CAPÍTULO III

Vivir con ella en ignorado asilo,

Sus sienes coronar de mirto y rosa,

Y una mirada dulce, cariñosa,

En premio recibid de mi desvelo,

Es mi sola ambición, mi solo anhelo.

(_Oda inédita_).

La mala cama, el ruido de las caballerías y, más que todo, su agitación

no permitieron a Vargas disfrutar en la posada de un solo instante de

reposo.

Representábanse sin cesar en su fantasía las escenas del principio

de la noche, y el peligro que acababa de correr le parecía aún mayor

después de pasado que cuando en él se hallaba, sucediéndole lo que

al caminante que a fuerza de penas logra verse en lo más alto de

una escarpada roca, que ya en su cima se horroriza contemplando el

precipicio a cuya orilla pasó.

Pero lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo de conciencia sobre

haber creído ligeramente en la seguridad de Inés, que sin cesar se le

ocurría. En vano se recordaba a sí mismo la absoluta imposibilidad

de defender a su querida en que se hallaba cuando se le exigió el

juramento que prestó para obtener su libertad; en vano la misma Inés

le había rogado que jurase. A todas sus reflexiones se decía: «Yo debí

morir a su lado o salvarla conmigo».

En estos pensamientos le sorprendió el alba y, apenas el primer rayo de

luz penetró en su aposento, se vistió apresuradamente y envuelto en una

gran capa, con su sombrero de ala ancha calado hasta las cejas, se puso

en la calle.

Dirigiose inmediatamente a la pastelería, que como de razón encontró

cerrada. Cediendo a su impetuosidad iba a llamar a la puerta, pero por

fortuna suya cuando ya tenía el aldabón en la mano le detuvieron el

brazo por detrás.

—¿Quién se atreve a ponerme la mano encima? —dijo Vargas lleno de

cólera y sacando al mismo tiempo la daga.

—Yo, señor don Juan.

—Fray Miguel, ¿y con qué derecho? Seguid vuestro camino, y dad gracias

a ese hábito si no lleváis el premio que merece vuestra insolencia.

—Caballero, vuestra cólera ni me asusta ni me enoja; sois mozo y

soldado; yo anciano y religioso. ¿Qué gloria ni qué provecho os

reportaría el maltratarme?

—Padre mío, conclúyase la conversación; siga vuestra paternidad por

donde iba, y déjeme a mí acudir a mis negocios, que, por Dios santo, no

estoy para sermones.

Y al concluir estas palabras volvió a asir el aldabón; mas fray Miguel

se opuso también segunda vez a sus intentos.

—Fraile, o demonio en figura de tal, ¿has salido del averno solo para

precipitarme? Retírate al momento, o te mato si mil vidas tuvieras

—exclamó Vargas loco ya de furia, y desembozándose enseñó la daga

desnuda al vicario de Santa María.

Mas este, impávido, sin mudar siquiera de color y permaneciendo inmóvil

delante de la puerta de Gabriel de Espinosa, le contestó mostrándole el

pecho:

—Herid, señor don Juan de Vargas, herid norabuena si tan ciego estáis

que desconozcáis no solo vuestros propios intereses, sino los de la

persona misma a quien queréis servir. Sacad de esta vida miserable a un

hombre que, resignado con la voluntad de Dios, siempre está pronto a

comparecer ante su trono; pero creedme: de no pasar sobre mi cadáver,

no cometeréis ahora la imprudencia de llamar a esta puerta.

La sangre fría de fray Miguel, su tono solemne, y la firme decisión que

en su rostro se mostraba de llevar adelante su propósito, paralizaron

los efectos de la cólera de Vargas: con los brazos caídos, baja la

cabeza, y oído atento, escuchó cuanto el fraile quiso decirle, y aun

después de haber concluido aquel de hablar permaneció algún tiempo en

silencio.

—Fray Miguel, he andado sobradamente ligero, lo confieso; pero vuestra

paternidad me ha provocado. Sea como quiera, respeto vuestro carácter,

y voy a daros una prueba de ello sometiéndome a hacer explicaciones

que a nadie debo. Si presumís que mi venida a esta casa tiene algo de

hostil, os engañáis. Deseo solo saber que una persona de ella...

—¿Inés?

—Sí, Inés: puesto que lo habéis dicho, deseo saber si está en su casa.

—Lo está.

—¿Quién os lo ha dicho?

—Yo la he visto.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿A qué hora?

—A las diez de ella.

—¿No me engañáis?

—Mancebo, estas canas y este hábito ¿merecen por ventura tan injuriosa

desconfianza?

—No, fray Miguel. Dadme esa mano: seamos amigos.

—Yo lo soy vuestro más de lo que pensáis, señor don Juan, y voy a daros

pruebas de ello si tenéis la bondad de seguirme.

—Vamos. Pero permitidme que os pregunte cómo, a hora en que nadie anda

por las calles, os halláis vos en ella.

—Señor don Juan, el temor que tenía de que usted intentase lo que ha

tratado de hacer.

—¿Pues cómo podrá vuestra paternidad sospecharlo cuando yo mismo no he

formado el designio de visitar a Gabriel hasta hace media hora?

—¿Y de qué servirían mis años y mi experiencia si no pudiera yo preveer

las acciones de un hombre apasionado antes que él mismo? Yo he sido

joven como usted, señor caballero, antes de vestir este hábito; también

las pasiones me han atormentado.

—Norabuena; pero ¿qué antecedente tenía usted, padre vicario, para

creerme desasosegado por Inés?

—¿Qué antecedente? El habérmelo dicho ella misma.

—¿Ella? ¿Y os ha dicho que...?

—Me ha dicho que la amáis, que os ama.

—Fray Miguel, si tratáis de sorprenderme, os habéis engañado; yo no...

—Deteneos, que yo no os pido que confeséis ni neguéis cosa alguna: voy

simplemente a referiros lo que Inés me ha dicho. Se reduce, pues, a

que entre ambos median relaciones amorosas, y que ayer en una cita

las circunstancias fueron tales que al separarse de vos debía quedaros

alguna inquietud por ella. La pintura que en seguida me hizo del

carácter vehemente del señor don Juan de Vargas, y el conocimiento que

yo tengo del de Espinosa...

—¿Conque le conocéis?

—Sí, le conozco: dejadme concluir. Temí, pues, el paso que queríais

dar, del cual no hubierais sacado más fruto que comprometer a vuestra

amada. Ved aquí por qué, a pesar de esa capa y ese sombrero, os he

conocido.

Calló el fraile, y Vargas, perdido, por decirlo así, en su laberinto de

conjeturas, no acertó tampoco a decir palabra hasta hallarse dentro del

monasterio y en la celda del vicario.

En ella hizo su dueño los honores a don Juan con toda cortesía, y

sentados ambos volvió a tomar la palabra el vicario.

—En vista de la manera con que esta mañana han sido recibidos mis

buenos oficios, tal vez, señor don Juan, debiera yo abstenerme de

mezclarme en asuntos ajenos. Pero mi deber, como ministro del altar,

es sacrificarme por conservar la paz en las familias, y además,

por razones que tal vez antes de mucho podrán ser públicas, estoy

particularmente interesado en el negocio en que vamos a hablar. Será

preciso, pues, que se me escuche con paciencia.

—Contad con ella, fray Miguel, y decid cuanto se ocurra —contestó

Vargas reprimiendo a duras penas la expresión del enojo que tantos

exordios y preñeces le causaban.

—Usaré de esa licencia —repuso el vicario— y procuraré ser breve.

Vuestro nacimiento es ilustre, y yo me complazco en creer que no

trataréis de oscurecer su nobleza con acción ninguna que de él desdiga.

—Padre vicario, no habléis más de eso: nadie ha dudado hasta hoy de la

honradez de los hijos de mi padre, y...

—No se exalte, que tampoco dudo yo; lo que he dicho ha sido solo para

haceros conocer el inminente peligro en que una loca pasión os pone.

—Mi pasión no es loca.

—Sí lo es; y lo probaré. ¿Conocéis a Inés?

—¿Si la conozco? Mejor que a mí mismo. Bella, sensible, generosa,

honrada, y de nobles pensamientos, Inés ha nacido para ocupar un trono.

Sí la conozco, fray Miguel; y el día que la conocí decidió del destino

de mi vida entera.

—Joven infeliz, si eso es así, os compadezco.

—¿Y por qué? Si amo, también soy amado: en breve un lazo santo nos

unirá.

—Os engañáis.

—¿Y quién se atrevería a oponerse a la firme voluntad de ambos? ¿Quién

mientras Vargas tenga brazo y espada le impedirá que sea esposo de

Inés? La familia de Vargas no podrá impedirlo, yo os lo fío.

—¿Y Gabriel?

—¿Tiene ese hombre más de una vida?

—¿Paréceos el homicidio buen camino para llegar a la felicidad?

—No sé, ni quiero saber más que Inés ha de ser mía.

—La pasión es quien habla, don Juan, no vos. Atendedme os ruego.

Dejemos por un momento a Gabriel a un lado, y hablemos de vos solo y

de vuestra familia. De Inés, como ella misma os ha dicho, nada más

conocéis que el nombre.

—Y el alma.

—Creéis conocerla, y tal vez...

—Tal vez arrancaré la lengua al que fuere osado a ponerla en la que

adoro.

—No es ese mi ánimo. Pienso como vos.

—Inés es capaz de hacer feliz a su marido. ¿No es verdad, padre mío?

—Así lo creo, pero Inés hoy es muy poco para ser vuestra esposa; mañana

tal vez será demasiado.

—No os entiendo a fe mía.

—Ni yo puedo explicarme más.

—Norabuena. Cuantos me hablan de algún tiempo a esta parte lo hacen

misteriosamente; ya me voy habituando. Continuad, padre.

—Si vuestra familia llega a saber los proyectos que formáis, ¿cuál será

el resultado? Una persecución violenta caerá sobre la infeliz Inés; y

esta no cesará hasta que se la ponga en posición que os sea imposible

llegar a ella. Un matrimonio clandestino, Inés no consentirá en él;

vivid seguro de ello. ¿Qué partido os queda?

—Casarme hoy mismo con ella, y hoy mismo huir con ella a país

extranjero.

—Y allí, sin recursos de ninguna especie, don Juan de Vargas mendigará

el sustento para él y su esposa, ¿no es cierto? La miseria y cuantos

males la acompañan son el presente que vuestro amor quiere hacer a la

mujer que idolatráis. Don Juan, por ella y por lo mismo escuchad la voz

de la razón: es forzoso que renunciéis a Inés.

—Antes morir mil veces.

—Mancebo, corréis a vuestra perdición.

—¿Qué importa? Sin ella no puedo ser nunca feliz; esto es cierto,

ciertísimo, fray Miguel.

—Señor don Juan, este negocio es harto ajeno de mis años y mi carácter;

pero me intereso tan de veras por Inés y por vos, que consiento tomarlo

a mi cargo si me prometéis no dar en él paso ninguno sin anuencia mía.

—¿Y vuestra paternidad me promete que no abusará jamás de mi confianza

para alejarme de Inés?

—¡Qué suspicacia! Sí, prometo.

—Pues yo también.

—Está dicho. Un solo medio hay por el que tal vez podéis llegar a ser

esposo de Inés.

—¡Ah! Decid cuál, y veréis que estoy pronto.

—Exige de vuestra parte grandes sacrificios.

—Ninguno habrá que me lo parezca siendo por ella.

—Exponeros a riesgos inminentes.

—Más de una vez he expuesto ya el pecho a las balas.

—Son también necesarios la paciencia...

—Tendré la de un santo.

—La sumisión...

—Seré un esclavo.

—El silencio.

—Callaré como un muerto.

—Todo os parece fácil ahora.

—A la prueba me remito.

—Acepto la promesa.

—¿Pero Inés será mía?

—Tal vez.

—¿Tal vez no más?

—Vuestra será.

—Sois mi ángel tutelar.

Y el pobre fraile se vio abrazado, besado, acariciado de todas las

maneras posibles, y a pesar de su gravedad, no pudo menos de sonreírse

y enternecerse con el entusiasmo de Vargas.

Más fácil es imaginar que describir el extraño grupo que formaban un

fraile anciano y un caballero mozo, estrechamente abrazados y llorando

como dos chiquillos.

Vargas, enajenado de gozo, fray Miguel, enternecido, se miraban el uno

al otro con una expresión tan singular, tan dulce, que más parecían

padre e hijo que dos extraños.

En esta situación los sorprendió Gabriel de Espinosa, que sin pedir

licencia ni llamar, abrió la puerta de la celda y entró en ella como

pudiera hacerlo en su casa.

Iba el vicario a levantarse de su asiento, mas a una seña del pastelero

permaneció tranquilo.

—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo —dijo Espinosa con el

mismo tono de voz que ya le había oído don Juan cuando le vio por

primera vez. Pero entonces no se desmayó el fraile, sino que haciéndole

una reverencia, le respondió:

—Señor Gabriel, él venga con vos.

Al escuchar el saludo del pastelero, Vargas se estremeció sin saber

él mismo por qué. Verdad es que aun cuando don Juan pasó en casa de

Espinosa más de quince días para curarse de la herida que recibió en la

pradera, puede decirse que apenas le vio.

Pasábanse en efecto los días enteros sin que Gabriel entrase en la

habitación que ocupaba su huésped, y cuando lo hacía era por pocos

minutos, limitándose su conversación a preguntar por la salud del

enfermo y desearle un pronto restablecimiento.

Tan extraña conducta no pudo menos de llamar la atención del hermano

del marqués; pero a cuantas preguntas hizo a Inés sobre la materia

jamás oyó otra respuesta que la de que aquel hombre era de carácter

naturalmente áspero y oscuro.

Por otra parte, Vargas, continuamente en compañía de Inés, y enamorado

hasta no más de ella, no echaba mucho de menos la sociedad de Gabriel:

de manera que cuando llegó el caso de volverse a Valladolid, sus

relaciones con él eran poco más o menos las mismas que el primer día de

haberse visto.

No había, pues, entre ambos la mayor intimidad, y no sabía don Juan,

en la ocasión de que hablamos, cómo tratarle; pero Espinosa zanjó

la dificultad llegándose a él con aire afable, aunque sobradamente

familiar, y diciéndole:

—¿Pues cómo, señor don Juan de Vargas, vos en Madrigal, y no en mi casa

que tan vuestra es?

Tomó entonces fray Miguel la palabra, y contestando por Vargas, dijo

que al llegar este a la villa, aquella misma mañana, le había él

encontrado y llevado consigo, sin darle lugar a otra cosa. Con esto

tuvo don Juan el tiempo suficiente para recobrarse, y contestando al

cumplimiento del pastelero con no menos cortesanía que la suya, la

conversación se hizo general, fácil e indiferente.

Ya en esto se acercaban las ocho de la mañana, hora en que el vicario

decía diariamente la misa, y con este motivo se retiró a hacer oración

para prepararse a celebrar dignamente tan santo sacrificio.

Quedáronse, pues, solos don Juan y Espinosa, y este manifestó en la

conversación un talento tan claro, tan vasta instrucción, y sobre todo,

un conocimiento de los hombres que sorprendió a Vargas.

Hizo don Juan caer la conversación sobre la política de la época, y el

pastelero en breve le manifestó que estaba muy al corriente de ella.

Habló de toda España, de Italia y de Flandes, como hombre que todo lo

había corrido, y con aprovechamiento. Los asuntos de Portugal los tocó

ligeramente, y esto lo atribuyó Vargas al justo temor que entonces se

tenía de tratar semejante materia, pues Felipe no consentía sobre ella

la menor discusión.

Como quiera que fuese, el hecho es que cuando se trató de ir a oír la

misa, Vargas estaba prendado del pastelero, y lleno de asombro de que

un hombre de oficio tan bajo tuviese tal instrucción y discernimiento.

Lo que únicamente le disgustaba en él era cierto aire de iniciativa y

decisión que tomaba en las conversaciones. Decía en efecto las cosas no

como quien anuncia una opinión, sino a manera de axioma. Si el oyente

le replicaba, solía satisfacer a su objeción con fuerza y brevedad;

pero si aun se le oponían, cesaba de hablar, arrugaba el ceño, y ya no

era posible hacerle volver a entrar en materia.

Este proceder tan contrario a lo que su oficio prometía; su ninguna

aplicación al trabajo; su amistad con fray Miguel, y sobre todo, Inés

tan dama, tan llena de honrado orgullo, persuadieron a don Juan de que

en la historia de aquel hombre se encerraba algún extraño misterio, y

que de él dependían todas las reticencias que notaba en su querida y en

el vicario.

A juzgar por las apariencias, no iba en esto Vargas muy descaminado;

mas, mirando el asunto más despacio, no parece que fuese cosa

extremadamente sorprendente el que un hombre de baja esfera viajase

mucho, pues al cabo pasteleros en todas partes los hay. Los misterios

de Inés y los del vicario eran a la verdad incomprensibles; pero por lo

mismo, todo cálculo fundado sobre ellos debía ser de ningún valor.

Acabada la misa, el vicario, Vargas y Espinosa tomaron chocolate juntos

en la celda del primero, y ya terminado el desayuno pidió licencia fray

Miguel a don Juan para tratar con él de cierto asunto de la comunidad.

Vargas se retiró inmediatamente, y ofreciendo volver en breve a verse

con el vicario, tomó, casi sin saberlo, el camino de la pastelería.

Entró en ella, y en la tienda le recibió el mulato con toda la

afabilidad que en él cabía, y era sobre poco más o menos la de un perro

de presa, que si no muerde a su amo, no deja tampoco de enseñarle los

dientes.

—Domingo —dijo don Juan—, ¿y tu ama?

—¿Qué ama?

—Inés. ¿No está en casa?

—No.

—¿Adónde ha ido?

—No sé.

—¿Y volverá pronto?

—No sé.

—¿Hace mucho que ha salido?

—No sé.

—¿Pero cómo no has de saber cuánto tiempo hace que se marchó?

—No sé. Ya he dicho que no sé. ¿A qué viene tanta pregunta?

Como Vargas conocía el carácter de Domingo, no se obstinó en hacerle

más preguntas, y aunque como buen enamorado estaba lleno de impaciencia

por saber de su dama, no quiso proseguir un interrogatorio que

indudablemente había de ser inútil.

Trataba sin embargo de buscar medio para ver a Inés, cuando

inesperadamente se abrió una de las puertas que comunicaban de lo

interior de la casa a la tienda, y entró en esta una niña de tres

a cuatro años de edad, en cuyas facciones se notaba una semejanza

extraordinaria con las de Inés. La única diferencia que entre ambos

rostros había era el de ser algo menos fiera y mucho más dulce la

expresión habitual del de la niña que el de la mujer. El color de la

primera era también más blanco que el de la segunda, pero una y otra

circunstancia podían muy bien atribuirse, y se atribuían en efecto por

el vulgo, a las distintas edades de las personas comparadas.

Así que la niña vio a Vargas corrió hacia él, y pagó con un sin número

de inocentes caricias las infinitas que le hizo el caballero.

—Juanito mío, ¿me quieres todavía? —preguntó a don Juan.

—Sí, hija mía, más que nunca. ¿Y tú a mí, Clarita?

—Mucho, mucho.

—Me alegro; pero ¿qué tienes? ¿Estás llorosa?

—Sí, he llorado.

—¿Y por qué has llorado, ángel mío?

—Porque tía Inés se ha ido y no me ha querido llevar.

—¡Hay tal! Déjala que venga, verás cómo le reñimos.

—Si ya no viene.

—¿Qué dices, Clarita?

—Que ya no viene en mucho tiempo.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Papá.

—Habrá sido por engañarte. Estará en misa, o a comprarte dulces.

—No lo creas, Juanito. Ha salido en un caballo, y dos señores la han

ido acompañando.

—¡El cielo me valga! ¿Y cuándo se han ido?

—Esta mañana muy tempranito.

—Vaya, tú me engañas, Clarita.

—No te engaño; mira, y se han ido por la puerta del corral. Tía Inés

lloraba, y papá estaba tan serio, tan serio, ¿sabes?

—¿No sabes dónde ha ido?

—No, pero muy lejos. Ya se lo diré a la señora, que me hacen rabiar.

Estas últimas palabras de la niña ya no las escuchaba don Juan, a quien

la sorpresa y disgusto embargaban los sentidos, y tenían como fuera de

sí.

Viendo Clarita que su Juanito, como ella decía, no contestaba, alzó

el rostro para mirarle, y viéndole encendido como una grana, y con

los ojos que parecían iban a saltársele del cráneo, fue tanto lo que

se asustó, que inmediatamente saltó desde sus rodillas, en que estaba

sentada, al suelo, y se echó a llorar amargamente.

El mulato se acercó al instante, y con el ruido del llanto, volviendo

don Juan en sí, acudió a ver qué ocurría.

—¿Qué tienes, niña? ¿Por qué lloras? ¿Por qué te has enojado conmigo?

No, inocente, no; vamos, calla. Si sabes que te quiero. Un poco de agua

para esta criatura, Domingo.

Este, que parecía conmovido, trajo un vaso de agua, y poniéndose de

rodillas presentó a la niña en la mano; pero Clarita, apartándole de sí

con mucho despego, le dijo:

—Yo no bebo sin salvilla, Domingo.

—Déjate ahora de eso —replicó Vargas—, bebe.

—No, no; papá y la señora no quieren.

Domingo, sin replicar palabra, echó una mirada en rededor de sí, y no

viendo con qué suplir la falta de la salvilla, echó mano de su propio

sombrero, y colocándolo debajo del vaso se volvió a acercar a Clarita,

quien, a fuer de niña, celebró con una sonrisa la invención del mulato

y bebió.

Vargas en seguida la dio un beso, y prometiendo volver pronto echó a

andar para el monasterio, resuelto a adquirir de un modo o de otro

noticias de su Inés.

Pero el destino lo tenía ordenado de otra manera. Ni el fraile ni el

portero estaban en la celda, ni en parte alguna del monasterio.

No por esto perdía don Juan la esperanza. Volviose al mesón, mandó

ensillar los caballos, y montando, seguido de su criado, emprendió

nada menos que correr todas las cercanías de la villa, con objeto de

descubrir la dirección que habían tomado Inés y los dos hombres que

según Clarita la acompañaban.

En esta penosa faena emplearon todo aquel día amo y criado. Aquí se

hacía un labriego estúpido repetir veinte veces una pregunta, que al

cabo no comprendía. Más allá les contaban un cuento muy largo para

decirles que tres días antes habían pasado por aquel paraje unos

arrieros, pero que nada habían visto de lo que se les preguntaba.

En resumen, a las oraciones no sabía Vargas otra cosa más que lo que

le dijo un trabajador, de que estando en las viñas había visto a lo

lejos tres caballerías; que en las dos de los costados le parecían iban

caballeros dos hombres, pero que en la del medio no distinguió más que

un bulto negro o carga. Lo único que el trabajador aseguró fue que se

dirigían por el camino de Medina del Campo.

Esta noticia era bien escasa y vaga. Lo natural hubiera sido volverse a

Madrigal y tomar informes de fray Miguel, pero la impaciencia de Vargas

no conoció límites. Así pues, envió a Pedro al monasterio con un

recado para el vicario, suplicándole que valiéndose del mismo conducto

le hiciese saber por escrito lo que pudiese sobre el viaje de Inés, y

él continuó el suyo para Medina.

[Ilustración]

Ni rey ni roque (1-2 de 4) · 第 21 / 28 题