DON FÉLIX
El rostro es en vano
Querer ocultarme;
O tú has de matarme,
O yo te veré.
DON DIEGO
No es verme tan llano
Que baste el querello;
Mal que os pese de ello
Burlaros sabré.
(_Comedia antigua inédita_).
Como a las ocho de la mañana de uno de los primeros días del mes
de julio del año de 1595, se apeó en Madrigal, a la puerta de una
pastelería, un caballero joven, galán y bien portado. Dejando los
caballos al cuidado del sirviente que le acompañaba, entró en la
pastelería con gentil desembarazo, y tocando ligeramente con la mano
el bonete de terciopelo negro que cubría su cabeza, pronunció con voz
clara y apacible la entonces usual fórmula de saludo:
—Ave María.
—Sin pecado concebida —contestó la única persona que en la tienda
había, y era una mujer joven, morena, de hermosos ojos, rostro más
agraciado que bello, y aire más grave e imponente del que su edad,
condición y humilde traje prometían.
Estas observaciones las hizo el caminante sentado ya en uno de los
escaños que había dentro de la misma chimenea, y fuese que su natural
cortesía le moviese a ello, o bien que el aspecto de la huéspeda le
pareciera exigir más respeto del que hasta entonces había mostrado,
el hecho es que se quitó cortésmente el bonete, y dejó ver una cabeza
cubierta de cabellos castaños, cortados según la moda de aquel siglo,
es decir, sobre poco más o menos, de la manera que hoy llamamos a la
inglesa.
—¿No tendrá usted, señora huéspeda —dijo el caminante después de breves
instantes—, alguna cosa con que aplacar el hambre de un mozo, que ya
esta mañana ha caminado algunas horas?
No contestó a esta pregunta la persona a quien se hacía, sino que,
levantándose del asiento que ocupaba al frente del viajero, abrió y
examinó el cajón del mostrador, algunas alacenas y el horno, y visto
todo, volvió a su puesto diciendo flemáticamente al mancebo:
—Nada.
—Bien por mi vida. ¿Y no hay otra pastelería en el pueblo?
—Ninguna.
—¿Y absolutamente no hay nada que darme?
—Nada, si no se contenta con un pedazo de pan.
—Corta cosa es, y mi estómago me parece que ahora requiere más
sustancioso refrigerio. Duélase, hermana, de mi necesidad, y no me
obligue a andar en ayunas el resto de la jornada, que por la paga no
quedaremos mal.
—Mi señor no está en casa —replicó la huéspeda—, además de que, aunque
estuviera, no creo yo que quisiera ahora hacer nada.
—Válganos Dios, y qué poco amigo de trabajar es el pastelero: sea usted
más caritativa, y alivie mi necesidad, que tengo prisa; el pueblo
a que voy aún está lejos, y no quisiera llegar a él hambriento, y
creyendo que en cuerpo tan bello haya un alma empedernida.
Estas últimas palabras, pronunciadas en un tono entre galán y jocoso,
arrancaron, por decirlo así, una sonrisa a la grave pastelera; pero
había en ella tanta dignidad, y en su aire tal importancia, que a ser
en una princesa, se dijera que el requiebro la agradaba solo en cuanto
a mujer. Mas el mancebo no estaba entonces para pagarse de sonrisas; el
hambre le aquejaba, y continuó sus instancias, quizás con importunidad;
pero mezclándolas con tantas y tan discretas lisonjas que al cabo dio
al traste con la pereza o el orgullo de la huéspeda.
—Por oír misa y dar cebada —dijo esta—, ya sabe usted que no se pierde
jornada. Haga, pues, que su criado lleve los caballos al mesón, que
está en la misma calle, y váyase el señor caballero a oír la misa del
padre vicario de Santa María la Real, que dentro de una hora veremos
de dar modo para satisfacer su apetito.
—¡Una hora! Mucho es; pero sea: oigamos misa, y después volveremos a...
—A desayunaros.
—Y a ver los negros ojos de la más bella pastelera de esta tierra.
—Lisonjas de cortesano.
—No, sino verdades de hombre honrado.
—Si se retarda, caballero, no llega a la misa.
—¿Está lejos la iglesia?
—A dos pasos. Desde la puerta de casa verá usted la del monasterio.
Y diciendo así, acompañó al caminante hasta la puerta, y en efecto le
indicó el convento que desde ella se veía.
Don Juan de Vargas, hermano del marqués de ***, que es el caminante que
hemos visto, era un caballero mozo, de buen parecer, mediana estatura,
rostro blanco, complexión enjuta, humor jovial, muy aficionado a las
armas, y sobradamente a las damas; sirvió al rey en Flandes con honor
algunos años; su valor y nacimiento le alcanzaron una compañía, y en la
ocasión en que le hemos visto se hallaba en España a causa de haberle
llamado su hermano el marqués, que achacoso antes de la vejez, soltero,
y sin inclinación al matrimonio, le propuso hacerle su heredero, con
solo la condición de renunciar el ejercicio de las armas y venirse a
vivir en su compañía.
Don Juan repugnaba dejar los campos de Marte; pero el agradecimiento a
su hermano, las muchas ventajas que la proposición de este le ofrecía,
y finalmente, algunas desavenencias con el cabo principal del tercio en
que servía, le decidieron a dejar su bandera, con permiso del rey, y
regresar a Valladolid, ciudad donde el marqués residía.
Este desde luego descargó en su heredero el cuidado de su hacienda y
estados que estaban en Castilla la Vieja, lo que proporcionó a don Juan
hacer frecuentes viajes por la provincia, los cuales hacía siempre a la
ligera con un solo criado, divirtiendo en ellos y en la caza el ocio de
su nueva vida, insoportable para un hombre activo como él, vehemente,
y habituado al continuo movimiento de la guerra.
Regresaba don Juan a Valladolid, después de haber visitado varios
pueblos del señorío del marqués situados en la sierra de Ávila, y se
había propuesto llegar aquel día, y detenerse algunos en Medina del
Campo, villa ya muy decaída entonces, pero no de tan poca importancia
como lo es en el día.
Sigámosle al monasterio de Santa María, que lo era de monjas de San
Agustín: dirigiéndose a él, con el piadoso fin de oír misa, iba don
Juan repasando en su memoria el gracejo de la pastelera, y tratando,
por decirlo así, de casar lo plebeyo de su condición con la nobleza de
su porte; el deseo de la ganancia, natural en el tratante de oficio,
con la negligencia y descuido de aquella mujer, que nada tenía en su
casa preparado para la venta; y finalmente, la solícita adulación de
la mayor parte de las gentes dedicadas a aquel tráfico, con el despego
casi grosero de la morena de Madrigal.
Poco tiempo hacía que don Juan había vuelto de Flandes, donde las
gentes, aunque de suyo poco aficionadas a los españoles, no perdían
nunca la ocasión de ganar con ellos el dinero; los tudescos,
flemáticos, sí, mas no perezosos, saben adoptar siempre el tono
conveniente a la profesión que el interés, o la necesidad, les obliga a
ejercer, y don Juan se olvidaba de que estaba en Castilla la Vieja.
Embebido, pues, en sus reflexiones, llegó al pórtico de la iglesia, en
donde se hallaba reunido todo el pueblo, pues el día en que principia
nuestra historia era festivo, y la misa del padre vicario la que
siempre oían las personas de más cuenta y las que sin serlo aspiraban a
darse importancia, que ya entonces eran en bastante número.
Todo en aquel tiempo llevaba en España el sello del carácter severo y
sombrío de su monarca. Cada una de las clases del Estado se distinguía
en todo género de actos por sus insignias, por la calidad y hechura
de sus vestidos. El color más de moda era el negro; los militares
eran acaso los únicos que vestían de color: los adornos eran ricos
y costosos, pero sencillos y graves: un cintillo de diamantes por
presilla en el bonete, una larga y gruesa cadena de oro colgando del
cuello, y dando una o más vueltas sobre el pecho, y una sortija de
valor en algún dedo.
El traje del siglo era airoso: Van Dyck, dice Walter Scott, lo ha
inmortalizado. En efecto, o es la magia de aquel gracioso pincel,
o verdaderamente el corte y disposición de los tales vestidos era
infinitamente superior a los inconcebibles arreos de que hoy nos vemos
cargados. Confieso ingenuamente que como no sea la idea de asimilarnos
a los monos, no concibo cuál fuese la del inventor de los faldones de
nuestros fraques. El pantalón, a la verdad, ya se entiende; porque la
especie ha degenerado ya tanto que apenas hay pierna masculina capaz de
llevar con honor el calzón ajustado. ¡Pero el chaleco, casaca, y sobre
todo el corbatín! El corbatín, instrumento eterno de suplicio para el
hombre obeso y corto de cuello, a quien no deja respirar, y para el
hético agrullado, cuya cabeza, dejándose ver sobre una columna de raso
o terciopelo, parece blanco puesto allí para diversión de muchachos. El
corbatín, repito, es la más desatinada de las invenciones.
Pero aún es mayor disparate entretener al lector con tales reflexiones:
para concluir, en general, esta materia, diré que el calzón en aquel
tiempo era ajustado y largo, que llegaba hasta la garganta del pie;
la bota como la de campana; el jubón, ajustado a la forma del cuerpo,
llegaba hasta la cintura, a la cual se ajustaba por medio de un
cinturón, del que ordinariamente pendía la espada; comúnmente estaba,
como entonces decían, acuchillado, es decir, con ciertas aberturas
cubiertas con unos bollos de seda en los ricos, y de lienzo más o menos
fino en los artesanos y demás clases pobres.
El pueblo andaba de ordinario en cuerpo, y es natural, pues de esta
manera estaba el hombre más desembarazado para entregarse a sus faenas,
y en la cabeza llevaban los plebeyos un sombrero de copa redonda y ala
ancha; al paso que los nobles, los funcionarios públicos, los criados y
demás gente ciudadana, o por una razón o por otra, superior a la plebe,
usaban la capa corta, que no pasaba de la cintura, y un bonete o gorra
semejante, si no igual, a la que vemos en nuestros cómicos cuando
representan las comedias de Lope, Calderón, etc.
El traje de camino variaba en algún tanto: este era constantemente
de color menos fino y delicado que el de la ciudad; y en lugar de la
capa corta se llevaba el gabán, especie de capotillo sin mangas, y que
cuando la ocasión lo requería, se usaba con forro de pieles, y aun a
veces una capa parecida en las dimensiones a las del día.
Diremos, al paso, que tal era el vestido que llevaba nuestro don Juan,
y cebando en las digresiones, continuaremos acompañándole en el
pórtico, en donde se paseaba esperando la misa, siendo el objeto de
las miradas de todos, y haciendo por su parte algunas observaciones en
aquellos honrados vecinos.
El traje de camino, el aire desembarazado y libre de un cortesano,
la osadía del militar, y un cierto no sé qué de seguridad y ninguna
extrañeza, al verse solo entre personas desconocidas, que debía don
Juan a la educación, al ejercicio y a los viajes, eran para Madrigal
una cosa nueva.
Los individuos de la justicia del pueblo, que con el traje de etiqueta,
la vara en la mano y el alguacil al lado, esperaban que la campana les
diera la señal de ir a ocupar en el templo su asiento privilegiado,
y estaban, como de razón, algún tanto separados del resto de la
concurrencia, no fueron por eso los últimos en notar la llegada del
forastero.
El corregidor, hombre de mediana edad, chico de cuerpo, abultado de
barriga, de rostro circular a manera de luna, con dos ojitos de color
de perla abiertos a punzón, chato y de pocas letras, pero lleno de la
importancia de su empleo, cuya insignia, la golilla, no abandonaba
ni para dormir, y que hasta para pedir la comida o el sombrero creía
necesario un auto de oficio, hubiera de buena gana mandado a su
secretario que fuera a notificar al recién venido se presentase ante
su señoría a declarar en forma su nombre, apellido, profesión, etc.,
so pena de diez ducados de multa (que las multas eran lo que mejor le
parecía del oficio); pero como su consorte le había apercibido de que
hablase poco, si no quería exponerse a decir solemnes necedades, y el
buen magistrado era un marido paciente y obediente, se contentó por
entonces con señalar con el dedo a don Juan, llamando la atención del
escribano, y pronunciando gravemente la palabra _visto_.
—Por mandado de su señoría —respondió maquinalmente el escribano,
especie de autómata legal con todas las apariencias posibles de una
momia.
El alcalde, los regidores, el personero y el alguacil fijaron también
la vista en el forastero, que acaso se dirigía hacia ellos en su paseo.
—Es galán —dijo uno de los regidores.
—Y su porte de cortesano —contestó el personero, que había estado
alguna vez en Valladolid.
—Más parece soldado que otra cosa —replicó el primero—. Dios tenga de
su mano a las mujeres si ha de pasar algunos días en el pueblo.
—Y a los mozos si viene de bandera —dijo el alcalde.
—¿Qué dice su señoría?
—Conforme —respondió el corregidor.
Ya en esto don Juan les había vuelto la espalda, y era observado por
otros corros formados por distintas personas del pueblo; pero no
halló cosa en ninguno que le llamase la atención, ni le distrajese
del apetito que el caminar le había excitado; solo notó un hombre
vestido en cuanto a la forma como el resto de los habitantes, es decir,
humildemente; pero que tanto en la calidad del paño de su ropa, que
bien se echaba de ver era finísimo, como en el aire del cuerpo, no
solo lejos de ser grosero y torpe, sino además noble, distinguido y
rigoroso, se hacía notable entre todos.
Este se paseaba solo como don Juan; pero se conocía que no era
forastero, pues aun cuando los madrigaleños no dejaban de mirarle con
cierta curiosidad, se dejaba ver que era objeto a que sus ojos estaban
acostumbrados.
El rostro puede decirse que no se le veía, pues el ala inmensa
de su sombrero no daba lugar a ello; pero si alguna vez por un
movimiento brusco se dejaba ver, dos ojos negros como el ébano, vivos,
penetrantes, y entre airados y melancólicos, hacían dudar de si las
arrugas que le cubrían eran efectos de pesares y trabajos, o de una
edad que se aviene mal con tanto fuego y con músculos tan vigorosos en
la apariencia como los suyos.
Cuando este individuo pasaba por las inmediaciones de algún corrillo
de gente del pueblo, nadie dejaba de saludarle, más respetuosa que
afablemente; los hidalgos y los ricos volvían con tiempo la vista para
no saludarle, ni hacer desaire a su persona, y él ni parecía admirarse
del acatamiento de los unos, ni extrañar la afectada distracción de los
otros.
La justicia era la que aún le trataba de un modo más extraño. Al pasar
por sus inmediaciones, la mano del para don Juan desconocido personaje
hizo un movimiento como para tocar el sombrero, mas se quedó en el
camino, y aquellos señores hubieron de contentarse con un buenos días
nos dé Dios, pronunciado en voz apenas inteligible.
Sin embargo todos contestaron, aunque con cierta expresión en la
fisonomía que no era fácil decidir si era de desprecio o de temor. Mas
cualquiera que fuese, al interesado pareció dársele poca pena, pues
continuó sus paseos sin inquietarse en manera alguna de los magistrados
de la villa.
Cuando el ánimo está libre, cualquier cosa basta a llamar nuestra
atención; así es que don Juan la fijó sin saber por qué en aquel
hombre. Por su parte el incógnito clavó también un instante la vista
en el hermano del marqués. En un momento recorrió toda su persona;
parecía querer penetrar en lo íntimo de su corazón; preguntarle con
su mirar quién era, a qué había venido, por qué le observaba; pero
un momento después, cruzando los brazos sobre el pecho e inclinando
la cabeza, en la apariencia se olvidó de que don Juan estaba allí, y
siguió paseándose.
Lo que a nosotros nos ha costado algunas páginas decir fue sin embargo
obra a todo más de unos cinco minutos que tardó la campana en sonar el
acostumbrado tercer toque a misa.
Rompió la marcha el corregidor hacia la iglesia, y siguiole el
ayuntamiento, atravesando la calle que con el sombrero en la mano
formaron los circunstantes, a excepción de don Juan y su incógnito
que por causas distintas no creyeron necesario rendir homenaje al
magistrado. De aquí resultó que ambos fueron también los últimos a
entrar en el templo, lo que verificaron tan a un tiempo que don Juan
esperó poder entonces satisfacer la curiosidad que tenía de verle el
rostro al individuo en cuestión; mas se engañó, pues este antes de
poner el pie en la iglesia hizo un movimiento rápido para colocarse
detrás del caballero, a quien ya no le quedó más partido que el de
continuar su camino.
No fue sin embargo sin un secreto despecho de verse burlado en el mismo
instante en que ya creía conseguido su designio. Tenaz por carácter, y
no reprimida aún su vehemencia por el hielo de los años ni por la mano
de hierro de la desgracia, era natural que no renunciase fácilmente a
una empresa que ya por sí no presentaba graves dificultades, porque
a la verdad, verle el rostro a un hombre que anda por la calle no es
cosa maravillosa. Ofreciole la fortuna una ocasión, y la agudeza de
su ingenio medios de aprovecharse de ella. No había en la iglesia más
que una sola pila de agua bendita; a ella, pues, había de acudir el
incógnito. Don Juan sentía detrás de sí los pasos de aquel hombre;
llega a la pila, introduce la mano, y se vuelve con rapidez para
ofrecer cortésmente el agua; pero sea que el último hubiese previsto
lo que iba a suceder, sea que por evitar las miradas de otros curiosos
creyera oportuno seguir ocultándose, lo cierto es que con la mano
izquierda llevaba inmediato a la cara un pañuelo, como si sufriera
de dolor de muelas, de manera que no era posible vérsela. Alargó sin
embargo el brazo derecho, recibió de don Juan el agua bendita como si
aquel obsequio le fuera cosa debida, e inclinando apenas la cabeza
en señal de gracias, desapareció detrás de una de las columnas de la
iglesia antes que aquel caballero volviera en sí del asombro que la
presencia de espíritu y gravedad del desconocido le causaron.
El órgano sonaba ya; las religiosas en el coro habían dado principio
al oficio divino, y don Juan, buen católico, y por otra parte hombre
cuerdo, conoció que ni el paraje ni la ocasión eran a propósito para
empeñarse en seguir a un hombre que visiblemente se obstinaba en no
dejarse encontrar. Renunció, pues, por entonces a su empresa, y púsose
a oír la misa con toda devoción, si bien, a pesar suyo, no cesaba de
mirar por todas partes con objeto de descubrir en algún rincón al
misterioso habitante de Madrigal.
Mas todo su mirar fue en vano; la misa se concluyó, y ya iba don Juan
a retirarse de la iglesia cuando advirtió que su incógnito iba delante
del sacerdote y en dirección a la sacristía. En el momento tomó el
mismo camino, y acelerando el paso se adelantó al vicario, quedándose
no obstante algo más atrás que el objeto de su curiosidad.
Este, así que llegó a la puerta de la sacristía, se paró, colocándose
a la derecha de ella de modo que era imposible que el fraile pasase
sin verle. Don Juan, resuelto ya hasta a reñir con aquel hombre, si
necesario fuese, para verle a su gusto, hizo igual movimimiento en
el lado izquierdo de la puerta, quedándose frente a él de manera que
estaban como dos centinelas puestos para guardar un paso importante.
El de Madrigal, que conservaba el pañuelo puesto en la cara, lanzó una
mirada de furor a don Juan; pero este, que no era hombre de asustarse
por miradas, permaneció intrépido en su puesto, mirándole de hito en
hito.
En esto ya el vicario llegaba a la sacristía con las manos cruzadas
sobre el pecho, baja la cabeza y en el más profundo recogimiento,
sin advertir en manera alguna a aquellos dos hombres, inmóviles como
estaban, y que acaso eran los únicos que quedaban en la iglesia.
Ya iba a entrar por la puerta, cuando el desconocido, dejando caer el
brazo izquierdo y descubriéndose por consiguiente el rostro, dijo en
voz clara y sonora, si bien no muy elevada:
—Fray Miguel de los Santos, guárdeos el cielo.
Desde la primera palabra levantó el fraile la cabeza, tan despavorido
como si oyera la voz del ángel exterminador, y clavando sus ojos
desencajados de espanto en la fisonomía del que le hablaba:
—¡Jesús me valga! —exclamó con voz apagada.
Y cediendo a la fuerza de su temor, se desmayó.
Venturosamente don Juan estaba tan cerca que pudo impedir su caída,
recibiéndole en los brazos.
El desconocido entonces, dirigiéndose a él, le dijo entre airado y
pesaroso:
—Socórrale, y otra vez no sea tan entremetido.
Dicho esto, volvió la espalda y dejó la iglesia. Don Juan llamó al
sacristán, a quien entregó el vicario sin decirle nada de la causa de
su accidente, y echó a andar apresuradamente pero con ánimo de alcanzar
al singular personaje que acababa de dejar, y obtener de él, de grado o
por fuerza, la explicación de aquel suceso.
[Ilustración]