Viaje de Lucrecia de Roma a Ferrara.—La entrada y fiestas
de la boda.—Asisten a ellas Isabel de Este e Isabel
Gonzaga.—Rivalidad de la primera con Lucrecia.—Despedida de la
servidumbre española.—Queda en Ferrara Angela Borja y es causa
involuntaria de la tragedia de la Casa de Este.—Los alfileres de
Lucrecia.—Su primer desgraciado alumbramiento pone en peligro su
vida.—Visítala su hermano César.—Conquista éste la Romaña y se
apodera de Urbino y Camerino.—La rebelión de sus capitanes.—El
_bellísimo engaño_ de Sinigaglia.—Muerte de Alejandro VI.—Suerte
que corrieron el hijo de Lucrecia, Rodrigo de Aragón, y el
infante romano Juan de Borja.—La del Valentino en España.—Su
muerte en Viana.—Partos y duelos de Lucrecia.
En el viaje de Roma a Ferrara, que se hace hoy sin gran fatiga y en
pocas horas, tardó Lucrecia veintisiete días, siguiendo el itinerario
que el Papa había trazado y prescrito, y aunque las etapas fueron
muchas y breves las jornadas, no dejó de ser en extremo cansado para
ella y las damas que la acompañaban, poco aficionadas a cabalgar,
siquiera fuese en mula. El 13 de Enero llegaron a Foligno tan molidas
que resolvieron descansar allí todo el día, con lo que no era posible
estar antes del martes 18 en Urbino, donde pasarían el 19, y saldrían
el 20 para Pesaro, según escribían desde Foligno al Duque Hércules
sus Embajadores. Y añadían que, como la Duquesa querría ciertamente
tomarse algún otro día de descanso en el camino, para no llegar
estropeada y descompuesta, no estarían en Ferrara antes del último
día del mes o en los primeros del siguiente.
En todos los pueblos en que era Lucrecia conocida por su gobierno
de Spoleto, fué muy agasajada, y a Foligno salieron a recibirla
los Baglioni, que la convidaron a ir a Perugia, pero la Duquesa
había resuelto ir embarcada de Bolonia a Ferrara para evitar las
molestias de la vía terrestre. De Foligno se siguió el viaje por
Nocera y Gualdo a Gubbio, una de las más notables ciudades del
Ducado de Urbino, y desde allí regresó a Roma el Cardenal Borja. A
dos millas de la ciudad salió al encuentro de Lucrecia la Duquesa
Isabel, hermana del Marqués de Mantua, que la acompañó hasta Ferrara,
según lo había prometido, compartiendo con ella la litera que con
este objeto había mandado hacer Alejandro. En Urbino la recibió el
Duque Guidobaldo con su Corte, y Lucrecia se alojó con los Príncipes
de Este en el magnífico palacio de Federico, que los Duques, por
cortesía, les cedieron. Conocían a Lucrecia de Roma, donde el Duque
había servido como condotiero al Papa en la campaña contra los Orsini
a que puso fin la batalla de Soriano, y de Pesaro, durante el idilio
con Juan Sforza, y aunque no habían visto con gusto el matrimonio
con Alfonso de Este, agasajáronla, fiando a su amistad el porvenir
de Urbino, sin sospechar que a los pocos meses habían de verse
despojados por César de sus Estados y obligados a buscar refugio
primero en Mantua y luego en Venecia.
De Urbino pasaron a Pesaro, donde fué Lucrecia recibida con grandes
demostraciones de júbilo y respeto, como en todas las ciudades
conquistadas por César, que constituían el Ducado de Romaña. Alojóse
en el palacio y permitió a las damas de su séquito que bailasen
aquella noche con las de Pesaro, entre las que figuraba Juana López,
a quien ella casó con el médico Juan Francisco Ardizzi; pero no
asistió a la fiesta ni salió de su cuarto en todo el día, bien porque
lo dedicase a lavarse el pelo, bien porque no quisiera dejarse ver
de sus antiguos vasallos. Se detuvo luego en Rimini, Cesena, Forli,
Faenza e Imola, donde también dedicó otro día a lavarse la cabeza,
que ya empezaba a dolerle porque hacía ocho días que no había podido
hacerlo. El 28 de Enero tomó la cabalgata el camino de Bolonia. El
tirano Juan Bentivoglio, que debía al Rey de Francia el haber salvado
sus Estados de la rapacidad de César, y su mujer, Ginebra Sforza, tía
de Juan, el Señor de Pesaro, cuidaron de que no se traslucieran los
sentimientos que les inspiraban los odiados Borjas y no omitieron
esfuerzo ni gasto para festejar suntuosamente a Lucrecia en Bolonia.
El 31 de Enero embarcó en el canal que unía a Bolonia con el Po,
y aquella misma tarde llegó Lucrecia al castillo de Bentivoglio,
a veinte millas de Ferrara, apareciéndosele disfrazado Alfonso de
Este, su marido, con el que no había cruzado palabra alguna desde la
firma del contrato nupcial el 1.º de Septiembre. Conmovióse Lucrecia
al verle, mas pronto se repuso y lo acogió con devoción y gracia, a
que él correspondió con mucha galantería, según escribió Bernardino
Zambotto, volviéndose al cabo de dos horas a Ferrara. Debió el rudo
Alfonso sentir todo el encanto seductor de Lucrecia durante la
larga plática, de la que ella quedó muy satisfecha, y se apresuró a
hacérselo saber al Papa, a quien escribía diariamente, habiendo sido
aún mayor, si cabe, la satisfacción de Su Santidad, que abrigaba el
temor de que no fuera su hija bien acogida por su tercer marido y su
nueva familia ferraresa.
El 1.º de Febrero encontró en Malalbergo a Isabel de Este, llamada
por su padre el Duque para hacer con él los honores en Ferrara, y
aunque ella de mejor gana se hubiera quedado con el marido en Mantua,
saludó y abrazó con _furia gozosa_ a su cuñada, según escribía
al Marqués, y la acompañó a bordo hasta Torre della Fossa, donde
el canal desemboca en uno de los brazos del Po. Allí la esperaba
el Duque con D. Alfonso y la Corte. Saltó Lucrecia a tierra y la
besó su suegro, después de haberle ella besado la mano, y subieron
todos a un bucentauro o barca lujosamente aparejada, en la que
fueron presentados a la Duquesa los Embajadores y muchos caballeros
ferrareses, a quienes dió la mano, desembarcando en Borgo de San
Lucas. Alojóse en el palacio de Alberto de Este, hermano bastardo de
Hércules, donde la aguardaba la hija natural del Duque, Lucrecia,
mujer de Aníbal Bentivoglio. Habían acudido a Ferrara todos los
grandes vasallos del Estado, mas no compareció ningún Príncipe
reinante. Los Señores de Mantua y de Urbino estuvieron representados
por sus respectivas mujeres, Isabel de Este e Isabel Gonzaga. A los
Bentivoglio los representó Aníbal, el yerno del Duque. Roma, Venecia,
Florencia, Luca, Siena y el Rey de Francia, enviaron Embajadores.
César quedó en Roma, y su mujer, Carlota d’Albret, que debía venir a
pasar un mes en Ferrara, no se movió de Francia.
La entrada de Lucrecia en Ferrara tuvo lugar el 2 de Febrero y
debió ser, según la descripción que de ella hicieron los que la
presenciaron, un hermosísimo espectáculo. A las dos de la tarde
fué a buscarla el Duque con los Embajadores y la Corte al Palacio
Alberto, de donde partió la procesión. Abrían la marcha cuarenta y
cinco ballesteros a caballo, con el uniforme blanco y rojo de la
Casa de Este; seguíanles ochenta trompetas y muchos pífanos, y luego
los nobles de Ferrara y las Cortes de la Marquesa de Mantua y la
Duquesa de Urbino, y a caballo, rodeado de ocho pajes y vestido a
la francesa, de rojo terciopelo, D. Alfonso con su hermano Fernando
y su cuñado Aníbal Bentivoglio. Tras D. Alfonso venía la cabalgata
de Lucrecia, los caballeros españoles, los cinco Obispos, los
Embajadores, los cuatro Diputados de Roma, seis tambores y los dos
bufones favoritos. La esposa, radiante de belleza y de felicidad, en
un blanco corcel, con la dorada cabellera suelta sobre el manto de
brocado de oro forrado de armiño, y al cuello el magnífico collar de
perlas y rubíes de la Duquesa D.ª Leonor de Aragón, que le envidiaba
Isabel de Este, cabalgaba sola bajo palio, cuyas varas llevaban ocho
doctores de Ferrara. Fuera del palio, y a su izquierda, por expresa
invitación de Lucrecia, iba a caballo el Embajador de Francia, Felipe
Rocaberti, como protector de Ferrara y de los Borjas. Y detrás de
Lucrecia, asimismo a caballo y vestidos ambos de terciopelo negro,
iban el Duque de Ferrara y la Duquesa de Urbino, con un séquito de
parientes de la Casa de Este y las damas que acompañaban a Lucrecia,
de las que sólo tres Orsini iban a caballo: Jerónima Borja, otra
Orsini y Madonna Adriana, _viuda y noble dama pariente del Papa_.
Venían, por último, cuatro carrozas con una docena de doncellas
ferraresas destinadas a la Corte de la joven Duquesa, que fueron
escogidas entre las de mejor presencia; dos mulas y dos caballos
blancos de respeto, con lujosos arneses, y ochenta y seis mulas
cargadas de efectos pertenecientes a Lucrecia. Al llegar ésta a la
puerta de Castel Tedaldo, con el estruendo de las salvas y de los
fuegos artificiales, se espantó y empinó el caballo que montaba, y
antes de que pudieran sujetarla dió en tierra con la gentil amazona,
en cuya ayuda acudió inmediatamente el Duque, y sin más daño que el
susto montó en una de las blancas mulas y continuó la marcha de la
lucida cabalgata, que al anochecer llegó al Palacio Ducal, llamado
del Cortile, o sea del patio, al pie de cuya escalera de mármol se
apeó Lucrecia.
Aguardaban allí la Marquesa de Mantua con un escogido ramillete de
bastardas Estenses para saludar a la Borja; Lucrecia, la hija del
Duque, casada con Aníbal Bentivoglio, y las tres hijas naturales de
Segismundo de Este; Lucrecia, Condesa de Carrara; Diana, Condesa
Uguzoni, y Blanca Sanseverino. En Palacio tuvo que oír pacientemente
los encomiásticos epitalamios de los poetas cortesanos Ludovico
Ariosto, Celio Calcagnini y Nicolás María Panizzato, y sobre todo el
discurso latino de rigor, lleno de alusiones mitológicas y recuerdos
clásicos del grave y solemne Pellegrino Prisciano.
Al fin dejaron solos a los esposos y aun les perdonamos la _serenata_
y la _maitinata_ entonces en uso. Recordaba Alfonso de Este las de
su boda con Ana Sforza, que en estos términos describían Ermes María
Visconti y Juan Francisco de Sanseverino en carta al Duque de Milán,
de 14 de Febrero de 1491: «Puestos en la cama el esposo y la esposa,
los acompañamos todos, y del lado de D. Alfonso estaba el Marqués
de Mantua con otros muchos, buscándole las cosquillas, y él se
defendía con un cacho de bastón que tenía en la mano, y ella estaba
de muy buen humor; pero a ambos les parecía raro verse rodeados de
tanta gente extraña, que cada cual les decía alguna cosa de las
que suelen decirse en tales casos. Nos marchamos, y a la mañana
siguiente volvimos para ver cómo se habían portado y supimos que
ambos habían dormido muy bien, como nos lo figurábamos.» Preparábase
Isabel con sus hermanos y hermanas _di fare la maitinata a li sposi
secretamente peró et cum pochi_, según escribía al marido; mas
renunciaron a ello, y el 3 de Febrero le decía al Marqués: «esta
noche el señor D. Alfonso ha dormido con D.ª Lucrecia, su mujer, sin
ninguna ceremonia previa, y según he oído ha caminado tres millas,
aunque todavía no he hablado con ninguno de ellos. No les hemos hecho
la _maitinata_ como escribí estaba dispuesto, porque a decir verdad
son éstas _nozze fredde_»[97].
[97] Catalano en su _Lucrezia Borgia, Duchessa di Ferrara_, cita
este documento como autógrafo de la Marquesa de Mantua; pero
Luzio, en _Isabella d’Este e i Borgia_, lo atribuye al Canciller
de la Marquesa.
Bien fuera por la aversión que tenía a su cuñada, bien porque las
fiestas pecaran realmente de largas y pesadas, ello es que la
Marquesa de Mantua y los que la rodeaban y adulaban no se cansaban
de decir que eran unas bodas frías. Seis días, hasta que terminó el
Carnaval, duraron las fiestas con que el Duque celebró el segundo
matrimonio de su primogénito, y que consistieron principalmente en
banquetes, bailes y comedias, a las que era Hércules en extremo
aficionado, ufanándose de ser uno de los fundadores del teatro
italiano del Renacimiento. Hacía ya algunos años que había hecho
representar en Ferrara, traducidas al italiano por varios autores,
las comedias de Plauto y de Terencio. En 1486 se habían representado
_los Menechmes_, la comedia predilecta de Plauto, que fué puesta de
nuevo en escena en Febrero de 1491 para la boda de Alfonso de Este
con Ana Sforza. Tenían lugar estas funciones en el salón del Palacio
del Podestá, llamado hoy Palazzo della Ragione, que contenía más de
tres mil personas, distribuídas en trece filas de sillas, y del 3 al
8 de Febrero se representaron todas las noches, salvo en una que hubo
de reposo, cinco comedias de Plauto, acompañadas de _morescas_, que
eran primitivamente danzas pírricas, y fueron luego peleas de moros y
cristianos, de donde les vino el nombre de morescas, tomando en ellas
parte los principales personajes de la Corte, como César Borja en
Roma, y Alfonso y Julio de Este en Ferrara.
Entre la batalla del marido y el cansancio del viaje durmió mal
Lucrecia la noche de su entrada en Ferrara, según escribió al
Marqués Gonzaga la Marquesa Cotrone, por lo que no se levantó hasta
el mediodía, y después de una frugal colación se presentó vestida
ricamente, a la francesa, y acompañada de los Embajadores. Todo el
día se pasó bailando, y por la noche se representó el _Epidicus_, o
el Pendenciero, con cinco bellísimas morescas. Tampoco se levantó
más temprano Lucrecia al día siguiente, en que se bailó igualmente
hasta las seis, y se representó por la noche _Bacchides_, que duró
cinco horas y pareció a Isabel demasiado larga y fastidiosa. Por ser
viernes, la mayor parte de las damas asistieron a la comedia vestidas
de negro. El sábado 5 no se dejó ver Lucrecia en todo el día, que
dedicó a lavarse la cabeza y a escribir cartas, y los huéspedes se
contentaron con callejear por la ciudad, no habiéndose celebrado
fiesta alguna. Aquel día el Embajador francés repartió los regalos
que enviaba su Rey, siendo el de D. Alfonso una imagen de María
Magdalena, a quien, según hizo notar, se asemejaba en gracia y virtud
la esposa que había escogido. A la bellísima Angela Borja tocóle
un collar de oro de gran precio. Por la noche invitólo a cenar la
Marquesa de Mantua, que lo hizo sentar entre ella y la Duquesa de
Urbino, y por complacerle cantó, acompañándose con el laúd, varias
canciones y se lo llevó después a su Cámara, donde, en presencia de
dos de sus doncellas, tuvo con él un coloquio secreto, y quitándose,
por último, los guantes se los regaló _amorosamente y con amorosas
palabras_, y el Embajador los aceptó con afectuosa reverencia. El
domingo 6 oyó Lucrecia misa en la Catedral, donde un Camarero del
Papa entregó a D. Alfonso una espada y una gorra, benditas por Su
Santidad. Después del mediodía, los Príncipes y Princesas fueron a
buscar a Lucrecia para conducirla a la sala del festín, y ella bailó
con una de sus doncellas, unas bajas francesas, muy galanamente,
según escribía la Marquesa de Mantua, y por la noche fueron al
aburridísimo espectáculo de la comedia _Miles gloriosus_, el Soldado
fanfarrón, la cual, aunque ingeniosa, no gustó por larga y por el
estrépito de la gente. La _Asinaria_, o el Padre indulgente, que
se representó el lunes 7, fué verdaderamente bella y deleitable,
a juicio de la Marquesa, tanto por no haber sido demasiado larga,
cuanto por haber estado mejor recitada y con menor estrépito. Por
último, el martes se puso en escena la _Casina_, o la Ramera, que,
como lasciva y deshonesta, nada dejó que desear. En el tercer acto
hubo música de seis violas, una de las cuales tocó D. Alfonso.
Acabó el Carnaval y acabaron las fiestas de la boda y empezó el
desfile de los convidados. Volvieron a sus palacios de Mantua y
Urbino, tras una breve excursión a Venecia, las dos Isabeles, y la
de Este, al decir de los muchos que en su loor cultivaban la lisonja
cortesana, fué, de las tres Princesas que se juntaron en Ferrara,
la que hubiese obtenido la manzana que el pastor troyano adjudicó
en el monte Ida a la más hermosa de las diosas. Pero, a pesar del
incienso que en las aras de Isabel quemaron sus admiradores, y que
aun trasmina de los libros de su moderno y gran turiferario Alejandro
Luzio; a pesar de los elogios que la Marquesa de Cotrone y los demás
corresponsales del Marqués de Mantua la tributaron en sus cartas,
celebrando su gran belleza, su suprema distinción y elegancia, su
extraordinario entendimiento y exquisito tacto y la delicadeza y
dulzura de su canto, no debió quedar enteramente satisfecha la
Marquesa, que aspiraba, acaso con razón, a la primacía entre las
mujeres italianas de su tiempo, y padecía, como suele acontecer a
las personas que sienten tales ansias, por efecto de un exceso de
protagonismo. No la superaba Lucrecia en hermosura, pero era más
joven, competía con ella en la riqueza y gusto del vestir, adornábase
con más valiosas joyas, y, sobre todo, en el bailar era maestra, no
reconociendo rival en ninguna clase de danzas, porque con igual
gracia y soltura bailaba las francesas, las españolas y las romanas,
como no pudo menos de reconocerlo y declararlo en una de sus cartas
la propia Isabel. Sentía ésta por Lucrecia, aun antes de conocerla,
la aversión que inspira a la mujer honrada la que tiene fama de no
serlo, aversión, a veces, acrecida por la envidia, que recuerda
a las hijas de Eva la fruta prohibida, causa del pecado original
y de otros muchos que por culpa de aquél viene desde entonces la
Humanidad gozando y padeciendo. El difícil parentesco, la natural
rivalidad femenina y aun quizás el presentimiento de que los encantos
de Lucrecia le robarían algún día el afecto del marido, hicieron
que las relaciones entre las dos cuñadas fuesen tan frías como las
bodas, mientras duraron las fiestas. La Marquesa llegó a Mantua el
lunes 14 de Febrero, y cuatro días después escribió a Lucrecia una
carta en términos de extrema cortesía, a la que contestó de igual
manera Lucrecia el 22 de Febrero, empezando así una correspondencia
que duró diecisiete años, y que no prueba, sin embargo, como
pretende Gregorovius, que la Marquesa, en un principio hostil, se
convirtiera más tarde en sincera amiga de su cuñada. Las 339 cartas
de Lucrecia, que se conservan en el Archivo Gonzaga, son todas
pálidas e insignificantes: tratan de regalos, gracias, pésames,
recomendaciones, escritas siempre en el estilo cancilleresco de la
época, sin que haya una sola en que aparezca la supuesta amistad.
Llamó la atención, y es digna de notarse, la despedida de los
Embajadores de Venecia, Nicolás Dolfini y Andrés Foscolo, que
asistieron a las fiestas vestidos a costa de la Señoría con lujosos
mantos de terciopelo carmesí, forrados de armiño. Habíanlos estrenado
en Venecia, en la sala del Gran Consejo y en la Plaza de San Marcos,
para satisfacer la legítima curiosidad de sus conciudadanos, y tenían
encargo de ofrecérselos a Lucrecia, cuando terminaran su misión,
como regalo de la Serenísima República. Al despedirse de la Duquesa
pronunciaron largos y sendos discursos, uno en latín y otro en
italiano, y se retiraron luego a la antecámara para quitarse los
trajes de la boda, volviendo al salón para hacer de ellos entrega a
Lucrecia, según se les tenía ordenado.
Las que no se marchaban, a pesar de las ganas que tenía Hércules de
quitárselas de encima, eran madonna Adriana, Jerónima Borja y la otra
Orsini, que tenían encargo de Alejandro de esperar en Ferrara a la
Duquesa de Romaña, Carlota d’Albret, la cual siguió en Francia, sin
hacer caso de las instancias del Nuncio, y sólo vino a Ferrara, el
6 de Febrero, el Cardenal d’Albret, de paso para Roma. Quejábase el
Duque a su Embajador en Roma del grande e insoportable gasto que le
causaba la presencia de estas damas y la del gran número de hombres y
mujeres que esperaban su partida, y que ascendían a unas 450 personas
y 350 caballos. Los víveres se habían consumido, la Duquesa de Romaña
no vendría para la Pascua y él no podía seguir soportando el gasto,
porque le habían costado más de 25.000 ducados las fiestas de la
boda. A los gentiles-hombres del Duque de Romaña los había despedido,
después de doce días de estancia, por impertinentes, y porque su
presencia no beneficiaba a Su Santidad ni al Duque. Mas si no tan
pronto como deseaba el Duque, fuéronse, al fin, casi todas las damas
y doncellas españolas y romanas que a Ferrara vinieron con Lucrecia,
y que ésta vió partir con harto y mal disimulado sentimiento. El 26
de Febrero escribía a la Marquesa de Mantua Teodora Angelini, que
ya había partido Jerónima Borja y la hermosa Catalina y las otras
dos que cantaban y la mayor parte de los españoles de la familia,
quedando tan sólo madonna Adriana, Angela Borja y las dos hermanas
napolitanas, con la madre, que quizás se marcharían antes de Pascua.
Duró poco tiempo la Angelini en casa de Lucrecia, y en cambio Angela
Borja permaneció hasta su boda al lado de su tía la Duquesa, y no
sólo fué su amiga y confidente, sino que cautivó con sus encantos
a cuantos en la Corte de Ferrara la vieron y trataron. Ya escribía
el Prete a Isabel de Este, desde Roma, que esta Angela era su
preferida, y creía lo sería también de la Marquesa, y Polissena
Bentivoglio le decía, desde Ferrara: _Questa Madonna Angela e la più
cara cosa che l’habia al mondo et benemerito perchè non praticai
mai Madonna più piacevole et più humana_. En un principio, cuando
Lucrecia andaba malhumorada por el licenciamiento de sus españoles,
mostróse esquiva con los ferrareses, y éstos se quejaban de que la
señora no gustase sino de Angela y de las otras españolas. A una de
éstas, la Nicolasa, la cortejaba, sin pecar, D. Ferrante, por lo que
el Duque puso coto a sus visitas a Palacio; y el Prete había tomado
por su cuenta a la morita, a quien obsequiaba, como a los niños,
con golosinas, y para que no recelase la señora la llamaba hija y
decía que sentía por ella cariño de padre. Poco a poco fué Angela
adueñándose de la Corte de Ferrara. Uno de sus admiradores le envió
las siguientes quintillas: