Como de leve chispa al solo fuego
Se inflama el bronce vomitando muertes:
Al torpe influjo de calumnia impía
Así la furia popular se enciende.
(_Canción anónima_).
Por más pronto que el sacristán del monasterio acudió a la voz de don
Juan, y a pesar de cuanta prisa se dio este a salir de la iglesia,
no pudo hacerlo con tanta brevedad que alcanzase a la persona que
buscaba. Todavía, cuando don Juan salió, quedaban en el pórtico
algunos corrillos, y uno entre ellos formado por los individuos de la
justicia, que ya conocemos de vista; pero ni con estos ni con ninguno
de los habitantes estaba el incógnito, como don Juan vio después de
haber examinado apresurada y curiosamente la fisonomía de todos los
circunstantes, inclusa la del señor corregidor.
El aire afanado de don Juan, cierta especie de sobresalto que se
dejaba ver en su rostro, y, sobre todo, el desacato inaudito con que
se atrevía a pasar en revista la fisonomía del primer magistrado de
la villa, llamaron la atención general de un modo tan visible que, a
estar menos preocupado con su designio, conociera nuestro caballero
que su conducta era por lo menos imprudente. Mas ya se ha dicho que
don Juan era obstinado; él mismo lo ha dejado ver en toda su conducta
desde que está a nuestra vista, y además, en el punto a que las cosas
habían llegado entonces, su curiosidad estaba demasiado exaltada para
contenerse por respeto al desagrado de los honrados madrigaleños.
Sin embargo, todas sus diligencias fueron inútiles. Después de haber
examinado detenidamente todas las inmediaciones de la iglesia, conoció
que correr las calles y un pueblo desconocido en busca de un hombre
cuyo nombre, calidad y empleo ignoraba sería sobre descabellado,
infructuoso. Resolviose, pues, a regresar a la pastelería, con ánimo
de adquirir en ella, si posible fuese, algunas noticias sobre el objeto
en cuestión.
Pensar y ejecutar eran para el hermano del marqués casi una misma
cosa. Cinco minutos después de tomada su resolución estaba ya sentado
en la pastelería delante de una mesa que la huéspeda le había hecho
preparar durante su ausencia. Mas no estaba cuando don Juan llegó la
agraciada morena; un marmitón mulato, y silencioso como la tumba, fue
quien le hizo seña de ocupar su asiento; y poniéndole delante un asado
de cabrito, medio pan blanco y un frasco de vino, se retiró sin decir
palabra a lo interior de la casa.
No pudo menos don Juan de sonreírse viéndose recibir de aquella manera,
y de exclamar para sí:
«¡Por vida de mi padre, que a estar en carnestolendas dijera que estos
señores de Madrigal se han propuesto hacer burla y chacota de mi
persona! Todos son misterios, y voto..., pero comamos, que después
habrá lugar para todo».
En efecto, don Juan ocupó su asiento, y después de persignado y
santiguado devotamente empezó a embaular bonitamente, unos tras otros,
muchos y no muy pequeños pedazos de cabrito, los que, para que no se
le secaran en el estómago, tenía muy buen cuidado de humedecer con
copiosas libaciones.
Al paso que iba había cabrito para muy poco tiempo; pero aún no
había concluido cuando, por detrás de él y sin haber precedido ruido
de puerta ni de pasos que se lo anunciase, apareció la huéspeda y,
tocándole ligeramente en el hombro, le dijo sin detenerse y en voz tan
baja que apenas se oía:
—Guárdese de requebrarme.
Cuando la última de estas palabras hirió el oído de don Juan, ya la
morena ocupaba el mismo asiento en que la había visto la primera vez, y
su actitud y aparente indolencia eran absolutamente las mismas también
que en aquella ocasión.
El primer movimiento de don Juan, sintiéndose de improviso tocar en el
hombro, fue llevar la mano al puño de la espada; pero viendo, casi al
mismo tiempo, a la huéspeda, y escuchando las palabras que le decía,
se quedó absorto durante algún tiempo. Recobrado empero, y volviendo
a su humor festivo, se sonrió con la morena, quien le correspondía
igualmente, y animado con tan buen principio, empezó a decir:
—¿Querrá usted decirme por qué me prohíbe...?
La huéspeda, conociendo que la palabra _requebrarla_ u otra
equivalente era la que el forastero iba a pronunciar, recorrió rápida
y sobresaltadamente el aposento con la vista, y tomando en seguida
una actitud tan imponente que rayaba en teatral, puso el dedo índice
sobre sus labios, clavando al mismo tiempo sus hermosos ojos en los del
desconcertado caminante, que entonces no sabía qué cosa admirar más,
si la gracia y belleza de la mujer que tenía delante, o aquel aire de
dominio con que sin derecho alguno quería tratarle.
—Es singular —exclamó—; pero al cabo es mujer —dijo para sí—; no hay
humillación en someterse a ella: variemos la conversación. Paréceme
—continuó en alta voz— que la gente de Madrigal tiene mucha afición al
padre vicario del monasterio, pues según los informes que tengo, poca
gente más será la que hay en el pueblo que la que yo he visto en misa.
—Muy poca —respondió la morena, que había vuelto a recobrar su primera
apatía.
—Y no faltan hidalgos en el pueblo.
—Podrá ser.
—¿Cómo podrá ser? ¿Pues usted no lo sabe?
—No, a fe mía.
—¿Y cómo, estando en la villa y habiendo tal vez nacido en ella?
—Porque jamás me empeño en averiguar lo que no me importa.
Y a estas palabras acompañó una mirada tan expresiva, tan burlona, que
confundió a don Juan y suspendió su locuacidad por algún tiempo.
La pastelera calló también, y al parecer se ocupaba en contar las vigas
del techo, mientras que el caballero, rojo como el carmín, apoyaba
un codo en la mesa, la frente en la mano, y con la otra desmenuzaba
prolijamente una miga de pan como si la destinara a cebar algún
pajarillo.
Después de algunos segundos, pasados en esta posición, don Juan,
dejándola bruscamente como por efecto de una de aquellas luminosas
reflexiones que, cuando menos esperamos, vienen a facilitarnos la
solución de algún problema que nos parecía imposible resolver, don
Juan, repito, volvió a anudar la interrumpida conversación.
—¿Conocería, por ventura, vuesa merced a un hombre...?
—¿Más curioso que siete mujeres? —interrumpió malignamente la huéspeda
con no poca mortificación del preguntante.
—No es eso lo que voy a decir, hermana —replicó entre vergonzoso y
enojado don Juan—; iba a preguntarle si conocía a un hombre que hoy en
misa ha llamado mi atención.
—Yo no he ido hoy a oír la misa del padre vicario.
—Lo sé, pero sin embargo, pudiera ser que las señas que yo diese de
su persona —aquí advirtió don Juan que la huéspeda mudaba de color—
hiciese venir a usted en conocimiento de quién sea.
—Diga, pues, señor caballero —prorrumpió la huéspeda morena, pero con
visible agitación.
—Su edad es entre la mocedad y la vejez, su persona parece ser de
hombre robusto y asendereado, sus movimientos anuncian la agilidad que
solo se adquiere con el ejercicio de las armas.
—O haciendo pasteles —dijo detrás de don Juan la misma voz que en la
iglesia causó el desmayo de fray Miguel de los Santos.
—Pardiez —exclamó don Juan, que familiarizado ya algún tanto con las
sorpresas, recibió la nueva aparición con menos asombro que era de
creer—; pardiez, hermano, me alegro más de haberos encontrado que si el
rey me hubiera hecho merced de alguna encomienda.
El incógnito, que llevaba su gran sombrero calado como siempre hasta
las cejas y los brazos cruzados sobre el pecho, dejó a don Juan decir
libremente, y continuó andando hasta colocarse de pie en frente de él
y al lado de la pastelera, cuyos ojos, desde el momento de su entrada,
no se apartaron del suelo.
El silencio duró algunos instantes; quien lo rompió fue el pastelero.
—Señor caballero: si en efecto lo es usted, puede saber que la
curiosidad indiscreta es gravísimo defecto, propio más bien de
mujercillas y hombres bajos que de gente noble y principal. Pero usted
es mozo, y como tal no es extraño que aún no haya aprendido a moderar
sus pasiones. Yo no soy ni quiero ser un misterio, y ciertamente creo
que para correr a usted bastaría decirle que el que ahora le está
hablando es el pastelero de Madrigal, su humilde criado.
El principio de esta arenga inflamó al irascible don Juan; cuanto más
era la razón con que el pastelero le reprendía tanto mayores eran
su mortificación y cólera; pero cuando oyó a aquel hombre concluir
declarando su oficio, sin embargo de que la tal declaración se hizo
con un tono indefinible que ni bien era amargo, ni irónico, ni cortés,
ni grave, fue tan poderosa con él la risa que prorrumpió en una gran
carcajada.
Esta se prolongó tanto que la pastelera acabó, como a pesar suyo, por
hacer otro tanto, y hasta el mismo dueño de la tienda dio muestras de
abandonar por un momento su austera gravedad.
Así se pasó algún tiempo, y sabe Dios el que se hubiera pasado si
en medio de aquella inmoderada y acaso intempestiva alegría, no se
dejara ver en la puerta de la calle, que estaba abierta, un hombre, o
esqueleto de tal, alto, flaco, carilargo, ojihundido, vestido de negro,
con un lío de papeles debajo del brazo y un gran tintero de cuerno en
la mano; el escribano, en fin, en cuerpo y alma, si es que la tenía.
—Abran aquí a la justicia —dijo parándose en el umbral de la puerta.
Y esta frase fue la primera noticia que de su venida tuvieron los
tres reidores; al oírlas cesó la risa, cada cual fijó los ojos en la
puerta, y don Juan, viéndola abierta de par en par y que el fantasma
que en ella había decía sin embargo que se la abriesen, estuvo por
empezar de nuevo a reírse: contúvole empero la idea de que aquel hombre
era al cabo un ministro de la justicia, y se contentó con decirle:
—Por más abierta no doy una blanca; entre usted, que bien puede.
La pastelera se inmutó extraordinariamente; sus manos, que don Juan
notó ser de primorosa estructura y no embrutecidas por el trabajo,
se cruzaron sobre sus faldas con un movimiento convulsivo y casi
involuntario; perdió el color del rostro y echó una mirada al cielo
como pidiéndole protección.
Del pastelero no fue posible juzgar, pues el ala del sombrero le
cubría, como se ha dicho, toda la cara, y en su persona no se notó
movimiento que anunciase temor ni sorpresa como no fuese el echar la
mano al puño de una daga corta que llevaba casi oculta entre los
pliegues del vestido, y aun esto con tanta negligencia y espacio, que
más parecía movimiento casual que de precaución.
No bastó la invitación de don Juan para que el escribano pasase
adelante, sino que despreciando el aviso del caballero se dirigió de
nuevo al dueño de la casa, repitiéndole en su falsete:
—Abran aquí a la justicia.
—Abierto está; entre la justicia cuando quiera —respondió el pastelero.
Y entonces el escribano entró, seguido de dos alguaciles y cuatro
robustos mozos armados con alabardas, mohosas, sí, mas de un tamaño
respetable.
«Este Madrigal —dijo para sí don Juan viendo aquello— es villa
maravillosa, o se ha trastornado desde que estoy en ella: ¿qué va a que
se llevan preso a mi huésped?».
Mientras hacía estas reflexiones, dos de los alabarderos se quedaron
guardando la puerta, y otros dos se colocaron a los costados del
escribano, quien tranquilo al parecer con aquella escolta, empezó a
decir:
—Gabriel de Espinosa: el rey nuestro señor, y en su nombre el señor
corregidor de esta villa, y yo, por comisión de su señoría, expedida en
debida forma, según más latamente consta en autos, os requerimos para
que en este mismo instante nos entreguéis, para que puesto en lugar
de seguridad y juzgado, y _secundum alegata et probata_, conforme a
derecho, sufra la pena a que haya lugar, la persona de un asesino que
tenéis en vuestra casa pastelería, sita en la villa de Madrigal, en el
reino de Castilla la Vieja.
—Señor escribano, mi casa no es, ni ha sido nunca, asilo de
malhechores. Usted viene engañado, pues en ella no hay persona alguna
forastera, como no sea ese gentilhombre que usted está viendo, que
seguramente no tiene trazas de asesino.
—Nada más engañoso que la apariencia —replicó gravemente el escribano—.
Cierto no es el hábito que acostumbra vestir la gente maleante el
que vemos en la persona que usted nos señala; pero como por lo demás
convienen en ello todas las señas contenidas en el auto de oficio y
mandato de prisión de su señoría, fuerza será reconocer en este buen
hombre el asesino que buscamos.
—Mentís como un bellaco —gritó furioso don Juan, irritado con tan
rigorosa y no merecida acusación.
—Favor a la justicia —exclamó el escribano.
Y al mismo tiempo sus dos satélites, enristrando las lanzas, le
pusieron a don Juan las puntas al pecho obligándole a retroceder hasta
la pared, sin darle tiempo para tirar de la espada.
Sin embargo de verse en tan crítica posición, aún pudo tirar de un
puñal, y hacía ademán de resistirse con él. Los alabarderos, por su
parte, irritados con sus amenazas, le apretaban tanto con sus armas que
hubo momento en que realmente pudo decirse que estuvo a un dedo de la
muerte.
El escribano se había retirado hacia la puerta: el pastelero miraba
desde el lugar en que le cogió el principio de aquella escena singular
el valor de don Juan; pero la morena, más sensible y arrojada, corrió a
los mozos, separó con sus manos las puntas de las alabardas del pecho
del caballero, y poniéndose delante de él, le dijo:
—Entréguese usted a la justicia; si es inocente, como lo creo, no
estará mucho tiempo en sus manos; y si fuese culpado, sobre que la
resistencia sería inútil, no haría más que perjudicarle en su causa.
El raciocinio era concluyente; pero todavía más que su evidencia
pudo con don Juan la dulzura de la voz, el tierno interés con que se
pronunció, y la expresión hechicera del rostro de la que con razón
llamó su libertadora.
—Usted —contestó— acaba de salvarme la vida, y justo es que yo ponga
mis armas a sus pies —y, en efecto, lo hizo así—: disponga, pues, vuesa
merced de mi persona, y crea que desde este instante se ha ganado un
amigo, que lo será mientras viva.
No replicó la pastelera, sino que cogiendo la espada y puñal de don
Juan los puso sobre una mesa, y dirigiéndose al escribano, le dijo
desdeñosamente:
—Ya puede hacer su oficio.
Don Juan, adelantándose entonces hacia el secretario, sin soberbia ni
humildad le dijo:
—Soy vuestro preso; pero acordaos que soy noble, y mi familia poderosa.
Concluidas estas palabras, los cuatro mozos de las alabardas cogieron
en medio al hermano del marqués y salieron procesionalmente de la
pastelería, cerrando la marcha el escribano, y dirigiéndose todos hacia
la casa-posada del señor corregidor, que estaba esperando al presunto
reo con alguna impaciencia.
En el tránsito se agregaron muchas personas, que ya el aparato
desplegado por la autoridad en la prisión de don Juan había reunido a
la puerta de la pastelería; la mayor parte de ellas que andaban por las
calles, y no pocas de las que estaban en sus casas y vieron pasar el
singular acompañamiento de nuestro caballero.
—¿Por qué llevan preso a ese mancebo? —preguntó uno de modo que el
interesado pudo oírlo.
—No sé —respondió otro—, pero, según dicen, ha cometido un asesinato.
—Imposible —interrumpió una mujer—, imposible: ¡si es tan galán!
—Sí, como él sea galán, nada malo puede hacer —exclamó gruñendo un
hombre que, por la amabilidad que con ella usaba, se conocía ser su
marido.
—Señores, es un hereje.
—Judaizante, judaizante.
—No hay tal, señores, es un morisco disfrazado.
Todas estas conjeturas más divertían a don Juan que le mortificaban,
pues, seguro de su inocencia, lo estaba de justificarse de cualquier
crimen que se le imputara.
Pero de repente, y de entre las personas del pueblo que más distantes
estaban del preso, sale una voz de trueno gritando:
—Matadle, matadle al asesino, al sacrílego.
Este apóstrofe produjo un momento de horror y profundo silencio; pero a
poco se oyó un ruido sordo como el del mar en el momento de empezarse
una tempestad.
Los habitantes se hablaban entre sí, y casi todos a un tiempo: la
pregunta «¿Y qué es lo que ha hecho?» vuela de boca en boca. Pero el
estrépito es tal, la diferencia de voces y la agitación tan grandes,
que la respuesta no se da, o no puede llegar a los oídos del interesado.
Un momento después, la voz de «¡Muera!, ¡matadle!, ¡a la hoguera!» es
general; los alabarderos, los alguaciles y el escribano bastan apenas
con amenazas, con razones y ruegos, a contener aquellos furiosos, que
más de una vez estuvieron a punto de arrojarse sobre la persona de don
Juan, y de hacerle pedazos.
Decir que este caballero iba tranquilo en tan amargo trance sería
falso, inverosímil. El amor a la vida es natural, y perderla inocente,
sin esperanza de gloria y por el necio capricho del vulgo ignorante,
será siempre muy cruel, por más que suceda alguna vez en todos siglos y
épocas.
Sin embargo, fuera de ponérsele el rostro amarillo como la cera, no
dio nuestro don Juan otra señal de temor. De buena gana se hubiera
tapado los oídos para no escuchar las horrendas imprecaciones que de
todas partes, y sin cesar, llovían sobre él; pero conoció que sobre
no poder excusarse de oír lo que le mortificaba, pues los pulmones
de los madrigaleños eran de bronce, o tal le parecían, dar aquella
prueba de debilidad sería indecoroso y a propósito para alentar en sus
sanguinarios proyectos a aquellos amotinados.
Uno de estos hubo tan osado que, deslizándose por entre dos de los
alabarderos, llegó a coger un brazo al preso; mas este, conociendo
lo crítico de su situación y que solo arrostrándolo todo era como le
quedaba alguna esperanza de salvarse, le descargó en la cabeza un golpe
tan furioso y tan bien aplicado que dio con él en el suelo, en donde
se quedó como muerto. Tal fue el aturdimiento que tuvo.
Los alabarderos viendo aquello, e interesándose como es natural por un
hombre indefenso y expuesto a la ira de todos, y que sin embargo tan
valiente se mostraba, enristraron las alabardas, y cerrándose en torno
de él, lograron, no sin trabajo, abrirse paso por medio de la multitud
que por todas partes les rodeaba.
El escribano intentó al principio resistir al tumulto con autoridad,
conminando a los amotinados con diversas penas si al punto no le
dejaban el camino expedito para que la justicia pudiera ejercer
libremente sus funciones. Pero nadie le hizo caso, y hubo quien llegó a
contestarle con muy poca cortesía.
Visto esto varió de rumbo, empezó conviniendo con los habitantes en la
enormidad del delito del prisionero, y la justicia del castigo que para
él pedían; pero les suplicaba que dejasen a cargo de los magistrados
puestos por el rey aplicar la pena que conviniese, citándoles en apoyo
de su opinión cuantos aforismos, leyes, comentarios y pragmáticas le
vinieron a la memoria. Mas ni nadie atendía a su aflautado y meloso
acento, ni aunque hubiesen atendido sirviera de nada, pues una vez rota
por el pueblo la barrera del orden, ¿adónde pararán sus extravíos? Dios
solo alcanza saberlo.
A pesar de todo permaneció firme en su puesto el escribano hasta la
ocurrencia de que últimamente hemos hablado, pues así que vio caer a un
hombre en el suelo, fue tan pánico el terror que de él se apoderó que,
escabullándose por entre los circunstantes, encorvado para que se le
viese menos, se dio tan buena maña que en pocos instantes se vio fuera
del campo de batalla con no poca satisfacción suya.
Entre tanto los mozos de las alabardas, valientes como castellanos
de entonces, continuaban lenta y penosamente su marcha, y el pueblo
gritaba a más y mejor contra el pobre don Juan, que daba al diablo la
hora en que se le antojó venir por Madrigal, y quisiera más entonces
habérselas con todos los tudescos del mundo que con sus furiosos
compatriotas.
Llegaron por fin al umbral de la casa del corregidor y la hallaron
cerrada, gracias a la prudencia de la consorte de este, doña Petronila,
que informada por un oficioso vecino de lo que ocurría en el pueblo,
dispuso tomar a todo evento la precaución de no dejar que nadie entrase
en su casa hasta que todo estuviese sosegado.
Por más que los alabarderos llamaron, por más que suplicaron, la puerta
no se abría.
El corregidor, puesto a la ventana del piso principal, colocada
precisamente encima de una de las rejas del cuarto bajo, decía
constantemente:
—Hijos, no puedo abrir; mi mujer tiene la llave.
—Ya se ve que la tengo —exclamaba desde el interior del aposento la
voz cascada de la dueña—, ya se ve que la tengo, y no la daré.
Los amotinados se agolpaban; su furia, lejos de disminuirse, iba
tomando incremento, y era visible que en breve todos los esfuerzos de
los cuatro alabarderos serían inútiles para salvar al infeliz don Juan.
Este, conociendo desde luego toda la intensidad del peligro, echó una
mirada en rededor de sí, ve la reja, da un salto, gatea por ella,
alcanza la ventana a que el corregidor estaba asomado, y entra por ella
en el aposento.
Inmediatamente coge al magistrado absorto por el brazo, le retira de la
ventana, cierra vidrieras y contraventanas, y rendido de fatiga y de
sobresalto se arroja sobre un sillón.
Al ver el pueblo el arrojo de don Juan, todo él prorrumpió en un grito
de espanto, del que se formará una idea el que haya oído exclamación
universal de los concurrentes a la elevación de un globo en cuya
barquilla se ve algún atrevido areonauta.
Pero a la admiración sucedió el furor y el grito de derribar la puerta,
que sonó en los oídos del corregidor como la sentencia de su muerte.
[Ilustración]