CAPÍTULO II

Como de leve chispa al solo fuego

Se inflama el bronce vomitando muertes:

Al torpe influjo de calumnia impía

Así la furia popular se enciende.

(_Canción anónima_).

Por más pronto que el sacristán del monasterio acudió a la voz de don

Juan, y a pesar de cuanta prisa se dio este a salir de la iglesia,

no pudo hacerlo con tanta brevedad que alcanzase a la persona que

buscaba. Todavía, cuando don Juan salió, quedaban en el pórtico

algunos corrillos, y uno entre ellos formado por los individuos de la

justicia, que ya conocemos de vista; pero ni con estos ni con ninguno

de los habitantes estaba el incógnito, como don Juan vio después de

haber examinado apresurada y curiosamente la fisonomía de todos los

circunstantes, inclusa la del señor corregidor.

El aire afanado de don Juan, cierta especie de sobresalto que se

dejaba ver en su rostro, y, sobre todo, el desacato inaudito con que

se atrevía a pasar en revista la fisonomía del primer magistrado de

la villa, llamaron la atención general de un modo tan visible que, a

estar menos preocupado con su designio, conociera nuestro caballero

que su conducta era por lo menos imprudente. Mas ya se ha dicho que

don Juan era obstinado; él mismo lo ha dejado ver en toda su conducta

desde que está a nuestra vista, y además, en el punto a que las cosas

habían llegado entonces, su curiosidad estaba demasiado exaltada para

contenerse por respeto al desagrado de los honrados madrigaleños.

Sin embargo, todas sus diligencias fueron inútiles. Después de haber

examinado detenidamente todas las inmediaciones de la iglesia, conoció

que correr las calles y un pueblo desconocido en busca de un hombre

cuyo nombre, calidad y empleo ignoraba sería sobre descabellado,

infructuoso. Resolviose, pues, a regresar a la pastelería, con ánimo

de adquirir en ella, si posible fuese, algunas noticias sobre el objeto

en cuestión.

Pensar y ejecutar eran para el hermano del marqués casi una misma

cosa. Cinco minutos después de tomada su resolución estaba ya sentado

en la pastelería delante de una mesa que la huéspeda le había hecho

preparar durante su ausencia. Mas no estaba cuando don Juan llegó la

agraciada morena; un marmitón mulato, y silencioso como la tumba, fue

quien le hizo seña de ocupar su asiento; y poniéndole delante un asado

de cabrito, medio pan blanco y un frasco de vino, se retiró sin decir

palabra a lo interior de la casa.

No pudo menos don Juan de sonreírse viéndose recibir de aquella manera,

y de exclamar para sí:

«¡Por vida de mi padre, que a estar en carnestolendas dijera que estos

señores de Madrigal se han propuesto hacer burla y chacota de mi

persona! Todos son misterios, y voto..., pero comamos, que después

habrá lugar para todo».

En efecto, don Juan ocupó su asiento, y después de persignado y

santiguado devotamente empezó a embaular bonitamente, unos tras otros,

muchos y no muy pequeños pedazos de cabrito, los que, para que no se

le secaran en el estómago, tenía muy buen cuidado de humedecer con

copiosas libaciones.

Al paso que iba había cabrito para muy poco tiempo; pero aún no

había concluido cuando, por detrás de él y sin haber precedido ruido

de puerta ni de pasos que se lo anunciase, apareció la huéspeda y,

tocándole ligeramente en el hombro, le dijo sin detenerse y en voz tan

baja que apenas se oía:

—Guárdese de requebrarme.

Cuando la última de estas palabras hirió el oído de don Juan, ya la

morena ocupaba el mismo asiento en que la había visto la primera vez, y

su actitud y aparente indolencia eran absolutamente las mismas también

que en aquella ocasión.

El primer movimiento de don Juan, sintiéndose de improviso tocar en el

hombro, fue llevar la mano al puño de la espada; pero viendo, casi al

mismo tiempo, a la huéspeda, y escuchando las palabras que le decía,

se quedó absorto durante algún tiempo. Recobrado empero, y volviendo

a su humor festivo, se sonrió con la morena, quien le correspondía

igualmente, y animado con tan buen principio, empezó a decir:

—¿Querrá usted decirme por qué me prohíbe...?

La huéspeda, conociendo que la palabra _requebrarla_ u otra

equivalente era la que el forastero iba a pronunciar, recorrió rápida

y sobresaltadamente el aposento con la vista, y tomando en seguida

una actitud tan imponente que rayaba en teatral, puso el dedo índice

sobre sus labios, clavando al mismo tiempo sus hermosos ojos en los del

desconcertado caminante, que entonces no sabía qué cosa admirar más,

si la gracia y belleza de la mujer que tenía delante, o aquel aire de

dominio con que sin derecho alguno quería tratarle.

—Es singular —exclamó—; pero al cabo es mujer —dijo para sí—; no hay

humillación en someterse a ella: variemos la conversación. Paréceme

—continuó en alta voz— que la gente de Madrigal tiene mucha afición al

padre vicario del monasterio, pues según los informes que tengo, poca

gente más será la que hay en el pueblo que la que yo he visto en misa.

—Muy poca —respondió la morena, que había vuelto a recobrar su primera

apatía.

—Y no faltan hidalgos en el pueblo.

—Podrá ser.

—¿Cómo podrá ser? ¿Pues usted no lo sabe?

—No, a fe mía.

—¿Y cómo, estando en la villa y habiendo tal vez nacido en ella?

—Porque jamás me empeño en averiguar lo que no me importa.

Y a estas palabras acompañó una mirada tan expresiva, tan burlona, que

confundió a don Juan y suspendió su locuacidad por algún tiempo.

La pastelera calló también, y al parecer se ocupaba en contar las vigas

del techo, mientras que el caballero, rojo como el carmín, apoyaba

un codo en la mesa, la frente en la mano, y con la otra desmenuzaba

prolijamente una miga de pan como si la destinara a cebar algún

pajarillo.

Después de algunos segundos, pasados en esta posición, don Juan,

dejándola bruscamente como por efecto de una de aquellas luminosas

reflexiones que, cuando menos esperamos, vienen a facilitarnos la

solución de algún problema que nos parecía imposible resolver, don

Juan, repito, volvió a anudar la interrumpida conversación.

—¿Conocería, por ventura, vuesa merced a un hombre...?

—¿Más curioso que siete mujeres? —interrumpió malignamente la huéspeda

con no poca mortificación del preguntante.

—No es eso lo que voy a decir, hermana —replicó entre vergonzoso y

enojado don Juan—; iba a preguntarle si conocía a un hombre que hoy en

misa ha llamado mi atención.

—Yo no he ido hoy a oír la misa del padre vicario.

—Lo sé, pero sin embargo, pudiera ser que las señas que yo diese de

su persona —aquí advirtió don Juan que la huéspeda mudaba de color—

hiciese venir a usted en conocimiento de quién sea.

—Diga, pues, señor caballero —prorrumpió la huéspeda morena, pero con

visible agitación.

—Su edad es entre la mocedad y la vejez, su persona parece ser de

hombre robusto y asendereado, sus movimientos anuncian la agilidad que

solo se adquiere con el ejercicio de las armas.

—O haciendo pasteles —dijo detrás de don Juan la misma voz que en la

iglesia causó el desmayo de fray Miguel de los Santos.

—Pardiez —exclamó don Juan, que familiarizado ya algún tanto con las

sorpresas, recibió la nueva aparición con menos asombro que era de

creer—; pardiez, hermano, me alegro más de haberos encontrado que si el

rey me hubiera hecho merced de alguna encomienda.

El incógnito, que llevaba su gran sombrero calado como siempre hasta

las cejas y los brazos cruzados sobre el pecho, dejó a don Juan decir

libremente, y continuó andando hasta colocarse de pie en frente de él

y al lado de la pastelera, cuyos ojos, desde el momento de su entrada,

no se apartaron del suelo.

El silencio duró algunos instantes; quien lo rompió fue el pastelero.

—Señor caballero: si en efecto lo es usted, puede saber que la

curiosidad indiscreta es gravísimo defecto, propio más bien de

mujercillas y hombres bajos que de gente noble y principal. Pero usted

es mozo, y como tal no es extraño que aún no haya aprendido a moderar

sus pasiones. Yo no soy ni quiero ser un misterio, y ciertamente creo

que para correr a usted bastaría decirle que el que ahora le está

hablando es el pastelero de Madrigal, su humilde criado.

El principio de esta arenga inflamó al irascible don Juan; cuanto más

era la razón con que el pastelero le reprendía tanto mayores eran

su mortificación y cólera; pero cuando oyó a aquel hombre concluir

declarando su oficio, sin embargo de que la tal declaración se hizo

con un tono indefinible que ni bien era amargo, ni irónico, ni cortés,

ni grave, fue tan poderosa con él la risa que prorrumpió en una gran

carcajada.

Esta se prolongó tanto que la pastelera acabó, como a pesar suyo, por

hacer otro tanto, y hasta el mismo dueño de la tienda dio muestras de

abandonar por un momento su austera gravedad.

Así se pasó algún tiempo, y sabe Dios el que se hubiera pasado si

en medio de aquella inmoderada y acaso intempestiva alegría, no se

dejara ver en la puerta de la calle, que estaba abierta, un hombre, o

esqueleto de tal, alto, flaco, carilargo, ojihundido, vestido de negro,

con un lío de papeles debajo del brazo y un gran tintero de cuerno en

la mano; el escribano, en fin, en cuerpo y alma, si es que la tenía.

—Abran aquí a la justicia —dijo parándose en el umbral de la puerta.

Y esta frase fue la primera noticia que de su venida tuvieron los

tres reidores; al oírlas cesó la risa, cada cual fijó los ojos en la

puerta, y don Juan, viéndola abierta de par en par y que el fantasma

que en ella había decía sin embargo que se la abriesen, estuvo por

empezar de nuevo a reírse: contúvole empero la idea de que aquel hombre

era al cabo un ministro de la justicia, y se contentó con decirle:

—Por más abierta no doy una blanca; entre usted, que bien puede.

La pastelera se inmutó extraordinariamente; sus manos, que don Juan

notó ser de primorosa estructura y no embrutecidas por el trabajo,

se cruzaron sobre sus faldas con un movimiento convulsivo y casi

involuntario; perdió el color del rostro y echó una mirada al cielo

como pidiéndole protección.

Del pastelero no fue posible juzgar, pues el ala del sombrero le

cubría, como se ha dicho, toda la cara, y en su persona no se notó

movimiento que anunciase temor ni sorpresa como no fuese el echar la

mano al puño de una daga corta que llevaba casi oculta entre los

pliegues del vestido, y aun esto con tanta negligencia y espacio, que

más parecía movimiento casual que de precaución.

No bastó la invitación de don Juan para que el escribano pasase

adelante, sino que despreciando el aviso del caballero se dirigió de

nuevo al dueño de la casa, repitiéndole en su falsete:

—Abran aquí a la justicia.

—Abierto está; entre la justicia cuando quiera —respondió el pastelero.

Y entonces el escribano entró, seguido de dos alguaciles y cuatro

robustos mozos armados con alabardas, mohosas, sí, mas de un tamaño

respetable.

«Este Madrigal —dijo para sí don Juan viendo aquello— es villa

maravillosa, o se ha trastornado desde que estoy en ella: ¿qué va a que

se llevan preso a mi huésped?».

Mientras hacía estas reflexiones, dos de los alabarderos se quedaron

guardando la puerta, y otros dos se colocaron a los costados del

escribano, quien tranquilo al parecer con aquella escolta, empezó a

decir:

—Gabriel de Espinosa: el rey nuestro señor, y en su nombre el señor

corregidor de esta villa, y yo, por comisión de su señoría, expedida en

debida forma, según más latamente consta en autos, os requerimos para

que en este mismo instante nos entreguéis, para que puesto en lugar

de seguridad y juzgado, y _secundum alegata et probata_, conforme a

derecho, sufra la pena a que haya lugar, la persona de un asesino que

tenéis en vuestra casa pastelería, sita en la villa de Madrigal, en el

reino de Castilla la Vieja.

—Señor escribano, mi casa no es, ni ha sido nunca, asilo de

malhechores. Usted viene engañado, pues en ella no hay persona alguna

forastera, como no sea ese gentilhombre que usted está viendo, que

seguramente no tiene trazas de asesino.

—Nada más engañoso que la apariencia —replicó gravemente el escribano—.

Cierto no es el hábito que acostumbra vestir la gente maleante el

que vemos en la persona que usted nos señala; pero como por lo demás

convienen en ello todas las señas contenidas en el auto de oficio y

mandato de prisión de su señoría, fuerza será reconocer en este buen

hombre el asesino que buscamos.

—Mentís como un bellaco —gritó furioso don Juan, irritado con tan

rigorosa y no merecida acusación.

—Favor a la justicia —exclamó el escribano.

Y al mismo tiempo sus dos satélites, enristrando las lanzas, le

pusieron a don Juan las puntas al pecho obligándole a retroceder hasta

la pared, sin darle tiempo para tirar de la espada.

Sin embargo de verse en tan crítica posición, aún pudo tirar de un

puñal, y hacía ademán de resistirse con él. Los alabarderos, por su

parte, irritados con sus amenazas, le apretaban tanto con sus armas que

hubo momento en que realmente pudo decirse que estuvo a un dedo de la

muerte.

El escribano se había retirado hacia la puerta: el pastelero miraba

desde el lugar en que le cogió el principio de aquella escena singular

el valor de don Juan; pero la morena, más sensible y arrojada, corrió a

los mozos, separó con sus manos las puntas de las alabardas del pecho

del caballero, y poniéndose delante de él, le dijo:

—Entréguese usted a la justicia; si es inocente, como lo creo, no

estará mucho tiempo en sus manos; y si fuese culpado, sobre que la

resistencia sería inútil, no haría más que perjudicarle en su causa.

El raciocinio era concluyente; pero todavía más que su evidencia

pudo con don Juan la dulzura de la voz, el tierno interés con que se

pronunció, y la expresión hechicera del rostro de la que con razón

llamó su libertadora.

—Usted —contestó— acaba de salvarme la vida, y justo es que yo ponga

mis armas a sus pies —y, en efecto, lo hizo así—: disponga, pues, vuesa

merced de mi persona, y crea que desde este instante se ha ganado un

amigo, que lo será mientras viva.

No replicó la pastelera, sino que cogiendo la espada y puñal de don

Juan los puso sobre una mesa, y dirigiéndose al escribano, le dijo

desdeñosamente:

—Ya puede hacer su oficio.

Don Juan, adelantándose entonces hacia el secretario, sin soberbia ni

humildad le dijo:

—Soy vuestro preso; pero acordaos que soy noble, y mi familia poderosa.

Concluidas estas palabras, los cuatro mozos de las alabardas cogieron

en medio al hermano del marqués y salieron procesionalmente de la

pastelería, cerrando la marcha el escribano, y dirigiéndose todos hacia

la casa-posada del señor corregidor, que estaba esperando al presunto

reo con alguna impaciencia.

En el tránsito se agregaron muchas personas, que ya el aparato

desplegado por la autoridad en la prisión de don Juan había reunido a

la puerta de la pastelería; la mayor parte de ellas que andaban por las

calles, y no pocas de las que estaban en sus casas y vieron pasar el

singular acompañamiento de nuestro caballero.

—¿Por qué llevan preso a ese mancebo? —preguntó uno de modo que el

interesado pudo oírlo.

—No sé —respondió otro—, pero, según dicen, ha cometido un asesinato.

—Imposible —interrumpió una mujer—, imposible: ¡si es tan galán!

—Sí, como él sea galán, nada malo puede hacer —exclamó gruñendo un

hombre que, por la amabilidad que con ella usaba, se conocía ser su

marido.

—Señores, es un hereje.

—Judaizante, judaizante.

—No hay tal, señores, es un morisco disfrazado.

Todas estas conjeturas más divertían a don Juan que le mortificaban,

pues, seguro de su inocencia, lo estaba de justificarse de cualquier

crimen que se le imputara.

Pero de repente, y de entre las personas del pueblo que más distantes

estaban del preso, sale una voz de trueno gritando:

—Matadle, matadle al asesino, al sacrílego.

Este apóstrofe produjo un momento de horror y profundo silencio; pero a

poco se oyó un ruido sordo como el del mar en el momento de empezarse

una tempestad.

Los habitantes se hablaban entre sí, y casi todos a un tiempo: la

pregunta «¿Y qué es lo que ha hecho?» vuela de boca en boca. Pero el

estrépito es tal, la diferencia de voces y la agitación tan grandes,

que la respuesta no se da, o no puede llegar a los oídos del interesado.

Un momento después, la voz de «¡Muera!, ¡matadle!, ¡a la hoguera!» es

general; los alabarderos, los alguaciles y el escribano bastan apenas

con amenazas, con razones y ruegos, a contener aquellos furiosos, que

más de una vez estuvieron a punto de arrojarse sobre la persona de don

Juan, y de hacerle pedazos.

Decir que este caballero iba tranquilo en tan amargo trance sería

falso, inverosímil. El amor a la vida es natural, y perderla inocente,

sin esperanza de gloria y por el necio capricho del vulgo ignorante,

será siempre muy cruel, por más que suceda alguna vez en todos siglos y

épocas.

Sin embargo, fuera de ponérsele el rostro amarillo como la cera, no

dio nuestro don Juan otra señal de temor. De buena gana se hubiera

tapado los oídos para no escuchar las horrendas imprecaciones que de

todas partes, y sin cesar, llovían sobre él; pero conoció que sobre

no poder excusarse de oír lo que le mortificaba, pues los pulmones

de los madrigaleños eran de bronce, o tal le parecían, dar aquella

prueba de debilidad sería indecoroso y a propósito para alentar en sus

sanguinarios proyectos a aquellos amotinados.

Uno de estos hubo tan osado que, deslizándose por entre dos de los

alabarderos, llegó a coger un brazo al preso; mas este, conociendo

lo crítico de su situación y que solo arrostrándolo todo era como le

quedaba alguna esperanza de salvarse, le descargó en la cabeza un golpe

tan furioso y tan bien aplicado que dio con él en el suelo, en donde

se quedó como muerto. Tal fue el aturdimiento que tuvo.

Los alabarderos viendo aquello, e interesándose como es natural por un

hombre indefenso y expuesto a la ira de todos, y que sin embargo tan

valiente se mostraba, enristraron las alabardas, y cerrándose en torno

de él, lograron, no sin trabajo, abrirse paso por medio de la multitud

que por todas partes les rodeaba.

El escribano intentó al principio resistir al tumulto con autoridad,

conminando a los amotinados con diversas penas si al punto no le

dejaban el camino expedito para que la justicia pudiera ejercer

libremente sus funciones. Pero nadie le hizo caso, y hubo quien llegó a

contestarle con muy poca cortesía.

Visto esto varió de rumbo, empezó conviniendo con los habitantes en la

enormidad del delito del prisionero, y la justicia del castigo que para

él pedían; pero les suplicaba que dejasen a cargo de los magistrados

puestos por el rey aplicar la pena que conviniese, citándoles en apoyo

de su opinión cuantos aforismos, leyes, comentarios y pragmáticas le

vinieron a la memoria. Mas ni nadie atendía a su aflautado y meloso

acento, ni aunque hubiesen atendido sirviera de nada, pues una vez rota

por el pueblo la barrera del orden, ¿adónde pararán sus extravíos? Dios

solo alcanza saberlo.

A pesar de todo permaneció firme en su puesto el escribano hasta la

ocurrencia de que últimamente hemos hablado, pues así que vio caer a un

hombre en el suelo, fue tan pánico el terror que de él se apoderó que,

escabullándose por entre los circunstantes, encorvado para que se le

viese menos, se dio tan buena maña que en pocos instantes se vio fuera

del campo de batalla con no poca satisfacción suya.

Entre tanto los mozos de las alabardas, valientes como castellanos

de entonces, continuaban lenta y penosamente su marcha, y el pueblo

gritaba a más y mejor contra el pobre don Juan, que daba al diablo la

hora en que se le antojó venir por Madrigal, y quisiera más entonces

habérselas con todos los tudescos del mundo que con sus furiosos

compatriotas.

Llegaron por fin al umbral de la casa del corregidor y la hallaron

cerrada, gracias a la prudencia de la consorte de este, doña Petronila,

que informada por un oficioso vecino de lo que ocurría en el pueblo,

dispuso tomar a todo evento la precaución de no dejar que nadie entrase

en su casa hasta que todo estuviese sosegado.

Por más que los alabarderos llamaron, por más que suplicaron, la puerta

no se abría.

El corregidor, puesto a la ventana del piso principal, colocada

precisamente encima de una de las rejas del cuarto bajo, decía

constantemente:

—Hijos, no puedo abrir; mi mujer tiene la llave.

—Ya se ve que la tengo —exclamaba desde el interior del aposento la

voz cascada de la dueña—, ya se ve que la tengo, y no la daré.

Los amotinados se agolpaban; su furia, lejos de disminuirse, iba

tomando incremento, y era visible que en breve todos los esfuerzos de

los cuatro alabarderos serían inútiles para salvar al infeliz don Juan.

Este, conociendo desde luego toda la intensidad del peligro, echó una

mirada en rededor de sí, ve la reja, da un salto, gatea por ella,

alcanza la ventana a que el corregidor estaba asomado, y entra por ella

en el aposento.

Inmediatamente coge al magistrado absorto por el brazo, le retira de la

ventana, cierra vidrieras y contraventanas, y rendido de fatiga y de

sobresalto se arroja sobre un sillón.

Al ver el pueblo el arrojo de don Juan, todo él prorrumpió en un grito

de espanto, del que se formará una idea el que haya oído exclamación

universal de los concurrentes a la elevación de un globo en cuya

barquilla se ve algún atrevido areonauta.

Pero a la admiración sucedió el furor y el grito de derribar la puerta,

que sonó en los oídos del corregidor como la sentencia de su muerte.

[Ilustración]

Ni rey ni roque (1-2 de 4) · 第 9 / 28 题