Doleos la dueña.
Doleos de mí
Si no me amparades
Es fuerza morir.
—Mal hora que os coja,
¿Por qué aquí venís?
Ni sé vuestro nombre,
Ni jamás os vi.
—Salvadme, que os juro,
Que voy a morir
Sin culpa ninguna.
—Mancebo, venid,
Que soy compasiva
Y mujer al fin.
(_Romance inédito_).
Mientras que en la calle se discutía tumultuariamente sobre si sería
más conveniente echar abajo la puerta de la casa del corregidor, o
cercarla tomando todas las avenidas a ella, de manera que el fugitivo
no pudiera absolutamente escaparse de sus manos, es imponderable la
apurada situación del magistrado, su mujer y don Juan.
Por de pronto, la sorpresa en los dos primeros, y en el último el deseo
de la conservación, no dieron lugar a ningún otro pensamiento; pero
pocos minutos bastaron para que cada uno de ellos hiciera reflexiones
sobre su posición, y análogas a su carácter.
El corregidor repasaba en la memoria las penas impuestas por la ley
al escalamiento; pero al mismo tiempo veía con disgusto no serían
aplicables en aquel caso, porque era claro que solo el inminente
peligro de su vida movió al acusado a tomar por asalto la audiencia de
su señoría. Sin embargo, lo que más le mortificaba era cierto escrúpulo
sobre si tendría o no que inhibirse del conocimiento de aquella causa,
pues como testigo presencial del escalamiento su deposición se hacía
necesaria, y le imposibilitaba de ser juez en ella.
Doña Petronila empezó por ceder a la timidez de que en general
adolece su sexo, y aun estuvo muy cerca de tener un desmayo; pero
venturosamente se hizo cargo de que su ilustre esposo tenía demasiado
miedo para socorrerla entonces, y el recién venido cosas de más
importancia en qué pensar, y resolvió contentarse con derramar algunas
lágrimas por el momento.
Don Juan, después de recobrado algún tanto, prestó la mayor atención a
las voces de los amotinados, y a poco se hizo cargo de sus intentos,
los que fácilmente se figurará cualquiera, que le alarmaron en extremo.
—Amigo, quien quiera que seáis —dijo dirigiéndose al magistrado—, en
vuestra mano está salvar la vida de un hombre que sin saber por qué, ni
haber cometido crimen alguno, es el objeto de la furia de esa canalla.
—Doña Petronila, esposa, ya oís lo que dice este hombre.
—Sí, ya oigo, y más valiera que ese hidalgo no hubiera venido a
ponernos en tan grave peligro.
—Señora, el peligro en que yo mismo me hallaba es mi disculpa.
—¿Y quién le mandó ponerse en él, señor mío?
—El demonio, que sin duda me inspiró el pensamiento de venir a este
malaventurado pueblo.
—¡El demonio! —murmuró aparte el corregidor—; _vade retro_. Este hombre
tiene pacto.
—Sí, sí —contestó la corregidora, que iba cobrando aliento—; echa la
culpa al pueblo de lo que la tienen sus malas mañas.
—¿Pero qué malas mañas, pecador de mí? ¿Qué mañas? ¿De qué me acusan?
Sépalo yo al menos.
—Traslado —respondió el magistrado.
—Le acusan —dijo su mujer—, del asesinato que ha cometido.
—¡Válganme todos los santos del cielo! ¡Yo asesino! ¿Y quién lo dice?
—Oiga, hermano, y escuchará cómo se lo dice todo el pueblo.
—¿Y eso basta?
—_Vox populi, vox Dei_ —dijo el juez.
Aquí interrumpió la conversación el estrépito horrible de las voces
de los amotinados, que con más furia que nunca gritaban «¡Abajo la
puerta!», y como por vía de acompañamiento se oían los golpes que daban
en ella algunos impacientes con las astas de las alabardas que habían
logrado arrancar de manos de sus dueños, en tanto que recibían las
hachas que habían enviado a buscar.
—Toda discusión es ociosa, señores; dentro de algunos minutos seremos
todos víctimas de la rabia de esos desalmados si por caridad no me
indican vuesas mercedes un medio para huir de aquí.
Doña Petronila, mujer al fin, y conmovida con el riesgo a que conocía
se hallaba expuesta, quiso echar una mirada sobre su extraño huésped, a
quien hasta entonces no había examinado, temiendo hallarle espantoso;
pero cuando vio un mancebo tan bien dispuesto, y sereno hasta
cierto punto aun puesto en aquel duro trance, sintió enternecérsele
el corazón, y empezó a pensar en qué paraje podría ocultarle para
sustraerle a la espantosa muerte que sin duda le aguardaba.
Mujer que quiere, pocas veces no puede; un retrete en su propia alcoba,
cuya entrada, dispuesta ya con arte para que no se notase, era todavía
menos visible a causa de la oscuridad del lugar en que estaba, fue el
paraje que doña Petronila creyó a propósito para ocultar a don Juan. Y
en efecto, levantándose de su asiento le asió de la mano, diciéndole:
—Sígueme.
El hermano del marqués, en el entusiasmo de su gratitud, no vio ni los
sesenta años de doña Petronila, ni su figura colosal y descarnada, ni
los ojos a manera de perdiz, ni la mano semejante a la de una parca;
nada vio, repito, en aquella mujer sino un ángel tutelar que venía a
arrancarle de las garras de la muerte. Así es que imprimió en la mano
que le llevaba un beso tan ardiente como hubiera podido hacerlo en
la de la misma diosa Venus si en persona se le hubiese presentado a
ofrecerle sus favores.
No habían aún puesto el pie fuera del aposento la dueña y el
caballero, cuando les hizo pararse una voz que se oyó en la calle,
primero a lo lejos y repetida a pequeños intervalos, después muy
próxima, últimamente inmediata a la misma casa y universal, diciendo:
«¡Milagro, milagro!».
Casi al mismo tiempo cesaron los golpes de la puerta, y el ruido de
las pisadas anunció que los amotinados se retiraban, pero con tanta
precipitación que era una verdadera fuga, y repitiendo sin cesar el
grito de «¡Milagro, milagro!», que, debilitándose progresivamente,
acabó por dejarlo todo en el más profundo silencio.
Cuando llegó este caso, don Juan, que había permanecido en pie, y
siempre asido de la mano de doña Petronila, exclamó como maquinal e
involuntariamente:
—¡Milagro!
—¡Milagro! —repitió la dueña.
—¡Milagro! —tartamudeó el corregidor.
Después que ya fue evidente la partida de los amotinados, cada cual
se fue serenando progresivamente, y, como es natural, la curiosidad
sucedió desde luego al temor.
Lo ocurrido era, a la verdad, para tenerla. Don Juan, en un pueblo en que
a nadie conocía, en el que apenas hacía dos horas que se hallaba, sin
que durante ellas se hubiese querellado con persona alguna, se veía de
repente acusado, preso por la justicia, perseguido por el pueblo, y de
repente, también como por encanto, a la voz de «¡Milagro!» se verifica
en efecto el de dispersarse espontáneamente el tumulto, y esto en el
momento en que era muy probable consiguiesen su intento los amotinados.
Por su parte, el corregidor y su esposa, aunque enterados del crimen de
que se acusaba a aquel caballero, comprendían aún menos que él mismo la
dispersión del motín.
No tardaron mucho ni unos ni otros en salir de sus dudas; pero para
hacer inteligible la solución del misterio en cuestión nos es forzoso
volver atrás por un momento con el hilo de nuestra historia.
Recuérdese que hemos dicho que el aguijoneado don Juan, por el deseo
de conocer al que después vio ser el pastelero, había dejado al
vicario del monasterio de Santa María la Real desmayado, en brazos del
sacristán del mismo, y que inmediatamente echó a andar en busca de su
incógnito.
Sucedió, pues, que no pudiendo el sacristán entrar solo al fraile
desmayado en la sacristía, llamó en su auxilio a dos monaguillos, que
en efecto le ayudaron a echar al vicario sobre un banco y prodigarle
los socorros ordinarios en tales casos, como rociarle el rostro con
agua, hacerle oler vinagre, despojarle de parte del vestido, etc., etc.
Pero como a pesar de todos sus esfuerzos, y del movimiento que recibía
el cuerpo del padre vicario, no volvía de su parasismo, el pobre
sacristán, hombre pacato y de poco espíritu, exclamó afligidísimo:
—¡Válgame Dios: está como muerto el buen señor!
No aguardaron a oír más los dos monaguillos, muchachos de diez a once
años ambos, sino que echando a llorar amargamente salieron corriendo de
la sacristía dando grandes alaridos, en los cuales no se les oían más
palabras inteligibles que las de «Ha muerto el padre vicario».
Ya en esto, la mayor parte o todas las personas que quedaban aún en el
pórtico cuando salió don Juan de la iglesia, se habían retirado a sus
casas; los mismos individuos del ayuntamiento se habían dispersado, y
solos el corregidor y el escribano, con algún otro rezagado, estaban
bastante próximos a la iglesia para oír las lamentables exclamaciones
de los dos acólitos.
—Homicidio —dijo el corregidor.
—Homicidio —repitió el escribano.
Y recordando entonces con infernal sagacidad la salida de don Juan
de la iglesia después de todos los demás circunstantes, infirió como
consecuencia de la prisa y azoramiento que en él advirtió entonces,
que él era sin duda el asesino del padre vicario, e inmediatamente se
le comunicó a su señoría, quien contestó:
—Préndasele, y le ahorcaremos.
Con tan buenas intenciones, el escribano, hombre diligentísimo en
tales ocasiones, dispuso la prisión de don Juan en la forma que hemos
visto se verificó en la pastelería, y su ánimo era llevarle a casa del
corregidor para tomarle inmediatamente las primeras declaraciones.
La casualidad hizo que las primeras personas que se reunieron a la
comitiva de don Juan no estuviesen enteradas del crimen de que se le
acusaba; pero ya cuando se aumentó el concurso, se agregaron a él
uno o dos sujetos que, habiendo oído la conversación del juez con su
secretario en las inmediaciones de la iglesia, hicieron correr la voz
de que aquel hombre iba preso por haber asesinado al padre vicario en
la iglesia misma en el momento de acabar de decir misa, y revestido aún
de las sagradas ropas.
El delito era enorme en sí, atroz por la persona en quien se cometía,
y sacrílego por el paraje en que se suponía haberse cometido y
circunstancias que le acompañaban.
Pero sin embargo, para comprender bien el furor que encendió en el
pueblo, es preciso saber lo que amaba al que creía muerto.
Fray Miguel de los Santos era religioso del orden de San Agustín, y
portugués de nación, provincial de su orden en Lisboa, predicador,
confesor, y amigo del desgraciado rey don Sebastián: se unió, después
de su pérdida, en estrecha amistad con don Antonio, prior de Crato, que
fue, como es cosa bien sabida, uno de los pretendientes más obstinados
a la corona de aquel reino.
Fray Miguel debía a la naturaleza un carácter vehemente, entusiasta y
arrojado; así es que no supo sustraer a la suspicacia de Felipe su mal
reprimida adhesión a don Antonio.
El monarca español le hizo traer a Castilla encerrado en un coche con
guardias de a caballo, y le tuvo preso algún tiempo, hasta que, por
fin, o creyendo que el fraile se habría demudado con el infortunio, o
cediendo a empeños de poderosos, le concedió su libertad, enviándole
de vicario al monasterio de Madrigal, en el cual era monja profesa
la señora doña Ana de Austria, hija natural del inmortal vencedor de
Lepanto.
Costumbres irreprensibles, moral pura e indulgente para los demás
y severa para sí mismo, ayunos, penitencias, limosnas, la práctica
constante de todos los ritos exteriores de la religión, con más el
ejercicio, en cuanto le era posible, de las virtudes reconciliadas,
adquirieron a fray Miguel en Madrigal la reputación merecida de un
varón justo y un sacerdote ejemplar.
Nunca la miseria acudió en vano a la caridad de fray Miguel; y si
los socorros que daba no eran siempre tan cuantiosos como él hubiera
deseado, iban por lo menos acompañados de buenos consejos y palabras
compasivas, lenitivo muchas veces, si no remedio a nuestros males.
Con estos antecedentes es fácil hacerse cargo de la inflamación
extraordinaria y portentosa de los habitantes de Madrigal contra don
Juan de Vargas, que ni siquiera podía sospechar qué había hecho para
que tan mal le quisiesen.
Pero el pueblo estaba firmemente persuadido de que aquel caballero
había asesinado al vicario, y el castigo que la justicia le impusiera
le parecía tardo y suave; no se trataba ya de castigar un crimen
oscuro, sino de vengar a una población entera privada del protector
de los pobres, y lavar la afrenta hecha al templo del Señor con un
atentado inaudito.
Personas de Madrigal que por carácter, estado y edad no se hubieran
mezclado en el motín en ninguna otra ocasión, se unieron a él en
aquella. Hombres naturalmente compasivos pedían a voz en grito el fuego
y los tormentos más terribles para el que juzgaban culpado, y esto sin
tener la menor seguridad de que el crimen se hubiese cometido, mucho
menos aún de que ya que fuera así, fuese su autor el desgraciado a
quien quería sacrificar. Tal es el efecto de las conmociones populares,
movidas a veces para un solo fin, nunca muy honrado, pero que por
circunstancias podrá ser provechoso en un momento dado, y jamás se
contentan con lograrlo; como los graves aumentan velocidad en cada
instante sucesivo de su descenso, y como este aumento de velocidad
acrecienta la fuerza de la masa que desciende, así el tumulto aumenta
continuamente sus exigencias, se aumenta también sin cesar una especie
de fuego eléctrico que se comunica de hombre a hombre, los inflama a
todos, los funde, por decirlo así, en un solo cuerpo monstruoso, capaz
de todo lo malo, y nunca de nada bueno.
¿Son exageraciones? ¿Son frases de escritor? ¡Ojalá! Pero dígalo la
historia, y no hay necesidad de ir a buscar la antigua.
Volvamos a Madrigal. Las hachas acababan de llegar; ya dos de los más
robustos amotinados se habían apoderado de ellas, y se disponían a
empezar la obra de destrucción, cuando el grito de «¡Milagro!» se
oyó por primera vez en las últimas filas de los circunstantes, y los
que la formaban dieron a huir como gamos por calles y callejuelas,
persignándose al mismo tiempo con toda la devoción que la prisa les
permitía, y encomendándose cada uno al santo de quien era más devoto.
¿Cuál era la causa de su espanto y gritos? ¿Cuál el milagro que
anunciaban? La resurrección de fray Miguel de los Santos nada menos:
este religioso llegó a saber el peligro inminente en que se hallaba un
hombre acusado de haberle muerto; y a pesar de que su desmayo le había
puesto realmente enfermo, dijo la causa inmediatamente para salvar a
aquel infeliz.
La palidez de su rostro, su andar mal seguro, y la expresión
melancólica de su fisonomía le daban cierto aire poco común. ¿Qué más
necesitaba el pueblo para creer que era un muerto resucitado?
La palabra «milagro» volaba de boca en boca. Unos corrían porque habían
visto a fray Miguel; otros porque oyeron que venía; otros porque veían
correr a los demás; y finalmente, algunos porque temieron, quedándose
solos, pagar la culpa de todos por el desacato cometido contra la
justicia.
Así se disipó aquella tempestad; cada uno se fue a su casa sabiendo
menos sobre el asunto en cuestión que cuando salió de ella, ronco de
gritar, molido de encontrones y otros azares (pero al cabo contento
por haber sacudido por un instante el yugo de las leyes, aunque
nada hubiese conseguido). No faltó tampoco quien hallase de menos
el pañuelo, el dinero, o alguna alhaja de valor que llevaba en el
bolsillo; debió consolarse con la idea de que había pasado a manos de
alguno de sus cohermanos del motín, y probablemente no de los menos
celosos por el bien general.
Pero el hecho es que el motín se disipó, y que a pesar de lo que el
pobre vicario se esforzaba en gritar que no había milagro ninguno en
andar por las calles un hombre de carne y hueso, y que él no había
muerto, que viniesen y le tocasen verían como estaba vivo, aquellos
señores, cuanto más los llamaba, más huían, diciendo que no querían
nada con muertos.
Vista la inutilidad de sus razones, continuó fray Miguel su marcha
hasta la puerta de casa del corregidor, y llegando a ella dio dos o
tres golpes con el aldabón.
Oírlos el juez y pegar un salto, de resultas del cual se quedó en
cuclillas, como una mona, sobre el sillón que ocupaba, todo fue uno.
Doña Petronila, creyendo también que volvía a empezar de nuevo la
persecución, quería llevarse a don Juan adonde ya tenía proyectado
esconderle; pero Vargas, más acostumbrado a los peligros que los dos
esposos, no quiso consentir en ello.
—No, señora —dijo—; estos golpes no son ya de persona que intenta
forzar la puerta, sino de uno que pretende que se la abran. Además, el
profundo silencio en que estamos es prueba evidente de que la canalla,
por milagro en efecto, ha abandonado el campo. Tal vez el que llama
es algún amigo: veámoslo. Y sin esperar respuesta ni dar lugar a
reflexiones, abrió la ventana, y viendo, con no poca satisfacción suya,
la calle enteramente desembarazada, preguntó:
—¿Quién va?
—Fray Miguel de los Santos —respondió el fraile.
El corregidor se tiró desde el sillón al suelo, se tapó la cara con las
manos, y además se puso como si besara la tierra, no cesando de decir
apresuradamente y sin intermisión:
—¡Abrenuncio, Satanás; abrenuncio, Satanás!
Su mujer, más atrevida, sacó inmediatamente su rosario, y adelantándose
hacia la ventana, haciendo la señal de la cruz empezó a decir:
—«De parte de Dios te digo, ánima de fray Miguel, que me digas a qué
vienes, y si estás en pena, por qué, y qué quieres que hagamos para
sacarte de tan mal estado».
Durante esta arenga, que el pobre juez acompañaba con su refrán de
«Abrenuncio, Satanás», el cual producía un zumbido muy semejante al
del moscón, don Juan, absorto, hubo un momento en que estuvo tentado a
tener miedo y ponerse también a rezar por su parte; pero juzgó después
más prudente pedirle la explicación de aquel misterio al fraile,
que con paciencia admirable estaba esperando a que doña Petronila
concluyese su exorcismo.
—¿Qué es esto, padre? Dígame vuesa reverencia si la gente de Madrigal
pierde el seso periódicamente tal día como hoy en cada año.
—Señor caballero, que tal lo parece usted —dijo fray Miguel—, esa
señora me cree muerto, y por mano de usted.
—¡Jesús!, ¿y cómo?
—Eso se alcanzará si usted logra que se convenzan de que, gracias a
Dios, vivo todavía, estoy bueno y sano, y lejos de haber recibido de
usted el menor insulto, aún tengo que agradecerle algún servicio.
Era menester ser muy necio o muy obstinado para negarse a dar crédito
a un hombre que con tan buenas razones probaba que vivía. Doña
Petronila, que si bien no era joven ni agraciada, y sí dominante y un
tanto colérica, tenía sin embargo una cantidad de razón regular, se
convenció, pues, de que en el supuesto asesinato del vicario había
habido algún extraño error: desde luego mandó a su esposo que creyese
que realmente estaba en esta vida fray Miguel.
—Doña Petronila, ¿estáis segura?
—¿Cómo es eso?, ¿cuándo no estoy yo segura de lo que digo?
—Ya, pero cuando son cosas sobrenaturales...
—¿No basta que os lo diga yo? Id noramala, y mandad que abran la puerta
a su reverencia. Ya van, fray Miguel, ya van. Vamos, muévase.
El pobre corregidor, a pesar de que conservaba su recelo, no tuvo más
remedio que obedecer, y, gracias a sus providencias, a poco tiempo
entró fray Miguel en el aposento que fue teatro de la escena de que
acabamos de ser testigos.
Haciendo una ligera inclinación de cabeza a la dueña de la casa, se
dirigió el vicario hacia don Juan, diciéndole:
—Señor mío, en cuanto hoy ha pasado espero que usted me hará la
justicia de creer que yo no he tenido la menor parte. Un parasismo que
al retirarme de decir misa me sorprendió a la entrada de la sacristía...
—Del que fui testigo felizmente, pues evité que vuestra reverencia
viniese al suelo.
—Favor que ya sospechaba deberos, y a que estaré eternamente
agradecido; ese parasismo, pues, ha dado lugar a creer, por una
combinación de concomitancias que sería muy prolijo explicar ahora,
que yo había sido víctima de un asesinato y vos el homicida. El señor
corregidor, y perdóneme su señoría que se lo diga, ha obrado con
vos ligeramente, dando lugar a cuantos desórdenes han ocurrido, y
exponiendo a una persona inocente a gravísimos riesgos. Usted, señor
caballero, tiene sin duda derecho a reclamar daños y perjuicios; pero
yo fío en que por amor de la paz, y por mi intercesión, si de ningún
valor por lo escaso de mis méritos, de algún peso a lo menos por el
santo hábito que visto, querrá usted darse por contento con que yo en
nombre de todo el pueblo le pida perdón por lo ocurrido, y perdonando,
en efecto, como buen cristiano, se vendrá conmigo a mi celda por el
tiempo que tenga a bien pasar en este pueblo y honrar a su servidor.
Don Juan contestó a este razonamiento aviniéndose a todo; y dando
gracias a la corregidora, y aun al corregidor, salió de su casa
acompañado del fraile y razonando con él sobre lo ocurrido en aquella
mañana.
No podía Vargas menos de conocer en su interior que a todo había dado
lugar su curiosidad verdaderamente pueril; pero a pesar de ello, lo que
más sentía era el no haber podido descubrir el misterio del desmayo de
fray Miguel al nombrarle el pastelero.
Cuántas penas le costó su fatal empeño, lo veremos en el curso de esta
historia si nos alcanza la paciencia, al lector para hacerse cargo de
ella, y a mí para concluirla.
[Ilustración]