dijo Vargas lleno de
cólera y sacando al mismo tiempo la daga.
—Yo, señor don Juan.
—Fray Miguel, ¿y con qué derecho? Seguid vuestro camino, y dad gracias
a ese hábito si no lleváis el premio que merece vuestra insolencia.
—Caballero, vuestra cólera ni me asusta ni me enoja; sois mozo y
soldado; yo anciano y religioso. ¿Qué gloria ni qué provecho os
reportaría el maltratarme?
—Padre mío, conclúyase la conversación; siga vuestra paternidad por
donde iba, y déjeme a mí acudir a mis negocios, que, por Dios santo, no
estoy para sermones.
Y al concluir estas palabras volvió a asir el aldabón; mas fray Miguel
se opuso también segunda vez a sus intentos.
—Fraile, o demonio en figura de tal, ¿has salido del averno solo para
precipitarme? Retírate al momento, o te mato si mil vidas tuvieras
—exclamó Vargas loco ya de furia, y desembozándose enseñó la daga
desnuda al vicario de Santa María.
Mas este, impávido, sin mudar siquiera de color y permaneciendo inmóvil
delante de la puerta de Gabriel de Espinosa, le contestó mostrándole el
pecho:
—Herid, señor don Juan de Vargas, herid norabuena si tan ciego estáis
que desconozcáis no solo vuestros propios intereses, sino los de la
persona misma a quien queréis servir. Sacad de esta vida miserable a un
hombre que, resignado con la voluntad de Dios, siempre está pronto a
comparecer ante su trono; pero creedme: de no pasar sobre mi cadáver,
no cometeréis ahora la imprudencia de llamar a esta puerta.
La sangre fría de fray Miguel, su tono solemne, y la firme decisión que
en su rostro se mostraba de llevar adelante su propósito, paralizaron
los efectos de la cólera de Vargas: con los brazos caídos, baja la
cabeza, y oído atento, escuchó cuanto el fraile quiso decirle, y aun
después de haber concluido aquel de hablar permaneció algún tiempo en
silencio.
—Fray Miguel, he andado sobradamente ligero, lo confieso; pero vuestra
paternidad me ha provocado. Sea como quiera, respeto vuestro carácter,
y voy a daros una prueba de ello sometiéndome a hacer explicaciones
que a nadie debo. Si presumís que mi venida a esta casa tiene algo de
hostil, os engañáis. Deseo solo saber que una persona de ella...
—¿Inés?
—Sí, Inés: puesto que lo habéis dicho, deseo saber si está en su casa.
—Lo está.
—¿Quién os lo ha dicho?
—Yo la he visto.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿A qué hora?
—A las diez de ella.
—¿No me engañáis?
—Mancebo, estas canas y este hábito ¿merecen por ventura tan injuriosa
desconfianza?
—No, fray Miguel. Dadme esa mano: seamos amigos.
—Yo lo soy vuestro más de lo que pensáis, señor don Juan, y voy a daros
pruebas de ello si tenéis la bondad de seguirme.
—Vamos. Pero permitidme que os pregunte cómo, a hora en que nadie anda
por las calles, os halláis vos en ella.
—Señor don Juan, el temor que tenía de que usted intentase lo que ha
tratado de hacer.
—¿Pues cómo podrá vuestra paternidad sospecharlo cuando yo mismo no he
formado el designio de visitar a Gabriel hasta hace media hora?
—¿Y de qué servirían mis años y mi experiencia si no pudiera yo preveer
las acciones de un hombre apasionado antes que él mismo? Yo he sido
joven como usted, señor caballero, antes de vestir este hábito; también
las pasiones me han atormentado.
—Norabuena; pero ¿qué antecedente tenía usted, padre vicario, para
creerme desasosegado por Inés?
—¿Qué antecedente? El habérmelo dicho ella misma.
—¿Ella? ¿Y os ha dicho que...?
—Me ha dicho que la amáis, que os ama.
—Fray Miguel, si tratáis de sorprenderme, os habéis engañado; yo no...
—Deteneos, que yo no os pido que confeséis ni neguéis cosa alguna: voy
simplemente a referiros lo que Inés me ha dicho. Se reduce, pues, a
que entre ambos median relaciones amorosas, y que ayer en una cita
las circunstancias fueron tales que al separarse de vos debía quedaros
alguna inquietud por ella. La pintura que en seguida me hizo del
carácter vehemente del señor don Juan de Vargas, y el conocimiento que
yo tengo del de Espinosa...
—¿Conque le conocéis?
—Sí, le conozco: dejadme concluir. Temí, pues, el paso que queríais
dar, del cual no hubierais sacado más fruto que comprometer a vuestra
amada. Ved aquí por qué, a pesar de esa capa y ese sombrero, os he
conocido.
Calló el fraile, y Vargas, perdido, por decirlo así, en su laberinto de
conjeturas, no acertó tampoco a decir palabra hasta hallarse dentro del
monasterio y en la celda del vicario.
En ella hizo su dueño los honores a don Juan con toda cortesía, y
sentados ambos volvió a tomar la palabra el vicario.
—En vista de la manera con que esta mañana han sido recibidos mis
buenos oficios, tal vez, señor don Juan, debiera yo abstenerme de
mezclarme en asuntos ajenos. Pero mi deber, como ministro del altar,
es sacrificarme por conservar la paz en las familias, y además,
por razones que tal vez antes de mucho podrán ser públicas, estoy
particularmente interesado en el negocio en que vamos a hablar. Será
preciso, pues, que se me escuche con paciencia.
—Contad con ella, fray Miguel, y decid cuanto se ocurra —contestó
Vargas reprimiendo a duras penas la expresión del enojo que tantos
exordios y preñeces le causaban.
—Usaré de esa licencia —repuso el vicario— y procuraré ser breve.
Vuestro nacimiento es ilustre, y yo me complazco en creer que no
trataréis de oscurecer su nobleza con acción ninguna que de él desdiga.
—Padre vicario, no habléis más de eso: nadie ha dudado hasta hoy de la
honradez de los hijos de mi padre, y...
—No se exalte, que tampoco dudo yo; lo que he dicho ha sido solo para
haceros conocer el inminente peligro en que una loca pasión os pone.
—Mi pasión no es loca.
—Sí lo es; y lo probaré. ¿Conocéis a Inés?
—¿Si la conozco? Mejor que a mí mismo. Bella, sensible, generosa,
honrada, y de nobles pensamientos, Inés ha nacido para ocupar un trono.
Sí la conozco, fray Miguel; y el día que la conocí decidió del destino
de mi vida entera.
—Joven infeliz, si eso es así, os compadezco.
—¿Y por qué? Si amo, también soy amado: en breve un lazo santo nos
unirá.
—Os engañáis.
—¿Y quién se atrevería a oponerse a la firme voluntad de ambos? ¿Quién
mientras Vargas tenga brazo y espada le impedirá que sea esposo de
Inés? La familia de Vargas no podrá impedirlo, yo os lo fío.
—¿Y Gabriel?
—¿Tiene ese hombre más de una vida?
—¿Paréceos el homicidio buen camino para llegar a la felicidad?
—No sé, ni quiero saber más que Inés ha de ser mía.
—La pasión es quien habla, don Juan, no vos. Atendedme os ruego.
Dejemos por un momento a Gabriel a un lado, y hablemos de vos solo y
de vuestra familia. De Inés, como ella misma os ha dicho, nada más
conocéis que el nombre.
—Y el alma.
—Creéis conocerla, y tal vez...
—Tal vez arrancaré la lengua al que fuere osado a ponerla en la que
adoro.
—No es ese mi ánimo. Pienso como vos.
—Inés es capaz de hacer feliz a su marido. ¿No es verdad, padre mío?
—Así lo creo, pero Inés hoy es muy poco para ser vuestra esposa; mañana
tal vez será demasiado.
—No os entiendo a fe mía.
—Ni yo puedo explicarme más.
—Norabuena. Cuantos me hablan de algún tiempo a esta parte lo hacen
misteriosamente; ya me voy habituando. Continuad, padre.
—Si vuestra familia llega a saber los proyectos que formáis, ¿cuál será
el resultado? Una persecución violenta caerá sobre la infeliz Inés; y
esta no cesará hasta que se la ponga en posición que os sea imposible
llegar a ella. Un matrimonio clandestino, Inés no consentirá en él;
vivid seguro de ello. ¿Qué partido os queda?
—Casarme hoy mismo con ella, y hoy mismo huir con ella a país
extranjero.
—Y allí, sin recursos de ninguna especie, don Juan de Vargas mendigará
el sustento para él y su esposa, ¿no es cierto? La miseria y cuantos
males la acompañan son el presente que vuestro amor quiere hacer a la
mujer que idolatráis. Don Juan, por ella y por lo mismo escuchad la voz
de la razón: es forzoso que renunciéis a Inés.
—Antes morir mil veces.
—Mancebo, corréis a vuestra perdición.
—¿Qué importa? Sin ella no puedo ser nunca feliz; esto es cierto,
ciertísimo, fray Miguel.
—Señor don Juan, este negocio es harto ajeno de mis años y mi carácter;
pero me intereso tan de veras por Inés y por vos, que consiento tomarlo
a mi cargo si me prometéis no dar en él paso ninguno sin anuencia mía.
—¿Y vuestra paternidad me promete que no abusará jamás de mi confianza
para alejarme de Inés?
—¡Qué suspicacia! Sí, prometo.
—Pues yo también.
—Está dicho. Un solo medio hay por el que tal vez podéis llegar a ser
esposo de Inés.
—¡Ah! Decid cuál, y veréis que estoy pronto.
—Exige de vuestra parte grandes sacrificios.
—Ninguno habrá que me lo parezca siendo por ella.
—Exponeros a riesgos inminentes.
—Más de una vez he expuesto ya el pecho a las balas.
—Son también necesarios la paciencia...
—Tendré la de un santo.
—La sumisión...
—Seré un esclavo.
—El silencio.
—Callaré como un muerto.
—Todo os parece fácil ahora.
—A la prueba me remito.
—Acepto la promesa.
—¿Pero Inés será mía?
—Tal vez.
—¿Tal vez no más?
—Vuestra será.
—Sois mi ángel tutelar.
Y el pobre fraile se vio abrazado, besado, acariciado de todas las
maneras posibles, y a pesar de su gravedad, no pudo menos de sonreírse
y enternecerse con el entusiasmo de Vargas.
Más fácil es imaginar que describir el extraño grupo que formaban un
fraile anciano y un caballero mozo, estrechamente abrazados y llorando
como dos chiquillos.
Vargas, enajenado de gozo, fray Miguel, enternecido, se miraban el uno
al otro con una expresión tan singular, tan dulce, que más parecían
padre e hijo que dos extraños.
En esta situación los sorprendió Gabriel de Espinosa, que sin pedir
licencia ni llamar, abrió la puerta de la celda y entró en ella como
pudiera hacerlo en su casa.
Iba el vicario a levantarse de su asiento, mas a una seña del pastelero
permaneció tranquilo.
—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo —dijo Espinosa con el
mismo tono de voz que ya le había oído don Juan cuando le vio por
primera vez. Pero entonces no se desmayó el fraile, sino que haciéndole
una reverencia, le respondió:
—Señor Gabriel, él venga con vos.
Al escuchar el saludo del pastelero, Vargas se estremeció sin saber
él mismo por qué. Verdad es que aun cuando don Juan pasó en casa de
Espinosa más de quince días para curarse de la herida que recibió en la
pradera, puede decirse que apenas le vio.
Pasábanse en efecto los días enteros sin que Gabriel entrase en la
habitación que ocupaba su huésped, y cuando lo hacía era por pocos
minutos, limitándose su conversación a preguntar por la salud del
enfermo y desearle un pronto restablecimiento.
Tan extraña conducta no pudo menos de llamar la atención del hermano
del marqués; pero a cuantas preguntas hizo a Inés sobre la materia
jamás oyó otra respuesta que la de que aquel hombre era de carácter
naturalmente áspero y oscuro.
Por otra parte, Vargas, continuamente en compañía de Inés, y enamorado
hasta no más de ella, no echaba mucho de menos la sociedad de Gabriel:
de manera que cuando llegó el caso de volverse a Valladolid, sus
relaciones con él eran poco más o menos las mismas que el primer día de
haberse visto.
No había, pues, entre ambos la mayor intimidad, y no sabía don Juan,
en la ocasión de que hablamos, cómo tratarle; pero Espinosa zanjó
la dificultad llegándose a él con aire afable, aunque sobradamente
familiar, y diciéndole:
—¿Pues cómo, señor don Juan de Vargas, vos en Madrigal, y no en mi casa
que tan vuestra es?
Tomó entonces fray Miguel la palabra, y contestando por Vargas, dijo
que al llegar este a la villa, aquella misma mañana, le había él
encontrado y llevado consigo, sin darle lugar a otra cosa. Con esto
tuvo don Juan el tiempo suficiente para recobrarse, y contestando al
cumplimiento del pastelero con no menos cortesanía que la suya, la
conversación se hizo general, fácil e indiferente.
Ya en esto se acercaban las ocho de la mañana, hora en que el vicario
decía diariamente la misa, y con este motivo se retiró a hacer oración
para prepararse a celebrar dignamente tan santo sacrificio.
Quedáronse, pues, solos don Juan y Espinosa, y este manifestó en la
conversación un talento tan claro, tan vasta instrucción, y sobre todo,
un conocimiento de los hombres que sorprendió a Vargas.
Hizo don Juan caer la conversación sobre la política de la época, y el
pastelero en breve le manifestó que estaba muy al corriente de ella.
Habló de toda España, de Italia y de Flandes, como hombre que todo lo
había corrido, y con aprovechamiento. Los asuntos de Portugal los tocó
ligeramente, y esto lo atribuyó Vargas al justo temor que entonces se
tenía de tratar semejante materia, pues Felipe no consentía sobre ella
la menor discusión.
Como quiera que fuese, el hecho es que cuando se trató de ir a oír la
misa, Vargas estaba prendado del pastelero, y lleno de asombro de que
un hombre de oficio tan bajo tuviese tal instrucción y discernimiento.
Lo que únicamente le disgustaba en él era cierto aire de iniciativa y
decisión que tomaba en las conversaciones. Decía en efecto las cosas no
como quien anuncia una opinión, sino a manera de axioma. Si el oyente
le replicaba, solía satisfacer a su objeción con fuerza y brevedad;
pero si aun se le oponían, cesaba de hablar, arrugaba el ceño, y ya no
era posible hacerle volver a entrar en materia.
Este proceder tan contrario a lo que su oficio prometía; su ninguna
aplicación al trabajo; su amistad con fray Miguel, y sobre todo, Inés
tan dama, tan llena de honrado orgullo, persuadieron a don Juan de que
en la historia de aquel hombre se encerraba algún extraño misterio, y
que de él dependían todas las reticencias que notaba en su querida y en
el vicario.
A juzgar por las apariencias, no iba en esto Vargas muy descaminado;
mas, mirando el asunto más despacio, no parece que fuese cosa
extremadamente sorprendente el que un hombre de baja esfera viajase
mucho, pues al cabo pasteleros en todas partes los hay. Los misterios
de Inés y los del vicario eran a la verdad incomprensibles; pero por lo
mismo, todo cálculo fundado sobre ellos debía ser de ningún valor.
Acabada la misa, el vicario, Vargas y Espinosa tomaron chocolate juntos
en la celda del primero, y ya terminado el desayuno pidió licencia fray
Miguel a don Juan para tratar con él de cierto asunto de la comunidad.
Vargas se retiró inmediatamente, y ofreciendo volver en breve a verse
con el vicario, tomó, casi sin saberlo, el camino de la pastelería.
Entró en ella, y en la tienda le recibió el mulato con toda la
afabilidad que en él cabía, y era sobre poco más o menos la de un perro
de presa, que si no muerde a su amo, no deja tampoco de enseñarle los
dientes.
—Domingo —dijo don Juan—, ¿y tu ama?
—¿Qué ama?
—Inés. ¿No está en casa?
—No.
—¿Adónde ha ido?
—No sé.
—¿Y volverá pronto?
—No sé.
—¿Hace mucho que ha salido?
—No sé.
—¿Pero cómo no has de saber cuánto tiempo hace que se marchó?
—No sé. Ya he dicho que no sé. ¿A qué viene tanta pregunta?
Como Vargas conocía el carácter de Domingo, no se obstinó en hacerle
más preguntas, y aunque como buen enamorado estaba lleno de impaciencia
por saber de su dama, no quiso proseguir un interrogatorio que
indudablemente había de ser inútil.
Trataba sin embargo de buscar medio para ver a Inés, cuando
inesperadamente se abrió una de las puertas que comunicaban de lo
interior de la casa a la tienda, y entró en esta una niña de tres
a cuatro años de edad, en cuyas facciones se notaba una semejanza
extraordinaria con las de Inés. La única diferencia que entre ambos
rostros había era el de ser algo menos fiera y mucho más dulce la
expresión habitual del de la niña que el de la mujer. El color de la
primera era también más blanco que el de la segunda, pero una y otra
circunstancia podían muy bien atribuirse, y se atribuían en efecto por
el vulgo, a las distintas edades de las personas comparadas.
Así que la niña vio a Vargas corrió hacia él, y pagó con un sin número
de inocentes caricias las infinitas que le hizo el caballero.
—Juanito mío, ¿me quieres todavía? —preguntó a don Juan.
—Sí, hija mía, más que nunca. ¿Y tú a mí, Clarita?
—Mucho, mucho.
—Me alegro; pero ¿qué tienes? ¿Estás llorosa?
—Sí, he llorado.
—¿Y por qué has llorado, ángel mío?
—Porque tía Inés se ha ido y no me ha querido llevar.
—¡Hay tal! Déjala que venga, verás cómo le reñimos.
—Si ya no viene.
—¿Qué dices, Clarita?
—Que ya no viene en mucho tiempo.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Papá.
—Habrá sido por engañarte. Estará en misa, o a comprarte dulces.
—No lo creas, Juanito. Ha salido en un caballo, y dos señores la han
ido acompañando.
—¡El cielo me valga! ¿Y cuándo se han ido?
—Esta mañana muy tempranito.
—Vaya, tú me engañas, Clarita.
—No te engaño; mira, y se han ido por la puerta del corral. Tía Inés
lloraba, y papá estaba tan serio, tan serio, ¿sabes?
—¿No sabes dónde ha ido?
—No, pero muy lejos. Ya se lo diré a la señora, que me hacen rabiar.
Estas últimas palabras de la niña ya no las escuchaba don Juan, a quien
la sorpresa y disgusto embargaban los sentidos, y tenían como fuera de
sí.
Viendo Clarita que su Juanito, como ella decía, no contestaba, alzó
el rostro para mirarle, y viéndole encendido como una grana, y con
los ojos que parecían iban a saltársele del cráneo, fue tanto lo que
se asustó, que inmediatamente saltó desde sus rodillas, en que estaba
sentada, al suelo, y se echó a llorar amargamente.
El mulato se acercó al instante, y con el ruido del llanto, volviendo
don Juan en sí, acudió a ver qué ocurría.
—¿Qué tienes, niña? ¿Por qué lloras? ¿Por qué te has enojado conmigo?
No, inocente, no; vamos, calla. Si sabes que te quiero. Un poco de agua
para esta criatura, Domingo.
Este, que parecía conmovido, trajo un vaso de agua, y poniéndose de
rodillas presentó a la niña en la mano; pero Clarita, apartándole de sí
con mucho despego, le dijo:
—Yo no bebo sin salvilla, Domingo.
—Déjate ahora de eso —replicó Vargas—, bebe.
—No, no; papá y la señora no quieren.
Domingo, sin replicar palabra, echó una mirada en rededor de sí, y no
viendo con qué suplir la falta de la salvilla, echó mano de su propio
sombrero, y colocándolo debajo del vaso se volvió a acercar a Clarita,
quien, a fuer de niña, celebró con una sonrisa la invención del mulato
y bebió.
Vargas en seguida la dio un beso, y prometiendo volver pronto echó a
andar para el monasterio, resuelto a adquirir de un modo o de otro
noticias de su Inés.
Pero el destino lo tenía ordenado de otra manera. Ni el fraile ni el
portero estaban en la celda, ni en parte alguna del monasterio.
No por esto perdía don Juan la esperanza. Volviose al mesón, mandó
ensillar los caballos, y montando, seguido de su criado, emprendió
nada menos que correr todas las cercanías de la villa, con objeto de
descubrir la dirección que habían tomado Inés y los dos hombres que
según Clarita la acompañaban.
En esta penosa faena emplearon todo aquel día amo y criado. Aquí se
hacía un labriego estúpido repetir veinte veces una pregunta, que al
cabo no comprendía. Más allá les contaban un cuento muy largo para
decirles que tres días antes habían pasado por aquel paraje unos
arrieros, pero que nada habían visto de lo que se les preguntaba.
En resumen, a las oraciones no sabía Vargas otra cosa más que lo que
le dijo un trabajador, de que estando en las viñas había visto a lo
lejos tres caballerías; que en las dos de los costados le parecían iban
caballeros dos hombres, pero que en la del medio no distinguió más que
un bulto negro o carga. Lo único que el trabajador aseguró fue que se
dirigían por el camino de Medina del Campo.
Esta noticia era bien escasa y vaga. Lo natural hubiera sido volverse a
Madrigal y tomar informes de fray Miguel, pero la impaciencia de Vargas
no conoció límites. Así pues, envió a Pedro al monasterio con un
recado para el vicario, suplicándole que valiéndose del mismo conducto
le hiciese saber por escrito lo que pudiese sobre el viaje de Inés, y
él continuó el suyo para Medina.
[Ilustración]