Nos inclinamos a creer que el infante romano es el hijo bastardo de

Lucrecia. No sólo hay la coincidencia de la edad, sino el reparto

que hizo ella el 17 de Septiembre de 1501, pocos días después de las

famosas Bulas, de las tierras del Lazio, arrebatadas a los Barones

romanos, con las que se formaron dos Ducados: el de Sermoneta, que

había pertenecido a los Gaetani, fué para su hijo legítimo Rodrigo,

habido en su matrimonio con el Duque de Bisceglia, y el de Nepi,

para el infante Juan, reconocido luego por el Papa como hijo suyo.

Preparábase Lucrecia en aquellos días a celebrar su tercer enlace con

Alfonso de Este, el primogénito del Duque de Ferrara, y a abandonar

para siempre la Ciudad Eterna. Era natural que tanto ella como el

Papa tratasen de ocultar el desliz que costó la vida a _Perote_, y

que la madre quisiera asegurar el porvenir de aquel hijo que, con el

legítimo, dejó confiado a Su Santidad cuando partió para Ferrara. Las

dos Bulas de legitimación no tuvieron quizá otro objeto que el de

dar al bastardo el apellido, las armas y los derechos de los Borjas,

de la manera que podía hacerlo el Papa, poniendo a salvo el honor de

la hija en el momento en que se enlazaba con una de las más ilustres

familias soberanas de Italia. Quiso primero atribuir la paternidad

a César, mas luego la reclamó para sí propio, siendo curioso que

ambas Bulas se encuentren hoy en el Archivo de Este y provengan de la

cancillería de Lucrecia, que, probablemente, las llevó consigo cuando

se fué a Ferrara.

Las negociaciones matrimoniales de Alejandro VI con la Corte de

Nápoles no tuvieron el resultado que el Papa y el Valentino deseaban.

El Rey D. Fadrique se negó resueltamente a dar la mano de su hija

Carlota al Cardenal, estando dispuesto, según escribió a Gonzalo de

Córdoba, a perder el reino y la vida antes de consentir en semejante

boda. Tampoco logró César vencer la repugnancia de Carlota de Aragón

cuando la vió en la Corte de Luis XII, donde se educaba y adonde fué

en su busca el Valentino, que de allí volvió a Italia, casado por

mano del Rey de Francia con Carlota d’Albret, hermana del de Navarra.

Pero si se frustró la boda de César con la aragonesa, no pudo D.

Fadrique oponerse a la de Lucrecia con el Duque de Bisceglia, hijo

natural de Alfonso II[79].

[79] Desposeído de su reino Alfonso II por Carlos VIII, abdicó

la corona en su único hijo, D. Fernando, que fué coronado en

la Catedral de Nápoles, el 23 de Enero de 1495. A raíz de

la ceremonia huyó D. Alfonso a Mesina, y en el Convenio del

Monte Olivete, o en el de Marzana, según otros, tomó el hábito

religioso y logró muerte santa y ejemplar en los últimos días de

aquel año. Habíase antes dirigido al Rey Católico para pedirle

una limosna _per che so vecchio e malato e povero_, y se excusaba

de no haberle podido presentar sus respetos _per essere infermo

di male francese_.

Anulado, el 20 de Diciembre de 1497, el matrimonio de Lucrecia con

Juan Sforza, y el 10 de Junio del año siguiente, por Breve del Papa,

la promesa de matrimonio de Lucrecia a D. Gaspar de Prócida, Conde de

Almenara, pudo Lucrecia, sin impedimentos legales y sin escrúpulos

de conciencia, contraer nuevas y justas nupcias con D. Alonso de

Aragón, firmándose en el Vaticano, el 20 de Junio, el contrato en

que intervino, representando al Rey de Nápoles, el Cardenal Ascanio

Sforza, autor del primero e infortunado enlace de Lucrecia.

En Roma entró, sin ceremonia alguna y casi furtivamente, D. Alonso,

el 15 de Julio, y el 21 se celebró y consumó secretamente el

matrimonio. La misa de las bodas tuvo lugar el domingo 5 de Agosto,

y la relación de los festines que con este motivo se celebraron en

el Vaticano escribióla D.ª Sancha, la hermana del novio, y la ha

publicado, acrecentada con noticias y aclaraciones, el Marqués de

Laurencín, Director de nuestra Academia de la Historia. Es esta

Relación una carta que dirigió la Princesa de Squillace a su tío,

el Rey D. Fadrique, a juzgar por el encabezamiento y texto de la

epístola, y «resulta una amena y detallada descripción de los

banquetes pantagruélicos que en el Vaticano se celebraron con tan

fausto motivo; una pintura exacta, un cuadro animado y fidelísimo de

las costumbres, de las malas costumbres de aquella corrompida Corte,

y nos muestra a los Cardenales y Prelados bailando con las damas

de Palacio, alanceando toros, haciendo una montería con disfraces

y otras cosas extrañas. Narra con primor hasta los más nimios y

singulares pormenores, como tal vez no lo hicieran un afamado modisto

parisino o un competente cronista de salones, los trajes, atavíos y

tocados de damas y galanes; enumera los espléndidos regalos de joyas

y orfebrería con que a la desposada obsequiaron su padre Alejandro

VI y la Corte cardenalicia, ofreciéndonos, en suma, esta epístola

narrativa, escrita con deliciosa ingenuidad y no afectado realismo

por testigo presencial de tanta monta, una página vibrante, llena

de luz y color, de tan espléndidas fiestas, útil y aprovechable para

la Historia, para la indumentaria y para el arte.» A ella remitimos

al curioso lector, que advertirá fácilmente que andaba entonces D.ª

Sancha en amorosos tratos con su cuñado el Cardenal, cuyos trajes

se complace en describir con tanta minuciosidad como los suyos[80].

Danzó César, a menudo, con ella _una baja y una alta_, sentóse en sus

faldas, obsequióla con motes sugestivos y convidóla a una corrida

de toros, a que asistieron diez mil personas, y en un palco D.ª

Sancha, el Príncipe su marido y sus doncellas. «Vestía el Cardenal

una camisa muy rica de canyutillo de oro y otras labores de seda,

sembrada toda ella, con unas mangas de nueva manera hechas, _la cual

yo se la di para aquel día_; encima de ella traía una marlota toda

blanca, con una espada labrada de oro de martillo, un bonete de

terciopelo carmesí, con unos torzales de oro, y un penacho blanco

y unos borceguíes azules de zumaque, labrados todos de hilo de oro

muy ricos. Salió a caballo en un caballo todo blanco, morisco, muy

hacedor, con un jaez esmaltado y unos cordones azules y de canutillo

de oro y piedras, y una lanza en la mano con una bandera labrada

de plata y de oro, muy gentil, _la cual yo le di para aquel día_.

Llevaba el Cardenal consigo doce caballeros, que eran: D. Juan de

Cervellón, D. Guillén Ramón de Borja, D. Ramón Castellar, Mosén

Alegre[81], el Prior de Santa Finna[82], D. Miguel de Corella, D.

Juan Castellar, mi mestresala, mi trinchante, el caballerizo del

señor Cardenal y mi caballerizo, todos muy buenos caballeros de la

jineta. Corrieron ocho toros desde las 19 horas hasta las 24; mató

el señor Cardenal, sólo de su mano, dos toros de aquesta manera: que

después de haber corrido mucho el primero, dióle una lanzada cerca

de la cabeza que le pasó la mitad de la lanza por el pescuezo con la

bandera, después de cansado un rato corriendo con los otros caballos;

ya descansado, fué para mudar de caballo, aunque había mudado otros

tres; él solo se agarró con otro toro muy bravo, y porque había

muerto el primero con la lanza, dejó aquélla y tomó otra de la misma

manera y corrió este toro por espacio de media hora; después arrojó

la lanza y puso la mano a la espada, y dióle una tan gran cuchillada

en el pescuezo, que le echó en tierra muerto luego sin más ferida; y

ansí fueron, en la tarde, todos los otros toros corridos y muertos

por su señoría.» Bueno es que conste, para los aficionados a la

fiesta nacional, cómo se corrían los toros a la española en Roma,

a fines del siglo XV, y cómo se acreditó de gran matador César

Borja. Cuando terminó la corrida, el Cardenal, y todos los del juego

vinieron a la posada de D.ª Sancha y allí cenaron y estuvieron seis

horas cantando y tomando otros placeres.

[80] Uno de los trajes que lució D.ª Sancha era un hábito a la

capellana, cerrado delante y de todas partes, que hacía poco le

había enviado de España la Duquesa de Gandía, con una mantilla de

terciopelo negro que se la había hecho hacer el señor Cardenal.

[81] De todos los lidiadores aquí citados nos da el Marqués de

Laurencín noticia exacta, excepto de este Mosén Alegre, a quien

confunde con el Capitán francés Ives d’Allegre, el cual mandó las

lanzas que puso Luis XII a las órdenes de César para la conquista

de la Romaña y le debió su libertad Catalina Sforza, que después

de haberse entregado en Forli a los franceses estuvo presa en

el Castillo de Sant’Angelo. El Mosén Alegre aquí nombrado es un

valenciano, justador singular, que por indicación del Papa trajo

de Valencia el Duque de Gandía.

[82] D. Pedro Luis de Borja, Prior de Santa Eufemia.

Las fiestas de la boda que describe D.ª Sancha no duraron, en rigor,

más que dos días. El domingo 5 de Agosto, después de la misa, pasaron

la mañana en casa de Lucrecia, donde comieron, y después fueron al

Vaticano. Aguardábalos el Papa en la Sala de los Pontífices, y allí

danzaron durante tres horas; vino luego la cena, y no cenó Sancha

porque servía la copa a Su Santidad, teniendo de sota-copero a D.

Ramón Guillén de Borja, pariente del Papa, y de paje del pañizuelo

a Mosén Alegre. A la cena siguió una montería, aparejada por el

Cardenal de Valencia, que, vestido de raso amarillo, representaba el

unicornio, y acabados los bailes de los momos, cambiaron de trajes

y se reanudaron las danzas _altas y bajas_, hasta que amaneció y

se sirvió su colación al Papa, y éste despidió al Duque y a D.ª

Lucrecia, que se fueron a su casa, y con ellos se fueron todos, con

muchos sones y ya salido el sol.

El lunes se gastó todo el día en dormir, y cuando despertaron el

martes era la misma hora a que se habían acostado el día anterior.

Ese día, el 7, fué el Cardenal quien convidó e hizo la fiesta en el

Belveder, casa y huerta de placer de Su Santidad, repitiéndose las

danzas, la cena y la colación con motes e invenciones que presentaba

el Cardenal, y cuando amaneció, mandó el Papa que fuese cada cual a

su posada. Y con esto acabaron las fiestas del señor D. Alonso y la

señora D.ª Lucrecia.

Todo presagiaba un matrimonio felicísimo. La mocedad de D. Alonso,

casi dos años menor que Lucrecia, su varonil hermosura, su apacible

carácter, la simpatía de la sangre, bastardos ambos, hijo él de

un Rey aragonés y ella de un Papa valenciano, hasta el afecto que

se tenían Lucrecia y Sancha, ahora doblemente cuñadas, hacían que

fuera el Duque de Bisceglia un marido a quien no es extraño cobrara

Lucrecia, desde luego, grandísima afición.

Poco después, y con fines también políticos, concertó Alejandro otras

dos bodas: las de sus sobrinas Jerónima y Angela, hermanas ambas

del Cardenal Juan de Borja, el menor; de Rodrigo, el Capitán de la

Guardia palatina y del Prior de Santa Eufemia, Pedro Luis, torero

como César, que fué también Cardenal, y a la muerte de su hermano,

el último Borja, Arzobispo de Valencia. Casó Jerónima, el 8 de

Septiembre de 1498, con Fabio Orsini, hijo de Pablo y sobrino de Juan

Bautista, el Cardenal, celebrándose el matrimonio con gran pompa,

en el Vaticano, en presencia del Papa e interviniendo como testigo

el Duque de Bisceglia, que tuvo la espada desnuda sobre la cabeza

de los jóvenes esposos mientras duró la ceremonia. D.ª Jerónima

acompañó a Lucrecia a Ferrara, y viuda de Fabio Orsini, contrajo,

en 1507, segundas nupcias en Nápoles, con Tiberio Caraffa, Duque

de Nocera, Conde de Soriano y de Terranova. Angela se desposó en el

Vaticano el 2 de Septiembre de 1500, en presencia de los Embajadores

de Francia, con Francisco de la Rovère, que contaba sólo ocho años,

hijo del Prefecto de Roma y sobrino del Cardenal Julián, con quien se

congració el Papa por medio de estos desposorios que no se llevaron

luego a cabo. Francisco de la Rovère casó con Leonor Gonzaga, la

hija de Isabel de Este, y fué Duque de Urbino, y Angela Borja, que

era dechado de hermosura y gracia, pasó a Ferrara con su parienta

la Duquesa y trajo aquella Corte a mal traer, siendo por el Ariosto

citada en la octava cuarta del último canto del _Orlando Furioso_.

Casó, el 6 de Diciembre de 1506, con Alejandro Pío de Saboya de los

Píos de Sassuolo[83], de los que desciende el actual Príncipe Pío

de Saboya, Marqués de Castel Rodrigo, y un hijo de ellos llamado

Gilberto se desposó con Isabel, hija natural del Cardenal Hipólito de

Este, el cuñado de Lucrecia, que estando enamoradísimo de Angela y

celoso de su hermano Julio, mandó sacarle los ojos por haberle a ella

oído decir que los tenía muy hermosos.

[83] Según Béthencourt, casó previas capitulaciones de 27 de

Marzo de 1506, en Valencia, con D. Luis Lanzol de Romani, segundo

Barón de Gilet; pero figúrasenos que si las capitulaciones

existieron, no se llevó a cabo la boda o que hay identidad de

nombre y error de persona. Otra Angela de Borja, hija del Capitán

de la Guardia palatina, D. Ramón Guillén de Borja-Lanzol de

Romani, prima hermana de nuestra Angela, casó con D. Rodrigo de

Corella, cuarto Conde de Cocentaina, que con su valor y sangre

fría salvó la vida del Papa en un mal encuentro que tuvo con un

león en los jardines del Vaticano.

El 17 de Agosto de aquel año, de 1498, César, cuyas notorias

deshonestidades aun para lego eran muy grandes, según solía decir el

Embajador de España, renunció, con autorización del Sacro Colegio, el

capelo cardenalicio para la salvación de su alma, y aquel mismo día

llegó a Roma Luis de Villeneuve, Embajador de Luis XII, que le traía

el nombramiento de Duque de Valence en Francia, por lo que siguieron

llamándole el Valentino, y le invitaba a ir a Chinon, donde a la

sazón residía la Corte. Largos y costosos fueron los preparativos

para el viaje, que hasta el 1.º de Octubre no pudo emprender el nuevo

Duque, revistiendo su partida de Roma la solemnidad y el fausto

de la de un Soberano. En este viaje tenía puestas el Papa grandes

esperanzas, más que para bien de la Iglesia y acrecentamiento de su

poder temporal, para el encumbramiento de su hijo César, que, según

decía en Breve dirigido a Luis XII el 28 de Septiembre, era lo que

tenía en el mundo de más caro. Por mediación del Rey de Francia

esperaba que obtendría César la mano de Carlota de Aragón, que en

aquella Corte se educaba; mas no fué posible vencer la resistencia

de la doncella, no menor que la del padre, que jamás quiso venir en

deudo que tan mal la estaba, ni ella en ser llamada _la Cardenala_, y

tuvo César que contentarse con otra Carlota, la francesa d’Albret, y

dióse el Papa también por satisfecho, porque los franceses ayudarían

al Valentino, como en efecto lo hicieron, a conquistar la Romaña,

para lo que empezó Alejandro por declarar desposeídos de sus feudos,

por no haber pagado a la Santa Sede el debido tributo, a los Señores

de Rimini, Pesaro, Imola, Forli, Urbino, Faenza y Camerino, y hasta

se pensó en Ferrara.

Aguardaba el Papa con impaciencia noticias de Francia para saber por

quién decidirse, si por el Rey Cristianísimo, que con la ayuda de

Venecia aspiraba a conquistar el Milanesado y Nápoles, o por el Rey

Católico, que temía se opusiera a ello y se declarase en favor de

los Sforzas y los Aragoneses. Los Embajadores de España le habían

amenazado con el Concilio y la Reforma, y como llegaran a decirle que

eran conocidos los medios de que se había valido para conseguir la

tiara, los interrumpió diciéndoles la había obtenido por los votos

del Cónclave y era Papa con mejor derecho que los Reyes de España,

que eran unos intrusos sin título ninguno jurídico y contra toda

conciencia. Uno de los Embajadores aludió a la muerte del Duque de

Gandía, calificándola de castigo de Dios, y el Papa repuso indignado:

«Más castigados han sido vuestros Reyes, que no tienen prole.»

Pero estos desahogos poco diplomáticos, si es que tales palabras se

dijeron, no tuvieron ninguna consecuencia. El Papa se tranquilizó por

completo cuando supo que el Rey Católico estaba de acuerdo con el

Cristianísimo para repartirse los Estados de su pariente, el último

Rey de la Casa de Aragón, en Nápoles.

Quien no se tranquilizó con las noticias que de Milán le daba su

hermano Ludovico _el Moro_, fué el Cardenal Ascanio Sforza, y

juzgando su situación harto precaria en Roma, abandonó la ciudad

secretamente en la noche del 13 al 14 de Julio de 1499 y se dirigió

a Nepi, propiedad de los Colonna, con ánimo de embarcar en una nave

napolitana que lo llevara a Génova, desde donde se trasladaría

a Milán. El 2 de Agosto partió también de Roma, y se refugió en

Genazzano, al amparo de los Colonna, el Duque de Bisceglia. Debieron

influir en el ánimo apocado y contristado de D. Alonso los consejos

del Cardenal Ascanio, su mejor amigo en Roma, que le recordaría

el caso del anterior marido de Lucrecia, que debió a la fuga el

salvar la vida amenazada por César. Furioso el Papa envió gente a

caballo, que no logró dar alcance al fugitivo. Lucrecia, que estaba

embarazada de seis meses, después de haber malparido el 18 de Febrero

a consecuencia de una caída en el jardín en que jugaba con una de sus

doncellas, que le cayó encima, no hacía más que llorar y lamentarse.

El marido le escribió que la aguardaba en Genazzano, y el Papa, en

cuyas manos cayó esta carta, hizo que ella le contestara exhortándolo

a regresar a Roma, y para distraerla la nombró el 8 de Agosto Regente

de Spoleto, ciudad hasta entonces gobernada por Legados pontificios,

los más de ellos Cardenales. Púsose Lucrecia en camino aquel mismo

día con un numeroso séquito, del que formaban parte su hermano

Jofre, Fabio Orsini, el marido de Jerónima Borja, y una compañía

de arqueros, y al cabo de seis días de viaje, ya en mula, ya en

litera, llegó a Spoleto. D. Alonso, para su desgracia y por lo muy

enamorado que estaba de su esposa, se decidió a reunirse con ella,

obedeciendo al Papa, que le ordenó fuese a Spoleto por Foligno y que

vinieran después ambos a Nepi, donde él se encontraba, y de cuyo

feudo, perteneciente a Ascanio Sforza, había investido a Lucrecia.

El 25 de Septiembre se trasladó Alejandro, con cuatro Cardenales, a

Nepi y allí recibió a la nueva señora, acompañada de su marido y de

su hermano Jofre. El 1.º de Octubre regresó el Papa al Vaticano y el

14 Lucrecia. El día de todos los Santos dió ésta a luz un hijo, que

fué con gran solemnidad bautizado en la Capilla Sixtina, poniéndole

por nombre el de su abuelo materno, lo que hizo decir al enviado de

Mantua, Juan Lucio Cattanei, «que se había encontrado el filón que no

pudo explotar el Señor de Pesaro». Poco después la Señora de Spoleto

y Nepi acrecentó sus Estados con el de Sermoneta, del que se vieron

los Gaetani despojados.

Había también regresado de Nápoles a Roma D.ª Sancha, levantado el

destierro de algunos meses que le impuso el Papa, y ausente César,

ocupado en guerrear en la Romaña contra Catalina Sforza y en rendir

las fortalezas de Imoli y Forli, disfrutábase, tanto en el Vaticano

como en el Palacio de Santa María in Pórtico, de un reposo siempre

amenazado por la ambición y los amores del siniestro y temido

Valentino. Si fueron para Lucrecia, según Gregorovius, los días más

felices de su vida los del idilio de Pesaro, con mayor razón pudiera

decirse que conoció la dicha en su segundo y breve matrimonio con

Alonso de Aragón. La varonil belleza del adolescente marido, el

ardor, no de perito capitán, sino de soldado bisoño, con que cumplía

sus deberes conyugales; su ingenuidad y mansedumbre, y la afición que

le cobró a Lucrecia, hicieron que ella correspondiese a este afecto

con no menor vehemencia, y que hallase en los nupciales y legítimos

goces igual satisfacción que la obtenida del pecaminoso ayuntamiento.

Pero las dichas humanas duran poco, y la de Lucrecia, en su segundo

matrimonio, había de tener pronto y terrible fin.

El 26 de Febrero de 1500 celebró César su entrada triunfal en Roma,

trayendo prisionera a Catalina Sforza, a quien el vencedor hizo

sufrir, según voz pública, los últimos ultrajes[84]. Recibiéronlo

solemnemente los Cardenales y los Embajadores, y el Papa, que

lloraba y reía de gozo, le confirió las insignias de Gonfaloniero

de la Iglesia y la rosa de oro. Habíase visto César obligado a

suspender las hostilidades en la Romaña, porque la reaparición de

Ludovico _el Moro_ en Lombardía, llevó allí las tropas francesas,

que al mando de Allegre servían a las órdenes del Valentino; pero la

batalla de Novara acabó con los Sforza. _El Moro_ cayó prisionero

y fué encerrado en la fortaleza de Loches, donde murió tras largo

cautiverio; su sobrino Francisco _il Duchetto_, el hijo de Isabel

de Aragón, desposeído por _el Moro_, pasó a la Corte de Francia y

se convirtió en el Abate de Noirmoutiers, muriendo tempranamente,

en una cacería, de una caída de caballo; y el Cardenal Ascanio, que

cayó en manos de los venecianos, los cuales lo entregaron a los

franceses, estuvo preso en Bourges y obtuvo su libertad por mediación

del Cardenal d’Amboise, con quien vino a Roma para la elección de Pío

III, y aquí murió de la peste a fines de Mayo de 1505, y yace en el

magnífico sepulcro que para él labró, en Santa María del Popolo, por

orden de Julio II, Andrea Sansovino. Llegaron las faustas noticias

de Milán a Roma, cuando la ciudad eterna, rebosante de peregrinos,

celebraba el jubileo.

[84] Cuando lo supo Giangiacomo Trivulzio, dijo: _O bona Madonna,

hora non te mancherà da..._

En la noche del 15 de Julio, al regresar del Vaticano el Duque

de Bisceglia, atacáronle, en la Plaza de San Pedro, unos seis

sicarios disfrazados de mendigos, que después de herirlo a puñaladas

quisieron arrastrarlo hacia el Tíber para hacer desaparecer las

trazas del delito; pero los gritos del Príncipe en el silencio de la

noche y las irritadas voces de los asesinos dieron el alarma a la

guardia palatina, que salió, aunque no a tiempo para detener a los

falsos mendigos, que se reunieron con unos cuantos jinetes que los

aguardaban en un apartado y oscuro rincón de la plaza, y a rienda

suelta se alejaron de Roma. Transportado el malherido Duque a su

palacio, pudo llegar hasta la estancia en que se hallaba Lucrecia, la

cual, al verle en aquel estado, cayó desmayada. Sanó, sin embargo, de

las graves heridas; mas temeroso de ser envenenado, no se dejó curar

sino por los médicos que le envió el Rey de Nápoles[85] ni probó

más alimento que el que Lucrecia y Sancha preparaban. Atribuyóse el

atentado a la misma mano criminal que había perpetrado el del Duque

de Gandía, que entonces se tenía por obra de César, y de ello estaba

convencido el propio D. Alonso, que había cobrado mortal odio y temor

a su cuñado[86].

[85] El cirujano Micer Galieno y el doctor Antonazo Calabrei.

[86] El Barón de Pastor achaca el atentado a los Orsini y tiene

por inverosímil que César tuviese parte en el asesinato, pero

no alega otra razón sino la de que los Orsini creían que Alonso

trabajaba en su daño con los Colonnas, aliados del Rey de Nápoles.

Ello es que un mes después, el 18 de Agosto, estando ya convaleciente

el Duque de Bisceglia, se presentó en su cuarto Miguel Corella,

que lo estranguló por orden de César. Según refiere el Embajador

veneciano Paolo Capello, y esta es la versión del Vaticano para

justificar aquella muerte y disculpar a César, desde su ventana vió

Alonso a César que paseaba en el jardín del Belvedere. Cogió rápido

un arco y disparó una flecha contra el que era objeto de su odio. La

cólera de César no conoció límites, y su capitán de guardias hizo

pedazos al Duque. Aquella misma noche el cadáver del desdichado

Príncipe fué transportado a San Pedro, y amedrentado, al tener

noticia del nefando crimen, el Embajador de Nápoles se refugió en

casa de su colega de España.

Era natural que Lucrecia, mujer al fin y al cabo, siquiera no

dejaran las penas en su corazón apenas huella, sintiera la muerte

del gallardo mozo que fué durante dos años su marido y pereció

villanamente asesinado por la misma mano que ultimó al Duque de

Gandía. Era natural que derramara abundantes lágrimas y prorrumpiera

en amargas quejas; pero ni las lágrimas ni las quejas enternecieron

a Su Santidad, y para librarse de ellas, porque también molestaban a

César, por cuyos ojos veía el Papa todas las cosas, envió a Lucrecia

a Nepi.

El 30 de Agosto, con un séquito de seiscientos jinetes, salió

Lucrecia para la ciudad de que era Señora. Como era de temer, dado

que se hallaba encinta cuando ocurrió el asesinato de su marido,

malogróse la criatura. En el solitario castillo, reconstruído por

Alejandro VI, pudo la tierna viuda dar rienda suelta a su dolor,

tanto menos duradero cuanto más vehemente, y antes de dos meses

estaba de regreso en Roma dispuesta a gozar de la vida y a pasar

a terceras nupcias que la hicieran olvidar por completo, tanto al

asesinado Duque de Bisceglia, como al fugitivo Señor de Pesaro,

porque era, como César, _super omnia clara et jocunda e tutta festa_,

según decía el Obispo de Módena Juan Andrés Bocaccio.

Ya en vida de Alonso de Aragón, el Papa, siempre previsor, pensando

en quién pudiera ser el futuro marido de Lucrecia, pues el Reino

de Nápoles estaba llamado a desaparecer y no había esperanza

ninguna, por la oposición del Rey Fadrique al matrimonio de su hija

Carlota, de que recayera en César la corona, habíase fijado en

otro Alfonso, el de Este, Príncipe heredero de Ferrara, viudo sin

hijos, que contaba entonces unos veinticuatro años. A los catorce

se había casado con Ana Sforza, la bellísima y bonísima hermana

del Duque de Milán Juan Galeazzo[87], cuya madre, al enviudar en

1476, renovó la alianza con Ferrara y concertó la boda de su hija

Ana con el recién nacido Alfonso[88], hijo y heredero de Hércules.

Al año siguiente se firmó en Ferrara el contrato matrimonial, y

siete años después, cuando cumplía diez la novia, su futura suegra

la Duquesa Leonor le envió una muñeca con un equipo completo, obra

de los mejores artistas ferrareses. Habíase convenido que la boda

se celebraría en 1490, en que cumpliría los catorce Alfonso, y al

propio tiempo la de su hermana Beatriz con Ludovico _el Moro_; mas

tenía éste entonces por amiga a Cecilia Gallerani, dama milanesa

de noble alcurnia, singular belleza y gran cultura, retratada por

Leonardo de Vinci y cantada por todos los poetas cortesanos, la

cual hablaba y escribía el latín corrientemente, componía sonetos

italianos y discutía en latín con los teólogos y filósofos que

frecuentaban su casa. Había Ludovico tenido en ella un hijo a quien

hubiera deseado legitimar por subsiguiente matrimonio[89], por lo

que andaba aplazando la boda concertada con la Estense, hasta que,

al fin, teniendo en cuenta la razón de Estado, casó con Beatriz

en el castillo de Pavía, el 17 de Enero de 1491, que era martes,

porque, consultado el médico y astrólogo de la Corte, Ambrosio de

Rosate, declaró que el día de Marte era propicio para el matrimonio

de un señor que deseaba sobre todo tener sucesión masculina. Y el

lunes 23 se verificaron en la capilla del palacio ducal de Milán

los desposorios de Alfonso de Este con Ana Sforza, pronunciando la

oración nupcial el maestro de Ludovico, Filelfo, a pesar de ser lego

y casado. Un mes después recibieron la bendición con gran pompa en

la catedral de Ferrara. Fué el matrimonio felicísimo y muy sentida,

tanto en Ferrara como en Milán, la temprana muerte de Ana, al dar a

luz un hijo muerto, el 30 de Noviembre de 1497. Igual fin, muy común

entonces, había tenido el 2 de Enero de aquel año su cuñada Beatriz,

que vió amargados los últimos meses de su vida por los públicos

amores del Duque con Lucrecia Crivelli, una de sus damas[90].

[87] Retrató a Ana Ambrosio de Predis, y cree Bertoni que es la

tabla de la Ambrosiana, atribuída antes a Leonardo, y en la que

unos han creído ver a Beatriz de Este; otros, a Blanca María

Sforza, mujer del Emperador Maximiliano; otros, a Blanca Sforza

de San Severino, y otros, a Cecilia Gallerani, la amiga del

_Moro_.

[88] Nació el 21 Julio 1476.

[89] En 1476 había tenido _el Moro_, de Lucía Marliani, Condesa

de Melzi, un hijo natural, que fué bautizado en Pavía y

apadrinado por el Cardenal de Novara. Tuvo luego, de Bernardina

de Corradis, en 1480, a Blanca, la mujer de Galeazzo de San

Severino, y dos hijos de la Gallerani: el primero llamado

León y el segundo César, que nació después del matrimonio con

Beatriz. Enterada ésta de que su marido seguía frecuentando a

la bella Cecilia, alojada en palacio, negóse a seguir viviendo

con él maritalmente, y el Duque, que había cobrado afición a su

mujercita, puso fin a sus relaciones con la Gallerani, casándola

con uno de los gentiles-hombres de su Corte, el Conde Ludovico

Bergamini, de Cremona, y regalándole uno de los más hermosos

palacios de Milán. Y es curioso que un año después de la muerte

de Beatriz, su hermana Isabel escribiera a la Gallerani para

pedirle en préstamo el retrato que le había pintado Leonardo,

para compararlo con unos de Giovanni Bellini, a lo que accedió la

Condesa, advirtiendo que ya no se parecía porque había, con los

años, engordado.

[90] También retrató Leonardo a la Crivelli, y dícese que es _La

Belle Ferronnière_ del Louvre. Cuatro meses después de la muerte

de Beatriz dió a luz un hijo, Gianpaolo, de cuya educación se

encargó el Duque, mas puso fin a sus relaciones con la madre.

Gianpaolo peleó y murió defendiendo bravamente los derechos de su

medio hermano Francisco, el hijo de Ludovico y Beatriz.

Eran los Este, reinantes en Ferrara como Duques feudatarios de la

Santa Sede, una de las Casas más ilustres y encopetadas de Italia.

Aunque en ella había, como en todas las demás, no pocos bastardos,

no lo era D. Alfonso, y a Alejandro halagaba que su hija entrase, y

no por mano de bastardo, en una familia muy principal y estuviese

llamada a reinar como consorte en un Estado cuya amistad era preciosa

para los ambiciosos planes de César, que no se contentaba con la

Romaña, de que era ya Duque, y tenía puestos sus ojos en Bolonia y en

Florencia.

Había venido a Roma Alfonso de Este muy mozo, en Noviembre de 1492,

enviado por su padre para felicitar a Alejandro VI por su elevación

al solio pontificio. El Papa, que era padrino de bautismo del joven

Príncipe, lo acogió con mucha amabilidad, alojándolo en el Vaticano;

de suerte que pudo ver a su sabor a la que había de ser nueve años

después su mujer y era entonces la prometida esposa de Juan Sforza,

linda chicuela de ojos claros y cabellos rubios, siempre alegre y

dispuesta a divertirse.

En Noviembre de 1500 hablábase ya en Roma de la boda de Lucrecia con

el heredero de Ferrara, y el 26 de aquel mes se lo participaba a la

Señoría el nuevo Embajador de Venecia, Marin Gorzi. Los primeros

pasos cerca del Duque de Ferrara los dió Alejandro por medio de un

modenés, Juan Bautista Ferrari, antiguo servidor de Hércules, a quien

el Papa hizo Datario y luego Cardenal. Al oír la proposición del Papa

quedó el Duque tan perplejo y disgustado como el Rey D. Fadrique

cuando le pidieron la mano de su hija Carlota para César. Tenía ya en

tratos la boda de su primogénito con una Princesa de la Casa Real de

Francia, Luisa, la viuda del Duque de Angulema, y la que le proponía

Alejandro heríale en su orgullo. Repugnaba también a Alfonso, y

tanto la Marquesa de Mantua como la Duquesa de Urbino se indignaron

al pensar en semejante alianza. Y no era la bastardía lo que les

escandalizaba, sino que fuera hija del Papa, habida cuando éste era

sacerdote, y la mala reputación de que, además, gozaba, sabiéndose en

Ferrara cuanto de ella se decía en Roma y era a todas las Cortes de

Italia transmitido por los despachos de los Embajadores y las cartas

de los agentes oficiosos. La respuesta de Hércules fué, pues, una

rotunda negativa.

Preveíala el Papa y no se dió por ofendido ni vencido. Encargó a su

mandatario que hiciera presente al Duque las ventajas que ofrecía

su propuesta y el daño que podría resultarle de rechazarla: por

una parte, la seguridad y el engrandecimiento de sus Estados; por

otra, la enemistad del Papa, la de César y acaso la de Francia.

Sabía Alejandro que la opinión de Luis XII había de ejercer decisivo

influjo en Ferrara, y aunque el Monarca francés se mostró en un

principio contrario al matrimonio de Lucrecia, porque deseaba

estrechar con Ferrara y estorbar el engrandecimiento del poder papal,

necesitaba, sin embargo, entonces, para su empresa de Nápoles, la

ayuda de Alejandro y el permiso al ejército para que pudiese pasar

desde la Toscana a Nápoles a través de los Estados de la Iglesia.

Contaba asimismo el Papa con el apoyo del Cardenal d’Amboise, grande

amigo de César, que le había llevado el capelo y le había prometido

la tiara, para cuando muriera Alejandro, contando con los votos de

los Cardenales españoles. Vino César a Roma en Junio de 1501, púsose

de acuerdo con los franceses, y juntando luego sus tropas a las que

mandaba el Mariscal Aubigny, entró a sangre y fuego en el Reino de

Nápoles, que, según lo convenido, había de repartirse entre Francia y

España, y desapareció, por obra del Rey Católico, la Casa de Aragón,

que César tanto odiaba, recibiendo su último Rey, D. Fadrique, que

pasó a Francia, el Ducado de Anjou. Su hijo el Duque de Calabria,

D. Fernando, fué llevado a España, adonde le acompañó su preceptor

Crisóstomo Colonna[91], y andando el tiempo, casó con la viuda del

Rey Católico, Germana de Foix, y a la muerte de ésta con D.ª Mencía

de Mendoza, segunda Marquesa de Zenete. Vivió y murió en Valencia,

y allí, como Virrey, tuvo Corte, que describe Luis Milán en su

libro _El Cortesano_, renovando en el alcázar del Real las cultas

y regocijadas fiestas del Rey D. Juan el _Amador de gentileza_. Al

morir dejó su cuantiosa fortuna al Monasterio, que fundó, de San

Miguel de los Reyes.

[91] Vino a España engañado con la esperanza de casar con una

Infanta de Castilla y siguió la Corte de los Reyes Católicos

durante diez años, _más acariciado que favorecido_. Otros diez

pasó encerrado en el Castillo de Játiba, por haber intentado

escapar de su dorado cautiverio, y el Emperador Carlos V le dió,

en premio de su conducta durante las germanías, la libertad

con la mano de la Reina viuda D.ª Germana, y el Virreinato de

Valencia, que aquélla había desempeñado dos veces, la primera en

vida de su real consorte, y la segunda siendo ya esposa del Duque

de Brandemburgo.

A la guerra de Nápoles debió Lucrecia el haber llegado a ser Duquesa

de Ferrara. La Corte de Francia, cediendo a los deseos del Papa,

empezó en Junio a hacer pesar su influencia en la de Ferrara,

aconsejando al Duque que diera su asentimiento al matrimonio con

ciertas condiciones, como la de que trajera la novia una dote de

200.000 ducados, se eximiera a Ferrara del pago del canon anual y

se concedieran algunos beneficios a miembros de la Casa de Este.

Amboise envió a Ferrara al Arzobispo de Narbona para que convenciera

al Duque, y el propio Rey le escribió con igual empeño, negándole

la mano de la Princesa francesa prometida a D. Alfonso. A estas

instancias uníanse las de los enviados del Papa y los agentes de

César, que no dejaban momento de reposo al Duque, por lo que éste

tuvo, al fin, que rendirse, y el 8 de Julio participó a Luis XII

que estaba dispuesto a darle gusto con tal de que pudiese llegar a

ponerse de acuerdo con el Papa respecto a las condiciones de la boda.

La negociación fué larga y laboriosa. Apremiaba el Papa al Duque,

pero éste, para concluir el trato, necesitaba, por una parte, vencer

la resistencia del hijo, tenazmente opuesto a la que reputaba

vergonzosa boda, y por otra, la de Alejandro al cumplimiento de todas

las condiciones que Hércules tenía por indispensables y previas para

poder firmar las capitulaciones matrimoniales. Habíale mandado a

decir el Rey Cristianísimo que si la cosa podía hacerse, tratara de

sacar el mayor partido posible, y que si no podía hacerse, él estaba

dispuesto a dar a D. Alfonso la mano que quisiera pedir en Francia.

Parecíale al Papa excesiva la dote de 200.000 ducados, muy superior a

la que llevó Blanca María Sforza al Emperador Maximiliano, y ofreció

dar la mitad al contado. Para la exención del canon que pagaba el

Duque por el feudo de Ferrara era preciso obtener el consentimiento

del Sacro Colegio, y el del Cardenal Julián de la Rovère para la

cesión de Cento y de Pieve, ciudades ambas, que exigía Hércules, del

Arzobispado de Bolonia, del que era titular aquel Cardenal. Pero si

grande era el deseo de Alejandro de ver a su hija establecida en

Ferrara, mayor era el de Lucrecia de que se realizara la boda, a

pesar de la repugnancia que sabía inspiraba a su futuro esposo y de

las condiciones, para ella tan humillantes, de que dependía el éxito

de la negociación. Fué Lucrecia quien, tomando en manos el asunto y

los intereses del Duque de Ferrara, que eran entonces los suyos,

acabó por conseguir del padre que aceptara las condiciones previas

exigidas por el Duque para el matrimonio, lo cual tuvo lugar por acta

legal estipulada en el Vaticano el 26 de Agosto de 1501, firmándose

el contrato de matrimonio el 1.º de Septiembre en Ferrara.

Mientras se seguían las negociaciones matrimoniales, César ayudaba

en Nápoles a los franceses a apoderarse de aquel Reino y el Papa

aprovechaba la ocasión para despojar de sus bienes en el Lacio a los

Barones Romanos, amigos de la Casa de Aragón, como los Colonna, los

Savelli, los Estouteville. El 27 de Julio, con infantes y caballos,

se trasladó el Papa a Sermoneta; pero antes de ponerse en camino

dejó a Lucrecia por lugarteniente suyo en el Vaticano, «confiándole

todo el palacio y los asuntos corrientes, con facultad de abrir las

cartas dirigidas a Su Santidad, y en los casos de mayor importancia

debía aconsejarse con el Cardenal de Lisboa», que era el portugués

Jorge da Costa. Y añade Burchard que habiendo llegado un caso en que

Lucrecia se dirigió a dicho Cardenal, exponiéndole el asunto y el

encargo que le había dado el Papa, le dijo el Cardenal que cuando el

Papa hacía alguna propuesta al Consistorio, el Vicecanciller u otro

Cardenal la firmaba en su nombre y tomaba nota de la opinión de los

votantes, y así también se necesitaba ahora que alguien suscribiese

lo que se hubiera dicho. A lo que replicó Lucrecia que ella sabía muy

bien escribir.—¿Y dónde tiene usted su pluma?—preguntó el Cardenal.

Comprendió Lucrecia el chiste y se sonrió, acabando de buena manera

la consulta.

Claro es que los negocios de que dejó el Papa encargada a Lucrecia

no se referían al gobierno de la Iglesia, que le correspondía

como Vicario de Cristo; pero no puede decirse, como Leonetti en

su apología de Alejandro VI, que es como si un cura al ausentarse

encargase a una cercanísima parienta que le cuidase la casa y

recibiese su correspondencia. Al Maestro de ceremonias de Su

Santidad no debió parecerle cosa tan trivial, sino antes bien

censurable, como asimismo el que Lucrecia y Sancha asistieran a una

función en San Pedro sentándose en el coro entre los Canónigos, a

título de hija y nuera del Papa, y es de suponer, dado el carácter

de ambas, que no dejarían de charlar alegremente. Gregorovius cree

que si Alejandro dispensó a Lucrecia tan señalada prueba de favor,

la mayor que podía darle, fué para hacer ver a la Corte de Ferrara,

durante la negociación matrimonial, el alto concepto que tenía de las

dotes políticas de su hija, que podía empuñar en caso necesario las

riendas del gobierno, siendo frecuente que los príncipes italianos,

cuando se veían obligados a ausentarse, confiasen a sus mujeres el

manejo de los negocios de Estado.

La fausta nueva de la firma de las capitulaciones nupciales en

Ferrara, se recibió en Roma con grandes muestras de júbilo. El

castillo de Sant’Angelo la saludó con salvas, iluminóse el Vaticano

y los partidarios de los Borjas recorrieron ruidosamente las calles

de la ciudad eterna, haciéndolas resonar con sus alegres voces. En

cuanto a Lucrecia no tuvo límites su gozo. El sentarse en el trono

de Ferrara, y reinar en una de las Cortes más antiguas e ilustres de

Italia, era la realización de un sueño que llegaba tras nueve años

de inquieta vida y de tremendos infortunios conyugales. Había visto

anulado su primer matrimonio por la declarada impotencia de un marido

de notoria virilidad, y el segundo disuelto por mano fratricida. Mal

fin tuvo también la amorosa aventura con _Perote_, y si incurrió en

algún otro desliz, pequeño o grande, pasó inadvertido y no hallamos

de él mención en los despachos y cartas que recogían cuidadosamente

cuantas noticias alimentaban la pública curiosidad. Y es que la

atroz calumnia del incesto, lanzada por Sforza y revestida de forma

literaria en los epigramas de Sannazzaro,[92] habíase de tal manera

esparcido en Roma, que las gentes acabaron por creerla cierta y no

les parecía posible que hubiese quien se atreviera a cortejar a la

hija del Papa y hermana de César, y si había algún mozo audaz al que

ayudaba en su empresa la fortuna, nadie se fijaba en tales amores

clandestinos, que eran pecados veniales oscurecidos y eclipsados

por el nefando que se suponía cometido por Lucrecia. No podía ella

ignorar, aunque no se sintiese culpable, que gozaba en Roma de mala

reputación y que ésta era la causa de la resistencia de Alfonso de

Este a aquella boda, para cuyo logro no había omitido Lucrecia ningún

esfuerzo. Quizás la moviera, no sólo el afán de llegar a la cumbre de

la humana grandeza con que soñaba, sino el deseo, dice un historiador

moderno, de apartarse para siempre de Roma y de olvidar un pasado

que no podía borrar mientras viviese en compañía y bajo la férula

del padre y del hermano. Pero tal deseo no responde al carácter de

Lucrecia, que harto moza y de suyo casquivana, acostumbrada a vivir

en un ambiente de notoria concupiscencia, no estaba todavía en sazón

para sentir el arrepentimiento, que es merced que suele otorgar Dios

en el otoño o en el invierno de la vida a las que en edad propicia

amaron mucho, sirviendo de disculpa a su flaqueza el natural encanto,

el excesivo temperamento, los pocos años y el poquísimo seso. Educóse

Lucrecia en casa de su parienta Adriana Milá y en compañía de Julia

Farnesio, y vivió luego en la intimidad de su cuñada Sancha. Ninguna

de ellas era ejemplo de virtud, y si acaso no se dió cuenta de las

relaciones de _la Bella_ con el Papa, no podían ocultársele las de

Sancha con César. Todo aquello debía parecerle, por la fuerza de

la costumbre, muy natural, y quien a los dos meses de asesinado su

marido sólo pensaba en divertirse y en disponerse a un nuevo enlace,

sin que el recuerdo del difunto le turbara el sueño, no podía sentir

remordimiento alguno ni arrepentirse de la vida pasada. No puede

creerse, dice Gregorovius, que permaneciera Lucrecia inmaculada en

medio de la corrupción romana y del círculo en que vivía, y hasta le

parece perdonable su amoroso y fecundo desliz tras la fuga de Sforza;

mas si Lucrecia hubiese cometido los nefandos actos que le achacaba

la voz pública, no hubiera podido ocultarlos bajo la máscara de una

sonriente gracia, porque sería preciso entonces reconocerle, en punto

a hipocresía, una fuerza que traspasa los límites de lo humano. Mas

peca en esto de ingenuo Gregorovius. No necesitaba Lucrecia mayor

hipocresía que la humana, común y corriente, con que cada cual oculta

instintivamente sus propios defectos. Y en cuanto a la gracia siempre

serena y jovial que tanto entusiasmó a los de Ferrara, era en ella

ingénita y nunca la abandonó, ni durante su inquieta vida romana, ni

en sus últimos años, cuando la muerte le arrebató a los suyos y acabó

el poder de los Borjas en Italia. En su corazón no hacía mella el

dolor, y la alegría del vivir, que se reflejaba en su sonrisa, era

tan grande que prevalecía sobre todas las contrariedades y amarguras

que afligen al común de los mortales.

[92] Conocido es el epitafio:

_Hic jacet in tumulo Lucretia nomine, sed re

Thais, Alexandri filia, sponsa, nurus._

Firmadas las capitulaciones, no quiso, sin embargo, el Duque que

se celebrara por poder el matrimonio hasta que hubiera el Papa

cumplido todas las condiciones estipuladas. Envió a Roma a Saraceni

y Berlingeri para que discutieran el asunto con Su Santidad, y a

estas conferencias asistía Lucrecia, y con tanto calor apoyaba a los

agentes del Duque que, según ellos escribían, _parecía ya una óptima

ferraresa_. Al fin se obtuvo del Consistorio, el 17 de Septiembre,

la rebaja del canon de Ferrara de 400 ducados a 100 florines. Aquel

mismo día renunció Lucrecia el Ducado de Sermoneta en favor de su

hijo Rodrigo, Duque de Bisceglia, y el de Nepi en favor del infante

romano, Juan, a quien hizo después el Papa Duque de Camerino.

Mientras llegaba a Roma la embajada y comitiva que debía venir a

buscar a Lucrecia para conducirla a Ferrara, no paraban las fiestas

en el Vaticano. Allí había todas las noches música, y canto, y baile,

porque uno de los mayores placeres de Alejandro era ver bailar a

mujeres hermosas, y a estas fiestas, que duraban hasta las dos o

las tres de la mañana y a veces hasta el alba, solían ser invitados

los enviados ferrareses para que admiraran la belleza de Lucrecia y

la gracia con que bailaba, y para que vieran—decía el Papa—_que la

Duquesa no era coja_.

A la que no estuvieron ciertamente invitados, y de ella, si tuvieron

noticia, nada dijeron al Duque de Ferrara, fué a una bacanal con que

obsequió César a su padre y hermana el último domingo de Octubre[93]

y que el Maestro de ceremonias del Papa, Burchard, refiere en su

_Diario_; y también el Materazzo de Perugia como cosa de todos

conocida, no sólo en Roma, sino en Italia. Trátase del famoso

baile llamado de las Castañas, en que tomaron parte unas cincuenta

cortesanas, que, primero vestidas y luego enteramente desnudas,

bailaron con los servidores del Duque, y acabada la cena pusiéronse

los candelabros en el suelo, sobre el que se esparcieron gran

cantidad de castañas que las desnudas cortesanas, andando a gatas

entre las encendidas antorchas, debían ir recogiendo. El Papa, el

Valentino y Lucrecia presenciaban desde una tribuna el espectáculo,

y con sus aplausos animaban a las más diestras, que recibieron en

premio ligas bordadas, borceguíes de terciopelo y cofias de brocado y

encaje. Y después se pasó a otros placeres. Esto escribió Burchard,

y es la única vez en que, al hablar de Lucrecia, la deja harto mal

parada, por lo que Gregorovius, atribuyendo a la tradición popular la

escandalosa relación a que Burchard dió cabida en su _Diario_, cree

verosímil que en las habitaciones de César, en el Vaticano, tuviera

lugar la referida fiesta; pero no el que a ella asistiera Lucrecia,

ya legalmente esposa de Alfonso de Este y a punto de partir para

Ferrara.

[93] El anónimo autor de la _Carta a Silvio Savelli_, dice que la

fiesta tuvo lugar el día de Todos los Santos.

La designación de las personas, tanto ferrareses como romanas, que

habían de acompañar a Lucrecia de Roma a Ferrara, fué cuestión ardua

y discutida. La lista que mandó el Duque mereció la aprobación del

Papa, así como la de César, que conocía a algunas de las personas

escogidas. Más tardó el Papa en dar su lista y, según dijo, irían

pocas damas, porque las romanas eran muy hurañas y poco diestras

en cabalgar. Tenía Lucrecia unas siete doncellas que la seguirían

a Ferrara, así como D.ª Jerónima, la hermana del Cardenal Borja,

casada con un Orsini. De caballeros andaban escasos, porque salvo los

Orsini, estaban en su mayor parte fuera de Roma. Sobraban, en cambio,

curas y gente docta que no servían para el caso. De todos modos no

irían menos de cien personas. Y como los enviados expresaran su

sentimiento por no haberles concedido el Duque de Romaña la audiencia

que le habían pedido, mostróse Su Santidad muy disgustado y dijo que

el Duque acostumbraba hacer del día noche y de la noche día, y que

era muy otra la Duquesa (Lucrecia) que como mujer prudente era fácil

para las audiencias, e hizo de ella los mayores elogios por la gracia

con que había gobernado el Ducado de Spoleto.

Pero el séquito ferrarés de Lucrecia, tan impacientemente aguardado

en Roma, no se ponía en camino, a pesar de estar ya pronto.

Sospechaba el Papa que en el retraso pudiera influir alguna razón

política, y en efecto: el Emperador Maximiliano seguía insistiendo

cerca del Duque para que aplazase la boda a que se había mostrado

siempre opuesto. De más peso que esta opinión del Emperador era

para el Duque el deseo de tener en su poder las Bulas y los 100.000

escudos contantes de la dote, que debían satisfacer los Bancos de

Venecia, Bolonia y otras ciudades, amenazando, para el caso de que

no estuviesen entregados al llegar la comitiva a Roma, con que le

daría la orden de volverse a Ferrara. Enfurecióse el Papa cuando

se lo dijeron los agentes del Duque, y los colmó de improperios,

calificando de _mercader_ al propio Hércules, que de ello se dolió.

Al fin, el 9 de Diciembre salió de Ferrara, precedida de trece

trompetas y ocho pífanos, la lucida cabalgata de 500 jinetes que

capitaneaba el Cardenal Hipólito, y de la que formaban parte sus

hermanos D. Ferrante y D. Segismundo, los Obispos de Adria y

Comacchio, Nicolás María y Meliaduse de Este y un Hércules, sobrino

del Duque, además de otros muchos parientes y amigos ferrareses o

feudatarios de Ferrara, personas todas de rango. Trece días duró el

viaje, y desde el castillo de Monterosi, a unas quince millas de

Roma, al que llegaron harto maltrechos, empapados y embarrados por

efecto de las invernales lluvias y pésimos caminos, envió el Cardenal

un mensajero a pedir las órdenes del Papa, quien dispuso hicieran su

entrada por la puerta del Pueblo. Esta entrada de los ferrareses en

Roma fué el más espléndido espectáculo del Pontificado de Alejandro

VI. A las diez de la mañana del 23 de Diciembre llegaron al Ponte

Molle, donde los recibieron el Senador de Roma, el Gobernador y el

Barigello o jefe de la policía con unos dos mil hombres a pie y a

caballo. A medio tiro de ballesta de la puerta del Pueblo salió a

su encuentro la comitiva de César, 100 gentiles-hombres a caballo y

200 suizos a pie, armados de alabarda, con el uniforme pontificio de

terciopelo negro y paño amarillo y gorra empenachada, y tras ellos,

a caballo, el Duque de Romaña y el Embajador de Francia, vestidos

ambos a la francesa. Desmontaron todos los jinetes, abrazó César

al Cardenal Hipólito, y cabalgando a su lado dirigiéronse hacia la

puerta, donde los aguardaban diecinueve Cardenales, con un séquito

cada cual de 200 personas. Dos horas duró el recibimiento con un

diluvio de discursos de bienvenida y gracias, y ya atardecido, al

son de trompetas, pífanos y cuernos, encaminóse la cabalgata, por

el Corso y el campo de Fiori, al Vaticano. Aguardábalos Alejandro

rodeado de doce Cardenales, y después de haber cumplido con el Papa

los Príncipes de Ferrara, llevólos César a casa de Lucrecia, la cual

salió a recibirlos a la escalera, del brazo de un caballero anciano,

con traje de terciopelo negro y cadena de oro al cuello, y según

el ceremonial preestablecido, no besó a sus cuñados, saludándolos

con una inclinación de cabeza como era moda en Francia. Vestía una

_camora_ o traje blanco de brocado de oro, y una _sbernia_ o manto

forrado de zibelina; las mangas también blancas, de brocado de oro,

acuchilladas a la española; tocada con una cofia de gasa verde sujeta

con un listón de oro y orlada de perlas, y al cuello un collar de

gruesas perlas del que pendía un rubí. Se sirvieron refrescos,

repartió Lucrecia unos cuantos regalitos, obra de joyeros romanos,

y los Príncipes y su séquito se fueron muy contentos, habiéndoles

parecido Lucrecia muy gentil y graciosa, según escribía el Prete a la

Marquesa de Mantua[94].

[94] Gregorovius, que salva las dificultades del italiano del

siglo XVI traduciéndolo a su capricho, hace aquí decir al Prete

que _al Cardenal Hipólito le brillaban los ojos_, cuando ni aun

siquiera le nombra, y la frente de Lucrecia es la que brillaba.

Este Prete, que asistió a las fiestas de la boda en Roma y las

describió con no menor lujo de detalles respecto de los trajes de

Lucrecia que los que hallamos en la antes citada relación de D.ª

Sancha, era un familiar de Nicolás de Cagnolo, a quien encargó Isabel

de Este se fijase especialmente en la indumentaria, a la que atribuía

grandísima importancia la Marquesa. Superaron las fiestas en fausto a

las de las otras dos bodas de Lucrecia. Hubo cabalgatas triunfales,

y luchas de atletas, y carreras de caballos, y comedias, bailes y

banquetes, y además corridas de toros, que los italianos llamaban

_cacie al toro_; habiendo el Papa anticipado el Carnaval, para que

los romanos pudiesen entregarse libremente a toda clase de locuras, y

se echasen a la calle enmascaradas desde la mañana hasta la noche las

honestas y deshonestas meretrices que abundaban en Roma.

Las corridas de toros importáronlas los españoles en Italia desde

el siglo XIV, pero no se generalizaron hasta el siguiente, en que

los aragoneses las llevaron a Nápoles y los Borjas a Roma, placiendo

a César porque en ellas lucía su fuerza y su destreza. Una carta,

dirigida a Alfonso de Este por el ferrarés Adornino Feruffino,

protonotario apostólico, describe la corrida, que tuvo lugar el 2 de

Enero de 1502, en la que se lidiaron ocho toros y dos búfalos, que

dieron poco juego. Con el Duque salieron a la plaza ocho caballeros,

armados de rejones, y a uno de los toros se lo clavó el Duque en

medio de los cuernos y cayó al suelo muerto. Después de esta hazaña

dejó el caballo y volvió a pie, con doce compañeros, con unos rejones

de asta fuerte y hierro largo, y cuando el toro venía hacia ellos se

ponían muy juntos y lo herían de muerte. El mejor lance fué el de un

toro bravísimo, que embistió a los peones, derribó a dos con poco

daño y a otro lo enganchó y lo echó al aire, y cuando cayó en tierra

no se movió, y se dijo que estaba muerto. Tres caballos de gran

precio de los caballeros en plaza fueron destripados por los toros.

El Embajador de Ferrara, Juan Lucas Pozzi, para quien obtuvo Lucrecia

el Obispado de Reggio, escribía al Duque, el 23 de Diciembre de 1501,

que había ido a visitar a Lucrecia, después de la cena, y había

tenido con ella larga plática sobre varios asuntos y había podido

conocer que era muy prudente y discreta, afectuosa, de buena índole

y en extremo respetuosa para con el Duque y D. Alfonso, por lo que

creía que ambos quedarían satisfechos. Tenía mucha gracia para todo

con modestia, simpática y honesta. Era también católica: mostraba

temor de Dios e iba a confesarse al día siguiente para comulgar

el día de Navidad. Su belleza era suficiente, pero sus agradables

maneras, y su buena cara y gracia (_la buona ciera et gratia_) la

aumentaban y hacían parecer mayor, y en resumen, eran tales sus

cualidades, _que no se debía ni podía sospechar cosa siniestra_, sino

más bien presumir, creer y esperar de ella óptimas acciones.

Ya hemos dicho que lo que más gustaba a Alejandro eran los bailes,

porque en ellos se distinguía Lucrecia por su pericia y gracia, que

encantaban al Papa. El Prete describe una fiesta que tuvo lugar

en casa de Lucrecia, el domingo 26, día de San Esteban. Abrió el

baile un caballero valenciano con una doncella de la Duquesa, que

se llamaba Nicolasa. Bailó luego Lucrecia, muy lindamente, con

D. Ferrante. Con las doncellas de Lucrecia podían competir las

de Ferrara, a juicio del Prete. Había dos o tres graciosas. Una

valenciana, Catalina, bailó bien, y había otra, un ángel de bondad

(la Angela Borja), que el Prete, sin que ella lo supiera, escogió por

favorita.

El personal femenino que había de llevar a Ferrara la Duquesa era

objeto de especial predilección para el Prete, quien escribía que

irían con ella Jerónima Borja, la hermana del Cardenal, mujer de

Fabio Orsini, que se decía tenía el mal francés; Angela Borja, su

hermana, que creía sería la preferida de Isabel de Este, porque a él

también le placía; una Catalina, valenciana, que a unos gustaba y a

otros no; una perusina guapa; otra Catalina[95]; dos napolitanas,

Cintia y Catalina, que no eran bellas, pero sí agraciadas, y una

mora, que nunca vió persona más hermosa y galana y bien vestida, con

brazaletes de oro y perlas, creyéndola favorita de la Duquesa[96].

[95] Debía ser Catalina _la Loca_, devotísima de Lucrecia, a

quien llamaba familiarmente _Deda_, y la cual, cuando murió su

ama, quiso ir a Mantua y allí estuvo con la Marquesa Isabel cinco

años. Era además de mentecata, muy aficionada al vino y a lo

ajeno.

[96] Era una esclava mora y llamábase también Catalina.

El 30 de Diciembre celebróse en el Vaticano el matrimonio. Salió

Lucrecia de su Palacio, llevada de la mano por sus cuñados D.

Ferrante y D. Segismundo, y seguida de toda su Corte y de cincuenta

damas. Vestía de brocado de oro, a la francesa, con mangas abiertas

que llegaban hasta el suelo y manto carmesí, forrado de armiño, cuya

larga cola llevaban sus doncellas, y en la cabeza una cofia de seda

y oro y sujeto el pelo por una sencilla cinta negra. El collar era

de perlas y el colgante se componía de una esmeralda, un rubí y

una perla de gran tamaño. Aguardábala el Papa en la sala Paolina,

sentado en su trono y teniendo a su lado a su hijo César y a trece

Cardenales. Presentes estaban también los Embajadores de Francia,

España y Venecia, pero no el de Alemania. Empezó la ceremonia con la

lectura del poder del Duque de Ferrara, a la que siguió la plática de

rigor que pronunció el Obispo de Adria, el cual tuvo que abreviarla

por habérselo así ordenado el Papa. D. Ferrante, en representación de

su hermano D. Alfonso, dirigió a Lucrecia la pregunta de rúbrica, y

habiendo ella respondido afirmativamente, le puso al dedo el anillo

nupcial y se levantó acta en instrumento que redactó un notario. El

Cardenal Hipólito presentó entonces las joyas que regalaba el Duque,

por valor de 70.000 ducados, y de las cuales no se hizo mención en el

acta notarial, «para que en el caso de que faltara la Duquesa a sus

deberes para con D. Alfonso no se viese éste obligado más de lo que

quisiera respecto a las alhajas», según escribía el Duque a su hijo

Hipólito. La entrega hízola el Cardenal con mucha gracia: colocó ante

el Papa el cofrecito, lo abrió, y ayudado por el tesorero ferrarés,

Juan Ziliolo, fué presentando las joyas, de la manera más adecuada

para realzar su valor y hacerlas mejor apreciadas. El Papa las tomó

en sus manos y mostró a Lucrecia las cadenas, sortijas, pendientes,

las piedras preciosas y, sobre todo, un magnífico collar de perlas,

que había sido de Leonor de Aragón, siendo conocida la pasión que por

las perlas sentía Lucrecia.

Desde las ventanas del Vaticano presenciaron las carreras de caballos

y una justa, que tuvo lugar en la plaza de San Pedro, y de la que

resultaron cinco heridos, por servirse los combatientes de armas de

filo. Trasladáronse después a la Cámara del Papa y allí empezaron los

bailes, danzando Lucrecia con César por orden de Su Santidad, que se

regocijó mucho. Bailaron asimismo muy bien las doncellas de Lucrecia

por parejas, y al cabo de una hora empezaron las comedias, con una

de Plauto, que por lo larga no se terminó, y luego otra igualmente

en latín, muy bonita, pero cuyo significado no pudo alcanzar a

comprender el Prete.

A esta fiesta siguieron otras, trayendo cada día aparejada la suya.

Hubo una cabalgata, organizada por la ciudad de Roma, con trece

carros alegóricos: comedias, _Morescas_, bailes a la moda, en uno

de los cuales tomó parte César. El día de la corrida de toros se

representó la comedia del _Menechino_, de Plauto, la misma con que

había sido obsequiada Lucrecia cuando casó con Sforza.

El 5 de Enero cobraron los ferrareses el resto de la dote en dinero

contante y se entregaron a Lucrecia todas las Bulas pedidas por el

Duque de Ferrara, con lo que pudo ponerse en marcha al día siguiente

la comitiva, que quería Alejandro fuese la más fastuosa que se

hubiese jamás visto en Italia. Formaba de ella parte, como Legado

del Papa, el Cardenal Francisco de Borja, Arzobispo de Cosenza, hijo

natural de Calixto III y muy amigo de Lucrecia, a quien debía la

púrpura. Iban, además, tres Obispos, cuatro enviados de la ciudad de

Roma, dos representantes del patriciado romano, que fueron Francisco

Colonna, de Palestrina, y Julián, Conde de Anguillara, a los que se

juntaron Ranucio Farnesio y el Capitán de la guardia pontificia, D.

Guillén Ramón de Borja, sobrino del Papa, y ocho gentiles-hombres

de segundo orden. César envió una lucida escolta de doscientos

caballeros: españoles, franceses, romanos e italianos de otras

varias provincias, con música y bufones para entretener a la hermana

en el camino. La Corte oficial de Lucrecia se componía de ciento

ochenta personas, y entre sus damas llamaba la atención Angela Borja,

cuya belleza había sido ya cantada en Roma por el poeta Diómedes

Guidalotto, y mereció que la citara en su _Orlando Furioso_, Ludovico

Ariosto. Con ella iba su hermana Jerónima, Madonna Adriana, que había

servido de aya a Lucrecia; otra Adriana, mujer de Francisco Colonna,

y una Orsini, que no podía ser su nuera Julia _la Bella_, pero que

quizá fuera la hija de esta Laura, que contaba entonces unos diez

años y era ya prometida esposa de Federico Farnesio.

No cesaba Alejandro de alabar, en sus conversaciones con los enviados

ferrareses, la castidad y pudicicia de su hija, que deseaba no la

rodeara su suegro sino de damas y caballeros que fuesen gente de

bien, y ellos escribían a Ferrara que Lucrecia les había dicho que

por sus acciones jamás habría de sonrojarse Su Santidad, lo cual

tenían por cierto, pues cada día tenían mejor opinión de su bondad,

honestidad y discreción, viviéndose en su casa, no sólo cristiana,

sino religiosamente. Y el Cardenal Ferrari, al recomendar a Lucrecia,

por sus méritos y virtudes, creía oportuno avisar al Duque de Ferrara

que cuanto por ella hiciera lo apreciaría el Papa como si por él lo

hiciese.

El 6 de Enero despidióse Lucrecia de sus padres (porque es de suponer

que lo hiciera a solas de Vannozza, que no asistió visiblemente a

fiesta ninguna de la boda) y de su hijo Rodrigo, a quienes jamás

había de volver a ver, y a las tres de la tarde se puso en camino,

montada en una mula blanca, con riquísima gualdrapa y arreos de

plata y vestida con un precioso traje de viaje que daba gusto verla,

cabalgando entre los Príncipes de Ferrara y el Cardenal de Cosenza y

con un séquito de más de mil personas. Hasta la Plaza del Pueblo la

acompañaron todos los Cardenales, los Embajadores y los Magistrados

de Roma, y un buen trecho fuera de la ciudad, César y el Cardenal

Hipólito, que regresaron luego al Vaticano. Alejandro, después de

despedirse, en la sala del Papagayo, de su hija, con la que estuvo

solo largo rato, fué a verla pasar de cuantas partes pudo, y con

los ojos y el corazón la siguió, ansioso, hasta que, desapareciendo

a lo lejos, envuelta en polvo, la lucida cabalgata, perdió de

vista, y para siempre, a la hija predilecta que había querido _de

un modo superlativo_, según escribía una vez a su Rey un Embajador

napolitano.

Lucrecia Borja: Estudio Histórico · 第 7 / 32 题