Nacimiento de Lucrecia.—Su educación encargada a Adriana
Milá.—La religión.—Las lenguas y letras clásicas.—Las mujeres
italianas del Renacimiento.—_Las Claras Mujeres_ de Jacobo
de Bérgamo.—Los conocimientos de Lucrecia según el biógrafo
de Bayard.—Sus retratos.—Las medallas de Filippino Lippi y
Caradosso.—Los cuatro retratos que Yriarte supone reproducción
del único retrato de Lucrecia, obra de Dossi.—La placa de plata
del arca de San Maurelio.—_La Schiavona_, del Tiziano.—_La Santa
Catalina_, del Pinturicchio.—Lucrecia según la describieron sus
contemporáneos.—Los áureos cabellos de Lucrecia.—Su dulzura y
su gracia.—La alegría de los Borjas.—Sus dos pasiones, según
Catalano: el _flirt_ y las fiestas.—Su afición a los trajes y las
joyas, y su rivalidad con Isabel de Este.—Carácter opuesto de las
dos cuñadas.—Las fiestas y diversiones de la Corte de Ferrara.
Nació Lucrecia en Roma, el 18 de Abril de 1480, según el documento
valenciano de sus esponsales con don Cherubín Joan de Centelles,
hermano del Conde de Oliva[45], fecho el 26 de Febrero de 1491, en
el cual se expresa que el matrimonio se llevaría a cabo en el mes
de Abril del año 1492, en que cumplía Lucrecia, el día 18, los doce
años. Y el Papa Alejandro VI, en una conversación que tuvo con el
agente del Duque Hércules de Ferrara, y que éste refiere en despacho
de 26 de Octubre de 1501, díjole que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría
en el siguiente Abril veintidós años. Esto no obstante, Pastor,
siguiendo a L’Epinois y a Citadella, le echa un par de años más,
dándola por nacida en 1478.
[45] Alfonso V dió título de Conde, en 1448, a Francisco Gilabert
de Centelles, su Camarlengo, en premio a sus servicios en las
guerras de Nápoles. Por la extinción de la línea masculina recayó
el Condado en una hembra, Magdalena, que casó con el quinto Duque
de Gandía, Carlos, hijo de San Francisco de Borja.
Educóse en casa de Adriana Milá, hija de Pedro Milá, primo hermano
del Cardenal Borja, y mujer de Ludovico Orsini, señor de Bassanello,
de quien tuvo a Orsino Orsini, _el Tuerto_, marido de Julia Farnesio.
Gozó Adriana de gran valimiento con su tío el Cardenal, aun antes de
ser suegra de _la Bella_, y lo atribuye Gregorovius a que había ya
mediado en otras intrigas y aventuras de Rodrigo y estaba al tanto de
sus secretos y pecados. Pero la razón de que le confiara la educación
de su hija predilecta debió ser porque Vannozza, concubina y madre
ejemplar, no era mujer de letras ni había todavía adquirido, con
el íntimo trato cardenalicio, esa culta gracia natural femenina,
desenvuelta y perfeccionada, que se designaba entonces con la palabra
latina _pudor_, y que hubo de poseer Lucrecia en alto grado.
No hay ningún dato que permita afirmar o suponer que estuvo de
educanda en el convento de San Sixto, en la vía Appia, pues sólo
se sabe que a él se retiró en 1498, cuando, separada de su primer
marido, dió a luz un hijo cuya paternidad se atribuyó a _Pedro
Calderón_, el primer Camarero de Su Santidad, y que pudo ser el
_infante romano_ Juan, reconocido por las dos Bulas de 1.º de
Septiembre de 1501 como hijo de César y del Papa.
En la educación de toda mujer italiana entraba entonces, como ahora,
en primer término, la religión, cuyas prácticas se consideraban
esenciales y se guardaban ostensiblemente hasta por las más grandes
y empedernidas pecadoras. Es, pues, seguro que tanto Vannozza como
Adriana cuidarían de que conociese Lucrecia, desde su más tierna
infancia, las verdades de nuestra santa religión y cumpliera todos
los preceptos de la Iglesia. En esto mostróse Lucrecia siempre
puntualísima, y mereció los elogios del Embajador de Ferrara en
Roma, quien escribía al Duque que era _no menos católica, temerosa
de Dios e iba a confesarse en Nochebuena para comulgar el día de la
Natividad_.
Además de la religión, era base de la enseñanza, común a ambos
sexos, el conocimiento de las lenguas clásicas y de los tesoros
literarios, griegos y latinos, cultivando también las mujeres la
elocuencia y la poesía, la música y el dibujo, a que, naturalmente,
las convidaba el florecimiento de las Bellas Artes. Brillaron las
mujeres italianas del Renacimiento por su superior cultura en varias
disciplinas, siendo tanto más admiradas cuanto que no andaban reñidos
el entendimiento y el saber con la belleza y con la gracia. Jacobo
de Bérgamo, en el libro que escribió en 1496 sobre _Las Claras
Mujeres_, cita, entre otras, a la veneciana Casandra Fedeli, que
era a fines del siglo XV maravilla de su tiempo y tan maestra en
Filosofía y Teología, que competía con los más doctos varones, y con
ellos discutía públicamente en presencia del Dux Agustín Barbarigo,
suscitando con su elocuencia y con su gracia el entusiasmo del
auditorio. La bella mujer de Alejandro Sforza, de Pesaro, Constanza
Varano, era también muy versada en poesía, elocuencia y Filosofía,
trayendo siempre entre manos a San Agustín y San Ambrosio, San
Jerónimo y San Gregorio y a Séneca y Cicerón. No fué menos erudita
su hija Bautista Sforza, que casó con Federico de Urbino. La famosa
Isotta Nugarola de Verona estaba también muy familiarizada con los
Santos Padres, que tampoco les eran desconocidos a Isabel de Este y a
Isabel Gonzaga. De Hipólita Sforza, la mujer de Alfonso II de Aragón,
Rey de Nápoles, dice el de Bérgamo que reunía una cultura finísima,
una maravillosa elocuencia, una belleza rara y un nobilísimo pudor
femenino. Gran renombre alcanzó como poetisa Vittoria Colonna y de
la Trivulzia, de Milán, que a los catorce años llamaba la atención
por su elocuencia; dícese que cuando los padres se dieron cuenta de
las extraordinarias dotes de la niña, que tenía apenas siete años, la
dedicaron a las Musas para que éstas la educaran.
[Ilustración: LUCRECIA BORJA
Medalla de Filippino Lippi.
ANVERSO
REVERSO]
En la pléyade de _Las Claras Mujeres_ del Renacimiento no tiene
derecho a figurar Lucrecia Borja. Había aprendido lenguas, música
y dibujo en Roma, y más tarde, en Ferrara, admiráronse mucho sus
bordados de seda y oro, para los que debió tener por maestro al
bordador de Leonor de Aragón, el español Jorba[46] famosísimo en su
arte. El biógrafo de Bayard decía de ella, en 1512, que «hablaba
español, griego, francés y un poquito también correctamente el
latín, y en todas estas lenguas escribía y hacía versos». Tenía
Lucrecia tanto de española como de italiana, y no es extraño que
ambas lenguas le fueran igualmente familiares, y sobre todo, el
valenciano, que era la lengua materna que hablaba siempre el Papa con
los suyos. Sus cartas a Bembo, dos en español y siete en italiano,
muestran algún sentimiento, pero ninguna profundidad espiritual.
La caligrafía es desigual: a veces los trazos enérgicos y duros
recuerdan la del padre, otras veces la escritura clara y menuda se
asemeja a la de Vittoria Colonna. En ninguna de sus cartas se ve
que poseyera el latín; mas algo debía entenderlo puesto que el Papa
la dejó en el Vaticano como representante suyo, con facultad de
abrir sus cartas. Muy somero debía ser también su conocimiento del
griego, que es posible aprendiera con Ludovico Podocatharo, médico
de Inocencio VIII y secretario de Rodrigo Borja, que lo hizo Obispo
y Cardenal. Y aunque en alguna Historia de la Literatura italiana
figura Lucrecia como poetisa, ni sintió el estro divino, ni de sus
versos se conoce más que una canción española en una de sus cartas a
Bembo, canción que debió tomar de alguno de los cancioneros españoles
que poseía[47], como las que se tuvieron por poesías de Bembo,
compuestas en español para Lucrecia, y fueron simplemente copias que
hizo para su uso, de estrofas de Alonso de Cartagena, Juan de Tapia,
Juan Alvarez Gato y Diego López de Haro. Verdad es que el enamorado
Bembo, en una poesía latina dedicada a Lucrecia, la llama poetisa
y dice que cuando declama versos en lengua vulgar parece nacida en
tierra italiana, y cuando toma la pluma y compone versos y poemas,
son versos y poemas que emanan de las Musas. Pero ni los Strozzi,
ni Ariosto, ni Aldo, ni otros muchos de sus contemporáneos, que no
anduvieron parcos en el elogio de Lucrecia, no hubieran dejado de
otorgarle las palmas de la poesía de haber sabido que también la
cultivaba la Duquesa de Ferrara, y aun hubiera salido a relucir su
tía D.ª Tecla de Borja, hermana de Alejandro VI, poetisa muy loada
por el gran poeta Mosén Ausias March. Para lo que sí tenía dotes
y gracia especialísimas era para el baile y, sobre todo, para las
danzas españolas. El Prete que informaba a la Marquesa de Mantua
de cuanto pasaba en la Corte de Ferrara, le escribió que tenía la
Duquesa dos bufones españoles que cuando bailaba iban gritando por la
sala: «Miren la gran señora, qué linda es de cara y qué bien baila:
poco y bueno.»
[46] El Sr. Sanchís en su trabajo sobre _El arte del bordado en
Valencia en los siglos XIV y XV_, cita a un Luis de Sent _Jordi_,
a quien se le llama maestro.
[47] Los libros que figuran en el inventario de Lucrecia,
publicado por Luca Beltrami (Polifilo. _La Guardaroba di Lucrezia
Borgia._ Milano, 1903), son quince; de ellos, cuatro españoles:
Un libro de coplas a la española, en pergamino, miniado de oro,
cubierto de terciopelo carmesí, con cantoneras y broche de plata,
en una bolsa de gamuza roja; un libro manuscrito de canciones de
varios autores y al principio los proverbios de D. Iñigo López
(el Marqués de Santillana), encuadernado en cuero encarnado,
con cantoneras y broche de latón (este Cancionero Estense se
conserva, aunque con distinta encuadernación, en la Biblioteca
de Módena); una _Vita Christi_, en español, y el _Dodese del
cristiano_, en valenciano.
De Lucrecia no existe, según Gregorovius, más retrato que el de las
dos conocidas medallas. La de Filippino Lippi (reproducida en este
libro), modelada en cera en Bolonia en 1502 y ejecutada en 1505,
cuando ya era Duquesa de Ferrara[48], es una de las más bellas
del Renacimiento. En ésta, que llama Yriarte la medalla heroica,
Lucrecia está con el cabello suelto, sin adorno ni detalle ninguno
indumentario. En el reverso, que es precioso, hay un amorcillo atado
a un laurel, teniendo a sus pies un violín y un papel de música:
del árbol pende, rota, la aljaba, y en el suelo está el arco con la
cuerda rota; alrededor se lee la siguiente inscripción: _Virtuti ac
forma pudicitia prœciosissimum_, que quería decir que había pasado
el tiempo de los amores libres, estando ya atada al laurel, que
simbolizaba la Casa de Este. La otra medalla, atribuída a Caradosso
y llamada la de _la redecilla_ por el peinado, tiene más carácter
de retrato y sus detalles coinciden con los que Yriarte cree
retratos de Lucrecia, si bien, en punto a traje y peinado, existe
igual coincidencia con los de otras damas de su época. El cabello,
aplastado en ondas regulares, que cubren parcialmente la frente y
baja en cocas que ocultan por completo las orejas, está recogido por
detrás en una coleta, que llamaban _cuazzone_ las milanesas, dejando
libres dos rizos o tirabuzones que caen a ambos lados de la cara. La
_lenza_ o hilo que ciñe la cabeza y la bordada redecilla en la parte
posterior del cráneo, completan el peinado. Esta descripción del
de Lucrecia es la del de Beatriz de Este en el busto de Cristóforo
Romano, que se conserva hoy en el Louvre.
[48] Esto dice Friedländer, Director del Gabinete Numismático, de
Berlín. En el Gabinete de la Biblioteca Nacional de París, hay
una medalla atribuída a Medioli, y en el Museo del Prado, entre
las medallas del legado de D. Pablo Bosch, hay otra, que también
posee el Marqués de Laurencín, atribuída a Geremia, cuyo anverso
es parecido al retrato de Lucrecia de Lippi, pero en el reverso
aparece el de Alfonso de Este.
Crowe y Cavalcaselle, después de discutir los supuestos retratos de
Lucrecia, creen, como Gregorovius, que no existe ninguno auténtico
y que hay que atenerse a las medallas, y de la misma opinión es el
Marqués Campori. Pero si no se ha podido encontrar ningún retrato
de mano de un gran artista contemporáneo, hay cuatro, a juicio de
Yriarte, que son la reproducción del único retrato de Lucrecia. Uno
es el de Ferrara, que poseía Mgr. Antonelli; otro, el del Museo de
Nimes; el tercero, el de Florencia, de Mr. Spence, y el último,
reproducido en color por Yriarte en su libro _Autour des Borgia_, el
del Sr. Gugenheim, de Venecia. Estas cuatro Lucrecias, dice, vistas
por el mismo artista el mismo día, con la misma redecilla, el mismo
collar, el mismo traje del dibujo de Dosso Dossi, representan el
mismo personaje que fué, probablemente, retratado por un hermano de
este artista, pintor oficial de la Corte de Ferrara[49].
[49] Habiendo sabido que el Señor Duque de Solferino creía poseer
en su palacio de Centellas, de Barcelona, un retrato de Lucrecia
Borja, me permití escribirle preguntándole si era cierto, y
rogándole me enviase, en caso afirmativo, una fotografía. Nada
puedo decir de este retrato, porque el Señor Duque no se ha
dignado contestarme.
Los demás supuestos retratos, el del Tiziano, de la Galería Doria,
de Roma; el de Giorgione, del Museo de Dresde, y el de Dosso Dossi,
de Londres, de Mr. Henry Doetsche, no tienen el menor parecido
con Lucrecia. El de la Galería Doria, y el del Museo Nacional de
Stockholmo, son réplicas o copias del que hoy está en la Galería de
Sir Herbert Cook, en Richmond. De Venecia pasó a Praga a poder del
Emperador Rodolfo II; de allí a Stockholmo, como botín de guerra;
vino a Roma con la Reina Cristina de Suecia; a su muerte pasó a la
familia Azzolini, de quien lo adquirió el Príncipe Livio Odescalchi,
y luego a la Galería del Duque de Orleans, en el Palacio Real, en
1721; vendiólo Felipe Igualdad a un banquero de Bruselas, y fué, por
último, a parar a Londres; lo compró allí el Conde de Suffolk en
52.000 francos, y de otras manos pasó a las de su actual poseedor.
Lo grabó Sadeler, en Praga, y le dió el nombre de _Lucrecia Borgia_;
pero Malœvre, que lo grabó, en 1786, para la _Galerie du Palais
Royal_, lo cambió por el de _La Esclavona_, con el que figuraba en
el catálogo de Roma[50]. Aunque esta Esclavona en nada se asemeja
a Lucrecia, un autor italiano, Portigliotti, que recientemente ha
maltratado a los Borgias[51], cree, sin embargo, inducido a error
por Sadler y por Ridolfi, que éste es el retrato de la Duquesa de
Ferrara, que pintó Tiziano al mismo tiempo que el del Duque, que
se encuentra en el Museo del Prado. En cuanto al del Duque, ya
probó cumplidamente Justi que no es Alfonso de Este el retratado, e
intentó, equivocadamente, demostrar, por semejanza con unas medallas,
que era Hércules II, el hijo de Alfonso y de Lucrecia. Los Sres.
Allendesalazar y Sánchez Cantón[52] identifican, con fehacientes
datos, el personaje, que es Federico Gonzaga, primer Duque de
Mantua, hijo de Isabel de Este, a quien retrató Tiziano, en Mantua,
en 1530.
[50] El cuadro del Museo de Stockholmo, designado como _Retrato
de una Señora de calidad_, procede de la colección del Rey
Gustavo III, en la que era conocido como _Retrato de la Princesa
Laura d’Este_, siendo ésta la Laura Dianti, la _donna amata_ de
Alfonso de Este, que casó con ella a la muerte de Lucrecia.
[51] _I Borgia._ Milano, 1921.
[52] _Retratos del Museo del Prado._ Madrid, 1919.
Se ha dicho, y se ha repetido tantas veces, que el Pinturicchio
retrató a Lucrecia, y que ésta es la Santa Catalina de Alejandría,
del famoso fresco de la Sala de los Santos, del apartamento de los
Borjas en el Vaticano, reproducida al frente de este libro, que ha
llegado a tenerse por cosa cierta, aunque para afirmarlo no haya
ningún dato ni fundamento serio. No hay autor contemporáneo que
lo diga. El propio Vasari, que ha creído ver a Julia Farnesio en
una Virgen, que está, según ya queda dicho, en una sobrepuerta de
la Sala de los Santos, no hubiera dejado de hacernos saber que la
protagonista de la disputa de Santa Catalina era la hija de Alejandro
VI. En nuestros días surgió la idea de que Pinturicchio no se había
contentado con retratar al Papa, sino que había querido dejar a la
posteridad el recuerdo de la prole y de la Corte de Alejandro VI,
retratándola en sus frescos de las salas de los Borjas. Y el Conde
Lemmo Rossi Scotti, que había pasado largas horas contemplando y
copiando estos frescos, se persuadió de ello y quedó convencido
de que la Santa Catalina de Alejandría no era otra que la propia
Lucrecia, siquiera no se pareciese a la Lucrecia de las medallas y de
los cuatro retratos que Yriarte tiene por reproducciones del perdido
de Dossi; mas hay que tener en cuenta la diferencia de edad, pues
apenas contaba trece años cuando pintó su fresco el Pinturicchio[53].
[53] En el arca de bronce que guarda las reliquias de San
Maurelio, en la iglesia de San Jorge, de Ferrara, hay una placa
votiva, de plata, que representa a Lucrecia Borja ante el Santo,
con su hijo Hércules y cinco de sus damas. El parecido con las
medallas es grande aunque se ve que es ya una mujer de más de
treinta años. La ha reproducido el Sr. Michele Catalano en su
opúsculo _Lucrecia Borgia, Duchessa di Ferrara_. Ferrara, sin
año, publicado en el de 1921.
No podía competir Lucrecia con Julia Farnesio en hermosura. Los que
la miraron con enamorados ojos la tuvieron por la propia Venus, y
puestos en el caso de Paris no hubieran vacilado en darle la fatal
manzana. Pero si no reunió el conjunto de perfecciones físicas, que
valieron a Julia Farnesio el ser llamada _la Bella_ por antonomasia,
y si, a juicio de la Marquesa de Cotrone, de las tres Princesas que
se juntaron en Ferrara: Isabel de Este, Isabel Gonzaga y Lucrecia
Borja, llevábase la palma de la belleza la primera; reconocía la
Marquesa que Lucrecia, sin ser una hermosura, tenía _una dolce
ciera_, frase italiana que, literalmente traducida, sería una cara
dulce, pero que expresa algo intraducible, un especial encanto, que
seducía a cuantos la veían y trataban, y cuyos efectos se hacían
sentir con más fuerza en los hombres, a quienes, por natural instinto
de femenina coquetería, se complacía en someter dulcemente a sus
antojos y mandatos.
El primer documento diplomático que cita Yriarte para darnos a
conocer a Lucrecia, tal como la vieron y pintaron sus contemporáneos,
es la carta que escribió el 23-24 de Diciembre de 1493 a su hermano
Giannozzo, Lorenzo Pucci, Embajador florentino cerca del Papa, que
vió a Lucrecia con Julia Farnesio y Adriana Milá calentándose al
fuego de la chimenea en el Palacio de Santa María dei Portici. Dice
Yriarte, incurriendo en grave error, que Pucci encontró a Lucrecia
parecida al Papa, _adeo ut vere ex ejus semine orta dici possit_. Mas
no era a Lucrecia a quien se refería Pucci, sino a Laura, la hija
de Julia Farnesio, la cual Julia, dice, «quiso que viese yo a la
niña, que ya es grande, _et ut mihi videtur est simili Pontifici_».
Dió suelta Julia a la rubia cabellera, que le llegaba hasta los
pies, para que la peinaran, y parecióle a Pucci un verdadero sol. De
Lucrecia sólo dice que se fué a quitar un peinador que tenía a la
napolitana y volvió al poco rato lujosamente ataviada.
No sabemos si Julia era naturalmente rubia o si debía la dorada
cabellera a alguna _lexía para enruviar_, como la que recomendaba
Celestina, o a alguna de las recetas _a far capelli biondi come
oro_ de las que juntó en sus _Experimenti_ Catalina Sforza, la
señora de Forli. En cuanto a los decantados áureos cabellos de
Lucrecia, aunque los autores del libro _Les femmes blondes selon
les peintres de l’école de Venise_, los Sres. Baschet y Feuillet de
Conches[54], la citen con Beatriz de Este y Juana de Aragón, como
las tres únicas rubias verdaderas, no cabe duda de que había nacido
morena, como era natural lo fuera, siendo hija de un valenciano[55]
y una transteverina, y de que se teñía el pelo cada cinco días por
lo menos, y cuando dejaba pasar una semana sin lavarse la cabeza
quejábase de dolores que pudieran atribuirse a la mala condición
del tinte. Cada cinco días tuvo que detenerse en su viaje de Roma
a Ferrara, que duró veintisiete, y porque una vez transcurrió una
semana sin haberse lavado la cabeza, hubo de dolerle, y se retrasó
con este motivo la llegada a Ferrara.
[54] _Les femmes blondes selon les peintres de l’école de
Venise_, par deux Vénitiens. París, Aubry, 1865.
[55] Cuando vino de Roma por Legado y pasó por Játiba, dijo que
fué bautizado en la iglesia de San Pedro y llamado Rodrigo; que
era _Narahinet_, hoc est, _Morenico_ y _Morrudet_.
Bernardo Zambotto, que la vió en Roma el día de su boda con Alfonso
de Este, escribía: «Tiene veinticuatro años (tenía dos menos), es
bella de cara, tiene hermosos ojos despiertos, es derecha de cuerpo y
de estatura regular.» Cagnolo, que aquel día asistió a la ceremonia
en representación de Parma, la describe: «De estatura mediana,
esbelta; la cara más bien larga, la nariz bella y bien perfilada, los
cabellos dorados, los ojos _blancos_, la boca un poco grande, los
dientes relucientes, el pecho firme y blanco, _ornato con decente
valore_: todo respiraba en ella la alegría y la sonrisa.» Si Cagnolo
calificó de _blancos_ los ojos de Lucrecia fué porque el blanco del
ojo debió llamarle más la atención que el color de la pupila, pues
hubiera dicho que eran azules o negros si hubiesen sido decididamente
de uno u otro color. El preferido de los griegos y de los italianos,
según el florentino Firenzuola en su tratado _Della perfetta bellezza
di una donna_, eran los ojos blancos con la pupila castaña. El color
de los ojos de Lucrecia acaso fuera gris, pero desde luego no muy
marcado, porque ninguno de los muchos poetas que cantaron en Ferrara
su dulce mirar hizo mención del color de sus ojos[56]. Fijándose
Yriarte en estas descripciones y en los retratos que tiene por
auténticas copias del de Dossi, nos la pinta así: «La cara era llena,
sin rasgos bien definidos; los ojos grandes, _blancos_, muy abiertos
y distantes de las cejas, y almendrados de forma; la frente lisa y
muy descubierta; el mentón entrante, que fué redondeándose cuando
engordó con los años. En lo físico, como en lo moral, resulta algo
dulce, blando, sin voluntad ni arranques, sin exaltadas alegrías y
sin cóleras terribles, una mujer sin nervios, incapaz de oponerse al
destino que la hace, en manos de Alejandro y de César, un instrumento
demasiado dócil.»
[56] En una de sus poesías latinas, dijo Hércules Strozzi que
la mirada de Lucrecia, ora inflamaba, ora helaba y petrificaba;
quien mira al sol, queda ciego; quien se fijaba en Medusa,
quedaba hecho piedra, y quien miraba a Lucrecia quedaba primero
ciego y luego petrificado. _Fit primo intuitu cœcus et inde
lapis._
La dulzura y la gracia constituían el principal encanto de Lucrecia,
además de la ingénita alegría heredada del padre, que caracterizaba a
todos los Borjas. No heredó la lujuria paterna, que hubiera hecho de
ella una ménade; pero mujer, al fin y al cabo, flaca de voluntad y no
desprovista de temperamento, no pudo resistir a las tentaciones y a
ellas sucumbió, debiendo parecerle sus amorosos lances pecadillos de
poca monta, acostumbrada a los que cometían sin recato alguno cuantos
la rodeaban.
La escasa fortuna que tuvo en sus dos primeros enlaces matrimoniales,
disuelto el de Sforza por la supuesta impotencia del marido, y el
segundo por el asesinato de D. Alfonso de Aragón, obra de César,
no turbó en ella la alegría de vivir y pasó a terceras nupcias con
Alfonso de Este, sonriente y regocijada, sin que la amedrentara la
suerte que cupo en la Corte de Ferrara a la infeliz y enamorada
Parisina. Y tanto bailó la noche que se publicó en Roma la noticia
de la concertada boda, que tuvo un acceso de fiebre que la obligó a
guardar cama el día siguiente.
Tampoco la afligió grandemente la muerte del Duque de Gandía ni la
de Pedro Calderón, el _Perotto_, Camarero de Su Santidad, asesinados
ambos por orden o por mano del Cardenal de Valencia. Otras eran o
debían ser, en aquellos momentos, sus preocupaciones, porque anulado
ya su matrimonio con Sforza, de quien estaba hacía tiempo separada,
dió a luz un hijo que tuvo, según se dijo, por obra del tal _Perotto_
y que creemos fuera el infante romano Juan, reconocido, cuando tenía
tres años, por dos Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, como hijo
primero de César y luego del propio Papa habido en mujer soltera.
Gregorovius y los ferrareses pretenden hacer de Lucrecia dos mujeres
distintas: la Lucrecia romana, que viviendo en la Corte de Alejandro
VI fué acaso pecadora, sin que de sus pecados haya noticia cierta,
y la Lucrecia, Duquesa de Ferrara, dechado de virtudes, que vivió
adorada por sus vasallos y murió casi en olor de santidad.
Las dos pasiones de Lucrecia, dice Catalano, fueron el _flirt_ y las
fiestas. Respecto al _flirt_ cree que las relaciones amorosas de la
Duquesa con el veneciano Bembo y con su cuñado el Marqués de Mantua,
Francisco Gonzaga, el marido de Isabel de Este, acreditadas por
cartas fehacientes, fueron pecados de pensamiento y de palabra, que
no llegaron a ser obras; pero fuera o no un mero _flirt_, que de ello
hablaremos en su lugar, resulta desde luego evidente que Lucrecia
era naturalmente enamoradiza y que en Ferrara dió al corazón, por
lo menos, lo suyo, cuidando de no comprometer su reputación y la
honra del marido, porque si bien éste, como joven, anduviese de día
buscando su placer en varias partes, y hacía muy bien, según decía Su
Santidad, era hombre capaz, si se creía afrentado, de tomar cruenta y
cruelísima venganza.
La otra pasión de Lucrecia, no menos femenina, pero mucho más
inocente, era la de los trajes, las joyas y las fiestas. En Roma
competía en el vestir con su cuñada Sancha; pero en Ferrara la
competencia fué más seria, porque la entabló con otra cuñada, Isabel
de Este, que pasaba por ser la mujer más elegante de Italia y por
tal se la tenía también en Francia, donde la moda no había todavía
sentado sus reales para ejercer desde allí, sobre todas las partes
del mundo, un perdurable imperio.
Isabel, como mujer honrada a carta cabal, y religiosa, había visto
con malos ojos la boda de su hermano Alfonso con la hija del Papa,
sobre cuyas costumbres llegaron hasta Ferrara y Mantua las voces
poco halagüeñas que corrían en Roma. Mas se resignó, sabiendo que
obedecía a la razón de Estado que aconseja tales enlaces entre
Príncipes, soliendo los italianos mitigar sus rigores con alguna
bella y complaciente amiga, que les ayudaba a soportar el matrimonio
y contribuía al aumento de la familia con una abundante prole de
reconocidos bastardos, y esto sucedía en todas partes, en Roma y en
Nápoles, y en Milán, y en Florencia, y en Ferrara. Las relaciones de
Isabel de Este y Lucrecia Borja fueron siempre corteses, pero nunca
llegaron a ser amistosas, porque lo estorbaba el opuesto carácter
de las dos cuñadas. La Marquesa de Mantua era la encarnación del
Renacimiento triunfante. Su prodigiosa actividad se ejercitaba en
múltiples y variadas esferas. Poseída de una insaciable curiosidad,
quería saberlo todo, verlo todo, hacerlo todo. Ocupábase en los
negocios de Estado, supliendo las deficiencias del marido y
concibiendo la política, como se practicaba entonces en Italia,
para vivir al día, que no era poco, dados los revueltos tiempos que
alcanzó, desde la invasión francesa de Carlos VIII hasta el saqueo
de Roma por las tropas del Emperador Carlos V, coronado después en
Bolonia por el Papa Clemente VII. No sintió el arte, pero protegió
a los artistas, que se llamaban Mantegna y Francia, Miguel Angel y
Rafael, Lorenzo Costa y Perugino, Tiziano y Correggio, y con sus
obras adornó el _Paradiso_ y los _Camerini_ del palacio de Mantua.
Fué ardiente coleccionista de antigüedades y viajera infatigable, y
cantó acompañándose con el laúd, e inventó trajes y cofias y empeñó
a menudo sus joyas para sufragar las empresas bélicas del versátil
Marqués o los caprichos artísticos de la Marquesa, y no dió a su
espíritu ni a su cuerpo instante de reposo, ni dejó que el amor le
robara momento alguno de su atareada vida. Y como era, además de
amable, hermosa, tuvo muchos amigos y pocos enemigos, y la cantaron
los poetas, y de ella hizo el Ariosto honrosa mención en su _Orlando
furioso_.
Claro es que también obtuvo Lucrecia puesto no menos honroso en
el poema del poeta ferrarés; pero desde luego se comprende que no
congeniara ni pudiera competir con su cuñada de Mantua. No atraían
a la hija de Alejandro las letras ni las artes: su biblioteca era
exigua y copioso el inventario de sus ropas y alhajas. Su perezosa
actividad no traspasaba los límites del cuidado de su persona y del
cultivo de aquellas artes que, como la danza, contribuían a realzar
su ingénita gracia y a conquistarle la admiración y el aplauso
cortesano. Los trajes y las joyas eran su principal preocupación, y
fué su mayor afán el empuñar el cetro de la moda, que estaba entonces
en manos de la Marquesa de Mantua. En cuanto a las alhajas, túvolas
en abundancia y muy valiosas, siendo su especial predilección las
perlas. Su padre había dicho a los enviados del Duque de Ferrara,
mostrándoles un cofrecillo lleno de perlas: _Quiero que mi hija sea
la princesa que en Italia tenga más perlas y las más hermosas_. Y,
por su parte, díjole el Duque de Ferrara que aunque no era tan rico
como el de Saboya, podría enviar a su futura nuera joyas tan bellas
como las de éste, y que tendría Lucrecia piedras preciosas más
valiosas y en mayor número que las que había poseído la Duquesa su
esposa. Y entre las alhajas que le regaló, cumpliendo lo ofrecido,
figuró un collar de gruesas perlas que había sido de la Duquesa D.ª
Leonor de Aragón[57]. Otro collar de brillantes y rubíes, también de
su madre, lo vió Isabel, con tanto disgusto como envidia, ciñendo el
cuello de su cuñada el día de su entrada en Ferrara.
[57] Este collar conocíanlo los banqueros y joyeros de Roma
y Florencia por haberlo tenido repetidas veces en prenda por
préstamos hechos al Duque Hércules, y en 1510, por causa de la
guerra que tuvo que sostener Ferrara, empeñó Alfonso de Este las
alhajas de Lucrecia y fundió la plata.
Acostumbrada Lucrecia a las fiestas de la Corte pontificia, quiso
renovarlas en la de Ferrara, tan luego como por el fallecimiento
del Duque Hércules heredó sus Estados D. Alfonso. Encantaban a la
nueva Soberana los saraos y los bailes, que le permitían lucir sus
naturales gracias y sus trajes y joyas y recibir los homenajes
y agasajos de sus amartelados admiradores, entre los que se
encontraban, en primer término, Pedro Bembo y sus dos cuñados el
Cardenal Hipólito de Este, que había cortejado también a D.ª Sancha,
y por temor a César había huído de Roma, y el Marqués de Mantua,
Francisco Gonzaga. Con estas diversiones alternaban otras más
groseras que para entretenerla le ofrecía el Duque, una de las cuales
era la de mantear a unos cuantos infelices cortesanos, y para que el
espectáculo resultara más regocijado, quiso una vez que se hiciera
lo propio, no con hombres, sino con mujeres, y mandó traer a tres
deshonestas meretrices, quienes al verse por los aires vigorosamente
manteadas, lejos de atender al pudor y de pensar en arroparse,
mostraron gratuitamente y sin el menor recato, a la escogida
concurrencia, las herramientas de su oficio. Mas no se escandalizó la
Duquesa de Ferrara, que cosas peores había visto en Roma.