Las proyectadas bodas españolas de Lucrecia Borja con don
Cherubín de Centelles y D. Gaspar de Prócida.—Su matrimonio con
el Señor de Pesaro, Juan Sforza.—La ceremonia nupcial.—La boda
del Duque de Gandía, D. Juan, con su cuñada Doña María Enríquez,
viuda del primer Duque.—Consejos que le dió el Papa.—Celébrase
la boda en Barcelona.—La de D. Jofre de Borja con D.ª Sancha
de Aragón, hija natural del Rey Alfonso II de Nápoles.—Los
Sforza.—Relaciones de la Corte de Milán con las demás de
Italia.—El Señorío de Pesaro.—Lucrecia en Pesaro.—Ludovico _el
Moro_ abre las puertas de Italia a Carlos VIII de Francia.—Caen
en poder de los franceses Julia Farnesio, su hermana Jerónima
y su suegra Adriana Milá, y las rescata el Papa.—Carlos VIII
en Roma.—Encamínase a Nápoles.—Fuga de César y muerte de
Djem.—Fácil conquista de Nápoles y sus desastrosos efectos para
el ejército francés.—La Liga contra Francia.—La batalla de
Fornovo.—Regresa a Roma a fines de Octubre de 1495 Lucrecia, y en
Mayo de 1496 hacen su entrada Jofre y Sancha.—Tres meses después
llega de España el Duque de Gandía para capitanear el ejército
pontificio en la campaña contra los Orsini, y es derrotado en
la batalla de Soriano.—Asesinato del Duque de Gandía.—Dolor del
Papa.—¿Quién fué el asesino?—Aunque no probada, parece probable
la culpabilidad de César.—Cae en desgracia en el Vaticano el
Señor de Pesaro.—Se declara nulo, por impotencia, su no consumado
matrimonio con Lucrecia.—Del ofendido marido parte la acusación
de incesto contra el Papa.
El grande amor que Alejandro VI profesó a los hijos que tuvo en la
Vannozza, y especialmente a Lucrecia, hízole procurar, por toda clase
de medios, el engrandecimiento y encumbramiento de los varones, al
par que el de la hija predilecta, a quien buscó marido desde su más
tierna edad, y sin que en el matrimonio contara para nada la voluntad
de la contrayente. Trató primero de casarla en España con un D.
Cherubín Joan de Centelles, Señor del valle de Ayora, en el Reino de
Valencia, y hermano del Conde de Oliva[58], firmándose el contrato
en Roma el 26 de Febrero de 1491, y como hasta el 18 de Abril de
1492 no cumplía ella los doce años, en el mes de Junio siguiente
debía confirmarlo por palabras de presente. Ignórase el motivo de
que quedara sin efecto este contrato; pero pocos meses después, el
30 de Abril de 1491, concertóse la boda de Lucrecia con otro noble
español, don Gaspar de Prócida, Conde de Almenara, hijo del Conde
de Aversa D. Juan Francisco y nieto de D.ª Leonor de Prócida y de
Castelleta, familia que vino con la Casa de Aragón a Nápoles, donde
afincó. El advenimiento de Rodrigo Borja al solio pontificio hizo que
le pareciera don Gaspar poco partido para la hija del Papa, y el 8 de
Noviembre de 1492 quedó disuelto el concertado enlace y anulado el
10 de Junio de 1498 por Breve de Su Santidad, en que se consideraba
ilegal la disolución que por error y sin la suficiente dispensa
indujo a Lucrecia a unirse en matrimonio con Juan Sforza; matrimonio
que tampoco se había consumado y había sido declarado nulo; pero el
Breve se expedía a solicitud de Lucrecia, _para evitar escándalo_,
por haberse casado D. Gaspar con otra mujer de quien tenía sucesión.
[58] Alfonso V de Aragón dió título de Conde de Oliva, en 1448, a
Francisco Gilabert de Centelles, su Camarlengo, por premio a sus
servicios en las guerras de Nápoles. Extinguida la descendencia
masculina, recayó el Condado en una hembra, Magdalena, que casó
con el quinto Duque de Gandía, D. Carlos de Borja, hijo de San
Francisco.
El primer marido de Lucrecia fué el Señor de Pesaro, Juan Sforza de
Aragón[59], hijo natural de Constanzo y nieto de Alejandro, hermano
de Francisco, Duque de Milán, que en 1445 compró en 20.000 florines
de oro el Señorío de Pesaro a Galeazzo Malatesta[60]. En 1490 había
enviudado Juan de Magdalena Gonzaga, hermana del Marqués de Mantua
Francisco I, y su tío el Cardenal Ascanio sugirió al Papa esta boda,
que por los apellidos y parentescos del novio parecía ventajosa, y
fué aceptada. Firmóse el contrato el 2 de Febrero de 1493, y el 9
de Junio hizo su entrada en Roma el Señor de Pesaro con una lucida
comitiva, en la que figuraba el indispensable bufón Pedro Mambrino.
La ceremonia nupcial se celebró el día 12 siguiente en el Vaticano,
y están esencialmente de acuerdo en su descripción el Embajador
del Duque de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio, Obispo de Módena, y
Pier Gentile de Varano, uno de los muchos corresponsales que hoy
llamaríamos _reporteros_, de la Marquesa de Mantua, Isabel de Este.
No asistieron más Embajadores que el dicho de Ferrara, el veneciano,
el milanés y uno del Rey de Francia. La novia estaba lujosamente
vestida y se adornaba con muchas joyas; pero quien entre las mujeres
llamóles más la atención por su belleza fué Julia Farnesio, «de la
que tanto se habla», dice Bocaccio; y el Varano, al nombrarla,
añade: _la quale invero e una bella cosa da vedere e dicessi essere
la favorita del Papa_. A la ceremonia religiosa siguió una égloga
pastoral en honor del Papa, obra de Seraphin, y la comedia de Plauto
_Menechmes_, «Los gemelos», en latín, que no gustó a Su Santidad y no
dejó que se acabara. Bailaron luego las damas, «y con asistencia del
Papa y de todos nosotros, dice el Obispo de Módena, se pasó la noche:
si bien o mal, queda a juicio de Vuestra Señoría».
[59] El apellido Aragón con que figura Sforza en el contrato
de boda era el de su madrastra Camila, Princesa de la Casa de
Nápoles, con quien casó Constanzo, y de la cual no tuvo sucesión.
[60] Alejandro, tras larga carrera militar, tuvo un reinado
tranquilo y juntó una espléndida biblioteca en Pesaro, donde
pasaba su tiempo en pías y eruditas conversaciones.
Apenas falleció D. Pedro Luis de Borja, primer Duque de Gandía,
cuando el 28 de Agosto de 1488, según ya queda dicho, el Deán de
Valencia D. Juan López, como Notario apostólico, otorgó poder a
D. Francisco Prats para que, en nombre de D. Juan de Borja y como
procurador suyo, se trasladase a España y firmase las capitulaciones
matrimoniales con su cuñada D.ª María Enríquez, y en la propia
fecha dispensaba el Papa Inocencio VIII los impedimentos de edad y
parentesco. El 13 de Diciembre de aquel año se firmaron en Valladolid
las nuevas capitulaciones, debiendo celebrarse el matrimonio _in
facie Ecclesiæ_ tres años después y obligándose los padres de
doña María Enríquez a pagar la dote pasados treinta días de la
consumación del matrimonio. Pasaron, sin embargo, cuatro años sin
que el concertado enlace se llevase a cabo, por razones políticas o
particulares del Rey D. Fernando; pero con la elevación de Rodrigo de
Borja al solio pontificio cambiaron las cosas de aspecto. Pocos días
después de la boda de Lucrecia, el 19 de Junio de 1493, llegó a Roma,
para prestar la obediencia como Embajador de los Reyes Católicos, D.
Diego López de Haro, «caballero de mucho valor y de los más señalados
que hubo en su tiempo», según Zurita, el cual manifestó a Su Santidad
que el nuevo Duque de Gandía sería bien recibido en la Corte de
España y que le harían graciosa donación de un buen Estado. Regocijó
esto al Papa, y el 2 de Agosto embarcó D. Juan en Civitavecchia,
colmado de regalos, obra de los mejores orífices italianos y con el
equipaje de un magnate, como se ve en el inventario escrito por
Ginés Fira, de sus alhajas, ropas y otros objetos, que se conserva en
el archivo de la Catedral de Valencia y ha sido publicado por el Sr.
Sanchís y Sivera con otros interesantes _Documentos y cartas privadas
que pertenecieron al segundo Duque de Gandía_[61]. Igualmente
numeroso y escogido eran el personal y servidumbre que le acompañaba,
compuesto de gentiles-hombres, pajes, mayordomos, camareros,
escuderos, músicos, _burberestador_ (desbravador) y _el patje que
porta les camises a la senyoria_.
[61] Valencia, 1919.
Entrególe el Papa a mano una carta llena de excelentes consejos y
encargos, que reiteró en las instrucciones que hizo redactar a Mosén
Fira, que como secretario había de acompañar al Duque. Debía oír misa
todos los días; no ser mentiroso ni chismoso; servir con asiduidad y
diligencia al Rey, la Reina, el Príncipe y los Infantes, ganándose
sobre todo la voluntad de la Reina; guardarse de cualquier clase de
juegos, especialmente el de dados, pues si los tocaba para jugar
jamás volvería a verle la cara. Encargábale en las instrucciones que
al llegar a Valencia fuese a besar las manos a su tía D.ª Beatriz de
Arenós, guardándole cuantas atenciones pudiese, por ser dicha tía la
única hermana de Su Santidad y persona de tanta virtud y merecer, y
que tratase de granjearse su voluntad, porque tenía muchos bienes y
no era cosa de que fuera a disponer de ellos en favor de alguna otra
persona. Y siendo la intención de Su Santidad que regresase el Duque
a Roma lo más pronto posible para servirle, consultaría con el Papa
respecto a cuándo debía venir y si debía traer a la Duquesa si no
estuviese preñada, pudiendo venir con ella D.ª Beatriz. Y en otra
carta dábale instrucciones respecto al traje y joyas con que debía
hacer su entrada en Barcelona, y le recomendaba que no se quitase los
guantes hasta que llegase a Barcelona, pues la mar estropeaba las
manos y debía cuidárselas, porque era cosa que en nuestra tierra se
miraba mucho.
El 24 de Agosto se celebró la boda en Barcelona, y de ella daba
cuenta Carlos Canale a un su amigo en los siguientes términos:
«Esperaban la llegada del Duque los más altos dignatarios de la
Corte, e hizo su entrada en una mula parda, que le estaba preparada,
guarnecida toda de brocado, y él suntuosamente vestido con un valioso
collar de rubíes y un hermosísimo diamante en la gorra. Cabalgó entre
el Infante de Granada y el Duque de Cardona, que lo acompañaron por
la calle que llaman Larga hasta el palacio donde estaban el Rey y
la Reina y el Príncipe su hijo. Cuando llegaron ante Sus Majestades
se puso el Rey en pie y el Duque se arrodilló y le besó la mano, e
hizo lo mismo con la Reina y habló a Sus Majestades dignamente. Y
hecho esto, vino el Príncipe, que estaba en otra cámara del palacio,
trayendo de la mano a la novia. El Duque se desposó con ella ante Sus
Majestades, y no la besó, porque no es costumbre el besar, como se
hace entre nosotros.»
De los consejos del Papa no hizo gran caso D. Juan, mozo a la sazón
de diecisiete años, jugador, bebedor y mujeriego, y cuando llegó a
noticia de Su Santidad que de los 2.600 ducados que llevara el Duque
a mano había gastado 2.000 en el juego y en ribalderías, y que, lejos
de haber consumado el matrimonio, en lo que ponía Alejandro gran
empeño, había tenido abandonada a la Duquesa para andar de noche por
la ciudad _matando perros y gatos_, acaso en compañía del Príncipe
heredero D. Juan, con quien vivió bastante íntimamente tan luego
como los reyes se marcharon, dejándole de lugarteniente general;
airóse mucho el Papa e hízoselo así saber al Duque en carta de fin de
Noviembre. Pero si no se corrigió el Duque en punto al gasto, pudo sí
dar gusto a Su Santidad participándole, en 27 de Febrero siguiente,
que ya estaba encinta la Duquesa.
Mientras en Barcelona se celebraba con regia pompa el matrimonio del
Duque de Gandía, su hermano D. Jofre se desposaba por poder en Roma,
el 16 de Agosto, con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey de
Nápoles, D. Alfonso II, _el Bizco_, y hermana del Duque de Bisceglia,
que había de ser el segundo marido de Lucrecia. El 11 de Mayo del año
siguiente[62] el Cardenal Juan de Borja, Legado pontificio enviado a
Nápoles para la coronación del Rey D. Alfonso, casaba de presente a
Jofre, que sólo contaba trece años, con la hija del Monarca aragonés,
que llevaba en dote el Principado de Squillace. El 20 de Mayo de
1496 hicieron su entrada en Roma, él vestido a la española y ella
a la napolitana. Era él, según Scalona, moreno de cara y de mirada
lasciva, el pelo largo y tirando a rojo, y pareciendo tener catorce
o quince años. Ella, que cabalgaba entre Lucrecia y el Embajador de
España, aparentaba tener unos veintidós años (aunque no pasaba de
los diecisiete), era naturalmente morena, de ojos glaucos, nariz
aguileña y con una buena mano de colorete. Fué el matrimonio de Jofre
infelicísimo, y según pública voz de que se hizo eco un Embajador
ferrarés, no llegó nunca a consumarse, y no porque pecara de esquiva
la hermosa y enamoradiza Sancha, que después de haber otorgado sus
favores al Cardenal de Valencia, no supo negarlos al Duque de Gandía,
y a celos de rivales y envidias de hermanos atribuyóse el fratricidio.
[62] Gregorovius da como fecha el 8 de Mayo. Pastor el 7. El
Cardenal de Monreal en carta a Juan de Marrades, fecha en
Nápoles el 12 de Mayo, dice que los casó el día anterior, que
era domingo. La coronación del Rey D. Alfonso había tenido lugar
el jueves anterior, día de la Ascensión, es decir, el 8, según
consta en carta que el Rey dirigió al Papa participándoselo, así
como las mercedes concedidas a D. Juan y a D. Jofre de Borja.
Ambos documentos, conservados en el Archivo de la Catedral de
Valencia, figuran entre los publicados por el Sr. Sanchís.
No alcanzó Lucrecia mayor ventura, si bien por distintos motivos
que su hermano Jofre, en su matrimonio con el Señor de Pesaro. Con
título de Duques gobernaban los Sforzas a Milán desde que en 1540
vino a señorearla Francisco Sforza, uno de los más grandes capitanes
de su tiempo, tipo cabal del condotiero italiano del siglo XV, que
sirvió con igual celo a los Visconti contra los venecianos y a éstos
contra aquéllos, y casó con Blanca Visconti, última descendiente de
los Visconti milaneses. Tuvo Francisco veinte hijos, once de ellos
bastardos, y entre los legítimos a Galeazzo María, casado con Bona
de Saboya, que le sucedió y murió asesinado; a Hipólita, esposa de
Alfonso II de Nápoles, que gozó fama de culta entre las mujeres
italianas del Renacimiento; al Cardenal Ascanio, que más de una vez
estuvo a punto de ser Papa, y a Ludovico _el Moro_, que casó con
Beatriz de Este[63], hija del Duque Hércules de Ferrara y de D.ª
Leonor de Aragón, hermana de Alfonso II, e hizo de la Corte de Milán
una de las más renombradas y fastuosas de Italia. Cuando en 1493
se desposó con Lucrecia Juan Sforza, reinaba nominalmente en Milán
Juan Galeazzo, el nieto de Francisco, casado con su prima hermana
Isabel de Aragón, la hija legítima de Alfonso II, que no sin razón
se firmaba _Isabella d’Aragonia Sforcia, unica en disgrazia_; pero
quien en verdad reinaba era el entonces Duque de Bari, Ludovico _el
Moro_, que a la muerte de su sobrino Juan Galeazzo, atribuída a un
veneno, y que pudo ser mero efecto de la gula, usurpó la corona
que correspondía a Francisco, el hijo del difunto, que se llevó
después Luis XII a Francia, y allí murió sin sucesión y muy mozo
de una caída de caballo en una cacería. Aunque eran los Sforzas
de cuna modestísima, se ennoblecieron con la espada y el tálamo y
emparentaron, directa o indirectamente, con los soberanos de las más
famosas cortes italianas, y hasta con el Emperador y con el Papa.
Con la de Nápoles, por los repetidos enlaces mencionados; con la de
Mantua, en que brillaba Isabel de Este, mujer del Marqués Francisco
Gonzaga y hermana de Beatriz; con la de Ferrara, por el matrimonio
de Alfonso I de Este, el tercer marido de Lucrecia, que casó en
primeras nupcias con Ana Sforza, hermana de Juan Galeazzo. La hermana
de Ana, Blanca María, fué la segunda mujer del Emperador Maximiliano,
y su media hermana Catalina, una de las hijas bastardas de Galeazzo
María, mujer primero de Jerónimo Riario, Conde de Forli, después de
Jacobo Feo de Savona y, por último, de Juan de Médicis, de quien
tuvo a Juan de Médicis, Capitán de las Bandas Negras, adquirió fama
de hembra casi virago y de gran ánimo[64], y cuando se vió sitiada
en Forli por los asesinos de Riario, que para rendir la fortaleza en
que se había refugiado, la amenazaron con dar muerte a sus hijos, que
tenían en rehenes, portóse como el más esforzado varón, y lejos de
ocultar su sexo, hizo de él deshonesto alarde desde la muralla, para
que los sitiadores vieran que no habían de faltarle hijos, como, en
efecto, los tuvo de sus dos sucesivos maridos.
[63] Pidió en 1480 la mano de Isabel de Este, pero como estuviera
ya prometida a Francisco Gonzaga, primogénito del Marqués de
Mantua, le ofrecieron la de Beatriz, que tenía entonces cinco
años, habiendo Ludovico cumplido ya los veintinueve.
[64] _Femina quasi virago et de gran animo_, la llamó Martín
Sanuto.
Estrechas fueron también las relaciones de la Corte de Mantua con la
de Urbino, a la que dió tanto renombre el Conde Baltasar Castellón
con su libro _El Cortesano_, primorosamente traducido al castellano
por Boscán. El Duque Guidobaldo, último de los Montefeltro, casó
con Isabel Gonzaga[65], cuñada de la gran Marquesa Isabel de Este,
y la hija de ésta, Leonor Gonzaga, fué después Duquesa de Urbino
por su enlace con Francisco de la Rovère, sobrino e hijo adoptivo
de Guidobaldo, que murió sin sucesión. Otra hermana de Guidobaldo,
Inés, se desposó con Fabrizio Colonna y tuvo por hija a la famosa
poetisa Victoria Colonna, Marquesa de Pescara, que entre sus muchos
e ilustres amigos contó a Miguel Angel, y le inspiró no pocos
madrigales y sonetos. Disfrutó asimismo en Urbino de la hospitalidad
de aquellos Duques, tan amantes de las letras y las artes, el
desterrado Julián de Médicis, hijo de Lorenzo _el Magnífico_ y
hermano del Cardenal Juan, que fué luego León X; hombre flaco de
suyo, y a mayor flaqueza reducido por el frecuente comercio con las
damas, una de las cuales le hizo en Urbino padre del célebre Cardenal
Hipólito, tan admirablemente retratado por Tiziano. Este comercio,
aún más que el trato con Castellón, Bembo y otros discípulos de
Apolo, de que hablaba Ariosto en una de sus sátiras, _hacíale el
destierro más humano_. Vuelto a Florencia en 1512, fué Capitán
general y Gonfaloniero de la Santa Iglesia, y después Duque de
Nemours por su matrimonio con Filiberta de Saboya, tía de Francisco
I, Rey de Francia. No olvidó Julián la hospitalidad de Urbino, y
mientras vivió, cediendo a sus ruegos, se abstuvo León X de realizar
su propósito de despojar a Francisco de la Rovère del Ducado para
dárselo a su sobrino Lorenzo, hijo de su hermano mayor Pedro y de
la ambiciosa Alfonsina Orsini, a quien casó con Magdalena de la
Tour d’Auvergne, hija del Conde Juan de Boulogne, que por su madre
Catalina de Borbón estaba emparentada con la Casa Real de Francia.
Murió Magdalena al dar a luz a Catalina de Médicis, esposa de Enrique
II y madre de tres Reyes, y pocos días después falleció Lorenzo del
mal francés que padecía.
[65] La hermana mayor de Isabel, Clara Gonzaga, casó con
Gilberto, Duque de Montpensier, y su hijo Carlos, Condestable de
Borbón, murió al frente de las tropas de Carlos V, en el asalto
de Roma en 1527.
El Señorío de Pesaro era uno de los menos importantes de las Marcas.
La antigua _Pisaurum_, ciudad edificada, según se dice, por los
sículos, que de España pasaron a Sicilia, tomó su nombre del río, que
hoy se llama Foglia, a cuya orilla derecha se extiende hasta el mar
en un risueño y espacioso valle. Fué colonia romana, y a la caída del
Imperio corrió la suerte de las demás ciudades italianas: Vitiges la
destruyó; Belisario la reedificó, e incorporada al Exarcado, formó
la Pentápolis con otras cuatro ciudades sobre el Adriático: Ancona,
Fano, Sinigaglia y Rimini. Pasó a ser longobarda cuando se apoderó
Astolfo de Rávena y luego al poder del Papa por donación de Pepino
y Carlomagno. Se hicieron después Señores de Pesaro los Malatesta,
que lo eran de Rimini, y por un tratado de tiempo del Cardenal
Gil de Albornoz quedaron reconocidos como Vicarios de la Iglesia.
Establecióse en Pesaro una rama secundaria de los Malatesta, hasta
que, viéndose amenazado Galeazzo Malatesta por su pariente Gismundo,
y no teniendo fuerzas con que defenderse, vendió en 1445 la ciudad en
20.000 florines de oro, según se ha dicho, a Francisco Sforza, que la
cedió a su hermano Alejandro, casado con una sobrina de Galeazzo.
El 8 de Junio de 1494 hizo Lucrecia su entrada en Pesaro bajo
una lluvia torrencial que deslució el recibimiento que le tenían
preparado sus vasallos y no permitió a la bella y risueña ciudad
presentarse como tal a los ojos de la nueva Señora, que debió
encontrar también harto modesto el palacio en que se alojó,
comparándolo con los que había habitado y visto en Roma. Dice,
sin embargo, Gregorovius, que si en su matrimonio con Sforza gozó
Lucrecia la felicidad de la vida, fué ciertamente en los días que
pasó en Pesaro, que la hicieron vivir como reina de un pastoral
idilio; pero quizás ella misma, añade, empezó a encontrar monótona
y vacía su existencia en Pesaro, sobre todo por las frecuentes
ausencias del marido como condotiero del Papa y de los venecianos.
Parécenos que la imaginación de Gregorovius, que unas veces suple
y otras desfigura la copiosa documentación, no siempre fielmente
transcrita, que acompaña la historia de Lucrecia Borja, estuvo más
acertada al suponer que Lucrecia se aburría soberanamente en Pesaro,
que no al pintarla feliz con su marido y echándole de menos cuando
los deberes militares le obligaban a ausentarse; porque no bastan
su indolente pasividad y su absoluta sumisión a la voluntad paterna
para explicar y justificar su conducta respecto a Sforza en el
proceso de anulación del matrimonio. Era Lucrecia apegadísima a los
suyos, parientes y españoles. A Ferrara la acompañaron como damas dos
Borjas, Jerónima y Angela, hermanas del Cardenal Juan de Borja, _el
Joven_, y entre las españolas que llevó a Pesaro iba Juana López,
sobrina del Datario y después Cardenal Juan López, que allí casó con
Juan Francisco Ardizio, médico y confidente de Juan Sforza.
Debió éste a la desmedida ambición de su tío Ludovico la mayor de sus
desventuras. Llamado por _el Moro_ entró en Italia Carlos VIII, el 3
de Septiembre de 1494, a la cabeza de un poderoso ejército, con el
propósito de conquistar a Nápoles. Dos años duraron, para preparar
esta guerra, las negociaciones de la Corte de Milán con la de Francia
y las demás de Italia, negociaciones que fueron el origen netamente
italiano de la diplomacia moderna y en las que rayó a tal altura la
habilidad del _Moro_, que su nombre hízose verbo, y se llamó entonces
_ludovicheggiare_ el arte de la intriga en que parecía el milanés
maestro, así como el nombre de Maquiavelo adjetivándose tomó carta
de naturaleza en todas las lenguas y hasta en nuestros días sirve
para designar la poco escrupulosa astucia florentina. Contaba a la
sazón Carlos VIII unos veinticuatro años y no valía gran cosa, ni de
cuerpo ni de espíritu, a juicio de los Embajadores venecianos, siendo
pequeñuelo y mal formado, feo de cara, con ojos abultados que debían
ver poco, nariz aguileña más grande y gorda de lo debido, boca de
labios gruesos siempre abierta, con un movimiento espasmódico de la
mano muy desagradable, y tardo y confuso de palabra. Halagábale la
idea de la conquista de Nápoles, porque creía que quedaría así la
Italia bajo su dominio y el Papa dependiente de nuevo de Francia, y
que vendría él a ser señor de Europa. Los primeros pasos de Carlos
VIII en Italia acrecentaron sus ilusiones, pues apenas encontraron
sus tropas seria resistencia, y las pocas guarniciones que se
defendieron fueron pasadas a cuchillo, sin perdonar a los inermes
viejos, mujeres y niños. El 17 de Noviembre entró lanza en ristre,
al frente de su ejército, en Florencia, y el 28 abandonó la ciudad,
encaminándose a Roma, no sin haber antes robado los franceses, según
Commines, cuanto pudieron del tesoro de antigüedades juntado por los
Médicis, que había ya sufrido el previo saqueo de la plebe.
Había el 22 publicado un manifiesto dirigido a la Cristiandad, en
que declaraba no ser su ánimo el hacer conquistas, sino el libertar
del poder de los turcos los Santos Lugares, para lo que iba a tomar
posesión del reino de Nápoles, que le correspondía, y sólo pedía al
Papa el paso por los Estados de la Iglesia, que si le fuese negado
obtendría por la fuerza, a pesar de las tristes consecuencias a que
esto pudiera dar lugar, amenazando, de una manera apenas velada, con
la reunión del Concilio y la deposición de Alejandro VI.
Con tal rapidez caminaron los franceses, que en sus manos cayeron
Adriana Milá, Julia Farnesio y su hermana Jerónima, mujer del
florentino Giannozzo Pucci, que salieron de Capodimonte para
reunirse en Viterbo con el Cardenal. Lleváronlas a Montefiascone
con las veinticinco o treinta personas que componían su comitiva, y
el Capitán Ives d’Allegre dió parte al Rey, que no quiso ver a la
bella Julia, por cuyo rescate pidió el Capitán tres mil ducados.
Consternado el Papa, acudió al Cardenal Ascanio Sforza y a Galeazzo
de San Severino[66] para que intervinieran cerca de Carlos VIII, el
cual dió orden de que fueran puestas en libertad aquellas damas.
Escoltadas por cuatrocientos franceses llegaron, el 1.º de Diciembre,
a las puertas de Roma, donde se hizo cargo de ellas el Camarero de Su
Santidad, Juan Marrades, y el Papa salió a su encuentro vestido de
jubón negro, listado de brocado de oro, una bella faja a la española,
con puñal y espada, botas españolas y gorra de terciopelo muy galana.
Cuando lo supo Ludovico censuró a su hermano y a San Severino por
haber contribuído a la restitución de aquellas mujeres, que eran
el corazón y los ojos del Papa, y por cuyo medio se hubiese de él
obtenido cuanto se quisiera, pues no podía vivir sin ellas. Los
franceses no habían sacado más que tres mil ducados por el rescate,
cuando el Papa hubiese dado más de cincuenta mil.
[66] Galeazzo era uno de los doce hijos de Roberto San Severino,
cuatro de los cuales sirvieron con las armas _al Moro_ y fueron
personas conspicuas en su Corte. Galeazzo casó con Blanca Sforza,
hija natural de Ludovico y de Bernardina de Corradis, y tomó,
después de la boda, el apellido de Sforza Visconti, siendo
tratado como miembro de la familia.
Llegó Carlos VIII a Roma, según lo había anunciado, a fines de
Diciembre; y el día de San Silvestre, declarado fausto por los
astrólogos, hizo su entrada en la Ciudad eterna por la puerta del
Pueblo y la vía Lata, el actual Corso. Seis horas, de las tres a las
nueve, duró el desfile del lucido ejército francés, a cuya cabeza
marchaban, armados de picas y alabardas, los gallardos mercenarios
suizos y tudescos, seguidos de los ballesteros gascones, los arqueros
escoceses, la caballería pesada y ligera, los treinta y seis cañones
de bronce de grueso calibre, con las culebrinas y falconetes, siendo
esta artillería la que más honda impresión produjo en los romanos.
Cabalgaba el Rey entre el Cardenal Ascanio Sforza y el de la Rovère,
y tras él venían otros seis Cardenales; D. Próspero y don Fabricio
Colonna, con todos los Generales italianos, entremezclados con los
altos dignatarios y nobles franceses, que le acompañaron hasta el
Palacio de San Marcos, que se le destinó como alojamiento.
Empezaron luego las pláticas. Pretendía Carlos que le entregara el
Papa el castillo de Sant’Angelo y a Djem, el hermano del Sultán, y
que César Borja le acompañara como legado; es decir, como rehén,
hasta Nápoles. A la entrega del castillo negóse el Papa, y en él
se encerró con seis Cardenales y la guardia española, que mandaba
su sobrino Rodrigo Borja, hermano del Cardenal Juan. Los cinco
Cardenales que rodeaban constantemente al Rey, y sobre todo, Ascanio
Sforza y Julián de la Rovère, enemigos entrambos del Papa, y entre sí
no menos enemigos, insistían en que se convocase el Concilio para la
reforma de la Iglesia y la deposición de Alejandro VI como simoníaco.
La palabra reforma, como reconoce el propio Commines, no era más que
un pretexto, y en cuanto a la simonía, siendo la acusación fundada,
no parecía el más indicado para formularla el Cardenal Ascanio, que
había sido el trujamán de la feria. Asestados los cañones contra
el castillo, que hubiera podido ser fácilmente batido, y convencido
de ello el Papa, decidióse a capitular, y el 15 de Enero de 1495 se
firmó un convenio, cuyas principales condiciones fueron que César
siguiera al ejército francés durante cuatro meses, que Djem quedase
en poder del Rey mientras peleaba contra los turcos; que el castillo
de Sant’Angelo continuase en poder del Papa, y que el Rey prestase
obediencia al Papa y no le molestase en cosa alguna espiritual
ni temporal, antes bien, le defendiese contra cualquier ataque.
Ratificado el convenio y prestada en consistorio la obediencia,
tomó Carlos VIII el camino de Nápoles, con gran satisfacción de
los romanos, que habían tenido que mantener y soportar un ejército
numeroso, cuyos discordes elementos eran harto levantiscos e
indisciplinados, y con no menor alegría de Alejandro VI, que había
salido con bien del más apretado lance de su vida, en que tan a punto
estuvo de perder la tiara.
En Velletri, los Embajadores del Rey Católico formularon sus quejas
y protestas, y no habiéndolas atendido el francés, D. Antonio de
Fonseca rasgó los capítulos del convenio hecho con Francia y arrojó
los pedazos a los pies del Rey. Pidiéronle que dejase en libertad a
César, pero éste cuidó de recobrarla por sí mismo y desapareció de
Velletri, disfrazado de palafrenero, sin cuidarse del bagaje, cargado
en diecisiete mulos; mas cuando se abrieron los baúles, que debían
contener sus ropas y enseres de casa, porque la plata había quedado
rezagada, halláronlos vacíos los franceses.
Otro contratiempo fué la repentina muerte de Djem, natural efecto
de su licenciosa vida; pero aunque en nada pudo aprovechar al Papa,
atribuyóse al veneno de los Borjas.
La campaña de Nápoles se redujo, para los franceses, a un triunfal
paseo. El Rey Alfonso abdicó en su hijo Fernando II (Ferrantino) y se
refugió en Sicilia, adonde también vino a parar el nuevo Rey cuando
entró Carlos VIII en la ciudad de Nápoles. No volvió a hablarse de
la cruzada contra los turcos, ni el Rey de Francia pensó más que en
gozar de aquel paraíso terrenal, poblado de seductoras Evas, que con
toda clase de frutas le tentaban[67]. Y si a la tentación sucumbió
el Rey, con harta más facilidad hubieron de rendirse sus capitanes
y soldados, que, como buenos hijos de Marte, sentían la poderosa
atracción de Venus. No les fué, sin embargo, benigna la alma Diosa:
el implacable mal que cantó Fracastoro[68] hizo en los invasores gran
estrago, y de él no se libraron Reyes ni Papas.
[67] Entre las preseas del Rey de Francia que cayeron en poder
de los italianos en la batalla de Fornovo, y en su mayor parte
le fueron devueltas por Francisco Gonzaga, figuraba un libro
con los retratos de las beldades italianas cuyos favores había
gozado Carlos VIII, libro que el Marqués retuvo y envió a Mantua
juntamente con unos hermosos tapices.
[68] _Syphilis, sive de morbo Gallico._ Hay una traducción
francesa, con notas, de Macquer y La Combe. Aunque la materia es
delicada, el autor la ha tratado de una manera muy decente.
Mientras Carlos VIII y su ejército campaban en Nápoles sin cuidarse
del resto de Italia, Ludovico _el Moro_, arrepentido de haber
traído a los franceses y ofendido de la altanería con que el Rey
le había tratado, dió oídos a los venecianos y entró en la Liga
contra Francia, que formaron con el Papa los Reyes Católicos y el de
Romanos, que fué luego el Emperador Maximiliano, dándosele el mando
del ejército al Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Alzáronse
también los napolitanos, cansados del mal gobierno extranjero, y el
20 de Marzo tuvo Carlos que emprender la retirada. Quiso, a su paso
por Roma, ver al Papa; pero Alejandro esquivó la entrevista, yendo
primero a Orvieto y luego a Perugia. El 6 de Julio se encontraron
los dos ejércitos en Fornovo, junto al Faro, y trabaron reñidísima
batalla, atribuyéndose ambas partes la victoria: los italianos,
porque quedaron dueños del campo, y los franceses, por haber
conseguido su propósito de abrirse paso. Aprovechó la ocasión _el
Moro_ para hacer, el 9 de Octubre, en Vercelli, las paces con Carlos
VIII, prescindiendo de los venecianos, con lo que creyó verse libre
de unos y de otros, y sólo logró enemistárselos más hondamente.
Estando en Perugia el Papa hizo venir a Juan Sforza, que llegó con
su mujer el 16 de Junio de 1495, pasó allí cuatro días y se volvió a
Pesaro. Había estado Sforza a sueldo de los venecianos; pero no se le
vió en la batalla de Fornovo ni en el sitio de Novara, y hechas las
paces en Vercelli regresó a fines de Octubre a Roma con Lucrecia.
Jofre de Borja siguió la suerte del Rey de Nápoles; acompañóle a
Sicilia y con él volvió a Nápoles, haciendo su entrada en Roma con
D.ª Sancha, el 20 de Mayo del año 1496. El Papa los recibió en el
Vaticano, en su trono, rodeado de once Cardenales, e hizo sentar a
sus pies, en sendas almohadas, a Lucrecia a la derecha y a Sancha a
la izquierda. Era entonces Pascua, y a las fiestas con que la Iglesia
las celebra concurrieron las dos jóvenes princesas, que se sentaron,
con escándalo de los romanos, en las sillas de coro, entre los
Canónigos.
Tres meses después, el 10 de Agosto, hizo su entrada, no menos
solemne, en Roma el Duque de Gandía, que dejó a la Duquesa en
Valencia y trajo al Papa, según se dijo, como recuerdo de España,
una bellísima valenciana; mas debió ser chisme propalado por los
Embajadores venecianos y por _el Moro_, enemistado ya con Alejandro.
Ardía éste en deseos de castigar a los Orsini, que por odio a los
Colonna se habían puesto de parte de los franceses. Cuando tuvieron
que capitular en Atella, a fines de Julio, los que al mando de
Montpensier habían quedado en el reino de Nápoles para defenderlo,
cayeron en poder del Rey Fernando II, Virginio Orsini y su hijo
Juan Giordano, con lo que se vieron privados los Orsini del jefe
de la familia y del más valiente de sus capitanes. Parecióle a
Alejandro la ocasión propicia para acabar con aquellos poderosos
Barones y apoderarse de sus bienes, y llamó al Duque de Gandía para
ponerle al frente del ejército pontificio como Capitán general, a
quien acompañaría el Duque de Urbino Guidobaldo. Pero la batalla de
Soriano, en que quedaron los pontificios completamente derrotados,
el Duque de Urbino prisionero y el de Gandía herido levemente en la
cara, obligó al Papa a hacer las paces con los Orsini y acabó con las
ilusiones que se había forjado sobre los talentos militares de su
hijo predilecto, a quien más le hubiera valido morir como soldado en
el campo de batalla.
La noche del 14 de Junio de 1497 tuvo lugar, en la viña de la
Vannozza, junto a San Pedro _ad vincula_, un banquete a que
asistieron sus dos hijos, Juan y César, y gran número de amigos,
entre ellos el Cardenal Juan Borja _el Joven_. Era ya tarde cuando
los dos hermanos y el Cardenal montaron sus mulas y se encaminaron
con una pequeña escolta al Vaticano. Al llegar al Palacio Cesarini,
que habitaba el Cardenal Ascanio Sforza, se despidió el Duque de
Gandía de sus dos compañeros con el pretexto de una cita a que
debía ir solo, y sin hacer caso a los Cardenales que trataron de
persuadirle de que se hiciese escoltar por unos cuantos hombres de
los que llevaban consigo, fuese con un solo lacayo y un enmascarado
que había traído al banquete y que desde hacía un mes iba todos los
días a visitarle[69]. En la plaza de los Hebreos despidió el Duque
al lacayo con orden de que le aguardara allí una hora, y que si al
cabo de ella no volvía, tornase a palacio, y tomando a las ancas al
enmascarado, espoleó la mula y al trote desapareció en la oscuridad.
Como no regresara el Duque a palacio a la mañana siguiente, sus
familiares dieron parte al Papa, el cual atribuyó la ausencia a
alguna aventura galante que le obligaba a aguardar las sombras de
la noche para abandonar la casa hospitalaria en que se albergaba.
Pero llegó la noche, y no habiendo Gandía parecido, inquietóse
sobremanera Su Santidad y ordenó se le buscara por todas partes.
Encontraron la mula que montaba y al lacayo gravemente herido, que
no pudo dar explicación ninguna, y finalmente, el 16 de Junio, por
un eslavo, mercader de leña, que tenía su almacén a orillas del
Tíber, junto al hospital de su nación, y se hallaba de guardia en
una barca, se supo que en la noche del martes 14, a las dos de la
madrugada, desembocaron por la izquierda del hospital dos hombres,
que después de haber mirado a su alrededor y visto que no había
nadie, se marcharon. Vinieron a poco por el mismo sitio otros dos
hombres, que cerciorados de la soledad, hicieron una señal y apareció
entonces un caballero en un caballo blanco, que llevaba atravesado en
la silla un hombre muerto, cuya cabeza y brazos pendían de un lado y
las piernas del otro, sosteniéndolos a uno y otro lado los otros dos
hombres, todos ellos enmascarados. Llegaron a la orilla del Tíber,
al sitio en que se echan al río las inmundicias, y allí arrojaron
el cadáver. A la pregunta del caballero de si se había ido bien a
fondo, contestaron afirmativamente, y los cinco hombres, dos de los
cuales montaban la guardia, desaparecieron por otra calle que daba
al Hospital de Santiago. Y habiéndosele echado en cara al mercader
eslavo que no hubiese dado aviso al Gobernador, respondió, y esto
pinta la Roma de los Borjas, que había visto en su vida echar al río
más de cien cadáveres sin que a nadie le importase nada.
[69] Según Bernáldez, el enmascarado era una meretriz que arregló
la cita, sabiendo que a ella acudiría el Duque.
Aquel mismo día los pescadores encargados de arrancarle al río su
secreto, encontraron el cadáver del Duque no lejos de Santa María
del Pueblo y cerca de un jardín perteneciente a Ascanio Sforza.
Halláronle degollado y con nueve heridas en el cuerpo; pero nada le
faltaba, ni del traje, ni de las joyas, ni del dinero que tenía en
la bolsa. Era, pues, evidente que no había sido el robo el móvil del
delito[70].
[70] En algunos detalles discrepa de esta versión la que da en
sus _Batallas y quincuagenas_, el Capitán Gonzalo Fernández de
Oviedo y por vez primera ha publicado el Marqués de Laurencín,
Oviedo llegó a Roma en el año de 1500, tres años después del
asesinato de Gandía, «cuando la común opinión de todos lo ponía a
cuenta y cargo de D. César Borja por cosas e señales e causas que
era para lo tener por averiguado, que otro no lo pudiera hazer ni
lo osara cometer». El estafero o mozo de espuelas del Duque, que
le acompañaba, llamábase Campo, y dióle su amo el encargo de que
fuera a buscar sus armas secretas y le aguardara en determinado
sitio y allí le aguardó hasta el alba, y no habiendo parecido el
Duque, tornó a palacio con las armas. En cuanto a la máscara que
sacó al Duque del banquete, dice Oviedo que oyó afirmar al Campo
que era D. Micalet Corella, bastardo valenciano, de la Casa del
Conde de Cocentaina, mal hombre y de pequeña estatura (por lo
que pudieron tomarle por mujer) que fué después muy favorecido
por el Valentino, y adquirió siniestra fama como ejecutor de sus
venganzas.
Grande fué el dolor de Alejandro por la muerte de aquel hijo que
compartía con Lucrecia la predilección paterna. Encerróse en el
castillo de Sant’Angelo y no quiso ver a nadie, ni en dos días probó
alimento ni bebida, ni pudo conciliar el sueño, llorando amargamente
y lamentándose a voces. En el Consistorio del 19 de Junio, a que
asistieron todos los Cardenales presentes en Roma, excepto Ascanio
Sforza, y los Embajadores de la liga, el español, el napolitano,
el veneciano y el milanés, dió el Papa rienda suelta a su pena.
«Amábamos, dijo, al Duque de Gandía sobre todas las cosas del mundo,
y daríamos con gusto siete tiaras por volverlo a la vida. Dios, por
nuestros pecados, ha querido mandarnos esta prueba, porque no merecía
el Duque de Gandía muerte tan terrible y misteriosa. Ha corrido la
voz de que el autor de ella es Juan Sforza. Estamos seguros de que no
es verdad, y aún menos de que lo sea su hermano o el Duque de Urbino.
Dios perdone a quien lo haya cometido. Estamos resueltos a atender de
aquí en adelante a nuestra reforma y a la de la Iglesia. Confiaremos
ésta a seis Cardenales y a dos auditores de la Rota. Los beneficios
se conferirán únicamente a los que los merezcan. Queremos renunciar
al nepotismo y empezar la reforma por nosotros mismos para pasar
después a la de los demás miembros y llevar esta obra hasta el fin.»
El Embajador español, Garcilaso, excusó la ausencia del Cardenal
Ascanio Sforza, que rogaba a Su Santidad no diese crédito a la voz
de que era el asesino, y se había puesto a la cabeza de los Orsini,
y que si lo permitía el Pontífice, comparecería para justificarse
personalmente, no habiendo asistido al Consistorio por temor a la
furia y venganza de los españoles. «Dios nos libre—contestó el
Papa—de tener tan terrible sospecha de un Cardenal que siempre tuve
por hermano, y será, cuando comparezca, el bienvenido.» Pero a pesar
de estas buenas palabras y de que no se sentía el Cardenal culpable,
creyó más prudente, en vista de la hostilidad de los españoles,
apartarse de Roma y pasó a Genazzano.
Nombróse inmediatamente la comisión para la reforma de la Iglesia,
y los Cardenales que la compusieron tomaron muy a pechos su encargo
y redactaron una Bula que ponía coto a todos los más conocidos
abusos; pero a su aprobación y publicación se fueron dando largas
y quedó, por fin, condenada a perpetuo olvido cuando se aplacaron,
con el tiempo, el dolor y el arrepentimiento de Alejandro VI y de él
se enseñorearon de nuevo y con más fuerza sus pasiones y carnales
apetitos.
Quién fuera el asesino del Duque de Gandía no se sabe hasta hoy con
absoluta certeza. Además del Cardenal Ascanio y del Señor de Pesaro,
atribuyóse el crimen a los Orsini, y a esta opinión se inclina la
autorizada del Barón de Pastor, en su _Historia de los Papas_, aunque
sin datos bastantes que la afirmen. Rechaza, en cambio, la versión
del fratricidio, universalmente admitida _algunos años más tarde_.
La primera alusión a César la hallamos en un despacho del Enviado de
Ferrara en Venecia, de 22 de Febrero de 1498, es decir, ocho meses
después del crimen, y dos años más tarde, cuando por orden de César
fué estrangulado el segundo marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón;
el Embajador veneciano Capello escribía desde Roma que «el asesino
era el mismo que mató al Duque de Gandía y lo echó al Tíber». A raíz
del crimen daba de él cuenta a su Gobierno el Embajador florentino
Bracci, y le decía: «Quien ha dirigido la cosa tiene entendimiento
y valor y es un gran maestro»[71]. Y Scalona escribía al Marqués
de Mantua: «La cosa, si no ha sido hecha, ha sido mandada hacer o
aconsejada por persona _que tiene los dientes largos_.»
[71] Despacho de 17 de Junio de 1497.
_Dientes largos_ teníanlos los Orsini; mas después de haber obtenido
con la victoria de Soriano y el subsiguiente acuerdo cuanto
apetecían, no parece que sólo por vengar anteriores agravios hubieran
cometido el crimen. Y no es tampoco verosímil que si el Papa los
tuvo por asesinos de su hijo los hubiese dejado en paz buen número
de años, puesto que no comenzó hasta fines de 1502 la implacable
persecución de aquellos poderosos Barones. Es más: en los primeros
meses de 1498, pocos después del asesinato de Gandía, trató el Papa
de casar a Lucrecia con un Orsini, y si el proyecto matrimonial no se
llevó a cabo, debióse al deseo de Alejandro VI de enlazar a sus hijos
con los de la Casa de Aragón para favorecer las ambiciosas miras de
César, que soñaba con la corona de Nápoles.
De no ser los asesinos los Orsini, ¿quién sino César tenía los
dientes largos y podía considerarse gran maestro, según lo acreditó
más tarde con el engaño de Sinigaglia? Manteníase todavía el Cardenal
de Valencia en la sombra, entregado al toreo de reses bravas, la caza
y las mujeres, por lo que no recayeron en él las primeras sospechas;
pero como las pesquisas de la policía para descubrir a los sicarios
resultasen vanas y el delito quedase impune y envuelto en el más
profundo misterio, se creyó que había un interés en echar tierra
al asunto, siendo la impunidad preferible al escándalo. Y la voz
pública designó entonces a César como autor del fratricidio. ¿Qué
razón pudo tener para deshacerse tan criminalmente de su hermano?
Dicen los que defienden su inocencia que no pudo ser el codicioso
deseo de apoderarse de los bienes del Duque de Gandía, puesto que
tenía éste un hijo que había de heredarle, ni tampoco porque fuera
D. Juan obstáculo a sus ambiciones, después de haber demostrado
en su campaña contra los Orsini su completa incapacidad. No eran
ciertamente los bienes de Gandía los que el Cardenal codiciaba, sino
el puesto del hijo predilecto, ojo derecho de Alejandro[72], que le
disputaba la primacía con el Papa y los favores de Sancha y el cariño
de Lucrecia, que los maldicientes suponían incestuoso. Prescindiendo
de los celos del amante, bastábale la envidia de Caín para impulsarle
al crimen, sin el cual no hubiera podido señorear la voluntad del
padre y ser, mientras vivió Alejandro, el alma y el brazo del
Pontífice.
[72] El 18 de Marzo de 1493 escribía Canale, hablando de _su
hijastro_ el Duque de Gandía: _es el ojo de Su Santidad_.
El 7 de Junio había sido nombrado Legado para coronar al Rey D.
Fadrique, último de los Monarcas napolitanos de la Casa de Aragón.
Después del asesinato de Gandía pensó el Papa enviar, en lugar del
Cardenal de Valencia, al Vicecanciller Ascanio Sforza, con quien tuvo
una conferencia el 21 de Junio; pero al fin fué César, que salió
el 22 de Julio para Capua con numeroso séquito y la fastuosidad
que tanto le placía, llevando al cinto _la reina de las espadas_,
que pasó a poder del Duque de Sermoneta, y ha heredado su hijo el
Príncipe de Bassiano, obra maestra del aurífice de Ferrara, Hércules
de Fideli, cuyo cincel supo expresar emblemática y admirablemente el
pensamiento del joven Cardenal que aspiraba a ser César, valiéndose
de la espada, después de haberse abierto camino con la daga del
sicario. El 6 de Septiembre regresó a Roma. Su Santidad lo recibió
en su trono con el Sacro Colegio y lo besó según el ceremonial;
pero ni el Valentino dijo una palabra al Papa, ni éste al Cardenal.
En Octubre hicieron las paces padre e hijo, y éste manifestó su
propósito de renunciar la púrpura, para lo que parecían suficiente
razón su mala vida y sus notorias deshonestidades, aun para lego
hartas. En el Consistorio secreto del 17 de Agosto de 1498 obtuvo la
dispensa y renunció el capelo, con no poco escándalo, por ser cosa
hasta entonces nunca vista.
Ya hemos dicho que uno de los primeros a quien la voz pública imputó
el asesinato de Gandía fué Juan Sforza, habiendo el Papa públicamente
declarado que estaba seguro de que no era verdad. Hacía tiempo que el
Señor de Pesaro había dejado de ser para los Borjas persona grata. A
ello contribuyó primeramente el haber abierto Ludovico _el Moro_ las
puertas de Italia al Rey de Francia para la conquista de Nápoles,
y a oídos del Papa debieron llegar también los horrores que de él
decía el Duque de Milán a los diplomáticos italianos acreditados en
su Corte. Pesóle a Alejandro VI la alianza con los Sforza, y pensó
en buscarle a Lucrecia marido de más fuste que el Señor de Pesaro y
que mejor sirviera para sus combinaciones matrimoniales y políticas,
que tenían por principal objeto el encumbramiento de sus hijos y el
engrandecimiento de su Casa. Hiciéronle indicaciones a Juan Sforza
para que espontáneamente se prestara a la disolución del matrimonio,
a lo que se negó, y teniendo sospechas o habiéndole avisado Lucrecia
por habérselo dicho César[73] que iba a ser asesinado, salió de
Roma el Viernes Santo, 24 de Marzo de 1497, con el pretexto de ir a
confesarse en San Crisóstomo; fuera de Roma, montó allí a caballo
y no paró hasta Pesaro. El Papa mandó al Padre Mariano, célebre
predicador de Genazzano, para persuadirle de que volviera a Roma;
mas resultó vana toda su elocuencia, en vista de lo cual y de que
en los cuatro años que llevaban de casados no había habido fruto
ninguno de bendición que confirmara la consumación del matrimonio,
aunque Scalona la tenía por cierta, resolvió el Papa disolverlo por
impotencia del marido, y así lo hizo saber al Sacro Colegio en el
Consistorio del 19 de Junio, encargando la instrucción del expediente
a dos Cardenales que por no ser parientes ni españoles pudiesen
parecer imparciales.
[73] Esto dice Gregorovius, tomándolo de los cronistas de
Pesaro, que reconoce yerran muy a menudo. Según este manuscrito,
Lucrecia, cuando vino César, escondió al criado de Sforza y le
encargó contase a éste cuanto había oído. Sforza montó un caballo
y a rienda suelta llegó en veinticuatro horas a Pesaro, donde
cayó muerta la cabalgadura.
Le dolía a Sforza verse tachado de impotente, puesto que su primera
mujer, Magdalena Gonzaga, había muerto de parto, y la tercera,
Ginebra Tiepolo, con quien casó en 1500, le hizo padre de un hermoso
hijo varón; pero no quiso someterse a la prueba pericial de su
virilidad en Milán en presencia de testigos fidedignos y del Legado
del Papa, según ingenuamente le propuso _el Moro_, y al fin, tanto
pesó en el ánimo de éste y en el de su hermano el Cardenal el temor
a las iras de Alejandro y a la venganza de los Borjas, que lograron
arrancar al acobardado Juan la declaración, escrita de su puño y
letra, indispensable para el fallo que se dictó el 20 de Diciembre,
de que nunca había consumado el matrimonio, y Lucrecia se declaró,
por su parte, dispuesta a jurar que estaba intacta[74]. Pero el
marido manifestó de palabra al Duque de Milán, según escribía al de
Ferrara Castaldi, su representante, «que la había conocido infinidad
de veces y el Papa se la había quitado sólo para disfrutarla».
De Milán y del ofendido marido partió la calumniosa acusación de
incesto, que la maledicencia acogió en Roma, como asimismo atribuyó
a Sforza el asesinato de Gandía, porque la voz pública reputaba
incestuosa la intimidad de Lucrecia con su hermano. Y de Venecia y
quizá del propio Sforza surgió la acusación contra César de haber
asesinado por celos a Gandía.
[74] Bien sabía Dios—dice Matarazzo—que había sido y era entonces
la mayor p... que había en Roma.
V
Conducta de Lucrecia después de la fuga de Sforza.—Abandona su
palacio y se refugia en el convento de San Sixto.—Proyectos del
Papa de casar a César con Carlota de Aragón, la hija del Rey
Fadrique de Nápoles, y a Lucrecia con D. Alonso, hijo natural
de D. Alfonso II.—Desliz de Lucrecia con _Perote_. Da a luz un
hijo.—Razones que hacen creer sea el Juan Borja, infante romano,
a que se refieren las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501.—La
leyenda del incesto.—Oposición de D. Fadrique al matrimonio
de su hija con César.—Consiente el del Duque de Bisceglia, D.
Alonso, con Lucrecia.—La Princesa de Squillace, D.ª Sancha,
escribe la relación de los festines que con motivo de esta boda
se celebraron en el Vaticano.—La corrida de toros.—Matrimonios
concertados por el Papa de sus dos sobrinas Jerónima y Angela
Borja.—Se seculariza César y es nombrado por Luis XII Duque de
Valence.—Pasa a Francia y casa con Carlota d’Albret.—Acuerdo
de los Reyes Cristianísimo y Católico para repartirse el reino
de Nápoles.—Huye de Roma Ascanio Sforza y sigue su ejemplo el
Duque de Bisceglia.—Nombra el Papa a Lucrecia Regente de Spoleto
y luego Señora de Nepi.—Reúnese con ella su marido y regresan
a Roma, donde da a luz a su hijo Rodrigo.—Paz de que disfruta
durante la ausencia de César, ocupado en la conquista de la
Romaña.—Regresa a Roma triunfador.—El atentado contra el Duque
de Bisceglia. Escapa con vida y se la quita Micheletto por orden
de César.—Dolor de Lucrecia.—La envía el Papa a Nepi.—Antes
de dos meses vuelve a Roma y se dispone a contraer un nuevo
matrimonio que se proyectaba con Alfonso de Este, primogénito
del Duque de Ferrara.—La negativa del Duque.—Para vencer la
prevista resistencia de Ferrara acude el Papa a Francia, que
para la empresa de Nápoles necesitaba el apoyo de la Santa
Sede.—Cede el Duque con ciertas condiciones previas.—Larga y
laboriosa negociación en que interviene Lucrecia en defensa
de los intereses de Ferrara y obtiene la aceptación del Papa,
firmándose el contrato en Ferrara el 1.º de Septiembre de
1501.—Queda Lucrecia en el Vaticano como Lugarteniente del Papa,
mientras éste marcha a Sermoneta.—Júbilo de Roma y de Lucrecia
al saberse la firma de las capitulaciones.—Fiestas romanas.—La
de las castañas.—La entrada de los ferrareses en Roma el 23 de
Diciembre.—Más fiestas con motivo de la boda.—El 6 de Enero
despídese Lucrecia de Roma y de los suyos, y toma el camino de
Ferrara.
El 24 de Marzo de 1497 escapó de Roma a uña de caballo y no paró
hasta Pesaro, creyendo su vida amenazada, Juan Sforza, el marido de
Lucrecia. Ésta, que en un principio tomó el partido de su esposo,
riñó luego con él, y en Junio fué completa la ruptura entre los
cónyuges. El día 14 escribía el Cardenal Ascanio a su hermano
Ludovico _el Moro_, que tanto el Papa como César y el Duque de
Gandía le habían declarado que no estaban dispuestos a consentir que
volviese Lucrecia a poder de aquel hombre, que el matrimonio no se
había consumado, y que, por consiguiente, podía y debía disolverse. Y
en el Consistorio del día 19 había hablado Su Santidad del matrimonio
de su hija con el Señor de Pesaro, que hubiese deseado fuese
perpetuo; pero que no habiéndose consumado por impotencia, no quería
el Papa decidir como juez, dejando al Sacro Colegio que entendiese en
la causa y procediese en justicia.
El 4 de Junio había abandonado Lucrecia su palacio _insalutato
hospite_, o sea sin despedirse del Papa, refugiándose en el convento
de San Sixto, en la vía Appia. Decían unos, según escribía al
Cardenal Hipólito de Este Donato Aretino, el 19 de Junio, que pensaba
hacerse monja, y los demás decían otras cosas que no eran para
escritas. En el convento recibió Lucrecia la noticia del asesinato
del Duque de Gandía, y conociendo a César debió sospechar fuera el
autor de tan nefando crimen, del que pudiera ser causa ocasional,
si no primera, su cuñada Sancha, cuyos favores se disputaban ambos
hermanos. Ignóranse los motivos que hicieron a Lucrecia refugiarse
en el convento de San Sixto, así como la duración de su clausura.
Díjose que cuando Alejandro VI quiso reformarse y reformar la
Iglesia, ante el dolor por la pérdida del hijo predilecto, que
consideraba castigo y aviso del cielo, pensó alejar a los demás
de Roma. El 22 de Julio partió César para Nápoles como Legado
pontificio, para la coronación del Rey D. Fadrique. El 7 de Agosto se
fueron a Squillace Jofre y Sancha, y se habló de que Lucrecia iría
a Valencia[75]. Mas ya estaba entonces el Papa, según escribía a su
hermano Ludovico el Cardenal Ascanio el 20 de Agosto, en tratos con
el Príncipe de Salerno para casar a Lucrecia con el hijo de dicho
Príncipe, en ciertas condiciones que, de ser ciertas, no redundarían
en provecho de la Majestad Real ni de Italia. Al propio tiempo había
oído decir que el Cardenal de Valencia se secularizaría y casaría
con la Princesa de Squillace, dándosele los estados que posee en
el Reino de Nápoles el Príncipe, que hasta ahora no ha conocido
carnalmente a la Princesa, y que sucedería al Cardenal en todos sus
beneficios eclesiásticos. Que César estuviese resuelto a despojarse
de la púrpura era cierto; mas no que lo hiciese para casarse con
su cuñada Sancha, porque eran más altas sus aspiraciones. Tenía
puestos los ojos en la corona de Nápoles, la que creía poder alcanzar
por medio de su enlace con Carlota de Aragón, la hija del Rey
Fadrique, contentándose por lo pronto con el Principado de Taranto,
y estos ambiciosos proyectos de César, que eran también los del
Papa, movieron a éste, en su deseo de granjearse a los aragoneses,
a negociar la boda de Lucrecia con Alfonso, Duque de Bisceglia,
hijo natural, como Sancha, de Alfonso II y de la bella Trusia. Pero
necesitábase ante todo anular el matrimonio de Lucrecia con el Señor
de Pesaro, para lo que era preciso probar la impotencia del marido, y
al fin se obtuvo por la declaración conforme de ambos cónyuges.
[75] El Sr. Sanchís y Sivera deduce de las cuentas de los gastos
del Duque de Gandía en Valencia, en que figuran varias compras
para la Sra. de Pesaro, D.ª Lucrecia, hechas a fines de Junio
1494, que es probable estuviera entonces en Valencia Lucrecia
Borja, que vino sin duda a visitar las posesiones del Duque,
mientras su marido no había tenido tiempo de pensar en ella,
ocupado en asuntos políticos y en otros propios de su disipada
conducta. Jofre de Borja la siguió, tal vez, en aquel corto viaje
en tanto se preparaban sus bodas con la hija del Rey de Nápoles.
El mes de Junio de 1494 lo pasó Lucrecia en Pesaro, y Jofre casó
con Doña Sancha, en Nápoles, el 11 de Mayo de 1494. Ninguno de
los dos estuvo en España.
Mientras se ocupaba el Papa en buscar a Lucrecia un buen marido, como
prometía serlo el Duque de Bisceglia, mozo que no se había visto
ninguno más bello en Roma, al decir del cronista romano Falini,
encontraba Lucrecia sin ayuda de nadie un buen amante en la persona
del primer Camarero de Su Santidad, Pedro Calderón, conocido por
_Perote_ entre sus compatriotas españoles, y por _Perotto_ entre
los italianos, al que tenía el Papa gran afición por ser quien
diariamente le afeitaba. Un año después de la fuga de Sforza, ella,
que según su declaración había quedado intacta, mostró muy a pesar
suyo, como consecuencia del último trato con _Perote_, evidentes
señales de una próxima maternidad. El 2 de Marzo de 1498 escribía al
Marqués de Mantua, desde Bolonia, Cristóbal Poggio, Secretario de
Bentivoglio: «No tengo de Roma más noticia sino que aquel _Perotto_,
primer Camarero de Nuestra Santidad, a quien no se encuentra,
está preso por haber dejado encinta a la hija de Su Santidad, D.ª
Lucrecia.» Sobre el misterioso fin de _Perote_ corrieron varias
voces. Burchard decía el 14 de Febrero que se había encontrado su
cadáver en el Tíber, y pocos días después apareció el de una tal
Pantasilea, doncella de Lucrecia, que acaso sirviera de tercera
de estos amores. El Embajador veneciano Capello cuenta, y ésta es
también la versión de Oviedo, que César mató a _Perote_ en presencia
del Papa, cerca del cual se había refugiado el Camarero, manchando
con su sangre el traje y hasta la cara de Su Santidad. El 15 de Marzo
siguiente, Juan Alberto de la Pigna, agente del Duque de Ferrara en
Venecia, participaba que Lucrecia había dado a luz un hijo ilegítimo.
Ahora bien: ¿fué este hijo bastardo de Lucrecia el infante romano
Juan de Borja, reconocido por las dos Bulas de 1.º de Septiembre de
1501, cuando contaba ya tres años, como hijo, primero de César y
luego del Papa, habido en mujer soltera? La primera Bula _Illegitime
genitus_ es un acto público; la segunda, _Spes futuræ_, un documento
privado, de cuya autenticidad no cabe duda, porque no sólo existen
copias en el Archivo de Módena y en el de Osuna, en Madrid, sino
también en el archivo secreto pontificio, en los registros oficiales
de Alejandro VI, donde las ha hallado el Barón Pastor. La edad que
en ambas Bulas se atribuye al reconocido infante coincide con la
del bastardo que tuvo Lucrecia en la primavera de 1498, y los que
patrocinan, como Portigliotti en su reciente libro[76], la acusación
de incesto lanzada por Juan Sforza y acogida velada o claramente
por los poetas Sannazzaro y Pontano; los historiadores y políticos
Matarazzo, Marco Attilio Alessio, Pedro Mártir, Priuli, Machiavelli
y Guicciardini, dan por probable que la mujer soltera, madre de D.
Juan, sea Lucrecia, que por la anulación de su matrimonio con Sforza
recobró su primitiva soltería, y la paternidad adjudícansela al Papa,
sin excluir que hubiera también podido caber en ella alguna parte
a César y a Juan, por haber asimismo usufructuado los favores de
Lucrecia.
[76] _I Borgia._ Milano, 1921.
Este cúmulo de complicados incestos y horrores con que se ha nutrido
la fecunda imaginación de los poetas, dramaturgos, novelistas y
pseudo-historiadores tuvo por origen la calumnia, flecha del Partho,
con que se vengó de los Borjas el fugitivo Sforza. Y si la calumnia
se extendió como mancha de aceite por toda Italia, debióse, en
mucho, a que no eran ciertamente intachables las costumbres del Papa
y de sus hijos, concupiscentes en extremo, y a que su calidad de
españoles los hacía, en Italia, blanco del odio popular, propicio a
acoger cuantas acusaciones contra ellos se lanzaban, fueran fundadas
o calumniosas. Así se formó la opinión pública, en cuyas turbias
fuentes bebieron los historiadores contemporáneos, transmitiendo a
la posteridad la leyenda del incesto que recogieron del fango del
arroyo.
De este nefando crimen ha absuelto a los Borjas, por falta de
pruebas, el tribunal de la Historia; lo cual no quiere decir que
hayan quedado, tanto Lucrecia como el Papa, limpios de toda mancha
de impureza, salvo la del pecado original, como hoy pretenden
los panegiristas que con laudable esfuerzo y piadosa intención
andan aportando datos y buscando milagros para el expediente de
beatificación de Alejandro VI y de Lucrecia Borja.
Volviendo ahora al caso del infante romano Juan de Borja, que no
fué fruto de los supuestos amores incestuosos del Papa con su hija,
hay quien lo tiene por hijo de Lucrecia y quien lo cree hijo de
Alejandro, porque así lo declara éste en la Bula _Spes futuræ_ de
1.º de Septiembre. Los que sostienen esta última opinión no saben,
ni sospechan, quién fué la mujer soltera, _mulier soluta_, con la
cual pecó Su Santidad, cuando hacía ya más de cinco años que ceñía
la tiara. No pudo ser, como pretenden Woodward[77] e Iriarte[78],
Julia Farnesio, porque en 1498 vivía su marido Orsino Orsini, que no
hubiera tenido inconveniente en dar su nombre a Juan, como se lo dió
a Laura. Burchard la llama solamente _una cierta romana_.
[77] _Cesare Borgia._ London, 1913.
[78] _César Borgia_. París, 1889.