VII

Lucrecia en Ferrara.—La dinastía de los Este.—La ciudad de

Ferrara.—La Corte.—Influencia de la mujer.—Las letras y las

artes.—Los libros de caballería.—Los poetas.—La lengua y la

literatura españolas en Ferrara.—Los cantores de Orlando,

Boiardo y Ariosto.—Elogio que hace éste de Lucrecia en su

_Orlando Furioso_.—El teatro.—El lujo.—Los amores de Lucrecia

con Pedro Bembo y Francisco Gonzaga.—¿Fueron o no platónicos?—La

_servidumbre amorosa_ del siglo XVI.—La correspondencia de

Lucrecia con Bembo.—El _púdico adulterio_ con el Marqués

de Mantua.—Sirve de tercero Hércules Strozzi.—Asesinato de

éste.—Reemplázale en su oficio su hermano Lorenzo.—Después

del asesinato de Hércules no vuelven a encontrarse Francisco

y Lucrecia.—Los franceses en Ferrara.—Elogio que tributa a

Lucrecia el biógrafo de Bayard.—Los últimos tristes diez años

de Lucrecia.—Su vida devota y ejemplar.—Da a luz una niña el 14

de Junio de 1519 y muere el 24 de fiebre puerperal.—La carta al

Papa León X.—Su entierro en el convento del _Corpus Domini_.—El

duelo de Ferrara.—La sepultura de los Este.—Laura Dianti consuela

de su viudez a Alfonso I, que contrae con ella matrimonio _in

articulo mortis_.—La Santa Sede lo declara inexistente y se

niega a reconocer la legitimidad del hijo D. Alfonso, Marqués de

Montecchio.—Bula de Pío V _Prohibitio alienandi_, que priva a los

bastardos de la investidura de los feudos eclesiásticos.—Muerte

de Alfonso.—Le sucede su hijo Hércules II, casado con Renata

de Francia.—Aficiones heréticas de Renata.—Causa que se le

forma.—Su aparente conversión.—A la muerte de Hércules II se

retira a Francia y se declara hugonote.—Los hijos de Renata:

Alfonso II y el Cardenal Luis.—Sus hijas: Ana, Duquesa de

Guisa y luego de Nemours; Leonor y la leyenda de sus amores con

el Tasso.—Lucrecia: su desgraciado matrimonio con Francisco

de la Rovère, Duque de Urbino, y sus aventuras amorosas en

Ferrara.—La impotencia de Alfonso II.—Sus tres mujeres: Lucrecia

de Médicis, Bárbara de Austria y Margarita Gonzaga.—Gestiones

infructuosas de Alfonso cerca del Papa para poder disponer del

Ducado de Ferrara en favor de su primo César, hijo del Marqués

de Montecchio.—Nómbralo heredero de todos sus Estados.—Consigue

para él del Emperador Rodolfo II la investidura de Módena, Reggio

y Carpi.—Apenas expira Alfonso II, surge el conflicto entre

César y el Papa Clemente VIII.—Excomulgado César, solicita la

intervención de su enemiga Lucrecia y acepta un convenio que le

obliga a renunciar a Ferrara.—Entra triunfante en la ciudad el

Cardenal Aldobrandini, a quien Lucrecia deja por heredero de

todos sus bienes.—Conclusión.

Divide Gregorovius su historia de Lucrecia Borja en dos partes:

Lucrecia Borja en Roma y Lucrecia Borja en Ferrara, y dijérase que

su heroína, al pasar de las orillas del Tíber a las del Po, se había

bañado en las aguas del Jordán, saliendo de ellas limpia de todas

sus culpas y convertida en esposa y madre ejemplar, apartada de

todo erótico y pecaminoso pensamiento y tan sólo preocupada de la

salvación de su alma y dedicada a hacer méritos para la otra vida.

Es cierto que los últimos años de la Duquesa de Ferrara fueron de

cristiana preparación al trance de la muerte, y que, en un principio,

al verse en una Corte nueva, muy distinta de la de Roma, rodeada de

gente extraña, con un marido más celoso de su honra que prendado de

su mujer, en aquel Castel Vecchio donde vivía el recuerdo y parecía

que erraba la sombra de la enamorada Parisina Malatesta, cuyo

infortunio se asemejaba al de Francesca de Rimini y ha inspirado a

dos poetas, Byron y d’Annunzio, puso Lucrecia especial cuidado en

granjearse el afecto y respeto del suegro y del marido y los de los

ferrareses, desvirtuando la leyenda negra romana que le atribuía las

más relajadas costumbres y los más nefandos pecados. Pero no se puede

decir que el camino de Ferrara fuera para ella el de Damasco y que el

Señor hubiera tocado el corazón de la pecadora para llamarla desde

luego arrepentida a su servicio. Las más empedernidas pecadoras de

aquel tiempo morían todas cristianamente, más o menos tardíamente

arrepentidas, y no había de ser una excepción Lucrecia; antes bien,

quiso Dios favorecerla haciendo que la muerte llamara tantas veces

a su puerta para llevarse a los suyos, que, al fin, despertó el alma

adormida y se arrepintió en sazón de sus pecados, preparándose para

cuando le llegara a su vez la hora del descanso eterno.

Amores tuvo en Ferrara, y no sólo los tan conocidos con Bembo, que

sus panegiristas pretenden no pasaron de literarios y platónicos,

sino con Francisco Gonzaga, el marido de Isabel de Este, de los que

nos ha dado noticia Alejandro Luzio en su documentada monografía

_Isabella d’Este e i Borgia_, y para los que sirvió de tercero el

poeta Hércules Strozzi, sin que dieran lugar a escándalo ninguno ni

de ellos se enterara el celoso marido.

Los Este reinantes en Ferrara eran una de las más antiguas dinastías

italianas, y arrancaban de la invasión longobarda y de un Alberto

o Adalberto, que en italiano se llamó Oberto, y cuyo diminutivo

fué Obizzo y Azzo. En el siglo X figuró un Marqués Oberto y un su

biznieto se tituló Marqués de Longobardia y casó con Cunegunda,

hermana del Conde Güelfo III de Suabia. En ella tuvo dos hijos,

Güelfo y Folco; vivió más de cien años y a su muerte su hijo Güelfo

pasó a Alemania, fué Duque de Baviera y fundó la dinastía de los

Güelfos, y Folco heredó los Estados italianos y consolidó la dinastía

de los Este.

La ciudad de Ferrara, cuyos orígenes son oscuros, reclamábanla los

Papas como formando parte de la donación de Pepino y Carlomagno,

comprendida después en la de la Condesa Matilde, que alimentó la

disputa entre el Papa y el Emperador, y durante estas guerras

adquirió Ferrara su autonomía como República. Disputáronse luego

el dominio en la ciudad güelfos y gibelinos, y los Este, por el

matrimonio del nieto de Folco, Azzo V, con Marchesella Adelardi,

hija del jefe de los güelfos, intervinieron en las luchas intestinas

ferraresas. Cansada de ellas, dió la ciudad al vencedor, que lo fué

en 1208 Azzo VI, la cualidad hereditaria de Podestá, primer ejemplo

de una República italiana que se entrega libremente a un Señor;

fundando así los Este su dinastía sobre las ruinas de la República

y adueñándose por completo de Ferrara cuando Azzo VII, en 1240,

venció al audaz Salinguerra, jefe de los gibelinos, que murió en la

cárcel. Durante el destierro de los Papas a Avignon fueron echados

de la ciudad por la Santa Sede, que la entregó a Roberto, Rey de

Nápoles, el cual envió, para gobernarla, al español D. Diego de la

Rata con unos cuantos soldados catalanes. Hiciéronse éstos, por su

arrogancia, insoportables a los ferrareses, que se alzaron a las

órdenes de Tolomeo Costabili y otros nobles, y acabaron con todos los

españoles, llamando a Rinaldo Estense, hijo del Marqués Aldobrandino

III, su legítimo Príncipe, y el Papa Juan XXII le dió, en 1317, la

investidura como feudatario de la Iglesia mediante un tributo anual

de 10.000 florines de oro. Y de esta suerte los Este, con título de

Marqueses, fueron Señores de Ferrara, no ilegítimos e intrusos y por

mera y momentánea conquista, como los demás tiranos italianos, sino

por derecho propio y pertenecientes a una antiquísima, hereditaria y

arraigada dinastía.

A Nicolás III sucedió, en 1441, su hijo bastardo Lionelo, habido

en la bellísima Stella Tolomei, por ser aún menores los legítimos

Hércules y Segismundo. Este Príncipe, que había tenido por preceptor

a Guarino de Verona, mereció nombre de inmortal, casó con María de

Aragón, hija de Alfonso _el Magnánimo_, de Nápoles, y fué sabio y

liberal, protector de las ciencias y las artes y cultivador de las

letras, habiéndose ejercitado en dísticos latinos, y con su ejemplo

brotaron los poetas latinos, llegando a ser en Ferrara tan numerosos

como las ranas que poblaban las marismas. A Lionelo le sucedió su

hermano, también bastardo, Borso, que si no sabía el latín, porque

«la fortuna, enemiga de todo hombre virtuoso, no había querido añadir

a sus demás adornos el de las letras», fué uno de los Príncipes más

espléndidos y grandiosos de su tiempo. Federico III, a la vuelta de

su coronación, lo nombró en Ferrara Duque de Módena y Reggio y Conde

de Rovigo y Comachio, y desde entonces los Este cambiaron el águila

blanca de su blasón por el águila negra imperial, a la que unieron

las flores de lis que les había concedido Carlos VII de Francia. Y

el Papa Pablo II, el 14 de Abril de 1471, nombró a Borso en Roma

Duque de Ferrara. Un mes después moría sin sucesión este Príncipe

famoso, a quien heredó Hércules, el hijo legítimo de Nicolás III,

que recogió la corona de su padre después de haberla ceñido, no sin

gloria, sus dos hermanos bastardos, y de habérsela disputado con las

armas el hijo de Lionelo, Nicolás. De su matrimonio con Leonor de

Aragón, hija del Rey Ferrante de Nápoles, tuvo Hércules seis hijos:

las dos famosísimas Princesas, Isabel, Marquesa de Mantua, y Beatriz,

Duquesa de Bari y de Milán; Alfonso, que casó con Ana Sforza y en

segundas nupcias con Lucrecia Borja; Fernando, el Cardenal Hipólito

y Segismundo. Y por no ser menos que su padre, reconoció a dos hijos

naturales, Julio y Lucrecia, mujer ésta de Aníbal Bentivoglio.

La ciudad de Ferrara había sido, a fines del siglo XV, engrandecida

y hermoseada por el Duque Hércules, siguiendo los consejos del

arquitecto ferrarés Biagio Rossetti. Triplicó el circuito de la

antigua Ferrara, añadiéndole una ciudad nueva, que se llamó la

_Adición Hercúlea_, dos veces más vasta, de barrios elegantes, con

anchas y rectas calles, amplias plazas y suntuosos edificios, rodeada

de parques, huertos y jardines, siendo en pleno Renacimiento la

primera ciudad moderna de Europa. Aparecía grandiosa e imponente con

sus poderosas murallas, que tenían siete millas de circunferencia

y once gigantescos baluartes. Bañada al Mediodía por el Po, con

un puerto al que acudían centenares de naves, y cercada por los

otros tres lados de anchos y hondos fosos, no había ejército que se

atreviera a aproximarse a sus murallas, armadas con la más pudiente

artillería entonces conocida; y considerábasela en aquellos tiempos

como plaza fuerte inexpugnable, que el Mariscal de Fleurange llamaba

_la mejor de toda la Cristiandad_. Entrábase en Ferrara por doce

puertas, y la ciudad, notable por su regularidad y su extensión,

éralo también por sus monumentos arquitectónicos, entre los que

sobresalía la Catedral, obra maestra del arte románico-lombardo.

Frente a ella el Palacio Ducal, la _Corte Vecchia_, con su almenada

fachada, sus diez salas alrededor del patio, al que daba ingreso

el arco triunfal con dos columnas laterales que sostenían las dos

estatuas en bronce de Nicolás III, el fundador de la potencia

estense, y de Borso, el primer Duque de la dinastía[107]; sus salas

todas de artesonados y dorados techos, llamando la atención la de

los Gigantes, en que los hermanos Dossi pintaron al claroscuro las

hazañas de Hércules, y las adornadas con los paños de la tapicería de

Flandes, llamada _la Pastorella_, que había pertenecido a los Reyes

de Aragón[108]. Al otro lado de la Catedral estaba el gótico Palacio

del Podestá, que se llamó de la Razón, en el que se representaron las

comedias para festejar las bodas de Lucrecia. Pero el más imponente

de todos los edificios construídos por los Este era el elegante y

austero Castillo, con sus cuatro macizas torres, su foso, su puente

levadizo y sus doce aposentos decorados por Garofalo y los Dossi.

Obra de Rossetti fué el precioso Palacio de los Diamantes, construído

para Segismundo de Este, el hijo de Hércules, y habitado luego por el

Cardenal Luis de Este, nieto de Lucrecia.

[107] Fueron vandálicamente destruídas por los jacobinos en 1796.

[108] Estos preciosos paños, tejidos de oro, plata y seda por

artistas flamencos y llevados por la Reina Juana a Nápoles,

habían sido de allí traídos a Ferrara por la Duquesa D.ª Leonor.

En torno de los Este, la familia más ilustre de Italia después de

los Saboyas, juntóse en Ferrara una escogida aristocracia, sostén y

ornamento de la dinastía ducal, a la que daba ministros, diplomáticos

y soldados, y en la vía degli Angeli (hoy Corso Vittorio Emanuele) y

en las otras calles de la Adición Hercúlea, surgieron los cuarenta

hermosísimos palacios del patriciado ferrarés. Algunas familias

nobles eran originarias de la ciudad, como los Costabili, Giglioli

y Turchi; otras habían sido ennoblecidas y enriquecidas por los

Este, en premio de señalados servicios, como los Sacrati, oriundos de

Parma; los Ariostos, de Bolonia; los Bevilacqua y Guarini, de Verona;

los Tassoni y Montecuccoli, de Módena; los Calcagnini, de Rovigo;

otras, atraídas por la liberalidad y cortesía de los Este, habían

trasladado sus penates a Ferrara, como los Bentivoglio, descendientes

de Juan II, el desposeído Señor de Bolonia; los Strozzi, venidos

de Florencia en el siglo XV; los Píos, Señores antes de Carpi y

feudatarios después de Sassuolo; los Manfredi, de Faenza, y los

Varano, de Camerino. Todos aquellos nobles para quienes la Corte era

su único pensamiento, contribuían al esplendor de que gozaba fama

Ferrara, formando una sola familia con el Duque, su Señor, al que

obsequiaban en aquellos palacios dignos de Príncipes y en los que

como Príncipes vivían. Hiciéronse entonces comunes en la nobleza

ferraresa los nombres de Hércules y Alfonso y también el de Lucrecia.

En los principios del siglo XVI tenía todavía la Corte de Ferrara

un carácter feudal y militar. Los Este nacían soldados, dispuestos

a batirse por quien mejor pagaba o más probables ventajas ofrecía;

pero con el tiempo, sin perder la calidad de condotieros, propia

de los grandes tiranos italianos, se fueron refinando a medida que

se engrandecían y enriquecían, aficionándose al fausto y al lujo y

rindiéndose al ya entonces avasallador dominio de las letras y las

artes y al no menos poderoso de la mujer, que no era la Beatriz

exaltada por Dante, deidad inaccesible y radiante en un paraíso de

luz, ni la Dama translúcida cantada por los trovadores y soñada por

los andantes caballeros, como tampoco la sierva sumisa ocupada sólo

en las faenas domésticas y cuya vida se resumía en el epitafio de la

matrona romana _lanam fecit, domum servavit_. Era la mujer que surgía

como Venus de la espuma del mar y encarnaba en la grácil desnudez de

la Bella Simonetta fijada en el lienzo por el pincel de Botticelli;

la que siguiendo el consejo de San Bernardino, no se avergonzaba

de ser mujer, y por boca de Isota Nogarola, sólo comparable a las

Sibilas, a las Musas y a Safo, discutía en casa de Ludovico Foscarini

sobre la parte que respectivamente cupo a Adán y a Eva en el pecado

original; la que se vestía con los más costosos terciopelos y sedas,

brocados y damascos, y se adornaba con las más preciosas joyas, como

Blanca María e Hipólita Sforza, Beatriz e Isabel de Este y Lucrecia

Borja, pudiendo decir Leonardo Bruni, al día siguiente de su boda,

que había consumado el matrimonio y consumido el patrimonio.

En Ferrara más que en otras partes intervenían las mujeres en los

juegos, torneos, cacerías, bailes y espectáculos, y daban a la vida

mundana el encanto de la belleza, la gracia y la elegancia femenina.

Eran el rayo de sol que iluminaba y alegraba el sombrío palacio. El

viejo Nicolás tenía para su placer ochocientas doncellas[109], y

Rinaldo, Abate Comendador de Pomposa, no se contentaba con menos de

mil. En 1478 el Duque Hércules, para celebrar sus bodas con Leonor

de Aragón, dió un baile a ciento setenta jóvenes casaderas. Estas

bodas influyeron no poco en el refinamiento de la Corte de Ferrara.

Había pasado Hércules su mocedad en la de Nápoles, y de ella trajo

Leonor la afición de los aragoneses a las letras y las artes, tan

generosamente protegidas por Alfonso _el Magnánimo_. Amistóse Leonor

en Ferrara con su cuñada Blanca de Este, que por la temprana muerte

de su prometido el primogénito del Duque Federico de Urbino, casó con

Galeotto de la Mirandola, de la Casa de Carpi, y cuya prosa griega y

latina causó la admiración de sus contemporáneos. Cuidó asimismo la

Duquesa de la esmerada educación de sus dos hijas, Isabel y Beatriz,

y también de la de Lucrecia, la hija natural de Hércules, a la que

conocía por retrato antes de la boda, pues Hércules se hizo retratar

con ella por Cosme Tura y se lo envió a la novia de regalo. Vino

entonces a Ferrara el maestro de baile Lorenzo Lavagnolo, a quien la

Marquesa de Mantua, Bárbara de Brandemburgo, tenía por muy superior

a todos los de su oficio y de su tiempo. Después de haber enseñado

a bailar a Isabel y Magdalena Gonzaga, las hermanas del Marqués

Francisco, pasó a Milán para dar lecciones a las hijas de la Duquesa

Bona y luego a Ferrara, donde tuvo por discípulas a las tres hijas

de Hércules. De Milán y Florencia trajo la Duquesa hábiles tejedores

para establecer una fábrica de tapices en Ferrara, e hizo venir de

Valencia eximios bordadores, entre ellos el maestro Jorba, que lo fué

luego de Lucrecia Borja. Y así como la pasión de Hércules eran las

piedras preciosas y los camafeos, la de su mujer eran los objetos

de oro y plata, dirigiéndose preferentemente, para la satisfacción

de sus caprichos, a Francisco Francia, el gran orífice y pintor

de Bolonia. Una de las más admiradas obras de este artista fué un

collar formado de corazones de oro, que le envió en 1488, destinado

probablemente a Isabel Gonzaga como regalo de boda. Tanto por su

valor como por su exquisito gusto, gozaban fama las alhajas de Leonor

de Aragón, y no sólo sirvieron para adorno de la Duquesa de Ferrara,

sino para sacar más de una vez de apuros al Duque, proporcionándole

el nervio de la guerra.

[109] Además de los hijos legítimos, tuvo veintidós naturales

conocidos, y su descendencia, no sólo llenaba Ferrara, sino que

se había esparcido por las Cortes de la Romaña, diciéndose en

Ferrara:

_Di qua e di là del Po

Tutti figli di Niccolò._

El frecuente trato, público e íntimo, con las claras, si no siempre

virtuosas mujeres que gozaban en la Corte de Ferrara merecida fama de

bellas y de cultas, suavizó la natural rudeza de aquellos vigorosos

soldados malolientes a sudor y a cuadra, quienes para hacerse gratos

a las damas, que no se contentaban sólo con el ingénito vigor, se

esforzaron en parecer corteses, bien hablados y hasta instruídos,

atiborrando la mollera con la lectura de los libros de caballería

que venían de Francia y de Bretaña. De ahí que esta caballería

puramente literaria se convirtiera en Ferrara en viviente realidad.

Creóse la orden de la Espuela dorada; hubo juegos de amor y

cuestiones de honor y justas y torneos, y en uno de ellos, en 1494,

obtuvo la victoria, como defensor del dios Amor, el Conde Nicolás

de Correggio[110], de quien decía Isabel de Este que era «el más

cumplido y en rimas y cortesías erudito caballero y barón que en

estos tiempos se encontrase en Italia». Las damas llevaban bordado en

la manga algún lema tomado de aquellas novelas caballerescas[111],

los Príncipes aspiraban a imaginarios entronques con los doce Pares

de Francia, y se hicieron corrientes en Italia los nombres franceses

o bretones de Rinaldo y Ginebra, Tristán e Isotta.

[110] Era primo hermano de Isabel, por su madre Beatriz de Este,

hija natural de Nicolás III, que casó primero con Borso de

Correggio y después con Tristán Sforza, hijo natural del Duque

Francisco. A la muerte de su madre regresó a Ferrara y su amistad

con Lucrecia Borja enfrió la que le tenía Isabel.

[111] El Cardenal Hipólito tomó un lema español: _No sufro más de

lo que puedo_.

Con Leonor de Aragón empezó a difundirse en la Corte de Ferrara la

afición a la lengua y literatura españolas, y se acrecentó en tiempo

de Lucrecia Borja, no siendo únicamente los libros de caballería

franceses los leídos por la gente culta, sino también los españoles,

de cuyo influjo encontramos evidentes muestras en el _Orlando

Furioso_[112]. Recuerdos hay en él del _Amadís_, de la _Historia de

Grisell y Mirabella_, de Juan de Flores, y sobre todo del _Tirante el

Blanco_, de J. Martorell, del que poseía Isabel de Este un ejemplar

en valenciano, impreso en 1490, habiéndolo vertido al italiano Lelio

Manfredi, que hizo luego, por complacer a la Marquesa de Mantua, a

quien la dedicó, una traducción de la _Cárcel de Amor_, de Diego de

San Pedro, que publicó en 1514.

[112] Alonso de Ulloa publicó en Venecia, en 1553, la traducción

del _Orlando Furioso_, de Jerónimo de Urrea, con los comentarios

de Ludovico Dolce.

El propio Manfredi tradujo en 1521 el libro de Flores con el título

de _Historia di Aurelio e Isabella, nella quale si disputa che più

dia occasione di peccare o l’huomo alla donna o la donna all’huomo_.

_La Celestina_ se reimprimió muchas veces en Italia, no sólo en su

original castellano, sino en la traducción italiana que, a instancias

de una dama, Madonna Gentile Feltria di Campofregio, hizo en 1515 un

español, Alfonso Hordeñez, familiar del Papa Julio II. Alfonso, el

marido de Lucrecia, adquirió en Roma un ejemplar de _Las Trezientas_,

de Juan de Mena, y habiendo encargado un _Tristán_, sólo lo encontró

en castellano.

No menor influjo que los importados y traducidos libros de caballería

ejercieron en las costumbres de Ferrara los poetas, buenos o

mediocres, latinos o italianos, eruditos o populares, señoriles o

plebeyos, ricos o pobres, que húbolos de todas clases y en gran

número y se consideraron indispensables en todas las fiestas, en las

bodas, los banquetes, las procesiones, los torneos y en todos los

espectáculos de gala, reputándose su oficio tan necesario en una

República bien ordenada como el de los pintores, músicos, farsantes

y bufones, y otros que nuestro Cervantes menciona, menos honrosos,

pero no menos necesarios para el comercio de ambos sexos. Claro es

que verdaderos poetas como Tebaldeo, los dos Strozzi, el Conde de

Correggio, fueron pocos, y que todos aquellos madrigales, sonetos y

canciones que se acompañaban con el laúd o la viola de amor, y cuyo

objeto era ensalzar los múltiples encantos más o menos visibles de

las damas, para entretenerlas y divertirlas arrancándoles una sonrisa

o un aplauso, eran de una calidad inferior, si no despreciable, bajo

el punto de vista literario. Pero Ferrara puede gloriarse de haber

visto nacer en el siglo XV dos poetas que cantaron a Orlando, el

uno enamorado y el otro furioso, y que, si no de igual grandeza,

tienen señalado puesto en el Parnaso italiano. El uno, Mateo-María

Boiardo, Conde de Scandiano, sobrino del delicado poeta latino Tito

Vespasiano Strozzi, se enamoró de Antonia Caprara, y aquel verdadero

amor, correspondido primero y luego desdeñado por la dama, hízolo

poeta y a él se debe su obra maestra _Orlando innamorato_. Murió

el 20 de Diciembre de 1494, dejando inacabado su poema, al que dió

gloriosa cima Ludovico Ariosto con su _Orlando Furioso_, que dedicó

al Cardenal Hipólito de Este. Y cuentan que al Cardenal sólo se

le ocurrió decirle: _Messer Lodovico, dove avete pigliato tante

coglionerie?_

Cuando llegó Lucrecia a Ferrara había ya muerto Boiardo, pero no le

faltó el incienso de todos los poetas ferrareses, y el más grande de

todos, por cuya mano la Casa de Este ha pasado inmortalizada a la

posteridad y vivirá mientras viva el idioma italiano, la glorificó

en una octava, la 85 del canto XLII del _Orlando Furioso_. En ella

coloca la imagen de Lucrecia en el templo de honor de las mujeres,

sostenida por dos caballeros testigos de su honra, los dos célebres

poetas Antonio Tebaldeo y Hércules Strozzi, un Lino y un Orfeo con

una inscripción que dice que su patria, Roma, debe, por su belleza

y su honestidad, ponerla por encima de la Lucrecia antigua[113].

En otras bellísimas estrofas del poema (canto XII, 69-70 y 71) la

ensalza por boca de Melissa, y la cantó, por fin, en una elegía

después de haber celebrado en un epitalamio catuliano su boda con

Alfonso.

[113] La prima inscrizion che agli occhi occorre

Con lungo onor Lucrezia Borgia noma,

La cui bellezza ed onestà preporre

Deve all’antica la sua patria Roma.

I duo, che voluto han sopra sè torre

Tanto eccellente ed onorata soma,

Noma lo scritto Antonio Tebaldeo

Ercole Strozza; un Lino ed un Orfeo.

He aquí la traducción que de esta octava hizo Jerónimo de Urrea:

Lo que primero a caso allí ha mirado

Con largo honor, Lucrecia Borja ha sido;

Cuya honesta beldad bien ha ilustrado

A Roma, y más que nunca ha engrandecido.

Y los dos que con honra se han tomado

Carga tan principal, allí ha leído

En el mármol: Antonio Tebaldeo

Y Hercul Estroza, un Lino y un Orpheo.

También floreció entonces en Ferrara el teatro a que era el Duque

Hércules aficionadísimo, y queda ya dicho, al hablar de la boda

de Lucrecia, que se representaron cinco comedias traducidas de

Plauto y que el Duque se ufanaba de ser el fundador del teatro del

Renacimiento en Italia, habiendo hecho traducir al italiano las

comedias de Plauto y de Terencio. El Conde de Correggio, inspirándose

en Ovidio, escribe la tragicomedia de _Céfalo y Pocris_, «que enseña

a las mujeres a no tener celos del marido». El Pistoia dedica a

Isabel de Este su tragedia en tercetos _Ponfila_, tomada de una

novela de Bocaccio, y Pandolfo Collenuccio encuentra en la Biblia

asunto para su _Comedia de Jacob y José_, cuya representación dura

dos días[114].

[114] Philippe Monnier—Le Quattrocento—_Essai sur l’Histoire

littéraire du XVeme siècle italien._ París, 1901.

No echó Lucrecia de menos en Ferrara como en Pesaro el lujo de Roma.

Alcanzó en Ferrara extraordinarias proporciones y se manifestó de

todas maneras: lujo de trajes y joyas, de animales, de armas, de

palacios, de jardines, de muebles. Cubríanse las paredes de las

habitaciones con tapices de Flandes y las camas con colchas de

tisú de oro; iluminaba los naipes Mantegna; encuadernábanse los

manuscritos en raso cuajado de perlas; abundaban el oro y la plata,

el marfil, el brocado, las plumas y las flores; llevábanse en todas

partes piedras preciosas: al cuello, en el sombrero, en el rosario,

en los zapatos, en la brida de los caballos, en la trailla de los

perros y hasta en el mango de la escoba que servía para barrer las

migajas del banquete.

Pero ni el trato ameno y suave con las damas, ya compañeras y no

siervas, ni el blando y bienhechor influjo de las letras, ni el lujo

y los placeres de la vida, lograron domar por completo la rudeza

medioeval de aquella gente batalladora, en quienes los terciopelos

y las joyas encubrían pasiones violentísimas y crueldades feroces.

Así vemos aquella tragedia de la familia ducal, en que por un

fútil motivo el Cardenal Hipólito mandó sacar los ojos a su hermano

Julio, la conjura de éste para asesinar por venganza al Duque, y el

castigo impuesto por Alfonso a sus dos hermanos, a uno de los cuales,

Ferrante, en un arrebato de ira, dejó tuerto para igualarle a Julio,

sin que jamás de ellos se apiadara. En el Castillo Viejo señalado

a Lucrecia por morada, cuidaron de enseñarle el día de su solemne

entrada en Ferrara el patio sobre cuyas losas rodaron, por orden de

Nicolás III, la cabeza de su hijo Hugo y la de la madrastra de éste,

Parisina Malatesta, para que el recuerdo sirviera de advertencia a la

joven desposada respecto a la suerte reservada en Ferrara a la mujer

infiel a su marido.

¿Llegó a serlo Lucrecia de obra con alguno de sus adoradores o

no pasó su infidelidad de mero pecaminoso pensamiento y devaneo?

Era natural que quien en Roma, como hija del Papa, había, por lo

menos, saboreado las delicias del amoroso requiebro y de la lisonja

cortesana, no quisiera verse privada de ellas en Ferrara y no se

diera por satisfecha con la tranquila compañía nocturna de un marido

que andaba de día despilfarrando su erótico caudal con daifas y

bagasas. ¿Mas fueron o no platónicas las conocidas relaciones de

Lucrecia con Pedro Bembo y con Francisco Gonzaga?

Distinguían los filósofos del siglo XVI tres clases de amor: el

_divino_, que es la contemplación de la belleza como imagen de Dios;

el _casto_, que es la contemplación de la belleza en sí misma, y

el _lascivo_, propio de los brutos y fuera de la razón. El divino

y el casto, a que se dió el nombre comprensivo y genérico de _amor

platónico_ era permitido a las señoras casadas. Torquato Tasso, en un

_Discorso sulla Gelosia_, concretó las ideas de la sociedad galante

de su tiempo. Después de decir que el amante no puede tener celos del

marido de la mujer amada, «porque al comenzar el amor se presuponía

la condición de que el marido fuese poseedor de su mujer», añade: «No

es tampoco molesto el amor de la mujer a su marido, porque puede

muy bien amar infinitamente al marido e infinitamente al amante,

sin mengua del uno ni del otro, porque son amores de cualidad y

naturaleza diversa. Se ama al marido como compañero en la generación

de los hijos, como partícipe en el gobierno de la casa, como consorte

de la vida y de los pensamientos, y, en suma, como el hombre a quien

las sagradas leyes la han unido con indisoluble lazo; al amante se

le ama de un modo muy distinto.» Esta era la _servidumbre amorosa_

del siglo XVI; mas no siempre se mantenía el amor en los confines

del platonismo lícito y los maridos vengaban en sangre la mancillada

honra. En veinte días murieron por infieles, a manos del ofendido

marido, cuatro damas muy principales; pero ninguna de las Duquesas de

Ferrara tuvo el triste fin de Parisina.

Del apasionado amor de Bembo dan testimonio sus cartas a Lucrecia.

Había nacido Pedro Bembo en Venecia, en 1470, y educádose en

Florencia, donde era su padre Embajador y donde adquirió el estilo

elegante que caracteriza sus obras. Estudió después el griego, en

Sicilia, con Agustín Lascaris, y filosofía, en Ferrara, con Nicolás

Leoniceno. Empezó allí a darse a conocer por sus poesías, en que se

transparentaba la licencia que deshonraba su conducta. Tuvo tres

hijos y una hija en una mujer que fué su manceba y su musa. León X lo

hizo su secretario, y a la muerte del Papa se retiró a Venecia, pero

Pablo III le confirió el capelo en 1538 y el Obispado de Bérgamo,

que desempeñó como pastor dignísimo, muriendo en 1547. Su manía de

imitar a Cicerón le hizo poner en boca del Papa expresiones propias

de un romano pagano, como la de «creado Pontífice por los Decretos de

los dioses inmortales», y dicen que no leía la Biblia ni recitaba el

breviario por no echar a perder su latín.

En Ostellato, la espléndida villa de los Strozzi, adonde solía ir

Lucrecia, conociéronse e intimaron el poeta veneciano y la española

Duquesa, _tan elegante y nada supersticiosa_, según aquél escribía.

Enamoróse de ella perdidamente Bembo, y durante los tres años, de

1503 a 1506, que pasó en Ferrara manifestóle su pasión de todos

modos. Frecuentó su trato, escribióle apasionadas cartas, cantó en

verso y en prosa su belleza y sus virtudes, y le dedicó, el 1.º de

Agosto de 1504, su diálogo sobre el amor, _Gli Asolani_, que al

año siguiente imprimió Aldo en Venecia, y se lo envió a Lucrecia

con una dedicatoria. Según Gregorovius no cabe dudar de la pasión

del veneciano; pero no puede afirmarse que correspondiese a ella

Lucrecia traspasando los confines de lo lícito. Las cartas de Bembo

se han publicado con sus obras. Hay algunas que no fueron dirigidas

a Lucrecia, sino a una desconocida a quien cortejó con éxito en

sus mocedades. Las que le escribió Lucrecia se conservan en la

Biblioteca Ambrosiana de Milán. Púsolas en boga Lord Byron y las

publicó, en 1859, Bernardo Gatti[115]. Son nueve: siete en italiano

y dos en español, con una canción española y un dorado mechón de

pelo. Las cartas son autógrafas; de la autenticidad del mechón duda

Gregorovius; pero en todo caso, dice, no pasó de ser una prenda de

afecto que obtuvo de Lucrecia el afortunado Bembo. Hay quien cree

que al tal dorado mechón se referían los siguientes renglones de

una carta que Bembo le escribía el 14 de Julio de 1503: «Cada día

halláis, con ingeniosa invención, manera de avivar mi fuego, como lo

habéis hecho hoy con la que _orla_ vuestra lucidísima frente»; pero

más bien que al pelo el verbo _cingere_ indica la _lenza_ o cinta

que ceñía la frente. Ello es que traspasara o no los confines de

lo lícito este afecto, no puede negarse que fué algo más que pura

amistad o mero _flirt_, a los que tan naturalmente inclinada era

Lucrecia. Gustaba infinito del tributo que a su belleza y gracia se

rendía, y si este tributo no lograba siempre interesar su corazón

y aprisionar su caprichosa voluntad, no era ella, sin embargo,

insensible a ciertas tentaciones, de las que su honestidad había

salido alguna vez malparada. Parece que Lucrecia, complaciéndose, con

refinada coquetería, en atizar el fuego en que ardía Bembo, llegó a

temer que fuera un incendio inextinguible y que la envolvieran sus

llamas, y esto era lo que esperaba el poeta, el cual, citando un

proverbio castellano leído en un libro de la amiga, «quien quiere

matar perro, rabia lo levanta», le manifiesta su esperanza de que,

queriendo ella apagar aquel amoroso furor, lo adquiera por contagio.

No hay pruebas de que se realizara la esperanza que acariciaba Bembo,

y hay que dejar a Lucrecia el beneficio de la duda; pero en el fondo

y en el secreto de su alma compartió el afecto del rendido galán. La

muerte de su hermano obligó a Bembo a partir de Ferrara. La ausencia

y el tiempo no lograron apagar por completo la amorosa llama: el amor

del poeta fué poco a poco tornándose en dulce melancolía hecha de

recuerdos; pero el suyo borróse bien pronto del corazón de Lucrecia,

entregada, si no con todo su cuerpo, con toda su alma, a una nueva y

más seria amistad amorosa.

[115] _Lettere di Lucrezia Borgia a Messer Pietro Bembo_, dagli

autografi conservati in un Codice della Biblioteca Ambrosiana.

Milano, 1859.

Menos conocidos que los amores de Lucrecia y Bembo han sido los de

la Duquesa de Ferrara con su cuñado el Marqués de Mantua, Francisco

Gonzaga, de que tenemos noticia por los documentos hallados y

publicados por Luzio. De ellos resulta que fué Lucrecia quien se

enamoró del marido de Isabel de Este, su cuñada, el cual, por sus

retratos y por el busto que de él se conserva en el palacio de

Mantua, debió ser uno de los hombres más feos de su tiempo. Las

relaciones lícitas o ilícitas de Lucrecia y Francisco, que la

Marquesa de Mantua llamó _púdico adulterio_, porque no parece que el

pecado llegara materialmente a consumarse, dieron principio en una

excursión que hizo la Duquesa de Ferrara a Borgoforte. En el horrible

drama de la Casa Estense, del que fué Julio la primera víctima por la

ferocidad del Cardenal su hermano, se contentó Lucrecia con el papel

de espectadora, y mientras sus cuñados ferrareses andaban empeñados

en una mortal lucha fratricida, disfrutaba ella, en Borgoforte, la

grata compañía del cuñado mantuano. El simple anuncio de la visita

de la Duquesa llenó de gozo al Marqués; excusándose de que no fuera

Borgoforte digno de recibirla, aunque cuidaría de que encontrase

todas las comodidades posibles. De Borgoforte a Mantua la distancia

era corta, y Francisco llevó a Lucrecia a su capital para que allí

recibiera los obsequios y aplausos de los mantuanos, escribiéndole

Alfonso una carta para agradecerle cordialmente los agasajos que

había dispensado a su mujer.

Aun antes de la excursión a Borgoforte habíase Lucrecia aficionado

a su cuñado, y esta afición era de sus doncellas conocida. En la

primavera de 1504 fueron los Marqueses de Mantua a Ferrara para

las fiestas de San Jorge, y habiendo tenido que ausentarse el

Marqués, las dichas doncellas le escribieron un mensaje colectivo,

expresándole su sentimiento por verse privadas de su presencia,

especialmente Madonna Angela (Borja) y M.ª Polixena (Malvezzi), «que

contemplan el afecto que le profesa nuestra Excelentísima Duquesa, la

cual no cesa, en todas sus conversaciones, de hacer de él dulcísima

memoria». En otra carta de la misma fecha (8 de Mayo de 1504) y de

la misma mano, firmada por Polissena, trazaba ésta un cuadro de la

Corte de Ferrara y de una fiesta dada a la Marquesa de Mantua, en

que el Duque estuvo sentado entre las dos más hermosas doncellas,

adornándose todos los invitados con guirnaldas de flores; «pero nada,

añadía, fué del agrado de la Excelentísima Señora y de su servidora,

porque no estaba Vuestra Serenísima Señoría presente». A fines de

1504 fué despedida la Malvezzi por _sapientísima_, según Prosperi,

y Luzio cree que fué por demasiado curiosa en espiar los actos de

la Duquesa y por demasiado libre en contar cuanto veía y aun lo

que no veía, pues cuando regresó a Bolonia refirió a Juan Gonzaga,

que se lo escribió a su hermano el Marqués, que según noticias de

Ferrara, habiendo sabido el Duque la fuga del Valentino, corrió a

participárselo a la Duquesa, su mujer, y la encontró en su cuarto en

conversación a solas con el Cardenal Hipólito, lo cual le sorprendió

mucho. El chisme de la Malvezzi no tenía, sin embargo, ningún

fundamento.

Por orden de su padre emprendió Alfonso un viaje para visitar las

Cortes de Francia, Flandes e Inglaterra, desde donde debía regresar a

Ferrara, pasando por España; pero en Inglaterra le llegaron despachos

anunciándole la enfermedad del Duque Hércules y se apresuró a venir

a recoger el último suspiro de su padre, que murió el 25 de Enero

de 1505. Ciñó entonces Lucrecia una de las más preciadas coronas

italianas y vió realizado el sueño de su vida en aquella Corte de

Ferrara, de la que fué el alma, conquistando con su belleza y con su

gracia la simpatía de todos sus vasallos.

En sus amores con Francisco Gonzaga sirvió de tercero a la Duquesa

el poeta Hércules Strozzi, testimonio con Tebaldeo de la honestidad

de Lucrecia, en la ya citada octava del _Orlando Furioso_. Hércules

y su padre Tito emularon a Bembo en las poesías que a Lucrecia

dedicaron, y aun le superaron en la expresión, porque eran mayores

poetas; pero su devoción, claro está, era puramente estética y

literaria[116]. Las cartas de Strozzi al Marqués de Mantua, firmadas

con el nombre de _Zilio_ (equivalente a _Giglio_, o sea lirio), obran

en el Archivo Gonzaga y son pocas, porque las anteriores al 23 de

Marzo de 1508 fueron restituídas al poeta y sólo se conservan las que

recibió Francisco desde fines de Marzo a fines de Junio; es decir,

las inmediatamente anteriores al trágico fin de Strozzi. En ellas se

designa a Lucrecia con el nombre de _Bárbara_, que era el de la mujer

de Strozzi; a Alfonso, con el de _Camilo_; al Cardenal Hipólito, con

el de _Tigrino_, y a la Marquesa de Mantua, con el de _Lena_. Estas

relaciones empezaron cuando apenas acababa el idilio con Bembo,

cuyos últimos resplandores vemos en las desoladas cartas del poeta

veneciano. Tenía éste una fraternal amistad con Strozzi, a quien

había hecho confidente de sus amores, y si no se atrevió Strozzi

a revelarle los nuevos de Lucrecia, que había en él depositado su

confianza, debió disuadirle de que volviera a Ferrara, para evitarle

un desengaño.

[116] Hércules dedicó a Lucrecia un epicedio en la muerte de

César, en el que la dice que de la estirpe de los Estes y los

Borjas, nacería el héroe prometido, del que sería ella madre.

En Enero de 1507 fué el Marqués de Mantua a Bolonia para abocarse con

el Papa Julio II, y a la ida, como a la vuelta, se detuvo en Ferrara,

donde la Duquesa lo obsequió con esplendidísimos y frecuentes bailes,

en que tomaron parte activa algunos Cardenales, como el de Narbona y

Cornaro, y tanto bailó Lucrecia, que era bailarina apasionada, que se

procuró un aborto. La primera danza se la concedió al Marqués, que

estaba enmascarado.

Tuvo al año siguiente que ir a Venecia el Duque Alfonso para

justificarse con la Serenísima y dió orden de que si en su ausencia

daba a luz Lucrecia, a quien dejaba ya próxima a salir de su

cuidado, no se le diese parte al Marqués de Mantua. Y a esta época

corresponden las cartas de Strozzi, que se conservan en el Archivo

mantuano, las cuales, por la letra, el papel, la tinta, son,

evidentemente, suyas, comparándolas con las que tienen su firma.

No puede de ellas deducirse que tuviera el Marqués arte ni parte

en el fruto de bendición que esperaba Lucrecia, porque la soñada y

prometida felicidad no parece que hubiera llegado a ser una realidad

para los enamorados cuñados. El 2 de Abril le dice: «La Duquesa

espera de hora en hora, el parto: Madonna _Bárbara_ dice que si no

se lo avisa se lo perdone y acepte la buena intención.» El 4 de

Abril dió a luz Lucrecia el tan ansiado heredero, a quien pusieron

el nombre del abuelo paterno. La participación oficial llevóla a

Mantua Prosperi, pero únicamente para la Marquesa; excusándose

con el Marqués en una esquela en que le decía no se había dado

parte, en nombre del Duque, a potentado alguno. Alfonso escribió

desde Venecia, el 5 de Abril, a su cuñado, participándole el feliz

alumbramiento de la Duquesa, y Strozzi, en carta del 9, reiteraba el

sentimiento de Lucrecia por la prohibición de su marido de anunciarle

el parto, doliéndose de la perfidia de Camilo.

Envió entonces el Marqués de Mantua a Ferrara a Benedetto Capilupi

para disipar, en lo posible, el malhumor del Duque y felicitarle

por el nacimiento de Hércules con protestas de fraternal y cordial

amistad. Acogiólo Alfonso benévolamente y le hizo ver al _putino che

era bello et ben compito d’ogni cosa_.

Partióse el Duque para Francia y dió esto lugar a una carta que el 25

de Abril escribió Strozzi, apremiando a Francisco para que viniese a

Ferrara: «Madonna _Bárbara_, decíale, os ama muchísimo, más acaso de

lo que pensáis, porque si creyeseis que os ama tanto como siempre os

he dicho, seríais más ardiente de lo que sois en escribir y en tratar

de venir donde ella estuviese. Os doy palabra de que os ama mucho, y

que si continuáis de la manera que sabré mostraros, si no conseguís

vuestro intento, quejaos de mí, que os lo permito. Mostradle que la

amáis ardientemente, que de vos no pide otra cosa. Poned la mayor

diligencia en venir a verla y veréis cuántas fiestas os hará, y

comprenderéis entonces que os digo aún menos de lo que hay.» Con

la propia fecha escribió al Marqués otra carta, para que pudiera

mostrarla, firmada con su nombre.

Bien fuera porque Francisco Gonzaga estaba realmente enfermo, bien

porque repugnara, según Luzio, a su carácter leal, el consumar el

adulterio, o más probablemente por el temor que le inspiraban los

Estenses, ello es que, desde Abril a Junio, a pesar de las instancias

de Lucrecia, no se movió de Mantua. Alfonso regresó de Francia con

extraordinaria celeridad, el 13 de Mayo, vistiendo luto por su tío

y cuñado Ludovico _el Moro_, y el 6 de Junio, en la esquina del

Palacio, apareció, cosido a puñaladas, el cadáver de Hércules Strozzi.

El crimen quedó impune y ante la pasividad de la justicia, que no

dió el menor paso para descubrir al asesino, ocurre, desde luego,

la sospecha de que fué obra del Duque, tanto más, cuanto que en una

carta confidencial de Jerónimo Comasco al Cardenal Hipólito, se

cita el nombre del asesino, soldado audaz y sin escrúpulos, que se

llamaba Masino del Forno. Quizás quiso Alfonso suprimir al tercero,

que, según escribía Strozzi a Francisco, «exponía por él la vida

mil veces por hora», y al que Isabel de Este, antes su protectora y

amiga, mostraba una instintiva malquerencia en una carta que acaso

sirviera para abrir los ojos a su hermano. Esta hipótesis parece más

seria y verosímil que la corriente del amor de Alfonso por la bella

Bárbara Torelli, que el 26 de Mayo de 1508 casó, en segundas nupcias,

con Hércules Strozzi. Atribuye Luzio el asesinato a disgustos de

familia. Bárbara, de su primer matrimonio con Hércules Bentivoglio,

tuvo dos hijas, que casaron, la una con Galeazzo Sforza de Pesaro,

y la otra, con Lorenzo Strozzi, el hermano de Hércules. Andaba ella

en pleito con su primer yerno, y éste o sus parientes, según Luzio,

irritados con el segundo Hércules que había Bárbara elegido por

marido, decidieron suprimirlo. Mas la impunidad de un asesinato,

que produjo gran impresión en Ferrara, por ser Hércules Strozzi

poeta de gran fama y cortesano muy bienquisto, y Bárbara mujer tan

bella como culta, y sobre el que guardan silencio los escritores

contemporáneos, quita fuerza a la versión de Luzio y robustece la de

la responsabilidad del Duque, a quien el Papa Julio II acusó, entre

otras cosas, de la muerte de Strozzi en la filípica contra Alfonso I,

que tuvo que oír en Roma, en Junio de 1510, el jurisconsulto Carlos

Ruini, enviado para aplacar al Papa, arrebatado de ira contra el

Duque por su alianza con los franceses.

Lorenzo Strozzi reemplazó al asesinado hermano en el servicio de

tercero que prestaba a Lucrecia. El 30 de Junio escribió ésta, de

su puño y letra, a Francisco, recomendando a Lorenzo como no menos

devoto servidor que su hermano Hércules, y desde Reggio escribía

Strozzi al Marqués que «la Duquesa deseaba _parlare a bocha_ con él,

y le rogaba viniese a Gonzaga y de allí a Reggio, de donde tendría

ella que volver a Ferrara dentro de ocho o diez días por la partida

del Duque, porque sería la cosa del mundo que le daría más gusto. Y

como yo le dijese que V. E. estaba en cama, me contestó que mandaría

decir en Reggio y en Ferrara tantas oraciones, que le sería concedida

la gracia de que sanase pronto V. E. y pudiese venir a verla, y que

si a ella le fuese lícito, no tardaría tanto en ir a hablarle y

visitarle, y que el mal de V. E. le duele tanto como si fuera propio.

La Duquesa había estado muy mal de un flujo de sangre, pero estaba

ya bastante bien, y que si esto no se lo hubiera impedido hubiese

escrito de su puño una carta a V. E. para rogarle que viniese de

todos modos a Reggio, y aunque ya le he dado las excusas de V. E.

por no poder venir, me ha encargado le escriba, y he hecho cuanto la

Duquesa me ha ordenado».

Contestóle el Marqués por mano de su Secretario Tolomeo Spagnoli,

el 25 de Agosto, en una carta en que, a través de la fraseología

oficial, se transparenta el constante afecto cohibido por la

enfermedad y por la prudencia. Atribuye el Marqués a las oraciones de

Lucrecia el sentirse más aliviado desde hacía cuatro días, y entre

las razones que le hacían desear su curación, una de las principales

era la de poder volverla a ver.

Después del asesinato de Hércules Strozzi, evitó Francisco Gonzaga

toda relación directa con Lucrecia, a pesar de los seductores

convites que le envió por medio de Lorenzo Strozzi para que

honrara con su presencia las fiestas del Carnaval y los soberbios

espectáculos teatrales de Ferrara en 1509. Pocos meses después cayó

Francisco en poder de los venecianos, y durante todo el año que

duró su prisión en Venecia, la correspondencia de Lucrecia con su

cuñada Isabel se limitó a un frío cambio de cortesías y noticias;

pero apenas salió el de Mantua de las garras del León de San Marcos,

Lucrecia, que había procurado confortar al prisionero con secretos

auxilios, pareció renacer. Volvió Lorenzo Strozzi a emprender

sus peregrinaciones a Mantua, y sus cartas al Marqués abundan en

alusiones al amor de Lucrecia.

Los diez años que aún vivieron, de 1509 a 1519, fueron para Lucrecia

y Francisco muy poco venturosos. Esperaba la Duquesa poder visitar

de nuevo Mantua, donde el Marqués le estaba preparando un suntuoso

apartamento en el Palacio de San Sebastián; pero se lo impidieron

los acontecimientos políticos, sus continuos partos y abortos y los

duelos que hubieron de afligirla.

El 9 de Agosto de 1510 excomulgó Julio II al Duque Alfonso y lo

desposeyó de todos sus feudos eclesiásticos. Vióse, pues, Ferrara

empujada a la guerra en estrecha alianza con Francia, y en la jornada

de Ravenna, el 11 de Abril de 1512, la artillería de Alfonso decidió

la suerte de la batalla en favor de los franceses, pero la muerte de

su caudillo Gastón de Foix hizo que la victoria resultase, al fin y

al cabo, un triunfo para las armas pontificias. Con grandes agasajos

fueron recibidos en Ferrara el famoso Bayard y los caballeros

franceses que salvaron la ciudad de caer por sorpresa en manos de

Julio II, y al escribir la biografía de Bayard _su leal servidor_,

se expresó, respecto de Lucrecia, en estos términos: «Sobre todo, la

buena Duquesa, que era una perla, acogió a los franceses con gran

distinción, y todos los días los obsequiaba con maravillosas fiestas

y banquetes, según se usaba en Italia. Me atrevo a decir que ni en su

tiempo, ni aun mucho antes, no se ha visto una más gloriosa Princesa,

porque era bella, buena, dulce y cortés con todos, y si bien su

marido era Príncipe entendido y valiente, ella, con su cortesía, le

prestó buenos y grandes servicios»[117]. Privado del apoyo francés,

vióse obligado Alfonso a ir a Roma para recibir la absolución del

Papa, y a punto estuvo de correr la misma suerte de César Borja, de

la que le salvaron su precipitada fuga y la ayuda de los Colonna, que

lo condujeron a Marino, de donde pudo regresar disfrazado a Ferrara.

Al fin puso término a la guerra, en 1513, la muerte de Julio II, al

que sucedió, con el nombre de León X, Juan de Médicis. Cuando llegó a

Ferrara la noticia del fallecimiento del Papa Julio, visitó Lucrecia

muchas iglesias para dar gracias a Dios, y rogó al nuevo Pontífice le

renovara la indulgencia plenaria que le había concedido Alejandro VI

para ella y veinticinco de sus familiares que ella designase.

[117] _Le Loyal Serviteur. Histoire du bon Chevalier, le Seigneur

de Bayard._

A las angustias e incertidumbres de la guerra juntáronse, para

Lucrecia, los quebrantos de la salud, debidos a las frecuentes y

laboriosas gestaciones y alumbramientos, y los duelos con que el

Señor quiso probarla en sus últimos años, arrebatándole a los seres

más queridos. En 1509 dió a luz a su segundo hijo, el Cardenal

Hipólito, y desde 1514 a 1519 tuvo a Alejandro, a Leonor, a Francisco

y a Isabel. Sufrió en aquellos años pérdidas crueles: en 1512, la

de su hijo primogénito Rodrigo, Duque de Bisceglia; en 1516, la del

pequeñuelo Alejandro; en 1517, la de su hermano Jofre, Príncipe de

Squillace; en 1518, la de su madre Vannozza, y en 1519, la precedió

de pocos meses en la tumba el amicísimo Marqués de Mantua, Francisco

Gonzaga. Murió éste el 29 de Marzo de 1519, y en la sentida carta de

pésame que escribió Lucrecia a su cuñada, la Marquesa viuda, decíale

que esta muerte le había causado tanta tristeza y dolor, que más

necesitada estaba ella de consuelo que en estado de poder consolar

a nadie, y sobre todo, a quien, por la gran pérdida sufrida, debía

sentir mayor afán; mas como no tenía remedio y así lo había querido

el Señor, había que conformarse con su voluntad.

La conducta irreprochable de Lucrecia en sus últimos diez años

hicieron que le fuera más benévolo el juicio de Isabel de Este y de

Isabel Gonzaga. La Duquesa de Urbino la visitó en Mayo de 1518, y

la Marquesa de Mantua, disgustada del marido, que estaba entonces

entregado al Secretario Spagnoli, menudeaba sus visitas a Ferrara

para concertarse con sus hermanos respecto a la manera de resistir la

influencia del favorito del Marqués.

Vida devota y ejemplar fué la de Lucrecia. Fundó conventos y

hospitales, frecuentó iglesias y monasterios, leyó libros ascéticos

y meditó sobre la misericordia de Dios y los milagros de sus Santos.

Decíase en Ferrara, según escribió Juan Gonzaga a su sobrino el

Marqués Federico, que hacía diez años que llevaba cilicio, y cerca

de dos que se confesaba todos los días y comulgaba tres o cuatro

veces al mes. Pero estas prácticas religiosas no la hicieron olvidar

sus deberes de madre y de soberana. Dedicaba buena parte de su

tiempo a la educación del heredero, que tuvo por maestro a Pedro

Antonio Acciaiuoli, y a cuyas lecciones de latín asistía, y en

1518 presenció, en unión de varios gentiles-hombres y literatos,

el examen del Príncipe, que había cumplido los diez años y se

acreditó de prodigio por la facilidad con que traducía el latín y

el griego. Llamáronla los ferrareses madre del pueblo, porque se

afanó en remediar los males que eran natural consecuencia de la

guerra, empeñando sus joyas y renunciando a las galas que había tanto

estimado. E intentó también la ardua reforma de la moda femenina

en punto a los escotes, introduciendo la gorguera para cubrir la

parte del pecho y de la espalda que, en todo tiempo y en menor o

mayor grado, han gustado de lucir desnuda cuantas damas presumen

de hermosas, bien formadas y elegantes. Este solo intento bastaría

para probar cuán apartada vivía ya Lucrecia de las mundanas pompas y

vanidades, ella que tanto se había preocupado de vestidos y afeites y

había disputado el cetro de la moda a su cuñada de Mantua.

El 14 de Junio de 1519, tras una laboriosa gestación y con un no

menos laborioso parto, dió a luz Lucrecia una niña que, por lo

endeble, fué inmediatamente bautizada, teniéndola en la pila Eleonora

de la Mirandola y poniéndosele por nombre el de Isabel María. Vivió

la criatura poco tiempo, mas viva estaba el 17 de Noviembre de

aquel año, pues en aquella fecha, habiendo sabido Alfonso que en

la Corte de Francia se le tenía una tercera esposa, escribió a su

hermana Isabel «que no quería casarse porque no estaba en edad de

hacer semejante locura, tanto más cuanto que tenía _cinco hijos_ que

educar».

A consecuencia del parto le sobrevino a Lucrecia un poco de fiebre,

de la que creyeron se vería pronto libre; pero lejos de mejorar,

fué empeorando, y los médicos quisieron sangrarla y empezaron por

cortarle el pelo, por habérsele subido la sangre a la cabeza; lo

cual, escribía el secretario del Duque a la Marquesa de Mantua el

21 de Junio, «pone en peligro su vida y no durará ya mucho». Al

día siguiente diéronla por muerta, y el mensajero enviado por los

Gonzagas, Carlos Ghisio, que acababa de llegar, avisó la hora a que

había expirado la Duquesa. Había tenido un paroxismo, y creyéndola

muerta, los secretarios ducales extendieron los partes de defunción,

con expresión del día y hora del fallecimiento, y los cerraron para

enviarlos a las demás Cortes. Había perdido la palabra y la vista;

pero se presentó luego una pequeña mejoría, y gracias a un caldo y

otras cosas sustanciosas que le dieron descansó y los médicos dijeron

que si no se repetía el paroxismo había esperanzas de salvarla. El 23

escribía Prosperi a la Marquesa de Mantua: «Con la gracia de Dios, la

señora Duquesa ha estado algo mejor: ayer noche mejoró un poquito,

y esta mañana se ha ganado algo, de suerte que ya no hay el temor

de antes.» Pero el día 24, que era viernes, se agravó de tal modo

Lucrecia, que no hubo lugar a dudas sobre el funesto desenlace que de

hora en hora se aguardaba, creyendo los médicos que aún podría durar

hasta la noche, y en efecto, pasó el día en los afanes de la muerte,

perdido ya el conocimiento y la palabra, y a la una de la madrugada,

en presencia de su marido y de sus hijos, entregó su alma al Señor,

que la acogió en el seno de su divina misericordia.

Publicó Gregorovius la última carta que escribió Lucrecia desde su

lecho de muerte al Papa León X el 22 de Junio, la cual dice así:

«Santísimo Padre y Beatísimo Señor mío: Con toda la posible

reverencia de ánimo beso los pies de Vuestra Beatitud, y humildemente

me recomiendo a su santa gracia. Después de haber sufrido mucho

durante más de dos meses a consecuencia de un penoso embarazo, quiso

Dios que diera a luz una niña al amanecer del día 14 de este mes, y

esperaba que con el parto se aliviase mi mal. Pero ha sucedido lo

contrario, y me veo obligada a rendirme a la naturaleza. Y es tan

grande el don que nuestro clementísimo Creador me ha hecho, que tengo

conciencia del fin de mi vida y siento que dentro de pocas horas,

después de recibir todos los Santos Sacramentos de la Iglesia, saldré

de este mundo. En este momento, como cristiana, aunque pecadora, me

he acordado de suplicar a Vuestra Beatitud que por su benignidad se

digne darme del tesoro espiritual algún sufragio, dispensando a mi

alma su santa bendición, como se lo pido devotamente. Y a su santa

gracia recomiendo a mi marido y a mis hijos, todos servidores de

Vuestra Beatitud. En Ferrara, el 22 Junio 1519, en la hora 14.—De

Vuestra Santidad humildísima sierva, _Lucrecia de Este_.»

Y Gregorovius se pregunta: «¿Es posible que escribiera esta carta en

su lecho de muerte, con ánimo tan sereno y tan digno, una mujer sobre

cuya conciencia pesaran las enormidades de que se acusó a la hija de

Alejandro VI?» La respuesta es fácil. La carta es un mero documento

cancilleresco, que no pudo escribir ni dictar Lucrecia, que el 22

de Junio estaba en la agonía, perdido a ratos el conocimiento y la

palabra y sin darse cuenta de cuanto la rodeaba.

No testó Lucrecia en su última enfermedad, pero tenía escrito de su

mano un testamento y había rogado al Duque que lo tuviera por válido.

No lo cumplió, sin embargo, el Duque, por haber sido beneficiados con

demasiada largueza institutos religiosos y ciudadanos privados.

En la carta que escribió Alfonso a su sobrino Federico de Mantua

participándole el fallecimiento de Lucrecia a la hora de ocurrido,

decíale: «No puedo escribir esto sin lágrimas; tanto me pesa verme

privado de una tan dulce y cara compañera, porque lo era para mí

por sus buenas costumbres y por el tierno amor que entre nosotros

existía.»

El 22 de Junio, cuando se creyó que había fallecido la Duquesa,

corrió la voz de que se le estaba preparando la tumba en la iglesia

de Santa María de los Angeles, donde estaban enterrados los Estenses,

Nicolás III y sus hijos Lionelo, Hércules I y Segismundo; pero en

la noche del sábado 25 tuvo lugar la traslación del cadáver a la

iglesia interior del _Corpus Domini_, habiendo sido enterrado en la

misma sepultura en que yacía el de su suegra D.ª Leonor de Aragón,

gran protectora, como Lucrecia, de aquellas monjas clarisas. En el

convento del _Corpus Domini_ había pasado Lucrecia algunas temporadas

para reponer su salud y aliviar sus penas, huyendo de la tristeza y

pesadumbre del castillo, y debió habitar, porque conserva el nombre

de Lucrecia Borgia, la casa de Juan Romei, frente a la del Cardenal

Hipólito, que Hércules I confiscó y dió a las Clarisas, que la

incorporaron luego a su convento.

El entierro de Lucrecia fué una imponente y sentida manifestación de

duelo. Acompañáronla hasta su última morada su marido y sus hijos,

la nobleza, el clero y el pueblo todo de Ferrara, para el que fué

una verdadera pérdida la de la bienhechora Duquesa. Su sepultura

está en el centro de la iglesia, al pie del altar, y en ella están

enterrados, además de su suegra, su marido Alfonso I y sus hijos

Alejandro e Isabel, según reza la siguiente inscripción:

[Ilustración]

D. O. M.

ALPHONSO DUCI FERRARIE, MUTINE REGII

MARCHIONIS ESTENSI

COMITI RODIGII

PRINC. CARPI

DOMINO COMACHI PROVINCIARUM FRIGNANI

ET CARFAGNANE IN ROMANDIOLA. ELEONORA

ARAGONE MATRI.

LUCRETIE BORGIE UXORI

ALEXANDRO & ISABELLE FILIIS.

También están enterrados en el _Corpus Domini_ los hijos de Lucrecia,

Hércules II y Leonor, que profesó en aquel convento, y sus nietos

Alfonso II con su primera mujer, Lucrecia de Médicis, y Lucrecia,

hija primogénita y natural de Hércules II, que fué, como su tía

Leonor, clarisa, y murió en olor de santidad.

Extraño es que Gregorovius, después de insertar la carta en que

el Marqués Juan de Gonzaga daba cuenta a su sobrino Federico del

entierro de Lucrecia en el convento del _Corpus Domini_, en la misma

sepultura en que yacía la madre del Duque, añada, a renglón seguido,

que no se encuentran en Ferrara las tumbas de Lucrecia Borja y de

los Este. ¿Cómo no las vió cuando visitó la ciudad con un guía tan

excelente y erudito como Citadella? ¿Cómo no leyó el _Compendio

histórico de las iglesias de Ferrara_, que el beneficiado de aquella

catedral, D. Marco Antonio Guarini, escribió y publicó en 1621?[118].

De haberlo leído se hubiera enterado de que, además de los Estenses

enterrados en Santa María de los Angeles y en el _Corpus Domini_,

yace en la iglesia de Jesús, en un mausoleo que erigió Alfonso II, su

segunda mujer, D.ª Bárbara de Austria, hija del Emperador Fernando

I; en San Bernardino, Segismundo, hermano de Alfonso I; en San

Benito, Alfonso, Marqués de Montecchio, hijo de Alfonso I y de Laura

Dianti, con su segunda mujer, Violante Segni; en San Pedro Pablo,

César Estense Trotti, hijo natural de Hércules II; en San Cristóbal,

el Duque Borso y su hermano Alberto; en San Agustín, Laura Eustochia

Dianti, tercera mujer de Alfonso I, con su nieto Alfonsino y su nuera

Julia de la Rovère, hija del Duque de Urbino y primera mujer del

Marqués de Montecchio, que en ella tuvo a César, Duque de Módena,

al Cardenal Alejandro, a Leonor y a Alfonsino, y en Santa María del

Consuelo, Marfisa de Este, hija natural de D. Francisco, Marqués de

Massalombarda y nieta de Lucrecia Borja, último vástago de la Casa

de Este que quedó en Ferrara cuando, a la muerte de Alfonso II, fué

incorporada la ciudad a los Estados de la Iglesia.

[118] _Compendio Historico dell’origine, acrescimento e

Prerogative della Chiese e Luoghi Pij della Città e Diocesi di

Ferrara_, per D. Marc Antonio Guarini, Ferrarese, Beneficiato

della Catedrale. Ferrara, 1621.

Otro historiador de los Borjas, de fácil lectura, pero no siempre

fidedigno, el francés Carlos Yriarte, fué a buscar los restos de

Lucrecia en el templo de San Francisco, donde, según las crónicas

más respetables, debían descansar en el oscuro subterráneo, negro

panteón de los primeros Príncipes de la Casa de Este; pero no pudo

encontrar ni siquiera una lápida sepulcral: todo había sufrido tal

cambio y tal trastorno, que no se veía una escultura, ni un nombre,

ni un escudo de armas, ni una fecha, ni un vestigio o símbolo que se

pudiera descifrar o interpretar. ¿Cuál sería el oscuro subterráneo

del templo de San Francisco que tomó Yriarte por negro panteón de los

Este, donde yacían, _según las crónicas más respetables_, los restos

de Lucrecia, y donde no halló trazas ni vestigios de que hubiera sido

allí enterrado ningún cristiano?

Quince años sobrevivió a Lucrecia Borja el Duque Alfonso I, y si no

quiso hacer la locura, según él decía, de contraer terceras nupcias,

por lo que renunció a la mano que le ofrecieron varias Princesas,

encontró consuelo a su larga viudez en una bellísima ferraresa,

mujer del pueblo, que le hizo padre de dos hijos varones, Alfonso

y Alfonsino, los cuales pretendieron haber sido legitimados por

subsiguiente matrimonio contraído _in articulo mortis_ en presencia

de pocos testigos. La Santa Sede declaró inexistente el matrimonio,

y los primeros que consideraron ilegítimo al D. Alfonso fueron los

Estenses sus hermanos. Hércules II le excluyó como espúreo de la

investidura de Ferrara que le concedió Pablo III en 1539, y en el

árbol genealógico de la familia, publicado en 1555, figuraba con la

cruz roja, señal de bastardía. Sus otros dos hermanos, el Cardenal

Hipólito y el Marqués de Massalombarda, D. Francisco, cuando de él

hablaban llamábanlo públicamente _nuestro ilustrísimo bastardo_. Con

la Bula _Prohibitio alienandi_, que prohibía a los hijos ilegítimos

la investidura de los feudos eclesiásticos, dió Pío V un golpe mortal

a la Casa de Este, porque no reconociendo como legítimo al Marqués

de Montecchio, D. Alfonso, no podrían heredar sus hijos y Ferrara

vendría a poder de la Iglesia a la muerte de Alfonso II, que se sabía

en Roma no tendría herederos directos.

Falleció Alfonso I, a los cincuenta y ocho años de edad, el 31 de

Octubre de 1534 y le sucedió su hijo Hércules II, a cuya educación

había dedicado especialísimos cuidados su madre. No conoció ésta a

su nuera ni sospechó que pudiera serlo Renata de Francia, la hija de

Luis XII y hermana de Claudia, la mujer de Francisco I, a quien sus

cuñados estenses calificaban de _monstruo_, tanto por su fealdad como

por sus aficiones heréticas, habiendo acogido en Ferrara a Calvino

y a Clemente Marot y amparado a cuantos eran, por protestantes,

perseguidos. Los franceses que con Renata vinieron a Ferrara no se

resignaban a vivir en aquella ciudad malsana para los forasteros,

excesivamente fría en invierno y de calor sofocante en el verano, que

Clemente Marot llamaba _un pantano lleno de mosquitos_.

Renata, que era al llegar de Francia muy católica y aun

supersticiosa, abandonó, influída por Calvino, las antiguas

creencias y prácticas religiosas, y durante doce años dejó de oír

misa y de confesar y comulgar, lo cual, en una Corte feudataria del

Papa y en una familia representada siempre por uno de sus Príncipes

en el Colegio Cardenalicio, había de ser motivo de asombro y de

escándalo. Llegó éste a un punto que creyó Hércules que debía

intervenir la Iglesia, y se instruyó contra Renata un proceso que dió

por resultado la aparente conversión de la Duquesa, la cual siguió,

sin embargo, su correspondencia con Calvino, y cuando regresó a

Francia, a la muerte del Duque, su marido[119], abrazó sin recato la

causa de la Reforma, y hubiera perecido en París, como hugonote, la

noche de San Bartolomé, a no haber sido por su cercano parentesco con

el Rey. Retiróse a su castillo de Montargis, donde murió, quince años

después, en el más triste abandono. Estando una vez en Lyon Alfonso

II, estalló allí la peste y su madre le convidó a su castillo, que se

había conservado libre del contagio; pero él le contestó que prefería

morir entre apestados que vivir entre herejes.

[119] Renata partió de Ferrara el 2 de Septiembre de 1560, no

expulsada por su hijo Alfonso II, sino voluntariamente, por no

poder soportar que la llamaran _la Duquesa vieja_.

Fué el matrimonio poco afortunado aun políticamente, porque sometido

Hércules a la influencia francesa, vióse obligado a tomar parte en

la guerra que Pablo IV (Caraffa), aliado de Enrique II de Francia,

promovió a los españoles, y a la que éstos pusieron victorioso

término con la batalla de San Quintín, ganada por Manuel Filiberto

de Saboya. Obligado el Papa a hacer las paces con Felipe II, a quien

tanto odiaba, ajustáronlas en Cavi el Duque de Alba y el Cardenal

Caraffa, quedando Hércules excluído del tratado, y como contaran

con el apoyo de España el Duque de Toscana, Cosme de Médicis, y el

de Parma, Octavio Farnesio, vióse el de Ferrara _entre dos perros

mordientes_ y aceptó la mediación que le ofreció Cosme I para la

paz, que se hizo sobre la base del matrimonio de Alfonso, hijo y

heredero de Hércules, con Lucrecia, la hija de Cosme y de Leonor

de Toledo[120]. Suscitó este matrimonio gran oposición por parte

de Francia, que ofreció a Alfonso la mano de la hermana del Rey,

Margarita de Valois, con dote mayor que la de Renata; mas se frustró

la negociación matrimonial y Margarita casó con el vencedor de

San Quintín, Manuel Filiberto de Saboya. En Septiembre de 1541 se

presentaron a Carlos V, en Luca, Hércules y Cosme, cabalgando el

Duque de Ferrara a la derecha del Emperador y el de Toscana a la

izquierda, y esto fué causa de una cuestión de precedencia, que duró

treinta años, y se resolvió en favor de Cosme cuando obtuvo del Papa

y del Emperador el título de Gran Duque de Toscana, que le dió la

primacía sobre todos los demás Duques reinantes italianos.

[120] Era D.ª Leonor hija del Virrey de Nápoles D. Pedro, Marqués

de Villafranca.

Cuando reinaba en Ferrara el hijo de Lucrecia Borja, Hércules II,

cuya esposa Renata de Francia albergaba a Calvino y sus secuaces

y favorecía secretamente la Reforma, que había de profesar luego

públicamente en Francia, llegó a Ferrara y se alojó en el palacio

ducal un Borja procedente de España, que había sido magnate prócer

con fama de valido en la Corte de Carlos V, y se encaminaba a Roma,

no para vestir la púrpura cardenalicia, que quería otorgarle Pablo

III, sino para servir como humildísimo y valeroso soldado en la

Compañía de Jesús, que a la sazón reclutaba y capitaneaba San Ignacio

de Loyola, y que había de dirigir más tarde como tercer Prepósito

general el cuarto Duque de Gandía, San Francisco de Borja. Tenía _el

Padre Francisco_, como se le llamaba entonces, cercano parentesco con

el Duque de Ferrara. Su abuelo Don Juan, asesinado en Roma, era hijo

de Alejandro VI y hermano de Lucrecia, y su padre, primo hermano de

Hércules II, casó en primeras nupcias con D.ª Juana de Aragón[121],

hija natural del Arzobispo de Zaragoza, D. Alonso, que lo era, a su

vez, del Rey Católico D. Fernando; de suerte que descendía el Santo

de un Papa y de un Rey, siquiera tuviese esta descendencia más de

natural que de legítima. Habíase educado en la Corte de Carlos V, y

llegó a adquirir tal valimiento con el César, que le hizo Marqués

de Lombay, título que desde entonces llevó el primogénito del Duque

de Gandía, y le casó con D.ª Leonor de Castro y de Meneses, noble

dama portuguesa y amiga de la infancia de la Emperatriz D.ª Isabel.

Murió la augusta señora en Toledo, y hubieron los Marqueses de Lombay

de acompañar el cadáver, por orden del Emperador, hasta Granada,

donde debía ser enterrado en la Capilla Real. Al destapar el ataúd,

la horrible podredumbre del antes hermosísimo rostro produjo tal

impresión en el Marqués, que exclamó: _Nunca más, nunca más servir

a señor que se me pueda morir_; y resolvió no servir sino a Dios,

renunciando a las mundanas grandezas y entrando en religión si

perdiese a su esposa[122]. No pudo, sin embargo, realizar desde

luego sus propósitos, porque el Emperador le confió el gobierno

de Cataluña, que desempeñó con el mayor celo y acierto durante

cinco años; pero ya por este tiempo, según nos dice el Cardenal

Cienfuegos[123], el Virrey, con gusto de la Marquesa D.ª Leonor,

mudó en comercios de ángel el amor y trato conyugal[124]. Y estando

una vez en oración ante un crucifijo de bronce, hablóle éste con

voz sensible, diciéndole: «Si tú quieres que deje a la Duquesa más

tiempo en esta vida, yo lo dejo en tu mano; pero te aviso que a ti no

te conviene.» Respondióle que no dejase cosa alguna a su arbitrio,

ofreciéndole la vida de la Duquesa, la de sus hijos y la suya para

que dispusiese de todo según fuese de su mayor agrado. La resignación

del Duque tuvo por inmediato efecto los mortales accidentes que

sobrevinieron a la Duquesa, y para los que no encontraban explicación

ni remedio los médicos. Murió, pues, santamente, y pudo el viudo,

dejando establecidos a sus hijos[125] y arreglados todos sus asuntos

en Gandía, entrar en la Compañía de Jesús y luego en el cielo, como

uno de los más grandes entre los Santos españoles, que allí abundan,

y con fama muy otra de la que alcanzaron los Borjas en Italia.

[121] En ella tuvo el tercer Duque de Gandía siete hijos, y

además, durante este matrimonio, _un hijo bastardo natural_,

según dice en su testamento, aunque era en rigor adulterino,

habido en una noble señora, D.ª Catalina Díaz. Contrajo luego

segundas nupcias con D.ª Francisca de Castro y Pinos, que le hizo

padre de otros diez hijos.

[122] No tiene fundamento alguno la pasión amorosa del Marqués

de Lombay por la Emperatriz Isabel. _La conversión de San

Francisco de Borja_ es una leyenda que aparece por vez primera

en un artículo del Marqués de Molins, publicado en el _Semanario

pintoresco_ el 10 de Julio de 1836. En él se inspiró el Duque

de Rivas para escribir su romance _El solemne desengaño_, y a

este asunto dedicó una novelita Alarcón, y Campoamor uno de

sus _Pequeños Poemas_, titulado _Los amores en la luna_. El

año de 1896 se estrenó en Madrid una zarzuela, _El Duque de

Gandía_, escrita por D. Joaquín Dicenta, y puesta en música por

los maestros Llanos y Chapí, la cual tuvo poco éxito y está ya

olvidada.

[123] La heroyca vida, virtudes y milagros del grande San

Francisco de Borja, antes Duque cuarto de Gandía, y después

tercero General de la Compañía de Jesús. Escrivióla el

Eminentísimo y Reverendísimo Padre Don Álvaro Cien-Fuegos,

Cardenal de la Santa Iglesia de Roma, Arzobispo de Monreal, &c.

3.ª impresión con la dedicatoria al Almirante. Año 1726. Madrid.

[124] Tuvo San Francisco en doña Leonor de Castro, ocho hijos,

cinco varones y tres hembras.

[125] El primogénito D. Carlos, quinto Duque de Gandía, casó con

Magdalena de Centelles, Condesa de Oliva. D. Juan, que casó dos

veces, fué Legado en Portugal y en Alemania, y Mayordomo mayor de

la Emperatriz María, mujer de Maximiliano II y de la Reina D.ª

Margarita, esposa de Felipe III. D. Álvaro casó con su sobrina,

la cuarta Marquesa de Alcañices, hija de su hermana Doña Juana.

La mayor, D.ª Isabel, fué mujer del Conde de Lerma y Marqués

de Denia, D. Francisco de Rojas. La tercera, Dorotea, murió a

los catorce años en el Convento de Santa Clara, antes de que

profesara. D. Fernando falleció a los veinticinco, y D. Alonso,

marido de D.ª Leonor de Noronha, administró los bienes del Duque

de Gandía, su hermano, y pasó a Praga para representar al Rey D.

Felipe II y cuidar de los intereses de su hermana la Emperatriz

viuda D.ª María.

El 3 de Octubre de 1559 murió Hércules II, y empezó a reinar su

hijo Alfonso II, último de los Duques de Ferrara, cuyo primer

acto fué poner en libertad a su tío abuelo el octogenario Julio,

que había estado cincuenta y tres años y ocho meses preso en un

calabozo del castillo, siendo el asombro de Ferrara cuando apareció

en la calle vistiendo el mismo traje que llevaba el día en que su

hermano, Alfonso I, conmutó en cárcel perpetua la pena de muerte

a que le había condenado. En el transcurso de más de medio siglo

había cambiado la moda, y el apuesto Julio de los bellos ojos, en

mal hora alabados por Angela Borja, no había podido enterarse de sus

variaciones y salió trajeado con galas de mozo, que aun en su tiempo

hubieran parecido impropias de sus años.

Tuvo Hércules en Renata sólo dos hijos varones: el heredero Alfonso

y el Cardenal Luis; y tres hembras: Ana, Lucrecia y Leonor. Era

tradición en la familia de Este que el segundogénito fuera Cardenal.

Habíanlo sido los dos Hipólitos, el hermano y el hijo de Alfonso

I, y era preciso que Luis abrazase la carrera eclesiástica, aunque

no tuviese a ella la menor afición. A los quince años fué Obispo

de Ferrara y a los veintitrés Cardenal; mas se indispuso luego con

el Papa por su carácter violento y altanero y por su vida mundana

y escandalosa, de la que hacía público alarde para mostrar la

repugnancia que la impuesta carrera le inspiraba. Cuando Alfonso,

viéndose sin herederos y sin esperanza de tenerlos, propuso a

su hermano el Cardenal que renunciara la púrpura y contrajese

matrimonio, era ya tarde. Veinte años antes hubiera podido enlazarse

con Juana de Borbón, viuda del Duque de Enghien; pero a ello se

opusieron entonces su hermano el Duque y su tío el Cardenal Hipólito.

Ahora estaba ordenado _in sacris_, y aunque tenía poco más de

cuarenta años era un hombre acabado por la vida licenciosa que había

llevado y por las enfermedades que había contraído.

De las hijas de Hércules y de la hugonote Renata, la mayor, Ana,

fué mujer del Duque Francisco de Guisa y luego del Duque de

Nemours, capitanes ambos de la Liga católica, y la menor, Leonor,

siempre enfermiza y recluída, murió soltera de una enfermedad del

corazón[126], y la leyenda forjó sus amores con Torcuato Tasso y

atribuyó a esta pasión la locura del poeta y su larga detención en el

Hospital de Santa Ana. Lucrecia era el ídolo de la Corte de Ferrara:

rubia, alta, de majestuosa presencia, llena de gracia y de ingenio.

Había tenido muchos pretendientes, entre ellos el de Guisa, marido de

su hermana mayor, y la casaron, cuando tenía ya treinta y cinco años,

con Francisco María de la Rovère, Príncipe heredero de Urbino, hijo

del Duque Guidobaldo II, que había cumplido apenas veinte, y estaba

además enamorado de una bella española de la Corte de Felipe II, con

quien se hubiera desposado si no lo hubiese llamado su padre a Urbino

para casarlo a toda prisa con Lucrecia. Cobró Francisco profunda

aversión a su madura esposa, y apenas la vió en Ferrara, adonde vino

diez días después de celebrada por poder la boda, volvióse a Urbino

y dejó a Lucrecia aguardándole más de un año, al cabo del cual se

decidió ella a ir a Urbino a reunirse con su marido. Tratóla éste con

el más profundo e insoportable desprecio, y cuando tras cinco años de

infructuosos ensayos conyugales, que sólo le valieron una contagiosa

enfermedad, perdió la esperanza de dar al de Urbino el deseado

heredero, se separó legalmente del Duque y regresó definitivamente a

Ferrara, adonde, durante su temporada marital, venía con frecuencia,

para consolarse de los desaires del marido con las caricias de un

apuesto capitán de la guardia ducal, Ercolini Contrari, último

vástago de una gran casa ferraresa, la más ilustre después de la

reinante de los Este. Por su hermano, el Marqués de Montecchio, tuvo

noticia de la amorosa intriga el Duque, y como le pareció intolerable

que un gentilhombre de su Corte, por él favorecido con el Marquesado

de Vignola, comprometiera públicamente a una Princesa de la sangre,

mandóle llamar a palacio y allí lo estranguló el verdugo con un

cordón de seda, atribuyéndose su muerte a un ataque apoplético.

Traslucióse, sin embargo, la verdad, cobró Lucrecia odio mortal a

Montecchio y buscó consuelo a su amorosa viudez en _una estrecha

relación, menos que honesta_, con el Conde Luis Montecucoli de

Módena. Con la llegada de Margarita Gonzaga, la tercera mujer de

Alfonso II, acabó el reinado de Lucrecia en la Corte de Ferrara.

Abstúvose de fiestas y máscaras, y empezó su vida devota con la

lectura de libros piadosos, sermones de frailes y visitas a monjas.

Extendió a toda su familia el odio que sentía contra Montecchio y

sus hijos, y tomó bajo su protección a César Trotti, el bastardo de

Hércules II, a quien quiso casar con Marfisa de Este.

[126] Murió el 19 de Febrero de 1581, a los cuarenta y tres años.

No había esperanzas de que tuviera Alfonso II herederos legítimos, y

la Bula de Pío V excluía terminantemente de la investidura de Ferrara

a los bastardos. Era el Duque sano, vigoroso, gallardo, exuberante

de vida; pero en el matrimonio, como fuera de él, había demostrado

su incapacidad prolífica, la cual se atribuía, según unos, a una

caída de caballo que sufrió en Francia, y según otros, a una cura

heroica a que le sometió, siendo aún niño, la Facultad de Ferrara.

Aventuras con fáciles y plebeyas beldades no le faltaron, y a estas

accidentales favoritas dábales una dote de cuatro mil escudos y les

buscaba marido, que siempre se encontraba. Una de ellas, hija de un

zapatero, casó con un hombre viejo, feo y contrahecho, de quien quedó

en seguida encinta, y tanto la satisfizo el haber dado con la horma

de su zapato, que no se recató en vocear la notoria inferioridad

viril del Duque, cuya reputación quedó muy malparada.

La primera mujer de Alfonso, Lucrecia de Médicis, murió

prematuramente de una mal cuidada infección pulmonar, el 21 de

Abril de 1561, y el Duque contrajo un segundo matrimonio con la

Archiduquesa Bárbara, una de las once hijas que el Emperador

Fernando I tuvo en Ana Jagelona, la hija de Ladislao VII de

Polonia. La mayor, Isabel, casó con Segismundo II de Polonia, y

entre las brutalidades del marido y las perfidias de la suegra,

la milanesa Bona Sforza[127], murió a los diecinueve años de edad

y dos de casada. Catalina estuvo a los siete prometida a Francisco

III Gonzaga, que tenía su misma edad, y a la muerte de éste pasó

a ocupar el tálamo que dejó vacante su hermana Isabel. Magdalena

debió casarse con Manuel Filiberto de Saboya, pero el Emperador le

eximió del compromiso contraído, cuando por razones políticas se

enlazó con Margarita de Valois, y la abandonada novia acabó sus

días en el claustro. Leonor casó con Guillermo Gonzaga, el jorobado

Marqués de Mantua. Juana, a quien pretendía Alfonso, fué mujer de su

cuñado Francisco de Médicis, que enamorado de la veneciana Blanca

Cappello, que había huído a Florencia con su raptor, casó con ella

tan luego como murió Juana. El Duque de Ferrara se contentó, pues,

con Bárbara, que tenía veinticinco años y era pequeña, pálida, con la

cara larga y el labio característico de los Austrias. Había heredado

la liberalidad y la afabilidad del Emperador Fernando y la dulzura

y bondad de su madre. En su Relación al Senado, decía el Embajador

veneciano Contarini que de las cuatro Duquesas que habían tenido los

ferrareses, la española (Lucrecia Borja), la francesa (Renata de

Francia), la italiana (Lucrecia de Médicis) y la alemana (Bárbara de

Austria), era esta última con la que habían estado más contentos.

Después de cuatro meses de enfermedad, y contando treinta y tres años

escasos, expiró santamente, el 19 de Septiembre de 1572, en brazos de

su hermana Leonor de Mantua. Lloróla el pueblo como a ninguna otra

Duquesa, y es la única que no yace en el suelo, sino en un mausoleo

de mármol que en la Iglesia de Jesús le erigió Alfonso II.

[127] Esta Bona era hija de Gian Galeazzo Sforza y de Isabel

de Aragón, Duquesa de Milán y luego de Bari, y es, según lo

muestra Croce, la Belisena de la _Question de Amor_. En punto a

amores túvolos de soltera, y no platónicos, con el joven Héctor

Pignatelli, por lo que el Rey Segismundo I, su marido, expresó su

descontento en el siguiente dístico:

_Regina Bona attulit nobis tria dona:

Faciem pictam, dotem fictam et vulvam non strictam._

No habiendo éste podido obtener del Papa Gregorio XIII (Boncompagni)

la facultad de designar por extensión su heredero a falta de

legítimos, pensó contraer terceras nupcias, y se habló de la joven

y bella Marfisa de Este, hija natural del Marqués de Massalombarda,

que acababa de heredar del padre la conspicua suma de doscientos mil

escudos de oro. Pero Marfisa casó con su primo Alfonsino, primogénito

del Marqués de Montecchio, boda impuesta por el Duque, a la que

como vasallo y pariente y muy a disgusto se sometió el Marqués,

previendo que había de costarle la vida a su hijo, que contaba apenas

diecisiete años y era de constitución harto débil, mientras Marfisa

tenía ya veintidós y era una gallarda moza, vigorosa como una amazona

y de ardoroso temperamento. Realizáronse los temores de Montecchio,

pues en cinco meses acabó Marfisa con el tierno y enclenque marido.

Aspiró luego a su mano el Marqués de Mantua para uno de sus hijos;

pero llegó tarde, porque la bella viuda estaba ya comprometida y casó

en palacio con Alderano Cybo, Marqués de Carrara.

La tercera mujer de Alfonso II fué su sobrina Margarita Gonzaga, hija

del Duque Guillermo y de Leonor de Austria, la hermana de Bárbara.

Tenía catorce años escasos y el Duque cuarenta y cinco ya cumplidos,

y el Marqués de Montecchio, que por poder había representado a

Alfonso en el matrimonio celebrado en Mantua el 24 de Febrero de

1579, decía: «Si con ésta no tiene mi Duque sucesión, puede estar

tranquilo de que no ha de tenerla con ninguna.» Y, en efecto, no la

tuvo. Pasó el tiempo, y Margarita, que se divertía mucho en Ferrara

con las fiestas, sus damas, sus perros y una enana, no se preocupaba

de dar al Duque, sea como fuere, el deseado heredero.

Convencido, pues, Alfonso de que no lo tendría legítimo y directo,

quiso obtener del Papa la investidura de Ferrara, por extensión,

para su primo César, el hijo del Marqués de Montecchio; y habiendo

sido elegido Papa el Cardenal Sfondrati, Gregorio XIV, milanés,

amigo de la Casa de Este, trasladóse Alfonso a Roma y ofreció a Su

Santidad ir a combatir contra el turco con seis mil hombres, doblar

el canon anual de Ferrara a la Iglesia y donar a la Cámara Apostólica

un millón en oro. La tentadora oferta hizo que el Papa presentara

al Sacro Colegio un decreto conforme a los deseos del Duque, pero

a él se opusieron los Cardenales, por considerarlo contrario a la

Bula de Pío V, que habían jurado defender, en vista de lo cual

retiró el Papa el decreto y falleció pocos meses después. Resultaron

también infructuosas las gestiones de Alfonso cerca de Clemente

VIII (Hipólito Aldobrandini), hijo de un Aldobrandini expulsado de

Florencia y protegido de los Este.

Más afortunado fué con la sucesión de los feudos imperiales de

Módena, Reggio y Carpi, cuya investidura dió Rodolfo II a César el

8 de Agosto de 1594, mediante el pago de 400.000 escudos. El 17 de

Julio del siguiente año otorgó Alfonso testamento, llamando a su

primo César a la sucesión de todos sus Estados, y el 27 de Octubre

de 1597 murió el nieto de Lucrecia Borja, último de los Este que

reinó en Ferrara, habiendo sido trasladado, el día 29, su cadáver al

_Corpus Domini_ y enterrado el 24 de Enero de 1598 con su primera

mujer, Lucrecia de Médicis. La viuda, Margarita Gonzaga, se retiró a

Mantua, donde murió el 6 de Enero de 1618, y yace en el suelo en el

coro del convento de Santa Ursula, que ella fundó.

Apenas expiró Alfonso surgió el conflicto entre el Papa Clemente

VIII y César, que era, como queda dicho, hijo de Alfonso, Marqués de

Montecchio, y de Julia de la Rovère, de los Duques de Urbino[128] y

nieto de Alfonso I y de Laura Eustochia Dianti, cuyo matrimonio _in

articulo mortis_ se negó a reconocer la Santa Sede. Creyó César que

podría contar con el apoyo de Alemania, España, Venecia, Toscana y

Mantua; pero la habilidad de la diplomacia pontificia y el anuncio

de que Enrique IV ponía a la disposición del Papa un ejército de

diez mil hombres para la conquista de Ferrara, cambió por completo

la situación. Rehusó el Papa la oferta del francés; pero no sólo

esgrimió contra César las armas espirituales, excomulgándolo, sino

que juntó con maravillosa rapidez en Faenza un ejército de treinta

mil hombres. Viéndose perdido César, ocurriósele solicitar la

intervención de su mortal enemiga Lucrecia, la cual estipuló con

el Legado del Papa, el 12 de Enero de 1598, un convenio que fué un

verdadero desastre para la Casa de Este, pues perdió a Ferrara,

Comacchio y la baja Romaña. El 28 salió César de Ferrara, y al día

siguiente hizo su entrada el Cardenal Pedro Aldobrandini, como

Legado _a latere_, siendo recibido por los ferrareses con el mismo

entusiasmo que los antiguos Duques de la Casa de Este. Presenció

esta triunfal entrada desde sus habitaciones de Palacio la Princesa

Lucrecia, que murió el 12 de Febrero, dejando todos sus bienes al

Cardenal Aldobrandini, por quien tuvo un senil antojo, que aprovechó

el Cardenal, enamorado de una de las doncellas de Lucrecia.

[128] El Marqués de Montecchio tuvo en Julia de la Rovère a

Alfonsino, marido de Marfisa de Este; a César, el Duque de

Módena, que casó con Virginia de Médicis, hija natural de Cosme,

Gran Duque de Toscana; al Cardenal Alejandro y a Leonor, mujer

de Carlos Gesualdo, Príncipe de Venosa, uno de los señores más

pudientes de Nápoles. Casó el Marqués en segundas nupcias con la

burguesa Violante Segni, y de este matrimonio nació Hipólita, que

casó con Federico Pico, Príncipe de la Mirandola.

¿Qué se hicieron los demás hijos de Lucrecia Borja? El Cardenal

Hipólito II, que heredó de su padre la afición a los jardines,

arte antes desconocido en Italia, que cultivó Alfonso I en las

_Delicias_ o villas que creó en Ferrara, construyó la suntuosa villa

de Este en Tívoli, una de las más famosas de Italia, y allí murió

tranquilamente, a los sesenta y tres años de edad, sin que haya

noticia de que tuviera sucesión, como su tío Hipólito I. Leonor murió

de Abadesa de las Clarisas del _Corpus Domini_. Y Francisco, que

sirvió como General a Carlos V en Flandes, no se casó, pero tuvo dos

hijas naturales: Marfisa y Bradamante, que casaron con dos nobles

ferrareses, el Marqués de Carrara y el Conde de Bevilacqua, después

de haber sido, la primera, mujer por pocos meses de Alfonsino, el

primogénito de Montecchio.

Con su incorporación a los Estados de la Iglesia empezó la decadencia

de Ferrara, ciudad que bajo el Gobierno de los Este había llegado

al más alto grado de prosperidad. Mas si es hoy, después de haber

ocupado importante lugar en la historia de la Edad Media y del

Renacimiento, una de tantas ciudades muertas italianas, vive aún

por el arte y para el arte, y si en sus antes bulliciosas y ahora

solitarias calles crece la yerba, proclaman sus bellísimos palacios,

al par que el pasado poderío, la grandeza del genio italiano. Algunos

de los palacios estenses están destinados a servicios públicos:

en el Castillo viejo está la Prefectura; en el Palacio ducal, el

Municipio; en el de la Razón, los Tribunales de justicia; en el de

los Diamantes, la Pinacoteca; en el del Paraíso, la Universidad. En

nuestros días se ha despertado, por fortuna, el amor al arte y a las

pasadas glorias, y procuran los ferrareses, enamorados de su ciudad

natal, salvar de la ruina a que por la incuria y el abandono estaban

condenadas, algunas joyas arquitectónicas, como la casa de Ludovico

_el Moro_, que éste hizo construir para refugiarse en Ferrara si de

Milán le echaban, como sucedió, y que no habiéndola podido disfrutar,

donó a Costabili; y la casa de Romei, que, incorporada al convento

del _Corpus Domini_, habitó Lucrecia Borja, una y otra hasta ahora

ocupadas por gente pobrísima, poco adecuada para cuidarlas y evitar

su deterioro.

Compréndese que fuera Ferrara, en los primeros años del siglo XVI,

una de las más hermosas ciudades de Italia, y que el ser allí Duquesa

pareciera a Lucrecia la realización de un sueño, después de sus

infortunios conyugales con el Señor de Pesaro y el Duque de Bisceglia

y de su vida en Roma, a merced del Papa y de su hermano el Valentino.

En aquel escenario y en aquel ambiente la figura de Lucrecia se

nos muestra de muy distinto modo que en Roma, sobre todo en sus

últimos años, casi siempre encinta, enlutada y triste por la pérdida

de las personas más allegadas y queridas y buscando en el cielo el

consuelo que no podía hallar para sus penas en la tierra. Cuán otra

de la Lucrecia que vió por vez primera el florentino Lorenzo Pucci,

en compañía de Julia Farnesio, secando al fuego de la chimenea la

copiosa y dorada cabellera; de la Lucrecia enjoyada y jocunda,

incansable y graciosa bailarina, que se sentaba descaradamente

con su cuñada Sancha entre los canónigos en el coro de San Pedro

y presenciaba sin rubor la danza de las castañas en el aposento

del Valentino, y en cuyo corazón apenas hacían mella desgracias y

crímenes tan grandes como el asesinato de su hermano el Duque de

Gandía y el de su marido Alfonso de Aragón, ejecutados por orden

de César. Mudáronla los años. Quebrantaron su salud y mermaron su

belleza las continuas gestaciones y los laboriosos partos, no pocos

infelices, que la pusieron en peligro de muerte. Perdió la afición a

los afeites, los trajes y las joyas, y entristeció su ánimo la larga

enfermedad y ausencia del predilecto amigo, su cuñado el Marqués

de Mantua. Si no se apartó del mundo para entregarse por completo

a la vida devota, a la que dedicaba buena parte de su tiempo, fué

porque no se lo consintieron sus deberes de madre y soberana, de

que se mostró siempre cumplidora celosísima. Y si pecó en Roma

en sus mocedades y acaso en Ferrara, quiso Dios, en su infinita

misericordia, otorgarle la merced del padecer y darle tiempo para que

en sazón se arrepintiera y pudiera morir cristianamente, como debía

morir una española hija de un Papa.

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Borja dice, en una nota, página 164, que los datos más

interesantes y completos que ha obtenido son los referentes

a la persona de Lucrecia y a la historia política e íntima

de la seductora Corte de Ferrara. «Entre los legajos de mi

colección hay tres rotulados: _Documentos inéditos recogidos

en diferentes ciudades y países de Italia sobre la persona, la

familia y el tiempo de Lucrecia Borja, hija del Papa Alejandro

y Duquesa de Ferrara_, que son el apresto para todo un libro.»

Desgraciadamente el prometido libro no se publicó.

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Lucrecia Borja: Estudio Histórico · 第 10 / 32 题