Es aquel ángel del cielo,
Es doña Angela escogida,
Que si anda en este suelo
Es para darnos consuelo
En los daños de la vida:
Tan hermosa, tan galana,
Tan graciosa, tan apuesta,
Tan airosa y tan ufana,
De una condición muy llana,
Muy humana y muy dispuesta.
Y así como ella gozaba del favor de Lucrecia, solicitaron y se
disputaron los suyos los dos cuñados de la Duquesa, el Cardenal
Hipólito y su hermano D. Julio, hijo natural del Duque. Un día,
el 3 de Noviembre de 1505, apremiando a la Angela el libertino
Cardenal, ocurriósele a ella, con o sin mala intención, hablarle de
los hermosos ojos de su hermano Julio, lo cual enfureció tanto a Su
Eminencia, que dió orden a unos sicarios para que, cogiendo a su
hermano en una celada, al regresar de la caza, le sacaran los ojos
que Angela reputaba tan hermosos. Y así lo hicieron, en presencia
del Cardenal; pero los médicos pudieron salvarle un ojo y no quedó
ciego, sino tuerto. El hecho causó gran ruido en la Corte, y de
ella fué desterrado, temporalmente, el Cardenal por su hermano don
Alfonso, ya entonces reinante. La benigna pena no podía satisfacer
a D. Julio, que ardía en deseos de venganza, y para llevarla a cabo
urdió una conjura, en que entraron el Conde Albertino Boschetti de
San Cesario, el yerno del Conde, Capitán de la guardia palatina, un
cantante, un camarero y otros varios servidores del Duque, juntamente
con su hermano D. Ferrante, a quien pondrían en el trono en lugar de
D. Alfonso, dando a éste muerte en un baile de máscaras y envenenando
previamente al Cardenal Hipólito. Enterado el Cardenal por sus espías
de cuanto se tramaba, lo participó a su hermano, y descubierta la
conspiración, trataron de ponerse en salvo los conjurados, lográndolo
tan sólo Julio y el cantante de Cámara, Guasconi, que se refugiaron,
el primero en Mantua y el segundo en Roma. No intentó la fuga D.
Ferrante; conducido a la presencia del Duque, se echó a sus pies y le
pidió perdón; mas su airado hermano sacóle un ojo con el estoque que
empuñaba y lo hizo encerrar en un calabozo del castillo, adonde bien
pronto llegó también D. Julio, entregado, no sin alguna resistencia,
por el Marqués de Mantua. Condenados a muerte los conspiradores,
fueron decapitados y descuartizados en la plaza, frente al Palacio
de la Razón, el Conde Boschetti y dos de sus cómplices, cuyas
cabezas, en sendas picas, se fijaron en la torre del castillo para
que sirvieran de escarmiento. Los dos Príncipes debían ser ahorcados,
el 12 de Agosto de 1506, en el patio del castillo, en presencia
del Duque, el cual, en el momento de irse a ejecutar la sentencia,
indultó de la pena de muerte a los dos infelices, que fueron llevados
de nuevo al calabozo. En él permanecieron, no sólo durante toda la
vida de Alfonso, sino aun años después. Allí murió D. Ferrante,
el 22 de Febrero de 1540, a los sesenta y tres años de edad, y D.
Julio, puesto en libertad en 1559, tras un cautiverio de más de medio
siglo, murió, a los ochenta y tres años, el 24 de Marzo de 1561.
Y el 6 de Diciembre de aquel infausto año de 1506, en que estuvo
D. Julio a punto de morir ahorcado por la culpa original de Angela
Borja, contrajo ésta matrimonio con Alejandro Pío de Saboya, Señor de
Sassuolo, y un hijo que tuvieron, llamado Gilberto, casó con Isabel,
hija natural del Cardenal Hipólito.
El malhumor de Lucrecia, _la mosca_, decía el Prete, no reconocía
sólo por causa, en sus primeros tiempos de Ferrara, el licenciamiento
de la familia española, sino también los dimes y diretes en que
andaba con el suegro por la cantidad que éste quería darle para
alfileres, y que ella consideraba mezquina e insuficiente. El Duque
le señaló 6.000 ducados anuales. Lucrecia, que era muy liberal y
gastadora, pedía el doble. Sabiendo Hércules que a su hija Isabel le
daba 8.000 el Marqués de Mantua, ofreció 10.000, que Lucrecia se negó
a recibir, diciendo que prefería morirse de hambre, y el suegro, por
su parte, decía que ni Dios ni el Papa le harían dar más; pero, según
Gregorovius, salióse al fin Lucrecia con la suya.
En cuanto a las relaciones conyugales, que preocupaban harto al
Papa, porque temía que D. Alfonso, de quien podía decirse que había
contraído matrimonio muy a su pesar, no tratase a Lucrecia como su
mujer, supo Alejandro, con gran satisfacción, y así se lo manifestó
al enviado ferrarés Beltrando Costabili, que seguían durmiendo juntos
por la noche, y que de día, como mozo que era don Alfonso, buscaba su
placer en otras partes, y _hace muy bien_, decía Su Santidad.
La sucesión que aguardaba impacientemente Alejandro tardó en venir
y no pudo disfrutarla el Papa. Lucrecia, que fué en sus embarazos y
partos poco afortunada, dió a luz, el 5 de Septiembre de 1502, una
niña muerta, y estuvo a punto de perder la vida, que le salvó el
Obispo de Venosa, el más hábil de los médicos de Alejandro VI. Para
reponerse se trasladó, el 8 de Octubre, con toda la Corte, desde el
Castel Vecchio, que se le había hecho odioso, al convento del Corpus
Domini, donde pasó quince días, y Alfonso fué en peregrinación a
Loreto, en cumplimiento del voto que hizo por la salud de su esposa.
El interés que en este trance mostraron por Lucrecia todos los
ferrareses, probó que empezaban a quererla, y así se lo escribía el
Duque a su Embajador en Roma.
El 19 de Septiembre, durante la gravedad de Lucrecia, se presentó
César en Ferrara y pasó allí dos días, en uno de los cuales el médico
Francisco, hijo de Jerónimo Castelli, sangró a la Duquesa en un
pie, sujetándole la pierna su hermano. Andaba ocupado entonces el
Valentino en la conquista de la Romaña, que aspiraba a convertir en
reino, con Bolonia por capital, y redondeado con parte de Toscana.
Los vasallos y Vicarios de la Iglesia, los Malatesta de Rimini,
los Sforza de Pesaro, los Riario de Imola y Forli, los Varano de
Camerino, los Manfredi de Faenza habían sido despojados de sus
investiduras por el Papa y de sus Estados por César. Cayeron primero
en sus manos, según ya dijimos, Imola y Forli, cuyo castillo defendió
la varonil Catalina Sforza. Apoderóse luego fácilmente de Pesaro y de
Rimini y sitió a Faenza, que resistió valientemente, por el amor que
tenían sus vasallos a Astorre Manfredi, y se rindió por hambre, pero
con la formal promesa de que quedaría en libertad Astorre. Contaba
éste apenas dieciséis años y era reputado el más hermoso efebo de
Italia, habiéndolo querido casar el Cardenal Farnese con la hija de
su hermana la Bella Julia. Lejos de cumplir César lo pactado, tuvo
encerrados en el castillo de Sant’Angelo a los dos hermanos Manfredi
más de un año. Y antes de salir de Roma para continuar su empresa,
hizo estrangular al hermoso mancebo, después de haber saciado en él
nefandos apetitos, lo cual hubo de decirlo el cadáver hallado en el
Tíber, y túvose, aun en aquellos tiempos, por cosa fea.
El 13 de Junio de 1502 salió César de Roma con sus tropas y se
dirigió a Urbino para despojar de sus Estados, con engaño, al ingenuo
Duque, que cayó en la celada y por milagro escapó vivo y pudo
refugiarse en Mantua, de donde se trasladó a Venecia con la Duquesa
Isabel. Peor la hubieron los Varano, Señores de Camerino, de los que
sólo uno salió con vida de las manos de Micheletto, el ejecutor de
las sentencias del Valentino.
La noticia de lo acaecido a los Duques de Urbino produjo penosa
impresión, tanto en Mantua como en Ferrara, y aun entre los mismos
españoles, y Lucrecia mostró gran disgusto recordando las atenciones
que con ella había tenido Isabel Gonzaga. A la de Este lo que más le
preocupó no fué la triste suerte de sus desposeídos cuñados, sino el
obtener del Valentino, por medio del Cardenal Hipólito, que vivía en
Roma en estrecha amistad con César, «dos estatuas, una Venus antigua
de mármol, pequeña, pero muy buena, y un Cupido, de Miguel Angel,
regalo del Duque de Romaña, que estaban en el Palacio del de Urbino,
y con las que ella quería adornar su estudio»; y, en efecto, pudo
satisfacer este deseo, habiéndoselas César regalado.
Desde Urbino le escribió a su hermana Lucrecia, participándole la
toma de Camerino, que creía le sería muy grata, y el 28 de Julio se
presentó en Ferrara disfrazado y acompañado de cinco caballeros,
permaneciendo sólo un par de horas, de paso para Lombardía, donde iba
a avistarse con el Rey de Francia. Durante su ausencia, y no a su
gusto, dispuso Alejandro VI de la conquistada Camerino, erigiéndola
en Ducado, que otorgó, el 2 de Septiembre de 1502, al infante romano
Juan de Borja, investido ya del Ducado de Nepi, y cuyos bienes
administraba el Cardenal de Cosenza, Francisco de Borja. Tomó
entonces el Valentino el título de César Borgia de Francia, por la
gracia de Dios, Duque de Romaña, de Valenza (Valence) y de Urbino,
Príncipe de Andría, Señor de Piombino, Gonfaloniero y Capitán General
de la Iglesia.
Pero mientras César soñaba con acrecentar sus Estados con Bolonia
y la Toscana, lo que no pudo lograr por el veto de Francia, los
condotieros que capitaneaban sus tropas, _para no ser devorados uno
a uno por el dragón_, como escribía Juan Pablo Baglioni al Conde
de Montebiviano, último Podestá de Florencia, resolvieron tomar
las armas y rebelarse contra el Duque, pareciéndoles la ocasión
propicia por verlo abandonado por el Rey de Francia. El 9 de Octubre
reuniéronse en la Magione, cerca de Perugia, para acordar la Liga, y
se obligaron a la común defensa, a no promover guerra sino de mutuo
acuerdo, a levantar y sustentar un ejército de unos diez mil hombres,
bajo pena de 50.000 ducados, y tacha de traidor a quien faltara a
lo pactado. Acudieron en demanda de ayuda a Florencia y Venecia, y
sin aguardarla entraron en campaña, levantándose en armas el Ducado
de Urbino en favor de su antiguo Señor. Dióse cuenta César de la
gravedad de la situación y despachó a Miguel Corella y a Hugo de
Moncada con las tropas que le habían quedado fieles, las cuales, en
Fossombrone, vinieron a las manos con los rebeldes, que alcanzaron
un completo triunfo. Moncada cayó prisionero y Corella logró escapar
a duras penas. No conoció límites el gozo de los vencedores. Volvió
Guidobaldo de Montefeltro a Urbino, y a Camerino Juan María de
Varano, el único sobreviviente de la familia. Pero ni Florencia ni
Venecia se prestaron a intervenir en la contienda contra César, que
obtuvo del Rey de Francia que le mandara unas cuantas lanzas al mando
de Carlos de Amboise, Señor de Chaumont. Cambió esto por completo la
situación, infundiendo un terror pánico en los conjurados el ver de
nuevo al Valentino protegido por Francia. Optaron, pues, por entrar
en tratos con el Duque y el 28 de Octubre juraron las paces, y en
su nombre firmó Pablo Orsini un acuerdo por el que se obligaron a
restituir a la obediencia a Urbino y Camerino, y el Duque prometió
seguir teniendo a sueldo, a su servicio, a los Orsini y Vitelli,
quedando el Cardenal Orsini libre de residir en Roma tan sólo cuando
quisiese.
Se ha creído y dicho que Maquiavelo, a la sazón enviado de Florencia
cerca del Duque de Romaña, servía a éste de guía y consejero; pero
sus cartas prueban cuán errónea es esta opinión. Si no pecaba en
los negocios de Estado el Secretario florentino por escrúpulos de
conciencia, no era, sin embargo, de la índole cruel y sanguinaria de
los hombres que le rodeaban, dispuestos siempre a la traición y al
crimen y respetuosos sólo de la fuerza. Limitóse a tener enterado
a su Gobierno de cuanto llegaba a su noticia, y a defenderse de
las insidias del Duque, que si no era un gran Capitán ni un gran
político, supo deshacerse de sus enemigos con una audacia grande y un
arte infernal que le granjeó la admiración de Maquiavelo.
No se fiaba César de sus condotieros, a pesar de las paces, y
habiéndose retirado las lanzas francesas que tanto le habían servido
para amedrentarlos, reclutó unos dos mil quinientos hombres entre
suizos y gascones, y con ellos tomó el camino de Sinigaglia, ciudad
que pertenecía al Prefecto de Roma, Francisco María de la Rovère,
niño de once años, en cuyo nombre gobernaba su madre, Juana, la
hermana de Guidobaldo de Urbino, aconsejada por el tutor Andrés
Doria. Viéndose éste amenazado por los ejércitos de los Orsini y de
César, puso en salvo a la madre y al hijo, refugiándose en Florencia.
Entraron en Sinigaglia Vitellozzo y los Orsini, y luego que lo supo
el Duque les ordenó pusieran su gente fuera de las murallas, y él,
con su ejército, llegó allí en la mañana del 31 de Diciembre. Salió
primero a su encuentro Vitellozzo, y siguiéronle el Duque de Gravina,
Francisco Orsini, candidato _in petto_ de Alejandro VI a la mano de
Lucrecia, Pablo Orsini, el suegro de Jerónimo Borja, y Oliverotto de
Fermo, acompañándole los cuatro por las calles de la ciudad hasta la
casa que se alojó, y entrados en ella, a una señal del Duque fueron
presos y aquella misma noche murieron estrangulados por Micheletto,
Vitellozzo y Oliverotto. Pocos días después perecieron también a sus
manos los dos Orsini, Pablo y Francisco, cuando tuvo César noticia
de que había sido preso en Roma el Cardenal Orsini, que murió en el
castillo de Sant’Angelo, según pública voz, envenenado.
Este, que Pablo Jovio en su _Vida de César Borja_ llamó _bellísimo
engaño_ de Sinigaglia, le valió los elogios de Maquiavelo y los
plácemes de Estes y Gonzagas. La Marquesa Isabel le escribió una
carta afectuosísima, a la que acompañaba un regalo de cien antifaces,
sabiendo la afición que tenía el Duque a enmascararse. El Papa
aguardaba con tanta impaciencia noticia de los progresos de César,
que cuando le llegó la de su detención por algún tiempo en Cesena,
andaba gritando fuera de sí: «¿Qué diablos hace allí?; le hemos
escrito que se dé prisa», y en alta voz repitió tres veces, de suerte
que todos le oyeron, _hideputa bastardo_, con otras palabras y
blasfemias españolas[98]. El día de Año Nuevo, acabada la misa, llamó
a los Embajadores y les comunicó la fausta nueva, añadiendo que el
Duque, de cuya virtud y magnanimidad hizo el elogio, jamás perdonaba
a quien le ofendía ni dejaba a otros la venganza.
[98] Despacho del Embajador veneciano Giustinian, de 23 de
Diciembre de 1502.
Los audaces a quienes la fortuna, con razón o sin ella, otorga
desmedidamente sus favores, padecen tarde o temprano sus desaires,
y cuanto mayor es la altura a que subieron más grande y dolorosa es
la caída. Así sucedió al soberbio y temido César Borja cuando creía
próxima la soñada meta. Todo lo había previsto y calculado menos
el encontrarse, a la muerte de Alejandro VI, postrado por la misma
enfermedad e imposibilitado de hacer cosa alguna de las que tenía
pensadas para cuando llegara el inevitable trance. Se dijo que habían
sido envenenados el padre y el hijo en una cena con que les obsequió
en su viña el Cardenal Adrián de Corneto, y que el veneno era el de
los propios Borjas destinado al Cardenal, y que por error bebieron
el Papa y César. Gregorovius no se atreve a negarlo ni a afirmarlo,
y da el hecho todavía por incierto; pero el _Diario_ de Burchard y
los despachos del Embajador veneciano Giustinian, que diariamente
participaba a la Señoría el curso de la enfermedad, prueban que
Alejandro VI murió de la malaria o fiebre romana, siempre peligrosa
en el mes de Agosto, y que en aquel año de 1503 se había presentado
con mayor fuerza y causaba mayores estragos. La edad del Papa, que
contaba entonces setenta y tres años, agravaba el mal, y aunque
se le sangró copiosamente por temor a la congestión cerebral, de
ella murió, al atardecer del día 18, después de haber confesado y
comulgado. Durante su enfermedad no pidió noticias de Lucrecia ni
de César, que estuvo en peligro de muerte, y de él escapó gracias a
sus pocos años y robusta naturaleza. Cuando se supo el fallecimiento
del Papa, entró en sus habitaciones Miguel Corella con unos cuantos
hombres armados, y amenazando con un puñal al cuello al Cardenal
Casanova, le obligó a entregar las llaves y el dinero del Papa, y
así se apoderó, por orden y en nombre de César, de 100.000 ducados
en moneda contante y de la plata labrada y alhajas, cuyo valor se
estimaba en 300.000; pero olvidó que en una cámara contigua a la
mortuoria estaban las tiaras preciosas, los anillos y los vasos
sagrados, los cuales cayeron con cuanto encontraron a mano en las
de la servidumbre pontificia. Terminado el saqueo, abriéronse las
puertas, y se anunció públicamente la muerte del Pontífice.
De ella daba cuenta a su mujer el Marqués de Mantua, haciéndose eco
de las voces que corrieron en Roma, y le decía que cuando Alejandro
VI cayó enfermo, las personas que le rodeaban oyéronle decir: «Iré,
iré; pero espera todavía un poco», y los que estaban en el secreto
daban la explicación de que en el Cónclave, a la muerte de Inocencio,
pactó con el diablo, comprando con su alma el Papado, que debía durar
doce años. Había quien afirmaba que en el momento de expirar había
siete diablos en la cámara, y en cuanto murió empezó el cuerpo
a hervir y la boca a echar espuma, y así continuó hasta que le
enterraron, hinchándose además de tal manera que no parecía cuerpo
humano[99]. _El Cartujano_ (Juan de Padilla) en su poema _Los doce
triunfos de los doce apóstoles_, imitación de _La Divina Comedia_,
coloca a Alejandro VI en el Infierno.
[99] Fué enterrado Alejandro VI en San Pedro, en la capilla
que bajo la advocación de los Apóstoles Santiago y San Andrés,
edificó su tío Calixto III. En 1610 obtuvo el Cardenal Juan
Bautista Vives, del Papa Paulo V, un Breve para la traslación
de los restos de los dos Papas Borjas a la Iglesia española
de Santiago, en la Plaza Navona, donde pensaba erigirles un
suntuoso monumento; pero habiendo reñido el Cardenal con los
Administradores de la Obra Pía Española, dejó todos sus bienes a
la _Propaganda Fide_, y nadie volvió a pensar en tal monumento
ni a acordarse de aquellos Papas españoles, cuyos restos,
encerrados en una caja de plomo, se arrumbaron en un armario de
la sacristía, y de allí pasaron a la iglesia de Santa María de
Monserrat cuando se vendió la de Santiago, con el pretexto de que
estaba ruinosa. Al actual Rector de Monserrat, Monseñor Perea,
débese el que los restos de los dos últimos Papas españoles,
Calixto III y Alejandro VI, se hallen colocados en un modesto
monumento de mármol en la primera capilla lateral de la derecha.
Es lástima que no pueda reconstituirse en la iglesia de Monserrat
el sepulcro de Calixto III, cuyos mármoles existen, según se
dice, en la cripta de San Pedro.
La noticia de la muerte se la comunicó a Lucrecia el Cardenal
Hipólito. Fué para ella un duro golpe, no sólo por la entrañable
devoción que la había siempre unido a su padre, sino por el desamparo
en que su falta la dejaba en la Corte de Ferrara, donde no se había
todavía adueñado ni del afecto de su marido ni del de su suegro.
En la carta que éste escribió a Giangiorgio Seregni, en Milán, le
manifestaba «que la muerte del Papa no le había disgustado, y que
por el honor de Dios Nuestro Señor y por el bien universal de la
cristiandad había deseado que la Divina Bondad y Providencia quisiese
dar a la Iglesia un pastor bueno y ejemplar, que acabase con tanto
escándalo. Por nuestra parte te diremos que, a pesar del parentesco
de afinidad, es el Papa de quien menos favores hemos recibido,
habiéndonos dado únicamente aquello a que estaba obligado. Fuera
de esto, no nos complació en cosa alguna, ni grande, ni mediana,
ni pequeña, y creemos sea por culpa del Duque de Romaña, que no
habiendo podido hacer de nosotros lo que hubiera querido, nos trató
como extraños. E inclinándose ellos, por último, a los españoles, y
viéndonos tan buenos franceses, nada teníamos que esperar ni del Papa
ni de Su Señoría».
Como modelo de cartas de pésame merece citarse la que publica
Gregorovius del veneciano Bembo, rendido entonces a los encantos de
Lucrecia, el cual, hablando de Alejandro VI, le llama _vuestro gran
padre, que mayor no hubiera podido dároslo la misma fortuna_. Mas no
eran de esta opinión los ferrareses, que compartían la del Duque, si
bien no la vocearon por respeto a la adolorada Lucrecia. No sucedió
así en Mantua, donde fué grande y público el júbilo, porque la caída
de los Borjas significaba la restauración de los Duques de Urbino,
del Señor de Pesaro, de los Varano de Camerino, de los Gaetani de
Sermoneta.
¿Cuál fué la suerte del hijo de Lucrecia, Rodrigo de Aragón, Duque de
Bisceglia y de Sermoneta y del infante romano Juan de Borja, Duque
de Camerino, que habían quedado en el Vaticano al cuidado del Papa,
que les profesaba especialísimo cariño? A la muerte de Alejandro
VI envió César a su madre, a su cuñada Sancha y a las mujeres de
todas clases que tenía consigo, como asimismo a los dos pequeñuelos
Rodrigo y Juan, a Cività Castellana, y de allí pasó con ellos a Nepi,
hasta que, obtenido el permiso del Papa Pío III, regresó a Roma,
y no considerándose seguro en el palacio de su hermano Jofre, se
trasladó al castillo de Sant’Angelo. Tomó Sancha el camino de Nápoles
con Próspero Colonna para recuperar sus bienes en aquel Reino, y
quedaron probablemente en Roma los dos desposeídos Duquesitos,
yendo luego a Nápoles cuando allí se refugiaron los Cardenales
españoles Borja y Remolinos. El de Cosenza, Francisco Borja, escribió
a Lucrecia proponiéndola enviar a Rodrigo a España y vender sus
bienes muebles para subvenir con su importe y el de las rentas del
mayorazgo de Bisceglia[100] al mantenimiento del Duque durante su
menor edad, pudiendo él luego decidir, cuando fuera mayor y según
las circunstancias, si le convenía volver a Italia o seguir viviendo
en España. Mandó Lucrecia la carta a su suegro el Duque, quien le
contestó, el 4 de Octubre del año 1503, que le parecía acertadísimo
el consejo de Su Eminencia, a cuyo cordial afecto debía Rodrigo haber
escapado con vida. No debió, sin embargo, seguirlo Lucrecia en cuanto
al envío del niño a España, habiéndose de él encargado su tía la
Duquesa de Milán, Isabel de Aragón, la viuda de Juan Galeazzo Sforza,
que vivía con su corte en Bari desde 1499, en que le había cedido
aquel Ducado Ludovico _el Moro_. En Loreto dábanse cita Isabel y
Lucrecia, y pasaba ésta allí algunos días con su hijo, el cual murió,
aún no cumplidos los trece años, en los primeros días de Septiembre
de 1512.
[100] Alejandro VI obtuvo de los Reyes Católicos, el 20 de Mayo
de 1502, un diploma por el cual aseguraban a los Borjas todos sus
bienes en el Reino de Nápoles, con especial mención de César y
sus sucesores, Jofre, Juan el hijo del asesinado Duque de Gandía,
Lucrecia, como Duquesa de Bisceglia y su hijo y heredero Rodrigo.
Más larga vida tuvo, si no mayor ventura, su compañero de infancia
y de infortunio, el misterioso _infante romano_, a quien Lucrecia
tuvo consigo hasta su muerte, figurando en los documentos estenses
como su hermano, e hijo, por ende, de Alejandro VI y no de César.
Dióle como preceptor a Bartolomeo Grotto, y mostróse siempre con él
maternalmente afectuosa y generosa. En 1518 acompañó en su viaje a
Francia al Duque D. Alfonso, que lo presentó al Rey Francisco I. Nada
se volvió a saber de él hasta el año de 1530, en que le encontramos
en Roma alegando sus derechos al Ducado de Camerino, que no le fueron
reconocidos por el tribunal de la Rota, y el 7 de Junio de 1532 le
prohibió Clemente VII que molestara con sus pretensiones a Julia
Varano, la hija del último de los Varano, Juan María, a quien Julio
II reconoció como vasallo de la Iglesia y León X lo hizo Duque de
Camerino y lo casó con su sobrina la bella Catalina Cibo. Es la
última vez que el nombre de este Borja aparece en la Historia[101].
[101] En el testamento otorgado el 28 de Febrero de 1538 por D.
Juan de Borja y Enríquez, tercer Duque de Gandía, publicado en
los _Monumenta Historica Societatis Jesu_, se habla de varios
censos, entre otros, uno sobre el castillo de Turis, a favor del
_egregio D. Juan de Borja onele nostre_.
El ánimo de Lucrecia, afligido por la muerte del padre, vióse
también atormentado por la suerte de su hermano César, prisionero
en España, cuya liberación procuró interesando a cuantos creyó
pudieran ayudarla. Acudió primero a Francisco Gonzaga, el amigo en
quien había depositado todo su cariño y su confianza, rogándole
intercediera cerca del Papa para que permitiera al Cardenal Pedro
Isnalles ir a España con el fin de solicitar del Rey Católico la
libertad del Valentino. El Cardenal de Salerno, Remolino, tuvo carta,
fecha el 3 de Octubre, de Requesens, el mayordomo del Duque, enviado
a España con cartas de varios Cardenales para el Rey D. Fernando,
«el cual le había dicho que no había ordenado la prisión del Duque;
que si estaba encerrado en un castillo era por muchas cosas que le
imputaba Gonzalo, y que en cuanto se probase que eran falsas lo
pondría en libertad, como pedían los Cardenales; que había, ante
todo, que aguardar a que sanase la Reina». Igual respuesta dió a los
Embajadores del Rey y de la Reina de Navarra. Y el 3 de Febrero de
1505 escribía Capilupi desde Ferrara a Isabel de Este, que el Duque
Valentino había sido puesto en libertad y se hallaba en la Corte de
España con un empleo de 10.000 ducados y esperanzas de ser destinado
a la empresa de Italia.
Mas la noticia no era cierta, y el cautiverio del Valentino
prolongóse hasta el 25 de Octubre de 1506, en que logró huir del
castillo de Medina, y después de haber permanecido un mes en tierras
del Conde de Benavente, por tratos con algunos Señores castellanos
que querían enviarle a Flandes como Embajador cerca del Emperador
Maximiliano, para ofrecerle la Regencia de Castilla, llegó el 3 de
Diciembre a Pamplona, residencia de su cuñado el Rey de Navarra,
Juan d’Albret, y desde allí escribió el día 7 al Marqués de Mantua
una carta, cuyo dador, su Secretario Federico, al que podía dar fe
en cuanto le dijera, le contaría cómo se había librado de la prisión
tras muchos trabajos. Claro es que el tal Federico no había sido
enviado a Italia únicamente para anunciar a Francisco Gonzaga y a
Lucrecia Borja la buena nueva de la liberación del Valentino. Es
probable que acariciara éste la idea de recobrar su Ducado de Romaña,
y quisiera saber, por persona de su confianza, con qué elementos
podía contar para la empresa de su restauración.
Llegó Federico a Ferrara a últimos de Diciembre, según carta de
recomendación que le dió Lucrecia para el Marqués de Mantua,
Generalísimo del ejército pontificio, con que había conquistado
Julio II a Perusa y Bolonia. Hallábase en esta última ciudad el Papa
cuando en ella se presentó Federico, que fué preso por orden de Su
Santidad. Luego que lo supo Lucrecia acudió a su cuñado e imploró su
intervención para que fuera puesto en libertad el que ella llamaba
Canciller de su hermano César. Esto era a mediados de Enero de 1507.
El día 12 del siguiente Marzo caía muerto el Valentino en Viana
al frente de las tropas del Rey de Navarra contra el Condestable,
Conde de Lerín, y el 22 de Abril llegó a Ferrara un familiar de
César, llamado Grasicha, portador de la tan triste nueva. Encargó el
Cardenal Hipólito al P. Rafael que se la comunicara a la Duquesa,
que estaba encinta, y cumplido su cometido por el fraile, díjole
Lucrecia: «Cuanto más trato de conformarme con la voluntad de Dios,
tanto más me visita con afanes. Doy gracias a su Divina Majestad y
me conformo con lo que le place.» No se la vió derramar una lágrima:
pero sus doncellas oyéronla en la soledad y silencio de la noche
llamar con angustiadas y repetidas voces al adorado hermano.
Hizo la pena que por tercera vez se frustraran las esperanzas de
maternidad de Lucrecia; pero, al fin, dió a luz un año después, el 4
de Abril de 1508, su primer hijo, que recibió en la pila el nombre de
su abuelo paterno y fué apadrinado por el Papa León X, que envió a la
Duquesa una valiosa joya[102], haciéndose representar en la ceremonia
por Juvenale Latino.
[102] Era ésta una serpiente de oro y esmalte verde, con siete
cabezas, diamante tallado en punta en el pecho, y una perla en
forma de pera a los pies. Así la describe un inventario inédito
de las joyas de Lucrecia.
Según Gregorovius, tuvo Lucrecia, además del primogénito Hércules
II, que casó con Renata de Francia, otros cuatro hijos: Hipólito,
que fué Cardenal como su tío y murió en Tívoli, en la Villa de Este,
monumento que perpetúa su memoria[103]; Alejandro, que falleció en la
infancia[104]; Leonora, que profesó en el convento de Clarisas del
_Corpus Domini_[105], y Francisco, Marqués de Massalombarda[106]. En
el árbol genealógico de la Casa de Este, que publica Fontana en su
libro _Renata de Francia_, figuran dos Alejandros y un Alfonsino, sin
que de éste y del otro Alejandro tengamos ninguna noticia. La hay, en
cambio, de Isabel, la última hija de Lucrecia, que dice Gregorovius
nació muerta. Bautizáronla inmediatamente por lo delicado de su
constitución, y vivió por lo menos cinco meses, estando enterrada con
su hermano Alejandro, en la misma sepultura que Lucrecia, según reza
la lápida sepulcral, en el coro de la iglesia del _Corpus Domini_.
[103] Nació el 25 de Agosto de 1508 y murió el 2 de Diciembre de
1572.
[104] Nació en Abril de 1514 y murió el 10 de Julio de 1516.
[105] Nació el 4 de Julio de 1515 y murió el 15 de Julio de 1575.
[106] Nació el 1.º de Noviembre de 1516 y murió el 22 de Febrero
de 1578.
Ya hemos dicho que en los primeros días de Septiembre de 1512
falleció en Bari, apenas cumplidos los trece años, el joven Duque
de Bisceglia, Alfonso de Aragón. La noticia de esta desgracia llenó
de inefable tristeza a su madre, que se retiró al convento de San
Bernardino, por ella fundado, donde no hallaban modo de consolarla.
Más hondamente la postró la muerte del pequeñuelo Alejandro a los
dos años, tras larga enfermedad, y refleja su pena la sentida carta
que escribió a su cuñada de Mantua. Y no acabaron con éste los duelos
que afligieron a Lucrecia, pues en 1517 murió su hermano Jofre, y
en 1518 su madre Vannozza Cattanei, a la que se guardó en Ferrara
poco luto. Habíale, pues, la muerte arrebatado a sus padres, a sus
tres hermanos, a dos de sus hijos. Su amigo, el Marqués de Mantua,
Francisco Gonzaga, pasó enfermo y alejado de ella los diez últimos
años de su vida, que fueron también para Lucrecia otros tantos de
pena y penitencia.